El útero

Leah Hazard

Fragmento

 Introducción. En busca del útero

Introducción

En busca del útero

¿Qué mejor lugar para aprender de anatomía que un museo dedicado a los prodigios del cuerpo humano?

Da la casualidad de que es exactamente allí donde me encuentro en una radiante mañana de octubre en la que hasta los chapiteles de Edimburgo parecen parpadear bajo el frío sol de otoño. Llego pronto a mi cita; he quedado con una amiga en esta ciudad con su truculenta historia de ladrones de cadáveres y fantasmas, y al cruzar el imponente arco del Real Colegio de Cirujanos, veo en el umbral una inscripción que me parece una invitación demasiado sugestiva para pasarla por alto. HIC SANITAS, rezan las letras grabadas en el pavimento. «Aquí está la salud.»

Hace diez años visité los Surgeons’ Hall Museums con mis hijas y admiramos las hileras de «cosas en frascos», como se lee en el folleto, y los dioramas iluminados con focos de médicos con frac encorvados sobre maniquíes con sangrientas heridas de papel maché. Desde entonces me he formado y he ejercido como comadrona, trabajando en salas de parto, clínicas comunitarias, unidades de triaje y centros de atención prenatal y posnatal. Así pues, mi fascinación por la anatomía ha superado el efímero interés de mis hijas por el tema y ha adquirido un sesgo claramente obstétrico. El aparato reproductor femenino es mi pasión y mi campo profesional: su funcionamiento y su mal funcionamiento, su forma de dar vida o de causar la muerte, de repartir alegría y dolor a partes iguales. Hoy la idea de este libro sobre el órgano más milagroso e incomprendido del cuerpo humano está en la fase más temprana de la gestación: un destello de inspiración; un momento cargado de posibilidades. Hoy he venido a este museo para ver los úteros.

Veo la exposición de Obstetricia y Ginecología señalizada al fondo de la segunda planta y a ella dirijo rápidamente mis pasos. Pero primero tengo que sortear los numerosos órganos que el comisario ha considerado más brillantes y sexis para el visitante. Como un supermercado en el que todos los caprichos más tentadores están expuestos en las partes delantera y central, el museo se abre con una muestra considerable de medicina militar. Trozos de cráneos reventados y miembros amputados ilustran las múltiples formas en que los hombres se han herido y curado unos a otros en el campo de batalla. Eso, por lo visto, es maravilloso. Me doy prisa en recorrer los pasillos. No es que no me impresione, pero hoy busco algo un poco distinto: partes del sexo «más débil» y «más bello»; órganos que han experimentado los estragos del parto y los vaivenes del ciclo vital femenino.

Sigo avanzando entre hígados e intestinos, un apéndice perforado, un corazón con una herida por puñalada que atraviesa las cámaras grises e hinchadas. En la sala de Cirugía Vascular hay venas arrancadas y un pie; en Oftalmología, ojos apagados y fijos; en Cirugía Oral y Maxilofacial, mandíbulas deformes. En la sala de Urología cuento sobre la marcha veinte testículos y numerosos penes en diferentes estadios de salud y enfermedad. Vuelvo a consultar el plano para asegurarme de que no he perdido mi destino: no, sigue adentrándote en las profundidades del museo.

Paso por delante de una impresionante serie de aneurismas junto a la escalera del fondo y doblo una esquina, y ahí está: Obstetricia y Ginecología, la sección más pequeña del museo con tan sólo cuatro estantes de especímenes. Procuro contener la decepción; me detengo y estudio los frascos uno por uno, tratando cada órgano con el respeto que merece, y preguntándome por las mujeres cuyos cuerpos desollaron y despedazaron en nombre de la ciencia. Hay trece úteros —menos que los testículos que había a la vuelta de la esquina, observo—, varios hinchados por fibromas y cánceres, y uno con la delgada serpiente blanca de una espiral anticonceptiva todavía anidada en la carne. Una vulva separada del resto del cuerpo conserva aún un mechón de vello pelirrojo sorprendentemente brillante: una señal de bengala de un pasado cuyo significado se ha perdido. No hay nombres ni más datos personales que los breves diagnósticos impresos en las tarjetas. Estos órganos, sede de la vida humana, permanecen inertes de un modo inquietante; las descripciones que los acompañan no indican cuáles han tenido hijos, aunque dado que la mayoría de los especímenes se recogieron hace un buen centenar de años, antes de la llegada de métodos de anticoncepción fiables, hay muchas posibilidades de que casi todos lo hayan hecho.

Como para subrayar esta función —o quizá para compensar la relativa parquedad de la exposición— han puesto en una esquina una «silla obstétrica» del siglo XVIII, con los puntales rígidos y barnizados. «La base puede fijarse al suelo», nos explican amablemente en una tarjeta, como si la parturienta poseyera un poder tan volcánico —o, quizá, tan peligroso— que hubiera que sujetarla a la tierra para que la intensidad de los dolores de parto no la pusiera en órbita como un cohete. Como comadrona, a menudo he sido testigo de esta fuerza: mujeres transformadas en demonios furiosos, sacudiéndose con cada contracción del útero y echando fuego por los ojos. Pero estos úteros que flotan en formaldehído llevan mucho tiempo muertos y mudos. Guardan sus secretos en un silencio hermético.

Dos chicas interrumpen mis ensoñaciones. Al pasar por Obstetricia y Ginecología se estremecen y retroceden ante los órganos expuestos. «Vamos, útero», le dice una amiga a la otra, y, haciendo una mueca, se apresuran a pasar a la siguiente sala, Otorrinolaringología; allí se toman su tiempo para admirar las orejas y las narices antes de entretenerse examinando los miembros infantiles por lo visto menos ofensivos de la sala contigua.

Algo en los úteros encerrados silenciosamente en sus frascos ha sido demasiado para ellas. Más aterrador que las reliquias del campo de batalla, y más repugnante que los intestinos y las vejigas enfermos.

A veces es más fácil no ver y no saber. La cartografía del cuerpo puede desestabilizar tanto como empoderar: la conciencia da lugar a preguntas cuyas respuestas resultan incómodas. Sin embargo, en este libro, entre estas páginas, estamos hechos de un material más fuerte y viajamos con la mente abierta. Estamos dispuestos a entender el útero y a descubrir la historia secreta de nuestros comienzos. Nos detenemos. Nos entretenemos un rato. Averiguamos qué hay dentro del frasco.

Un útero normal (y utilizo la palabra «normal» con precaución) mide aproximadamente 7 centímetros de alto por 5 de ancho, y tiene unas paredes de unos 2,5 centímetros de grosor. A veces se dice que es como una pera al revés, aunque en las últimas fases del embarazo puede alcanzar el tamaño de una sandía. El aparato reproductor femenino se describe a menudo en términos culinarios —el útero es como una pera, los ovarios como las almendras, el feto como una ciruela o una mandarina— tal vez con la intención de presentar sus partes de una forma dulce y benigna; delicados bocados de azúcar, especias y todo lo bueno. Al fin y al cabo, esto es algo que se nos canta en verso desde nuestra más tierna infancia y que la sociedad repite hasta la saciedad: que las chicas están buenísimas y están ahí para degustarlas. Sin embargo, a partir de este momento este libro evitará todas las metáforas alimentarias. Aprenderemos que el útero es mucho más que una golosina o un recipiente vacío. Es un músculo. Podemos compararlo con bastante precisión con un puño cerrado, tanto en tamaño como en potencia.

De hecho, el útero guarda un parecido extraordinario en tamaño y estructura con otro órgano mucho más célebre: el corazón. Al igual que el corazón, está formado por tres capas: en su caso, el endometrio (una capa interna que aumenta de grosor y se desprende cada mes en forma de menstruación, y que nutre tanto al embrión como a la placenta durante el embarazo); el miometrio, una capa muscular lisa formada por fibras estrechamente entrelazadas que pueden flexionarse y relajarse, provocando calambres o contracciones; y el perimetrio externo, una fina cubierta visceral.

A ambos lados del útero hay unos tubos delgados que conducen a los ovarios donde se almacenan los óvulos, y en la parte inferior está el cérvix o «cuello», una especie de puerta carnosa a la vagina. Éste es el diagrama que muchos de nosotros nos vimos obligados a dibujar en la escuela, aunque con los años parece que perdemos esa habilidad. Según las encuestas realizadas entre 2016 y 2017 por Eve Appeal, una organización benéfica dedicada a la salud ginecológica, muchas jóvenes no sabían nombrar con precisión las partes del aparato reproductor femenino.[1] Sólo un 50 % de los hombres podía identificar una vagina en una ilustración anatómica, y en cuanto a su capacidad para localizar el útero... cuanto menos se hable de esa caverna vacía en público, mejor.[2]

Para complicar un poco más las cosas, el útero «normal» tiene infinitas variantes, algunas de las cuales son sorprendentemente comunes y otras casi inverosímiles. Por ejemplo, la posición del útero dentro de la pelvis puede variar mucho: la posición antevertida (inclinado hacia delante), en la que el útero se apoya en su vecina la vejiga, sólo se da en el 50 % de las mujeres. El resto se divide a partes iguales entre la posición media (evidente) y la retrovertida (inclinada hacia el intestino). En este caso, la «norma» sólo nos describe a la mitad.

De hecho, hay personas cuyo útero se parece muy poco a los dibujos de la escuela. Está el útero unicorne, que no es un caballo mítico que brinca por la pelvis, sino un útero con un solo lado o «cuerno» que se ramifica en una sola trompa y un ovario. Y mi favorito, el útero bicorne, que poseen alrededor del 3% de las mujeres: un útero en forma de corazón, con una hendidura en la parte superior del órgano que hace que el embarazo sea un poco más arriesgado, pero aun así totalmente posible.

Un número pequeño pero significativo de mujeres nace con dos úteros (el útero didelfo), cada uno de los cuales puede gestar un feto concebido en momentos distintos, produciendo «gemelos» que en realidad no tienen la misma edad. Otras nacen sin útero —el síndrome con el extravagante nombre de Mayer-Rokitansky-Küster-Hauser (MRKH)—, y a menudo sólo se percatan de ello cuando llegan a los años de la adolescencia sin ningún signo de menstruación. Una operación de trasplante pionera ofrece hoy día a algunas de estas mujeres la promesa de un embarazo, como veremos más adelante.

Vemos, pues, que el concepto de útero normal es, en muchos sentidos, subjetivo. El útero puede estar inclinado o ladeado, ser pequeño o grande, tener un cuerno o dos, o simplemente no estar ahí. También es importante entender que incluso los hombres pueden tener útero, aunque la presencia de dicho órgano tal vez sorprenda. Consideremos el caso de un septuagenario indio que, tras haber engendrado cuatro hijos con lo que parecía ser un sistema reproductor masculino en perfecto funcionamiento, empezó a sufrir un dolor persistente en los genitales. Al acudir a su médico, éste descubrió que tenía una especie de hernia testicular con un útero parcialmente formado en su interior.[3] Un destino similar le esperaba a un británico de treinta y siete años que buscó ayuda por la presencia de sangre en la orina. Temiendo un diagnóstico de cáncer de vejiga, recibió una noticia mejor, pero no menos impactante: un útero que llevaba mucho tiempo inactivo estaba menstruando a través de su pene.[4] A miles de kilómetros de distancia y con un año de diferencia, esos dos hombres experimentaron la misma anomalía: una peculiaridad del desarrollo fetal en la que el conducto reproductor que recorre la cola del embrión forma una combinación de genitales que son masculinos por fuera y femeninos por dentro.

Los hombres pueden tener útero, en efecto, y no sólo los considerados biológicamente masculinos al nacer, sino también los que afirman más adelante su masculinidad. Algunos hombres trans —a los que se les asignó el género femenino al nacer, pero que eligen vivir de acuerdo con una identidad masculina profundamente sentida— optan por la extirpación quirúrgica del útero. Otros, en cambio, deciden conservarlo; según el tratamiento hormonal que reciban y el estilo de vida que deseen llevar, estos hombres pueden seguir teniendo la menstruación o incluso dar a luz a un hijo. Este escenario único lo volveremos a tratar más adelante en el libro.

Aunque las experiencias vividas por los hombres con útero son tan diversas como los propios hombres, su misma existencia nos obliga a desenredar los enmarañados hilos del sexo y el género antes de empezar a tejer un tapiz narrativo del útero. La tradición médica —que, en sí misma, es un legado del pensamiento masculino blanco, occidental y heterosexual— ha insistido durante mucho tiempo en que el sexo es binario y el género se define al nacer. Sin embargo, la historia variada y a menudo sorprendente del útero nos invita a considerar una realidad más matizada en la que se contemplan y valoran todos los cuerpos, y todo es posible.

• • •

No cabe duda de que el «útero normal», si tal cosa existe, es un constructo social. Sabemos que la mayoría de las mujeres tenemos un útero con un aspecto y un comportamiento determinados: esa pequeña y bonita pera como la que nos hacían dibujar en el colegio. Pero también estamos empezando a comprender que, para muchas mujeres —e incluso para algunos hombres—, el útero puede tener otro aspecto, declararse de otro modo y hacer cosas bastante insólitas.

«Vamos, útero», claro que sí.

 El útero. En la juventud y en reposo

El útero

En la juventud y en reposo

¿En qué se ocupa el útero cuando no está preparándose para tener un bebé, gestándolo y pariéndolo, o recobrándose de haberlo tenido? Esta pregunta rara vez se plantea en una sociedad que ha llegado a valorar el útero principalmente por su papel en la reproducción. A los ojos del mundo occidental industrializado, el útero sólo tiene interés cuando cumple su promesa de crear nueva vida; es un receptáculo para la siguiente generación, antes que una entidad digna de estudio y consideración por sí misma. El útero, en plena madurez y fecundidad, es una fuente de infinita fascinación tanto para la ciencia como para la sociedad, y cada generación de investigadores vuelve a ahondar en el dilema de doble cara de la infertilidad y la anticoncepción, el misterioso flujo y reflujo de la menstruación y el aparente milagro del embarazo y el parto, desde el minúsculo racimo de células hasta el bebé llorón. Pero ¿qué hace el útero cuando sólo... cuelga? La pregunta suena a la vez prosaica y radical, pues sugiere que el útero en reposo merece ser examinado y tiene, a su vez, un valor intrínseco para la persona a quien pertenece por encima y más allá de la reproducción.

Si queremos hacer un esfuerzo serio para explorar el útero fuera del contexto de la procreación, tiene sentido empezar por el principio, en la infancia. Tal vez resulte incómodo pensar en el útero de una recién nacida, pero antes tendríamos que detenernos un momento en esa incomodidad. ¿Por qué no deberíamos pensar en la anatomía y la fisiología de un órgano en estado neonatal? Cuando una mujer nace su pequeño útero no es más que eso: un órgano. Aún no es fértil ni reproductivo, aún no está sujeto a los muchos ideales, tabúes y emociones que más tarde proyectaremos sobre él, ni a las normas sociales y a las innumerables leyes que pronto utilizaremos para regular y restringir sus funciones. Este órgano liso, rosado, nuevo y vital está simplemente ahí, vibrando con el pulso de la persona a la que pertenece, tan neutral y mudo como un pulmón o un hígado. Diría que el malestar que podemos sentir al imaginar ese pequeño vientre dice más sobre la sexualización de las mujeres jóvenes y las niñas por parte de nuestra sociedad que sobre el propio órgano. Contemplar el útero infantil implica estar al lado de la vagina infantil (que también está ahí, ocupándose de sus propios asuntos), y en un mundo en el que se sexualiza y estereotipa a las niñas a edades cada vez más tempranas, tales pensamientos pueden suscitar furia, pudor y vergüenza. Sin embargo, en estas páginas nos disponemos a examinar el útero en reposo —incluso el útero infantil, enclavado en su pequeña pelvis— con una mirada transparente, curiosa y despreocupada.

Como cabe suponer, hay relativamente pocos estudios sobre el útero neonatal en comparación con los que se han dedicado a la versión adulta y madura. Los pocos que existen tienden a comentar de refilón el tamaño y la forma del joven órgano, antes que explicar lo que está ocurriendo en su interior, por lo que empezaremos con estos simples datos: el útero infantil, que tiene forma de tubo o pala en lugar de la clásica lágrima invertida de su forma adulta, puede medir entre 2,5 y 4,5 centímetros de largo y en torno a 1 centímetro de grosor.[1] A las pocas horas de nacer el útero neonatal y su revestimiento todavía se encuentran, hasta cierto punto, bajo la influencia de los estrógenos y la progesterona maternos. Pero en la primera semana de vida estos niveles disminuyen, lo que con frecuencia da lugar a un momento alarmante para el que muchos nuevos padres no están preparados en absoluto: la llegada de la pseudomenstruación o falsa regla.

