Introducción
Creo que sé por qué estás aquí
Algo no va bien en tu cuerpo, tu corazón y tu mente, y buscas información para aliviar el malestar físico o emocional. Puede que te hayas pasado un año o más acudiendo a distintos profesionales de la salud para tratar esos problemas, y que incluso te hayas hecho análisis de sangre u otras pruebas de laboratorio con la intención de llegar al fondo de lo que te pasa. Quizá hayas probado uno o más medicamentos o regímenes de suplementos, y estoy segura de que has agotado las opciones de Google buscando respuestas.
¿Voy bien encaminada? Seguramente habré acertado porque he visto esas situaciones cientos de veces durante los muchos años en que he asesorado a pacientes en procesos de curación: primero como fisioterapeuta, y actualmente como educadora sobre el sistema nervioso a nivel mundial. Entiendo lo difícil que es ser positivo y mantenerse a flote en este mar de incertidumbre, y he visto que vivir con problemas crónicos de salud sin una causa o una solución clara puede llevar a las personas al borde de la desesperación e incluso hacerles dudar de si el problema estará en su cabeza.
¿TE SUENA TODO ESO?
Cuando la gente viene a pedirme ayuda normalmente está cansada, dolorida y emocionalmente agotada tras meses, años e incluso décadas de dura batalla por su salud. Alex se encontraba entre esos pacientes.
La historia de Alex: restablecer el equilibrio
La primera impresión que me causó Alex es que se trataba de una mujer de treinta y un años llena de vida y totalmente sana. Sin embargo, a los pocos minutos de conversación, cambié de parecer. Alex había vivido con continuos problemas de salud desde que tenía veinticinco años. En un principio, padeció una grave irritación cutánea, pero al poco tiempo también le dolía el estómago, tenía ansiedad y otra serie de problemas que requerían distintos tratamientos. A lo largo de los años, Alex acudió a docenas de médicos y le recetaron infinidad de medicamentos; tantos que le costaba recordarlos todos.
Algunos de los doctores que atendieron a Alex propusieron que su enfermedad cutánea era resultado de la irritación causada por los cosméticos y otros productos, de modo que ella se pasó obedientemente a las cremas que le recetaron y cambió todos los productos que usaba, del jabón al detergente para la ropa. Al ver que eso no la ayudaba, otros médicos se preguntaron si no sería ella misma la que se provocaba la irritación rascándose los brazos sin darse cuenta mientras dormía o cuando estaba preocupada. Aunque Alex insistió en que ella no hacía eso, el mejor consejo que le ofrecieron los médicos fue que se esforzase por no tocarse las zonas afectadas, y que luego comprobase si había algún cambio. No los hubo.
Todo resultaba muy frustrante y no contribuía a aliviar el picor, el dolor o las manchas rojas que tenía en los brazos. Cada vez se sentía más acomplejada por su piel, y empezó a darle miedo ir al trabajo. Si por casualidad una compañera o una amiga hacía la más mínima mención a su piel, se enfadaba y se ponía a la defensiva.
Cuando le aparecieron las molestias en el cuerpo, el dolor de estómago y los problemas digestivos, a Alex le diagnosticaron síndrome de intestino irritable (SII) y le prescribieron una dieta estricta. A pesar de seguirla al pie de la letra, los síntomas no desaparecieron. Al no hallar ningún alivio, pasó a organizar su vida en torno al dolor de estómago, evitando los actos sociales y las cenas con amigos por si algún ingrediente le provocaba una reacción.
Mientras lidiaba con esos problemas de salud, Alex desarrolló ansiedad, que empeoró a pesar de las visitas a especialistas y las distintas prescripciones médicas. Cuando conocí su caso, me fijé en que se describía como «una aprensiva» y «una persona ansiosa». Fue un detalle importante porque me permitió comprender mucho mejor las historias que Alex contaba sobre sí misma. Estaba claro que ella creía que esas descripciones de su persona eran fieles porque ella las exponía con la misma objetividad con que hablaba del dolor físico que experimentaba.
El hecho de que Alex se describiese de esa forma —como «aprensiva»— contribuía a la falta de confianza que tenía en sí misma. A pesar de todo por lo que había pasado, yo empecé a preguntarme si su carácter ansioso no estaría haciendo que su cerebro activase alarmas que aumentaban su dolor.
