Mujer, deseo y placer

Luana Salvadó
Eugènia Gallifa
Mireia Darder

Fragmento

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Introducción

Por Mireia Darder

Una vez terminado mi libro, Nacidas para el placer, un terapeuta amigo mío me sugirió que impartiera talleres de sexualidad femenina; pero «prácticos», puntualizó. Y me contaba que cuando tenía pacientes con problemas sexuales y las mandaba a alguno de los cursos que había disponibles en aquel momento, no les servían de mucho ya que «solo explicaban teoría». Así que intenté dar respuesta a esta aparente necesidad social, realizando talleres vivenciales de sexualidad femenina, y para asegurarme de ofrecer una formación más amplia e inclusiva, le pedí a Luana Salvadó que se uniera al proyecto. Yo sabía que Luana era sexóloga y que, por lo tanto, debía de tener un conocimiento sobre el cuerpo femenino del que, desde luego, yo carecía. Por otro lado, ella tenía veinte años menos que yo, lo que garantizaba una manera distinta de vivir y entender la sexualidad. En seguida, empezamos a dar cursos sobre sexualidad femenina que fueron todo un éxito. Aprendimos qué significaba tener una sexualidad distinta de la patriarcal, es decir, una sexualidad femenina que nos perteneciera y que nos empoderara. Poco después pensé en Eugènia Gallifa, que se había recorrido todas las escuelas de Tantra de la ciudad para poder experimentarlo en su propia piel, y la invité a colaborar con nosotras en estos talleres. Me parecía que el Tantra podía aportar una mirada que coincidía plenamente con la que ya ofrecíamos y que podía convertirse en el eslabón que nos faltaba a la hora de crear una formación en sexualidad femenina más abierta e innovadora. Y así es como tres mujeres tan diferentes coincidimos en el espacio y en el tiempo para crear unos cursos que transforman y enriquecen a todas las que se atreven a probarlos. Y justo cuando nos pusimos manos a la obra en la creación de unos apuntes para dicha formación, apareció Yolanda Cespedosa —nuestra editora actual—. Era el momento más oportuno, el momento perfecto y, como tal, Yolanda nos planteó la genial idea de transformar aquellos apuntes en un libro. ¿Qué mejor que hacer un libro a modo de continuación de Nacidas para el placer? Al fin y al cabo, como ella nos aseguró, tras leer esta primera obra, una parece quedarse con la incógnita de cómo llevar a la práctica todo lo que aparece en ella. Y este es justamente el libro que tienes en las manos. Un libro lleno de propuestas prácticas que podrás poner en marcha de inmediato.

En este libro hemos querido aunar las tres visiones distintas que nos caracterizan: la feminista y más política; la fisiológica, desde la sexológica, y, por supuesto, la tántrica. No sabría decir si lo hemos conseguido o no, porque, a veces, nos han parecido totalmente incompatibles y, en cambio, en otras ocasiones era obvio que en el fondo todas hablábamos de lo mismo. Pero lo importante es que hemos querido ofrecerte una visión eminentemente práctica acerca de cómo trabajamos la sexualidad y cómo puedes mejorarla. Es obvio que muchas de las ideas que aparecen en el libro se pueden practicar y que, solo por el mero hecho de verlas plasmadas en un papel, no te van a cambiar la vida. No obstante, sí que te pueden abrir una pequeña puerta pues, como decimos a lo largo de todo el libro, el sexo es un aprendizaje y, si no lo practicas, nunca lo aprenderás. ¡Atrévete!

Por Luana Salvadó

 

En las conferencias y talleres de sexualidad femenina que llevo años impartiendo junto a Mireia Darder, siempre digo que explorar nuestra propia sexualidad es uno de los caminos que llevan al maravilloso viaje del autoconocimiento. Y aunque el mío se inició hace muchos años, el día que Mireia me propuso impartir junto a ella talleres de sexualidad dirigidos exclusivamente a mujeres, se abrió ante mí un nuevo mundo que aunaba lo personal con lo profesional y que sigue logrando fascinarme encuentro tras encuentro. Por esta razón, entre otras, le estoy tremendamente agradecida por confiar y contar conmigo.

Son ya varios años los que vamos llevando a cabo este taller y en cada uno de ellos se produce la magia de lo humano, de lo femenino. A lo largo de cada uno, Mireia y yo nos dábamos cuenta de que lo que ocurría era que se estaba creando una sexualidad nueva, más real. Y tan solo estaba iniciándose ¡a lo largo de un único fin de semana! Poder observar y formar parte de este proceso es muy gratificante y este es el motivo que nos ha llevado a ampliar la duración de los talleres, convirtiéndolos en formación, contar con la colaboración y aportación de otra mujer maravillosa, como es Eugènia Gallifa, y embarcarnos en la redacción de este libro.

En los talleres, siempre intento transmitir dos ideas que, a mi parecer, son claves. La primera, es que todas somos normales. Aunque debo añadir que, en la medida de lo posible, preferimos alejarnos de este tipo de términos que no ayudan demasiado a la naturalización de ciertas prácticas, gustos o formas de ser y estar en el mundo. A lo que me refiero con esta afirmación es que, lo que te pasa a ti, le pasa con toda seguridad a alguien más ahí fuera. No eres rara. O quizá sí, en tu auténtica esencia, pero ¡qué más da! Lo importante es que te sientas «normal», escuchada, comprendida y apoyada por tus hermanas mujeres, que es justo lo que ocurre en nuestros talleres.

Solemos considerar problemáticos muchos de los supuestos tras­tornos que se producen, tanto en el ámbito personal como en el relacional, porque alguien de nuestro entorno (familia, amigos, sociedad, etc.) nos ha hecho creer que lo es. Pero ¿es así realmente?, ¿lo es para ti? Se trata, por lo tanto, de tomar conciencia de la situación en la que nos encontramos. Detectarla, reconocerla, darle un sentido, extraer un aprendizaje y, finalmente, resolverla y/o aceptarla.

La segunda idea clave para disfrutar de una sexualidad plena en el ámbito conductual —emocional, mental y sensorial—, la resumo en esta frase: «Para disfrutar del sexo, hay que ser egoísta compartiendo el placer». Y para eso hay que conocerse: saber quién eres, qué quieres y cómo puedes conseguirlo.

Yo tuve la suerte de adentrarme en el camino del autoconocimiento desde muy joven, pero lo cierto es que se trata de un proceso que continúa a lo largo de toda nuestra vida. En mi caso, algunos años después de terminar la licenciatura de Psicología y movida por mi afán de conocimiento, además de por algunas cuestiones personales vinculadas a la sexualidad y las relaciones, decidí especializarme en Sexualidad Humana y Terapia de pareja. Fue un camino muy gratificante, iniciado desde la voluntad y apoyado por esas pequeñas causalidades mágicas que te hacen darte cuenta de que todo es perfecto y que estás exactamente en el lugar que el destino ha previsto para ti.

Más tarde completé todo este saber con otras formaciones, como la Terapia Corporal y la Astrología Psicológica que, combinadas con mi dedicación a la danza desde los cuatro años de edad, me han hecho la persona y la profesional que soy en la actualidad.

Mi aportación a este libro, al igual que en los talleres, es el saber más técnico o científico. No obstante, como descubrirás a medida que vayas adentrándote en su lectura, mi verdadera misión es facilitarte todo este conocimiento para, justo después, cuestionar su influencia sobre nosotras. En mi opinión, es imprescindible restar la importancia excesiva que la ciencia ha querido imponer sobre todos los ámbitos y entender que las personas somos mucho más que un cuerpo físico. Somos energía, y nos movemos por la motivación y el deseo de querer hacer o evitar algo. Es de suma importancia para este viaje que entendamos las funciones más básicas —como la anatomía y el funcionamiento físico de nuestro cuerpo— para poder ir escalando y comprendiendo que la clave, al final, está en conocerse, entenderse y aceptarse. Aprender cómo funcionamos nos da el poder de la tranquilidad, y créeme cuando te digo que estar y sentirse tranquila es uno de los mayores regalos que podemos hacernos a nosotras mismas porque nos da libertad, y esta nos empodera.

Con el presente libro queremos que inicies, o continúes, tu viaje de autoconocimiento sexual y que descubras nuevas sendas por las que pasear acompañada por tres guías que esperan poder aportar algo más de claridad a este camino en constante evolución. Pero, sobre todo, lo que más nos importa es que disfrutes de ser quien eres durante todo el viaje. ¡Feliz lectura!

Por Eugènia Gallifa

El libro que tienes en las manos quiere ser la continuación de Nacidas para el placer, de Mireia Darder. A muchas mujeres, este libro nos tocó, nos sentimos identificadas, nos empoderó... ¡y lo quisimos introducir en nuestra vida!

La mayoría de las mujeres solemos entrar en la sexualidad compartida de la mano de un hombre. Por lo general, no sabemos —ni él ni nosotras mismas— lo suficiente sobre cómo funciona nuestra energía sexual femenina; tampoco conocemos nuestro cuerpo y mucho menos su potencial para el placer. Tenemos muchas fantasías, falsas creencias e ideas de lo que debería ser y, por desgracia, poca escucha y respeto hacia nuestras necesidades específicas como mujeres. Llegamos a nuestro despertar sexual torpes y temerosas, casi a ciegas y, por consiguiente, desperdiciamos nuestro gran potencial sexual.

A menudo, aceptamos una sexualidad muy limitada, consumista, lineal, falta de espontaneidad y liviandad, que no tiene en cuenta nuestros ritmos y nuestra esencia. Nos adaptamos, por lo tanto, a una sexualidad masculina empobrecida por falta de información, autoescucha y autoestima.

Es preciso que las mujeres y los hombres sepamos despertar la energía sexual femenina. Las mujeres necesitamos darle un espacio a nuestra sexualidad. La nuestra. La de cada una. Y que no es la que se nos ha impuesto desde el patriarcado. Para ello, debemos permitírnoslo. Permitirnos el tiempo y también el espacio. Y hacerlo juntas, en comunidad, de la mano. Tan solo de esta manera lograremos recuperar y restablecer nuestra sexualidad femenina.

Cuando era muy joven, un día de Sant Jordi, encontré un libro sobre sexualidad tántrica que me maravilló. ¡Al fin leía algo sobre sexualidad y relaciones afectivas que coincidía con mi sensibilidad y percepciones! Fue uno de esos momentos mágicos en que un libro te hace feliz, te hace sentir menos sola, te ayuda a expandirte y pone en palabras aquello que intuías, pero no te habías permitido sentir, decir o pedir hasta entonces. Mi sexualidad se enriqueció. Y desde hace algunos años, he comenzado a vivir el Tantra en talleres y formaciones. El aprendizaje es intenso y profundo.

Tras el éxito de los talleres iniciados por Mireia Darder y Luana Salvadó, en 2014 deciden lanzar una formación en sexualidad femenina a la que me invitan a participar para aportar la mirada tántrica. Y precisamente de ahí es de donde surge la idea para este libro, de la gestación de la propia formación, de los materiales que recopilamos, de las experiencias que vivimos en cada sesión... Esta obra pretende ser una «guía práctica» del libro Nacidas para el placer, de Mireia Darder, para que tú, mujer, puedas conocerte mejor, explorar nuevos caminos, experimentar, relajarte, respetarte y, sobre todo, desatar todo tu potencial para el placer. Queremos ayudar a despertar la energía sexual femenina. Queremos que, al leernos, sientas la hermandad entre las mujeres, que te sientas «una entre muchas», que te acompañe y te «sientas mujer entre mujeres». Queremos dar un lugar de honor a la vida que fluye en nosotras.

Mireia, Luana y yo somos tres mujeres apasionadas por la sexualidad femenina, aunque cada una con recorridos vitales distintos, sensibilidades diversas e, incluso, con una formación de lo más variada. Muy a menudo nuestras miradas convergen, otras veces no tanto. Lo verás a lo largo del libro. Y lo cierto es que nos parece interesante que así sea. Porque cada mujer es diferente, y cada momento vital también lo es. Lo que te resuena a los veinte años seguramente no es lo mismo que lo que te apetece a los cincuenta. Como tampoco es idéntico lo que necesitas cuando vives en pareja que cuando no.

Te proponemos que recorras estas páginas con la ingenuidad de una niña, con la ilusión y las ganas propias de la adolescencia y con la madurez de la maravillosa mujer en la que te has convertido. Léelo todo, empápate y cuestiónate, pero quédate solamente con aquello que te inspire. Con aquello capaz de abrir una ventana cuando todas las puertas parecían cerradas y que te dé nuevos permisos para ser quien eres. Queremos que con este libro te des la oportunidad de revisar tu historia sexual, la forma en la que has vivido tu sexualidad hasta ahora, la relación que tienes con tu cuerpo y con el gozo que puedes sentir si eres una con él.

Te proponemos que experimentes y tomes conciencia de qué es lo que te sirve en este preciso momento de tu vida y qué es lo que no. Queremos ayudarte a conocerte, a expandirte, atreverte y, sobre todo, a gozarte. Y si este libro te permite ser más libre y más feliz, celebrar tu cuerpo y la vida que late en él, nuestro objetivo se habrá cumplido. Si acabas sintiéndote un poco más «diosa» y más digna de ser quien eres, habremos conseguido nuestro cometido. Si este libro te sirve para amarte, respetarte y sentirte un poco más, estaremos enormemente dichosas y agradecidas de habernos cruzado en tu camino. ¿Iniciamos la aventura?

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La sexualidad existente

El patriarcado. Conociendo nuestra historia

En el período del Neolítico, el sistema social estaba fundamentado en la rendición de culto a la gran diosa. Esta era la señora de todas las cosas. Ella tenía el poder y mandaba sobre las estrellas y los cielos. Se la representaba con símbolos sagrados relativos al mundo natural: la serpiente, el becerro, la manzana y el árbol. Además, sus santuarios estaban situados en los bosques o en los deltas de los ríos. Ella era madre e hija, virgen y prostituta, doncella y arpía. Todo al mismo tiempo. Satisfacía las necesidades, pero también eran suyos el poder de la muerte y el horror de la descomposición y la aniquilación. Ella era inicio y fin.

Para rendirle culto, sus devotos tendían a realizar ceremonias y ritos de fertilidad en los que se entregaban a los placeres del cuerpo y de la sexualidad, pues a través de estos fertilizaban tanto la tierra como a la mujer. La diosa estaba asociada al poder de la naturaleza y a la capacidad de reproducirse a sí misma. La virgen era la única que podía satisfacer las necesidades, pues su imagen sincretizaba la vida, la fertilidad y la abundancia. Por lo tanto, aquello asociado a la naturaleza era sagrado. Se establecía, además, una unión con lo natural y se veneraba el cuerpo, porque representaba la conexión última con la naturaleza. Pero todo eso cambió con la llegada a Europa de los pueblos indoeuropeos, que, lejos de venir con las manos vacías, trajeron consigo a sus dioses masculinos, relegando a la diosa al papel de esposa y madre. Y es así como empezó la historia y la disociación del hombre con la naturaleza. En otras palabras: el patriarcado.

Según Marion Woodman,[1] antes de que el mito fuera tergiversado por el patriarcado, la palabra virgen encarnaba a la mujer que mantenía relaciones sexuales con todos, sin límites, y cuya sexualidad podía expresarse de forma abierta y carente de tabúes. Es decir, representaba una naturaleza preñada, libre y sin control del hombre. Según lo anterior, se puede comprender por qué la Virgen María tiene al niño Jesús sin san José, sino que es fecundada por el Espíritu Santo, que viene a representar el espíritu de la naturaleza.

Según explica Steve Taylor[2] en La caída, esta confianza ciega en la naturaleza se ve afectada por un drástico cambio climático en África. La tierra deja de ser fructífera y ya no puede proveer lo necesario para la subsistencia de las especies. Este cambio es interpretado como una traición. Se instaura la creencia de que no es posible confiar en ella ni en las diosas y, por lo tanto, no se puede confiar en las mujeres, ya que es a quienes representa. Además, con la instauración de la cultura judeocristiana y otras religiones monoteístas, los elementos sagrados que simbolizaban a las diosas, el cuerpo y la sexualidad, fueron asociados al pecado y a lo perverso, dando lugar a un cambio de paradigma. El paraíso se desvanece ante la mirada atónita del hombre, que poco puede hacer para evitarlo. Comienza una nueva era en la que este deberá acumular para poder subsistir y conquistar a otros pueblos. La agricultura se establece como forma primaria de sustento y se normalizan el trabajo y el esfuerzo como medios de supervivencia. Desaparece la confianza en lo natural y nace la idea de que el Cielo solo se gana con esfuerzo y sufrimiento.

Para Taylor,[3] a quien Darder cita en su libro,[4] este cambio trajo como consecuencia que las relaciones se vieran motivadas por un sentido de individualidad. La empatía y la cooperación pasaron a un segundo plano y empezaron a surgir «la codicia, la guerra sistemática, el caudillismo, las jerarquías, la opresión de unos sobre otros, la sumisión de la mujer, la represión sexual, el trabajo duro, la explotación de la naturaleza, la conquista... y los primeros imperios [...]».

Esta nueva forma de entender las relaciones y la vida cotidiana se pone al servicio de la acumulación y la conquista de otros territorios. La fuerza física, asociada a lo masculino, cobra vital importancia para la supervivencia y se instaura la ideología patriarcal como sistema económico. La razón prima sobre lo instintivo y surge la necesidad de controlar todo lo relacionado con la sexualidad y el cuerpo. La mujer —como representante de estos aspectos— pasa a ser objeto de control y dominación.

Como consecuencia de todos estos cambios, se establece la preponderancia masculina sobre la femenina, dando lugar a todo un sistema de creencias a su alrededor que lo justifique y garantice su estabilidad. Tal y como sugiere Taylor,[5] los tres pilares que subyacen a esta ideología son:

  • La guerra como medio para la resolución de conflictos.
  • La competencia es connatural a lo humano.
  • La supremacía del hombre sobre la mujer.

Este nuevo paradigma, además de impulsar la acumulación y la conquista de territorios, instaura la creencia de que es necesario negar la sexualidad de la mujer para controlar las dinámicas reproductivas y garantizar que quienes compartan el linaje sean los elegidos para continuar con la acumulación de la propiedad.

