Cuida de ti

Cristina Andrades

Fragmento

cuida_de_ti-3

1

CONOCERME

¿Quién soy yo?

Para poder responder a la pregunta «¿Quién soy?» es preciso conocer mejor algunos conceptos relacionados con nuestro mundo más interno. El mundo interno se va construyendo a lo largo de la vida, y está compuesto por distintos roles y formas de responder ante todo lo que nos rodea. Debe ser tratado con cuidado y respeto mientras lo vamos descubriendo, como si fuera algo muy frágil y preciado. «Empatía», «compasión», «autocuidado» o «autoestima» son algunas de las palabras que más aparecerán a lo largo de este libro y te acompañarán en la lectura.

Haremos un recorrido por nuestro mundo interior; no será un recorrido que nos parezca novedoso, ya que probablemente todos lo habremos planeado muchas veces e incluso realizado otras tantas. Se trata de un camino hacia dentro de nosotros, enfilado sin prisas y con el piloto automático desactivado. Caminaremos prestando atención, fijándonos en las cosas buenas y en las no tan buenas pero que al fin y al cabo hacen de nosotros lo que somos ahora.

A lo largo del recorrido exploraremos algunos conceptos que nos serán de gran utilidad. Uno de los que más se habla actualmente es el de «autoempatía». La mayoría de las personas saben qué es la empatía y conocen su beneficio para nuestro mundo emocional y social. Sin embargo, son muchas las ocasiones en las que sentimos una gran empatía hacia lo ocurrido a los demás mientras que carecemos de comprensión y respeto cuando se trata de nuestros propios estados emocionales o nuestras circunstancias. ¡Cuántas veces habré escuchado en mi consulta frases como «Eso mismo les digo yo a mis amigas, pero cuando se trata de mí...»! Por eso es recomendable el cuidado y cultivo de la empatía hacia nosotros mismos.

De las variables que se relacionan con la empatía, me gustaría centrarme en la idea de «estar dispuestos a escuchar», es decir, la capacidad de percibir el mundo emocional y de comprenderlo, con el apoyo necesario. ¿Te imaginas lo bueno que sería tratarte de esa manera? Ya no tendrían tanta fuerza ni intensidad las frases del tipo: «Soy lo peor», «No entiendo por qué me ocurre de nuevo lo mismo». Estas frases, normalmente dichas en el vacío y con una fuerte dosis de autocrítica (cosa de la que hablaremos más adelante), pasarían a ser escuchadas con una actitud más comprensiva, y por supuesto más compasiva, que nos acercaría al descubrimiento, traducida en preguntas como: «¿Qué ha pasado?», «¿Cómo me he sentido?», «¿Qué emoción me ha acompañado?».

Para cultivar la empatía con nosotros mismos debemos tener presentes las competencias emocionales o estrategias de regulación emocional. ¿De qué se trata? De ser capaces de conocer y reconocer nuestras emociones, comprenderlas y posteriormente gestionarlas. Concretamente, son las dos primeras capacidades las que cobran especial relevancia para el desarrollo de la empatía: el reconocimiento y la comprensión. ¿Cómo podemos cultivarlas? En primer lugar, conociendo el mundo emocional en el cual nos manejamos. ¿Te preguntas alguna vez qué emociones experimentas cada día? ¿Prestas atención a cómo te afectan las circunstancias o cómo te hace sentir el contacto con determinadas personas? Desgraciadamente, la respuesta más habitual es «No». Las prisas, el «corre corre» y las rutinas diarias nos desconectan de nuestras necesidades y nos conectan con los logros como único sinónimo de bienestar.

Continuando con el recorrido por las distintas nociones que trataremos en este libro, describiremos el llamado «autoconcepto»; este hace referencia a los pensamientos que tenemos sobre nosotros y sobre nuestra identidad. Rice nos habla del autoconcepto centrándose en la percepción cognitiva y la evaluación que las personas realizamos de nosotras mismas.[1] Por otro lado, por ejemplo, Josep Toro, en El cuerpo como delito,[2] nos habla del autoconcepto y su relación con la autoestima y la imagen corporal señalando que «El autoconcepto femenino suele fundamentarse significativamente en su atractivo corporal». A lo largo del libro haremos especial hincapié en esto último, ya que trataremos a fondo las exigencias dirigidas a la mujer, su cuerpo y la relación con la comida. Son muchos los autores que señalan la conveniencia de tener en cuenta la relación con nuestro cuerpo y la imagen corporal en la formación del autoconcepto. Por ejemplo, Baile nos indica que la imagen corporal «Es considerada crucial para explicar aspectos importantes de la personalidad como la autoestima o el autoconcepto».[3]

Mujeres, nosotras somos las más expuestas a la presión estética durante años y a la definición de nuestra validez según el físico; podemos creer que esto no nos marca, pero, como estamos viendo, la construcción de lo que somos se ve inevitablemente influenciada por estos condicionantes. Y digo «mujeres» porque durante años hemos sido las más bombardeadas por la sociedad con estos mensajes. Sin embargo, actualmente los hombres también están recibiendo la exigencia de tener la figura esbelta y musculada, como una falsa prueba de éxito y logro.

Así, el autoconcepto de cada uno de nosotros está influido por las circunstancias y presiones sociales. Nos definimos y evaluamos basándonos en una medida establecida según dichas influencias. Imaginemos cuántas complicaciones nos genera el mundo actual, repleto de exigencias, modelos de perfección y comparaciones. ¿Es fácil construir un autoconcepto sano de nosotros mismos en medio de tantas imposiciones? No lo es. Por ello los profesionales de la psicología recomendamos, cada vez más, crear un entorno saludable; alejarse de aquellos mandatos que procedan del exterior, por ejemplo reduciendo la sobreexposición a la publicidad o las redes sociales que nos puedan resultar dañinas, o ignorarlos si es posible.

Ni el autoconcepto ni la autoestima se constituyen de forma estable e inamovible, por ello podemos encontrar autoconceptos temporales o transitorios. Naranjo Pereira los describe del siguiente modo: «Estas ideas sobre el sí mismo están influidas por el estado de ánimo del momento o por una experiencia reciente»;[4] por ese motivo, hablaremos de autoconcepto o de autoestima sin intentar buscar la estabilidad permanente. Somos seres humanos con emociones y situaciones que nos afectan y fluctuamos en un continuo; esa es nuestra estabilidad: una fluctuación entre dos límites sanos. Podría compararse con el manejo de un barco en medio del mar. El marinero dispone de dos opciones: enfadarse con las olas, gritarles e insultarles para que paren de moverse y estén calmadas, o asumir que el mar lleva su propio ritmo. Si escoge la segunda opción, podrá adaptar su recorrido, crear estrategias que le permitan la navegación y buscar soluciones. Esta vía no está libre de enfados, probablemente los habrá, junto con muchas emociones de esas que solemos llamar negativas pero que son igualmente necesarias, y que, en vez de llevarnos al bloqueo que acostumbramos a encontrar cuando queremos silenciarlas, escuchándolas y permitiéndonos sentirlas nos acercarán a la acción. La lucha por el mar perfecto, al igual que la búsqueda incansable de la perfección en nuestras vidas, nos aboca a gran velocidad a lo imperfecto.

Volviendo a la pregunta con la que hemos empezado, «¿Quién soy?», podemos pensar que describirnos es sencillo, pero si hay algo que la práctica en la consulta me ha enseñado es que la pregunta «¿Quién eres?» o «¿Cómo eres?» resulta una de las más difíciles de responder.

Quizá eres de esas personas que no se describen a sí mismas desde la edad escolar, desde que redactaste en el colegio una descripción hablando de tu parte física y del componente más personal, en la que los adjetivos «gorda» o «delgado» aún no estaban tan cargados de estigma y significado como sin duda lo están actualmente para ti. La desconexión con la propia descripción facilita la falta de reconocimiento de nuestras características, lo cual conduce a que describir nuestras capacidades resulte una misión un tanto complicada. Las dificultades no terminan en este punto, pues no podemos olvidar las influencias del aprendizaje social que tantas veces nos ha indicado que hablar en positivo de nosotros mismos es de engreídos y egoístas, de tal modo que es habitual que aparezca un discurso crítico y exigente. La sociedad de exigencia nos enseña que debemos ser mejores a cada paso, pero sin mostrar ni reforzar nuestros avances; nos enseña a esconder los logros y a castigarnos por los fallos. Creemos que cumplir esta demanda es la mejor forma de funcionar y progresar, pero nadie nos avisó de las consecuencias que hacerlo conlleva para nuestro bienestar emocional. Por tanto, cada vez resulta más importante destacar desde la infancia las habilidades y los pequeños avances de las personas; reconocer los fallos como parte del camino, y que podemos aprender de ellos si los exploramos con una mente abierta, sin adoptar el castigo para combatirlos.

No es egoísta pensar en nosotros ni reconocer nuestro estado emocional (sea cual sea), o describirnos de forma positiva y negativa. Conocernos es una necesidad. Olvidamos que sentirnos y percibirnos a nosotros mismos nos ayuda a dejar de buscar fuera lo que podemos encontrar dentro; en cambio, si no nos miramos, si no nos conocemos, caeremos en la sensación de vacío y en el afán insaciable de estímulos externos. La falta de comprensión y conocimiento personal a menudo me recuerda la descripción de Goleman,[5] quien en 1996 hablaba de la inteligencia emocional como, en parte, la capacidad para reconocer los propios sentimientos, lo cual es primordial cuando se trata de «mirar dentro» y describir con palabras lo que somos.

En los estudios científicos que investigan las dinámicas psicológicas en las que se usa la pregunta «¿Quién soy?» se ha encontrado que una gran parte de las descripciones están motivadas por los roles educativos y familiares.[6] Lo que somos está afectado por nuestra historia de vida y nuestro entorno pasado; asimismo, en el presente escuchamos lo que viene de fuera, lo cual nos influye. Además de todo esto, son muchas las veces que olvidamos nuestras propias opiniones y nos adaptamos para tener la sensación de que encajamos con los demás (sea cual sea el coste de esta actitud), buscando el tan deseado «sentido de pertenencia».

No debe extrañarnos esta necesidad de encajar (y a veces hasta de sobresalir). El logro, el refuerzo social y el ser halagados por aquello que hacemos bien se convierten en una necesidad humana que a todos de alguna manera nos gustaría satisfacer. Resulta extraño que, incluso cuando nosotros mismos desconocemos nuestras propias capacidades, pretendamos que los demás las identifiquen y nos valoren por ellas. Quizá tenga que ver con la confusión que existe sobre la estima personal, lo que significa y cómo desarrollarla.

La «autoestima» es un concepto comúnmente conocido y uno de los pilares básicos para el desarrollo humano, descrito por Abraham Maslow. Para este autor existen dos tipos de necesidades de estima: la propia y aquella que proviene de las otras personas.[7] En nuestro caso, nos estaríamos centrando en la estima propia.

Para mí, de las distintas definiciones y formas de entender la autoestima, la más útil es aquella que habla de este concepto alejándose de la idea de sentirnos bien con todo lo que hacemos y que, además, lo relaciona con el hecho de cultivar una relación compasiva con nosotros mismos. Sería tolerar que a veces las cosas no salen como esperábamos. Se trata de identificar nuestras cualidades y limitaciones, comprendernos, cuidarnos y hablarnos con asertividad impidiendo que la autocrítica sea el centro de nuestro discurso (aunque no podemos tener la capacidad de eliminar radicalmente los llamados «pensamientos negativos», cosa que ni siquiera es aconsejable hacer). La autoestima no se pierde, ni es algo que se tiene o no se tiene; todos desarrollamos una autoestima, suficiente o deficiente, alta o baja... Profundizaremos en este tema un poco más adelante, ya que antes es preciso explorar cada uno de los aspectos que se relacionan con la misma y con nuestro autocuidado. Por tanto, continuemos con la descripción de nosotros mismos.

¿Cuántas veces te han dicho que eres de una determinada forma, hasta tal punto que has acabado describiéndote así? Son las famosas etiquetas que se asignan a las personas desde bien pequeñas y que muchas veces se arrastran hasta la adultez, a pesar del gran peso que suponen para ellas. «Soy la responsable —me contaba una mujer a la que acompañé durante su tratamiento psicológico—. ¿Cómo voy a dejar de ser la responsable si lo he sido toda mi vida? Tengo miedo a actuar de manera que no corresponda con una cualidad que me define enormemente.» Esta persona se encontraba limitada a la hora de permitirse responder o actuar de formas distintas; necesitó ayuda (su tratamiento psicológico) para descubrir qué significaba para ella «ser la responsable» y que podía desempeñar muchos otros roles en su día a día sin perder su identidad.

Este es el motivo que nos trae aquí, llegar a ser capaces de responder a la pregunta «¿Quién soy?» por nosotros mismos, mirando dentro, investigando en nuestro interior y nuestra relación con el entorno, dejando a un lado (aunque sea por un momento) todo aquello que nos dijeron que éramos para permitirnos descubrir qué somos. Dejar a un lado no quiere decir olvidar, rechazar o renegar de lo que hemos vivido. Lo hicimos lo mejor que pudimos; sin embargo, ello no significa que en el presente no podamos explorar nuevos caminos.

Debemos tener en cuenta que no encontraremos una única manera de responder ante las circunstancias que nos rodean. Para que se comprenda mejor me remitiré a la explicación que da Regina Esly en su libro Sanando la pandilla que vive adentro.[8] Regina Esly, para ilustrar los roles que nos componen, señala que «todos tenemos “personas” (roles) que viven dentro de nosotros»; son lo que ella llama «la pandilla interna».

Todos estos roles son parte de nosotros, por lo tanto, dan lugar a diferentes formas de definirnos, describirnos o responder según el contexto en el que nos encontremos o lo que nos despierte la situación que estamos viviendo. Veámoslo con un ejemplo: en el ámbito laboral confiamos en nuestras capacidades, creemos que somos personas aptas y preparadas para ejercer nuestra profesión; nos sentimos seguros. Sin embargo, en el ámbito social puede ser que nos cueste relacionarnos, que dudemos de nuestras capacidades de interacción y sintamos inseguridad. Quizá desde la infancia nos han reforzado el desarrollo intelectual: nuestro punto fuerte y una parte de nosotros se refuerza en estos contextos; sin embargo, las relaciones sociales nos suponen un reto debido a situaciones que hemos vivido o aprendizajes que hemos ido guardando en nuestra mochila y que nos despiertan unas inseguridades que en el ámbito laboral no aparecen.

Trabajar con los distintos roles y dotarnos de recursos para hacer uso de nuestras capacidades cuando las necesitemos es una labor que forma parte de un proceso terapéutico. Pero para realizarla debemos preguntarnos: «¿Qué necesito?», y responder partiendo de la curiosidad, sin juicio crítico, así como practicar una forma de mirarnos abierta y respetuosa.

En resumen, no desesperes si percibes características que pueden resultarte «negativas». La perfección nos aleja de la realidad; somos seres humanos con altibajos, con días buenos y no tan buenos y con unas características productivas y efectivas y otras que no lo son tanto, pero que forman parte todas ellas de nosotros. Necesitamos acogerlas para comprenderlas y poder gestionarlas (si fuera necesario). Y no, esto no es ver arcoíris y unicornios en cualquier parte, sino conocer y aceptar la realidad, una realidad que puede doler, dañarnos y provocarnos sensaciones desagradables, una realidad que, para poder gestionarla, adaptarnos a ella o cambiarla, necesitamos conocer con disposición y comprensión.

Y sin gritar podemos hablar a gritos, hablando con el corazón.

¿Qué parte ocupa en mí la relación con la comida?

Hemos hablado brevemente de autoestima, autoconcepto, empatía y otras formas de cuidarnos. Durante años se ha creído que la alimentación y la salud se basaban de forma exclusiva en el resultado de un cálculo numérico que relaciona las calorías que ingerimos con las que nuestro cuerpo consume. Afortunadamente, está cobrando cada vez mayor relevancia el cuidado de la alimentación desde un punto de vista más amplio, que incluye las variables psicológicas de las que hemos hablado.

Son muchos los casos en los cuales la relación con la comida es importante para una persona. Y eso no es negativo, ¡para nada! Caemos en la trampa de los deberías («debería ser solo comida», «debería poder controlarla») y nos olvidamos de nuestra categoría de seres humanos que disfrutamos, sentimos placer y ponemos los cinco sentidos en marcha a la hora de la ingesta (¡y menos mal!).

No podemos desatender las emociones, que nos acompañarán en el camino y que nos ayudan a ser lo que somos. Precisamente por eso me atrevo a recordarte que todos tenemos en algún momento una relación emocional con la comida. La comida es fundamental en nuestra vida, forma parte del bienestar, de las relaciones sociales, de la cultura. También es cierto que la relación con ella en ocasiones se vuelve tormentosa y afecta a la salud, como en los casos de ingesta compulsiva, impulsiva o, sencillamente, descontrolada y desorganizada. Ni siquiera entonces, cuando existe una dificultad en la relación con la comida, es recomendable centrarse en objetivos del estilo: «Que la comida no me importe, no me influya»; puesto qu

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos