CAPITULO 1
Marsella:
La llegada

El 2 de febrero de 1815, el vigía apostado en lo alto de Nôtre Dame de la Garde, en Marsella, señaló la llegada del buque Pharaon. Enseguida, un práctico salió al encuentro del mercante de tres palos para dirigir la maniobra de entrada al puerto.
Pronto, la explanada de la fortaleza de Saint Jean se llenó de curiosos, porque en Marsella el arribo de un barco siempre era un acontecimiento importante, especialmente si, como era el caso, el que llegaba había sido construido en la ciudad y pertenecía a un comerciante local.
Los expertos en náutica —había muchos en aquella ciudad tan marinera, fundada hacía más de dos mil años por navegantes griegos— advirtieron inmediatamente que el Pharaon avanzaba bien gobernado. Antes de enfilar la estrecha bocana, los espectadores de mejor vista observaron en su puente de mando, junto al práctico, a un joven de aspecto inteligente y mirada viva que vigilaba con atención cada movimiento del buque y repetía en voz alta las indicaciones del piloto.
Uno de los espectadores contemplaba aquellas maniobras con bastante ansiedad. Tanta que, sin esperar a que el Pharaon fondeara, saltó a un bote y ordenó que le llevasen a él.
El joven marino —tendría dieciocho o diecinueve años, veinte a lo sumo— que comandaba el Pharaon, al ver acercarse el bote, abandonó su puesto junto al piloto y se apoyó, sombrero en mano, en el pasamano del buque. Se llamaba Edmond Dantés, era alto y bien proporcionado, y sus ojos eran tan negros como su cabello. Todo en él irradiaba ese aire de calma y resolución tan propio de los hombres que han tenido que afrontar aventuras y peligros desde pequeños.
—¡Ah! ¡Eres tú, Edmond! ¿Qué ha pasado? —preguntó el del bote—. ¿Qué significan esas caras tristes de la tripulación?
—Una gran desgracia, monsieur Morrel —respondió Edmond—. A la altura de Civitavecchia se nos murió el capitán Leclère…
—¿Qué le pasó? —preguntó Morrel muy serio—. ¿Fue un golpe de mar?
—No, monsieur. Murió de meningitis, en medio de horribles sufrimientos. —Y volviéndose hacia el barco, gritó—: ¡Oe! ¡Cada uno a su puesto! ¡Rápido! ¡Vamos a anclar!
La tripulación obedeció con prontitud, tal como Edmond esperaba. Iniciada la maniobra con suavidad y buen oficio, Morrel continuó la conversación con Edmond donde la había dejado:
—Pero ¿cómo sucedió esa desgracia? —continuó el naviero.
—¡Oh, Dios mío! ¡Fue algo inesperado! —respondió Edmond—. Cuando salimos del puerto de Nápoles, donde había desembarcado por unas horas, es verdad que el capitán parecía estar nervioso y agitado, pero nada más. Sin embargo, al cabo de veinticuatro horas ya estaba ardiendo de fiebre… Y a los tres días murió sin que nuestros cuidados dieran resultado. Le hicimos los funerales de ordenanza a la altura de la isla de Giglio, y ahora reposa en el fondo del mar, decorosamente envuelto en una hamaca, con una bala de cañón atada a los pies y otra a la cabeza. Decidí conservar su condecoración más preciada, la Cruz de la Legión de Honor, y también su espada de oficial de la Marina de Guerra, para traérselas a la viuda.
Con una melancólica sonrisa, el joven añadió:
—Es muy triste, me parece, haber hecho la guerra a los ingleses durante diez años para acabar muriendo en la cama como un civil cualquiera.
—¿Y qué vamos a hacerle, Edmond? —replicó el naviero—. Somos mortales, y es necesario que los viejos cedan su puesto a los jóvenes, porque si no, no habría ascensos —repuso Morrel mirando significativamente al joven oficial—. Bueno, ¿y el cargamento?
—Intacto, sin novedad.
Acto seguido, y viendo que habían pasado ya la torre redonda, Edmond gritó:
—¡Largad las velas del foque y de mesana!
La orden se ejecutó casi con la misma exactitud que en un buque de guerra.
—¡Amainad y cargad!
A esta última voz se plegaron todas las velas y el barco aminoró la velocidad hasta que se hizo casi imperceptible.
—Si quiere subir a bordo, monsieur Morrel —dijo Dantés dándose cuenta de la impaciencia del armador—, aquí viene el sobrecargo, monsieur Danglars, que le informará de todos los detalles que desee. Por lo que a mí respecta, he de vigilar la maniobra hasta que el Pharaon esté bien atracado y con las señales del luto por el capitán Leclère.
No dejó el naviero que le repitieran la invitación, se agarró al cabo —que es como llaman los marinos a las cuerdas— lanzado por Dantés y subió por la escala del costado del buque con la seguridad propia de los buenos marinos. Edmond volvió a su puesto en el puente y Danglars se situó junto al armador.
Este parecía tener unos veinticinco años, la cara algo sombría, y daba toda la impresión de ser humilde con los superiores y chulesco con los inferiores. Eso, junto a su condición —siempre mal vista— de sobrecargo y administrador del barco, hacía que la tripulación lo detestara tanto como quería a Dantés.
—¡Y bien, Monsieur Morrel! —dijo Danglars—. Ya se ha enterado de la desgracia ¿verdad?
—Sí, sí, ¡pobre capitán Leclère! Era un hombre bueno y valeroso.

—Y sobre todo un experto marino, envejecido en el mar, como debe ser el encargado de los intereses de una compañía tan respetable como Morrel e hijos —respondió Danglars.
—Sin embargo —repuso el armador mirando a Dantés, que fondeaba en este instante—, me parece que no se necesita ser marino viejo, como dice, para dominar este oficio. Y si no, ahí tiene a nuestro Edmond, que ya es todo un maestro.
—¡Oh! Sí, parece que ese joven lo sabe todo —dijo Danglars dirigiéndole una torcida mirada de odio—. Nada más morir el capitán, se apoderó del mando del buque sin consultar a nadie y nos hizo perder día y medio deteniéndose en la isla de Elba en vez de proseguir rumbo a Marsella.
—Al tomar el mando del buque —le respondió el naviero—, cumplió con su deber. En cuanto a perder día y medio en la isla de Elba, obró mal, si es que no tuvo que reparar alguna avería.
—Monsieur Morrel, el bergantín estaba en excelente estado y aquella demora fue puro capricho. Simples deseos de bajar a tierra, no lo dude.
—Dantés —dijo el naviero encarándose con el joven—, acércate.
—Discúlpeme, monsieur —dijo Dantés, pendiente de la delicada maniobra de atraque—, voy enseguida.
Una vez asegurado el buque sin daño, gritó de nuevo:
—¡Bajad la bandera a media asta! ¡Proteged palos y velas!
—¿Lo ve? —observó Danglars—, ya se cree capitán.
—Y de hecho lo es —contestó el naviero.
—Sí, pero lo es sin su consentimiento ni el de su socio, monsieur.
—¡Pero hombre! ¿Por qué no vamos a confirmarlo en ese cargo, si lo merece y lo vale? —repuso Morrel un tanto molesto.
Una nube ensombreció la frente de Danglars.
—Discúlpeme, monsieur Morrel —dijo Dantés acercándose—, ya hemos fondeado y aquí me tiene, a sus órdenes.
Danglars hizo ademán de retirarse.
—Quería preguntarte por qué te detuviste en la isla de Elba.
—Fue para cumplir las últimas órdenes del capitán Leclère, que me entregó, al morir, un paquete para el mariscal Bertrand.
—¿Pudiste verlo, Edmond?
—¿A quién?
—Al mariscal.
—Sí.
Morrel miró a su alrededor, y llevando a Dantés aparte, le preguntó con interés:
—¿Cómo está el emperador Napoleón?
—Según he podido juzgar por mí mismo, muy bien.
—¡Cómo! ¿También has visto al emperador?
—Sí, monsieur; entró en casa del mariscal cuando yo estaba allí…
—¿Y le hablaste?
—En realidad, fue él que me habló a mí —repuso Dantés sonriéndole.
—¿Y qué te dijo?
—Me hizo mil preguntas acerca del buque y sus propietarios, del tiempo que llevábamos de viaje, sobre el rumbo que habíamos seguido, del cargamento que transportábamos… Cuando supo que el Pharaon pertenecía a la casa Morrel e hijos, dijo: «¡Ah! Conozco a esa familia. Los Morrel han sido siempre navieros, y uno de ellos fue compañero mío cuando nuestro regimiento estuvo de guarnición en Valence».
—¡Es verdad! —exclamó el naviero, loco de contento—. Se refiere a Policarpo Morrel, mi tío, que entonces era capitán. Dantés, si le dices a mi tío que el emperador se ha acordado de él, le verás llorar como un niño. ¡Pobre viejo! Vamos, vamos —añadió el naviero dando cariñosas palmadas en el hombro del joven—; has hecho bien al seguir las instrucciones del capitán Leclère. Pero detenerte en la isla de Elba, donde tienen desterrado al emperador, y llevar documentos a uno de sus oficiales, puede comprometerte y señalarte como bonapartista. Porque sabes tan bien como yo que los bellacos que mandan hoy en Francia y en toda Europa aún le tienen miedo a nuestro gran Napoleón.
—Pero ¿por qué tendría que perjudicarme mi visita? —Se extrañó el noble Dantés—. Solo cumplí la última voluntad de un moribundo que además era mi capitán, no conozco el contenido del paquete que entregué, y en cuanto al emperador, no me hizo más preguntas de las que hubiera hecho a cualquier otro. Pero, con su permiso —continuó Dantés—, vienen los aduaneros y tengo que dejarle…
—Sí, sí, querido Edmond, cumple con tu deber.
El joven se alejó mientras iba aproximándose Danglars.
—¿Qué? —preguntó este—. ¿Le ha explicado por qué se detuvo en Elba?
—Sí, monsieur Danglars.
—Vaya, tanto mejor —respondió el sobrecargo—, porque no me gusta tener un compañero que no cumple con su deber.
—Eso hizo justamente —respondió el naviero—. Cumplió una orden del capitán Leclère.
—A propósito del capitán Leclère, ¿le ha entregado una carta de su parte?
—¿Quién?
—Dantés.
—¿A mí? No… ¿Le dio alguna carta para mí?
—Creía que, además de los documentos, el capitán le había dado una carta.
—Pero ¿de qué documentos habla, Danglars? —preguntó Morrel, indignado por su indiscreción.
—De los que Dantés bajó del barco en Port