A estas alturas, probablemente te estarás preguntando: ¿para qué explicar todo esto en un libro de sexualidad femenina? Pues, precisamente, para ayudarte a entender que, en la actualidad, las cosas no son como son porque sí, sino que nuestra forma de vivir la sexualidad y organizarnos en sociedad es el reflejo de algo que ocurrió hace más de 6.000 años. De todas formas, es importante saber que, como señala Christopher Ryan,[6] el patriarcado apenas lleva en el mundo un tercio del tiempo que el hombre en la Tierra. Debemos entender que la patriarcal es solo una forma más de organizar las relaciones entre seres humanos. Porque el modo en que nos cuentan las cosas puede llevar a pensar que esta forma de relación es natural, única y hasta deseable. Muchas veces se intenta hacernos creer que las cosas siempre han sido así y que no existen alternativas, con el único objetivo de asegurar los intereses de unos pocos. Sin embargo, conocer nuestra historia y entender que en el pasado los humanos nos hemos relacionado de acuerdo con mecanismos mucho más cooperativos, en fusión con la naturaleza y sin necesidad de estructuras relacionales de poder entre hombres y mujeres que implicaran la sumisión de unos a otros, nos puede ayudar a vislumbrar nuevas perspectivas en torno a la sexualidad, el placer y las relaciones interpersonales.

Como señala Taylor en una entrevista para La Vanguardia:[7] «En mi libro, La caída, muestro que los humanos de los primeros tiempos se sentían uno con su entorno y no entraban en conflicto con otros grupos. Hemos perdido esa noción de estar conectados con la naturaleza y, por lo tanto, el respeto hacia ella. Debemos recuperar esa conexión».

  

¿En qué consiste en realidad el sistema patriarcal?

Lo que comúnmente conocemos como «patriarcado» no es sino una estructura organizativa que se sostiene por tres pilares básicos: 

  • La monogamia.
  • La familia (para asegurar la crianza de los hijos).
  • La transmisión de la propiedad dentro del propio linaje.

Además, dentro de este sistema se establecen relaciones de poder desiguales que garantizan la superioridad del hombre sobre la mujer —que se presume propiedad del hombre—, naturalizando la violencia, la fuerza física y el abuso para que esto se cumpla.

En paralelo a esto, o incluso como fundamento ideológico de este sistema, encontramos las religiones monoteístas, con sus dioses supremos masculinos, que castigan y premian a sus adeptos en función de unas reglas divinas. Estas religiones han sido clave —y lo siguen siendo— en el sometimiento histórico de la mujer, dado que ella no es el prototipo de divinidad y, por lo tanto, debe someterse a la ley del hombre. Esta es la ley de la razón, de lo lógico y lo racional, a diferencia de las necesidades de la naturaleza y los instintos. Por consiguiente, la sexualidad deja de estar en la vida cotidiana y es relegada al campo de lo privado. La sexualidad se limita a espacios oscuros y ocultos. El placer se convierte en perversión y pecado, deja de tener un espacio físico y acaba siendo aquello que solo ocurre durante la noche cuando nadie lo ve. La sexualidad, al igual que el placer, pasa a ser un campo privado y controlado, situación que se justifica al asociar ideas como que «la vida placentera nos llevó a la ruina y nos dejó sin comer».

El sistema monogámico absorbe la función reproductora del sexo y la impone como ley. La sexualidad queda confinada al interior de la familia conyugal, siendo la alcoba de los padres o los confesionarios el único lugar en el que es reconocida. En la alcoba, el sexo contribuye a la causa política del porvenir y en los confesonarios permite afianzar el poder interior del Estado, que busca ordenar las fuerzas colectivas e individuales para obtener su propio beneficio.

En una de sus obras más conocidas, Historia de la sexualidad, Mi­chel Foucault[8] hace mención a la negación de la sexualidad en nuestra sociedad cuando afirma que esta se ha utilizado a lo largo de la historia como una forma de control social. A través de ciertas normas de comportamiento comúnmente aceptadas, la sexualidad se trasla­da al ámbito de lo privado, pudiendo hablarse y ejercerse tan solo en el seno de la familia y en la confesión de los pecados. El Estado y la Iglesia constituyen una alianza, y la confesión pronto se convierte en la forma de controlar la esfera privada y saber lo que ocurre en ella.

Según Ryan,[9] una de las guerras más significativas de nuestra cultura, es la guerra en contra del placer y, por consiguiente, en contra también de la sexualidad como medio para obtenerlo. No solo se niega la posibilidad del placer a las mujeres, sino que se niega el espacio físico para la sexualidad en la vida cotidiana. Aún en la actualidad, gracias a los talleres que realizamos, nos damos cuenta de que el sexo sigue sin tener cabida en el seno de la familia, y suele permanecer en la sombra de lo privado. Lo que sí existe en nuestra cultura, sin embargo, es una profusión de películas y mensajes que muestran un ideal sexualizado, que cosifica a la mujer y que poco o nada tienen que ver con la realidad.

Consecuencias del sistema patriarcal

Uno de los pensadores que mejor ha definido en estos últimos años las implicaciones de la ideología patriarcal en el momento presente es el filósofo coreano afincado en Alemania Byung-Chul Han.[10] En su obra, La sociedad del cansancio, afirma que vivimos en una sociedad positiva, que intenta convencernos de que podemos conseguir todo lo que queramos, que tan solo depende de nosotros y de lo mucho que lo deseemos. Si bien Foucault se refería al hombre como sujeto de obediencia, Han habla de sujetos de rendimiento. El ser humano pasa a ser una herramienta al servicio de unos pocos y solo cuenta en función de los resultados obtenidos. El rendimiento se impone sin precedentes, ya que es mucho más efectivo, rápido y productivo que la obediencia. Pero la violencia y la presión por producir que se ejerce sobre los individuos genera inevitablemente enfermedades como la depresión que, en la actualidad, está alcanzando niveles pandémicos. Aun así, la psicología positiva sigue fomentando un modelo de sociedad en el que todos seamos sujetos activos y, por lo tanto, productivos. El trabajo lo ocupa todo y no se permite la relajación y, mucho menos, el vacío y la contemplación.

Estamos viviendo en la positividad del «si quieres, puedes», en la hiperresponsabilidad sobre nosotros mismos. Nos hemos convertido en presos y carceleros al mismo tiempo. Hemos perdido la posibilidad de conectar con el azar, con la sorpresa o incluso con el «si Dios quiere», que decían nuestras abuelas. Nos hemos olvidado de que hay cosas que no dependen de nosotros; de que si nos relajamos y simplemente observamos pueden aparecer cosas nuevas, distintas y maravillosas.

Con tanta hiperactividad, nuestros cuerpos se acaban tensando de tal manera que no nos podemos relajar y, por consiguiente, empezamos a tener problemas musculares. Es más, nos forzamos tanto que caemos en la depresión solo porque no nos permitirnos desconectar y relajarnos. Y, como no podía ser de otra manera, en este estado de estrés en el que vivimos, es muy difícil dar cabida a una sexualidad plena y placentera, porque para ello se requiere de un cuerpo relajado y sin estrés.

María Mes[11] contribuye al debate cuando afirma: «La miseria psíquica, la soledad, los miedos, las adicciones y dependencias, la infelicidad y la pérdida de identidad constituyen el precio que pagan los seres humanos de los ricos países industrializados por su nivel de vida siempre creciente».

No somos del todo conscientes de ello, y nos estamos negando lo esencial para la vida: descanso, espacio para nosotras mismas y para nuestros hijos, tiempo de calidad para las relaciones humanas (comunidad, amistad, intimidad y, por supuesto, también sexo). El patriarcado no deja espacio ni tiempo de calidad para la vida, para las relaciones humanas, la sexualidad consciente, los partos respetuosos, la crianza saludable, el cuidado de enfermos y ancianos, y ni siquiera para la muerte consciente y respetuosa. Por el contrario, delega estos aspectos tan básicos a espacios residuales y no reconocidos.

Experimento


Te proponemos que lleves un diario de una semana de tu vida. Como si de una agenda se tratara, apunta todas las actividades que realizas, no solo las relacionadas con el trabajo. Anota, asimismo, los espacios y el tiempo que dedicas a hacer cosas placenteras. Escribe también el espacio que le dedicas al sexo. Cuando lo hayas hecho, compara las horas que dedicas a actividades que te dan placer y las que pasas trabajando (ya sean tareas profesionales o domésticas). Prueba a hacer también porcentajes. Comprobarás, casi con seguridad, que no dedicas más de un 20 por ciento a actividades que te dan placer y mucho menos al sexo.

El primer paso para poder conectar con tu sexualidad es darle espacio en tu vida, sacarla del ámbito privado en la que nuestra cultura la mantiene y compartirla con los demás, aunque tan solo sea hablando de ello. ¿Cómo pretendemos que la sexualidad ocupe un lugar importante en nuestra sociedad si no la practicamos? ¿Cómo queremos sentir placer si ni siquiera le damos espacio?


Si queremos acabar con este estado de guerra generalizado contra la vida, contra las mujeres, la naturaleza y el Tercer Mundo, necesitamos desarrollar con urgencia una nueva moralidad pospatriarcal; una nueva manera de entender la vida a través de la cual tomemos conciencia de que formamos parte de la naturaleza y de que estamos unidos a los demás de manera interdependiente. Esta nueva moralidad apela al respeto, a la solidaridad y a la responsabilidad. Y, sin duda, da prioridad a la vida por encima de todo lo demás.

Construcción de la mujer en la cultura patriarcal

Una de las ideas fundamentales que queremos que entiendas es que a la mujer se la educa para que sea y esté para el otro. Es decir, a la mujer se la define siempre en relación con el otro —el hombre—. En cambio, al hombre se lo educa para ser para sí mismo. No necesita más referente.

Queramos verlo o no, esto está directamente relacionado con aquellas cosas que por norma no se les permiten a las mujeres. A diferencia de los hombres, desde siempre, a las mujeres no se les deja realizar actividades que tengan que ver con la curiosidad, con la exploración, con el juego o la experimentación.[12] Todas estas actividades están permitidas para los hombres y sin contemplaciones, mientras que a las mujeres se les niega este espacio individual. Tal situación arrastra importantes consecuencias hasta nuestros días, pues todo aquello —incluido el sexo— que pertenezca a un espacio que no se pueda explorar y que se tenga que ocultar, tenderá a reprimirse.

Pero, a diferencia de lo que pudiera parecer, las consecuencias afectan a ambos sexos: las mujeres tendemos a temer la libertad, puesto que implica un grado de elección individual y de acción en el mundo. Pero los hombres, por su parte, también presentan un gran temor a todo aquello que suponga un vínculo o relación de interdependencia con los demás, ya que eso les obligaría a estar por los otros.

No es necesario que digamos que esta forma de entender y educar a las mujeres determina peligrosamente la forma en que estas entienden y viven su propia sexualidad. Por norma general, las mujeres presentan poca o nula iniciativa de explorarse, curiosear, jugar consigo mismas y su sexualidad, y no digamos apropiarse de su deseo y satisfacerlo. Además, la imposición de una división de espacios ha favorecido que el hombre se adueñe del ámbito público, mientras que la mujer es relegada a la esfera de lo privado, lo cual es un trabajo minusvalorado, no remunerado y considerado de bajo rango. Por el contrario, el ámbito de lo público, patrimonio indiscutible del hombre, es altamente valorado y remunerado.

A las mujeres se nos educa en la creencia de que no somos perfectas y ni siquiera suficientes. Dado que no somos como el «Dios masculino», tenemos que estar todo el tiempo esforzándonos para mejorar y alcanzar el ideal masculino de perfección. En el pasado, las mujeres debían ser buenas madres y esposas y, si tenían suerte, no hacía falta ni que trabajasen. Con la revolución feminista conseguimos los mismos derechos legales que los hombres, así como la igualdad profesional —que permitió que fuéramos autónomas en el ámbito económico—, cosa que es muy de agradecer. Sin embargo, a su vez aumentó la presión sobre nosotras: ahora ya no solo tenemos que ser buenas madres y esposas, además debemos ser buenas profesionales, tener cuerpos equilibrados y atractivos, y todo un cúmulo de exigencias añadidas. En las últimas décadas, este nivel de demanda ha aumentado dramáticamente en nuestra sociedad.

Según el grupo Giulia Adinolfi,[13] las mujeres nos hemos inte­grado de forma acrítica en el conjunto simbólico de valores de la cultura masculina; un discurso que nos niega entidad, identidad y deseo como género. Si tenemos hijos y seguimos trabajando en la esfera pública solemos sufrir la doble jornada laboral. Ganamos en independencia económica (aunque con menos remuneración que los hombres), pero empeora nuestra calidad de vida. A consecuencia de esta doble jornada, las mujeres tenemos hambre de tiempo, de descanso, de espacios de nutrición y de no hacer. Además, la persistencia de un modelo de división sexual del trabajo impone la subordinación de lo femenino a lo masculino.

En cuanto a la sexualidad, con la segunda oleada del movimiento feminista, las relaciones sexuales legitimadas han dejado de estar con­finadas dentro del matrimonio y esta se ha desvinculado de la procreación. Ha pasado a ser considerada un espacio de placer y comunicación. Finalmente, las mujeres comenzamos a reflexionar sobre nuestra propia sexualidad, sobre la necesidad de pasar de ser objetos de deseo a sujetos de deseo. Una pequeña diferencia de concepto, pero un cambio de actitud clave para nosotras. Y, por si esto no fuera poco, en la actualidad, las mujeres han logrado disfrutar de la maternidad como una opción o proyecto de vida, y no como una obligación natural ligada a su condición de mujer. No obstante, esta «revolución sexual» sigue siendo limitada porque los cambios en nuestra sexualidad no han sido ni profundos ni generalizados. Por desgracia, la sexualidad sigue siendo masculina.

«La masculinización de la sexualidad tiene que ver con el consumo de sexo, con el sexo como medio para fomentar el consumo de masas convirtiéndolo al mismo tiempo en sexo consumista [...]. Y, como todo consumo, está constreñida por unas formas compulsivas cuyo resultado es un bajo nivel de erotismo y un elevado nivel de genitalidad, junto con una gran pobreza de comunicación verbal y corporal.»[14] Tal y como afirma este grupo: «Hace falta sacar de la marginalidad los tiempos y los espacios dedicados a las relaciones sexuales; diversificar las relaciones interpersonales dando cabida a la comunicación, los afectos o el erotismo... todo lo que conlleva la sexualidad, sin separarlos en compartimentos estancos; aprender a reconocernos y a afirmarnos en las vivencias diversas y plurales de la sexualidad».[15] 

La igualdad exige el reconocimiento de las diferencias y, entre ellas, de la diferencia sexual, rechazando un único modelo de feminidad y reconociéndonos a través de nuestra experiencia. Para ello, es imprescindible reunirnos en grupos de mujeres y pensar desde, por y para nosotras. Crear espacios de mujeres y comunidad en donde se fomenten la reflexión y el empoderamiento.

Una visión desde la mitología

Maureen Murdock[16] es una de las mujeres, a nuestro entender, que mejor ha estudiado los efectos del proceso patriarcal en las mujeres. Y lo ha hecho, principalmente, desde el ámbito psicológico. En su libro, Ser mujer: Un viaje heroico, describe el viaje que podemos realizar las mujeres para descubrirnos a nosotras mismas. El viaje de la heroína es distinto del viaje del héroe. El viaje que hemos de realizar las mujeres es hacia nuestro interior. Debemos vernos por dentro y aceptarnos tal como somos más allá de la cultura patriarcal.

Murdock va más allá y nos compara con el mito de Atenea. Cuenta la mitología griega que Atenea, diosa de la sabiduría, la artesanía y la guerra, nació de la frente de Zeus y completamente armada después de que su padre devorara a su madre. Nunca se casó ni tuvo amantes, por lo que fue virgen toda la vida. Muchas mujeres de hoy estamos identificadas con este arquetipo y, al igual que Atenea, estamos inmersas en una lucha contra nuestra naturaleza más femenina en pos del éxito, colocándonos en la razón y en la competencia, tal y como marca el modelo masculino patriarcal que impera en nuestra sociedad. Nos convertimos en el ideal masculino de mujer saliendo como Atenea de la frente de Zeus, en lugar de estar conectadas con nuestro cuerpo y nuestra sexualidad más genuina. Abundan las mujeres ejecutivas que invierten toda la energía en su carrera profesional, que se comportan de forma tanto o incluso más agresiva y competitiva que los hombres. Muchas de nosotras nos hemos convertido en mujeres duras que dejan de un lado sus sentimientos y muestran un comportamiento rígido e inflexible. Siguiendo los dictados del modelo patriarcal imperante, nos guiamos casi en exclusiva por la lógica y la razón. Sin embargo, paradójicamente, y a pesar de todos estos esfuerzos, el papel que nos da la cultura patriarcal a las mujeres sigue siendo de seres inferiores, dependientes e incapaces de hacer nada sin un hombre al lado. Por consiguiente, muchas mujeres, a pesar de sus logros profesionales, no se sienten realizadas si no llegan a tener una pareja que les permita cumplir su sueño de amor romántico —otro gran mito de nuestra cultura.

El amor romántico es, sin duda, uno de los mayores mitos en los que se sustenta la cultura patriarcal en la que vivimos. Coral Herrera[17] se ha convertido en una de las figuras más relevantes en contra del concepto de amor romántico. En su obra, Herrera afirma que el amor no es más que una construcción social de nuestro tiempo y denuncia su uso como dispositivo económico y de control. El amor romántico, defiende la autora, se ha erigido como una nueva utopía emocional debido al hundimiento de las utopías colectivas de carácter político e ideológico. El individualismo y la infantilización de la población han llevado a la desaparición del espacio necesario para desarrollar nuestro lado social. Por consiguiente, la soledad se ha impuesto hoy en día como una de las enfermedades con más presencia en las democracias occidentales del siglo XXI, donde las relaciones de cooperación y ayuda se han debilitado hasta el punto de casi desaparecer. Además, el número de hogares monoparentales ha aumentado drásticamente y, tal y como comentábamos antes, las personas cada día tienen menos tiempo para el ocio y las relaciones sociales. Frente a este panorama desolador, el amor romántico se impone como la única posibilidad de autorrealización; alimenta en nosotros la necesidad de encontrar la pareja perfecta que nos permita ser felices. Convertimos, peligrosamente, el amor en una fuente de felicidad absoluta y de emociones compartidas que nos saca de la soledad a la cual parece que el ser humano está condenado.

Según Herrera, «el amor es una forma de religión posmoderna individualizada que nos convierte en protagonistas de nuestra propia novela, que nos hace sentir especiales, y que nos transporta a una dimensión sagrada, alejados de la gris cotidianidad de nuestra existencia».[18] 

Emociones y otros aspectos clave en la educación patriarcal

Hay criminales que proclaman tan campantes: «La maté porque era mía». Así nomás, como si fuera cosa de sentido común y justo de toda justicia el derecho de propiedad privada que hace al hombre dueño de la mujer. Pero ninguno, ni el más macho de todos los supermachos, tiene la valentía de confesar: «la maté por miedo». Porque, al fin y al cabo, el miedo de la mujer a la violencia del hombre es el espejo del miedo del hombre hacia la mujer sin miedo.

Eduardo Galeano

La rabia

En general, pero sobre todo a las mujeres, se nos ha prohibido conectar con lo instintivo, con el placer, con el deseo y también con la rabia. De entre todos nuestros instintos, la rabia es la fuerza que permite la autonomía, la defensa de los demás y, lo más importante, la posibilidad de actuar en el mundo.

Para ilustrar un poco más este asunto, a continuación vamos a hablar de los sistemas emocionales instintivos. Según Van der Hat y Ogden,[19] los sistemas operativos emocionales se dividen en dos gran­des ramas: los sistemas organizados para la defensa o supervivencia y los sistemas para desenvolvernos en la vida cotidiana —también llamados sistemas de acción—. Ambos se activan sin la participación de nuestra conciencia, pero solo puede funcionar uno por vez, dado que tienen la capacidad de inhibirse mutuamente. Estos programas psicobiológicos producen secuencias organizadas de conductas sin la intervención de la voluntad consciente. Nos convierten en animales activos y no solo en seres que procesan información, es decir, nos capacitan para interactuar con el entorno de manera activa.

Sin embargo, muchas de estas conductas resultan contradictorias a los dictados de la educación que las mujeres hemos recibido hasta ahora. Y, en cambio, otras conductas salen todavía más reforzadas de lo que deberían si dejásemos a la naturaleza hacer.

Entre los sistemas para la defensa destacan las siguientes conductas:

  • Aquellas contrarias a la educación recibida:
    • Hipervigilancia y exploración del entorno.
    • Lucha.
    • Huida.
    • Estados de recuperación (cuidado de las heridas, descanso, aislamiento del grupo).
  • Aquellas que salen reforzadas:
    • Llanto de apego.
    • Congelación o sumisión total. 

Entre los sistemas para desenvolvernos en la vida cotidiana ocurre lo mismo que con los anteriores, con algunas conductas reprimidas y otras reforzadas:

  • Aquellas contrarias a la educación recibida (las que no nos están permitidas):
    • Exploración (interés y curiosidad).
    • Juego (alegría y risa).
    • Regulación de la energía (comer o descansar).
    • Sexualidad (gobernada por la lujuria y el deseo sexual).

  • Aquellas que salen reforzadas (que se nos exigen como mujeres):
    • Apego.
    • Sociabilidad (motivada por el afecto y la convivencia).
    • Cuidado de los otros (impulsada por la ternura y la compasión, y en detrimento del cuidado de uno mismo).

Este análisis muestra cómo a las mujeres se nos priva de una parte sumamente importante de nuestros sistemas operativos emocionales, una tarea nada fácil, por otro lado, porque tal y como hemos visto antes, estas conductas no pasan por la voluntad consciente. Con este intento de represión de nuestros instintos más básicos, se nos hace menos capaces de adaptarnos al ambiente y, por lo tanto, se reducen nuestras posibilidades de ser más autónomas, y nos convertimos, de este modo, en seres más dependientes.

La pregunta es: ¿qué hemos hecho con todas estas capacidades que tenemos de forma inherente?, ¿cómo hemos logrado controlarlas?, ¿cómo hemos podido esconderlas?, ¿cómo lo hemos conseguido si están fuera de nuestra voluntad? Las respuestas a estas y a otras preguntas seguramente habría que buscarlas a lo largo de generaciones de violencia y abuso por parte de los hombres. No obstante, somos conscientes de que estamos generalizando al dar por supuesto que, como mujeres, hemos controlado y reprimido muchas de las capacidades que nos venían de serie. Sin embargo, estamos casi convencidas de ello, en vista de nuestra experiencia y observaciones. La forma en la que actuamos habitualmente demuestra que hay una gran mayoría de mujeres que están en esta situación, y lo peor es que ni siquiera son conscientes de ello.

En el caso de los hombres, la rabia —en forma de violencia— sí que está permitida. Y, no solo eso, sino que es el medio a través del cual han sometido a las mujeres a lo largo de la historia. Es probable que esta afirmación te haya sonado más cercana a una acusación que a un argumento científico. Es más, seguramente en estos momentos estés pensando que exageramos, que no es para tanto. Nosotras también pensábamos eso hace un tiempo. Pero, tras haber investigado y leído numerosos estudios científicos que prueban cómo el cerebro cambia en función del trato recibido en la infancia o cómo se pierden capacidades importantísimas para el desarrollo humano después de haber pasado por traumas, nuestro punto de vista ha cambiado radicalmente.

Ya en la Grecia antigua, encontramos anécdotas en las que los hombres decían que las mujeres eran malas y que había que domesticarlas. Pero ¿cómo se hace eso? Pues muy sencillo: a base de violencia y abuso sistematizado. No hace mucho, una amiga que había convivido con indios mexicanos durante aproximadamente un año nos contaba que cada noche se oía a un hombre maltratar a su mujer y, cuando ella preguntaba qué pasaba, la mujer de la casa en la que ella vivía, le decía algo así como: «Seguro que algo ha hecho para que ahora su marido la esté pegando». La violencia ha estado presente a lo largo de toda nuestra historia en forma de castigo y siempre justificada por no cumplir con los mandatos de la ley divina que marca la religión, de la cual ya hablamos antes. Se nos ha exigido ser de una manera que va en contra de nuestros instintos más profundos. Se nos ha obligado a aplacar nuestros propios programas adaptativos, aquello imposible de controlar de forma consciente. Y dado que se trata de un mecanismo indomable, sus efectos siguen surgiendo en nosotras (la rabia, por ejemplo). Así, mientras sigan surgiendo, el castigo estará justificado. Sin embargo, la represión de estos instintos a lo largo de tantas generaciones ha favorecido la adaptación. Poco a poco, nos hemos transformado de manera que estos comportamientos ya no son accesibles, puesto que los hemos sustituido por otros que sí nos están permitidos. Desde la biología, se sabe que cuando un comportamiento se impone a lo largo de cuatro generaciones consecutivas, este se acaba generando de forma automática en la siguiente.

