Iba a morir.
Me tapé la boca con la mano para no hacer ruido. Pegué la espalda a la pared con el deseo de fundirme con ella. Quería desaparecer, esfumarme, no haber entrado en la vida de los Bakker o que ellos no hubiesen aparecido nunca en la mía.
Debí haberme ido a casa cuando tuve la oportunidad, no buscarlo, acatar su advertencia, cada una de las que escuché los últimos meses.
Los ojos me escocieron en aquella espiral de nervios y desolación.
Me sentía incapaz, no sabía qué hacer, solo podía correr y esconderme, aunque estaba claro: salir de allí era imposible por muy bien que conociera la mansión. Las puertas estaban selladas. Podría escabullirme por más tiempo, pero la historia tendría el mismo final.
No me di cuenta de lo que sucedía, de lo que tan bien ocultaban, hasta que ya estaba con el agua hasta el cuello, luchando por oxígeno. Cerré los ojos y las lágrimas me resbalaron por las mejillas.
Había golpeado a la señora Bakker con el busto de mármol. Su cuerpo no se movió al caer al suelo.
Dos lágrimas gruesas tomaron el lugar de las anteriores.
«¿Cómo no lo vi antes si tuve tantas señales?».
A lo lejos, crujió uno de los peldaños de la escalera y el frío me caló el pecho. Paré de temblar y me quedé sin aire, con un nudo en la garganta, paralizada.
Mi cerebro buscó opciones para sobrevivir. Solo había dos puertas: la que daba al pasillo y la del baño clausurado. No escaparía de la habitación sin que me viera.
Era el final.
Dejé que mis piernas fueran todo lo débiles que gritaban por ser. Deslicé la espalda por la pared hasta quedar en el suelo, abrazándome las rodillas.
Lo sentía en el pasillo.
Cerré los ojos con fuerza. Necesitaba creer que aquello no estaba pasando, que era una pesadilla y que despertaría en casa, con la única preocupación de qué carrera universitaria escoger para salir de aquel pueblo tan aburrido.
Mis problemas no eran nada antes de la llegada de los Bakker y, aunque una parte de mí quería volver atrás en el tiempo, otra me impedía desearlo, la que estaba perdidamente enamorada de él.
—Llegó la hora, pequeña Amaia —dijo una voz áspera y conocida, haciendo que un escalofrío me recorriera la columna—. Me aburrí de jugar al escondite.
Capítulo 1
Diez meses antes.
«¿Cómo una pequeña decisión podía cambiar el futuro?».
El inocente formulario que había sobre el escritorio lograba que mi respiración se agitara. Le temía a una hoja, con sus líneas vacías y opciones para marcar.
La oficina, bien iluminada, tenía las ventanas abiertas para que circulara la brisa del verano, que llegaba a su fin, y de igual forma yo sentía que me quemaba en el infierno. Una gota de sudor se deslizó por mi nuca y me recorrió la espalda. No hiperventilar se convertía en todo un reto.
—Mia, ¿todo bien?
La señorita Morel, mi profesora y consejera escolar, se veía preocupada. No pude responder y me las arreglé para coger el bolígrafo y escribir sin que la mano me temblara o el sudor dañara el papel.
Al entregar el formulario, la mujer lo leyó varias veces para estar convencida de lo que tenía delante.
—¿Contabilidad y Finanzas? —preguntó, asegurándose de que no leía mal—. No era lo que pensabas estudiar.
—¿Es un problema? —Fingí inocencia—. ¿Mi media está por debajo de lo requerido?
—Tu media es suficiente para lo que escojas —aclaró—, pero estabas interesada en…
—Cambié de idea —intervine, cogiendo la mochila y colgándomela en el hombro—. Ya sabe, adolescentes. Todos los días tenemos una opinión distinta.
Caminé de espaldas hasta que choqué con la puerta, desesperada por escapar.
—Espero que tenga un buen día —me despedí.
Casi tropecé con el chico que seguía en la fila para la entrevista cuando salí al pasillo.
—¿Por qué has tardado tanto? —preguntó Sophie, apoyada en la pared opuesta.
Tenía un paquete de patatas fritas bajo el brazo e intentaba comer con la misma mano. En la otra tenía el teléfono e iba intercambiando mensajes con su novio, lo mismo que estaba haciendo cuando la dejé minutos antes.
—La señorita Morel me ha contado un par de historias sobre su vida —mentí, uniéndome a ella y robándole una patata para calmar los nervios.
—Eso pensé —dijo sin apartar la vista de la pantalla o dejar de masticar.
—Julien te mandará a tomar viento si no le das espacio.
—¡Fue él quien empezó!
Hizo un puchero y guardó el teléfono mientras nos alejábamos de la oficina.
—¿Qué dice de Prakt?
—Que la ciudad de noche es increíble y la facultad es hermosa. —Con razón era la capital del continente—. Mañana empieza su vida como estudiante universitario.
Caminamos en dirección al pasillo principal, concurrido y bullicioso. Los más pequeños estaban animados por el salto de nivel escolar y los de último año, como yo, aburridos de las paredes blancas y las taquillas rojas.
Intenté ignorar las miradas. Unos lo hacían con disimulo, otros carecían de tacto y cuchicheaban en el oído del compañero más cercano. Un par me dedicó una sonrisa que debía reconfortarme.
—Odio Soleil —murmuré—. No veo la hora de salir huyendo y no volver.
—Te miran por el crimen que has cometido con tu pelo —dijo Sophie como si no estuviera pasando nada.
—Muy graciosa.
—Tendré que arreglarlo. —Inspeccionó el corte como había hecho en el autobús escolar—. Con esa estatura y esa cara todo te queda bien, pero parece que un carnicero te ha cortado la parte de atrás.
No podía opinar, no me veía la nuca cuando usé la tijera frente al espejo del baño. Mi pelo negro, que dos días antes me llegaba por la cintura, había sufrido un atentado a media madrugada. Me lo corté por la barbilla y añadí un flequillo por encima de las cejas. No me arrepentía.
—Cuando esté divino, nadie pondrá caras raras. Lo prometo.
La inocente y dulce Sophie. Con su expresión deslumbrante y su maquillaje en tonos pastel, el pelo en suaves ondas hasta la cintura y un peculiar gusto para vestir. Siempre intentando ayudarme.
—Me miran porque soy la cornuda del pueblo.
Su sonrisa desapareció.
—Claro que no. Es agua pasada.
—Es Soleil, nadie olvida un buen chisme. —Se mordió el labio y miró al frente. Algo ocultaba—. Suéltalo.
—¿El qué?
—No te hagas la tonta.
