El fantasma de la Ópera

Gastón Leroux

Fragmento

El Fantasma de la Ópera

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EL FANTASMA DE LA ÓPERA EXISTIÓ. NO FUE, COMO se dijo, una ocurrencia de las «ratitas» de la Ópera, que es como se llama, desde siempre, a los alumnos más pequeños de la Academia Nacional de Danza, y a quienes se permite participar en algunas representaciones.

El fantasma existió de verdad, y puedo sostener mi afirmación con pruebas sólidas. En este libro explico al lector cuáles son y cómo las conseguí.

Nada más iniciar mi investigación, detecté una sorprendente coincidencia entre el fantasma y el misterioso escándalo Chagny que, como se recordará, se había desarrollado en el mismo tiempo y lugar.

Todo aquello pasó hace unos treinta años. Por tanto, todavía viven personas que recuerdan, de primera mano, el misterio que envolvió el rapto de la cantante Christine Daaé, la desaparición del vizconde de Chagny y la muerte de su hermano mayor, el conde Philippe, cuyo cuerpo fue hallado muy cerca de la Ópera. Pero, hasta la fecha, nadie había relacionado en esa lamentable tragedia al legendario fantasma de la Ópera. Yo sí lo hice, aunque tardé bastante tiempo en poder confirmar que tragedia y fantasma estaban íntimamente relacionados.

Un día, después de haber pasado muchas horas leyendo las Memorias de Monsieur Moncharmin, un antiguo director de la Ópera, acababa de abandonar la biblioteca, hastiado, cuando encontré al administrador de la Academia Nacional charlando con un viejecito vivaracho y presumido, a quien me presentó. Era nada menos que Monsieur Faure, precisamente el juez que había investigado el caso Chagny. Yo llevaba meses tratando de dar con él, sin éxito, al ignorar que hacía quince años que vivía en Canadá, pero justamente ahora, por primera vez, había vuelto a París.

Pasamos juntos buena parte de la tarde y me contó el asunto tal como él lo había entendido. Había cerrado el sumario por falta de pruebas pero estaba convencido de que los dos hermanos se habían enfrentado trágicamente a causa de Christine Daaé. No supo decirme qué había sido de ella ni del vizconde. Por descontado, cuando le hablé del fantasma, se echó a reír. No creía que ese asunto mereciera su atención, y no tomó en serio la declaración de un testigo que afirmó haber estado con el fantasma. Ese testigo era un personaje bien conocido en el mundillo de la Ópera, y al que todos llamaban el Persa.

El juez no había hecho caso de su testimonio porque pensaba que estaba loco, pero podéis imaginar hasta qué punto me interesaba a mí. Cuando me puse a buscarle tuve suerte, porque lo descubrí en su pequeño piso de la calle Rívoli. Por cierto, murió cinco meses después de mi visita.

Al principio desconfié de él pero, cuando el Persa me contó lo que sabía del fantasma y dónde podía encontrar pruebas de su existencia y, sobre todo, cuando me enseñó unas sorprendentes cartas de Christine Daaé que conservaba en su poder, ya no tuve ninguna duda. ¡No, no! El fantasma no era un mito.

Sé muy bien que se puso en cuestión la autenticidad de aquella correspondencia, ya que podía haber sido falsificada por el propio Persa. Pero me hice con otras muestras de la letra de Christine y, al compararlas con las cartas del Persa, todos mis recelos desaparecieron.

También me documenté acerca del Persa y pude comprobar que era un hombre honrado, incapaz de inventar una maquinación como aquella.

Debo añadir que sometí todos mis documentos e hipótesis al análisis de las más grandes personalidades que se habían visto involucradas de cerca o de lejos en el caso Chagny, o que habían sido amigos de la familia. Todos compartieron mi opinión y me alentaron a dar a conocer mi investigación.

Por último, con mi dosier en mano, volví a recorrer la Ópera Garnier, el inmenso monumento que el fantasma había convertido en su imperio. Todo lo que iba viendo y descubriendo corroboraba los documentos del Persa, y entonces, un extraordinario hallazgo vino a confirmar, definitivamente, mi teoría.

Como se recordará, no hacía mucho que se habían hecho unas excavaciones en el subsuelo de la Ópera para enterrar unas grabaciones con las voces de los artistas, y las obras descubrieron un cadáver. Pues bien, ¡he podido demostrar que se trataba del cadáver del fantasma de la Ópera! El propio administrador es testigo de ello, y los periódicos se equivocan al afirmar que se trata de una víctima de la Comuna de 1871, la última revuelta del pueblo de París.

Los pobres infelices que fueron masacrados durante la Comuna en los sótanos de la Ópera no están enterrados en ese lugar; diré dónde pueden encontrarse sus restos: no muy lejos de la inmensa cripta en la que habían acumulado todo tipo de provisiones, durante el asedio de París.

Más adelante volveremos a hablar de este cadáver y de lo que debería hacerse con él pero, ahora, debo terminar el prólogo agradeciendo su colaboración a las personas que, siquiera modestamente, han contribuido a desvelar la historia que nos interesa: el comisario de policía, Monsieur Mifroid (que estuvo a cargo de las primeras investigaciones después de la desaparición de Christine Daaé); Monsieur Rémy, el antiguo secretario de la Ópera; su viejo administrador, Monsieur Mercier; el profesor de canto, Monsieur Gabriel; y, muy especialmente, la baronesa de Castelot-Barbezac que, en otro tiempo (del que no se avergüenza), fue «la pequeña Meg»: la estrella más encantadora del admirable cuerpo de baile, e hija, por otra parte, de la honorable Madame Giry, la antigua acomodadora, ya fallecida, del palco del fantasma. Gracias a todos ellos voy a poder revivir para el lector aquellas horas de terror y auténtico amor.

GASTON LEROUX

El Fantasma de la Ópera

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LA NOCHE EN QUE MESSIEURS DEBIENNE Y POLIGNY, directores salientes de la Ópera, ofrecían una sesión de gala como despedida, el camerino de una de las primeras bailarinas, la Sorelli, se vio súbitamente asaltado por media docena de chiquillas que ya habían terminado su actuación. Entraron en tropel, unas riendo de forma extraña y exagerada, y otras profiriendo gritos, aterrorizadas.

La Sorelli, que deseaba estar a solas para repasar el discurso que debía pronunciar después en el foyer —el gran salón de la danza— ante los directores cesantes, recibió con poco humor la irrupción de aquella alocada pandilla.

Fue la pequeña Meg Giry, con ojos verdosos, cabellos negros como la tinta, tez morena y una fina piel que apenas recubría sus huesecillos, quien explicó, en solo tres palabras, con voz temblorosa y ahogada por la angustia, la razón de aquel alboroto:

—¡Es el fantasma!

Y cerró la puerta con llave. El camerino de la Sorelli era de una elegancia anodina y banal, pero a las muchachas del cuerpo de baile les parecía un palacio.

La Sorelli era muy supersticiosa y al oír a la pequeña Meg le llamó tonta. Sin embargo, como ella era la primera en creer en los fantasmas en general y en el de la Ópera en particular, quiso informarse inmediatamente.

—¿Lo has visto? —preguntó.

—Como la veo a usted —replicó compungida Meg que, sin poder sostenerse sobre sus piernas, se dejó caer en una silla, y añadió— Es él, y es muy feo.

—¡Desde luego que sí! —confirmó el coro de bailarinas.

Y se pusieron a hablar todas al mismo tiempo. El fantasma, con su frac negro, había aparecido ante ellas de repente, en el pasillo. Su llegada se había producido tan súbitamente como si hubiera salido de la propia pared.

Lo cierto es que, desde hacía algunos meses, en la Ópera no se hablaba de otra cosa que del fantasma vestido de etiqueta que se paseaba como una sombra por todo el edificio, que no hablaba con nadie, a quien nadie se atrevía a molestar y que, además, se desvanecía con la misma rapidez que había aparecido, sin que pudiera saberse de qué manera ni por dónde.

Al principio se burlaron de aquella aparición que iba vestida como un enterrador pero, pronto, la leyenda del fantasma fue creciendo hasta tomar proporciones colosales entre los artistas y técnicos. Todos pretendían haberse tropezado un mayor o menor número de veces con él y haber sido víctimas de sus maleficios. Y los que más se reían no eran, ni mucho menos, los que más tranquilos estaban. Hasta el punto de que cada acontecimiento que se producía, por gracioso o penoso que fuera, era atribuido inmediatamente al fantasma. ¿Se había producido un accidente? ¿Un compañero había gastado una broma a otro? ¿Se había perdido una cajita de maquillaje? ¡Todo era culpa del fantasma de la Ópera!

¿Había que creer a tanta gente que decía haberle visto? La Ópera solía estar llena de fracs negros y no eran de fantasmas… Pero este tenía una particularidad que otros fracs no tenían: lo lucía un esqueleto.

Al menos, eso decían los supuestos testigos.

Y, naturalmente, ese esqueleto tenía una calavera.

Pero, ¿era verdad todo aquello? El lector debe saber que la descripción más popular del fantasma provenía de Joseph Buquet, el jefe de los tramoyistas. Lo había visto solo un segundo, ya que el fantasma había huido inmediatamente, pero conservaba un recuerdo imborrable de aquel encuentro. Y he aquí lo que Joseph Buquet decía del fantasma a todo el que estuviera dispuesto a escucharle:

«Está flaquísimo y su ropa negra flota sobre un esqueleto. Sus ojos son tan profundos que las pupilas apenas se distinguen. En realidad, solo se ven dos grandes huecos negros, como en los cráneos de los muertos. Su piel, que se tensa sobre los huesos como una piel de tambor, no es blanca sino desagradablemente amarillenta. Tiene tan poca nariz que, de perfil, ni se aprecia; y os aseguro que esa falta de nariz da muchísimo miedo. Su cabello se reduce a tres o cuatro mechones largos y oscuros».

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El jefe de los tramoyistas era un hombre serio, ordenado, de imaginación lenta y no había bebido. Sus palabras fueron escuchadas con estupor e interés, y enseguida aparecieron otros explicando que, también ellos, se habían encontrado un frac con una calavera.

Al principio, las personas sensatas no hacían caso de esta historia y afirmaban que, probablemente, se trataba de una broma que algún empleado había querido gastar a Joseph Buquet. Pero después comenzaron a producirse, uno tras otro, incidentes tan extraños e inexplicables que hasta los más incrédulos comenzaron a preocuparse.

La guinda al pastel la puso un bombero. Y todos sabemos que un oficial de bomberos es valiente y no teme al fuego.

Pues bien, un día ese experimentado bombero se encontraba haciendo su habitual ronda de vigilancia por los sótanos y se había aventurado, parece ser, un poco más lejos que de costumbre. De pronto, había reaparecido en el escenario completamente pálido, asustado, tembloroso, con los ojos a punto de salirse de las órbitas y casi se había desmayado en los brazos de una escenógrafa. ¿Y, por qué? Porque había visto avanzar hacia él, a la altura de sus ojos, pero sin cuerpo, ¡una cabeza de fuego! E insisto, lo decía un oficial de bomberos que no teme al fuego.

El personal de la Ópera quedó desconcertado. Esa cabeza de fuego no se parecía en nada al esqueleto con frac del jefe de tramoyistas. Se discutió mucho al respecto y, finalmente, se llegó, con un amplio consenso, a una idea: el fantasma tenía varias cabezas que cambiaba según le convenía.

Naturalmente, también llegaron a la conclusión de que corrían el mayor de los peligros. Y si un valiente bombero no había vacilado en desvanecerse, todos se sentían autorizados a aterrorizarse cuando pasaban por espacios y rincones oscuros o mal iluminados.

El terror colectivo llegó a tal extremo que para proteger, en la medida de lo posible, el edificio y a sus empleados, sus producciones y montajes, la propia Sorelli, rodeada del ballet al completo y seguida por las «ratitas» en maillot, colocó una herradura de caballo en la entrada del personal. Para evitar ser víctimas del poder oculto que se había adueñado de la Ópera, todos los empleados, insisto, todos, debían tocarla antes de pisar el primer peldaño de la escalera.

La historia de la herradura de caballo tampoco es, como el resto de este relato, una invención: aún hoy se la puede ver sobre la mesa del vestíbulo de la portería, al entrar en la Ópera por el patio de la administración.

Con estos datos, el lector ya puede hacerse una idea del estado de ánimo de las excitadas jovencitas cuando entraron en el camerino de la Sorelli.

Allí dentro se había hecho el silencio. No se oía más que el ruido de las respiraciones jadeantes y angustiadas. De pronto, a todas les pareció oír una especie de roce detrás de la puerta. Ningún ruido de pasos. Era como si una ligera seda se deslizara sobre la madera. Después, nada.

La Sorelli trató de mostrarse menos impresionada que sus compañeras. Se acercó a la puerta y preguntó con delicada voz:

—¿Quién anda ahí?

Pero nadie respondió.

Entonces, sabiendo que todos los ojos estaban fijos en ella, se obligó a mostrarse valiente y preguntó subiendo el tono:

—¿Hay alguien detrás de la puerta?

—¡No! ¡No! —gritó la pequeña Meg, reteniendo valientemente a la Sorelli por su tutú de gasa—. ¡Sobre todo, no abra! ¡Por Dios, no abra!

Pero la Sorelli, armada con un estilete que siempre tenía a mano, no le hizo caso y abrió la puerta, mientras las bailarinas retrocedían hasta el tocador y Meg invocaba el auxilio de su madre, la formidable acomodadora Madame Giry:

—¡Maman, maman!

Armada de coraje, la Sorelli se asomó al corredor. Estaba desierto. La primera bailarina volvió a cerrar la puerta rápidamente y, lanzando un profundo suspiro, exclamó:

—¡No hay nadie!

—¡Pero si nosotras acabamos de verlo! —aseguró nuevamente Meg volviendo a ocupar, con pequeños pasos temerosos, su sitio al lado de la Sorelli—. Debe de andar por ahí, merodeando. Yo no subo a cambiarme. Deberíamos bajar todas juntas al foyer, cuanto antes, para el «saludo», y después de la recepción, volvemos a subir juntas.

En este punto, la niña hizo un gesto que todos conocemos para conjurar la mala suerte. La Sorelli, aunque con más disimulo, también hizo otro. Después se dirigió a las jóvenes bailarinas:

—Hijas mías, tenéis que reponeros… ¿Qué fantasma? ¡Nadie lo ha visto jamás!

—¡Sí, sí! Nosotras lo hemos visto… Acabamos de verlo —volvieron a decir las chiquillas—. Tenía una calavera e iba vestido de frac, tal como se le apareció a Joseph Buquet.

—¡Y Gabriel también lo vio! —corroboró otra joven bailarina, llamada Jammes, con ojos de nomeolvides, piel sonrosada y cuello de lirio—. Ayer mismo. Ayer por la tarde… En pleno día…

—¿Gab

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