Es importante entender que los sistemas operativos emocionales necesitan encontrar una salida, puesto que son necesarios para la subsistencia. Una de estas vías de escape son las enfermedades, tanto físicas como mentales. En los estudios de personas que han sufrido traumas en la infancia, se observa que, con frecuencia, en la edad adulta, desarrollan enfermedades relacionadas con el corazón o los pulmones. En otras ocasiones, esa energía se desvía hacia los comportamientos permitidos. En lugar de enfadarnos y llevar a cabo acciones para conseguir lo que queremos, solemos llorar, deprimirnos y desarrollar conductas de apego. En lugar de buscar nuestro propio placer y disfrutar de la lujuria, nos apagamos y nos volvemos dependientes de los demás. En lugar de luchar por lo que queremos, renunciamos y nos resignamos, nos acomodamos e incluso nos volvemos sumisas. En lugar de usar los mecanismos de recuperación que nos brinda el cuerpo, nos aislamos y nos convertimos en adictas a toda clase de ansiolíticos y tranquilizantes.

Con este tipo de educación se nos polariza hacia un comportamiento concreto, es decir, se nos empuja a adoptar un rol predeterminado dentro de la sociedad. Se espera que seamos apegadas, sociables, que nos motiven el afecto y la convivencia —especialmente dentro del entorno familiar— y, por supuesto, que nos entreguemos en cuerpo y alma al cuidado de los demás para hacer honor a la ternura y la compasión que al parecer nos caracteriza. Y, frente a todo esto, solo se nos permite el llanto y la sumisión.

En Gestalt decimos que cuando uno solo puede estar en una polaridad, la cual se rigidifica y nos impide adaptarnos al ambiente que nos rodea, nos volvemos menos flexibles y corremos el riesgo de rompernos. Así, el cuerpo se tensiona y somatiza. De hecho, no es casualidad que los anuncios publicitarios de medicamentos sean protagonizados casi siempre por mujeres porque, en su mayoría, son ellas quienes más los usan.

En el otro extremo de la polaridad, encontramos una de las conductas clave que, como mujeres, no se nos permite desarrollar: hablamos de todo lo relacionado con la acción, la capacidad de explorar el mundo que nos rodea usando nuestro propio interés y curiosidad, el juego —facilitado por la alegría y la risa—, la regulación de nuestra propia energía, cosas tan simples como comer, descansar o consumir y, ante todo, la capacidad sexual —gobernada por la lujuria y el deseo—. Todas ellas conductas potenciadas en la educación de los hombres y apenas presentes en la educación de las mujeres. Y es precisamente de todas estas acciones de las que queremos hablar cuando nos referimos a la sexualidad femenina. Porque, como dice Isabel Allende: «¿Cómo no voy a estar rabiosa cuando se requiere que las mujeres cambien para adaptarse al mundo siendo ellas el 50 por ciento de la población?».[20] Y, como ella, muchas mujeres sentimos rabia por dentro al darnos cuenta de cómo se nos trata.

La culpa

En las sociedades patriarcales, la norma dice que los hombres culpan a los demás y las mujeres se culpan a sí mismas. No obstante, es importante entender que se trata de un mecanismo socialmente aprendido: los hombres culpan a las mujeres y estas sostienen la culpa. Así de sencillo. Este mecanismo es crucial por cuanto genera las dinámicas necesarias para garantizar el mantenimiento y continuidad de la preponderancia masculina. Además, dado que a las mujeres se las educa en unos valores y creencias que justifiquen su sentimiento de culpa, podemos afirmar que, en la medida en que la mujer la asume, sustenta a su vez el mecanismo que sostiene el patriarcado.

Julio Olalla,[21] uno de los creadores del Coaching Ontológico, afirma que cuando sentimos culpa estamos transgrediendo algún valor personal. En el caso de las mujeres, muchas veces es porque hemos interiorizado los valores patriarcales que nos hacen culpables tan solo por el mero hecho de no ser hombres y, por lo tanto, perfectos. En resumen, se nos educa para sentirnos culpables.

Ejercicio


Haz la lista de todas las cosas de las que te sientes culpable. Revisa cuántas de ellas tienen que ver con tu educación. ¿Tiendes a asumir más culpa que los demás, especialmente, más que los hombres que te rodean?


En la propia construcción del mito de la creación en la Biblia, se culpa a la mujer de haber tentado a Adán. Es por nuestra culpa que salimos del Paraíso. Eva es la culpable de que Adán decidiera desobedecer el mandato de Dios. Y no solo eso, sino que además todos los símbolos que aparecen en el mito: la manzana, la serpiente o el árbol, representaban a la antigua diosa del Neolítico. Esta es la culpa original con la que nosotras cargamos y, de ahí, todas las demás.

La mayor acusación que hace el patriarcado a las mujeres es en torno a la violación. Si una mujer es violada, ya no vale. Y, peor todavía, es su culpa que le haya pasado. Hoy sabemos que la violación es un arma de guerra. Una de las más usadas y más violentas. Violencia y sexualidad se unen en contra de las mujeres y en favor de los intereses del hombre. Pero ¿por qué tenemos que hacer frente a un doble castigo? Además de la violencia implícita en una violación, las mujeres tenemos que soportar el juicio moral y legal de una sociedad que casi siempre nos culpa por ser violadas. Si para el patriarcado lo más importante es mantener la estructura monogámica, es decir, controlar las relaciones sexuales —y especialmente a las mujeres— para saber de quién son los hijos, lo que hay que prohibir son las relaciones espontáneas, las que se dan de forma furtiva, instintiva y sin control. No puede existir sexualidad fuera de la relación conyugal para la mujer y, para evitar que esto ocurra, la violación se impone como el peor castigo que puede recaer sobre ella, culpándosele por ello y haciéndola sentir «casi muerta» si llega a suceder.

Al ocultarse, la sexualidad se vuelve perversa. Y, al relegarla a espacios oscuros y prohibidos, la llenamos de culpa. Debemos entender que mientras hay culpa, hay sumisión. La culpa pone de manifiesto que existe una regla dentro de nosotras mismas, que no hemos cumplido. Una creencia sobre cómo tienen que ser las cosas que nos hemos saltado. Pero, lo que no nos cuestionamos es por qué hemos asumido tal valor sin antes cu

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