Cuando trabajaba de comadrona en la sala de posparto, me acostumbré a que las madres primerizas se acercaran a mí a cualquier hora del día y de la noche, pálidas y aterrorizadas, blandiendo algún desecho inverosímil del parto —un coágulo en una compresa para que lo analizáramos o un trozo de material de sutura en una braga—, pero ninguno provocaba tanta alarma como un diminuto pañal manchado de rosa. «Mi hija está sangrando», exclamaban, avergonzadas y preocupadas, y a menudo horrorizadas.

Lo que estas mujeres habían advertido era un proceso fisiológico normal sobre el que —como muchas cosas de la vida femenina— nadie las había prevenido. Del mismo modo que las hormonas del embarazo de la madre han provocado un engrosamiento temporal del revestimiento del diminuto útero de su hija, los niveles de estrógeno y progesterona heredados disminuyen después del parto, y ese pequeño revestimiento se desprende y abandona el cuerpo de la niña en forma de lo que, en esencia, es una minirregla (sólo que sin óvulo ni potencial de embarazo). Por lo general basta una breve explicación para tranquilizar a una madre primeriza cuya hija ha experimentado ese acontecimiento fisiológicamente normal, pero esta conversación y nuestra necesidad de tenerla nos recuerdan que los cuerpos femeninos, incluso desde sus primeros días sobre este mundo, representan la ignorancia, el miedo, el shock y la vergüenza. No tienen por qué —a menudo la explicación es mucho más sencilla que los horrores imaginados en un vacío de conocimientos que son tan fáciles de adquirir—, pero ésta es una historia escrita hace mucho tiempo y que acompaña a las mujeres literalmente de la cuna a la tumba.

• • •

En lugar de considerar la forma y la función del útero en toda su verdad sucia, impredecible y a veces repugnante, la ciencia ha preferido durante largo tiempo imaginar el útero no embarazado como una especie de bola de cristal —impecable y prístina—, un objeto inerte que sólo tiene sentido en la medida en que pronostica el futuro del feto. La ciencia, al proyectar sus ideales sobre la pureza y la virginidad femeninas en el más femenino de todos los órganos, creó así una doctrina —el paradigma del útero estéril— que sólo recientemente se ha cuestionado de forma efectiva.

Como muchas de las teorías que siguen dominando la ciencia en la actualidad, este paradigma lo esbozó por primera vez un hombre europeo y blanco; en este caso, Theodor Escherich, un pediatra austrogermano de bigote desmesurado y mirada penetrante. Sin embargo, a diferencia de la mayoría de las doctrinas científicas serias, la idea del útero estéril surgió en un contexto humilde: una sopa espesa y alquitranada de meconio (en lenguaje corriente, caca de recién nacido).

Desde los inicios de su carrera en Viena, Escherich viajó a París, donde asistió a conferencias impartidas por personalidades de la época, como el neurólogo Jean-Martin Charcot, cuya teoría de la histeria postulaba que el cuerpo femenino era un peligroso foco de enfermedades mentales y físicas. La fascinación de Escherich por ellas lo llevó a Múnich, donde estudió las propiedades bioquímicas del meconio expulsado a intervalos variables después del parto.[2] A pesar de lo malolientes que debían de ser estos experimentos, parecían probar una cuestión importante: que el intestino del bebé es inicialmente estéril y los microorganismos lo colonizan sólo en las primeras horas y días de vida fuera del útero. El propio vientre materno era —o, al menos, parecía ser— un entorno limpio como una patena en el que el feto crecía y prosperaba.

Esta idea no tardó en ganar adeptos entre los colegas de Escherich, ya fuera por el rigor de sus métodos o porque la doctrina reflejaba de manera conveniente los tropos contemporáneos sobre la virtud materna. En el año 1900 el pediatra francés Henri Tissier recogió el testigo y fue el primero en afirmar que «el feto vive en un entorno estéril»,[3] y basándose en sus propios experimentos planteó la hipótesis de que el intestino del recién nacido empieza incontaminado y no se coloniza hasta que transita por ese pasaje con fama de traicionero que es la vagina. El paradigma del útero estéril, como llegó a llamarse, se aceptó, por tanto, como un claro punto de intersección entre la pediatría, la obstetricia y la misoginia. Para la comunidad científica de principios del siglo XX, dominada por hombres, la idea de que el feto sólo podía colonizarse —hasta cabría decir contaminarse— tras el contacto con los genitales de su madre debía parecer una verdad innegable e inevitable.

Sin embargo, cualquier estudiante de ciencias perspicaz —o incluso un observador circunstancial de la sociedad— sabe que la verdad es cambiante y evoluciona a partir de los valores y las preocupaciones de un lugar y una época particulares. El paradigma del útero estéril perduró durante años, pero en estas primeras décadas del siglo XXI, la ciencia y la sociedad han avanzado lo suficiente para considerar un nuevo tipo de verdad, que ya no ve el útero como una fría y sombría bola de cristal, sino como un entorno rico y vibrantemente poblado.

Hoy día muchos científicos creen que la vida dentro del útero no se limita a los nueve meses de gestación. Incluso el útero no embarazado —el útero en reposo, tanto tiempo ignorado— puede albergar un microbioma floreciente: miles de millones de microorganismos nativos, desde bacterias y hongos hasta virus y levaduras, que tienen una influencia enorme sobre la salud de la mujer, desde su fertilidad hasta su sistema inmunitario, pasando por su predisposición al cáncer. Como canta Dolly Parton: «The magic is inside you. There ain’t no crystal ball.» La magia está dentro de ti. No hay bola de cristal.[4]

Para entender cómo el útero pasó de ser un desierto microbiano a una metrópolis abarrotada en la imaginación científica popular, debemos volver primero a nuestro viejo amigo el meconio. Antes de que el siglo XX dejara paso al XXI, las nuevas tecnologías habían permitido detectar microorganismos identificando los más pequeños fragmentos de residuos genéticos. Armados con estas sofisticadas herramientas y técnicas, los investigadores volvieron a fijar su atención en las cacas de los bebés, con resultados intrigantes: en contra de las afirmaciones de Escherich, Tissier y sus numerosos discípulos, los cazadores de gérmenes del nuevo milenio descubrieron la presencia de bacterias en el meconio excretado en el instante de nacer o justo después.[5] El asombroso hallazgo no fue tanto que hubiera microbios en los intestinos de los bebés cuyas madres se sabía que tenían alguna infección en el momento del parto. No, el hallazgo que pronto uniría la microbiología a la inmunología y la ginecología de la forma más inesperada fue que incluso la caca de los bebés nacidos de mujeres sanas parecía colonizada por una gran variedad de especies bacterianas. Teniendo en cuenta que estos bebés habían vivido en un solo entorno —el vientre materno— antes de nacer, era lógico pensar que el único lugar donde podía haberse producido esa transformación era el hábitat supuestamente «estéril» del propio útero.

Cuando los nuevos métodos de análisis empezaron a dar resultados igual de rompedores, los científicos se apresuraron a recoger muestras de todas las sustancias posibles producidas en el útero o en sus alrededores para estudiarlas: los tubos de ensayo, las placas deslizantes y las centrífugas de los laboratorios de todo el mundo rebosaban de líquido amniótico, tejido endometrial, sangre del cordón umbilical y fragmentos de placentas y de sus membranas junto con, por supuesto, meconio. Estudio tras estudio parecían confirmar la existencia de una aturdidora variedad de microbios dentro del útero, desde bacterias «comensales» en apariencia inofensivas hasta bacterias desagradables como los estreptococos y la Escherichia coli (llamada así por nuestro amigo Theodor y conocida comúnmente como E. coli).[6,] [7] Los resultados fueron muy dispares, y hubo detractores que insistieron en que estos hallazgos eran erróneos de principio a fin, ya que los microbios que se habían detectado se debían a la contaminación bacteriana del entorno de la investigación o de las soluciones químicas utilizadas en cada experimento.[8]

Parecía imposible que en cuestión de años pudiera derrumbarse un paradigma tan arraigado como el del útero estéril y, n

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos