La historia interminable (Colección Alfaguara Clásicos)

Michael Ende

Fragmento

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Ésta era la inscripción que había en la puerta de cristal de una tiendecita, pero naturalmente sólo se veía así cuando se miraba a la calle, a través del cristal, desde el interior en penumbra.

Fuera hacía una mañana fría y gris de noviembre, y llovía a cántaros. Las gotas correteaban por el cristal y sobre las adornadas letras. Lo único que podía verse por la puerta era una pared manchada de lluvia, al otro lado de la calle.

La puerta se abrió de pronto con tal violencia que un pequeño racimo de campanillas de latón que colgaba sobre ella, asustado, se puso a repiquetear, sin poder tranquilizarse en un buen rato.

El causante del alboroto era un muchacho pequeño y francamente gordo, de unos diez u once años. Su pelo, castaño oscuro, le caía chorreando sobre la cara; tenía el abrigo empapado de lluvia y, colgada de una correa, llevaba a la espalda una cartera de colegial. Estaba un poco pálido y sin aliento pero, en contraste con la prisa que acababa de darse, se quedó en la puerta abierta como clavado en el suelo.

Ante él tenía una habitación larga y estrecha, que se perdía al fondo en penumbra. En las paredes había estantes que llegaban hasta el techo, abarrotados de libros de todo tipo y tamaño. En el suelo se apilaban montones de mamotretos y en algunas mesitas había montañas de libros más pequeños, encuadernados en cuero, cuyos cantos brillaban como el oro. Detrás de una pared de libros tan alta como un hombre, que se alzaba al otro extremo de la habitación, se veía el resplandor de una lámpara. De esa zona iluminada se elevaba de vez en cuando un anillo de humo, que iba aumentando de tamaño y se desvanecía luego más arriba, en la oscuridad. Era como esas señales con que los indios se comunican noticias de colina en colina. Evidentemente, allí había alguien y, en efecto, el muchacho oyó una voz bastante brusca que, desde detrás de la pared de libros, decía:

—Quédese pasmado dentro o fuera, pero cierre la puerta. Hay corriente.

El muchacho obedeció, cerrando con suavidad la puerta. Luego se acercó a la pared de libros y miró con precaución al otro lado. Allí estaba sentado, en un sillón de orejas de cuero desgastado, un hombre grueso y rechoncho. Llevaba un traje negro arrugado, que parecía muy usado y como polvoriento. Un chaleco floreado le sujetaba el vientre. El hombre era calvo y sólo por encima de las orejas le brotaban mechones de pelos blancos. Tenía una cara roja que recordaba la de un buldog de esos que muerden. Sobre la nariz, llena de bultos, llevaba unas gafas pequeñas y doradas, y fumaba en una pipa curva, que le colgaba de la comisura de los labios torciéndole toda la boca. Sobre las rodillas tenía un libro en el que, evidentemente, había estado leyendo, porque al cerrarlo había dejado entre sus páginas el gordo dedo índice de la mano izquierda... como señal de lectura, por decirlo así.

El hombre se quitó las gafas con la mano derecha, contempló al muchacho pequeño y gordo que estaba ante él chorreando, frunciendo al hacerlo los ojos, lo que aumentó la impresión de que iba a morder, y se limitó a musitar: «¡Vaya por Dios!». Luego volvió a abrir su libro y siguió leyendo.

El muchacho no sabía muy bien qué hacer, y por eso se quedó simplemente allí, mirando al hombre con los ojos muy abiertos. Finalmente, el hombre cerró el libro otra vez —dejando el dedo, como antes, entre sus páginas— y gruñó:

—Mira, chico, yo no puedo soportar a los niños. Ya sé que está de moda hacer muchos aspavientos cuando se trata de vosotros..., ¡pero eso no reza conmigo! No me gustan los niños en absoluto. Para mí no son más que unos estúpidos llorones y unos pesados que lo destrozan todo, manchan los libros de mermelada y les rasgan las páginas y a los que les importa un pimiento que los mayores tengan también sus preocupaciones y sus problemas. Te lo digo sólo para que sepas a qué atenerte. Además, no tengo libros para niños y los otros no te los vendo. ¿Está claro?

Todo eso lo había dicho sin quitarse la pipa de la boca. Luego abrió el libro otra vez y continuó leyendo.

El muchacho asintió en silencio y se dio la vuelta para marcharse, pero de algún modo le pareció que no debía aceptar sin protesta aquel sermón, y por eso se volvió otra vez y dijo en voz baja:

—No todos son así.