Se acomodó el vestido para ganar tiempo.
—Llevas dos meses sin mirar las redes sociales, por eso no sabes nada.
—Ni quiero verlas.
—La semana pasada fue la última fiesta del verano y las historias de Menteurgram eran… explícitas. —Le sostuve la mirada, esperando a que se diera por vencida y soltara el chisme completo—. Victoria y Charles están juntos.
Una punzada me perforó el estómago cuando mencionó a mi exnovio.
—Han esperado más de lo que pensé para salir en público.
—Mia…
—No quiero hablar del tema una vez más, me revuelve la vida.
—Pero…
—Soph, mi novio me puso los cuernos con su amiga de la infancia —le recordé—. Está superado y no quiero seguir revolcándome en lo mismo.
Hizo un gesto que simulaba sellar sus labios con una cremallera y cambió de tema cuando salimos a por algo de comer. No lo había superado, pero tenía problemas más importantes con los que lidiar.
•••
Por la noche, papá preparó una cena especial. Emma, mi hermana pequeña, estaba emocionada porque era su último año antes de entrar al instituto. No había parado de hablar.
La conversación y las risas se extendieron hasta que dejaron los platos vacíos, pero yo seguía jugueteando con los guisantes.
—Mia —llamó mamá, y me sobresalté—. ¿Cuántos días llevas sin dormir bien?
Los tres esperaban una respuesta. No sabía si habían estado hablando de mí sin que me diera cuenta o si la pregunta era aleatoria. El moderno y bien decorado comedor se hizo pequeño, asfixiante.
—Solo ayer. —Traté de mantenerme impasible—. Los nervios del primer día.
—Pareces un mapache —dijo Emma con su acostumbrada sinceridad.
—Estoy bien —mentí—. Es normal desvelarse de vez en cuando.
—Podemos valorar que tomes algo para dormir —sugirió mamá.
—Odio las pastillas.
—A veces son necesarias.
—Mamá, no quiero ser tu paciente.
—Dormir es importante —aclaró—. Si estás nerviosa, te pueden ayudar, ya las has tomado antes. Lo que no quiero es que enfermes.
—No quiero pastillas.
Apretó los labios. Era psiquiatra y vivía preocupándose sin necesidad.
—Dormiré. Lo prometo.
Papá se puso de pie y me abrazó por los hombros. Un suave beso en mi sien hizo que sonriera.
—Tranquila, Mary —dijo con dulzura, recogiendo la mesa—. Nuestra Mia está inquieta porque es su último año antes de la universidad. Tiene miedo de irse a estudiar Historia del Arte a la gran ciudad y no encontrar los ingredientes de sus arepas en el supermercado.
Me controlé para que mi expresivo rostro no me delatara. Por suerte, el tema quedó en el olvido y Emma volvió a contarnos su día.
Mientras simulaba que la atendía, me encontré con los ojos azules de mamá, idénticos a los míos, con su extraña capacidad de analizarme con rayos X. En dos segundos, sentí que desmontaba mis miedos, así que rehuí su mirada.
Vacié mi plato a rápidos bocados para mantener la boca llena. La comida estaba helada y, cuando me atraganté, pude escapar a la cocina para beber agua y subir a mi habitación.
Estuve encerrada hasta que la casa quedó en silencio.
Prometer que dormiría era igual de imposible que viajar al pasado y cambiar la historia. Ni corriendo de cara hacia una pared y desmayándome lograría vencer al insomnio.
De puntillas, llegué al salón del segundo piso. Quedaba junto a la escalera, y tenía un cómodo sofá frente al ventanal. Era mi lugar para leer y meditar por una razón: la privilegiada vista a la mansión Bakker.
Soleil era un pequeño pueblo en medio del continente y mis padres decidieron construir la casa de sus sueños a varios kilómetros del centro en busca de tranquilidad. Lo lograron, no había nadie en ninguna dirección, solo la mansión.
La noche, iluminada por la luna llena, dejaba ver la majestuosa construcción. Tres pisos y una torre principal que se elevaba por encima de la azotea. La hiedra se apoderaba del exterior, trepaba por las paredes y bordeaba ventanas y puertas.
Amaba su torre de punta, los detalles art nouveau de la madera en las ventanas, con curvas sinuosas y cristales coloridos, ecléctica y señorial entre los árboles descuidados… Era una joya, una muestra de la genialidad del ser humano, y ahí estaba, abandonada…, silenciosa.
La familia Bakker, que se había asentado en medio del continente siglos atrás, levantó la mansión y fundó el pueblo. Su idea era crear una ciudad próspera, sin embargo, el tiempo no pasaba en vano y todos no pensaban de la misma manera. Nadie quería quedarse en Soleil, al menos nadie con ambición. Así que acabaron abandonando y olvidando la casa. Se desconocía a qué miembro de la adinerada familia pertenecía, pero estaba claro que no tenía mucho interés en ella.
De pequeña, me vestía con mis mejores disfraces de telas vaporosas y joyas de fantasía para colarme en la deteriorada mansión y pasar horas jugando. Me enamoré del lugar y crecí obsesionada con cuentos de hadas, castillos y antigüedades. Desde los doce años había dicho que estudiaría Historia del Arte, y una de las baldas de mi estantería estaba repleta de gruesos tomos de arte que había releído hasta el cansancio.
No había podido dormir bien durante las vacaciones y pasé varias madrugadas mirando por la ventana del salón. No tenía claro si lo hacía para convencerme de mi cambio de planes o para memorizar cada cornisa y columna de la casa.
Siempre había sabido lo que deseaba estudiar, pero también lo lejos que quería estar de Soleil. La infidelidad de Charles al final del curso anterior fue la gota que colmó el vaso. No viviría en aquel pueblo y volvería solo cuando fuera necesario, incluso si me alejaba de mis padres. Me aterrorizaba saber cómo se lo tomarían, imaginar lo que podía lastimarlos si les decía las razones que había detrás de esa decisión.
Me repetía que hacía mucho que no quería ser la princesa que se ve en problemas con el villano en la torre más alta del castillo y a la que el valiente príncipe rescata en el último momento para besarla antes del «vivieron felices para siempre».
A diferencia del edificio, yo había evolucionado. Escoger una carrera que garantizara estabilidad económica y un buen empleo era más importante que seguir el tonto sueño de aquella niña. Durante dos meses, valoré mis opciones y estaba segura de mi elección…, o eso quería creer.
Me acomodé entre los mullidos almohadones, apoyé el talón sobre el marco de la ventana y crucé las piernas. La fría corriente de aire nocturno me acarició el rostro. Esperaba que el cansancio físico y mental me pasaran factura y pudiera dormir un par de horas. Sin embargo, una extraña sombra en la mansión me puso alerta.
Al borde de la barandilla de la azotea y con los pies colgando al vacío, había algo…, alguien.
«No es posible. Las alarmas habrían sonado».
Saqué la mitad del cuerpo por la ventana y agucé la mirada. La considerable distancia que me separaba de la casa, la miopía y los días sin dormir podían jugar en mi contra, pero hubiera jurado que era una persona.
Corrí a mi habitación a quitarme las lentillas y tomar mis gafas recién graduadas. Sin embargo, al regresar, no había nadie en la azotea de la mansión Bakker.
Capítulo 2
—¿Irás a la fiesta de Charles? —preguntó Dax.
Levanté la vista. No podía ignorarlo como había hecho durante la última media hora con los murmullos de la atestada cafetería.
Mi amigo acababa de salir del entrenamiento. Tenía el uniforme del equipo de fútbol manchado de tierra y una capa de sudor hacía que le brillara la piel morena.
—¿Por qué no te has duchado?
—Quería saber si irías.
Me dedicó una sonrisa encantadora.
—Si sabes que no, ¿para qué preguntas?
Volví la vista al libro que tenía entre las manos.
—¿Por qué no?
—Charles es mi ex —dije, enumerando con los dedos—, no quiero verle la cara y me puso los cuernos con quien ahora es su novia, la adorable Victoria.
Agité la mano con que había listado las tres fuertes razones.
—Es dentro de un mes.
—Entonces… ¿por qué me preguntas ahora? —Desvió la mirada y no me costó entender el sutil juego. Dejé caer el libro sobre la mesa y se estremeció con el sonido—. ¡Quieres que convenza a Sophie!
—No es eso. —El cambio en su tono de voz lo delataba—. La idea es que vayamos juntos. Nunca quieren salir conmigo, parece que no somos amigos.
—¡No me lo puedo creer! —Lo señalé con un dedo acusador—. ¡Te sigue gustando Sophie!
—¡No! ¡Claro que no!
Con un paquete de patatas fritas y su ternura, Sophie tenía en él a un admirador fiel. La veneraba desde el primer día, desde que se había creído un don nadie. Luego entró en el equipo de fútbol, comenzaron a salirle músculos en los lugares adecuados y alcanzó el atractivo metro ochenta que volvía loco a medio Soleil.
A Dax le hizo falta la confianza que le proporcionaron sus favorecedores cambios adolescentes para contarme lo que sentía. Necesitó semanas y varias conversaciones para entender que debía ser sincero con ella. Su error fue tardar en hacerlo.
Para cuando quiso expresar sus sentimientos, nuestra amiga ya salía con su actual novio. Julien, un año mayor que nosotros y más valiente, sí se había lanzado a por lo que quería. Sophie lo conoció, salieron unos meses y se enamoró de él.
—Puedes irte con las mentiras a otro lado, no te creo nada —dije; no tenía ganas de ser compasiva—. Como Julien se ha ido a Prakt y solo vendrá en fechas importantes, piensas que tienes una oportunidad con Sophie.
—No. No es eso. —Miró a todos lados sin saber cómo continuar—. No me gusta y no es…
Se acomodó en el asiento y jugueteó con mi botella de agua.
—Sophie jamás le sería infiel a alguien y está mal que esperes a que su novio desaparezca para intentar algo.
—No lo haré —murmuró.
Era consciente de lo egoísta que sería hacerlo.
—Al margen de Sophie, me gustaría que saliéramos. Ni siquiera nos hemos visto en vacaciones y cuando acabe el curso iremos a universidades muy distintas.
—No seas dramático. Estaremos en la misma ciudad.
—Prakt es gigante. Ustedes estarán a ocho paradas de metro y dudo que se vean con frecuencia. Imagina cuánto me verán a mí si estaré a veinte.
—Encontraremos una forma de vernos —insistí.
Evité decir que, al tomar otra carrera universitaria, mi localización sería distinta. Más paradas, más distancia.
—¡Aprovechemos el último curso!
—Muy conveniente, ¿no?
Ignoró mi sarcasmo.
—No veo nada de malo en que salgamos como antes de que yo estuviera en el equipo de fútbol y Sophie tuviera novio.
Se me escapó una carcajada.
—¡Qué vida tan triste la mía! Soy la única que sigue igual cinco años después.
—No es cierto —dijo, curvando los labios—. Has crecido unos tres centímetros desde que te conozco.
—Muy gracioso, don «las hormonas fueron generosas conmigo».
—¿Con quién? —intervino Sophie al llegar por sorpresa y sentarse a mi lado.
—¿Con quién crees?
Sophie se inclinó para pellizcar el cachete del moreno, como le habría hecho a un niño pequeño.
—Es cierto. Mira lo guapo que es y todas las chicas que conquista cada fin de semana. Nadie diría que antes era el flacucho que me robaba comida en los recreos.
—Basta —se quejó Dax, apartando su mano con delicadeza.
«¿Cómo es posible que mi amiga no vea lo distinto que actúa él a su alrededor? ¿Cómo no capta el brillo en sus ojos?».
Desde fuera y conociendo la verdad, la situación era vergonzosa.
—¿De qué estaban hablando?
—Mia ha dicho que se animará a ir a la fiesta de Charles —mintió Dax, y tuve ganas de ahorcarlo por no dejar el tema a un lado.
—¿De verdad? —se sorprendió ella—. Pensaba que planeabas quemarlo vivo en una hoguera mientras danzabas a su alrededor.
—¿Por qué crees que voy a ir a su casa? He conseguido madera y combustible. Será una hoguera enorme. —Miré a Dax con expresión amenazante—. Quizás me anime a lanzar a alguien más.
Sophie pasó los ojos de uno a otro sin entender nuestro intercambio.
—Me parece una buena idea —dijo ella.
—¿Quiere decir que vendrás? —Dax destilaba inocencia al hablar.
—Si Mia cambia la cara de tomate apachurrado, me animo. —Sophie apoyó la barbilla en la mano y me miró—. Es nuestro último curso, deberíamos aprovechar y salir como antes.
No quería ver a mi ex, y menos en su casa, pero tampoco quería privarme de disfrutar el último año de diversión con mis amigos solo por él.
—Ustedes ganan. No estaría mal ir a la fiesta de Charles.
—¡Perfecto! —Dax dio una palmada al ponerse de pie—. Me voy a duchar. Cómprenme algo de comer.
Nos guiñó un ojo y se alejó.
—¡Notición! —chilló Sophie, zarandeándome cuando nos quedamos solas.
—¿Se ha incendiado tu clase de Arte? —me burlé.
—No, mejor. Hay un chico nuevo.
—¿Cómo es eso mejor?
Lo más novedoso en Soleil durante la última década había sido la construcción del centro comercial y la vez que se inundó la juguetería. Ni el circo ambulante pasaba. Era normal la reacción, pero me gustaba molestarla.
—Se ha presentado en clase de Arte y es muy guapo.
—¿Desde cuándo te llaman la atención los chicos guapos?
—Que tenga novio no significa que me haya quedado sin ojos.
—Me doy cuenta.
Mastiqué un pedazo de lechuga por ocupar mi tiempo.
—Se llama Aksel, es un amor, dibuja genial, pero eso no es lo mejor —parloteó—. ¿Sabes cuál es su apellido?
—¿Es hijo de un miembro olvidado de la realeza?
Me pellizcó por no tomarla en serio y protesté.
—¡Bakker! —exclamó—. Su apellido es Bakker y ¡es tu vecino!
Una sensación desagradable me recorrió el cuerpo.
—No puede ser.
—Vivirá en la mansión, con su madre y su hermano.
—¿Se han mudado? —me alarmé—. ¿Hace cuánto?
—Aksel dijo que ayer. No quería perderse la primera clase de Arte del semestre y por eso su madre…
«Si llegaron ayer, ¿a quién vi en la azotea?».
Alguien viviría en la mansión. Creía que estaba destinada al abandono y, en mis sueños más disparatados, había planeado ahorrar dinero suficiente para comprarla y restaurarla. Esa era otra señal que respaldaba mi decisión. Había llegado el momento de crecer y olvidar el castillo.
—¿Se mantienen nuestros planes para hoy por la tarde? —quiso saber Sophie.
Por distraída, me había perdido la información sobre los nuevos vecinos.
—¿Planes?
—Prometiste hacerme fotos al atardecer —me recordó—. ¿Prefieres que sea en mi casa?
Yo era la segunda que tomaba el autobús escolar cada mañana; Sophie era la primera. Si mi casa estaba en medio de la nada, la de ella era el fin del mundo.
—Mejor en el patio de la mía.
•••
El viaje en autobús logró que, por primera vez en días, tuviera ganas de ver una cama. No obstante, reuní fuerzas cuando llegamos a casa, que estaba vacía como todas las tardes, y preparé algo de comer antes de salir.
El patio trasero no tenía vallas que limitaran nuestro terreno. La mansión seguía igual de silenciosa, con la hierba crecida a su alrededor. En una parte, papá mantenía en perfecto estado su pequeño jardín, pero el resto del espacio solo estaba podado y el agua de la lluvia del día anterior se había acumulado en la irregular superficie.
Yo iba lista para convertirme en fotógrafa profesional, con zapatos cómodos, pantalón de algodón y camiseta. Sophie tenía varios vestidos de flores en la mochila y los usó todos hasta que su galería de fotos estuvo llena y se aburrió de posar antes de que cayera el sol.
Me entretuve eliminando fotos repetidas, sentada en una piedra. Ella se entretenía rodeando un charco de barro donde se acumulaba el agua de lluvia del día anterior.
Los pensamientos iban y venían dentro de mi cabeza. En los últimos meses, había sido incapaz de apagar el debate interno. Las palabras de Dax sobre la vida después de la graduación se empeñaban en volver a mí.
—¿Crees que nunca nos veremos en la universidad? —pregunté.
—Por supuesto que nos veremos —dijo como si fuera una pregunta sin sentido.
—Estaremos lejos.
—Ocho paradas se hacen en una hora —aseguró con la vista fija en las piedras que sobresalían del agua.
Conociéndola, trataría de cruzar el charco saltando de roca en roca. El agua se agitó y algunas gotitas de barro mancharon sus zapatos cuando dio el primer paso.
—¿Y si fueran más de ocho? —insistí.
—¿Qué quieres decir con más?
Alzó la vista e hizo maniobras para mantener el equilibrio.
No sabía cómo decirle lo de mi cambio de planes y, cuando iba a hablar, Sophie estornudó. Con un extraño movimiento, quiso recuperar la posición anterior, pero la roca en la que estaba parada se hundió y la hizo caer de espaldas. El barro salió disparado en distintas direcciones.
—¡Qué asco!
Traté de limpiarme agitando los brazos y puse su teléfono a salvo. Ella no paraba de carcajearse con aquel sonido de cerdito que dejaba salir cuando estaba en confianza. El agua fangosa le llegaba a la cintura y no mostraba ningún interés en levantarse.
—No seas tan delicada. Recuerda que jugábamos a hacer pasteles de barro.
—Y el barro no ha cambiado mucho desde entonces y siguen sin gustarme los pasteles —dije, controlando las ganas de vomitar.
Me acerqué y le ofrecí la mano. En vez de ponerse en pie, usó toda su fuerza para hacerme caer. Mi cara se hundió en el asqueroso fango. Me quedé pegada, sin poder moverme ni respirar. Su risa me taladraba los tímpanos cuando me incorporé sobre los codos. Cada célula de mi cuerpo gritaba venganza.
Fue así como comenzó la más épica batalla de barro que habíamos vivido jamás. Ya no éramos niñas, teníamos mejor puntería. Resultaba gracioso cuando una de las dos se resbalaba. Corrimos y nos reímos, intentando evitar los misiles de la otra. Me sentí de vuelta a la infancia, feliz, aunque tuviera barro metido hasta en las fosas nasales.
Nos detuvimos cuando la alarma que marcaba las seis de la tarde sonó y supe que mis padres llegarían en cualquier momento.
—¡Qué mal perder tienes! —Intentó salpicarme cuando alcancé la manguera instalada en la parte trasera de la casa—. Tu madre no nos va a regañar.
—Iba ganando, pero ya me he cansado de tragar barro. —Escupí varias veces antes de dispararle agua limpia y hacerla gritar—. Es tu culpa si me muero de una infección.
Me limpié con el chorro de agua directo a la cara, temblando de frío. Agité la cabeza y di un par de saltos en el sitio para deshacerme de la suciedad. Cuando abrí los ojos, estuve a punto de caer hacia atrás.
Había un chico a unos tres metros. Iba vestido de negro y llevaba una sudadera. Tenía una mano metida en el bolsillo del ajustado pantalón y con la otra, a la altura del pecho, jugueteaba con una manzana verde. Me pareció inquietante la manera en que me miraba.
—Tú debes de ser Nikolai. —No pude despegar los ojos del recién llegado a pesar de la declaración de Sophie—. Tu hermano me habló de ti, vamos a clase juntos.
