Me llamo Goa 8 - Welcome, Goa

Míriam Tirado

Fragmento

—Pero, Ana, ¡que me tienes que calmar! —protestó Goa.

—Pero, Ana, ¡que me tienes que calmar! —protestó Goa.

—Si ya te he dicho de todo: que el avión no se va a caer, que no te vas a marear, que todo saldrá bien, que no pasará nada malo, y tú… ¡venga a imaginarte lo peor todo el rato! ¿Quieres parar de tener pensamientos intrusivos? ¡Qué pena que no esté Bruno para ayudarme a aguantarte!

—¡Si no lo hago a propósito! ¡Qué más querría yo que no tener esos pensamientos! Y sí… Ojalá estuviera él, ¡seguro que me animaría más que tú!

Al final, su amigo no había podido sumarse al viaje. Desde que en el hospital le habían confirmado que tenía diabetes de tipo 1, la vida le había dado un vuelco. Había tenido que aprender un montón de cosas que no entendía sobre el azúcar en sangre, el páncreas… Y, como aún no lo tenía por la mano y su madre o su padre tenían que controlarle el azúcar en sangre cada dos horas por la noche, no podía irse de intercambio. Bruno se había llevado un disgusto enorme al enterarse, pero a la vez veía inviable, tal como se encontraba, estar una semana lejos de casa. «Qué mala pata», se había repetido un millón de veces…

—¿De qué estáis hablando? —preguntó Leo, acercándose a Ana y Goa.

—Esta, ¡que está histérica perdida y me está poniendo histérica a mí! —Ana fingía que su nerviosismo era culpa de su amiga, pero, en realidad, ella también estaba preocupada por irse una semana a Inglaterra.

—¡Es normal que estemos nerviosos! ¡Es el primer viaje importante que hacemos en la vida sin nuestros padres y, además, viviremos con familias inglesas! ¡Yo estoy jiñado! ¡Y no sé inglés! —Leo optó por validar los sentimientos de todo el mundo y demostrar que, quien más, quien menos, estaba un poco inquieto.

—Ya me pondré nerviosa por todo eso cuando aterricemos, ahora solo estoy cagada por el avión. ¡Vayamos paso a paso! —saltó Goa.

Ilustración de un avión.

—No te hagas ilusiones porque no es tan emocionante como parece —dijo Leo, que había tomado cuatro aviones a lo largo de su vida.

—Cambiemos de tema, que, si no, al final me voy a rayar —sugirió Ana.

La bomba Judit y Nacho (el otro profesor acompañante) estaban con el personal de tierra revisando todos los pasaportes de los alumnos y los billetes. Enseguida podrían embarcar.

Todos llevaban el móvil en el bolsillo, pero les habían prohibido utilizarlo cuando estuvieran haciendo actividades de clase juntos. La bomba Judit había sido muy clara el último día de instituto antes del viaje:

—Solo dejamos que lo llevéis para que cuando estéis solos por la noche en casa de las familias inglesas podáis comunicaros con vuestra familia o decirnos cualquier cosa si hiciera falta. Sin embargo, debéis imaginaros que NO lo tenéis. Como os veamos un teléfono en las manos, os lo requisaremos. Quedáis avisados. Nos vamos para compartir, para aprender, para conocer sitios y a personas nuevas, no para quedarnos empanados delante de una pantalla, ¿entendido? Quien quiera mirar el móvil, que se quede en casa y no venga al viaje, ¿de acuerdo?

Le tenían mucho respeto a Judit y todos le hacían bastante caso. Valoraban su forma de dar clase y de relacionarse con ellos y no querían hacerla enfadar, aunque tener el móvil en el bolsillo y no usarlo era una auténtica tortura. Y más si te pasaba como a Goa, Ana y Leo, quienes justo antes de subir al avión notaban que les vibraba todo el rato con los mensajes insistentes que no paraba de mandar Bruno.

¡¡¡Quiero saberlo todo!!!