El hombre levantó despacio la vista y se quitó de nuevo las gafas.

—¿Todavía estás ahí? ¿Qué hay que hacer para librarse de ti, me lo quieres decir? ¿Qué era eso tan importantísimo que has dicho?

—No era importante —respondió el muchacho en voz más baja todavía—. Sólo que... no todos los niños son como usted dice.

—¡Vaya! —el hombre enarcó las cejas fingiendo asombro—. Entonces, tú eres sin duda una excepción, ¿no?

El muchacho gordo no supo qué responder. Sólo se encogió ligeramente de hombros y se volvió otra vez para irse.

—¡Vaya educación! —oyó decir a sus espaldas a aquella voz refunfuñona—. Desde luego no te sobra, porque, si no, te hubieras presentado por lo menos.

—Me llamo Bastian —dijo el muchacho—. Bastian Baltasar Bux.

—Un nombre bastante raro —gruñó el hombre—, con esas tres bes. Bueno, de eso no tienes la culpa porque no te bautizaste tú. Yo me llamo Karl Konrad Koreander.

—Tres kas —dijo el muchacho seriamente.

—Mmm —refunfuñó el viejo—. ¡Es verdad! —lanzó unas nubecillas de humo—. Bueno, da igual cómo nos llamemos porque no nos vamos a ver más. Ahora sólo quisiera saber una cosa y es por qué has entrado en mi tienda con tanta prisa. Daba la impresión de que huías de algo. ¿Es cierto?

Bastian asintió. Su cara redonda se puso de pronto un poco más pálida y sus ojos se hicieron aún mayores.

—Probablemente habrás asaltado un banco —sugirió el señor Koreander—, o matado a alguna vieja o alguna de esas cosas que hacéis ahora. ¿Te persigue la policía, hijo?

Bastian negó con la cabeza.

—Vamos, habla —dijo el señor Koreander—. ¿De quién huyes?

—De los otros.

—¿De qué otros?

—Los niños de mi clase.

—¿Por qué?

—Porque... no me dejan en paz.

—¿Qué te hacen?

—Me esperan delante del colegio.

—¿Y qué?

—Me llaman cosas. Me dan empujones y se ríen de mí.

—¿Y tú te dejas? —el señor Koreander miró al muchacho un momento con desaprobación y preguntó luego—: ¿Y por qué no les partes la boca?

Bastian lo miró asombrado.

—No..., no quiero. Además... no soy muy bueno boxeando.

—¿Y qué tal la lucha? —quiso saber el señor Koreander—. Correr, nadar, fútbol, gimnasia... ¿No se te da bien nada de eso?

El muchacho dijo que no con la cabeza.

—En otras palabras —dijo el señor Koreander—, que eres un flojucho, ¿no?

Bastian se encogió de hombros.

—Pero hablar sí que sabes —dijo el señor Koreander—. ¿Por qué no les contestas cuando se meten contigo?

—Ya lo hice una vez...

—¿Y qué pasó?

—Me metieron en un cacharro de basura y ataron la tapa. Estuve dos horas llamando hasta que me oyó alguien.

—Mmm —refunfuñó el señor Koreander—, y ahora ya no te atreves.

Bastian asintió.

—O sea —dedujo el señor Koreander—, que además eres un gallina.

Bastian bajó la cabeza.

—Y seguramente un pelota también, ¿no? El mejor de la clase con todo sobresalientes, y enchufado con todos los profesores, ¿verdad?

—No —dijo Bastian conservando la vista baja—. El año pasado se me cargaron.

—¡Santo cielo! —exclamó el señor Koreander—. Una nulidad en toda la línea.

Bastian no dijo nada. Sólo siguió allí. Con los brazos colgantes y el abrigo chorreando.

—¿Qué te llaman para burlarse de ti?

—No sé... Todo lo que se les ocurre.

—¿Por ejemplo?

—¡Gordo! ¡Gordote! ¡Sentado en un bote! Si el bote se hunde, el Gordo se funde. ¡Bueno está que abunde!

—No es muy ingenioso —opinó el señor Koreander—. ¿Y qué más?

Bastian titubeó antes de hacer una enumeración.

—Chiflado, bólido, cuentista, bolero...

—¿Chiflado? ¿Por qué?

—Porque a veces hablo solo.

—¿De qué, por ejemplo?

—Me imagino historias, invento nombres y palabras que no existen, y cosas así.

—¿Y te lo cuentas a ti mismo? ¿Por qué?

—Bueno, porque no le interesa a nadie.

El señor Koreander se quedó un rato en silencio, pensativo.

—¿Qué dicen a eso tus padres?

Bastian no respondió enseguida. Sólo al cabo de un rato musitó:

—Mi padre no dice nada. Nunca dice nada. Le da todo igual.

—¿Y tu madre?

—No tengo.

—¿Están separados tus padres?

—No —dijo Bastian—. Mi madre está muerta.

En aquel momento sonó el teléfono. El señor Koreander se levantó con cierto esfuerzo de su sillón y entró arrastrando los pies en una pequeña habitación que había en la parte de atrás de la tienda. Descolgó el teléfono y Bastian oyó confusamente cómo el señor Koreander pronunciaba su nombre. Luego la puerta del despacho se cerró y sólo pudo oír un murmullo apagado.

Bastian se puso en pie sin saber muy bien lo que le había pasado ni por qué había contado y confesado todo aquello. Le molestaba que le hicieran preguntas. De repente se dio cuenta con horror de que iba a llegar tarde al colegio; era verdad, tenía que darse prisa, correr... pero se quedó donde estaba, sin poder decidirse. Algo lo detenía, no sabía qué.

En el despacho seguía oyéndose la voz apagada. Fue una larga conversación telefónica.

Bastian se dio cuenta de que, durante todo el tiempo, había estado mirando fijamente el libro que el señor Koreander había tenido en las manos y ahora estaba en el sillón de cuero. Era como si el libro tuviera una especie de magnetismo que lo atrajera irresistiblemente.

Lo cogió y lo miró por todos lados. Las tapas eran de color cobre y brillaban al mover el libro. Al hojearlo por encima, vio que el texto estaba impreso en dos colores. No parecía tener ilustraciones, pero sí unas letras iniciales de capítulo grandes y hermosas. Mirando con más atención la portada, descubrió en ella dos serpientes, una clara y otra oscura, que se mordían mutuamente la cola formando un óvalo. Y en ese óvalo, en letras caprichosamente entrelazadas, estaba el título:

La Historia Interminable

Las pasiones humanas son un misterio, y a los niños les pasa lo mismo que a los mayores. Los que se dejan llevar por ellas no pueden explicárselas, y los que no las han vivido no pueden comprenderlas. Hay hombres que se juegan la vida para subir a una montaña. Nadie, ni siquiera ellos, puede explicar realmente por qué. Otros se arruinan para conquistar el corazón de una persona que no quiere saber nada de ellos. Otros se destruyen a sí mismos por no saber resistir los placeres de la mesa... o de la botella. Algunos pierden cuanto tienen para ganar en un juego de azar, o lo sacrifican todo a una idea fija que jamás podrá realizarse. Unos cuantos creen que sólo serán felices en algún lugar distinto, y recorren el mundo durante toda su vida. Y unos pocos no descansan hasta que consiguen ser poderosos. En resumen: hay tantas pasiones distintas como hombres distintos hay.

La pasión de Bastian Baltasar Bux eran los libros.

Quien no haya pasado nunca tardes enteras delante de un libro, con las orejas ardiéndole y el pelo caído por la cara, leyendo y leyendo, olvidado del mundo y sin darse cuenta de que tenía hambre o se estaba quedando helado...

Quien nunca haya leído en secreto a la luz de una linterna, bajo la manta, porque papá o mamá o alguna otra persona solícita le ha apagado la luz con el argumento bienintencionado de que tiene que dormir, porque mañana hay que levantarse tempranito...

Quien nunca haya llorado abierta o disimuladamente lágrimas amargas, porque una historia maravillosa acababa y había que decir adiós a personajes con los que había corrido tantas aventuras, a los que quería y admiraba, por los que había temido y rezado, y sin cuya compañía la vida le parecería vacía y sin sentido...

Quien no conozca todo eso por propia experiencia no podrá comprender probablemente lo que Bastian hizo entonces.

Miró fijamente el título del libro y sintió frío y calor a un tiempo. Eso era, justo, lo que había soñado tan a menudo y lo que, desde que se había entregado a su pasión, venía deseando: ¡una historia que no acabase nunca! ¡El libro de todos los libros!

¡Tenía que conseguirlo, costase lo que costase!

¿Costase lo que costase? ¡Eso era muy fácil de decir! Aunque hubiera podido ofrecerle más de los tres marcos y cincuenta pfennig que le quedaban de su paga..., aquel antipático señor Koreander le había dado a entender con toda claridad que no le vendería ningún libro. Y, desde luego, no se lo iba a regalar. La cosa no tenía solución...

Y, sin embargo, Bastian sabía que no podría marcharse sin él. Ahora se daba cuenta de que precisamente por aquel libro había entrado allí, de que el libro lo había llamado de una forma misteriosa porque quería ser suyo, porque, en realidad, ¡le había pertenecido siempre!

Bastian escuchó atentamente el murmullo que, lo mismo que antes, venía del despacho.

Antes de darse cuenta de lo que hacía, se había metido muy deprisa el libro bajo el abrigo y lo sujetaba contra el cuerpo con ambos brazos. Sin hacer ningún ruido, se dirigió a la puerta de la tienda andando hacia atrás y mirando entretanto temerosamente a la otra puerta, la del despacho. Levantó el picaporte con cautela. Quería evitar que las campanillas de latón sonaran y abrió la puerta de cristal sólo lo suficiente para poder deslizarse por ella. Silenciosa y cuidadosamente, cerró la puerta por fuera.

Y sólo entonces comenzó a correr.

Los cuadernos, los libros del colegio y la caja de lápices saltaban y tableteaban en su cartera al ritmo de sus piernas. Le dio una punzada en el costado, pero siguió corriendo.

La lluvia le resbalaba por la cara, metiéndosele por el cuello. El frío y la humedad le calaban el abrigo, pero Bastian no lo notaba. Sentía calor, y no era sólo de correr.

Su conciencia, que antes, en la tienda, no había dicho esta boca es mía, se había despertado de repente. Todas las razones que habían sido tan convincentes le parecieron de pronto totalmente increíbles, y se fundieron como monigotes de nieve bajo el aliento de un dragón.

Había robado. ¡Era un ladrón!

Lo que había hecho era peor incluso que un robo corriente. Aquel libro era seguramente un ejemplar único e insustituible. Sin duda había sido el mayor de los tesoros del señor Koreander. Quitarle a un violinista el violín o a un rey su corona era peor que llevarse el dinero de un banco.

Mientras corría, apretaba contra su cuerpo el libro, por debajo del abrigo. No quería perderlo por muy caro que le costara. Era todo lo que le quedaba en el mundo.

Porque a casa, naturalmente, no podía volver.

Intentó imaginarse a su padre, sentado en la amplia habitación arreglada como laboratorio y trabajando. A su alrededor había docenas de vaciados en escayola de dentaduras humanas, porque era protésico dental. Bastian no había pensado nunca si a su padre le gustaba realmente aquel trabajo. Ahora se le ocurrió por primera vez, pero ya no podría preguntárselo jamás.

Si volviera a casa ahora, su padre saldría del taller con su bata blanca y, quizá, con una dentadura de escayola en la mano, y le preguntaría: «¿Ya de vuelta?», «Sí», diría Bastian. «¿No hay colegio hoy?». Bastian vio ante sí la cara tranquila y triste de su padre y se dio cuenta de que le sería imposible mentir. Pero tampoco podía decirle la verdad. No, lo único que podía hacer era marcharse; a cualquier parte, muy lejos. Su padre no debía saber nunca que su hijo se había vuelto ladrón. Y quizá ni se diera cuenta de que Bastian no estaba ya. La idea resultaba incluso un tanto consoladora.

Bastian había dejado de correr. Ahora andaba despacio y, al final de la calle, vio el edificio del colegio. Sin darse cuenta, había tomado su camino habitual. La calle le pareció vacía, aunque había personas aquí y allá. Pero, a quien llega tarde al colegio el mundo que lo rodea le parece siempre muerto. De todas formas, le daba miedo el colegio, escenario de sus fracasos diarios; le daban miedo los profesores, que le reñían amablemente o descargaban sobre él sus iras; miedo los otros niños, que se reían de él y no perdían oportunidad de demostrarle lo torpe y lo débil que era. El colegio le había parecido siempre como una pena de prisión larguísima, que duraría hasta que creciera y que él tenía que cumplir con muda resignación.

Pero cuando iba ahora por sus pasillos llenos de ecos, que olían a cera de pisos y a abrigo mojado, cuando el siniestro silencio del edificio le taponó de pronto los oídos como un trozo de algodón y cuando, finalmente, estuvo delante de la puerta de su clase, pintada del mismo color espinaca seca que las paredes, comprendió que tampoco allí se le había perdido nada. Tenía que irse. Y lo mejor era hacerlo ya.

¿Pero adónde?

Bastian había leído en los libros historias de muchachos que se enrolan en un buque y se van a correr mundo para hacer fortuna. Algunos se hacían también piratas o héroes, y otros volvían ricos a su patria, unos años más tarde, sin que nadie sospechase quiénes eran.

Pero una cosa así no se atrevía a hacerla Bastian. Ni siquiera podía imaginarse que lo aceptaran como grumete. Además, no tenía la menor idea de cómo llegar a un puerto donde hubiera buques apropiados para esas arriesgadas empresas.

Entonces, ¿adónde?

Y de pronto se le ocurrió el lugar adecuado, el único en donde —por lo menos, de momento— no lo buscarían y encontrarían.

El desván era grande y oscuro. Olía a polvo y naftalina. No se oía ningún ruido, salvo el suave tamborileo de la lluvia sobre las planchas de cobre del gigantesco tejado. Fuertes vigas, ennegrecidas por el tiempo, salían a intervalos regulares del entarimado, uniéndose más arriba a otras vigas del armazón del tejado y perdiéndose en algún lado en la oscuridad. Aquí y allá colgaban telas de araña, grandes como hamacas, que se columpiaban suave y fantasmalmente en el aire. De lo alto, donde había un tragaluz, bajaba un resplandor lechoso.

La única cosa viva en aquel entorno, en donde el tiempo parecía detenerse, era un ratoncito que saltaba sobre el entarimado, dejando en el polvo huellas diminutas. Allí donde la colita le arrastraba, quedaba entre las impresiones de sus patas una raya delgada. De pronto se enderezó y escuchó. Y luego —¡hush!— desapareció en un agujero de las tablas.

Se oyó el ruido de una llave en la gran cerradura. La puerta del desván se abrió despacio y rechinando y, por un instante, una larga franja de luz atravesó el cuarto. Bastian se metió dentro y cerró luego empujando la puerta, que rechinó otra vez. Metió una gran llave en la cerradura y la hizo girar. Luego echó además el cerrojo y dio un suspiro de alivio. Ahora sí que no podrían encontrarlo. Nadie lo buscaría allí. Sólo muy raras veces venía alguien —¡de eso estaba bastante seguro!— e, incluso si la casualidad quería que precisamente hoy o mañana alguien tuviera algo que hacer allí, quien fuera se encontraría con la puerta cerrada. Y la llave no estaría. En el caso de que, a pesar de todo, abrieran la puerta, Bastian tendría tiempo suficiente para esconderse entre los cachivaches.

Poco a poco, sus ojos se iban acostumbrando a la penumbra. Conocía el lugar. Seis meses antes, el portero del colegio le había pedido que lo ayudase a transportar un gran cesto de ropa lleno de viejos formularios y papeles que había que dejar en el desván. Entonces Bastian había visto dónde se guardaba la llave de la puerta: en un armarito que había en la pared, junto al tramo superior de la escalera. Desde entonces no había vuelto a pensar en ello. Pero ahora se había acordado otra vez.

Bastian comenzó a tiritar, porque tenía el abrigo empapado y allí arriba hacía mucho frío. Por de pronto, tenía que buscar un lugar en donde ponerse un poco más cómodo. Al fin y al cabo, tendría que estar allí mucho tiempo. Cuánto... En eso no quería pensar de momento, ni tampoco en que pronto tendría hambre y sed.

Anduvo un poco por allí.

Había toda clase de trastos, tumbados o de pie; estantes llenos de archivadores y de legajos no utilizados hacía tiempo, pupitres manchados de tinta y amontonados, un bastidor del que colgaba una docena de mapas antiguos, varias pizarras con la capa negra desconchada, estufas de hierro oxidadas, aparatos gimnásticos inservibles, balones medicinales pinchados y un montón de colchonetas de gimnasia viejas y manchadas, amén de algunos animales disecados, medio comidos por la polilla, entre ellos una gran lechuza, un águila real y un zorro, toda clase de retortas y probetas rajadas, una máquina electrostática, un esqueleto humano que colgaba de una especie de armario de ropa y muchas cajas y cajones llenos de viejos cuadernos y libros escolares. Bastian se decidió finalmente a hacer habitable el montón de colchonetas viejas. Cuando uno se echaba encima, se sentía casi como en un sofá. Las arrastró hasta debajo del tragaluz, donde la claridad era mayor. Cerca había, apiladas, unas mantas militares de color gris, desde luego muy polvorientas y rotas, pero plenamente aprovechables. Bastian las cogió. Se quitó el abrigo mojado y lo colgó junto al esqueleto en el ropero. El esqueleto se columpió un poco, pero a Bastian no le daba miedo. Quizá porque estaba acostumbrado a ver en su casa cosas parecidas. Se quitó también las botas empapadas. En calcetines, se sentó al estilo árabe sobre las colchonetas y, como un indio, se echó las mantas grises sobre los hombros. Junto a él tenía su cartera... y el libro de color cobre.

Pensó que los otros, en la clase de abajo, debían de estar dando precisamente Lengua. Quizá tuvieran que escribir una redacción sobre algún tema aburridísimo.

Bastian miró el libro.

«Me gustaría saber», se dijo, «qué pasa realmente en un libro cuando está cerrado. Naturalmente, dentro hay sólo letras impresas sobre el papel, pero sin embargo... Algo debe de pasar, porque cuando lo abro aparece de pronto una historia entera. Dentro hay personas que no conozco todavía, y todas las aventuras, hazañas y peleas posibles... y a veces se producen tormentas en el mar o se llega a países o ciudades exóticos. Todo eso está en el libro de algún modo. Para vivirlo hay que leerlo, eso está claro. Pero está dentro ya antes. Me gustaría saber de qué modo».

Y de pronto sintió que el momento era casi solemne.

Se sentó derecho, cogió el libro, lo abrió por la primera página y

comenzó a leer

La Historia Interminable

I

Fantasia en peligro

sus agujeros, nidos y madrigueras se dirigían todos los animales del Bosque de Haule.

Era medianoche, y en las copas de los viejísimos y gigantescos árboles rugía un viento tempestuoso. Los troncos, gruesos como torres, rechinaban y gemían.

De pronto, un resplandor suave cruzó en zigzag por el bosque, se quedó temblando aquí o allá, levantó el vuelo, se posó en una rama y se apresuró a continuar. Era una esfera luminosa, aproximadamente del tamaño de una pelota, que daba grandes saltos, rebotaba de vez en cuando en el suelo y volvía a flotar en el aire. Pero no era una pelota.

Era un fuego fatuo. Y se había extraviado. Un fuego fatuo infatuado, lo que resulta bastante raro, incluso en Fantasia. Normalmente son los fuegos fatuos los que hacen que otros se infatúen.

En el interior del redondo resplandor se veía una figura pequeña y muy viva, que saltaba y corría a más no poder. No era un hombrecito ni una mujercita, porque esas diferencias no existen entre los fuegos fatuos. Llevaba en la mano derecha una diminuta bandera blanca, que tremolaba a sus espaldas. Se trataba, pues, de un mensajero o de un parlamentario.

No había peligro de que, en sus grandes saltos aéreos en la oscuridad, se diera contra el tronco de algún árbol, porque los fuegos fatuos son increíblemente ágiles y ligeros y pueden cambiar de dirección en mitad de un salto. A eso se debía su ruta en zigzag, porque, en general, se movía siempre en una dirección determinada.

Hasta que llegó a un saliente rocoso y retrocedió asustado. Jadeando como un perrito, se sentó en la oquedad de un árbol y reflexionó un rato, antes de atreverse a asomar de nuevo y mirar con precaución al otro lado de la roca.

Ante él se extendía un claro del bosque y allí, a la luz de una hoguera, había tres personajes de clase y tamaño muy distintos. Un gigante que parecía hecho de piedra gris y que tenía casi diez pies de largo estaba echado sobre el vientre. Apoyaba en los codos la parte superior de su cuerpo y miraba a la hoguera. En su rostro de piedra erosionada, que resultaba extrañamente pequeño sobre sus hombros poderosos, la dentadura sobresalía como una hilera de cinceles de acero. El fuego fatuo se dio cuenta de que el gigante pertenecía a la especie de los comerrocas. Eran seres que vivían inconcebiblemente lejos del Bosque de Haule, en una montaña... pero no sólo vivían en esa montaña, sino también de ella, porque se la iban comiendo poco a poco. Se alimentaban de rocas. Afortunadamente, eran muy frugales y un solo bocado de ese alimento, para ellos sumamente nutritivo, les bastaba para semanas y meses. Además, no había muchos comerrocas y, por otra parte, la montaña era muy grande. Pero como aquellos seres vivían allí desde hacía mucho tiempo —eran mucho más viejos que la mayoría de las criaturas de Fantasia—, la montaña, con el paso de los años, había adquirido un aspecto muy raro. Parecía un gigantesco queso de Emmental lleno de agujeros y cavernas. Sin duda por eso la llamaban la Montaña de los Túneles.