Nikolai le dio una ojeada a mi amiga; estaba unos metros por detrás de mí, cubierta de barro. Ni siquiera hizo el intento de saludar. Cuando volví a tener su atención, las palabras salieron de mi boca sin que pudiera medirlas:
—¿Qué miras?
Me recorrió el cuerpo de arriba abajo. Mostró una deslumbrante media sonrisa y sus ojos brillaron, cargados de diversión.
—Admiro la vista —dijo, señalándome con la manzana antes de darle un mordisco y girar sobre sus pies.
No pude dejar de mirar su alta figura mientras se alejaba.
—Qué tipo tan raro —dijo Sophie, a mi lado, inspeccionándome de la misma manera—. ¡Oh! Ya veo a lo que se refería —agregó, con los ojos clavados en mi torso.
La fina camiseta blanca se me pegaba al cuerpo como una segunda piel. No llevaba sujetador y era lo mismo que estar desnuda. La bilis me quemó la garganta cuando miré al lugar por donde había desaparecido mi nuevo vecino.
«¡Maldito idiota!».
Capítulo 3
Los Bakker habían regresado a Soleil.
Una sobrina nieta del dueño había heredado la propiedad. Ella, a diferencia del resto de su familia, había decidido mudarse a la emblemática casa.
«¿Quién deja Prakt para vivir en un agujero en medio del continente?».
Mamá se moría por presentarse con su famoso pastel de chocolate. La pequeña Emma daba saltos por la sala de estar. Papá era el único racional, porque yo no podía serlo cuando ya odiaba a uno de los hermanos, y las convenció de lo inapropiado que era irrumpir de aquella manera. Los vecinos llevaban días en el pueblo y la casa no estaba en condiciones.
No tenía claro cómo la ocuparían. Recordaba los escombros, las goteras y barandillas rotas. Además, antes de tener alarmas, en noches de fiestas clandestinas, algunos grupos de vándalos se habían metido a pintar las paredes y romper lo que encontraran.
Debían de tener mucho dinero si pensaban restaurarla, y no me sorprendía. El apellido Bakker era sinónimo de millones. Habría dado lo que fuera por nacer con ese apellido, los envidiaba. Al menos a algunos miembros de la familia.
«Admiro la vista».
La frase del supuesto Nikolai no me dejaba en paz. No saludó ni se presentó. Era un maleducado al que solo le interesó decir que se me veían las tetas.
Me pasé el fin de semana observando por la ventana del segundo piso cada vez que subía o bajaba la escalera. Ni una vez había captado movimiento en la casa. Nada de luces encendidas, nadie en la azotea ni el idiota misterioso husmeando por los alrededores.
El lunes, al entrar al instituto, el apellido Bakker estaba hasta en las papeleras de reciclaje. Había historias de todo tipo y cada una era más irreal que la anterior. Lo único seguro era que los hermanos estaban en el último curso, que uno compartía clase de Arte con Sophie y que vivían en la mansión.
Durante el cambio de clase, yo estaba en el pasillo central, rodeada de las mismas habladurías, sacando los libros de Filosofía de la taquilla. Al cerrarla, me encontré a la persona que menos quería ver.
—Hola —dijo Charles.
El pelo negro, más largo que el día en que habíamos roto, le caía por la frente. Sus ojos verdes esperaban una reacción. Le vi un chupetón en el cuello, que intentaba ocultar con la chaqueta del equipo de fútbol.
—No me has saludado desde el principio de curso —añadió ante mi silencio.
Aguanté para no reírme en su cara.
—¿Por qué debería saludarte?
Me apoyé sobre la taquilla. No pensaba caminar con él. Ya era bastante que la gente nos observara sin disimulo al pasar por nuestro lado.
—Salimos seis meses. Es normal que nos saludemos después de las vacaciones.
—Salimos —recalqué—. Tiempo pasado.
—¿Significa que no podemos ser amigos?
—¿Desde cuándo te importa tener amigas? —Levanté el índice antes de que pudiera contestar—. Perdón, lo había olvidado. Te interesa desde que salías conmigo y eras amiguito de Victoria, ¿no es cierto?
—¿Sigues molesta por esa tontería?
—¿Tontería? —No podía creerme su desfachatez—. Los vieron en las gradas y confié en ti cuando me juraste que no había pasado nada entre ustedes.
—Sabes que en este pueblucho todos mienten —se defendió—. Solo estábamos hablando.
—Claro, ese día no pasó nada.
Apartó la vista.
—Lo que sucedió después es otra cosa.
—Otra cosa… —repetí—. Me parece que deberías buscar a tu otra cosa antes de meterte en problemas por hablar con tu ex en medio del pasillo.
Lo dejé atrás con un desagradable cosquilleo en la boca del estómago. No se dio por vencido y me siguió.
—Sí, tengo algo con Victoria, pero es reciente.
—No necesito que me lo cuentes, ya lo sabía. —Me dirigí a la derecha para subir la escalera—. Lo sé yo y todo Soleil.
—Eso no quiere decir que tengamos que odiarnos. Cuando terminamos, dijiste que podíamos ser amigos.
Frené en el segundo piso y aguanté la respiración.
—Tú y yo no terminamos —especifiqué—. Yo terminé contigo y en ningún momento quedamos en ser amigos. Para empezar, no lo éramos antes de ser novios.
—Está bien. Tú terminaste conmigo —dijo, pisándome los talones cuando reanudé la marcha—. Queda claro que no sentías nada. Ni siquiera ahora quieres tener la fiesta en paz porque nunca te importó nuestra relación.
Me detuve muy cerca del aula de Filosofía y lo encaré.
—Eso es chantaje emocional.
—Es la verdad. ¿Duele que la digan?
—No te dejé por eso.
—Lo hiciste porque no te importaba.
Contuve el temblor del labio para no demostrar que me dolía escuchar lo que decía.
—Terminamos porque según tú, si no me acostaba contigo, significaba que no sentía nada por ti.
—¡¿Qué querías que pensara?! —exclamó, mirando a los lados porque en su cabeza el argumento tenía validez—. Llevábamos seis meses juntos y te pasabas la mitad del tiempo estudiando, leyendo o con Sophie. Nunca me prestabas atención.
—¡Y tú solo me hablabas para pedirme que nos acostáramos! —espeté—. ¿Tienes idea de cómo me hacía sentir eso?
—Me tratabas como si fuera tu amigo y no teníamos nada de acción.
—Disculpa, Charles. Que te besuquees con tus amigas no significa que el resto lo haga —aclaré, reuniendo valor y enderezando la espalda—. Eras mi novio y, si no me acostaba contigo, era…
—Porque no te gustaba y quién sabe qué hacías por ahí.