Tumbado en la cama de su habitación, Bruno se sentía como un auténtico loser. Miraba el techo blanco y se imaginaba a sus amigos en el aeropuerto, muerto de rabia por haber tenido la desgracia de ponerse malo con una enfermedad crónica como era la diabetes de tipo 1. «¿Por qué justo ahora? ¿Y por qué justo una enfermedad que es para toda la vida?», se preguntaba. Había llorado muchos días, y se había enfadado por la situación que le tocaba vivir. Su madre trataba de animarlo, pero hasta entonces no había servido de nada. Se sentía frustrado, de mal humor, asqueado y, aunque ya no estaba tan cansado como antes de detectarle lo que le ocurría, aún no se sentía estable. Tenía la intención de pasarse gran parte de la semana sin clases jugando al ordenador y mirando series: total, no podía hacer mucho más. Aunque sus amigos ya lo habían avisado de que no podrían estar por el móvil porque, si no, la bomba Judit se lo quitaría, él no podía evitar escribirles todo el rato:

Bruno:

¿Qué hacéis? ¿Qué tal? ¿Ya estáis en el avión?

Bruno:

¿Cómo lo llevas, Goa? Seguro que estás histérica, que te conozco.

Bruno:

Ya me contaréis cómo es el niño con quien yo tenía el intercambio.

Bruno:

¡Contadme cosas! ¡Quiero saberlo todo!

Bruno:

Coged el teléfono, que estoy muy solo.

Bruno:

¡Contestad! Si Judit os pilla, le diré que ha sido culpa mía.

Bruno:

¡Venga, contestad!

Ilustración de un niño moreno sentado en una cama con un móvil en la mano. Tiene las cejas arqueadas y los labios apretados.

Al ver que ninguno de sus tres amigos le respondía, lanzó el móvil sobre la cama, frustrado. Su habitación era grande y le cabía una cama nido que se convertía en cama de matrimonio. Él siempre la tenía abierta y, todas las noches, rodaba de un lado al otro de lo mucho que se movía. Tenía un balcón que daba a una de las calles más transitadas de la ciudad, pero había un buen cristal doble y los coches no se oían demasiado. En las paredes tenía colgado un cuadro de cuando iba a clases de dibujo y, como en la habitación de Klaus, había luces led que rodeaban todo el perímetro del techo.

Justo cuando creía que su móvil no iba a sonar más en la vida porque sus amigos estaban missing, recibió un mensaje de Nadia:

Nadia:

¿Cómo lo llevas? Deben de estar ya volando, porque he llamado a Ana y me ha saltado el contestador. Lo deben de tener en «modo avión».

Bruno:

Fatal. Superaburrido… Es domingo, el primer día del intercambio, y ya me estoy cagando en todo. Y no vuelven hasta el próximo sábado… ¡Me voy a morir del aburrimiento!

Nadia:

No exageres, ¡anda!

Bruno:

¡Es que no sé qué hacer!

Nadia:

Pues quedemos tú y yo, si quieres… No sé, hagamos algo al menos hoy, que es fiesta y se nos pasará más rápido.

Bruno y Nadia no habían quedado nunca solos y él tardó un momento en responder. ¿Se le haría raro quedar con ella sin Ana, Goa o Leo? Tal vez no… Habían ido juntos a primaria y se conocían mucho. No tenía por qué ser incómodo.

Bruno:

Vale, quedemos… Estoy en casa de mi madre y, si tengo el azúcar muy loco, tal vez no querrá que salga. Todo es muy nuevo aún y no lo controlamos demasiado.

Nadia:

¿Quieres que vaya yo?

Ella aún no había preguntado a sus padres si podía quedar esa tarde, pero desde que había contado en casa que Bruno estaba enfermo, su madre siempre le preguntaba por él y quería que lo apoyara y lo ayudara tanto como pudiera. Nadia estaba segura de que no le pondrían ninguna pega a quedar con su amigo esa tarde.

Bruno:

¿Te importa?

Nadia:

Pues claro que no.

Bruno:

Vale, pues ven tú y, si quieres, vemos una peli o jugamos al ordenador. Tengo muchos deberes de los días que estuve en el hospital. Espero que mi madre no me obligue a hacerlos justo hoy.

Nadia:

Si quieres, ¡te ayudo!

Bruno:

Gracias, Nadia, pero no, bro, ¡qué palazo! Los dejaré para el último día… Encima que no puedo ir de intercambio, ¡no me voy a poner a hacer deberes! ¡Ni hablar!

Nadia:

Vale, a las cuatro en tu casa.

Bruno le envió un sticker de un gorila diciendo que sí con la cabeza y, de pronto, se notó más contento. Qué suerte tenía de que Nadia aún fuera a otro instituto; si no, sería el único pringado sin ir de intercambio.

Ilustración un poco pixelada de un gorila.

Despedirse no es fácil

En la salida del aeropuerto, Julia y Alberto se despedían de otros padres d

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