Cuando era pequeña y me preguntaban cuál era mi sueño, mi respuesta solía ser tener una casa, pareja, casarme… A medida que fui creciendo y mi conciencia aumentó, esta respuesta se transformó. Un día me descubrí a mí misma con el sueño de sentirme libre. Y ahora, como yo, te preguntarás: ¿qué es ser libre? o, mejor dicho, ¿qué no es ser libre? Algo que se aleja de la libertad es medir tu valía a través de la opinión de otros, no poder ser auténtico, espontáneo y original. Buscar una perfección irreal.
Existe una frase del poeta griego Píndaro que resume muy bien este objetivo y que me repito muchas veces: «Llega a ser lo que eres». Esta frase, pensada para motivar a los atletas de los primeros Juegos Olímpicos, puede servir de inspiración para acercarnos a nuestro verdadero yo y alejarnos de los dogmas sobre lo que tenemos o debemos ser, es decir, de nuestras propias creencias limitantes. «No puedo», «Es demasiado difícil», «La vida es injusta», «No soy suficiente», «Los demás tienen que ser buenos conmigo», «Debo hacerlo bien a la primera»… Estas creencias son la base o estructura a partir de la cual miraremos el mundo y nos relacionaremos con él. Son los cimientos de nuestra casa, por eso es tan importante conocerlas, saber de qué materiales se componen y cómo de arraigadas están.
A lo largo de mi trayectoria profesional como psicóloga he visto cómo, ante una misma situación, dos personas respondían a ella de forma totalmente diferente. Durante las sesiones de psicoterapia descubrimos que, en muchas ocasiones, eran sus pensamientos acerca de la situación los que condicionaban sus elecciones y emociones. Juntos tratamos de aprender y desaprender las creencias que había detrás de esos pensamientos, porque, a diferencia de los animales, tenemos la capacidad de reflexionar sobre nuestros propios pensamientos. Todo aquello que creemos con firmeza está influenciado por nuestra sociedad, historia y familia. Muchas veces se trata de cambiar la rigidez por la flexibilidad, la obligación por el deseo y la espera por la búsqueda de nuestros sueños. Escribir este libro no es mi sueño, pero sí lo persigue. Mi sueño de vivir en libertad, libre de creencias que me limitan.
Existen muchas formas de aprender, una es a través del ejemplo de aquellos que son referentes para nosotros, de historias con las que nos sentimos identificados. Por este motivo, durante este libro encontrarás relatos. Ocho historias ficticias, de elaboración propia, con un final que te sorprenderá y en las que los protagonistas podríamos ser tú o yo. Todos tenían en común creencias que les generaban sufrimiento:
Alba: «Creía que cada etapa vital tenía sus obligaciones, y lo único obligatorio es vivir sin comparaciones y preocupaciones ajenas».
Eric: «Muchas veces se me olvidaba que las cosas me pueden salir bien».
Carlos: «Pensaba que expresar emociones era algo de lo que avergonzarse. Hoy siento que poder hacerlo me ha liberado».
María y José: «Creíamos que el amor tenía que ser un cuento de hadas y juntos descubrimos la belleza de una historia real».
Marina: «He necesitado recorrer distintas emociones para acabar abrazando la pérdida de mi abuela».
Sara, Juanjo y Marta: «Solo porque nunca lo habíamos hecho ya pensábamos que no éramos capaces».
Rosalía y Antón: «Teníamos mucho miedo de decepcionar a otros pero más de decepcionarnos a nosotros mismos».
Eneko, Rosa y Amelia: «Aceptar nuestra edad nos permitió valorar cada vela de la tarta».
Sofía: «Creía que para triunfar tenía que ser otra persona, pero la autenticidad de Bibiana me demostró lo contrario».
Mi intención no es decirte cómo pensar, sino que puedas reflexionar, que puedas cuestionarte todo aquello que te han hecho creer que eras, todo aquello que esperas de los demás y sobre cómo debe ser el mundo que te rodea. Eres el experto en tu vida, nadie más te conoce tanto como tú mismo. Adelante.
Nunca dejes de creer, de creer en ti.
CONCEPTOS PREVIOS
¿QUÉ ES UNA CREENCIA?
Las creencias son ideas rígidas que elaboramos, en mayor medida en la infancia y posteriormente a partir de nuestros acontecimientos vitales, sobre nosotros mismos, los demás y el mundo. Estas creencias las asumimos como verdades absolutas y a partir de ellas interpretamos nuestra realidad. Albert Ellis,[1] uno de los psicólogos más influyentes dentro de la psicología y fundador de la terapia racional emotiva (TREC), distinguió entre creencias racionales e irracionales. Las primeras son realistas, flexibles, objetivas, lógicas y nos ayudan a lograr nuestros objetivos. Por ejemplo: «Me gustaría que el mundo fuera justo, pero a pesar de que existan situaciones injustas, puedo vivir con ello y lograr mis objetivos». Por el contrario, las segundas nos limitan y alejan de lo que deseamos. Por ejemplo: «El mundo tiene que ser un lugar justo, es horrible y no puedo soportar que no lo sea». Estas últimas están alejadas de la realidad, son totalitarias, rígidas y no hay base ni evidencia que las sustenten. Este autor las agrupó en tres categorías:[2]
• Sobre uno mismo: «Debo hacer las cosas bien y la gente que es importante para mí tiene que aceptarme».
• Sobre los demás: «Los demás deben tratarme con justicia y amabilidad».
• Sobre el mundo: «Las condiciones bajo las que vivo deben ser cómodas y no provocar problemas importantes».
Un pensamiento irracional es aquel que se escapa a la lógica y la realidad, alejándonos de la razón y provocándonos preocupaciones innecesarias. A lo largo de este libro se nombrarán las creencias irracionales como limitantes, ya que, tal como indica su nombre, nos limitan en la búsqueda de nuestra verdadera esencia, proyectos y aspiraciones.
Clasificación de creencias
También podemos diferenciar entre creencias centrales y creencias intermedias.[3] Las creencias centrales se crean en la infancia. Son ideas profundas, rígidas y difíciles de cuestionar; afirmaciones generales a partir de la cuales damos significado a nuestras experiencias, aunque estas poco tengan que ver con ellas. Por ejemplo: «Soy una persona débil».
Las creencias intermedias son ideas que se forman a partir de nuestras experiencias. A menudo se manifiestan con los conocidos DEBO y TENGO QUE, como suposiciones o como actitudes. Por ejemplo: «Tengo que hacer las cosas perfectas para que me valoren» o «No puedo soportar que los demás vean mis debilidades».
A partir de estos dos tipos de creencias e influidos por ellas, surgen los pensamientos automáticos. Son breves, habituales, casi siempre negativos y, como indica su nombre, aparecen de forma automática en nuestra mente, sin discutirlos. Son los más susceptibles de modificarse. Se pueden manifestar a partir de un acontecimiento, un pensamiento angustioso, un recuerdo, una imagen, una emoción, un comportamiento o una sensación corporal. Por ejemplo, en una situación donde estemos experimentando tristeza, nuestro pensamiento automático puede ser: «Sentir esto no es normal, los demás no están tan tristes». Este pensamiento muchas veces está basado en la creencia irracional de que las personas fuertes no sienten tristeza. Otros ejemplos son:
• Creencia central
«Soy una persona muy tímida» / «No valgo»,
• Creencia intermedia
«Tengo que hablar mucho, si no verán mi timidez y me rechazarán» / «Si no me esfuerzo mucho, verán que no valgo y me criticarán».
• Pensamiento automático
«No voy a poder, es demasiado para mí» / «Es inútil intentarlo, no vale la pena seguir».
Es remarcable señalar que nuestras creencias no nos definen, son ideas y suposiciones, no hechos ni verdades y, por tanto, se pueden modificar. No se trata de pensar de forma positiva ni de convencernos de que hace un buen día y de que todo es maravilloso. Sino de que, si por ejemplo estamos navegando en un barco y este se estropea, sepamos que se puede reparar o que tomaremos la dirección correcta cuando sople fuerte el viento, y de que seamos conscientes de que en ese viaje no estaremos solos, sino que tendremos que convivir con otros pasajeros, que tendrán creencias diferentes a las nuestras.
No somos lo que pensamos, pero lo que pensamos tiene un impacto directo en lo que hacemos y esto acaba formando parte de lo que somos.

Nota:
Quisiera decirte que, si alguno de los siguientes relatos es demasiado abrumador para ti o te remueve mucho, puedes parar de leer, pasar al siguiente o directamente abordar la parte teórica. No dudes en pedir ayuda psicológica si lo consideras necesario.
LA PRESIÓN
SOCIAL
Cuanto más te conoces a ti mismo,
más paciencia tienes para lo que ves en los demás.