Sin embargo, de lo que no me cabía duda era de que los problemas de Alex no solo eran muy reales, sino que habían sido invalidados y habían pasado inadvertidos durante años. Esa falta de apoyo y de validación había creado, a su vez, el entorno perfecto para que surgiesen otros problemas. He oído a muchos pacientes y estudiantes hablar de dolor físico y mental, y también expresar su desencanto ante los enfoques médicos y las distintas terapias centradas en el cambio de mentalidad que les han recomendado. A muchos les han dicho que sus síntomas son psicosomáticos o «no tan graves». A otros les han asegurado que hablar de su sufrimiento y practicar mindfulness les curará, y luego se han llevado una decepción al seguir esas estrategias sin ninguna mejora. Si bien esos dos métodos son recomendables en determinadas situaciones, en el caso de Alex solo había servido para tratar los síntomas visibles en lugar de la raíz del dolor.
Después de exponerme detenidamente su historial médico, Alex me confesó que la enfermedad de la piel no había sido la única razón por la que había desarrollado ansiedad. En la misma época en que buscaba tratamiento para la piel, Alex había tenido una riña seria con su compañera de piso. Durante meses, cuando Alex volvía a casa del trabajo, se encontraba montones de platos sucios de su compañera en el fregadero y cosas tiradas por la sala de estar. Al principio intentó pasar por alto el desorden con la esperanza de que su compañera de piso captase la indirecta, pero al ver que no lo hacía, empezó a limpiar por ella, aunque le enfurecía mucho. Después de hacerlo durante meses sin que se lo agradeciese, Alex habló con su compañera de piso y le dijo que las cosas tenían que cambiar, pero su compañera no parecía muy interesada en hacerlo.
La situación se alargó durante más de un año hasta que Alex tuvo que cubrir la parte del alquiler que le correspondía a su compañera por segunda vez, momento en que se le agotó la paciencia y se enfrentó a ella. Discutieron, pero la compañera acabó disculpándose y prometiendo que rectificaría su comportamiento. Sin embargo, cuando Alex volvió a casa del trabajo al día siguiente, su compañera de piso había desaparecido y también todas sus cosas. Aunque para Alex fue un alivio dejar de vivir con ella, pasó por una situación complicada desde el punto de vista económico. Mientras se esforzaba por encontrar a una nueva compañera de piso, tuvo que tirar peligrosamente de la tarjeta de crédito para cubrir la parte extra del alquiler y las facturas. Se sentía impotente ante su situación económica y a veces la invadía el pánico, pues sabía que no podía pagar todos los gastos y que en la zona en la que vivía escaseaban los pisos de alquiler.
Esa información era la pieza del puzle que faltaba, y tuve la certeza de que la desregulación del sistema nervioso no solo era la causa de la reacción inflamatoria que había provocado la enfermedad cutánea de Alex, sino que también era la raíz de muchos de los problemas de salud que padecía.
EL TERMOSTATO INTERNO Y EL PUNTO DE AJUSTE
Todos tenemos un punto de ajuste interno en el que mejor nos sentimos y funcionamos. Como el termostato de una casa, nuestro cerebro y nuestro cuerpo se coordinan a través del sistema nervioso para que volvamos a nuestro punto de ajuste y mantengamos ese equilibrio perfecto, o lo que los científicos llaman homeostasis.
Lo ideal sería que pasásemos la mayor parte de nuestras vidas en ese agradable punto de ajuste, pero no es la única posición de nuestro termostato interno. Hay otras dos —calor y frío—, y las dos son necesarias, incluso vitales en determinadas circunstancias. Estamos programados para entrar y salir rápidamente de las dos según las exigencias de la vida. Por ejemplo, si nos atacan, pasar a un estado más caliente nos permite reaccionar enseguida y con agresividad para defendernos o para escapar. Es lo que coloquialmente se conoce como reacción de lucha o huida. En un sistema bien regulado, cuando la amenaza ha pasado, volvemos al punto de ajuste y retomamos nuestras vidas.
