Manuela Jones 1 - El misterio de la Alhambra

Miriam Mosquera
Myriam Seco Álvarez
Miriam Mosquera
Myriam Seco Álvarez

Fragmento

Prólogo

PRÓLOGO

Indiana Jones es un famoso aventurero capaz de resolver acertijos complejísimos y rescatar tesoros de templos malditos. Yo, en cambio, solo tengo trece años. Compartimos apellido, sí, e incluso llevamos un sombrero muy parecido, pero él es un doctor en Arqueología que colabora con el gobierno y yo voy al instituto. Además, mientras que Indy sabe manejar el látigo y puede correr sin hacerse un solo rasguño delante de rocas gigantes que lo persiguen rodando, yo dedico las tardes a hacer los deberes.

Sin embargo, aquí estoy, en medio de una aventura que le habría impresionado incluso a él.

Mientras camino por la Alhambra en mitad de la noche, el corazón me late a toda velocidad. Lo único que se escucha en la oscuridad son mis pasos, porque estoy completamente sola. Cuando ilumino las paredes con la linterna del teléfono, las sombras bailan sobre las decoraciones de yeso. En el silencio flota algo ancestral, como unas voces que tienen siglos de antigüedad y parecen haberse quedado atrapadas en el palacio de los nazaríes.

Aún no sé cómo he llegado hasta aquí. He sobrevivido a una persecución y a un tiroteo, he escapado de unos peligrosos criminales que pretendían acabar con mi vida, y la herida que me han hecho en el brazo aún está abierta y sangrando. Después de todo eso, ni siquiera me acuerdo del examen de mates que tengo la semana que viene. En este momento soy una aventurera, y la misión que tengo por delante es mucho más importante que el instituto.

Porque sí, solo tengo trece años, pero soy una Jones. Y, mientras los Jones existan, siempre habrá alguien que defienda el patrimonio histórico, porque proteger los tesoros de la antigüedad es nuestra prioridad.

En la ciudad donde se unen los mares de la historia,

musulmanes y cristianos dejaron su memoria.

Una tumba de reyes, un pedazo de cielo,

¿sabes ya a qué lugar me refiero?

Busca en la intersección de culturas y eras

un monumento que guarda mil primaveras.

¿Puedes adivinar qué joya de Granada te invita a soñar?

Un secreto escondido, un sueño en la roca tallado.

¿Sabes ya dónde dejó su tesoro nuestro sultán desafortunado?

Ilustración de la Alhambra. Capítulo 1

Ser la hija de la directora y el subdirector del Museo Arqueológico Nacional tiene muchas ventajas. Una de ellas es poder esconderte entre los restos de un templo griego cuando te buscan porque es la hora de volver a casa o jugar con tu hermano entre sarcófagos egipcios (y si es de noche mejor, porque puedes hacerte pasar por una momia y darle el susto de su vida).

La segunda ventaja son, sin duda, los viajes. Antes de encargarse de la dirección del museo, mis padres eran arqueólogos, y buena parte del tiempo la pasaron recorriendo el mundo de excavación en excavación. Él era de Barcelona y ella de Londres, pero se conocieron en Egipto. Esa fue su primera aventura. Después llegaron todas las demás. Y se casaron. En Londres. Como mi madre era una arqueóloga mucho más famosa (la mejor arqueóloga de su generación, según la revista National Geographic), quería conservar su apellido. En Inglaterra, las mujeres pueden adoptar el apellido del marido al casarse, pero en mi familia fue al revés: mi padre tomó el de mi madre.

Así, la doctora Charlotte Jones y su esposo, el doctor Eloi Jones, vivieron juntos aventuras dignas de las mejores películas de Hollywood. Desde China hasta Brasil, las historias de cómo habían tenido que entrar en tumbas malditas, atravesar selvas llenas de peligros o descifrar textos en lenguas muertas eran auténticas leyendas. Además, que compartiéramos apellido con el mítico Indiana Jones, del que yo siempre he sido fan absoluta, hacía que todo nos resultara aún más espectacular.

—Mientras los Jones existan —nos repetía mi madre— siempre habrá alguien que defienda el patrimonio histórico.

Hace trece años, sin embargo, todo cambió para ellos. Cuando mi hermano y yo nacimos, mis padres dejaron las aventuras, fueron a vivir a Madrid y aceptaron la dirección del museo, que implicaba una vida mucho más tranquila y aburrida. En sus viajes ya no había persecuciones ni tesoros escondidos, solo reuniones interminables. Lo único bueno era que siempre querían que los acompañáramos, y eso no solo nos permitía perdernos unos cuantos días de clase, sino también conocer ciudades y culturas lejanas.

Por eso, antes de comenzar aquel viaje, estaba tan contenta.

—¿Lo lleváis todo? —nos preguntó mi madre con las manos en el volante, dándose la vuelta para comprobar que tanto mi hermano como yo nos habíamos puesto el cinturón de seguridad. Llevaba tantos años viviendo en España que su acento era impecable—. ¿También los deberes?

—Mamá, por favor, solo vamos a estar fuera tres días —le dije—. Déjanos disfrutar un poco.

—Disfrutaréis cuando hayáis terminado los deberes. ¿No teníais un examen de Matemáticas la semana que viene?

Me encogí de hombros, como si no recordara a la perfección el control de ecuaciones que teníamos la semana siguiente (y para el que no había empezado a estudiar), y bajé la cabeza para esconderme bajo el ala del antiguo sombrero de mi padre. Aunque me va un poco grande, siempre me lo pongo en los viajes. De alguna forma, llevar ese sombrero me hace sentir que yo también puedo vivir aventuras, que mi vida no tiene que limitarse a ir al instituto por las mañanas y a clase de baile por las tardes. Vale, no es que eso esté mal, pero ¿quién no sueña con un poco más de acción?

Al ver que yo no respondía, mi madre miró a mi hermano. No solo nos parecíamos muchísimo (mismo pelo castaño y alborotado, mismos ojos verdes), sino que, al ser mellizos, vamos a la misma clase. Una desgracia. Todo lo que nuestros padres no le sonsacan a uno consiguen sonsacárselo al otro.

—Jaime —le dijo. Al instante recordó que mi hermano ya no respondía a ese nombre y rectificó—: J. J.

Pero él ni siquiera levantó la vista. Con el teléfono en la mano y los cascos puestos, estaba distraído con un vídeo de YouTube en el que un chico de pelo largo hablaba sobre un videojuego que iba de construir ciudades o minas, o algo parecido. Al contrario que mi hermano, quien por alguna razón misteriosa tiene miles de seguidores en las redes, yo no soy muy buena jugando a videojuegos.

—Eh —le llamé—. Champiñón. Mamá te está hablando.

Le observé durante unos segundos, deteniéndome en el gorro de lana que le aplastaba el pelo contra la frente. ¿Por qué siempre tiene que llevar esos estúpidos gorros? ¡Estábamos en abril y empezaba a hacer calor! De hecho, fue por

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos