Capítulo 1
Ky
«Estoy de pie en un río. Es azul. Azul oscuro. Refleja el color del cielo nocturno.»
No me muevo. El río, sí. Me lame las piernas y susurra al rozar la hierba que lo bordea.
—Sal de ahí —ordena el militar. Nos enfoca con la linterna desde la orilla.
—Nos ha dicho que dejáramos el cadáver en el agua —objeto, como si le hubiera malinterpretado.
—No he dicho que te metieras tú —aclara—. Déjalo y sal. Y tráeme su abrigo. Ya no lo necesita.
Miro a Vick, que me ayuda con el cadáver. Él no se ha metido en el agua. No es de aquí, pero, en el campamento, todos han oído rumores de que los ríos de las provincias exteriores están envenenados.
—No pasa nada —le digo en voz baja.
Los militares y los funcionarios quieren que nos dé miedo este río, todos los ríos, para que nunca nos atrevamos a beber de ellos ni a cruzarlos.
—¿No quiere una muestra de tejido? —pregunto al militar de la orilla mientras Vick vacila.
El agua fría me llega a las rodillas, y al chico muerto se le cae la cabeza hacia atrás. Sus ojos abiertos están fijos en el cielo. Los muertos no ven, pero yo sí.
Veo demasiadas cosas. Siempre lo he hecho. Mi mente relaciona palabras e imágenes de formas extrañas, y percibo detalles dondequiera que esté. Como ahora. Vick no es cobarde, pero el miedo baña su cara. El chico muerto tiene las mangas deshilachadas y la del brazo que le cuelga se le empapa de agua. Sus finos tobillos y sus pies descalzos están pálidos y relucen en las manos de Vick cuando él se acerca más a la orilla. El militar ya nos ha obligado a quitar las botas al cadáver. Las tiene sujetas por los cordones y las balancea como la negra varilla de un metrónomo. Con la otra mano, me apunta directamente a los ojos con el haz redondo de su linterna.
Le lanzo el abrigo. Él tiene que soltar las botas para cogerlo.
—Puedes soltarlo —digo a Vick—. No pesa. Ya me ocupo yo.
Pero Vick se mete en el río conmigo. Al chico muerto se le mojan las piernas y se le empapa la ropa negra de diario.
—Un banquete final que deja bastante que desear —dice Vick al militar. Percibo rabia en su voz—. ¿Eligió él la cena de anoche? Si lo hizo, merece estar muerto.
Hace tanto tiempo que me permito sentir rabia que no solo la siento. Me llena la boca y me la trago, un sabor ácido y metálico, como si masticara papel de aluminio. Este chico ha muerto porque los militares han calculado mal. No le han dado agua suficiente y ha fallecido antes de tiempo.
Tenemos que ocultar el cadáver porque se supone que no debemos morir en este campamento. Se supone que debemos esperar a que nos trasladen a los pueblos para que el enemigo se encargue de nosotros allí. No siempre ocurre así.
La Sociedad quiere que nos dé miedo morir. Pero yo no tengo miedo. Solo temo hacerlo de la forma equivocada.
—Así es como se van los aberrantes —dice el militar con impaciencia. Da un paso hacia nosotros—. Ya lo sabéis. No hay última cena. Ni últimas palabras. Soltadlo y salid.
«Así es como se van los aberrantes.» Al bajar la vista, advierto que el agua está tan negra como el cielo. No suelto al chico muerto todavía.
Los ciudadanos se van con un banquete. Dicen sus últimas palabras. Les extraen una muestra de tejido para darles la oportunidad de ser inmortales.
No puedo hacer nada con respecto al banquete o la muestra de tejido, pero sí tengo palabras. Siempre ocupan mi pensamiento, mezcladas con las imágenes y los números.
De modo que susurro algunas que me parecen adecuadas para el río y la muerte:
Pues aunque el flujo lejos me arrastre mar adentro
y del Tiempo y Espacio se rebase el umbral,
con mi Piloto espero tener un franco encuentro
cuando mi nave cruce el rompiente final.
Vick me mira, sorprendido.
—Suéltalo —digo, y ambos lo hacemos a la vez.
