UNO
—Eso es exactamente lo que les pasó a Liz y Lionel cuando Kismet desapareció antes de entrar en la universidad...
La abuela de Finn, plantada en la puerta de Salidas, protestaba con grandes aspavientos.
—Pero ¡abuela! ¡Que ya está en el edificio! ¡Que llegará en cualquier momento!
Estaban esperando a que apareciera el tío Al, que debía hacerse cargo de Finn mientras la abuela se tomaba unas merecidas vacaciones. La mujer tenía que coger un avión a Oslo para embarcarse en un «crucero de calceta» por Escandinavia, junto con otro centenar de maduras entusiastas de las agujas de hacer punto.
Al había prometido presentarse en casa de la abuela la noche anterior.
Luego había prometido reunirse con ellos en el aeropuerto a primera hora.
Y en aquel mismo momento, por teléfono, había prometido encontrarse con ellos en la puerta de Salidas.
Pero Al... Bueno, Al era Al; con él nunca se podía estar seguro de nada. Y el remedio de la abuela para sobrellevar la angustia que su hijo le provocaba desde que era un recién nacido hasta ahora, treinta y dos años más tarde, consistía en verter al mundo un parloteo incesante e inquieto.
—...Kismet la mayor con tatuajes tuvieron que coger un avión hasta Kinshasa que les costó cinco mil libras la muy tonta había perdido el móvil aunque eso de no saber si estaba viva o muerta no te puedes imaginar lo que es para unos padres... Pero ¿dónde se habrá metido este hijo mío? Me dejaron a mí al cuidado de su gato que tenía los mismos problemas de vejiga que Tiger...
—Última llamada para la pasajera Violet Allenby, del vuelo ciento tres con destino a Oslo, diríjase inmediatamente a la puerta de embarque número quince —anunciaron por megafonía.
—...John tuvo el detalle de llevarme a Woking a ver a una veterinaria muy joven de Nueva Zelanda una chica encantadora que le mandó un tratamiento a base de comida enlatada y hierbas...
—¡Abuela, por favor!
—Bueno siempre puedo coger el próximo avión...
—¡Que nooo, abuela! —Finn, frustrado, daba vueltas en torno a ella.
—¡Infinity! —exclamó la abuela con firmeza—. ¡No pienso moverme de aquí!
(Infinity. «Infinito.» Todo lo que Finn sabía de su padre —todo lo que necesitaba saber— se hallaba en su nombre. ¿A quién se le ocurriría ponerle a su hijo el nombre de un concepto matemático? «Exactamente a la clase de hombre que te imaginas», habría dicho con nostalgia la madre de Finn, que aseguraba que fue lo máximo que pudo hacer para evitar que lo llamara E=mc2.)
—¡Al ya está aquí! ¡No va a pasarme nada!
—¡Pues yo no lo veo! Y con Al sólo hay una cosa segura: que no puedes dar nada por seguro. Ha dicho que está «en el edificio», pero eso podría significar cualquier cosa. Podría ser un edificio imaginario, un edificio en otro continente o en otro planeta...
—¡Abuela, tienes que subir al avión!
—Mi deber es cuidar de ti. Eres un niño...
—Soy casi un adolescente.
—...y si Al y tú os creéis que voy a dejarte aquí abandonado a tu suerte en un aeropuerto plagado de gérmenes, carros descontrolados y terroristas internacionales...
En aquel momento, por fortuna, el tío Al apareció por la esquina, con pinta de acabar de levantarse de la cama.
Metro ochenta de estatura y más flaco que el palo de una escoba, todo huesos, músculo y nervio, chaqueta de ante y pantalones de pana viejos, desgastados hasta casi la extinción, cabello oscuro, ojos más oscuros aún, gafas de diseño rotas y pegadas con cinta adhesiva, el brazo alzado en un saludo sorprendido, como si se los hubiera encontrado allí por pura casualidad.
—¡Alan! ¿Dónde demonios te habías metido?
—¿Cómo? Ah... Estaba haciendo una cosa... —Aquello le pareció explicación suficiente—. ¿Qué haces aquí todavía?
¡Guau!
Junto a Al, atado a una correa y muy contento, brincaba un chucho de tamaño mediano (una especie de cruce entre un perro de aguas y un canguro hiperactivo, había pensado siempre Finn).
—¿Qué haces con Yoyó? ¡Aquí no pueden entrar perros!
—Lo he visto ahí fuera atado. ¡Estaba llorando!
Empezaban a llamar la atención de los encargados de seguridad del aeropuerto.
—¡Fantástico! Ahora van a detenernos a todos... —se quejó la abuela.