Pero los comerrocas no sólo se alimentaban de piedra, sino que hacían de ella todo lo que necesitaban: muebles, sombreros, zapatos, herramientas..., hasta relojes de cuco. Y por eso no resultaba muy sorprendente que aquel comerrocas tuviera detrás una especie de bicicleta totalmente hecha del material citado, con dos ruedas que asemejaban robustas piedras de molino. En conjunto, la bicicleta parecía una apisonadora con pedales.

El segundo personaje que se sentaba a la derecha de la hoguera era un pequeño silfo nocturno. Como mucho, era dos veces mayor que el fuego fatuo y parecía una oruga negra como la pez, cubierta de piel, que se hubiera puesto de pie. Gesticulaba vivamente al hablar, con sus dos diminutas manitas de color rosa, y allí donde, bajo unos pelos negros y revueltos, debía de tener la cara, ardían dos grandes ojos, redondos como lunas.

Silfos nocturnos, de las formas y los tamaños más variados, había en Fantasia por todas partes y, por eso, no se podía saber a primera vista si aquél había llegado de cerca o de lejos. De todos modos, parecía estar también de viaje, porque la montura habitual de los silfos nocturnos —un gran murciélago— colgaba boca abajo, envuelta en sus alas como un paraguas cerrado, de una rama situada detrás de él.

Al tercer personaje del lado izquierdo de la hoguera sólo lo descubrió el fuego fatuo al cabo de un rato, porque era tan pequeño que, desde aquella distancia, sólo podía verse con dificultad. Pertenecía a la especie de los diminutenses, y era un tipejo muy fino, con un trajecito de colores y un sombrero de copa rojo en la cabeza.

Sobre los diminutenses el fuego fatuo no sabía casi nada. Sólo una vez había oído decir que ese pueblo construía ciudades enteras en las ramas de los árboles, en las que las casitas estaban unidas entre sí por escalerillas, escalas de cuerda y toboganes. Sin embargo, esas gentes vivían en una parte totalmente distinta del reino sin fronteras de Fantasia, más lejos, mucho más lejos aún que los comerrocas. Por eso era tanto más extraño que la cabalgadura que aquel diminutense tenía a su lado fuera precisamente un caracol. Estaba detrás de él. Sobre su concha de color rosa brillaba una sillita de montar plateada, y también el bocado y las riendas que sujetaban sus cuernos brillaban como hilos de plata.

El fuego fatuo se maravilló de que aquellos seres tan diversos se sentasen juntos armoniosamente, porque por lo común, en Fantasia, no todas las especies vivían en paz y armonía. A menudo había luchas y guerras; existían también rivalidades de siglos entre determinadas especies, y además no sólo había criaturas buenas y honradas, sino también rapaces, perversas y crueles. El propio fuego fatuo pertenecía a una familia a la que podían ponerse reparos en materia de credibilidad y fiabilidad.

Sólo después de haber contemplado un rato la escena se dio cuenta el fuego fatuo de que los tres personajes llevaban una banderita blanca o una banda también blanca cruzada en el pecho. Así pues, eran igualmente mensajeros o parlamentarios, y eso explicaba, desde luego, que se comportasen de manera tan pacífica.

¿No estarían de viaje, a fin de cuentas, por las mismas razones que el fuego fatuo?

Lo que hablaban no se podía entender desde lejos, a causa del rugiente viento que sacudía las copas de los árboles. Pero, como se respetaban mutuamente en calidad de mensajeros, quizá reconocerían también como tal al fuego fatuo y no le harían nada. Y, al fin y al cabo, tenía que preguntar a alguien el camino. Sería difícil que se presentara una oportunidad mejor en pleno bosque y en plena noche. Así pues, se decidió, salió de su escondite agitando la banderita blanca y se quedó temblando en el aire.

El comerrocas, que tenía el rostro vuelto en su dirección, fue el primero que lo vio.

—Hay muchísimo tráfico esta noche —dijo con voz rechinante—. Ahí llega otro.

