La liga de los chicos súper normales (La liga de los chicos súper normales 1)

Gitty Daneshvari

Fragmento

cap-1

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Del montón. Corriente. Normal. Supernormal.

Palabras horrorosas todas ellas. Solo con pronunciarlas puedes provocarle náuseas a cualquiera. ¿Una exageración? Para nada. Ser un niño del montón, corriente, normal y supernormal en un mundo que solo reconoce y premia al número uno, al más mejor de la clase, la medalla de oro, etcétera, es sinónimo de tener el don de la invisibilidad. Es el equivalente humano al papel pintado: alguien que pasa desapercibido y se mimetiza con el entorno. Así pues, ¿quién iba a imaginarse que a dos niños comunes y corrientes, del montón y súper, pero supernormales les iban a encargar la misión de salvar el país después de la mayor crisis de seguridad nacional de la historia?

14 DE OCTUBRE, 7.45 H. MCLEAN, VIRGINIA

—¡Es imposible que una foca pueda hacer mi trabajo, por muy domesticada que esté! —contestó Arthur Pelton un pelín indignado a su mujer, Franny, mientras se ajustaba las hebillas doradas de su uniforme.

Aquel flamante y elegante traje azul realzaba su silueta albondiguesca todavía más; el hombre se había empeñado en embutir su cuerpo rechoncho en una talla menos, así que apenas le llegaba oxígeno a las extremidades y tenía las manos, la cara y los pies de un precioso tono morado e hinchados, muy hinchados, desde primera hora de la mañana.

—Mira, si me dijeras un mono o un orangután o... Pero ¿una foca? ¡Jamás! —prosiguió Arthur, enfurruñado.

—Te pasas el día sentado en un taburete señalando un cartel. Estoy bastante segura de que una foca podría hacerlo igual de bien que tú —replicó Franny reprimiendo un bostezo.

—Para empezar, las focas tienen aletas, no manos con dedos. No podrían señalar un cartel por mucho que quisieran. Y créeme, ¡no querrían! —gritó Arthur, y se marchó hecho una furia.

Ya fuera por rabia o por el tremendo esfuerzo físico que le había supuesto dar un portazo, Arthur tuvo que detenerse en el porche para enjugarse el sudor de la frente. Se pasó los dedos salchicheros por las sienes y esparció el sudor por las patillas y por su cada vez más calva calvorota. Pero Arthur no estaba pensando en su avanzada alopecia ni en su transpiración exagerada. Arthur seguía dándole vueltas al tema de las focas. ¿Cómo sabía que no querrían señalar el cartel? Tal vez sí querrían. Tras pensarlo un rato, se dio cuenta de que, seguramente, las focas sí serían capaces de hacer algún tipo de señal hacia el letrero. Y eso, aunque un poco por los pelos, era como señalar. Franny tenía razón: una foca sí podía hacer su trabajo.

Arthur se vino abajo; se le hundieron los mofletes y cerró los ojos. Devastación total. Pero entonces, tras repasar el ABC de su trabajo, se le escapó una sonrisita. Vale, sí, trabajaba en una garita de seguridad ubicada en una puerta de entrega que ya no estaba operativa. Pero no solo se dedicaba a señalar el rótulo que había en la ventanilla y que informaba a cualquier coche o persona que se acercara de que esa puerta de acceso «estaba fuera de servicio». También estaba sentado en un taburete. ¡Ajá! ¿Cómo iba a subirse una foca al taburete? ¡Pero si no tienen piernas!

Arthur no era un tipo inteligente. Leer los ingredientes de una caja de galletas le dejaba cansadísimo. Sumar seguía siendo una actividad que le exigía el uso de los dedos. No hace falta decir que fue un milagro milagroso que Arthur consiguiera un trabajo. Y no uno cualquiera, sino un trabajo en la Casa Blanca. Protegiendo al presidente de los Estados Unidos de América. O eso aseguraba él. En realidad, quien velaba por la seguridad del presidente era un ejército de experimentados agentes del Servicio Secreto. Arthur tan solo se dedicaba a vigilar una puerta de acceso inoperativa situada en el ala oeste de la Casa Blanca.

14 DE OCTUBRE, 11.07 H. LA CASA BLANCA. WASHINGTON D. C.

—Perdone.

