Arrivederci, amor (En Roma 1)

Susana Rubio

Fragmento

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1

ADRIANO

Aquel año estaba siendo especialmente fresco, pero aun así las ventanas del apartamento que compartía con Leonardo estaban abiertas de par en par. Agradecía aquella corriente que recorría el piso entero, aunque quedaba expuesto a todas las miradas de los vecinos, cuyos edificios estaban a poco más de tres metros.

Sí, unas vistas impresionantes para estar viviendo en Roma.

—¡¡¡Adriano!!!

Me volví para ver a mis dos vecinas, que me saludaban desde su balcón. Les hice un gesto con la mano y les dediqué una de mis mejores sonrisas.

Eran Bianca y Carina. Montaban unas fiestas brutales en ese piso de setenta metros cuadrados. Creo recordar que en la última, hacía ya un par de semanas, acabé enrollándome con Bianca. Aquella noche la tengo algo borrosa en mi mente porque a mi padre le dio por llamarme y se me fue la mano con el alcohol. Por suerte estaba de vacaciones, porque aquella resaca me duró un par de días largos.

La noche anterior me había enrollado de nuevo con Fabrizia y lo achaqué a que estaba de bajón porque las vacaciones llegaban a su fin. La verdad era que se me había ido la cabeza y que me había venido arriba cuando empezamos a bailar restregando nuestros cuerpos en el pub de moda.

Fabrizia y yo nos habíamos acostado juntos en varias ocasiones durante los últimos meses hasta que ella se plantó y me dijo con su delicioso acento italiano que quería dar un paso más. Yo me acordé de la canción de «un pasito pa’lante y un pasito pa’trás»... el mío fue el segundo, por supuesto.

No, no me toméis por un cabrón insensible y con pocas ganas de sentar la cabeza (bueno, lo segundo quizá un poco), pero es que tengo veintiséis años y soy un crío aún (eso dice mi santa madre). ¿Cómo iba a liarme la manta a la cabeza con Fabrizia? Vale que ella tiene treinta y dos años y tal vez está en otra etapa de la vida, pero yo todavía estoy verde y lo de tener pareja formal no entra en mis planes. Bueno, realmente nunca ha entrado en ninguno de mis planes.

—¿Qué planes?

—Leonardo, no me comas el coco. Ya me entiendes.

Leonardo es mi compañero de piso, estudiamos juntos los seis años de arquitectura y después el jodido máster que duró un año eterno. Actualmente es uno de mis mejores amigos, a pesar de que es un italiano muy entrometido ¿Por qué? Todo lo pregunta, todo lo razona, a todo le busca la lógica.

—No mucho, la verdad. ¿Si habíais roto por qué os habéis enrollado otra vez?

—Deberías haber estudiado filosofía, no arquitectura.

Compartíamos el piso de una de sus miles de tías, concretamente el tercero de un edificio de cuatro pisos. En aquella vivienda del centro, a Leonardo le sobraban un par de habitaciones y además odiaba estar solo, así que a mí me fue de perlas porque me cobraba poquísimo por aquella ganga. El inmueble era una pasada, aunque la fachada auguraba un habitáculo lleno de ratas, pero eso es algo común en Roma.

Las fachadas de muchos edificios parecen a punto de caerse, pero después encuentras unos pisos enormes renovados y con una estructura arquitectónica alucinante. Ese era uno de los motivos por los que me apasionaba vivir allí. Nada como aquella ciudad para aprender de algunos de los monumentos más brillantes del mundo. El otro motivo era mucho más práctico: mis padres se habían separado y mi madre se había trasladado a Roma cuando yo tenía diecisiete años. Dejé atrás mi vida en España, pero no tuve opción.

—Tú di lo que quieras, pero liarte con ella de nuevo solo te traerá problemas.

Lo miré fijamente porque en todos aquellos años que llevábamos juntos había aprendido muchas cosas de Leonardo y una de ellas era que solía tener razón en el noventa y nueve por ciento de los casos. En la intimidad lo llamaba «puto Poirot» y él se descojonaba conmigo porque Leonardo ni es gordito ni lleva bigote. Es un tipo alto, delgado y con la cara despejada que muestra unos ojos rasgados de un negro brillante y una nariz más bien ancha en comparación con su boca pequeña. Pensándolo bien, no nos parecemos en nada porque mis ojos son marrones, mi nariz es recta y mis labios más bien gruesos. Él es mucho más alto que yo, aunque yo tengo más espalda, sobre todo en lo referente a nuestros problemas con las chicas.

—Solo ha sido una vez y ya está.

—Tenere gli occhi aperti.

—Joder, Leonardo, ya tengo los ojos bien abiertos.

Leonardo hablaba el español casi a la perfección porque su padre era de Valladolid y tanto él como su hermana mayor habían aprendido el idioma desde pequeños. Yo hablaba perfectamente en italiano, siempre se me habían dado bien los idiomas, pero prefería hablar con mi amigo en mi lengua natal.

—Ha sido un fallo técnico, ¿de acuerdo? Puedes quedarte tranquilo —le dije con cierta condescendencia.

Leonardo siempre andaba preocupado y le costaba dejarse llevar. No entendía muchas cosas de las que yo hacía y en más de una ocasión su interrogatorio era peor que el de mi propia madre. Al principio pensaba que me vacilaba: ¿en serio me preguntas por qué bebo alcohol? ¿En serio no bailas nunca a lo loco? ¿En serio no has empalmado alguna vez una noche de juerga con una comida familiar?

Al principio me dio la impresión de que no teníamos nada en común porque Leonardo es lo más tranquilo que te puedas echar a la cara, pero con el tiempo conectamos sin problemas porque ambos teníamos dos cosas muy claras: nos respetábamos por encima de todo y nuestra prioridad era aquello relacionado con el mundo de la arquitectura. Eso supuso que durante los primeros meses Leonardo me enseñara Roma de cabo a rabo... no se dejó ni una esquina por mostrarme ni una coma en sus explicaciones. Era el mejor guía que había conocido en mi vida, una enciclopedia con patas que disfrutaba de todo lo que veía. Y yo con él.

—Además, ella sabe lo que hay, y si hace falta, no saldré.

Coincidía con Fabrizia porque salíamos con los mismos amigos, entre ellos Leonardo.

—¿No saldrás? —lo preguntó con una risotada.

—Deja de reírte de mí.

—Oye, cambiando de tema. ¿Irás mañana en yate con tu madre? —preguntó, esta vez más serio.

Solté un bufido antes de contestar. A mi madre le encantaba navegar en yate, pero a mí no me apasionaba del mismo modo. De vez en cuando iba con ella para hacerla feliz, pero no iba a pasar mi último día de vacaciones allí subido.

—Le dije a mi madre que no, que en el mar no hay monumentos y que tomar champán y canapés junto a sus amigos no es lo mío.

—Genial, pues nos vamos a ver la Capilla Sixtina, ¿qué me dices? ¿Puedes tirar de amigos?

Sonreí porque para Leonardo aquellos eran los mejores planes que podíamos hacer. Mi madre tenía un buen amigo en la entrada y me era sencillo entrar sin problemas. En una ocasión nos pasamos en la Capilla Sixtina más de una hora admirando su bóveda: analizamos las nueve escenas del Génesis, una por una. Leonardo y yo compartíamos la misma pasión y nos retroalimentábamos con esas charlas, aprendíamos el uno del otro. Cualquiera de los dos lanzaba una pregunta al aire y seguidamente perdíamos la noción del tiempo intentando encontrar la respuesta.

—Pero después nos vamos a tomar unas cervezas.

—Hecho.

El sonido de mi teléfono nos interrumpió y al ver el nombre de Fabrizia en la pantalla estuve a punto de no cogerlo.

—Rispondi, per favore —me instó Leonardo señalando el móvil.

—Fabrizia, ¿qué tal?

Con ella hablaba en italiano, por supuesto.

—Tengo un poco de resaca, pero me acuerdo de todo perfectamente.

Fabrizia no se andaba por las ramas y era algo que me gustaba de ella; sin embargo, en aquel momento no me apetecía nada hablar de lo nuestro o de lo no nuestro...

—Genial, ¿querías algo?

Yo tampoco me andaba con rodeos.

—Algo no; a ti, sí.

Me quedé en silencio un par de segundos. Al final Leonardo iba a tener razón.

—No estoy en venta —le dije, un poco molesto.

No soportaba ese tipo de frases.

Fabrizia rio al otro lado como si hubiera dicho algo realmente gracioso.

—¿Te apetece quedar esta noche? —me propuso con voz melosa.

Miré fijamente a Leonardo: estaba leyendo Los pilares de la tierra de Ken Follet, creo que era la quinta vez que lo leía. Sonreí.

—No puedo, tengo planes.

—¿Qué planes?

Era la segunda vez que me preguntaban aquello en un mismo día.

Mis planes eran muy simples: quería ser uno de los mejores interioristas de Roma; quería decorar de colores la vida de la gente; quería alegrar la vista de todas aquellas personas que andaban por el mundo con la cabeza gacha; quería hacer realidad muchos sueños; quería tantas cosas...

—He quedado con alguien.

Era mentira pero si le decía que aquella noche me iba a quedar en casa con Leonardo, Fabrizia era capaz de presentarse allí con una botella de limoncello.

—Ya veo...

Su tono de enfado no me gustó, ya habíamos hablado de todo aquello: no queríamos lo mismo ni esperábamos lo mismo de nuestra relación.

—Fabrizia, quedamos en ser amigos, ¿verdad?

—Lo sé, mi amor, pero te echo de menos.

—Nos vimos ayer...

—Por eso mismo, ¿no significó nada para ti?

Vale, nos acostamos juntos y como siempre fue de puta madre; no obstante, para mí solo había sido sexo. Por lo visto para ella no.

—Fabrizia, yo sigo pensando lo mismo.

No quería dañarla pero tampoco mentir ni dar falsas esperanzas. Estaba claro que Leonardo tenía razón y que lo mejor sería no volver a tropezar con la misma piedra. Había sido un iluso al pensar que todo quedaría igual.

—¿Lo mismo? ¿Lo dices en serio?

Elevó el tono y tuve que apartarme el teléfono de la oreja. Leonardo me echó un vistazo y continuó con lo suyo. Supuse que había oído a Fabrizia.

—Joder, Fabrizia, no te cabrees. No quiero discutir contigo.

—No quieres discutir, no quieres salir conmigo, pero sí quieres follar. ¡Eso sí!

Solté un largo bufido porque empezaba a sentirme atrapado en la misma conversación.

—Fabrizia...

—¡Eres un puto cerdo!

Me colgó el teléfono y en parte lo agradecí. ¿Qué le iba a decir? Yo me había enrollado con ella pensando que entendería que aquello era algo ocasional, una especie de despedida o incluso algo que podía ocurrir porque todavía nos gustábamos. A veces, me costaba entender a las mujeres porque yo lo veía clarísimo, pero por lo visto para ellas no era así.

—¿Te ha mandado a la mierda?

Miré a Leonardo sorprendido porque no solía decir palabras malsonantes.

—Algo así.

Alzó ambas cejas y se pasó los dedos por la boca, como si cerrara una cremallera. Sonreí porque con ese gesto quería decir que no iba a decir: «¿Lo ves? Te lo dije, Adriano».

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2

CLOE

—¡Por Cloe, Marina y Abril!

Estábamos las tres en aquella discoteca de Barcelona, celebrando con nuestros amigos más cercanos que nos íbamos de Erasmus. No podíamos dejar de sonreír, de brindar con chupitos de tequila y de bailar al compás de la música que pinchaba Samuel.

—Esta noche está para hacerle gemelos, ¿verdad? —me preguntó Marina en el oído.

Me reí al oír aquella barbaridad.

Marina siempre estaba dispuesta a tener sexo, aunque con preservativo, eso siempre. Y ellos... ellos caían a sus pies como moscas ante aquel pelo largo y negro como el azabache, aquellos ojos azules y rasgados y esa boca roja de labios carnosos.

—Pues yo paso de él, ya lo sabes —le respondí al cruzar mi mirada con Samuel.

—¿Y si le hago una foto y mañana pregunto en Instagram si lo quieren como novio?

Las dos soltamos una buena carcajada porque estábamos seguras de que la mayoría apuntarían hacia el sí. Samuel era de esos tipos resultones que con unos vaqueros rotos y una camiseta blanca de manga corta te hacía volver la vista hacia él, sobre todo por su altura y su ancha espalda.

Marina es influencer, famosa en las redes y tiene un par de años más que nosotras. Este año termina la carrera de arquitectura y fue ella quien nos convenció para ir de Erasmus juntas. Estamos ya en último curso y al sacar tan buenas notas hemos podido escoger destino. Abril y yo estudiamos enfermería, y las tres nos conocemos porque vivimos en el mismo barrio en Barcelona, concretamente en Gracia.

Abril es todo lo contrario a Marina y quizá por eso se complementan a la perfección. Ella es tímida y más bien callada aunque tiene las ideas muy claras, como por ejemplo ser enfermera: es algo que tiene decidido desde los cinco años. Su pelo pelirrojo y con rizos es precioso y su cara de niña buena siempre atrae a chicos más bien macarras, cosa que ella no soporta.

—¿A quién se quiere ligar la amiga? —Aquello me lo preguntó Abril después de brindar de nuevo.

—Creo que a Samuel —le dije guiñándole un ojo.

—No fastidies, es tu ex.

—No es mi ex.

—Bueno, ya me entiendes.

Samuel y yo nos habíamos enrollado algunas noches y habíamos terminado en su coche clavándonos el cambio de marchas en algunas partes del cuerpo. Nada importante.

En ese momento sonó Tatto de Rauw Alejandro y empezamos todos a bailar con una sonrisa bobalicona en la cara.

«Yo no sé ni qué hacer cuando estoy cerca de ti. Tus ojos color café se apoderaron de mí...»

Esa canción iba dirigida a mí, lo sabía porque Samuel me lo había comentado entre gemidos dentro de uno de los baños del local.

—El color de tus ojos es de café... Cuando pongo esa canción no puedo dejar de pensar en ti.

Cierto, tengo los ojos oscuros, algo rasgados y siempre los llevo maquillados.

—Y no dejo de pensar en tu pelo, tu boca, tu carita...

Me encantaba que me dijera aquellas tonterías mientras lo tenía dentro de mí, aunque me tuviera por una chica más bien normalita físicamente.

Soy de talla media, pelo castaño y largo, y mis rasgos no son llamativos, pero tengo los ojos bonitos, sobre todo cuando les dedico más de media hora para dejarlos perfectos.

—No te quita la vista de encima —continuó Abril, que no entendía que a mí no me importara que Marina quisiera ligar con él.

Y no me importaba porque mis sentimientos hacia él eran nulos. Era un chico atractivo y majo, pero nunca habíamos ido más allá porque yo le había dejado claro cuáles eran las reglas: nada de enamorarse, gracias.

En mi vida necesitaba tener las cosas bajo control. Hacía tiempo que no tomaba ningún tipo de medicación y me sentía genial conmigo misma, ¿para qué introducir otra incógnita en la ecuación? Me enamoré a los dieciséis años, salí algunos meses con aquel chico y cuando se cansó de mí me rompió el corazón. Nunca más.

Después de aquel suceso volví atrás, empecé a contar números de nuevo ante cualquier situación, a tener pensamientos extraños y a obsesionarme por la simetría y la precisión.

Me costó remontar aquel episodio, pero durante aquel período me repetía con asiduidad que aquello no volvería a pasarme, disfrutaría de mi juventud, no necesitaba tener una relación seria para ser feliz. Además, mis dos mejores amigas pensaban como yo, así que me lo pasaba genial con ellas sin comerme la cabeza con historias de desamor.

—Abril, nos vamos mañana. Cuatro meses sin padres, sin ataduras y sin ninguna otra responsabilidad más que la de disfrutar de nuestras prácticas. Samuel no me interesa.

—Está bien, está bien.

Para Abril las relaciones no son algo sencillo: con quince años la marcaron de por vida y le cuesta confiar en los chicos, le cuesta dejarse conocer y, cuando intima con alguno, necesita confiar al cien por cien en esa persona. Le cuesta entender que Marina o yo misma no tengamos ciertos sentimientos antes de besarnos con un chico. Ella evita tener pareja, pero por otras razones muy distintas.