—¡Huyhuy, un fuego fatuo! —cuchicheó el silfo nocturno, y sus ojos de luna se encendieron—. ¡Me alegro, me alegro!

El diminutense se puso en pie, dio unos pasitos hacia el recién llegado y gorjeó:

—Si no me equivoco, ¿usted está aquí también en calidad de mensajero?

—Sí —dijo el fuego fatuo.

El diminutense se quitó el rojo sombrero de copa, hizo una pequeña reverencia y trinó:

—En tal caso, acérquese por favor. También nosotros somos mensajeros. Siéntese.

Y, con un gesto de invitación, señaló con el sombrerito el sitio libre que quedaba junto a la hoguera.

—Muchas gracias —dijo el fuego fatuo acercándose más, tímidamente—, perdonen la libertad. Permítanme que me presente: me llamo Blubb.

—Encantado —respondió el diminutense—. Yo me llamo Úckuck.

El silfo nocturno se inclinó sin levantarse.

—Mi nombre es Vúschvusul.

—Mucho gusto en conocerlo —rechinó el comerrocas—. Yo soy Pyernrajzark.

Los tres miraron al fuego fatuo, que desvió la mirada nervioso. A éstos les resulta muy desagradable que los miren descaradamente.

—¿No quiere sentarse, amigo Blubb? —preguntó el diminutense.

—La verdad es que tengo mucha prisa —respondió el fuego fatuo— y sólo quería preguntarles cómo llegar desde aquí a la Torre de Marfil.

—¡Huyhuy! —dijo el silfo nocturno—. ¿Quieres ver a la Emperatriz Infantil?

—Exacto —dijo el fuego fatuo—. Tengo un mensaje muy importante que transmitirle.

—¿Qué mensaje? —rechinó el comerrocas.

—Bueno... —el fuego fatuo cambió el peso de su cuerpo de una pierna a otra—, es un mensaje secreto.

—Los tres tenemos la misma misión que tú... ¡Huyhuy! —respondió Vúschvusul, el silfo nocturno—. Estamos entre colegas.

—Es posible que incluso llevemos el mismo mensaje —opinó Úckuck, el diminutense.

—¡Siéntate y cuéntanos! —rechinó Pyernrajzark.

El fuego fatuo se instaló en el sitio libre.

—Mi patria —comenzó a decir después de reflexionar un poco— se encuentra bastante lejos de aquí... No sé si alguno de los presentes la conoce. Se llama Podrepantano.

—¡Huyhuy! —suspiró encantado el silfo nocturno—. ¡Un lugar maravilloso!

El fuego fatuo sonrió débilmente.

—¿Verdad que sí?

—¿Y qué más? —rechinó Pyernrajzark—. ¿Por qué estás aquí, Blubb?

—En Podrepantano, nuestro país —siguió diciendo entrecortadamente el fuego fatuo—, ha ocurrido algo... algo incomprensible... Es decir, está ocurriendo aún... Es difícil describirlo... Empezó por, es decir... Bueno, al este de nuestro país hay un lago... o, mejor dicho, había... llamado Cálidocaldo. Y todo empezó porque, un día, el lago de Cálidocaldo no estaba ya allí... Simplemente había desaparecido, ¿comprendéis?

—¿Quiere usted decir —preguntó Úckuck— que se secó?

—No —repuso el fuego fatuo—, en tal caso habría ahora allí un lago seco. Pero no es así. Donde estaba el lago no hay nada... Simplemente nada, ¿comprendéis?

—¿Un agujero? —gruñó el comerrocas.

—No, tampoco un agujero —el fuego fatuo parecía cada vez más desamparado—. Un agujero es algo. Y allí no hay nada.

Los otros tres mensajeros intercambiaron miradas.

—¿Qué aspecto tiene... huyhuy... esa nada? —preguntó el silfo nocturno.

—Eso es precisamente lo que es tan difícil de describir —aseguró el fuego fatuo con tristeza—. En realidad, no se parece a nada. Es como... como... Bueno, ¡no hay palabras para describirlo!

—¿Como si uno se quedara ciego al mirar ese lugar, no? —se le ocurrió al diminutense.

El fuego fatuo lo contempló con la boca abierta.

—¡Eso es exactamente! —exclamó—. Pero, ¿de dónde... quiero decir, cómo... o es que también conocéis ese...?

—¡Un momento! —rechinó el comerrocas

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