Una voz fría como el hielo pero a la vez aguda asustó a Arthur, que, en ese momento, estaba echando lo que a simple vista parecía una cabezadita.

—¡No estaba durmiendo! ¡Es que tengo tortícolis! —espetó Arthur al girarse hacia el desconocido.

Delante de la ventanilla de la garita vio a un hombre diminuto. Llevaba unas gafas de sol más adecuadas para un gigante, una gabardina con el cuello levantado y una gorra de béisbol. Era tan bajito que Arthur no pudo evitar preguntarse si le permitirían subir a una montaña rusa. O si podía conducir. A juzgar por su estatura, no podría ver por encima del volante. «A menos que tenga un coche especialmente adaptado, que los hay, claro», concluyó Arthur mientras aquel enano lo observaba. O eso creía él. Porque era imposible adivinar qué estaba mirando detrás de esos cristales oscuros.

De pronto, a Arthur se le encendió la bombilla de una nueva idea en la cabeza. Asintió.

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—¿Viene usted del oculista? Porque se supone que uno nunca debe ir solo a la visita. Seguro que ahora no ve tres en un burro. ¿Sabe dónde está?

El hombrecillo no dijo palabra y se quedó quieto como una estatua.

—Se lo repito: ¿sabe dónde está? —insistió Arthur, pero esta vez pronunciando las palabras lenta y pausadamente—. Ah, vaaale, ya lo pillo: el señorito Importante se niega a hablar con un aburrido guarda de seguridad. ¿Quién es usted, una especie de celebrity muy, muy bajita? Tío, odio a los de ese mundillo. Recuerdo una vez que...

—No soy ninguna celebrity bajita. Y, en respuesta a su pregunta, sí, sé dónde estoy, señor Pelton —lo interrumpió el tipo.

Arthur se quedó de piedra.

Abrió la boca.

La cerró.

Bizqueó.

—¿Cómo sabe mi nombre?

—Señor Pelton, esta es mi casa. Sé cómo se llama todo el mundo.

—En serio, está usted más perdido que un pulpo en un garaje. Estamos en la Casa Blanca; esta no-es-su-ca-sa. Aquí vive el presidente —respondió Arthur con ciertos aires de superioridad mientras hacía aspavientos en dirección a la inmensa estructura que se alzaba tras él.

—Señor Pelton, soy del Servicio Secreto. O, mejor dicho, dirijo el Servicio Secreto, lo que significa que estoy al mando de la Casa Blanca, es decir que, técnicamente, esta es mi casa.

Arthur se encogió de hombros.

—Supongo que algo de razón lleva...

—La verdad no es relativa, señor Pelton. Las cosas son verdaderas o falsas. Esas son las únicas opciones —ladró el hombrecillo—. Pero vayamos al grano. Estoy aquí porque el Servicio Secreto le necesita.

—¡Me apunto! —chilló Arthur sin tan siquiera haber oído la propuesta.

—Esta tarde, a las diecinueve horas en punto, llevaremos a cabo una misión de entrenamiento. Y, para ello, necesitaremos que usted nos ayude a acceder al perímetro oeste de la Casa Blanca.

—Diecinueve horas —repitió Arthur mientras hacía sus cálculos con los dedos.

—Las siete de la tarde, señor Pelton. Las diecinueve horas y las siete de la tarde son la misma hora.

—Ya lo sabía.

Arthur Pelton no tenía ni la más remota idea de que existían dos formas distintas de referirse a una misma hora.

—Hasta la noche —continuó el diminuto desconocido, y se dio media vuelta, dispuesto a marcharse—. Ah, y señor Pelton —añadió—, el Servicio Secreto se llama así por algo. No puede contarle ni una palabra de esto a nadie. A-na-die.

14 DE OCTUBRE, 18.57 H. LA CASA BLANCA. WASHINGTON D. C.

Esa tarde, una niebla espesa invadió la capital, borrando la silueta de las copas de los árboles y de la mayoría de monumentos del distrito. De la Casa Blanca llegaba la suave melodía de una pieza de música clásica. Al enterarse de que estaba de visita la Orquesta Sinfónica Infantil, Arthur se tapó los oídos con varios pañuelos de papel. En ese preciso instante estaba dando un concierto para un público muy selecto, entre el que se encontraban el presidente, el vicepresidente, el requetevicepresidente y el secretario de estado.

Toc, toc, toc.

Arthur aulló (sí, sí, aulló; eso es lo que su esposa, Franny, le habría dicho).

El hombrecillo del Servicio Secreto, escondido tras unas enormes gafas y una gorra de béisbol, estaba delante de la ventanilla de la garita.

—He tenido que ponerme esto en los oídos porque resulta que...

—La Orquesta Sinfónica Infantil. No son más que un puñado de lloricas ingratos —añadió el tipo—. Venga, a lo nuestro.

Primero señaló la verja y después un teclado que había en el interior de la garita de seguridad. Pero Arthur no se movió. Se quedó ahí sentado, paralizado. Jamás había abierto esa puerta; llevaba fuera de servicio muchos años, incluso antes de que él empezara a trabajar en la Casa Blanca.

—Señor Pelton —dijo el tipo del Servicio Secreto.

Arthur notó que el sudor empezaba a humedecerle la frente.

Ese era su momento, la única oportunidad que la vida le brindaría para destacar de una vez por todas. Y, sin embargo, había olvidado nada menos que el código que le habían confiado para abrir la puerta en caso de emergencia.

El director del Servicio Secreto empezó a impacientarse y a alzar la voz.

—¿Hay algún problema, señor Pelton?

Y entonces, como por arte de magia, Arthur recordó el código, marcó los números y dibujó una sonrisa de oreja a oreja.

—Buena suerte. ¿O en su profesión prefiere utilizar otro tipo de lenguaje? ¿Qué le parece un «macháquelos»? ¿O «mucha mierda»? —farfulló Arthur.

Aquel comentario colmó la paciencia del tipo del Servicio Secreto, que acabó haciendo un gesto dramático con la mano.

—¿A qué viene ese dedo levantado? ¿Acaso se cree que es director de orquesta? —refunfuñó Arthur, pero el pigmeo del Servicio Secreto desapareció en la oscuridad nocturna.

*  *  *

Un par de horas más tarde, el vicepresidente de Estados Unidos había sido secuestrado. El mejor grupo de espías de la nación, burlado. Y uno de los dos códigos necesarios para acceder al servidor del gobierno, que albergaba documentos confidenciales de la Casa Blanca, del Departamento de Justicia, del FBI y de la CIA, robado. Y todo porque Arthur Pelton había querido demostrar que no era un don nadie con un empleo que hasta una foca podía hacer.

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cap-2

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Según un antiguo proverbio, todo el mundo tiene una historia. Eso sí, nadie dice que esa historia deba ser interesante. Jonathan Murray, de doce años, no tenía una historia interesante, desde luego. Y lo sabía. Cada mañana se miraba en el espejo y pensaba: «Esto es lo que hay. Esta es la vida que me espera». Era un chico de lo más normal; pasaba desapercibido y no destacaba en nada que el resto del mundo considerara relevante (académico, atlético, social, etcétera). Incluso su aspecto —pelo oscuro y sin brillo que se le pegaba a la frente, como si se lo hubiera lamido una vaca, cejas pobladas y ojos con forma de almendra, un poco aburridos— era totalmente corriente. Ni atractivo ni desagradable. Pero nada de esto sorprendía a Jonathan, pues hacía mucho tiempo, desde que tenía memoria, que había asumido su destino. Las cosas jamás cambiarían. O eso creía él.

15 DE OCTUBRE, 6.56 H. EVANSTON, VIRGINIA

Eran casi las siete de la mañana y el cielo seguía gris, muy gris. Unos nubarrones de tormenta amenazaban en la distancia. El sol emitía una lucecilla tenue, como la llama de una vela. Las sombras rodaban por el suelo, deslizándose de una casa a otra. Apenas se oía un ruido. Ni siquiera los pájaros cantaban. Pero toda esa calma no era casualidad, qué va, era por la ordenanza municipal de Evanston. El ayuntamiento pretendía eliminar los ruidos molestos —oficialmente denominados «contaminación acústica»— como los pajarillos cantores, los silbidos en lugares públicos e incluso el chirrido de los coches al frenar. Por supuesto, regular el cacareo de los pájaros era bastante más complicado que controlar los coches o amenazar a los vecinos que silbaban por la calle, pero la Patrulla Ciudadana de Evanston había encontrado la solución. Siempre lo hacía. Y, en este caso en particular, «la solución» había sido, básicamente, contagiar de laringitis a toda la población de aves del pueblo. Una solución total; ahora, no había pájaro en Evanston capaz de piar más alto que un susurro.

Evanston, situado a orillas del río Potomac, frente a Washington D. C., era un lugar famoso por su precisión. Los jardineros medían a diario las briznas de hierba para mantener la uniformidad en los jardines. Los aspersores se encendían a las ocho de la mañana y regaban los parques siguiendo el sentido de las agujas del reloj y a las nueve de la noche volvían a encenderse, pero esta vez regaban en sentido contrario. Era un pueblo de emprendedores, de estudiantes de matrícula de honor, de ciudadanos ambiciosos con grandes expectativas. Los padres educaban a sus hijos para ser los mejores no solo en los estudios, sino también en el deporte, la música, la escritura, la filantropía y demás actividades extraescolares. Y por esa razón el 98,5 por ciento de los alumnos que se graduaba del instituto público de Evanston era aceptado luego en las mejores universidades de Estados Unidos. Al 1,5 por ciento restante no le quedaba más remedio que mudarse a algún país extranjero para evitar abochornar a su familia. En resumidas cuentas: Evanston era un pueblo de estirados, listillos y creídos.

Así que fue toda una sorpresa, un verdadero shock, que el 15 de octubre, a las 6.58 de la mañana, un camión de la basura descarrilara produciendo un ruido horroroso (lo que violaba la ordenanza municipal sobre el ruido) en Forrester Lane. Se detuvo delante del número 16, el único edificio esperpéntico de toda la manzana. La valla de la casa, que había sido blanca en otros tiempos, parecía más bien una hilera de estacas grises y mohosas. La casa estaba pintada de amarillo y verde, siguiendo más la pereza que la estética decorativa. En un momento dado, los inquilinos habían perdido todo el interés en el proyecto de restauración de su casa y ni siquiera se habían tomado la molestia de apartar la escalera, los cubos de pintura o las brochas del jardín. La puerta de entrada estaba empapelada con un montón de avisos descoloridos de la Patrulla Ciudadana de Evanston que exigía a los inquilinos que «por favor» acondicionaran su casa o, de lo contrario, se verían obligados a dejar otro aviso. (En honor a la verdad: la Patrulla Ciudadana de Evanston era una asociación de voluntarios sin autoridad ni para poner una multa.)

En la habitación del segundo piso de este delicado número 16 de Forrester Lane estaba Jonathan Murray, roncando bajo unas sábanas blancas. Era una habitación triste y sosa, sin apenas objetos personales. El calendario de la lavandería local adornaba la parte superior de la cama. La moqueta, gruesa y afelpada, era de un marrón marronoso que hacía juego con las cortinas (eso cuando la moqueta estaba limpia, obviamente). Encima de la mesita de noche solo había un despertador y un peine, nada más. Y fue ahí, en aquel cuarto decorado con tan poco estilo y tanto marrón, donde Jonathan se despertó de repente y ladeó la cabeza, como un perro cuando le llama su amo. Apartó las sábanas de un manotazo, se acercó a la ventana y suspiró. Jonathan suspiraba continuamente, pues se consideraba a sí mismo un chico aburrido y sin gracia.

Un camión de la basura había aparcado delante de su casa. No era día de recogida de basura y, aunque el vehículo se parecía a la flota de Evanston, respetuosa con el medio ambiente, había algo que no encajaba. Picado por la curiosidad, Jonathan se asomó por la ventana para echar un vistazo. Enseguida advirtió, en la ventanilla del copiloto, una cámara con un teleobjetivo que no paraba de hacer fotos. Se preguntó por qué querría tomar alguien una fotografía de su casa y, en ese momento, una bicicleta que ondeaba una bandera roja le distrajo. Era un voluntario de la Patrulla Ciudadana; se le veía impaciente por denunciar al conductor por el ruido horroroso y por haber violado el horario de recogida de basura. Sin embargo, al ver al ciclista, el conductor arrancó el camión y, con el mismo estruendo con el que había llegado, se largó.

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