Capítulo 2
Cassia
La tierra es parte de mí. El agua caliente del lavabo del rincón corre por mis manos y me las enrojece, me hace pensar en Ky. Ahora, mis manos se parecen un poco a las suyas.
Naturalmente, casi todo me hace pensar en Ky.
Con una pastilla de jabón que tiene el color de este mes de noviembre, me restriego los dedos una vez más. En ciertos aspectos, la tierra me gusta. Se incrusta en todas las arrugas de mi piel, dibuja un mapa en el dorso de mis manos. Una vez, cuando me sentí muy cansada, miré la cartografía de mi piel e imaginé que podía indicarme el camino hasta Ky.
Ky no está.
La razón de este campo de trabajo, estas manos sucias, este cuerpo fatigado, este corazón triste, es que Ky no está y yo quiero encontrarlo. Y es extraño que la ausencia pueda percibirse como presencia. Como una falta tan honda que, si desapareciera, yo me daría la vuelta aturdida y descubriría que, al final, la habitación está vacía cuando antes al menos tenía algo, aunque no fuera él.
Me aparto del lavabo y recorro la cabaña con la mirada. Por las ventanitas de la parte de arriba solo se cuela oscuridad. Nos trasladan mañana; mi próximo campo será el último. Después, según me han informado, iré a Central, la ciudad más grande de la Sociedad, para ocupar mi puesto de trabajo definitivo en uno de sus centros de clasificación. Una verdadera ocupación, no estos trabajos forzados que me obligan a cavar la tierra. En los tres últimos meses, he pasado por varios campos, pero todos estaban aquí, en la provincia de Tana. No me hallo más cerca de Ky que al principio.
Si voy a escapar para ir a buscarlo, tengo que hacerlo pronto.
Indie, una de las chicas con las que comparto la cabaña, me aparta de camino al lavabo.
—¿Has dejado agua caliente para las demás? —pregunta.
—Sí —respondo.
Ella murmura algo entre dientes mientras abre el grifo y coge el jabón. Algunas chicas hacen cola detrás de ella. Otras se sientan al borde de sus literas, expectantes.
Es el séptimo día, el día que llegan los mensajes.
Con cuidado, abro la bolsita que llevo colgada del cinturón. Todas tenemos una y debemos llevarla siempre encima. La mía está repleta de mensajes; como casi todas mis compañeras, guardo los papeles hasta que están ilegibles. Son como los frágiles pétalos de las neorrosas que Xander me regaló cuando me marché del distrito y que también llevo en la bolsa.
Miro los mensajes antiguos mientras espero. Mis compañeras hacen lo mismo.
Los papeles no tardan en amarillear por los bordes y deshacerse: el objetivo es que las palabras se consuman y se olviden. En su último mensaje, Bram me explica que trabaja duro en las tierras de labranza y es un alumno ejemplar, siempre puntual, y yo me río porque sé que ha exagerado, al menos en lo segundo. Sus palabras también me llenan los ojos de lágrimas: dice que ha visto la microficha de mi abuelo, la que iba en la caja dorada de su banquete final.
El historiador lee un resumen de la vida de nuestro abuelo y, al final de todo, hay una lista de sus recuerdos preferidos —escribe Bram—. Tenía uno de cada uno de nosotros. Su recuerdo preferido de mí era cuando dije mi primera palabra y fue «más». Su recuerdo preferido de ti era lo que él llamaba «el día del jardín rojo».
No estuve muy atenta cuando vimos la microficha el día del banquete: estaba demasiado absorta en el presente de mi abuelo para prestar la debida atención a su pasado. Siempre tuve intención de volver a ver la ficha, pero no lo hice, y ahora me arrepiento. Aun más que eso, me gustaría acordarme del día del jardín rojo. Recuerdo muchos días en un jardín, sentados los dos en un banco, conversando entre capullos rojos en primavera, neorrosas rojas en verano y hojas rojas en otoño. A eso debía de referirse. Puede que Bram lo entendiera mal: mi abuelo recordaba «los días del jardín rojo», en plural. Los días de primavera, verano y otoño que estuvimos sentados conversando.
El mensaje de mis padres parece rebosar alegría: acababan de informarles de que este próximo campo de trabajo iba a ser el último para mí.
Comprendo perfectamente su júbilo. Tenían suficiente fe en el amor para darme la oportunidad de encontrar a Ky, pero no lamentan verla concluir. Los admiro por dejarme intentarlo. Es más de lo que harían la mayoría de los padres.
Voy pasando los papeles mientras pienso en las cartas de una baraja, en Ky. ¿Y si pudiera llegar hasta él con este traslado, quedarme escondida en la aeronave y dejarme caer del cielo como una piedra en las provincias exteriores?
Si lo consiguiera, ¿qué pensaría él si me viera después de tanto tiempo? ¿Me reconocería siquiera? Sé que he cambiado. No son solo mis manos. Pese a las raciones completas de comida, he adelgazado de tanto trabajar. Tengo ojeras porque me cuesta dormir, aunque aquí la Sociedad no controle los sueños de nadie. Me preocupa su falta de interés en nosotras, pero me gusta la nueva sensación de libertad que me procura dormir sin identificadores. Me quedo despierta en la cama, pensando en palabras viejas y nuevas y en un beso robado a la Sociedad cuando no vigilaba. Pero trato de dormirme, con todas mis fuerzas, porque es en sueños como mejor veo a Ky.
Solo podemos ver a otras personas cuando la Sociedad lo permite. En vivo, en el terminal, en una microficha. Antiguamente, los ciudadanos podían llevar consigo fotografías de sus seres queridos. Si las personas habían muerto o se habían ido, al menos recordaban cómo eran. Pero eso no se permite desde hace años. Y ahora la Sociedad incluso ha abolido la tradición de darnos una fotografía de nuestra pareja después de nuestra primera cita cara a cara. Lo sé por uno de los mensajes que no he guardado: una notificación enviada por el Ministerio de Emparejamientos a todos los ciudadanos que habíamos decidido tener pareja. Un párrafo decía: «Los procedimientos que regulan los emparejamientos se están modificando para alcanzar la máxima eficacia y optimizar los resultados».
¿Se habrán cometido otros errores?
Vuelvo a cerrar los ojos y pienso en que ojalá pudiera ver el rostro de Ky delante de mí. Pero, desde hace un tiempo, parece que todas las imágenes que recuerdo estén incompletas, desdibujadas. Me pregunto dónde estará ahora, qué hará, si habrá conseguido conservar el retal de seda verde que le regalé antes de su partida.
Si habrá conseguido conservar mi recuerdo.
Saco otra clase de papel y lo despliego con cuidado encima de la litera. Llevaba pegado un pétalo de neorrosa que tiene su mismo tacto y también ha amarilleado por los bordes.
La chica que ocupa la litera contigua a la mía se da cuenta de lo que hago, de modo que bajo a la litera inferior. Mis compañeras se reúnen alrededor de mí, como hacen siempre que saco esta hoja. No puedo meterme en un lío por guardar esto: de hecho, no es nada ilegal ni de contrabando. Se imprimió en un terminal reglamentario. Pero aquí no podemos imprimir nada aparte de mensajes. Por eso ha adquirido tanto valor este retazo de arte.
—Seguramente, ya no podremos mirarlo más —advierto—. Está casi deshecho.
—No se me ocurrió traerme ninguno de los Cien Cuadros —se lamenta Lin mientras lo mira.
—Ni a mí —digo—. Me lo regalaron.
Lo hizo Xander, en el distrito, el día que nos dijimos adiós. Es el cuadro número diecinueve de los Cien Cuadros, Abismo del Colorado de Thomas Moran, sobre el que hice una disertación en clase. Entonces dije que era mi cuadro preferido y, después de tantos años, Xander aún debía de recordarlo. El cuadro me asustaba y me emocionaba de una forma difícil de precisar por la espectacularidad de su cielo, la belleza de su abrupto paisaje, su abundancia de cumbres y abismos. La inmensidad de un lugar como aquel me daba miedo, pero, al mismo tiempo, lamentaba que no fuera a verlo jamás: árboles verdes aferrados a rocas rojas, nubes azules y grises detenidas en su avance, un estallido de tonalidades doradas y oscuras.
Me pregunto si mi voz dejó traslucir parte de aquel anhelo cuando hablé del cuadro. Si Xander se dio cuenta y se acordaba. Xander sigue jugando sus cartas de un modo sutil. Este cuadro es una de sus bazas. Ahora, cuando veo el cuadro o toco uno de los pétalos de neorrosa, recuerdo lo próximo que lo sentía y cuánto sabía de mí y lamento haber tenido que renunciar a él.
No me he equivocado al decir que esta podía ser la última vez que mirábamos el cuadro. Cuando lo recojo, se deshace. Todas suspiramos, a la vez, y nuestras exhalaciones conjuntas crean una corriente de aire que levanta los fragmentos.
—Podríamos ir a ver el cuadro en el terminal —sugiero. El único terminal del campo zumba en la sala principal, grande y vigilante.
—No —dice Indie—. Es demasiado tarde.
Es cierto; no podemos salir de la cabaña después de cenar.
—Pues mañana, durante el desayuno —propongo.
Indie hace un gesto desdeñoso y vuelve la cara. Tiene razón. No sé por qué, pero no es lo mismo. Al principio, pensé que tener el cuadro era lo que lo hacía especial, pero ni tan siquiera es eso. Es mirar algo sin que nadie nos vigile, sin que nadie nos diga cómo hacerlo. Eso es lo que nos ha dado el cuadro.
No sé por qué no llevé nunca cuadros o poemas encima antes de venir aquí. Todo aquel papel de los terminales, todo aquel lujo. Tantas obras de arte meticulosamente seleccionadas y, aun así, no las mirábamos lo suficiente. ¿Cómo es posible que no me diera cuenta de que la vegetación próxima al cañón era tan nueva que casi se palpaba la lisura de las hojas, su viscosidad, como alas de mariposa al abrirse por vez primera?
De un manotazo, Indie tira los pedazos al suelo. Ni siquiera ha mirado. Así es como sé que le duele perder el cuadro, porque sabía exactamente dónde estaban sus fragmentos.
Los llevo al incinerador con lágrimas en los ojos.
«No pasa nada —me digo—. Te quedan otras cosas, palpables, escondidas debajo de los mensajes y los pétalos. El pastillero. La caja plateada del banquete de emparejamiento.»
«La brújula de Ky y las pastillas azules de Xander.»
No suelo llevar la brújula ni las pastillas en la bolsa. Son demasiado valiosas. No sé si los militares registran mis cosas, pero estoy segura de que mis compañeras lo hacen.
Así pues, el día que llego a un campo, saco la brújula y las pastillas azules, las entierro bien hondo y vuelvo a buscarlas más adelante. Aparte de ser ilegales, ambas son valiosos regalos: la brújula, dorada y reluciente, me indica en qué dirección necesito ir. Y la Sociedad siempre nos has dicho que, tomada con agua, la pastilla azul mantiene a una persona con vida durante uno o dos días. Xander robó varias para mí; yo podría vivir mucho tiempo. Juntos, los regalos son la combinación ideal para sobrevivir.
Ojalá pudiera ir a las provincias exteriores para utilizarlos.
En noches como la de hoy, la noche previa a un traslado, tengo que regresar al lugar donde las he enterrado y esperar que la memoria no me falle. Esta noche he sido la última en entrar, con las manos manchadas de una tierra oscura que pertenece a una parte distinta del sembrado. Por eso me las he lavado enseguida, y espero que Indie no lo haya visto con sus ojos de lince mientras estaba detrás de mí. También espero que no caiga ningún resto de tierra de la bolsa y que nadie oiga el repique, tan bello como una promesa, cuando la caja plateada y la brújula chocan entre sí y con el pastillero.
En estos campos trato de ocultar mi condición de ciudadana al resto de las trabajadoras. Aunque la Sociedad suele mantener nuestro estatus en secreto, he oído conversaciones entre algunas de las chicas sobre tener que entregar sus pastilleros. Lo cual significa que, por algún motivo, sea por sus propios errores o por los de sus padres, algunas han perdido su ciudadanía. Son aberrantes, como Ky.
Solo hay una categoría inferior a los aberrantes: los anómalos. Pero ya no se oye hablar de ellos casi nunca. Parece que se hayan esfumado. Y ahora creo que, cuando los anómalos desaparecieron, los aberrantes ocuparon su lugar, al menos en la mente colectiva de la Sociedad.
En Oria, nadie hablaba de las reglas de reclasificación y, durante un tiempo, temí poder provocar la reclasificación de mi familia. Pero ahora he deducido las reglas a partir de la historia de Ky y escuchando las conversaciones de mis compañeras sin que ellas se enteren.
Las reglas dictan que si un progenitor es reclasificado, también lo es toda la familia.
Pero si uno de los hijos es reclasificado, la familia no lo es. El hijo es el único que carga con el peso de la infracción.
A Ky lo reclasificaron por su padre. Y después lo trasladaron a Oria cuando murió el primer hijo de los Markham. Ahora veo lo excepcional que fue su situación, que solo pudo salir de las provincias exteriores porque otra persona murió y que Patrick y Aida podrían haber sido incluso más influyentes de lo que ninguno de nosotros imaginaba. ¿Qué habrá sido de ellos? Se me hiela la sangre cuando lo pienso.
Pero me recuerdo que huir para encontrar a Ky no destruirá a mi familia. Puede provocar mi reclasificación, pero no la suya.
Me aferro a eso: a la idea de que mi familia no va a correr peligro, ni tampoco Xander, vaya donde yo vaya.
—Mensajes —dice la militar al entrar en la cabaña. Es la que tiene la voz aguda y la mirada amable. Asiente y comienza a leer los nombres—. Mira Waring.
Mira da un paso al frente. Todas la observamos y contamos. Ha recibido tres mensajes, como de costumbre. La militar imprime y lee las hojas antes de entregárnoslas para que no tengamos que hacer cola delante del terminal.
No hay nada para Indie.
Y solo hay un mensaje para mí, uno conjunto de mis padres y Bram. Nada de Xander. Es la primera vez que se salta una semana.
«¿Qué ha pasado?» Estrujo mi bolsa y oigo cómo se arrugan los papeles que contiene.
—Cassia —dice la militar—. Por favor, acompáñame a la sala principal. Tenemos una comunicación para ti.
Mis compañeras me miran con cara de sorpresa.
Me estremezco de la cabeza a los pies. Sé quién debe de ser. Mi funcionaria en el terminal, para controlarme.
Veo su rostro con claridad, todas sus gélidas facciones.
No quiero ir.
—Cassia —repite la militar.
Me vuelvo para mirar a mis compañeras y la cabaña, que de golpe me parece cálida y acogedora, antes de ponerme de pie y seguirla. Ella entra en la sala principal y me acompaña hasta el terminal. Oigo su zumbido desde que cruzo la puerta.
Mantengo la mirada baja un momento antes de dirigirla al terminal. Compón la cara, las manos, los ojos. Míralos de forma que no puedan ver dentro de ti.
—Cassia —dice otra persona, una voz que conozco.
Alzo la vista y no doy crédito a mis ojos.
«Está aquí.»
La pantalla del terminal está en blanco y lo tengo delante de mí, en carne y hueso.
«Está aquí.»
Sano y salvo.
«Aquí.»
No viene solo (lo acompaña un funcionario), pero, aun así, está…
«Aquí.»
Me llevo las manos enrojecidas y cartografiadas a los ojos porque la emoción casi me hiere la vista.
—Xander —digo.
Capítulo 3
Ky
Ya hace un mes y medio que dejamos aquel chico en el agua. Ahora estoy escondido en un hoyo mientras el cielo escupe fuego.
«Es una canción», me digo, como hago siempre. El bajo de la artillería pesada, el soprano de los gritos, el tenor de mi miedo. Todo es parte de la música.
«No trates de huir.» También se lo he dicho a los demás, pero los señuelos nuevos nunca me hacen caso. Aún se creen lo que la Sociedad les ha explicado de camino aquí. «Cumplid vuestra condena en los pueblos y en seis meses volveréis a estar en casa. Volveréis a ser ciudadanos.»
Nadie dura seis meses.
Cuando salga de este hoyo, habrá edificios calcinados y salvia reducida a cenizas. Cadáveres quemados diseminados por la anaranjada tierra arenisca.
La canción se interrumpe y suelto una palabrota. Las aeronaves se marchan. Sé adónde se dirigen.
Esta madrugada, he oído pisadas de botas en la escarcha. No me he dado la vuelta para ver quién me había seguido hasta las afueras del pueblo.