—Tenemos que meterla en el avión —le dijo Finn a Al.
Y al instante, Al la cogió en brazos como si fuera una niña pequeña, le dio un beso y volvió a dejarla en el suelo encarada en la dirección correcta.
—¡Por Dios bendito, que tengo sesenta y tres años!
Finn arrastraba su maleta de ruedas tras ella, y entre Al y él la hicieron pasar por la puerta de Salidas como si estuvieran pastoreando una oveja desobediente.
—¿Has hablado con la señora Jennings? Hemos quedado en que llevará a Finn al colegio y lo recogerá por la tarde.
—La señora Jennings y yo hablamos constantemente —contestó Al.
—¡Vete ya, abuela!
—¡Me estás mintiendo! —protestó ella—. La comida está en el congelador con etiquetas...
—La comida está en el congelador; los cuchillos y tenedores, en los cajones; hay puertas y ventanas que permiten el acceso a la vivienda... —la interrumpió Al.
—¡Las llaves!
—...cuyas llaves guarda Finn en el bolsillo, un apéndice de tela que va cosido a los pantalones, a esta altura más o menos. ¡Venga, mamá! ¡Soy capaz de recalentar lasaña y mantener unos principios morales superiores durante una semana!
—¡Lo dudo muchísimo!
Un empleado de las líneas aéreas con la cara muy colorada empezó a apremiarla.
—¡Te quiero, abuela! ¡Pásatelo bien!
—Tú también, cariño, pero ten mucho cuidado. ¿Al? ¿Alan?
—Te prometo que no va a pasarle nada. ¡Vete!
Cuando finalmente la abuela desapareció tras el control de pasaportes, Finn cayó de rodillas aliviado, y Yoyó le lamió toda la cara.
Al lo miró con gesto sorprendido y preguntó:
—¿Ha dicho algo del colegio?
Quince minutos más tarde, la abuela ya estaba volando y Finn y Al salían disparados del aeropuerto de Heathrow. Cogieron la M25 en el coche de Al: un De Tomaso Mangusta de 1969, de color gris plata, el coche más extraordinario fabricado a mano en Italia, ruidoso y bajo, un cupé de diseño espectacular, con un motor V8 y una potencia de trescientos cinco caballos. A Yoyó le encantaba y siempre aullaba a bordo. Finn lo adoraba. Y la abuela lo consideraba una ridiculez y un ejemplo perfecto de la irresponsabilidad de Al en cuestiones económicas.
—Ya me he hartado de los trajes bonitos y no se me ocurre nada mejor en lo que gastarme el dinero —le decía Al.
Aunque Finn sabía que sólo era cierto en parte, porque más de una vez había encontrado cheques de su tío en el bolso de la abuela, y eran por cantidades astronómicas. Y es que, por muy excéntrico que fuera el comportamiento de Al, todo el mundo parecía querer algo de él: empresas con problemas técnicos, compañías farmacéuticas que deseaban iniciarse en la reconstrucción molecular, gobiernos que no sabían qué hacer con sus residuos radiactivos... Todos acudían a él.
Al dirigía un pequeño laboratorio en el corazón de Londres y era una «especie de científico»: un químico atómico con una mente bastante dispersa a quien no le resultaba fácil encajar en una categoría, ya fuera de la vida o de la ciencia.
Era la única persona, o eso sostenía él, a la que habían expulsado del claustro de las universidades de Cambridge en Inglaterra y Cambridge en Massachusetts... ¡en el mismo trimestre! (por cuestionar el modelo clásico de la física de partículas mediante la paradoja del neutrino tauónico y por golpear a un economista conservador con un lenguado al vapor durante una cena, respectivamente).
Al lo consideraba una prueba de su integridad moral. La abuela, una prueba de locura, y rezaba por que no fuera hereditario. Después de criar a dos hijos tan insensatos como temerarios, se había propuesto meter a su único nieto en una burbuja llena de algodón.
Finn ya se parecía a Al en el aspecto huesudo y desgarbado, pero tenía un pelo rubio que le crecía en varias direcciones a la vez («como tu padre»), y unos ojos muy muy muy azules («como tu madre»), y a aquellas alturas la abuela ya se temía que también hubiera heredado la tendencia a tener «sus propias opiniones» (como rechazar cualquier comida amarilla aparte de la crema pastelera, o acusar a un profesor de mantener una «actitud beligerante» en una reciente reunión de padres, o sacar a colación sus «dudas religiosas» ante un sacerdote... ¡durante un funeral!).
No es que Finn quisiera molestar a nadie: sólo intentaba no caer en el aburrimiento, lo cual significaba (tal como él mismo indicaba en su perfil de Facebook) «no estar en el mismo planeta que el colegio». Quería mucho a su abuela y ponía todo su empeño en no causarle sufrimientos innecesarios: evitaba los deportes de riesgo, las peleas en el patio y los pasatiempos potencialmente mortales (aunque se reservaba, eso sí, el derecho a defenderse. ¿Y quién podía resistirse a fabricar fuegos artificiales caseros? ¿O a lanzarse en monopatín a la piscina del vecino? ¿O a practicar saltos y patadas de kárate sobre superficies de cemento? ¿O a...?).
Ahora bien, cuando Finn estaba con Al, no había reglas.
Los tíos de otros chicos jugaban al golf. Los tíos de otros chicos a lo mejor les daban algo de dinero en Navidad. En cambio, Al estaba dispuesto a ver en cada situación la oportunidad de descubrir algo y divertirse, y jamás decía que no. Hasta Finn se daba cuenta de que aquello era una locura, pero lo cierto era que estar con su tío Al resultaba de lo más emocionante.
—Estoy entrenándolo —se defendía Al cada vez que la abuela se quejaba.
—¿Para qué? —preguntaba ella, aterrada (porque sabía que Al se movía en un mundo lleno de secretos).
Para la vida, suponía Finn, que confiaba ciegamente en el entrenamiento de su tío, pues, por mucho que tuviera la cabeza en las nubes, su corazón siempre estaba donde debía. Sí, era un hombre errático e impredecible; sí, tenía «ciertos problemas con las cosas» (se le daba fatal aparcar, se le daba de miedo extraviarlo todo y no tenía la más mínima capacidad para el orden), pero sabía tender un puente entre la vida cotidiana y la vida tal como debería ser: impulsiva, instructiva y llena de cosas que explotaban.
Se pasaba por casa cada dos fines de semana y a veces se quedaba una semana entera durante las vacaciones. Y cuando la madre de Finn murió, también se quedó todo el verano.
—¿Has hecho el equipaje? —le preguntó Al.
—¡Sí!
—¿El pasaporte? ¿Has comprobado la fecha?
—¡Sí!
¡Guau!, añadió Yoyó.
—¿Tienes todo el equipo listo?
—En el garaje. Todo preparado.
—¿Armas? ¿Sabes que allí todavía hay lobos?
—Una M60 con lanzagranadas.
—¡Ja! Esto no es la Xbox, esto es una cuestión de vida o muerte. ¿Protección solar?
—Protección solar, gafas de sol, tienda, ropa, impermeables, navaja suiza, chocolatinas, linterna, mechero, GPS de mano... Llevo hasta una almohada hinchable.
«Confía en ti mismo. No siempre se puede confiar en los demás.» Ésa había sido una de las Tres Reglas Básicas de su madre.
El equipaje de Finn, en una elegante bolsa impermeable, pesaba seis kilos y medio.
Estaba listo para cualquier cosa.
—¡Seguro que no te has acordado de que nos íbamos hasta esta misma mañana! —se burló de su tío—. ¡Apuesto a que ni siquiera te has duchado!
Al fingió indignarse.
—¡Oye! Llevo tarjetas de crédito, una guía de restaurantes y media bolsa de patatas fritas. Venga, vamos a cargar el coche y salimos zumbando.
PRIMER DÍA 07.33 horas (UTC+1). Hook Hall, Surrey, Reino Unido
Un convoy de seis coches se detuvo sin hacer ruido en Hook Hall.
Los esperaban. No hubo que dar muchas explicaciones.
En uno de los vehículos iba el comandante James Clayton-King (Harrow, Oxford, Marina Real, Ministerio de Defensa, Servicio Secreto de Inteligencia, presidente del G&A), conocido sencillamente como King. No era como el rey alegre de las canciones infantiles, sino más bien del tipo autoritario, cruel: piel blanca, mentón fuerte, inteligencia penetrante. No era tan peligroso como daban a entender sus ojos entornados, pero le gustaba aparentarlo.
Del primer coche salieron dos agentes del Servicio de Seguridad, y uno de ellos aguantó la portezuela. De los otros vehículos fueron saliendo más altos cargos, entre ellos el general Mount, de la Junta de Jefes de Estado Mayor, con tres ayudantes.
