CAPÍTULO 1

El día de la mudanza
HOLLY HOLLISTER ESTABA SENTADA EN LAS ESCALERAS DEL porche, pendiente de la calle y, cuanto más atentamente miraba, más deprisa se retorcía una de las trenzas.
«¿Aparecerán algún día los camiones de la mudanza?», pensó con impaciencia.
Ese era un gran día para la familia Hollister: iban a mudarse a otra ciudad y a vivir en una casa nueva.
De pronto, apareció un muchacho a toda prisa por el lateral de la casa. Era pelirrojo y tenía la nariz respingona y cubierta de pecas.
—¿Aún no han llegado, Holly?
—Aún no, Ricky, pero espero que no tarden mucho.
—Yo también. ¡Quiero que me lleven a dar una vuelta en el camión!
Ricky era muy alto para tener siete años y parecía que esas piernas suyas interminables lo llevaban en todas direcciones a la vez. Tenía los ojos azules y muy brillantes, y una sonrisa muy agradable. Holly se parecía bastante a su hermano, pero ella era morena y, cuando sonreía, sus ojos claros se le cerraban prácticamente del todo.
Los dos hermanos se acercaron a la acera.
—Tú vigila en esa dirección de la calle —propuso Holly— y yo me encargaré de la otra.
De pronto, Ricky soltó un grito de alegría.
—¡Ya los veo!
Dos camiones de mudanzas, uno enorme y otro más pequeño, se acababan de detener calle abajo. Un hombre se apeó del vehículo más grande con la intención de comprobar el número de una de las casas. Sin embargo, cuando vio que los dos niños se le acercaban a la carrera, se detuvo en seco.
—¿Busca usted a los Hollister? —le soltó Holly.
—Vamos la casa de los Hollister, en efecto —confirmó el hombre con una sonrisa—. ¿Es que eso de mudaros os hace felices?
—Supongo que sí —respondió Holly.
—Es que por aquí todo el mundo nos conoce con el nombre de los Felices Hollister —aclaró Ricky. Y después, señalando con el dedo, añadió—: Nuestra casa está por ahí.
—Muy bien. Pues vamos allá: os seguiremos —dijo el hombre aposentándose de un salto en el asiento del camión.
—Creo que les guiaríamos mejor si fuéramos con ustedes —sugirió Ricky, esperanzado.
El hombre miró a su ayudante y le guiñó un ojo. Luego se volvió hacia Ricky y Holly.
—¡Por supuesto! ¡Vamos, subid!
—¡Gracias, señor de la mudanza! —respondió la niña educadamente.
—Podéis llamarme George —dijo el hombre tras soltar una risotada.
Ricky ayudó a Holly a subirse al alto escalón que conducía al asiento delantero y luego se subió también al camión. El motor rugió y el vehículo avanzó calle abajo, seguido del camión más pequeño. No tardaron en plantarse delante de la casa de la familia Hollister.
—¿Puedo tocar la bocina? —preguntó Ricky.
Cuando George le dio permiso, el muchacho pegó dos bocinazos y, al instante, un niño y una niña salieron precipitadamente por la puerta principal de la casa. El niño tenía doce años y era un chico fornido, rubio y de ojos azules que llevaba el cabello muy corto. La niña, con una melena vaporosa de un color dorado, tenía los ojos marrones, había cumplido ya los diez años y era muy vivaracha.
—¿Más hermanos Hollister? —preguntó George.
Rick asintió con la cabeza y aclaró:
—Son nuestro hermano y nuestra hermana, Pete y Pam.
—También tenemos otra hermana más pequeña —le informó Holly—. Se llama Sue. Tiene cuatro años y no para de meterse en problemas.

—Cinco Felices Hollister—concluyó George con una sonrisa.
—Siete —lo corrigió Holly—. Nuestros padres también son felices.
Después de que los dos camiones dieran marcha atrás y aparcaran encima del bordillo, los hombres de la mudanza se bajaron de los vehículos y se dispusieron a abrir las enormes puertas traseras.
—¡Me gustaría ayudarles! —dijo Ricky.
—¡Buena idea! —exclamó George—. ¿Qué os parece si vais dejando vuestros juguetes en la acera? Veo que ya están en el porche. Los meteremos en el segundo camión, junto con los paquetes más pequeños.
Mientras George y sus ayudantes cargaban con los muebles más pesados, que habían envuelto cuidadosamente con algunas mantas para evitar que se estropearan, los chicos se dedicaron a ir llevando sus juguetes hasta el camión más pequeño. Pam y Pete se encargaron de sus propias bicicletas y Ricky llevó el triciclo de Sue hasta la calle y lo metió luego en el camión.