Quise escupirle lo que se merecía, descargar lo que había acumulado durante dos meses, pero vi que la señorita Morel se acercaba por el pasillo y no iba a montar un escándalo mayor.
—Esta conversación está de más. —Reuní paciencia y fingí relajarme—. Yo quería no andar con un imbécil y tú querías follar. Los dos obtuvimos lo que deseábamos.
Me dejé arrastrar por el último impulso y le pellizqué el chupetón que llevaba en el cuello. Charles pegó un grito y pude darle la espalda para dirigirme al aula.
Debería haber fingido que podíamos ser amigos y no dejarme llevar por las emociones. Como siempre, las buenas ideas llegaban después de la tormenta.
Me sentía traicionada y estúpida. El recuerdo del día en que se había molestado cuando no quise llegar hasta el final todavía me atormentaba. Por su culpa me sentí menos, un fenómeno que no era capaz de tener vida sexual como el resto de los adolescentes. Por su culpa solo tuve más miedo a esa primera vez.
La señorita Morel entró al aula, los pupitres sonaron mientras nos acomodábamos. Respiré para alejar a Charles de mi cabeza y saqué un cuaderno para tomar notas. Se me resbaló de la mano y terminó en el suelo cuando noté que la profesora no venía sola.
El chico que la acompañaba vestía una sudadera que reconocí. Iba de negro, tenía el pelo color cobre, despeinado y casual, con algunos mechones rebeldes. El maleducado misterioso, uno de los Bakker.
La profesora le indicó que se colocara frente a la clase. Era alto, le sacaba un buen tramo a la señorita Morel. Nuestras miradas jamás se encontraron y parecía cómodo al ser el centro de atención.
—Buen día, chicos —saludó la señorita Morel—. Les presento a su nuevo compañero: Nikolai Bakker. Lo han transferido de Prakt y espero que le den una calurosa acogida.
«Y se la darán», pensé.
A escasos metros, en un espacio bien iluminado y sin barro cubriéndome los ojos, capté lo que había pasado por alto el día que nos conocimos.
Tomó asiento al otro extremo del aula y tuve una privilegiada vista de su perfil. Tenía las cejas pobladas. Su nariz era fina y perfecta, en balance armonioso con su mentón y la línea cortante de su mandíbula. Si no hubiera llevado una sudadera ancha, podría haber pasado sin ningún problema por una divina escultura renacentista.
«Admiro la vista».
Recogí mi cuaderno e intenté concentrarme, no mirarlo y no recordar nuestro encuentro. Fue imposible. Al principio, lo hice con cuidado por si me pescaba, pero él no miraba a otro lugar que no fuera la profesora. Cuando levantó la mano, caí en la cuenta de que yo no tenía ni la menor idea del tema del que trataba la clase.
—Compártenos tu opinión, Nikolai —dijo la señorita Morel, satisfecha por la participación.
—Nika —corrigió con voz grave—. Me gusta que me llamen Nika.
El sonido de un lápiz al caer al suelo fue lo único que se escuchó.
—Dime tu opinión, Nika.
—No estoy de acuerdo con lo último que ha dicho. No creo que los hombres y las mujeres sean iguales.
—Dinos por qué —lo invitó la señorita Morel, que siempre nos alentaba a expresarnos con libertad.
Se incorporó en el asiento y apoyó los codos sobre la mesa.
—¿Se ha dado cuenta de la necesidad que tiene el ser humano por resaltar, por encontrar su identidad o crearla para sobresalir en la manada? Vivimos queriendo ser únicos por nuestro color de pelo, la ropa que escogemos, un tatuaje o nuestro gusto musical. —Se encogió de hombros—. Al mismo tiempo, vamos predicando ser iguales. Una extraña contradicción, ¿no le parece?
Hasta los del fondo del aula prestaban atención.
—Estamos batallando con nosotros mismos en todo momento. Como individuos, somos muy diferentes, pero entre hombres y mujeres el abismo se hace notar más. —Torció los labios—. Parece que hemos nacido en planetas distintos.
No fui la única que puso mala cara.
—Es una opinión —dijo la profesora con diplomacia—. ¿Nos darías un ejemplo que avale tu teoría?
Sonrió y me dio la impresión de que estaba esperando esa pregunta.
—El viernes pasado, estaba en mi nueva casa. —Tragué saliva ante lo que mi cuerpo identificó como una señal de peligro—. Desde el último piso, vi una lucha de barro entre dos chicas.
La mayoría de mis compañeros me miraron de reojo y sentí el calor subir a mi cara. No había una persona en Soleil que no supiera quién vivía junto a la mansión Bakker.
—Bajé por curiosidad y me encontré a la del pelo negro limpiándose el barro. Iba mojada de la cabeza a los pies y llevaba una camiseta blanca sin sujetador. Está claro que vi de ella todo lo que se podía ver de cintura para arriba.
Unas risas bajas llenaron el aula y creí que las orejas iban a estallarme. Las manos me sudaban y Nika mantenía aquel gesto impasible que divertía a mis compañeros.
—No lo considero un ejemplo —zanjó la profesora.
—Prometo que esto va a alguna parte —refutó con amabilidad—. A raíz de ese suceso, la chica de la que hablo —añadió, señalándome—, no me ha quitado los ojos de encima en toda la clase. —Se me fue el alma del cuerpo con otra ola de risas—. Para ella, puede que significara algo. No ha parado de pensar en ese momento, estará maquinando desde cómo llegué a Soleil hasta por qué estaba en su patio o si la espiaba. Somos muy distintos. Para ella fue relevante, para mí no. —Alzó las cejas y bajó la comisura de los labios—. Ni siquiera recuerdo cómo eran.
No podía moverme ni mirar a alguien que no fuera él.
—Razonamos distinto —continuó Nika—. Uno da más importancia a ciertos sucesos que el otro. Nuestros cerebros no funcionan de la misma manera. Biológicamente, no somos iguales y…
—Es un ejemplo poco ortodoxo y muy fuera de lugar —lo interrumpió la profesora, y el aula se sumió en el silencio—. Puede ahorrárselo la próxima vez, Nikolai, y…
—¿En eso te basas para decir que no somos iguales? —Me importó poco que me vieran roja y avergonzada—. ¿Será porque las mujeres le damos demasiada importancia a lo que nos sucede o porque los hombres tienen la capacidad innata de que no les importe nada mientras estén bien? —Destilé el veneno que cargaba por culpa de Charles y logré que Nika me mirara—. ¿Pensar menos te hace superior?
Se pasó la lengua por el labio.
—Eso no es lo que he dicho. —Las miradas pasaban de uno a otro, como en un partido de tenis—. No somos iguales, pero nunca he dicho que un hombre sea superior. No se me ha permitido decir que opino lo contrario.
Mis palabras desaparecieron antes de poder articularlas.
—Ustedes viven presas de emociones y luchas que un hombre desconoce. Saben cómo enfrentarse a sus demonios y convivir con ellos sin permitir que tomen el control porque son más capaces. Es la verdadera fortaleza lo que nos hace tan distintos.
»Pocos podrían vivir con lo que el mundo les ha hecho lidiar a las mujeres, empezando por el peso que la sociedad pone sobre sus hombros. Ustedes son más fuertes y lo son de la manera correcta —dijo sin parpadear—. Entonces, creo en la igualdad, pero no en que seamos iguales. Ni con siglos de evolución un hombre podrá llegar a la mitad de lo que es capaz una mujer.
Los suspiros de la clase me pillaron por sorpresa. Las chicas lo miraban embelesadas. Incluso la señorita Morel le dedicó una sonrisa indulgente antes de continuar.
Cerré la boca, que había dejado abierta sin darme cuenta. Todos habíamos caído en la trampa. Yo, en sus provocaciones; el resto, en su orquestado discurso para llamar la atención.
Miró al frente, fingiendo que atendía, que no notaba mi mirada, pero sus labios mostraron una curva maliciosa. No solo me avergonzó y quedó como un héroe, sino que después de eso, todas babearían por el perfecto Nika Bakker.
Capítulo 4
—¿Es cierto que lo hiciste con tu vecino después de un baño de barro?
Levanté la vista y encontré la divertida expresión de Dax. No había que ser un genio para saber que en el instituto no paraban de comentar sobre el enfrentamiento que había tenido con el idiota de Nika.
—¿Es lo más ingenioso que se han inventado?
—Creo que hay una teoría que incluye un trío con Sophie.
Ocupó una de las sillas al otro lado de la mesa de la cafetería. El tiempo nos había hecho inmunes a los chismes. No nos creíamos nada hasta que uno de los tres lo confirmaba y era más divertido reírse de ellos que batallarlos.
—Parece que he recuperado mi… virginidad.
—¿La habías perdido?
Contuve la risa ante su exagerada expresión de horror.
—Cuando el director me vio con Charles en los vestuarios, propagaron el rumor de que estaba embarazada.
Asintió repetidas veces.
—Mamá casi muere del infarto cuando un paciente se lo contó, ¿recuerdas? La pobre, ya se veía siendo abuela.
—Pero es la segunda vez que la recuperas para perderla —señaló Dax—. A los dos meses de entrar al instituto, te caíste encima de Claude, el de último curso. Llevabas unos zapatos demasiado grandes. Después de eso, dijeron que la habías perdido.
—Cierto. —La primera mentira en la que me vi envuelta con trece años—. He tenido una vida salvaje.
—Tu situación actual es desvirgada —apuntó con tono experto.
—Hasta que la recupere y vuelva a perderla —dije, alzando las cejas para darle un toque teatral—. Me quedan meses, puedo caerme encima de cualquiera por los pasillos.
—Estoy convencido —corroboró, brindándome la mano para chocar palmas.
Aproveché el buen humor para darle un mordisco a mi hamburguesa. Tras el primer bocado, apareció Sophie acompañada de un chico y mi apetito desapreció: el otro miembro de la familia Bakker.
Se parecía al impostor de Nika. Tuvo que acercarse lo suficiente para notar las diferencias. La miopía estaba avanzando y debía conseguir lentillas nuevas.
Era casi tan alto como su hermano, tenía el pelo más oscuro y compartía los mismos rasgos proporcionados que me dejaron sin habla. Sus padres debían de haber llevado a cabo un ritual satánico durante su concepción.
Sophie estampó un beso en la mejilla de Dax.
—Saluden a Aksel Bakker —anunció.
El chico sonrió y mostró unos bonitos hoyuelos.
—Tú debes de ser mi nueva vecina —dijo con voz dulce.
—Eso parece —atiné a decir tras estrecharle la mano.
—Sophie me ha hablado mucho de ti.
—Mmm… No lo dudo.
Mi amiga no se mostró arrepentida por hablar a mis espaldas cuando la regañé con la mirada.
—Dice Soph que te gusta dibujar —comentó Dax para hacerlo sentir cómodo y parte del grupo.
—Y tiene mucho talento. Además, es bueno en Matemáticas —agregó ella, guiñándome un ojo al ocupar la silla que estaba a mi lado—. Podrá ayudarnos con los exámenes.
—¿Juegas al fútbol? —quiso saber Dax, inspeccionándolo como a una ficha coleccionable.
El pelinegro negó y frunció el ceño.
—Los deportes de contacto no son lo mío.
—Lástima. —Mi amigo entrecerró los ojos—. Nos falta un delantero en el equipo.
—No soy la persona indicada —aseguró.
Había algo hechizante en su manera de hablar, por trivial que fuera el intercambio con Dax, que seguía haciendo preguntas para crear conversación. Respondía con las palabras justas, cohibido, y de vez en cuando me miraba, como si me reconociera de algún lugar. Yo podía jurar que nunca nos habíamos visto.
—¿Comes con nosotros? —preguntó Sophie, y aproveché para quitarle los ojos de encima a mi nuevo vecino.
—Tengo que encontrar a mi hermano —se disculpó.
La mención me revolvió el estómago.
—Deberían unirse a nosotros —ofreció ella, y le di un pisotón por debajo de la mesa que la hizo protestar.
Los chicos la miraron y mi amiga alegó que había sido un calambre al ver la amenaza en mi rostro.
—A Nika no le gusta comer rodeado de personas —comentó Aksel—. Quizás otro día.
Se despidió y me dedicó una sonrisa que le marcó los hoyuelos.
Cuando desapareció, entre las protestas de Sophie por haberle ensuciado la zapatilla, conté lo que había sucedido y los dos tuvieron armas suficientes para burlarse de mí por el resto de la hora.
Nika era un niño rico, y al parecer aburrido, que disfrutaba poniendo a otros en ridículo. Traté de no darle vueltas al asunto. Tal y como había dicho, dediqué mucho tiempo a analizar el incidente con mi camiseta mojada. Resultaba irritante que lo dedujera sin conocerme.
A media tarde, la señorita Morel me localizó para que no me fuera del instituto sin verla. No me iba a escapar de una reprimenda después del espectáculo que había dado en su clase. Mi esperanza era que hiciera lo mismo con el idiota y que no decidiera juntarnos para firmar un tratado de paz.
Llamé dos veces a la puerta antes de escuchar que me invitaba pasar. La oficina estaba impecable y olía a las flores que descansaban sobre el escritorio. Una vez frente a ella, no supe cómo pedir disculpas.
—No estás aquí por lo que ha pasado —aclaró al ver que me retorcía las manos sobre el regazo.
Me tendió el formulario de solicitud para la universidad.
—El día que la llenaste estabas tan nerviosa que no pusiste todos tus datos. Además, quería que conversáramos porque esta semana me he encontrado con tu madre y…
—¡Dígame que no le ha contado lo de Contabilidad y Finanzas! —exclamé, exponiéndome sin necesidad de preguntas.
Su rostro se descompuso.
—¿Por qué no se lo has dicho? —preguntó—. Conozco a tus padres, Mia. No te obligan a estudiar Historia del Arte, no veo razón para no contarles que has cambiado de planes respecto a la universidad.
—No… No es eso.
La profesora no me dejaría ir sin explicarle lo que sucedía y me di por vencida.
—Quiero estudiar Finanzas porque así tendré un empleo seguro en Prakt —confesé, librándome del peso que llevaba encima—. No planeo regresar a Soleil y todavía no les he dicho nada.
—Mia, siempre has estado muy segura de tu vocación —se lamentó—. Eres de las pocas en tu curso que no me ha dado problemas.
—Pero no me servirá de nada estudiarlo.
—Porque dejar Soleil es tu prioridad, no estudiar lo que te gusta.
Sonaba estúpido cuando se decía de tal forma, pero no lo era.
—Si le preocupa que mis padres no lo sepan, se lo diré esta semana —aseguré, llenándome de valor, aunque no tenía idea de cómo hacerlo—. Completo el formulario y fingimos que no ha pasado nada.
Impidió que alcanzara la hoja.
—Este es un momento decisivo y eres una chica inteligente —dijo con tono maternal—. Estás pensando en el futuro y lo celebro. Sin embargo, la vida nunca llega a ser como imaginamos.
Sondeé la habitación con la mirada.
—¿Usted no planeó trabajar aquí? ¿No quería ser profesora?
—No voy a decir lo que planeé a tu edad, no sería ético. —Me sonrió—. Necesito que entiendas lo que vale mirar atrás y saber que hemos sido felices en el camino. Tomarás tus decisiones y cometerás errores, pero considéralo, hazlo con calma. Puedes solicitar el ingreso en ambas universidades —dijo, mostrándome un formulario en blanco—. Si durante el curso cambias de opinión, podrías lamentar la decisión que tomes ahora.
Entrelacé los dedos de las manos por debajo de la mesa y las apreté tan fuerte que me dolieron.
—Agradezco su ayuda, señorita Morel —dije con toda la calma que pude reunir—, pero ya tomé una decisión.
Mis dedos estaban a punto de tocar la hoja a medio llenar cuando un par de toques contra la puerta me sobresaltaron. La profesora se levantó para atender a la persona que estuviera al otro lado y le pidió que esperara unos minutos.
El tiempo que le tomó volver a su lugar fue suficiente para que mis ojos pasaran demasiadas veces de una hoja a otra. Las dudas volvieron y me rendí. Rellené el formulario en blanco, solicité plaza en las dos universidades bajo la orgullosa mirada de mi consejera escolar.
Tenía diez meses más para pensarlo.
•••
La señorita Morel prometió no contarle a nadie sobre mi doble solicitud universitaria o mis ganas de salir huyendo de Soleil. Compartir lo que me había hecho sentir culpable durante meses alivió la tensión. Me centré en aprovechar el tiempo libre antes de que llegaran los programas de estudio para los exámenes de ingreso y tuviera que centrarme en obtener la máxima nota en unas asignaturas tan distintas.
En el instituto, hubo rumores sobre mí durante unos días, pero todo giraba en torno a los Bakker y no sentí las consecuencias. Antes de que me diera cuenta, era viernes y estaba en mi sala de estar con Sophie, comiendo patatas fritas y viendo dibujos animados. Emma se entretenía dibujando, con el suelo lleno de hojas y lápices de colores.
—Dame tus pies —pidió mi amiga, decidiendo que ya era hora de pintarme las uñas.
Me acosté para que se entretuviera y Emma alzó la vista.
—¿Quieres ver mi dibujo? —preguntó, siempre hambrienta de halagos.
Me acomodé para que pudiera sentarse en el borde del sofá. Era muy delgada a sus doce años y, como yo, no había heredado la estatura de papá, no de momento. Su cara era perfecta y ovalada, el pelo color miel le hacía juego con los ojos.
Me puso el dibujo delante de la cara y tuve que alejarlo para entender que había pintado el paisaje que se veía desde la ventana principal de nuestro salón. La técnica con lápices de color era buena para su edad.
—He tenido que hacerlo de nuevo —confesó—. La profesora ha dicho que el de clase era horrendo. —Recogió un dibujo del suelo—. También es la vista de nuestra ventana.
El que venía de su clase de Arte era un espectáculo colorido, con flores flotantes, el horizonte torcido y el sol en medio del cielo, que seguía movimientos antinaturales con matices azules y líneas que me recordaron a las obras de Van Gogh.
—¿Qué ha dicho la maestra?
—Que esto no era dibujar —contestó, moviendo el dibujo alocado—, que viera el paisaje y usara los colores reales.
Le frustraba hacer algo mal.
Miré los dibujos. Encontré libertad y ganas en uno, técnica y monotonía en otro. La escuela y sus métodos cuadrados de enseñanza nunca dejarían de sorprenderme.
—¿Sabes que hace mucho se medía a los artistas por lo reales que se vieran sus obras? —Arrugó la nariz sin entender a dónde me dirigía—. Mientras mejor copiaran los colores y las formas, más aclamados eran, pero se aburrieron de hacer siempre lo mismo. Necesitaban más, querían comunicar algo con su obra, poner palabras detrás de los colores. La manera de hacerlo era rebelarse contra las medidas perfectas, las proporciones y la realidad.
—Pero eso está mal.
—¿Quién decide lo que está bien o mal a la hora de crear? —Emma seguía siendo fácil de conmover—. Monet, Matisse, Picasso, Braque y Kandinsky le dijeron adiós a la academia y dejaron atrás lo que les enseñaron.
—Pero ¿no los miraron mal?
—Los llamaron locos…, salvajes, les fauves —sentencié, haciéndole cosquillas—, pero hoy todos conocen sus nombres y sus obra