Los guiaron por el complejo hasta llegar al Centro de Análisis de Campo (CAC), una nave del tamaño de una catedral y con paredes de cemento donde los investigadores podían recrear y controlar cualquier clima o entorno imaginable, desde el desierto lunar a una frondosa selva tropical, y luego proceder a bombardearlo, hacerlo saltar en pedazos o contaminarlo por completo sólo para ver qué pasaba. Básicamente era un gigantesco tubo de ensayo, uno de los tres que existen en todo el mundo.2
Subieron por un armazón de acero hasta una galería de control, hecha de vidrio reforzado y cemento armado, que rodeaba toda la nave. Otras personas aguardaban ya allí: una ecléctica mezcla de militares, científicos, ingenieros e intelectuales.
Un grupo de expertos de un instituto de investigación de Salisbury Plain —todos con gafas— se apiñaba tímidamente en un rincón. Tenían pinta de no haber pegado ojo aquella noche.
Se saludaron con apretones de manos y gestos de cabeza, pero sin efusiones. Les ofrecieron té y café, pero nadie quiso. Nadie tocó tampoco el surtido de galletas.
El Comité Global No Gubernamental para la Respuesta frente a las Amenazas (popularmente conocido como el G&A) se formó en octubre de 2002 para reaccionar a amenazas extraordinarias contra la seguridad global y contra el tejido mismo de la civilización occidental. Contaba con catorce miembros expertos y una junta ejecutiva de cinco personas entre las que se encontraba el comandante King, que la presidía. Sólo se habían visto obligados a reunirse en tres ocasiones a lo largo de los últimos diez años,3 y sabían que fuera cual fuese el motivo de la presente reunión, se trataba de algo grave.
Grave en extremo.
Un técnico informó:
—Estamos listos, señor.
—Bien. Sellen la sala —ordenó el comandante King, y aguardó mientras se cerraban las puertas y se bajaban las persianas automáticas—. Bueno... Seguramente se estarán preguntando por qué los hemos reunido aquí —comenzó por fin, con una voz profunda y acostumbrada a dar órdenes: controlada, seria y a la vez algo melodramática—. Pues bien... Uno de nuestros científicos ha desaparecido. Y por lo visto antes ha dejado suelto esto...
El técnico pulsó una tecla y en la pantalla apareció una imagen a enorme escala...
PRIMER DÍA 07.41 horas (UTC+1). Willard’s Copse, Berkshire, Reino Unido
Matar matar matar matar matar matar matar matar matar...
2. Los otros dos están en Shenyang, China, y Brookhaven, Estados Unidos.
3. Tras una catástrofe nuclear en Japón, una amenaza química en Iraq y un incidente terrorista a bordo de la Estación Espacial Internacional.
DOS
—¿Trampa de luz? —preguntó Al.
—Lista —contestó Finn.
—¿Redes?
—Listas.
—¿Trampas?
—Listas.
—¿Alfileres?
—Listos.
—¿Tarros?
¡Guau!
—Este perro es tonto.
Estaban en la vieja y laberíntica casa de la abuela, repasando el equipo que Finn había preparado para su excursión.
—¿Acetato de etilo?
—¿El Agente de la Muerte? Listo.
—¿Tarjetas y aerosol fijador?
—¡Listos! Está todo. ¡Vámonos!
¡Guau!, lo apoyó Yoyó (especialmente contento porque «vámonos» significaba «corretear por ahí con Yoyó»), y se puso a brincar sobre Finn con tal excitación que tiró de un estante una caja de zapatos llena de soldaditos de plástico que se esparcieron por todo el suelo del garaje.
—Genial —masculló Finn, que tuvo que ponerse a recogerlos uno a uno.
—Por aquí debe de haber alguna caña de pescar... —murmuró Al mientras rebuscaba entre una década de trastos acumulados al fondo del garaje.
Finn había participado en una caza de trastos similar el primer verano que pasó en casa de la abuela. Fue así como descubrió, detrás de un Mini decrépito, el equipo que Al utilizaba de pequeño para atrapar insectos. Su tío y él habían montado en el jardín la trampa de luz, un artilugio reluciente que parecía una tienda de campaña, y se habían pasado media noche despiertos cazando y catalogando la multitud de insectos atraídos por la luz.
A la abuela no le había parecido una manera apropiada de llorar la muerte de una madre, hermana e hija. Sin embargo, Al y Finn eran varones, y los varones se enfrentaban de una manera muy distinta a las emociones, sobre todo a las fuertes. De manera que si dedicarse a clasificar insectos muertos los ayudaba a superar aquello, que así fuera. Además, sabía que su hija, dondequiera que estuviese, vería con muy buenos ojos que entre los dos se estuviera formando aquel vínculo tan peculiar como irrompible.
La segunda de las Tres Reglas Básicas de la madre de Finn era: «Sé tú mismo.» Finn jamás había llegado a comprender del todo su significado, pero había terminado con ciento ocho especies de insectos autóctonos en diversos estados de destrozo montados en dos cartulinas grandes sobre la chimenea de su habitación.