Pete ayudó a Pam a mover el encantador escritorio de arce del que tan orgullosa estaba la niña. Otro de los juguetes preferidos de Pam era su colección de muñecas de todos los países, que había empezado cuando no tenía más que cinco años, así que fue envolviéndolas pacientemente en algodón y tela para que no se rompieran.
—Holly, no te preocupes, ya cargaré yo con el piano —se ofreció Ricky—. Lo haré exactamente como ellos.
Ricky había estado pendiente de todos y cada uno de los movimientos de los hombres de la mudanza mientras se habían sujetado pesadas cómodas a la espalda con correas muy anchas.
El niño tomó prestada una de esas correas, corrió como una bala hacia el porche y se ató el piano de juguete de su hermana a la espalda. Al bajar los escalones del porche, sin embargo, la carga se balanceó ligeramente, pero su hermano Pete la agarró a tiempo.
Ricky, no obstante, aún no estaba libre de peligro: al cabo de un instante, tropezó con el extremo de la correa y perdió el equilibrio.
¡Patapam!
El chico y el piano de juguete aterrizaron en el suelo con un estruendo metálico.
—¡Oh, Ricky! —gritó Holly, afligida.
—Lo siento —se disculpó su hermano, tratando de ponerse en pie—. ¿Se ha roto? —Y, llevándose la mano a la nariz, concluyó—: Sí, creo que me la he roto.
—¡Oh, madre mía! ¡Espero que no! —exclamó Holly.
A todo eso, Pete y Pam se habían plantado allí a la carrera, y la nariz de Ricky ya había empezado a sangrar.
—Será mejor que entres para que mamá te vea —le aconsejó Pam entregándole el pañuelo que llevaba en el bolsillo—. Vamos, te acompañaré.
Pete ya había retirado las correas del piano de juguete: el instrumento tenía algún que otro arañazo, pero, aparte de eso, parecía intacto.
La señora Hollister, que estaba en la cocina preparando unos bocadillos, se alarmó mucho al ver a su hijo Ricky en ese estado, pero le puso una toalla empapada en agua fría en la nariz y la sangre enseguida dejó de brotar.
—Supongo que, de vez en cuando, los hombres de las mudanzas podemos acabar heridos —concluyó Ricky tras darle las gracias a su madre, una hermosa mujer de cabello rubio.
Y, a continuación, volvió resuelto al trabajo.
Al cabo de unos pocos minutos, un coche familiar se detuvo en el sendero privado de la casa y un hombre alto y de aspecto atlético se apeó del vehículo. Tenía el cabello castaño y bastante ondulado, y, cuando sonreía, se le formaban arruguitas en las comisuras de sus ojos pardos.
—¡Papá! —gritó Holly, corriendo hacia él—. ¡Ya casi lo han cargado todo! ¿Cuándo nos vamos?
—En cuanto vuestra madre esté lista —respondió el hombre, con una sonrisa.
La casa de los Hollister estuvo vacía en un abrir y cerrar de ojos. Los dos camiones iban llenos hasta arriba, y los niños y sus padres se reunieron en la acera para verlos partir.
Y, justo entonces, se pusieron un poco tristes: estaban a punto de abandonar el lugar en el que habían vivido tan buenos momentos.
—Eh, ¿dónde está Sue? —preguntó de repente la señora Hollister, al darse cuenta de que la pequeña no estaba con ellos.
No la veía por ninguna parte.
—Hace un rato estaba jugando con Zip —dijo Ricky.
Zip era el perro de los Hollister, un animal muy fiel que se había convertido en otro miembro más de la familia.
Los niños se pusieron a llamar a su hermana y a silbar con fuerza para que el perro acudiera.
—¡Escuchad! —les dijo la señora Hollister, al oír unos ladridos a lo lejos.
Parecían proceder del camión pequeño.
—Ábralo —ordenó el señor Hollister.
George se apresuró a abrir la puerta y Zip apareció de un salto; el perro ladraba y meneaba la cola, encantado de poder salir por fin de ese camión. Sue se bajó a la acera después de él.
—Me había escondido en el cochecito de Ricky —le explicó la niña de cabello oscuro a su familia, con los ojos brillantes de la emoción—. Quiero ir en el camión... ¿Puedo? Porfa...
—En otra ocasión tal vez —le dijo a su hija la señora Hollister.
—Bueno, parece que ya está todo listo —concluyó el señor Hollister. Y, volviéndose hacia George, añadió—: Ustedes viajarán durante toda la noche, pero nosotros nos detendremos en algún hotel. Asegúrense de que todo esté en su sitio cuando lleguemos a Shoreh