—¿Qué haces? —me ha preguntado. No he reconocido la voz, pero eso no significa nada.
El campo no deja de mandarnos señuelos nuevos. Últimamente, cada vez morimos más deprisa en los pueblos.
Incluso antes de que me obligaran a subir a aquel tren en Oria, sabía que la Sociedad jamás nos destinaría al combate. Ya tiene abundante tecnología y numerosos militares adiestrados para ese fin. Personas que no son ni aberrantes ni anómalos.
Lo que la Sociedad necesita, lo que nosotros somos para ella, son cuerpos. Señuelos. Nos traslada. Nos coloca donde quiera que haga falta más gente para distraer al enemigo. Quiere hacerle creer que las provincias exteriores aún están habitadas y son viables, aunque las únicas personas que he visto aquí sean señuelos como nosotros, depositados por aeronaves con lo justo para seguir con vida hasta ser derribados por el enemigo.
Nadie regresa a casa.
Salvo yo. Yo he regresado a casa. Las provincias exteriores son mi tierra natal.
—La nieve —he dicho al señuelo nuevo—. Miro la nieve.
—Aquí no nieva —se ha mofado.
No he respondido. He seguido mirando la meseta más próxima. Es un espectáculo digno de ver, nieve blanca sobre rocas rojas. Mientras se derrite, se torna cristalina y se inunda de arcoíris. No es la primera vez que veo nieve en una meseta. Es hermoso, su modo de tapizar las plantas muertas en invierno.
Detrás de mí, he oído que el chico daba media vuelta y corría al campo.
—¡Mirad esa meseta! —ha exclamado, y los otros señuelos se han despertado y han reaccionado con el mismo entusiasmo.
—¡Subimos a coger la nieve, Ky! —me ha gritado uno al cabo de un momento—. Ven con nosotros.
—No lo conseguiréis —he dicho—. Ya estará derretida.
Pero nadie me ha hecho caso. Los funcionarios aún nos hacen pasar sed, y la poca agua que nos dan sabe a cantimplora. El río más próximo está envenenado y no llueve a menudo.
Un trago de agua limpia y fría. Comprendo por qué querían ir.
—¿Estás seguro? —me ha preguntado uno, y he vuelto a asentir.
—¡¿Vienes, Vick?! —ha gritado otro.
Vick se ha puesto de pie, se ha protegido los fríos ojos azules con una mano y ha escupido en la salvia cubierta de rocío.
—No —ha respondido—. Ky dice que se derretirá antes de que lleguemos. Y tenemos tumbas que cavar.
—Siempre nos haces cavar —se ha quejado uno de los señuelos—. Se supone que somos campesinos. Es lo que dice la Sociedad. —Tenía razón. La Sociedad quiere que utilicemos las palas y las semillas de los cobertizos para sembrar los campos y dejemos los cadáveres donde están. He oído decir a otros señuelos que es lo que hacen en los demás pueblos. Dejar los cadáveres a merced de la Sociedad, el enemigo o los animales carroñeros.
Pero Vick y yo enterramos a los muertos. Empezamos con el chico del río y, de momento, nadie nos lo ha prohibido.
Vick se ha reído, una risa glacial. En ausencia de funcionarios o militares, se ha convertido en el líder extraoficial y, en ocasiones, los otros señuelos olvidan que, en realidad, no tiene ningún poder dentro de la Sociedad. Olvidan que también es un aberrante.
—Yo no os hago hacer nada. Ni tampoco Ky. Vosotros sabéis quién manda aquí, y si queréis poneros en peligro yendo ahí, yo no voy a deteneros.
El grupo de señuelos ha subido a la meseta mientras también lo hacía el sol. Los he observado durante un rato. Debido a su ropa negra de diario y a la distancia, parecían un enjambre de hormigas trepando por una colina. Después, me he dirigido al cementerio para cavar las tumbas de los señuelos derribados en el ataque aéreo de ayer.
Vick y el resto han trabajado junto a mí. Teníamos siete hoyos que cavar. No demasiados, teniendo en cuenta la intensidad del ataque aéreo y el hecho de que habrían podido perderse hasta un centenar de vidas.
He permanecido de espaldas a los señuelos que subían a la meseta para no tener que ver que ya no quedaba nieve cuando llegaran. Solo perdían el tiempo subiendo hasta allí.
También yo lo pierdo pensando en personas ausentes. Y, a juzgar por cómo van aquí las cosas, ya no me queda mucho.
Pero no puedo evitarlo.
La primera noche que pasé en el distrito de los Arces, miré por la ventana de mi nueva habitación y no hubo ni una sola cosa que me resultara familiar o me recordara mi tierra. Así que dejé de mirar. Entonces entró Aida y su parecido con mi madre, pese a ser lejano, me permitió volver a respirar.
Aida me enseñó la brújula que llevaba en la mano.
—Nuestros padres solo tenían una reliquia, y dos hijas. Tu madre y yo decidimos que la tendríamos por turnos, pero ella nos ha dejado. —Me abrió la mano y me puso la brújula en la palma—. Teníamos la misma reliquia. Y ahora tenemos el mismo hijo. Es para ti.
—No puedo aceptarla —objeté—. Soy un aberrante. No nos permiten tener esta clase de cosas.
—Da lo mismo —dijo—. Es tuya.
Más adelante, se la regalé a Cassia y ella me regaló su retal de seda verde. Yo sabía que algún día me lo arrebatarían. Sabía que no podría conservarlo. Por eso, la última vez que bajamos de la Loma, me detuve para atarlo a un árbol. Con rapidez, para que ella no se diera cuenta.
Me gusta imaginarlo en la cima de la Loma, expuesto al viento y la lluvia.
Porque, al final, no siempre podemos decidir con qué nos quedamos. Solo podemos decidir cómo desprendernos de ello.
Cassia.
Pensaba en ella cuando he visto la nieve. Pensaba: «Podríamos subir ahí. Aunque se derritiera toda. Nos sentaríamos a escribir palabras en la tierra todavía húmeda. Podríamos hacerlo, si no te hubieras marchado».
«Aunque —he recordado— no eres tú la que se ha ido. Sino yo.»
Una bota aparece al borde de la tumba. Sé a quién pertenece por las muescas del borde de la suela, un método que algunos señuelos utilizan para llevar la cuenta del tiempo que han sobrevivido. Nadie más tiene tantas muescas, tantos días contados.
—No estás muerto —observa Vick.
—No —digo mientras salgo del hoyo. Escupo tierra y cojo la pala.
Vick cava junto a mí. Ninguno de los dos habla de los muertos que no podremos enterrar hoy. Los que trataban de alcanzar la nieve.
Oigo a los señuelos en el pueblo, hablando a gritos.
—Aquí hay otros tres muertos —nos informan, y se quedan callados cuando miran hacia la meseta.
Ni uno solo de los señuelos que han subido regresará. Me sorprendo deseando lo imposible, que al menos hayan saciado su sed antes del ataque aéreo. Que tuvieran la boca llena de nieve limpia y fría al morir.
Capítulo 4
Cassia
Xander, aquí, delante de mí. Pelo rubio, ojos azules, una sonrisa tan cálida que no puedo evitar acercarme a él incluso antes de que el funcionario nos haya dado permiso para tocarnos.
—Cassia —susurra él, y tampoco espera. Me atrae hacia sí y nos fundimos en un abrazo. Ni tan siquiera evito enterrar la cara en su pecho, en su ropa, que huele a mi hogar y a él.
—Te he echado de menos —añade, y su voz retumba por encima de mi cabeza. Parece más grave. Y él, más fuerte.
Estar juntos es una sensación tan maravillosa que me echo hacia atrás, le cojo la cara entre las manos, se la acerco a la mía y lo beso en la mejilla, peligrosamente cerca de la boca. Cuando me separo, los dos tenemos lágrimas en los ojos. Ver a Xander lloroso es tan poco habitual que se me corta la respiración.
—Yo más —digo, y me pregunto cuánta parte de mi dolor se debe a que también lo he perdido a él.
El funcionario sonríe. A nuestro reencuentro no le falta de nada. Se retira un poco, con discreción, para darnos espacio, y escribe unas líneas en su terminal portátil. Probablemente, algo parecido a: «Ambos individuos han tenido una reacción apropiada al verse».
—¿Por qué? —pregunto a Xander—. ¿Por qué estás aquí? —Aunque verlo es maravilloso, casi lo es demasiado. ¿Es esta otra prueba de mi funcionaria?
—Llevamos cinco meses emparejados —responde—. Todas las parejas que se formaron en nuestro mes están teniendo su primera cita cara a cara. El Ministerio todavía no ha eliminado eso. —Me sonríe con una cierta tristeza en la mirada—. Yo alegué que, como nosotros ya no vivimos cerca, también nos merecíamos una cita. Y es costumbre verse donde vive la chica.
No ha dicho «en casa de la chica». Lo comprende. Tiene razón. Vivo aquí. Pero este campo no es mi casa. Podría serlo Oria, porque es donde vive él, y también Em, porque es donde yo nací. Aunque nunca he vivido en los territorios agrarios de la provincia de Keya, también podría considerarlos mi casa porque son el nuevo hogar de mis padres y Bram.
Y existe un lugar donde vive Ky que considero mi casa, aunque no pueda nombrarlo ni conozca su ubicación.
Xander me coge la mano.
—Nos dejan ir a dar una vuelta —dice—. Si a ti te apetece.
—Por supuesto —respondo entre risas; no puedo evitarlo.
Hace unos minutos, estaba lavándome las manos y sintiéndome sola, y ahora tengo a Xander conmigo. Es como si hubiera pasado por delante de las ventanas iluminadas de una casa del distrito, fingiendo que no me importa lo que he dejado atrás, y, de golpe, me encontrara en esa habitación bañada de cálida luz dorada sin haber siquiera alzado la mano para abrir la puerta.
El funcionario nos señala la salida y advierto que no es el mismo que nos acompañó cuando cenamos en el comedor privado del distrito. Aquello fue un arreglo especial para Xander y para mí, en lugar de nuestra primera comunicación a través del terminal, porque ya nos conocíamos. El que nos acompañó esa noche era joven. Este también lo es, pero parece más amable. Se percata de mi mirada y me saluda con la cabeza, un gesto grave y cortés pero, de algún modo, afectuoso.
—Ya no asignan funcionarios específicos a cada pareja —me aclara—. Es más eficaz.
—Ya es muy tarde para cenar —dice Xander—. Pero podemos acercarnos al centro. ¿Adónde te apetece ir?
—Ni siquiera sé qué hay —respondo.
Tengo un vago recuerdo de cuando llegué a la ciudad en el tren de largo recorrido y caminé por la calle hasta el transporte que nos trajo al campo. Recuerdo unos árboles cuyas escasas hojas rojas y doradas parecían encender el cielo. Pero ¿se trataba de esta ciudad o de otra próxima a un campo distinto? Si las hojas tenían unos colores tan vivos, el otoño no podía estar tan avanzado como ahora.
—Aquí es todo más pequeño —dice Xander—. Pero tienen lo mismo que en nuestro distrito: un auditorio, un centro recreativo, un par de cines.
Un cine. Llevo mucho tiempo sin ver una proyección. Por un instante, creo que me decidiré por eso; incluso abro la boca para decirlo. Imagino que la sala se queda a oscuras y el corazón comienza a palpitarme mientras aguardo a que aparezcan imágenes en la pantalla y suene música por los altavoces. Pero me acuerdo del ataque aéreo y de las lágrimas en los ojos de Ky cuando las luces se encendieron, y me asalta otro recuerdo.
—¿Tienen un museo?
A Xander le brillan los ojos, pero no sé por qué. ¿Está contento? ¿Sorprendido? Me acerco más para tratar de averiguarlo: él no suele ser un misterio para mí. Es franco, honesto, un relato que me fascina cada vez que lo releo. Pero, en este momento, no sé qué piensa.
—Sí —responde.
—Me gustaría ir al museo —digo—, si te parece bien.
Asiente.
Hay una buena caminata hasta el centro y el olor a campo lo impregna todo: leña ardiendo, aire fresco y manzanas fermentando para elaborar sidra. Siento un inesperado afecto por este lugar que sé que guarda relación con el chico que me acompaña. Xander siempre mejora los lugares, a las personas. La noche tiene un sabor agridulce a lo que pudo ser y no fue y, cuando Xander me mira bajo la cálida luz de una farola, contengo el aliento. En sus ojos veo que aún no lo ha dado todo por perdido.