Bombus lucorum, Bombus terrestris, Bombus lapidarius (abejorros con nombres tan geniales que hasta ponía un gesto gracioso al pronunciarlos); abejas cortadoras de hojas, albañiles y carpinteras; escarabajos nauseabundos, de la harina y aceiteros; lucánidos o ciervos volantes; mariquitas de siete puntos y mariquitas oceladas; moscas portasierra (con sus alucinantes alas), moscas de los cuernos, moscardones, tábanos; fantásticas y extravagantes libélulas y chinches damisela (algunas en apuros); polillas y más polillas (casi todas las especies de polillas esfinge); mariposas dignas de exhibirse en galerías de arte (ortigueras y Agraulis vanillae, almirantes rojos y Nymphalis antiopa, papiliónidos y blancas verdinervadas).
La letra de las etiquetas era infantil, y algunos de los alfileres y soportes se habían caído, pero los ejemplares seguían siendo fantásticos. Finn lo sabía todo sobre ellos, se había leído todos los libros y artículos al respecto. Era capaz de recitar de memoria todos sus nombres y características.
El chico no sabía muy bien si su interés era natural o si buscaba establecer una conexión con sus padres, que habían sido científicos (a Ethan, su padre, lo había perdido en un accidente de laboratorio cuando él acababa de nacer, y su madre había muerto de cáncer más recientemente). En cualquier caso, su afición lo hacía sentir bien. Y cuando Al le preguntó qué quería hacer en su «semana libre de la abuela», Finn no tuvo ninguna duda: quería aumentar la colección.
—Una idea estupenda. ¿Qué tal si vamos a buscar insectos ciegos de los Pirineos? —sugirió su tío—. Extraños monstruos sin ojos encontrados en las cuevas más profundas de las montañas, ¡el resultado evolutivo de más de veinte millones de años de absoluta oscuridad!
—¿Los Pirineos?
—Es una cordillera que está entre España y Francia.
—Ya sé dónde está, pero la abuela...
—A la abuela no hay que decirle nunca nada. Sólo sirve para preocuparla y luego no hay quien la calle.
Y antes de que Finn se diera cuenta, el viaje estaba en marcha.
—¡Larguémonos! —exclamó Al, que volvió de la parte trasera del garaje con dos cañas de pescar y un viejo bote de pipas de fumar—. Tenemos que llegar al ferri antes de las tres.
Finn chasqueó los dedos y Yoyó se metió de un brinco en el asiento trasero del coche, loco de contento porque cualquier cosa lo ponía loco de contento: la hora del baño, quedarse fuera de casa bajo la lluvia, que le gritaran... Todo. Y lo de ahora también: que se lo llevaran para encerrarlo en una jaula.
Ya en la carretera, Al llamó a la secretaria del colegio de Finn, la señora Jennings, y, haciéndose pasar con total cara dura por un dermatólogo, concretamente «el doctor Xaphod Schmitten, se escribe X-A-P-H...», afirmó que Infinity Drake tenía que ingresar con carácter de urgencia en su clínica privada por «un caso agudo de dermatitis seborreica».
—Es de todo punto vital iniciar el lijado.
Si todo iba bien, el chico recibiría el alta al cabo de una semana, prosiguió, aunque era posible que se quedara totalmente calvo, en cuyo caso, ¿cuál era la normativa del colegio con respecto al «uso de un pañuelo para la cabeza o una peluca por motivos médicos»? La secretaria, alarmada, le pidió que aguardara un momento para ir a consultar con una autoridad superior, y cuando volvió al teléfono preguntó si podía repetirle su nombre.
—Por supuesto —contestó Al—. Herr Doktor Xaphod Schmitten, le deletreo: X-A-P...
Y a continuación fingió que la llamada se cortaba por falta de cobertura.
—Con eso valdrá. —Frenó haciendo chirriar los neumáticos delante de la residencia canina—. Ya puedes soltar al chucho. Vamos.
Finn respiró hondo.
—Venga, Yoyó.
El perro salió de un salto del coche y siguió a Finn hasta la residencia, emocionado con los ruidos y los olores de los otros perros. Sin embargo, una vez metido en su jaula, Yoyó se sentó sobre los cuartos traseros y se puso a aullar.
La madre de Finn le había regalado a Yoyó en cuanto supo que estaba enferma. Era una terapia muy obvia, pero había funcionado.