ERIK ERIKSON

LAS PREOCUPACIONES DE ALBA
Alba se levantó un día más para ir a trabajar. Era martes y mientras preparaba su café con leche, en un acto casi instintivo, abrió Instagram. En una de las primeras publicaciones seleccionadas por el algoritmo, vio a una chica de gran sonrisa sosteniendo unas llaves. Bajo la foto, y acompañada de varios emoticonos, el título no daba lugar a dudas: «New Home». Tuvo que fijar bien su mirada para comprobar que la protagonista era Julia. Le resultó imposible reconocer su cara a la primera, había perdido su pista desde bachillerato, cuando ambas eran buenas amigas. No le guardaba ningún rencor, fue de esas relaciones que la universidad y las nuevas rutinas van erosionando lentamente. A pesar de ese cariño, no pudo evitar saborear junto al primer sorbo del café un pequeño malestar. Mientras su mirada se perdía entre los muebles de segunda mano de su piso de alquiler, pensó: «A mi edad, ya debería tener un piso en propiedad». La presión fruto de ese pensamiento atravesó su estómago.
De camino al trabajo, recibió un mensaje de su madre: «¿Quedamos hoy para comer?». En la cara de Alba se dibujó una sonrisa. Su madre vivía cerca de su trabajo y muchas veces quedaban para tomar un café o comer algo, era una forma de ponerse al día y desconectar a la vez de su jornada partida. Además, ese día a ella le tocaba elegir sitio y no estaba dispuesta a dejar escapar la oportunidad. Una vez actualizado el parte médico de las rodillas de su abuela, la nueva afición de su padre a las bicicletas de montaña y el reciente enfrentamiento vecinal causado por el perro de la señora del segundo piso, preguntó a su madre si se acordaba de Julia. «Sí, claro. La hija de Rosario. ¿Cómo le va?». Alba le mostró la foto y cuestionó esa compra de un dúplex en el centro. Enmascarada en la espontaneidad de la conversación, su madre comentó que a esa misma edad ella ya tenía a sus dos hijas y la hipoteca del piso firmada. El comentario recorrió la espalda de Alba. Esa comparación de biografías ahondó en la preocupación de si quería tener hijos o no, una que únicamente aparecía cuando alguien se lo recordaba. Parecía claro y así lo afirmaba en su pensamiento: «Si quiero tener hijos, tengo que ponerme las pilas».
Al regresar a la oficina dispuesta a afrontar sus últimas horas de trabajo, su compañero Víctor la abrazó. «¡Ya lo tengo! Dime si te gusta», dijo mientras le mostraba en su teléfono móvil una serie de selfis en el probador de una conocida tienda de ropa. «Al final teníais razón, mucho mejor el gris. ¡Me caso de gris!». Esa intensidad de Víctor compensaba a la perfección la prudente distancia que siempre mantenía Martina, que sonreía cómplice detrás de la pantalla de su ordenador. Los tres formaban un buen equipo y esa buena sintonía hacía los días mucho más llevaderos. Después de tres años de relación, Víctor se casaba y, por supuesto, ambas estaban invitadas. A la preocupación de elegir vestido, Alba sumó otro profundo pensamiento: «Soy mayor que él y ni siquiera tengo pareja».
Al salir del trabajo con sus auriculares inalámbricos puestos, una nube de pensamientos la acompañaba: «¿Tengo que comprarme un piso? ¿Quiero tener hijos? ¿Debería tener pareja estable?». Llegó al metro con una sensación de fracaso que le pesaba en todo el cuerpo. Después de dos paradas, un artista urbano apareció en el vagón arrastrando su altavoz, micrófono en mano, y empezó a actuar. Contra todo pronóstico, resultó ser realmente bueno, hizo varias rimas sobre la cotidianeidad y el ritmo frenético de la ciudad, alabando la belleza de las pequeñas cosas. Su rap era una auténtica crítica social, un análisis de la rutina que invadía a prácticamente todos los allí presentes. Como broche a sus provocativos versos, lanzó una pregunta al aire: «Si solo tuvieras una vida, ¿cómo elegirías vivirla?».
Esta resonó en la cabeza de Alba y en ese momento supo que su vida era suya, única e irrepetible y que esa presión tan conocida no provenía de su interior. Un completo desconocido había calado en lo más profundo de ella haciéndole consciente de su libertad para poder elegir.
CREENCIAS LIMITANTES
Tener una vida resuelta a los 40
(en libertad)
Tener