—¡Vamos a bailar! —le dije cogiéndola de la cintura.

Alguien hizo lo mismo conmigo y al principio me reí pensando que era uno de nuestros amigos; sin embargo, cuando sentí que se pegaba demasiado a mí, tensé todo el cuerpo sin poderlo evitar y apreté los dientes, nerviosa. No soportaba que invadieran mi espacio vital de esa forma ni que me toquetearan sin mi permiso, pero no pude moverme del sitio intentando controlar mi ira. Lo normal en este caso sería apartarse de aquel individuo, pero la tensión que sentía me bloqueaba y me veía incapaz de mover un solo músculo.

—¡Eh! ¿Eres gilipollas? —Marina me tiró del brazo, logrando que me moviera y se encaró al tipo que se estaba rozando conmigo.

Tanto Marina como Abril lo sabían todo de mí, nos conocíamos las tres a la perfección y sabíamos leer nuestros ojos casi a las mil maravillas. En muchas ocasiones no necesitábamos hablar para saber qué nos ocurría.

—No veo que tu amiga se haya quejado —le replicó él entre risas.

Es que encima tenía que aguantar aquel tipo de comentarios...

Me volví hecha una furia y lo empujé con todas mis fuerzas, consiguiendo que su cuerpo chocara con el de otras personas.

—¡Como vuelvas a tocarme te crujo los huesos!

A ver, seamos realistas, una chica no demasiado alta como yo no tenía nada que hacer contra un tío que parecía un armario empotrado, pero la rabia me cegaba en aquellos momentos.

—Déjalo, Cloe, no vale la pena...

Abril me agarró del brazo y regresé junto a nuestros amigos. Necesité más de media hora larga para que se me pasara el enfado. Principalmente estaba enfadada conmigo, por no reaccionar, por quedarme bloqueada y porque daba la impresión de que me dejaba mangonear por tipos asquerosos como aquel. Y no era así. Aquel tipo de reacciones eran consecuencia de mi mente extraña y de mis continuos bloqueos.

—Menuda tía rarita...

No quise seguirle el rollo, aunque me dolían aquel tipo de comentarios, sobre todo porque los había tenido que aguantar en mi vida en demasiadas ocasiones...

En sexto curso con once años

—Cloe, vamos a llegar tarde.

—¡Ya voy!

Miré mi habitación de nuevo antes de marcharme, necesitaba saber que estaba todo en orden y que no me dejaba nada. Abrí la mochila por quinta vez y saqué todos los libros para volverlos a meter.

Vale, estaban todos... ¿Segura? No, no iba a sacarlos de nuevo.

Ni caso.

Un, dos, tres, cuatro, cinco...

—¡Cloe!

Cerré la mochila contando en mi mente hasta cinco varias veces. No, no iba a hacer más aquello.

—¿Por qué tienes siempre los colores tan bien puestos?

Mi mejor amiga por aquel entonces era demasiado curiosa porque siempre iba preguntándolo todo: «¿Por qué desayunas siempre lo mismo?», «¿Por qué tus cosas siempre están del mismo modo en el cajón del pupitre?», «¿Por qué no vas nunca despeinada?».

—Porque quedan más bonitos.

Mentira. Si no los tenía en el orden correcto me sentía mal e incluso me llegaba a doler la barriga.

—¿Y qué pasa si muevo este aquí?

Miré a mi amiga con el ceño fruncido porque en ese momento sentí una especie de escalofrío por la columna vertebral y un pensamiento absurdo me dijo que si los colores no estaban bien colocados podía ocurrir algo malo.

Cogí el color y lo cambié de lugar con rapidez.

Sin saberlo, mi amiga hizo algo que después tuve que practicar con mi terapeuta: enfrentarme a mis miedos y así poder dominarlos.

—Eres un poco maniática —comentó ella entre risillas.

Era mi mejor amiga y sabía que aquella no era mi única manía. Eso creía que tenía: manías, hasta que mis padres decidieron llevarme a una psiquiatra.

—Su hija padece trastorno obsesivo compulsivo, en un grado leve, pero si no lo tratamos puede ir a más e incapacitarla para que lleve una vida normal.

En ese momento el nombre me hizo gracia: tengo TOC. No sonaba tan mal, ¿verdad?

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3

ADRIANO

Aquella mañana lluviosa fui de los primeros en llegar al estudio. Llevaba un año trabajando en la empresa y me había ganado a pulso mi puesto. Nadie me había regalado nada excepto la posibilidad de hacer la entrevista con los de recursos humanos, gracias a mi madre, que es la dueña de la empresa.

Somos unas cuarenta personas trabajando y yo estoy en el departamento de diseño. Me apasiona observar el espacio en el que voy a trabajar porque soy capaz de visualizar in situ dos o tres proyectos en pocos segundos. Uno de ellos acaba siendo el elegido y entonces entro en una especie de trance hasta que lo termino. Es algo que me apasiona y por eso mismo no rechacé la idea de mi madre de trabajar en uno de sus negocios, aunque mis condiciones fueron muy claras: no quería ningún trato de favor ni que me enchufaran dentro por ser el hijo de.

Podría haber rechazado su oferta, tal como hago con su dinero, pero debía reconocer que aquel estudio era uno de las mejores de la ciudad y no era tan tonto como para no ver una buena oportunidad.

—En diez minutos nos reunimos en la sala principal —comentó Sandra, una de mis compañeras de diseño con un acento italiano muy suave.

—Me tomo un café en cinco.

—¿Qué tal las vacaciones?

—Cortas —le contesté sin explayarme demasiado.

No era necesario explicarlo todo.

—¿Qué tal está Lucca?

—Bien.

Lucca era otro de mis amigos, tocaba en un grupo de música y era el típico que ligaba con la guitarra colgada a la espalda. Sandra y él se habían enrollado la noche de mi cumpleaños, en el pub donde solía tocar. Solo habían sido algunos besos, pero ella se había quedado colgada de él.

—Llámalo o invítale a salir —le sugerí viendo que Sandra no sabía qué camino seguir.

—¿Cómo voy a llamarlo?

—Se coge el teléfono, se pone en la oreja y se llama.

Sandra soltó una risilla pero se lo estaba diciendo en serio. Lucca no tenía pareja, así que tenía vía libre.

—¿Por qué no?

—Porque es él quien tiene que llamar si está interesado —dijo con más entusiasmo y gesticulando con las manos exageradamente.

—¿Y si él piensa lo mismo? ¿Dónde está escrita esa norma?

—Hay normas no escritas que todos seguimos sin pensar.

—A mí me mola cuando alguna le echa valor.

—¿No piensas que es una desesperada?

—Joder, Sandra, que tienes veintiocho años, no ochenta. ¿En qué mundo vives?

—Yo qué sé. Vamos a la reunión...

Una pena que todavía existieran ese tipo de pensamientos, pero trabajando entre tantas mujeres me daba cuenta de que en muchas ocasiones eran ellas mismas las que se colocaban las esposas en las manos.

En aquel momento me sonó el móvil y tuve que ponerlo en silencio, dado que la directora estaba a punto de empezar la charla de los lunes. No obstante, antes tuve tiempo de echar un vistazo a aquel mensaje.

Nicola: Necesito que me devuelvas mis bragas.

Joder.

—¿En serio, Adriano?

Sandra había leído el mensaje y me miraba entre asustada y divertida.

Adriano: Las tiré.

¿Para qué quería yo unas bragas?

La semana anterior había salido con Lucca y había terminado con una de las cantantes del grupo en mi cama. La chica se fue casi corriendo porque era muy tarde y se dejó las bragas debajo de la cama. En cuanto las vi, las tiré a la basura. Si Leonardo se las encontraba en el cesto de la ropa sucia se iba a reír de mí durante un par de meses.

—¿Las tiraste? —susurró Sandra aguantándose la risa.

—No eran de mi talla —le dije del mismo modo.

A los dos nos dio la risa pero nos tuvimos que aguantar porque Carlota, la mejor arquitecta que yo había conocido nunca, empezó la reunión para hablar de los proyectos que teníamos entre manos en ese momento.

Ella sabía quién era yo, por supuesto, pero me trataba como a uno más. Ese era mi deseo y la verdad es que me sentía como cualquier otro miembro de la empresa. La directora nunca me había mirado de otra manera ni me había dado ningún trato de favor. Si me tenía que echar la bronca me la echaba sin problema, así que procuré tragarme aquellas risas y escucharla atentamente para estar preparado y responder a todo aquello que nos preguntara sobre la creación de nuestros dibujos.

—¿Adriano?

—¿Sí?

—Nos han pedido algunas ideas para el diseño de las oficinas de Mander.

Abrí los ojos sorprendido porque sabía que varios estudios como el nuestro ansiaban aquel codiciado proyecto. Las oficinas se ubicaban entre un hospital y una iglesia, no muy lejos de nuestro lugar de trabajo. Al edificio lo llamábamos popularmente «el Dalí» por los caprichos arquitectónicos del lugar. Lo más suculento no era el dinero que traería consigo aquella faena, sino que el edificio era un apetitoso caramelo para un arquitecto como yo porque era enorme y porque era mágico poder diseñar su interior con todas las facilidades del mundo. Mander era una empresa de marketing muy potente con unas ideas muy específicas y sabíamos que no les importaba los gastos si los resultados eran los que esperaban.

—Así que tenemos un par de días para presentarles algo decente, ¿cómo lo ves?

—Sin problemas.

Respondí sin titubear y Carlota me miró satisfecha.

En mi cabeza tenía las ideas tan claras que no iba a necesitar más de un día para pasarlas al ordenador.

—Puede ayudarte Sandra.

—Perfecto —le dije.

Sandra y yo nos miramos y me sonrió contenta. Nos llevábamos muy bien a pesar de ser muy diferentes. Sandra llevaba allí solo medio año, pero era una arquitecta muy buena y superorganizada, todo lo contrario a mí. Solía aportar ideas potentes y me ayudaba a que no me perdiera dentro de mi desorden. No es que sea un desastre pero no soy tan cuidadoso como ella o como quería que fuera mi padre...

En casa, en Barcelona, con once años

—¡Adriano! ¿Dónde tienes la equipación de fútbol?

Era mi padre, por aquel entonces aún le temía.

—En la bolsa...

Su mano impactó en mi cara sin reparo y sentí la mejilla arder al mismo tiempo que mis ojos se humedecían del dolor. ¿Por qué me pegaba de ese modo? Había respondido con educación a su pregunta y no había mentido en ningún momento. ¿Por qué?

—¿Y esta camiseta? —preguntó mostrándome una de las muchas que tenía para entrenar.

—Ya tengo una en la bolsa —contesté en un tono muy flojo.

Su dedo apuntó mi cara y me habló muy enfadado.

—Ahora mismo abres esa bolsa delante de mí y te aseguras.

Con dedos temblorosos abrí la cremallera y rebusqué en el interior.

—No sé de dónde has salido, Adriano, la verdad es que no lo sé. ¡Mira cómo tienes las cosas dentro de la bolsa! ¿Tú crees que así vas a poder encontrar algo?

Seguí buscando con nerviosismo porque era cierto que no encontraba la dichosa camiseta, pero yo sabía que la había colocado porque también sabía que si llegaba sin camiseta al entreno me iba a caer una buena al regresar a casa.

El miedo podía a mi desorden.

—No está, ¿lo ves?

Pero estaba, yo hubiera jurado que estaba.

De un empujón me apartó y me tiró al suelo. Con once años mi cuerpo era más bien endeble y no podía comparar mi poca fuerza con la de mi padre.

Me quedé quieto esperando su siguiente paso.

—¡Eres un desastre!

No dije nada porque sabía cómo podía continuar aquello. Una vez se me ocurrió replicar y me dobló el brazo de tal modo que me dolió durante una semana.

Por supuesto, mi madre no sabía nada de aquello.

—Si algún día le dices algo a tu madre ya puedes ir preparándote.

—¿Adriano?

—Dime, Sandra.

—¿Nos ponemos ya mismo o estás pensando en lo de esa chica?

Sandra soltó una risa y yo sonreí con pocas ganas. Pensar en mi padre me provocaba náuseas y pensar en el pasado me daban ganas de echarlo todo.

—Empezamos ahora mismo. Este proyecto tiene que ser nuestro. Tuyo y mío —le dije guiñándole un ojo.

Había un par de compañeros más que podían haberse encargado de este trabajo, sin embargo, Carlota había captado con rapidez el entusiasmo que yo sentía ante un proyecto de esa envergadura.

—¿Le has hecho mucho la pelota para conseguirlo?

Aquel era Julio, uno de mis compañeros más veteranos de la empresa. Normalmente me atacaba a la que podía, pero lo del proyecto le había tocado la fibra porque no solía ser tan crío.

—No tanto como la que le haces tú casi a diario.

—No soy yo el que ha conseguido el proyecto.

—Por algo será.

—Ese algo es lo que me gustaría saber.

Le di la espalda y no le seguí el juego como muchas otras veces porque no valía la pena.

Julio tiene treinta y cinco años; es alto y rubio, y está casado con una mujer guapísima. No me traga desde que durante una fiesta de la empresa ella no me quitó el ojo de encima. Pero aquello no fue culpa mía y yo pasé de llevármela al baño a darle un buen repaso porque no quiero saber nada de historias con casadas.

Pero mirar no hace daño a nadie... ¿verdad?

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4

CLOE

—¿Estáis emocionadas? —les pregunté al subir al taxi rumbo a nuestro nuevo piso.

Habíamos encontrado por medio de la agencia de un amigo de mi madre un piso antiguo pero perfecto para las tres, ya que era lo suficientemente grande como para tener una habitación para cada una. Además, entre las tres el precio estaba bien y la zona era muy céntrica.

—Tengo muchas ganas de ver las habitaciones —dijo Abril mirando por la ventana.

Era lunes y llovía un poco, pero nos daba igual. En un par de días estaríamos haciendo las prácticas y nos apetecía mucho empezar aquel nuevo episodio de nuestra vida.

—Para mí la más grande y ya sabéis por qué.

Nos reímos las tres al pensar en Marina con dos italianos en su cama. Ella no le hacía ascos a nada: tenía metido en la cabeza que todos los italianos estaban buenos, cosa que no era cierta.

—¡Qué ganas de recorrer estas calles! —exclamé ensimismada.

—¿No conduce muy rápido? —preguntó Abril algo preocupada.

—Conducen así, a lo loco —le respondió Marina sin darle más importancia—. ¿Os imagináis que me enamoro de un italiano? —Marina dijo aquello casi cantando y nos hizo reír a las dos con ganas.

—Yo no voy ni a mirarlos —repuso Abril más en serio.

—¿Lo dices de verdad? —le preguntó Marina con rapidez.

—¿Tú sabes la fama que tienen? —Abril lo decía totalmente convencida.

—Claro, que tienen la nariz grande, ¿no? —le replicó Marina igual de formal que Abril.

Las tres soltamos una carcajada al mismo tiempo y es que con Marina no se podía hablar demasiado en serio de según qué temas, sobre todo de chicos.

—¡Que se me olvida! Tengo que hacerme una foto en el taxi, que les he dicho a mis seguidoras que iba a darles todos los detalles del viaje.

Marina se miró en el móvil, juntó sus labios para darle un beso a la cámara y se hizo el selfi con una soltura lograda a base de años. Era una de las influencers con más seguidores de nuestro país y lo era porque tenía mucho carisma. Había empezado mostrando cómo se maquillaba y sin darse cuenta sus seguidores subieron como la espuma, lo que provocó que algunas marcas de cosmética se fijaran en ella y le enviaran algunos productos para que Marina hablara de ellos. Al principio apenas se lo creía, pero con el tiempo había asimilado que hablar ante una cámara con aquella naturalidad era lo suyo y que al público, sobre todo femenino, le caía genial.

Y lo entendía porque Marina es de aquellas personas que desprenden energía, una energía que te entra en el cuerpo y que te lleva a seguirla al fin del mundo. Está claro que es una de mis mejores amigas y que la quiero muchísimo, pero es que Marina sin conocerme de nada me ganó a las primeras de cambio...

En primero de ESO con doce años

Creo que fue mi peor época, porque en primaria disimulaba más o menos mis rituales en la escuela, pero el instituto me pareció una verdadera selva, sobre todo durante el primer trimestre.

Tenía doce años y lógicamente era muy niña aún, a pesar de que había chicas de mi edad que ya se maquillaban, salían con chicos y usaban un lenguaje distinto al mío.

Entré en aquel instituto sin conocer a nadie porque mis padres se encabezonaron en que aquel era el mejor de la zona. Según ellos los alumnos de aquel centro eran de buena familia, pero lo que no sabían es que ser de buena familia no es sinónimo de ser buena persona.

En el instituto había buenas piezas y, entre ellas, un grupo de tres chicas cuya líder era la mismísima hija del mal. Siempre andaba buscando broncas y el primer día de instituto me tocó a mí.

—¿Ese pelo es tuyo o son extensiones?

—Eh...

Ellas eran de tercero y yo de primero, novata y sin amigas.

—Yo creo que sí, son extensiones —comentó la líder de aquel grupo.

Me sentí atacada e intimidada y mi poco autocontrol se disparó.

—Un, dos, tres, cuatro, cinc...

—¿Qué le pasa a la pava esta? —preguntó una de sus amigas.

—¿Eres autista o qué? —me inquirió la mandamás.

La miré a los ojos con rabia y le di un empujón, sin pensar en las consecuencias, y las tres se abalanzaron sobre mí.

—¡Eh! ¡Eh! ¿Qué coño os pensáis que hacéis?

De repente apareció una chica de ojos azules y pelo negro junto a cinco chicas más. Las de tercero las miraron con mala cara. Era Marina, aunque yo no la conocía de nada.

—O la dejáis ahora mismo o se os va a correr todo el rímel cuando os regale uno de mis soplamocos.

Aquellas chicas se quedaron bloqueadas ante las palabras de Marina.

—Vamos, que ya nos conocemos —le dijo mi amiga a la hija del mal.

—Esto no quedará así —le replicó la líder separándose de mí.

—¡Hola, soy Marina! ¿Y tú...?

Sonreí al recordar aquel momento. Lo tenía grabado a fuego en mi memoria porque a partir de entonces Marina y yo empezamos a ser amigas de verdad. Vivíamos en el mismo barrio y aquello provocó que acabáramos dándonos cuenta de que, a pesar de que yo era dos años menor, nos gustaba estar juntas, hablar de nuestras cosas y, sobre todo, maquillarnos a escondidas de nuestros padres.

—Has salido genial —le dijo Abril cuando nos mostró la foto.

—Creo que si te la hicieras con los ojos cerrados te saldrían igual de perfectas —le comenté admirando lo bien que salía siempre en sus fotos.

Yo era de las que no me veía bien en ninguna de las mil fotografías que me podía hacer en cinco minutos: no me gusto, salgo mal, se me ve papada, esas ojeras, esos labios demasiado gruesos... Nada que ver con mi amiga del alma.

—Ahora a por el texto...

Abril y yo sonreímos al verla teclear en el móvil con esa concentración. Se tomaba muy en serio su perfil de Instagram.

UniversoMarina Hola, chicas del universo, ya estoy en Roma. ¿Os lo podéis creer? Estoy a punto de llegar al piso con mis dos amigas del alma y de momento no nos hemos cruzado con ningún «italianini», pero no perdamos las esperanzas. ¿Habéis estado en Roma? ¿Os gustó? Os leo... #UniversoMarina#Roma#Viajes

—¡Hecho! Después tengo que hacer un TikTok, recordádmelo.

Y esa era la vida de Marina: Instagram, TikTok y YouTube. No tenía suficiente con una de ellas, tenía seguidores en cualquiera de las redes sociales y las usaba a todas horas. Nosotras estábamos más que acostumbradas a sus fotos y a sus vídeos, aunque había una norma que siempre seguía al pie de la letra: sin nuestro permiso no podía subir ni foto ni vídeo en el que estuviéramos nosotras. Jamás habíamos tenido problema alguno con ese tema y a veces incluso la ayudábamos a montar los vídeos de YouTube o a aprenderse alguna de esas minicoreografías que todos repetían en TikTok. La de los vídeos era Abril y la de los bailes, yo: a mí me pirra bailar, aunque nunca me grabaría para subirlo a una red social.

—Hemos llegado —nos anunció el taxista en italiano.

De las tres la única que lo hablaba perfectamente era yo porque lo había estudiado como optativa en el instituto, así que me tocaba a mí comunicarme con los italianos. Ellas lo habían estudiado por encima para poder hacer las prácticas, pero les daba corte expresarse en italiano.

Cuando bajamos del taxi y vimos el edificio nos quedamos blancas.

—Decidme que el taxista se ha equivocado de dirección —dijo Marina frunciendo los labios.

—Pues no, es este edificio —replicó Abril resignada.

A ver, nosotras no vivíamos en una mansión, ni éramos de la jet set, ni nada parecido. En Gracia había de todo, pisos más bonitos y no tanto, pero aquello parecía la mansión de los Monster en un bloque de cuatro plantas.

La puerta de madera era enorme y estaba abierta porque cualquiera cerraba aquel armatoste. El edificio era de piedra y estaba lleno de grietas. Las ventanas no se habían cambiado en mil años y el color de la madera estaba desgastado por el paso del tiempo. La mayoría de las persianas enrollables se veían rotas, torcidas, sucias...