El chico se llevó una mano al pecho y arañó la piedra que llevaba colgada al cuello con una correa de cuero. Aunque no podía comprender del todo el concepto de «alma», había decidido hacía mucho que, si tal cosa existía, la de su madre vivía en aquella piedra. Parecía común y corriente, pero era un mineral llamado «blenda» que su madre siempre había llevado encima. Si la rascabas, con la uña o con cualquier cosa, emitía luz. Aquel fenómeno se llamaba «triboluminiscencia», y ni siquiera la ciencia podía explicar muy bien por qué se producía ni cómo. Por eso, en parte, le gustaba tanto a Finn: era una piedra misteriosa y a la vez científica, había sido de su madre y tenía un nombre estupendo. Si alguna vez tenía hijos, a uno de ellos lo llamaría Triboluminiscencia de Blenda.
Finn le hizo a Yoyó una última caricia en el cuello. El animal, pensando que ya se había terminado aquel cruel juego de «encerrar al perro», se tumbó boca arriba para que le rascara la barriga.
Qué tonto.
En momentos así era cuando Finn se acordaba de la tercera y última de las Reglas Básicas que su madre había pronunciado en los últimos días de su vida, cuando no parecía en absoluto que se estuviera muriendo y lo colmaba de mimos e instrucciones prácticas.
—Si alguna vez te paralizan las dudas, mira en el fondo de tu corazón y sabrás lo que tienes que hacer; entonces, pase lo que pase... sigue adelante.
—¿Qué...?! —exclamó Al, consternado, al ver a Finn salir de la residencia canina seguido de Yoyó.
¡Guau!
Finn se sentó delante y Yoyó, detrás.
—Mamá no... —comenzó Finn.
Y Al supo lo que venía a continuación: «Mamá no lo habría dejado aquí sin más.»
—Pero mira que eres...
Era una regla tácita entre los dos, una norma totalmente absurda, pero de un gran peso emocional: si cualquiera de los dos invocaba a la madre de Finn, el otro tenía que ceder. La regla, además de un puro delirio, se prestaba a todo tipo de abusos («A mi hermana le habría encantado que me prepararas otra taza de té...» «A mamá le habría encantado tener el FIFA 14 en la PSP...»). Pero Finn no se sentía en disposición de revocarla. Era su tío el que tenía que actuar como un adulto y poner fin a aquel disparate. Pero es que entonces no sería Al.
De manera que seis minutos más tarde ya estaban en la puerta de la iglesia.
Christabel Coles, vicaria de la iglesia de St. James y St. John en el pueblo de Langmere, en Bucks, le había cogido mucho cariño a Finn desde que a los once años, en pleno funeral de su madre, había levantado la mano para detener la ceremonia y preguntar qué era «exactamente» el «alma» y, si es que existía, dónde estaba «exactamente» el alma de su madre. Christabel se quedó callada.
—Buena pregunta —dijo al cabo de un momento.
Y sin hacer caso del resto de la congregación, se sentó con sus vestiduras rituales para debatir la cuestión con él. Fue una conversación interesante, reveladora e inconclusa, aunque los ayudó a ambos a sobrellevar el día. Se hicieron buenos amigos y desde entonces habían mantenido muchas conversaciones similares, a menudo en compañía de aquel... bendito perro. Había pocas criaturas del Señor que irritaran tanto a Christabel, aunque no tenía valor para confesárselo a Finn.
El muchacho le dijo que no podía dejar a Yoyó encerrado en la jaula, «al igual que no se puede meter a ningún rico por el ojo de un camello, o como sea eso. ¿Puedes cuidármelo, Christabel? Vendré a la iglesia la semana que viene, de verdad...».
A ella no le quedó más remedio que aceptar.
—No te preocupes.
—¡Genial! Por la mañana le das comida de lata, y por la noche pienso, y le dejas una manta para dormir. Ah, y sácalo a pasear cuando puedas, aunque es más fácil dejarlo suelto por ahí.
—Y no lo mates —añadió Al.
—Pero ¡tendré que contárselo a tu abuela!
—No te preocupes, ya se lo dirá Al. Va a caerle una buena regañina de todas formas.
Christabel vio a Finn volver al coche con su tío, un hombre absurdamente atractivo, y soltó un leve suspiro.
Al pisó el acelerador a fondo y el Mangusta salió disparado. Yoyó lo persiguió un buen trecho.
«Confía en ti mismo.
»Sé tú mismo.
»Sigue adelante.»
No es que fuera un gran legado, pero era el único que tenía.
—¿Podemos irnos ya de vacaciones? —preguntó Finn.
—Ya podemos irnos —contestó Al.
Lucía el sol y cruzaban la campiña inglesa con un deportivo italiano en dirección al continente, durante un día de colegio, en posesión de varios instrumentos científicos, una tienda de campaña, dos cañas de pescar, media bolsa de patatas fritas y ni una sola preocupación.
¿Qué más podían pedir?
La bestia arremetió otra vez contra el costado de la hembra de tejón, y otra y otra y otra.
Era un ataque tan frenético que el veneno le rezumaba del abdomen y salpicaba el pelaje de su víctima.
Los efectos del frío y la anestesia la habían mantenido medio aletargada la mayor parte de la mañana, pero, en cuanto cerró sus afiladas mandíbulas extensibles en torno a la carne del tejón, la suculenta sangre inundó los sentidos de la bestia y una sola idea se adueñó de su enloquecido sistema nervioso:
Matar matar matar matar matar matar...
Tres tirones4 contemplaban la escena.
Dos se mantenían bien apartados, protegidos con sus trajes integrales de Kevlar. Pero el mayor, que no tendría más de dieciséis años, no se había alejado y sólo llevaba unos vaqueros y una sudadera.
Era él quien había colocado el tejón, atontado pero vivo, en la parte norte del bosque. Le habría servido cualquier animal de granja, pero en el improbable caso de que alguien encontrase el cadáver, una vaca muerta habría provocado preocupación y una llamada a un granjero, mientras que un animal salvaje muerto no era más que... la naturaleza en acción.
Había cogido a la bestia cuando se despertó. La había tocado: sabía que a él lo probaría, pero no lo atacaría.
La había depositado con mucho cuidado justo al lado del tejón, y ahora observaba cómo bebía hasta hartarse.
Ocho minutos después, la bestia abrió las mandíbulas. El tejón estaba inconsciente. Al cabo de un momento estaría muerto.
La criatura, gorda y adormilada tras el festín de sangre, sintió la llamada del instinto cuando el abdomen se le tensó y las células se dividieron y se agrandaron en una carrera por convertirse en huevos viables.
Los tirones se retiraron, como habían planeado, y se separaron sin decir una palabra.
No quedó más señal de la operación que un ojo electrónico oculto en un árbol cercano.
4. Del latín tiro, significa «novicio» o «aprendiz joven».
TRES
¡Ayuda, señora Murphy, ayuda, por favor!
Vas a hacer explotar la granada de mi amor,
y hará bang y hará bum y será un pimpampum.
—Tenía un grupo. Esa canción la escribí yo. ¿La pillas? No. Porque careces de las experiencias vitales necesarias para apreciar la trascendental majestuosidad de...
—¿Has visto ese helicóptero? —lo interrumpió Finn, que miraba hacia atrás por la ventanilla del coche.
—¿El qué?
Al era un gran partidario de los debates durante los viajes largos y, como tal, se había pasado buena parte de la mañana discutiendo con Finn sobre turbinas, fútbol, si había que recuperar el Concorde y adaptarlo para viajar al espacio, si la nieve era mejor que el vuelo a motor y, en caso de que los nazis hubieran ganado la guerra, qué amigos de la abuela habrían sido colaboracionistas.
Acababan de empezar a debatir la afirmación de Al de que «los chavales no entienden la música rock», cuando Finn advirtió por primera vez el helicóptero.
Se volvió para intentar verlo bien sobre la carretera que habían dejado atrás. Al trató de localizarlo en los espejos retrovisores.
El camino estaba lleno de curvas y bordeado de árboles, puesto que iban rodeando el bosque de New Forest, pero no había equivocación posible: a unos doscientos metros detrás de ellos, en el cielo, un helicóptero zigzagueaba siguiendo la línea de la carretera, volando cada vez más bajo.
—Está bajando mucho —señaló Finn—. ¿Qué crees que están haciendo?
—Espero que no sea el inspector de tu colegio... —contestó Al, pero no terminó el chiste, puesto que estaba cada vez más preocupado.
El helicóptero se acercaba ahora a mayor velocidad, casi rozando las copas de los árboles. Detrás de ellos, un par de coches habían aminorado la marcha hasta detenerse del todo.
Al siguió adelante (al fin y al cabo, el helicóptero no lucía insignias de la policía), pero, cuando coronaron una loma y salieron a campo abierto, se puso justo encima del Mangusta, violentamente ruidoso y grande.
—¿Qué están haciendo? —dijo Al.
Y entonces un altavoz bramó desde el vientre del helicóptero:
—DOCTOR ALLENBY, DETENGA EL VEHÍCULO.
—¿Te conocen? —chilló Finn, muy impresionado.
En cuanto Al paró el coche, el helicóptero aterrizó delante de ellos, en la carretera.
—¿Qué pasa? ¿Qué es todo esto? —preguntó el chico.