Lo extraordinario de ese punto de ajuste es que está calibrado para satisfacer nuestras «verdaderas» necesidades (es decir, las de nuestra realidad vivida). Lamentablemente, factores como la enfermedad, el trauma o el estrés crónico pueden desviarnos del punto de ajuste, e incluso alterarlo por completo. Si permanecemos en un estado caliente o frío el tiempo suficiente para que nuestro cerebro lo perciba como una nueva realidad, el punto de ajuste se recalibrará para satisfacer lo que considera que son nuestras verdaderas necesidades. Nuestro cerebro es una «máquina predictiva», y si hemos experimentado estrés traumático y nos hemos vuelto hipervigilantes a las amenazas, el punto de ajuste puede variar para adaptarse a nuestras necesidades previstas (el modo en que percibimos la realidad).[1]
En el caso de Alex, el estrés de vivir con una compañera de piso desconsiderada había ajustado su termostato a una temperatura más caliente. Después de tragarse la irritación, la ira y el estrés durante meses, el termostato de Alex había decidido que esa temperatura más elevada era la nueva normalidad, y había regulado su punto de ajuste en consecuencia. La gota que colmó el vaso fue la impotencia a la que le llevó el no ser capaz de encontrar una compañera de piso y tener que asumir la responsabilidad de pagar un alquiler más elevado del que podía permitirse.
Si queremos sentirnos bien y rendir al máximo, lo mejor que podemos hacer es recalibrar lo que ocurre dentro de nuestro cuerpo y de nuestro cerebro para que se ajuste a las exigencias reales de nuestro entorno.
Imagínate lo incómodo que sería vivir en una casa en la que el termostato no pudiera moverse y estuviera fijo en una temperatura extrema. Tu humor, por no hablar de tu capacidad para afrontar el estrés, se vería radicalmente alterado. Cada tarea requeriría más esfuerzo y energía: te verías obligado o bien a tener fuego encendido continuamente y llevar ropa extra para mantener el calor, o bien a buscar formas de estar fresco a pesar del calor sofocante.
Si no se controlan, las temperaturas extremas empiezan a provocar emergencias a corto plazo. Los suelos de madera empiezan a combarse o a agrietarse por el calor. Las tuberías se congelan y revientan y, de repente, el problema de temperatura se convierte en una auténtica emergencia que consume valiosos recursos y te distrae de las tareas de mantenimiento rutinarias que mantienen tu casa en perfecto funcionamiento.
Dentro de nosotros se produce un desgaste parecido. Sí, podemos manejar determinadas situaciones y entornos a corto plazo, como quedarnos levantados toda la noche para entregar un trabajo a tiempo, o ejercer de cuidadores de un miembro de la familia enfermo las veinticuatro horas del día durante un par de semanas. Pero cuando superamos nuestros límites naturales a fin de cumplir expectativas o de agradar a otros, el cuerpo nos da señales de aviso para hacernos saber que nos estamos alejando de nuestro punto de ajuste. Cuanto más prolongamos esas situaciones y más cedemos a la presión cultural dominante por estar ocupados, trabajar duro y alcanzar más cosas, más excedemos nuestros límites naturales, más nos alejamos de ese saludable y controlado punto de ajuste y peor nos sentimos. La regulación se convierte en una desregulación que, con el tiempo, se manifiesta en forma de enfermedades mentales y/o físicas que ya no podemos obviar.[2]
El estrés, el trauma y nuestro cambiante punto de referencia
Como muchos de nuestros sentimientos, emociones y experiencias, el estrés y el trauma ocupan un espectro, y, si bien todo trauma es estresante, no todo estrés es traumático. El estrés alude a la forma en que reaccionan nuestro cerebro y nuestro cuerpo ante un acontecimiento o una situación que percibimos como amenazante o difícil. Como todos sabemos, el estrés puede ser leve o intenso. Lo que causa estrés en el día a día casi nunca supone amenazas para nuestra supervivencia, pero normalmente nuestro cerebro no se percata de eso. En situaciones de estrés, estamos programados para movilizar energía y desencadenar reacciones.
El proceso de alostasis, indicando los niveles de medidores del estrés a lo largo del tiempo y señalando el punto de ajuste de la homeostasis.
Esas respuestas programadas de lucha o huida nos preparan para el peligro aumentando la temperatura de nuestro punto de ajuste, pero si el estrés solo es leve, intensifican la concentración y movilizan la energía con el fin de que estemos listos para la acción. Y del mismo modo que estamos hechos para aguantar momentos estresantes, un proceso conocido como alostasis nos brinda la capacidad de volver a nuestro punto de referencia cuando la amenaza ha pasado. Se trata de un proceso de movilización de energía para satisfacer las demandas y luego completar el ciclo de activación del estrés. Con un sistema nervioso saludable y funcional, podemos volver con bastante rapidez a un estado sereno y sociable en el que nos sentimos a gusto. Siempre que nos recuperemos plenamente del estrés, no es perjudicial para la salud. De hecho, en la mayoría de los casos nos hace más resilientes.[3]
Sin embargo, cuando el estrés es crónico y experimentamos pánico o ansiedad de forma continua, se agotan nuestros recursos y nuestra energía, y se le pasa factura al cuerpo. El desgaste provocado por ese estrés acumulativo se conoce como carga alostática y puede contribuir a males físicos como los desórdenes digestivos y la hipertensión, o a problemas de salud mental como la depresión. La consecuencia más grave de la carga alostática es que puede impedirnos volver a nuestro punto de ajuste original. Lo mismo ocurre con el estrés traumático, que se produce cuando experimentamos demasiado estrés demasiado rápido.[4]
El efecto de la carga alostática
El cortisol tiene mala fama por ser la «hormona del estrés», pero desempeña una función decisiva al movilizar glucosa para que tengamos la energía necesaria con la que hacer frente a las dificultades.[5] Los periodos prolongados de estrés pueden causar fluctuaciones en los niveles de cortisol y dar lugar al síndrome de desgaste profesional, un problema cada vez más común, pues una cantidad insuficiente de cortisol nos lleva a sentirnos deprimidos, desmotivados y cansados.[6] Cuando experimentamos ese agotamiento durante mucho tiempo, nuestro sistema nervioso puede sumirse todavía más en ese estado «demasiado frío» y hacernos sentir alicaídos, insensibles y deprimidos. Además, puede modificar nuestro termostato interno y graduar nuestro punto de ajuste a una temperatura más baja.
Al otro lado del espectro está el trauma, que abarca desde el estrés extremo continuo hasta los sucesos muy angustiosos. Al igual que el estrés, el trauma puede modificar nuestro punto de ajuste. Es importante señalar que no existe ningún punto concreto del espectro en el que el estrés cruce la línea y pase a ser trauma. Esto es así porque el trauma es subjetivo y el contexto importa.[7] Nuestra historia individual (sobre todo los acontecimientos que se parecen), nuestra personalidad, nuestras convicciones, nuestros valores y nuestra genética conforman la idea que tenemos del trauma y cómo lo experimentamos. Lo que es traumático para una persona puede ser solo molesto para otra.
También podemos entender que el trauma se produce cuando una experiencia o varias desbordan nuestra capacidad de regular las emociones y las sensaciones corporales, así como de encontrar sentido al mundo y a nuestra experiencia, y conllevan una fragmentación o disociación que nos hace sentir desconectados de nuestro cuerpo y desregular nuestro sistema nervioso y nuestras emociones, lo que dificulta que el cuerpo pueda controlar o regular el estado de ánimo y las reacciones emocionales.[8]
El trauma no tiene que ver con un acontecimiento del pasado, sino con nuestra experiencia actual y con la forma en que nuestro cerebro y nuestro cuerpo siguen reaccionando en el presente.
Escala de estrés y de trauma
El momento exacto en el que catalogamos o juzgamos el estrés o una experiencia como traumáticos no es tan importante como reconocer y curar la desregulación presente en el cerebro y el cuerpo.[9] La desregulación se puede extender más allá del sistema nervioso a los múltiples sistemas con los que se comunica estrechamente, como el sistema inmunitario, el endocrino, el musculoesquelético, el cardiovascular o el digestivo.
La historia de Alex: atrapada en el estado caliente
En el caso de Alex, el estrés que sufría en casa estaba haciendo que pasase demasiado tiempo en el estado caliente más activado, lo que afectó a su sistema inmunitario y le provocó la reacción inflamatoria de la piel.[10] La preocupación por la causa de la enfermedad cutánea hacía que se le pasasen miles de cosas por la cabeza, lo que la llevó a desarrollar ansiedad y, con el tiempo, irritabilidad.
Al no hallar ningún alivio de la fuente de estrés que tenía en casa, esas reacciones dieron lugar a cambios en el delicado aparato digestivo de Alex. Los síntomas del síndrome de intestino irritable que Alex empezó a experimentar, unidos a la falta de ayuda de los profesionales de la salud a los que pagaba para que la tratasen, no hicieron más que agravar la desregulación. La desregulación del sistema nervioso se parece mucho a la ilustración del iceberg que aparece más abajo. Los comportamientos, actos y reacciones desagradables que vemos en nosotros mismos y en los demás se aprecian en la superficie. Estos efectos secundarios en la superficie también pueden manifestarse como enfermedades aparentemente aisladas sin origen claro. En muchos casos, estas afecciones persisten durante años, y tienen en la salud y en la vida de quienes las padecen efectos colaterales que provocan más malestar e infelicidad y disminuyen su calidad de vida. Sin embargo, bajo la superficie ocurren muchas más cosas, y si no nos sumergimos bajo el agua para abordar las causas últimas del dolor físico, emocional o mental, estamos condenados a seguir poniendo tiritas sobre agujeros de bala.
El iceberg de la desregulación del sistema nervioso
Normalmente, esas tiritas adoptan la forma de «reguladores artificiales» como el abuso del alcohol, la comida, el azúcar, la cafeína, las redes sociales, los juegos online, la televisión, los estimulantes o los medicamentos. Sabemos que no nos gusta cómo nos sentimos, de modo que buscamos algo que nos haga sentir «mejor». Sin embargo, el alivio y la regulación solo tienen un efecto a corto plazo porque no abordamos la verdadera raíz, que es la desregulación del sistema nervioso.
Para empezar, le pedí a Alex que, cuando se preocupara por su salud o su economía, se fijase en las emociones que sentía y en sus señales corporales, como los cambios de postura. Al hablar de la postura no me refiero al modo normal de estar más o menos derecho, sino a las formas en que el cuerpo se pone tenso, se desarma o se queda inmóvil cuando nos sentimos amenazados. Quería que ella experimentase que no hay una separación real entre el cerebro y el cuerpo. Por eso la «conexión cerebro-cuerpo» (o el «sistema cerebro-cuerpo», como a mí me gusta llamarlo) es tan importante para entender que el trauma puede tener consecuencias como los trastornos intestinales o el dolor persistente.
EL MODELO BIOMÉDICO HABITUAL
A pesar de la relación comúnmente aceptada entre el cerebro y el cuerpo —por ejemplo, hace ya siglos que se reconoce la existencia de enfermedades psicosomáticas—, desde el siglo XX el modelo biomédico se ha convertido en el enfoque dominante a la hora de tratar el dolor y el malestar físico. Este método se centra en los procesos biológicos y en la fisiología, y en muchos casos da buen resultado. Al fin y al cabo, en las circunstancias adecuadas, muchas enfermedades, infecciones y dolencias se pueden tratar por separado y curar o aliviar con medicamentos o intervenciones quirúrgicas.
Sin embargo, como el enfoque biomédico se centra en la biología del paciente en el momento del examen, en lugar de en los factores que han contribuido a provocar el mal, no puede explicar de manera fiable (ni, por lo tanto, solucionar) algunas enfermedades crónicas que pueden surgir a raíz de la desregulación del sistema nervioso —un cambio en nuestro punto de ajuste—, como los problemas intestinales, las enfermedades inflamatorias, la irritación cutánea, la hipertensión o el dolor persistente.
Del mismo modo, en momentos de padecimiento emocional o cambios en el comportamiento, podemos optar por buscar información en Google, pensar detenidamente en cómo manejaremos una situación que nos inquieta —hasta el punto de que no nos deja dormir de noche— o echar mano de recursos centrados en cambiar de mentalidad para recuperar el equilibrio. Lo más probable es que estas estrategias sean enfoques «basados en la mente», diseñados para ayudarnos a recuperar el bienestar mediante el uso del pensamiento. Sin embargo, cuando nos superan los acontecimientos o nos enfrentamos a una crisis, es muy poco probable que actitudes como replantearnos lo que nos está pasando, cuestionar nuestra mentalidad o pensar positivamente nos saquen de ese estado, porque entre bastidores están ocurriendo muchas más cosas de las que somos conscientes.
Simplemente no podemos convencer a nuestro cuerpo para que deje de sentir peligro.[11] Un discurso positivo puede ayudarnos en parte, pero sin entender nuestra neurobiología y abordar los motivos por los que experimentamos esas sensaciones de agobio, nuestro cuerpo se queda en el modo de peligro. Aunque algunos planteamientos basados en el pensamiento tocan la importancia de la relación entre el cerebro y el cuerpo, la mayoría no aprovechan el poder de la mente para modificar las sensaciones corporales abrumadoras. Debido a ello, pocas personas entienden en qué consiste esa relación, cómo funciona y lo profundamente que puede afectar a todos los aspectos de la vida. Ha llegado la hora de que cambiemos eso.
El modelo biopsicosocial: un enfoque holístico
Si estás empezando a conocer el sistema nervioso, es posible que te sorprenda averiguar lo mucho que las señales corporales y los órganos internos afectan a cómo nos sentimos y cómo pensamos, pero así es.[12] Como Alex descubrió mediante el trabajo que realizamos juntas, los pensamientos, las convicciones, las emociones y las expectativas tienen la capacidad de afectar positiva o negativamente a nuestro funcionamiento biológico e incluso a la postura de nuestro cuerpo. Esos mismos pensamientos, convicciones y emociones también pueden provocar y mantener el dolor físico.[13]
El modelo biopsicosocial
El enfoque que adoptaremos en el presente libro para abordar la regulación está más centrado en la «persona en su totalidad» y se conoce como modelo biopsicosocial. A diferencia del modelo biomédico, este método no solo abarca plenamente la relación bidireccional entre el cerebro y el cuerpo, sino que también tiene en cuenta las muchas formas en que el entorno, las experiencias y las relaciones afectan a ese sistema. Se basa en la idea de que para entender nuestra salud, no debemos estudiar solo nuestra biología. También debemos considerar cómo nos encontramos a nivel mental y emocional y cómo es nuestro entorno social, porque siempre intervienen los tres factores y no se pueden separar.
La vía a la regulación no «es el cuerpo o el cerebro», sino «el cuerpo y el cerebro».
La historia de Lisa: el modelo biopsicosocial en acción
Para entender mejor lo efectivo que puede ser ese enfoque, analicemos desde esa perspectiva el caso de otra de mis pacientes, Lisa. Lisa vino a verme para que le tratase el lumbago y la ansiedad que padecía. Enseguida me fijé en que el rango de movimiento de su columna vertebral era muy limitado. Se ponía tensa en previsión del dolor que experimentaba cuando se sentaba y hablaba muy rápido y respirando entrecortadamente. Cuando le pregunté si podía inclinarse para que le evaluara la columna vertebral, se resistió.
—¿Qué cree que le pasará si se inclina hacia delante? —le pregunté.
—Mi madre también tenía una hernia de disco, y el médico le dijo que si se inclinaba, le empeoraría.
—¿Tiene usted hernia de disco? —pregunté confundida. Aquel diagnóstico no figuraba en su expediente médico.
—Bueno, en la resonancia magnética que me hicieron no aparecía nada, así que creo que el problema debe de ser muy grave y profundo.
—En ese caso —dije—, empecemos estudiando su postura. —Hice que se pusiese de pie delante de un espejo y le pregunté—: ¿Qué le llama la atención de su postura?
Lisa vio que tenía los hombros levantados, pero le restó importancia diciendo que su postura siempre había sido así. Había reparado en ese detalle en fotos suyas de niña.
Le señalé que tenía el tronco rígido y que había una tensión excesiva en los músculos que conectaban con su columna vertebral incluso cuando no se movía, y le expliqué que al tener el cuerpo tan tenso —en esa actitud protectora—, le costaba más mover la columna, circunstancia que le provocaba todavía más dolor.
—A ver si puede relajar los hombros —le propuse—. Así podrá respirar más hondo, porque cuando se inspira desde la parte superior del pecho y no desde el diafragma, solo se puede respirar de manera superficial, y esa manera de respirar puede influir en el sistema nervioso de forma negativa.
También hablamos de un factor importante que puede intervenir en el desarrollo de dolor y minusvalías en personas con lumbago: sus creencias sobre el dolor.[14] Me di cuenta de que Lisa creía que como su madre tenía dolor de espalda permanentemente, ella estaba destinada a padecer el mismo problema.
En posteriores sesiones trabajamos con la columna vertebral a nivel físico, pero también estudiamos el contexto más amplio de su vida. Lisa señaló que había empezado a notar dolor en la región lumbar poco después de que terminase su relación con su pareja. Más o menos en esa misma época, tuvo un nuevo jefe con el que se sentía incómoda. Había algo en él que le molestaba, y reaccionaba de forma muy negativa incluso cuando le hacía las preguntas más inofensivas. Cuando él estaba delante, le daban «ganas de salir de la oficina».
Le enseñé a Lisa unas cuantas técnicas para ayudarla a calmar el sistema nervioso, que le servirían para relajar los músculos. Mediante la práctica continua, le descendieron los hombros, se le suavizó el rostro, y su respiración se volvió más profunda. Con el tiempo, incluso pudo inclinarse y mover la espalda sin sentir un dolor insoportable.
A lo largo de las siguientes visitas, le expliqué que su dolor era muy real y que no estaba «solo en su cabeza». También le dije que el dolor no siempre equivale a un daño en los tejidos. A veces el dolor se agrava cuando estamos inquietos porque es la forma que tiene el cuerpo de protegernos. Lisa y yo dedicamos tiempo a tratar de entender por qué su jefe en concreto le hacía sentirse tan incómoda. Entonces ella dijo por casualidad que se parecía al hombre con el que su madre se había casado poco después del fallecimiento de su padre. De niña, ella se sentía tensa, nerviosa y asustada en presencia de su padrastro. Era un hombre intimidante y podía ser cruel, de modo que ella lo evitaba. La forma en que su cuerpo reaccionaba a su nuevo jefe en el presente era muy parecida, pues el miedo y la impotencia le resultaban familiares.
En un plano intelectual, Lisa sabía que no tenía motivos para temer a su nuevo jefe, pero su «cerebro de supervivencia» —la parte primitiva del cerebro centrada en mantenernos con vida y protegernos del peligro— creía lo contrario, y las reacciones corporales que enviaba le provocaban ansiedad. El estrés crónico y traumático no solo influye en el sistema nervioso, sino también en las respuestas inmunitarias, que pueden aumentar el dolor a través de varias vías del sistema cerebro-cuerpo, como la inflamación.
El caso de Lisa desde un prisma biopsicosocial
Fue un progreso muy importante, y acordamos que el trabajo pendiente no debía limitarse a hacer tratamientos de fisioterapia o probar medicamentos nuevos que la ayudasen a aliviar el dolor, sino que también había que entrenar su cerebro y su cuerpo para que salieran del modo de supervivencia; así no reaccionaría de manera tan sobreprotectora y podría volver a un estado de regulación y reducir tanto el dolor físico como el emocional. Investigaciones recientes han confirmado que la regulación de las emociones es un método eficaz para disminuir el dolor persistente.[15]
La desregulación del sistema nervioso provocado por el miedo instintivo de Lisa a su jefe no solo dio lugar a respuestas emocionales mal reguladas, sino que en realidad le causó en el cuerpo una inflamación que luego le generó más ansiedad. Se trata de un ejemplo de lo que puede pasar cuando se ve alterado el sistema neuroinmune (es decir, el sistema nervioso y el sistema inmunitario).
Debido a la forma en que las ciencias han compartimentado y han estudiado cada aparato físico por separado, el sistema inmunitario se ha considerado una entidad autorregulada que funciona discretamente en segundo plano en nuestro beneficio. La inmunología incluso se ha convertido en un campo especializado prácticamente independiente de otras disciplinas. Pero los inmunólogos han descubierto que el sistema inmunitario en realidad no está autorregulado, sino que trabaja en estrecha colaboración con el sistema nervioso a muchos niveles.[16] El sistema neuroinmune influye en cómo nos recuperamos de las heridas y es un ejemplo más de lo interrelacionados que están todos nuestros sistemas.[17]
En el caso de Lisa, la inflamación, combinada con el hecho de que el nervio vago no equilibraba su sistema nervioso, estaba determinando lo mal que se sentía tanto desde el punto de vista mental como físico. Para tratar eficazmente su dolor, teníamos que abordar todos los factores que contribuían a él.
Tipos de tratamiento del problema de Lisa
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Tratamientos anteriores: el enfoque biomédico |
Lo que nosotras probamos: el enfoque biopsicológico |
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Ejercicio |
Ejercicio con una amiga (corregulación) |
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Medicamentos para el dolor |
Medicamentos para el dolor |
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Evitar el movimiento |
Terapia manual |
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Cirugía |
Psicoterapia |
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Antiinflamatorios |
Educación sobre el dolor y el sistema nervioso |
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Inyecciones |
Yoga suave |
Conviene señalar que la desregulación aumenta cuando nos sentimos impotentes. Por ese motivo la autonomía y el control son unos antídotos tan eficaces. La importante sensación de autonomía y control surge al aprender a interpretar la configuración de nuestro ter