—Ahora entiendo por qué no había fotos del exterior —les dije pensando que quizá nos habían engañado.

Según las fotos, el piso era moderno y bonito por dentro... ¿o no sería así? Visto lo visto, era complicado creer que en su interior hubiera algo bonito.

—Madre mía, aquí no me hago una foto ni loca —comentó Marina.

—Ahora se lleva mucho el rollo este, Marina —repuso con ironía Abril.

—¿Qué rollo? —replicó ella.

—El rollo grietas, el rollo antiguo, ya sabes —contestó ella divertida.

—¿Y os habéis fijado en que casi podremos darnos la mano con los de enfrente? —les planteé echando más leña al fuego.

Ambas se volvieron y miraron hacia arriba.

—Madre mía... —susurró Abril.

Era una calle de un solo sentido y bastante estrecha, con lo cual los edificios quedaban muy cerca unos de otros. Una maravilla, vamos.

—¿Entramos? —sugerí con ganas de reír.

O reía o me ponía de los nervios, así que mejor me desahogaba con unas risas.

—¡Encima esa se ríe! —exclamó Abril.

Entré en el edificio riendo, aunque me tuve que callar cuando me topé de frente con un chico. Era un tipo alto, delgado y con unos ojos negros muy bonitos. Me miró extrañado y me dejó pasar para seguidamente salir él por aquella enorme puerta. ¿Viviría allí? Parecía un poco soso, la verdad.

—¡Vamos, chicas, hay más sorpresas! —les dije al ver que no funcionaba el ascensor—. ¡¡¡No funciona!!!

Había una escalera con unos escalones de una altura considerable que nos prometía llegar sin aliento al tercer piso, como mínimo.

—¡No puede ser! ¿Es una broma? —se lamentó Abril asustada.

Justo entonces entraron dos chicos altos, atléticos y de nuestra edad hablando en italiano entre ellos. El rubio le decía al moreno que su madre estaba enferma o algo parecido.

—¡Hola, guapas! ¿Vecinas nuevas? —nos preguntó en italiano el moreno.

—Sí, vamos al tercero —le respondí yo.

—Diles que nos suban las maletas —me apremió Marina en un tono más bajo.

—¿Necesitáis ayuda? —se ofreció el rubio mirando a Marina fijamente.

—No están nada mal, ¿eh? —comentó ella igual de bajo.

—¿Por qué susurras, tía? —le reproché divertida—. Es italiano, quizá no entiende el español, pero da igual si hablas flojo.

—Ay, yo qué sé —contestó mi amiga riendo.

—¿Españolas? —dijo el rubio sin apartar la vista de Marina.

—De toda la vida —le contestó ella sin vergüenza alguna.

El moreno se acercó a mí y cogió la maleta ofreciéndome una mirada muy evidente y que conocía de sobra.

—¿Tu nombre? —preguntó en un español muy cantarín.

—Cloe.

Me dio dos besos sin tocarme las mejillas y sonrió.

—Yo soy Francesco y él es Tino.

Aquello lo dijo en italiano, muy rápido, pero lo entendimos las tres sin problema. Mis amigas se presentaron y los seguimos escaleras arriba hasta llegar al tercer piso, el nuestro. Allí había otra sorpresa esperándonos: un chico y una chica charlaban en la puerta frente a la nuestra y nos detuvimos antes de ir hacia allí.

—No creo que hayas tirado mis bragas, Adriano.

—Pues no te lo creas.

La pareja se volvió para mirarnos y me quedé unos segundos sin parpadear ante aquella escena.

¿Bragas?

El chico era guapo, bastante guapo, y lo que más destacaban en su rostro eran los labios más bien voluminosos. De esos labios que quieres besar porque parecen suaves y esponjosos. También me fijé en la cicatriz en una de las cejas, ¿sería de aquellos que se metían a menudo en peleas? No me extrañaría... por quitarle la chica a otro.

—¿Entramos? —preguntó Abril pasando de ellos; no había entendido de qué hablaban.

—Abril, es que a esa chica le faltan sus bragas —le dije intentando no reír de nuevo.

—¿Lo dices de verdad? —replicó Marina abriendo mucho los ojos.

—Mira, Cloe, que las busque. Yo tengo ganas de ducharme —contestó Abril entrando en el piso.

Marina y yo nos reímos mientras nos despedíamos con rapidez de Francesco y Tino.

—¿Por qué la miras así? ¿También le vas a quitar las bragas?

Busqué los ojos de aquel tipo para ver a quién se refería aquella chica. Me estaba mirando a mí. Sus ojos se clavaron en los míos y me puse nerviosa. ¿Por qué me miraba con esa intensidad?

arrivederci_amor-7

5

ADRIANO

—Adriano...

Los ojos de aquella chica española se me habían quedado en la retina. El porqué no lo sabía ni yo.

—Nicola, no voy a quitarle las bragas a nadie y no quiero discutir contigo. ¿Por qué has venido?

Era absurdo que viniera a mi casa solo por eso. Eran unas bragas, no un móvil de última generación de mil euros.

Nicola me miró como una niña pequeña a la que han pillado haciendo alguna de sus travesuras.

—¿Puedo pasar? —preguntó con voz melosa.

Leonardo se había ido al cine con unos amigos y yo me había quedado en casa porque quería terminar algunos detalles del proyecto. Sandra y yo habíamos trabajado a destajo, pero aún me quedaban un par de horas por delante para dejarlo bien acabado.

Mi

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