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Toda mi vida sigue metida en un montón de cajas. Es lo primero que veo cuando suena el despertador y abro los ojos. Cajas y cajas apiladas a mi alrededor en mi nuevo dormitorio. Muy nuevo y muy desconocido. Tan nuevo y desconocido como esta casa, como la ciudad en la que me encuentro y como el instituto al que debo llegar puntual dentro de una hora.
¿Por qué todo es tan nuevo y desconocido para mí? Te explico: mi familia y yo acabamos de mudarnos lejos de nuestro hogar. Aunque «lejos» se queda corto para los 343,9 kilómetros de distancia que son en realidad. No exagero. Lo busqué en internet y casi me echo a llorar durante el viaje. Un viaje de horas y horas en coche, por cierto.
A ver, no es por ponerme dramática, porque yo no soy así, pero voy a echar mucho de menos todo lo que he dejado atrás. Sobre todo, a mis mejores amigas. Andrea y Sara. Me organizaron una fiesta de despedida increíble y ahí sí que lloramos todas a moco tendido. Somos inseparables desde pequeñas, pero, como veis, hay algo que sí ha logrado separarnos.
El nuevo trabajo de mi madre.
Estoy superfeliz por ella. ¡De verdad que sí! Su sueño siempre ha sido trabajar como chef y por fin lo ha conseguido. Aunque podría haberlo conseguido un poquito más cerca de donde siempre hemos vivido, ¿no? Por eso de evitar que nuestra vida dé un giro de 180 grados de la noche a la mañana.
Pero, bueno, la familia Silva siempre nos apoyamos en todo, incondicionalmente. Además, esta situación tiene fecha de caducidad: un año. Es lo que dura el contrato de mi madre, por lo que, en doce meses, regresaré a mi ciudad, a mi instituto y al lado de mis mejores amigas.
¡Todo volverá a la normalidad! Y esa perspectiva me da suficiente fuerza y esperanza como para afrontar cualquier problema.
De pronto, la puerta de mi habitación se abre sin que nadie llame primero y Bimba, mi perrita, entra.
—¡Bimbiiii! —la llamo con cariño—. ¿Cómo has podido abrir tú sola?
Es imposible. Si es una mezcla de yorkshire y bodeguero. Vamos, que es diminuta. No mide ni un palmo de alto. ¿Cómo va a llegar ella sola al pomo de la puerta? ¿Estaré alucinando por la falta de sueño? Entonces, Alba, mi hermana mayor, entra también y la duda se resuelve: ha sido ella quien ha abierto. En mi defensa, diré que llegamos ayer por la tarde y sigo cansadísima de descargar cajas y maletas y más cajas y más maletas.
—¿Aún estás en la cama? —se extraña mi hermana—. Vamos, que llegarás tarde a tu primer día de instituto.
—Si falta una hora entera. —Me desperezo y bostezo con la boca bien abierta porque, total, solo están viéndome mi hermana y mi miniperrita.
—Irene, entras a las ocho y… son las siete y media.
Cierro la boca de golpe y luego chillo:
—¿¡Qué!?
Madre mía, ¿es que soy sonámbula y he retrasado el despertador sin enterarme? Me levanto de un salto y tropiezo con una pila de cajas. ¡Auch! ¿Dónde metí la ropa? ¿Y la plancha para el pelo? Mamá y papá tenían razón: anoche debería haber organizado las cosas del insti por si acaso.
Nunca lo dejo todo para el final. Aunque, insisto, ¡ayer estaba agotada!
Me muevo como un huracán por el dormitorio, abriendo cajas hasta encontrar unos vaqueros, una camiseta y unas zapatillas. Adoro la moda y prepararme para salir, pero aquí estoy: combinando, con los ojos medio cerrados por las legañas, el outfit con el que me presentaré frente a una clase en la que no conozco a nadie. Y encima con el curso empezado.
¡Qué cuadro!
Menos mal que anoche sí saqué el neceser. Me arreglo a toda prisa y después meto en la mochila los libros de las asignaturas que me tocan hoy casi al azar. No tengo tiempo ni para revisar el horario. ¡Que sea lo que tenga que ser! ![]()
Cuando estoy lista, mis padres ya se han ido a trabajar y mi hermana Alba, a la universidad.
Respiro hondo. Todo va a salir de maravilla. Para empezar, porque soy optimista por naturaleza. Siempre intento tener una sonrisa en la cara y eso me hace sentir genial.
Justo antes de salir de casa, me suena el móvil. Entusiasmada, me lo saco del bolsillo. Andrea y Sara prometieron hacerme una videollamada antes de entrar a clase para darme ánimos. Pero no son ellas. De hecho, ni siquiera han dicho nada en nuestro grupo de WhatsApp. ¡Qué raro!
De todas maneras, la notificación de TikTok que he recibido me alegra igual. Es un mensaje de una seguidora. Me manda todo su apoyo en esta nueva etapa. ¡Toda la gente que me sigue es fantástica!
Ah, ¿aún no te lo había contado? Soy tiktoker. Me abrí una cuenta hace unos meses, uno de mis vídeos se viralizó y ya tengo bastantes seguidores. No lo hago a nivel profesional. De momento. Lo hago porque me apasiona grabarme, ya sea bailando, enseñando mi día a día… ¡Me vuelven loca las redes sociales!
¡En fin! El día ha empeorado muchísimo. Y ya sabes lo que dicen, ¿no? Al mal tiempo, buena cara…
Llueve. Llueve como si se fuera a caer el cielo. Por suerte, sin truenos. Las tormentas me dan un miedo terrible. Pero no tengo ni dos segundos para entrar en casa y buscar un paraguas entre el laberinto de cajas. Ni mucho menos para ponerle buena cara al mal tiempo, porque… el bus que debo coger para ir al instituto se acaba de marchar de mi parada.
Y, por supuesto, ¡corro tras él! ¡No puedo perderlo, por favor! Pero claro que lo pierdo. En medio de esta ciudad que no conozco, me detengo empapada de arriba abaj