Su tío tardó un momento en contestar.
—No estoy seguro, pero como mínimo podríamos llamarlo «mala educación».
De pronto, pisó el acelerador a fondo y el coche salió disparado. Después, dio media vuelta con un trompo chirriante y encaró el Mangusta en la dirección contraria. El motor V8 rugió y Finn quedó pegado al respaldo de cuero a consecuencia de la aceleración. No cabía duda: aquellos coches estaban diseñados para las emociones fuertes.
—¿Por qué no nos paramos?
—Podrían ser agentes de algún país extranjero... Podría ser alguna antigua novia que quiere matarme... Pero no te preocupes, en el bosque los perderemos.
¿Bromeaba? No podía hablar en serio. Pero Finn advirtió que Al se aferraba al volante con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos. El chico se hundió más en el asiento, con el corazón desbocado de emoción.
—Más deprisa, Al.
—De acuerdo.
Se estaban acercando al bosque, pero el helicóptero se les echaba encima.
De nuevo, se oyó el altavoz:
—¡DETENGA EL VEHÍCULO, DOCTOR ALLENBY, POR ORDEN DEL COMANDANTE KING!
Al soltó un taco, pegó un frenazo y el Mangusta se detuvo en seco a un lado de la carretera, muy cerca de los árboles. El helicóptero se posó suavemente en la hierba junto a ellos.
Finn estaba alucinado.
—¿Al...? —comenzó.
Pero su tío, demasiado furioso para decir nada, se cruzó de brazos en silencio.
Dos todoterrenos de la policía también se acercaban por la carretera. Del helicóptero salieron dos hombres con uniformes del Servicio de Seguridad y se aproximaron al coche mientras el motor se apagaba.
—Señor, tiene usted que venir con...
—Denle las gracias al comandante —los interrumpió Al—, pero díganle que estamos de vacaciones, díganle que nos vamos de viaje y que tendrá que llamarme la semana que viene, y díganle que no hacía falta que montara todo este numerito. Tengo correo electrónico, Facebook e incluso teléfono. Ah, y ya que están, no olviden decirle que tendrá que venir a suplicarme de rodillas...
—Señor, tenemos instrucciones de informarle de que se trata de un asunto relacionado con el Proyecto Boldklub.
«¿El Proyecto Boldklub?» Finn se echó a reír. Vaya nombre más raro.
—¿Y ése quién es? ¿Un vikingo o algo así? —le preguntó a su tío.
Pero de pronto Al se había puesto muy serio.
PRIMER DÍA 12.38 horas (UTC+1). Siberia, Rusia
Al principio, el zorro ártico lo confundió con un lemming, pero pronto el olor se volvió más penetrante y más dulce.
La temperatura era de dos grados centígrados. Verano. En esa época del año el suelo se cubría de cenagales y charcos de nieve fundida, lo que producía una ilusión de deshielo. A medida que el zorro se acercaba al olor, iban aumentando los matices salados y dulces, haciéndose irresistibles, excitando todo su sistema nervioso.
Y entonces vio algo que no entendía.
Un hombre.
El hombre alzó un brazo. Disparó. Y a continuación siguió comiéndose su perrito caliente.
El impacto lanzó al zorro a una zanja. Mientras la sangre le empapaba el pelaje blanquísimo, un último instinto de supervivencia lo hizo doblarse y cerrar la boca en torno a la herida.
Sobre la superficie de la tundra se formó un disco de sangre coagulada. Los insectos y microorganismos, adaptados a aquel entorno inhóspito, acudieron a alimentarse de él con voracidad.
Catorce metros más abajo, en un enorme búnker aislado y rodeado de una simulada frondosidad tropical, David Anthony Pytor Kaparis yacía, a la expectativa, dentro de su pulmón de acero.5
El pulmón inhalaba. El pulmón exhalaba.
Era como un ataúd del que sólo sobresalía la cabeza, que a su vez estaba rodeada de una multitud de espejos automáticos y dispositivos ópticos que le permitían alcanzar cualquier ángulo con la vista sin tener que recurrir a los músculos de su cuello dañado. Aquellos espejos y lentes giraban y se movían constantemente, curvando y distorsionando los reflejos de su rostro, de manera que parecía casi pixelado, y un observador jamás sabría con seguridad dónde iban a mostrarse a continuación aquellos ojos. Unos ojos de hielo negro, amargos y hundidos.
Sobre él, una pantalla panorámica mostraba múltiples datos, noticias e imágenes. La tecnología de seguimiento óptico le permitía manipularlo todo con una mirada: podía navegar por la red, analizar datos, modelar una idea, visitar cualquier lugar
