
Martina estaba a punto de encontrar la solución a un problema de álgebra cuando aquella dichosa canción se coló de nuevo en su cuarto. Era la quinta vez que el single de Kesha y Pitbull atronaba en la calle aquella tarde. Resopló mientras cerraba la ventana. Luego improvisó con el lápiz un recogido en su melena oscura.
Hacía calor, demasiado para principios de abril, pero Martina prefería asfixiarse en su cuarto a sufrir otra vez aquella machacona melodía.
Vivía con su hermana y su abuela en la cuarta planta de un bloque de trece pisos, donde era habitual oír discusiones o la música alta de algún vecino. Pero aquello pasaba ya de castaño oscuro. ¡Así era imposible concentrarse!

Cuando regresó al escritorio, Sugus había ocupado su silla. Lo apartó con suavidad, pero el gatito se acomodó en su regazo formando un ovillo.
A Martina le gustaba acariciar su pelaje suave y anaranjado, y sentir la vibración de su ronroneo. Le había puesto ese nombre porque era enganchoso como un sugus y siempre se pegaba a ella.
Le acarició el hocico y dejó que le lamiera los dedos. Odiaba hacerlo cuando tenía deberes, porque luego el lápiz se quedaba pringoso y olía a saliva de gato, pero era lo único que tranquilizaba a Sugus.
La música paró un instante y Martina repasó el enunciado del problema de mates:

Mientras intentaba despejar la incógnita de la ecuación, la voz de Kesha se coló de nuevo en la habitación.
It’s going down,

I’m yelling timber.
You better move,
you better dance.*


Un segundo después, su abuela Faustina —aunque la llamaban Fausti— se puso a maldecir en el cuarto de al lado mientras Violeta, su hermana pequeña, rapeaba el estribillo emulando la voz grave de Pitbull.
A punto de perder los nervios, Martina asomó la nariz desde la puerta.
—¡Abuela, que no me dejáis concentrarme!...
—¡Es que no hay derecho! —replicó Fausti sin apartar la mirada del cristal—. ¡Qué asco de niñas! ¿Tú crees que es normal que a estas horas estén en la calle meneando el culo de esa manera? En mis tiempos, las mocitas estábamos en casa ayudando a nuestras madres.
Emocionada, Violeta tomó a Martina de la mano y la arrastró hasta la ventana.
—Mira qué pasos... ¡Esa chica es una pasaaada!

Martina frunció el ceño al ver cómo su vecina Yanara movía las caderas con descaro.
A su lado, las gemelas Irene y Alba completaban el cuadro de las Fashion Girls, como se hacían llamar en el barrio. Con las melenas recogidas en una cola alta, las tres bailaban perfectamente sincronizadas, haciendo acrobacias sobre el asfalto, pero quien marcaba el ritmo y se movía con mayor desparpajo era la líder del grupo.
Las dos hermanas abrieron la boca al observar cómo Yanara se lanzaba sobre un coche aparcado y acababa la coreografía haciendo un espagat sobre el capó.
—La culpa la tiene su puñetera madre —continuó la abuela—. Todo el día mariposeando en la calle... Así ha salido la niña, más fresca que una col. Si yo fuera su abuela, ahora mismo bajaba, le daba un tirón de orejas y 
Martina empezó a notar cómo las palabras de su abuela martilleaban en su cabeza. ¿Por qué se empeñaba en hablar tan fuerte cuando solo estaba a un metro de ella?
Violeta la desafió:
—Ya te gustaría a ti bailar así de bien, ¿eh, Martina?
Asintió en silencio. Por una vez, estaba de acuerdo con su hermana pequeña... Yanara era la reina del baile. De madre brasileña, estaba claro que había heredado de ella algo más que su bonita piel de tono cobrizo. Incluso cuando caminaba, lo hacía con ritmo, como si en su cabeza sonara siempre una samba.
Las otras dos chicas suplían su falta de gracia con una técnica envidiable. Las tres hacían danza desde los cuatro años como extraescolar, y entrenaban en el gimnasio del instituto tres días por semana. Lo que Martina no acababa de entender era qué diablos hacían esa tarde bailando en la calle...
La canción de Kesha y Pitbull atronó de nuevo desde un altavoz portátil, situado estratégicamente sobre el asiento de una moto.
Violeta empezó a imitar los movimientos de Yanara, que en aquel momento giraba suave y veloz como una peonza.
Martina contuvo la risa cuando su hermana perdió el equilibrio y se estrelló contra su abuela, provocando que esta la reprendiera
con su voz chillona:
¿Quieres parar de una vez? —Respiró profundamente y miró a su otra nieta—. A ver si te has pensado que esto es Broadway. Y tú, Martina, ¿has acabado los deberes?
—No, abuela...
—Pues acábalos, niña, que te distraes con el vuelo de una mosca...
Resignada, Martina volvió a su habitación dispuesta a resolver aquel complicado problema de álgebra que trataba de una nieta y de una abuela, cuyas edades casi coincidían con las de su hermana y Fausti. Violeta acababa de cumplir nueve años.
Al cabo de un segundo, un estrépito en el salón la distrajo de nuevo.
Mientras Violeta rapeaba su hit favorito: «Soy rapera, mi abuela no se entera. Se tapa las orejas y me suelta una colleja», Fausti la amenazaba a gritos con dejarla sin postre en la cena.
¿Cómo podía chillar tanto?
Acodada en la mesa, Martina puso todos sus sentidos en aquel dilema:

Tras resolver el problema, Martina soltó un gritito de alegría.
Y fue justo en ese instante cuando su móvil vibró con un whatsapp en el grupo BFF (Best Friends Forever), que compartía con Sofía y Liu:



«¡Bravo!», pensó Martina, emocionada.
Por lo visto, no era la única que había resuelto incógnitas aquella tarde.


Martina echó un vistazo a su habitación desde la cama. Había metido en el armario toda la ropa que normalmente amontonaba en el puf rosa o sobre la colcha de patchwork que había tejido la abuela. El calzado —unas bailarinas y unas Converse de color morado— que solía tener desperdigado por el suelo estaba alineado y lustrado junto a la puerta. Había recogido sus libros y ordenado el escritorio...
¡Incluso Sugus dormitaba en su cestita!
Todo lucía en perfecto estado de revista para que sus padres no se disgustaran.
Martina podría haberse limitado a recoger lo que quedaba en su ángulo de visión. Al fin y al cabo, sus padres solo verían un trozo del cuarto en su conversación por Skype. Pero Martina no quería arriesgarse a que la delatara su abuela, que aquella tarde estaba especialmente gruñona.
Las Fashion Girls y el volumen infernal de su música eran las culpables.
Por suerte, Fausti había dejado de gritar y regañar a Violeta. Ahora tendía la ropa en el balcón mientras soltaba su habitual repertorio de coplas.
A Martina le gustaba oírla cantar porque era señal de que estaba contenta, y eso ocurría muy pocas veces. Lo normal era que protestara por todo y anduviera a la greña con Violeta. En eso, abuela y nieta eran iguales. Solo que su hermana entonaba raps en vez de coplas y hacía la puñeta a todo el mundo.
Incluso cuando hablaba lo hacía a menudo rimando frases. A Martina le ponía de los nervios que todo lo convirtiera en canciones taladrantes, sobre todo cuando se metía con ella y sus amigas, pero se vengaba gastándole bromas. Su favorita era envolverle una caja vacía con un papel y un lazo preciosos. Le encantaba la cara que ponía Violeta al abrirla... ¿Cómo era posible que siempre cayera en la trampa?
Martina no se parecía en nada a ellas. Hablaba poco y flojito. A veces, cuando subía en el ascensor con algún vecino le costaba incluso responder a un saludo o a preguntas del tipo: «¿Qué tal el instituto?». Casi siempre bajaba la cabeza y contestaba con monosílabos.
Fausti la regañaba y le decía: «Ay, niña, ¡qué sosa eres!».
Su madre la animaba diciéndole que ya se le pasaría la timidez con la edad. Pero, recién cumplidos los doce, aquello no tenía pinta de mejorar...
Solo había algo que le quitaba la vergüenza de forma mágica: bailar. Cuando lo hacía, Martina se transformaba. Había ido a clases de danza contemporánea hasta que cerró la academia del barrio y se le daba francamente bien. Incluso había sido la primera bailarina de un número de Navidad en la escuela.

Si su abuela la hubiera visto bailar «Heartbraker» de los Auryn, con aquella soltura y gracia natural, habría pasado de «sosa» a «fresca como una col» en un segundo. 
Aquel mediodía de invierno, la chica tímida se convirtió en la reina del patio.
Incluso Niko, el capitán del equipo de fútbol, opinó tras la actuación que debería haber bailarinas como ella animando en los partidos del sábado, como las cheerleaders del básquet americano.
Aquel comentario había hecho que la mismísima Yanara enrojeciera de la rabia.
Mientras recordaba feliz aquel acontecimiento, Martina se abrazó a su cojín favorito —un enorme corazón rojo— justo cuando la pantalla del ordenador se iluminaba con un zumbido suave.
Tras reconocer el número y aceptar la llamada, sus padres aparecieron al otro lado del monitor.
—¡Hola, picarona!
—Papá... Ya sabes que odio que me llames así.
—Vaaale, pecosa.
—Cielo, déjame que te vea bien... —le pidió su madre.
Ajustó a la cámara hasta que su imagen ocupó la pequeña pantalla del margen inferior derecho.

Al verse a sí misma, desvió la mirada con desagrado. El monitor aumentaba el tamaño de su nariz y de sus pecas, y todavía se veía más pálida su piel blanca.
Las caras sonrientes de sus padres le produjeron un nudo en la garganta. Los dos estaban muy guapos y bronceados, y vestían un uniforme blanco. Pero mientras él lucía el típico go
