
LILY CALLOWAY
De todos los días del mes, me encuentro en un atasco hoy, que es el día más importante para mí. Intento no molestar demasiado a Nola preguntándole por la hora de llegada aproximada a la casa en la que vivo con Rose. En lugar de eso, me retuerzo ansiosa en el asiento de cuero y le mando un mensaje a mi hermana.
¿Ha llegado ya?
Por favor, dime que no, dime que no me he perdido el momento de su regreso. Se suponía que tenía que esperarlo en el porche blanco de nuestra recóndita casa de Princeton, Nueva Jersey, con sus hectáreas de tierra fértil, su piscina azul cristalino y las contraventanas negras. Lo único que le falta es una valla de madera. Se suponía que tenía que enseñarle el salón acogedor y la cocina de granito, y luego llevarlo a la planta superior para enseñarle el dormitorio. Él no se quedará en ninguna de las habitaciones de invitados. No: se instalará conmigo por primera vez.
Quizá nos resulte incómodo compartir una cama y un baño día y noche, cohabitar más allá de en la cocina. Nuestra relación será cien por cien real y no habrá copas de bourbon ni whisky. Podré decirle: «No hagas eso», y él podrá cogerme de las muñecas para que no llegue al clímax de forma compulsiva hasta caer dormida.
Tendremos que ayudarnos el uno al otro.
Eso es lo que hemos planeado los últimos tres meses. Y si no estoy ahí para darle la bienvenida…, ya habré metido la pata de algún modo. Después de estar físicamente separados tres meses enteros, creí que al menos podría hacer esto bien. Que estaría para celebrar su regreso del centro de desintoxicación. Además de desear desesperadamente tocarlo, que me estreche entre sus brazos, siento el peso de la culpa. «Por favor, que llegue tarde igual que yo», pienso una y otra vez.
Me llega un mensaje. Lo abro con un nudo en el estómago.
ROSE
Está deshaciendo las maletas.
Se me ensombrece el rostro. Tengo un nudo en la garganta. Imagino su expresión al abrir la puerta del coche, esperando a que lo envolviera entre mis brazos y empezara a sollozar contra su hombro de la emoción, y ver que yo no estaba.
¿Se ha enfadado?
Me muerdo las uñas. El dedo meñique me ha empezado a sangrar. Por culpa de esta costumbre, llevo noventa días con los dedos hechos un asco.
ROSE
Creo que no. ¿Cuánto vas a tardar?
Debe de odiar estar a solas con Lo. No se llevan bien desde que decidí pasar más tiempo con él que con ella, pero, aun así, ha permitido que venga a vivir con nosotras.
Después de contestar a mi hermana, busco a Lo entre mis contactos. Dudo, pero al final le escribo:
Lo siento mucho. Llegaré dentro de poco.
Cinco minutos pasan lentamente y sigo sin recibir una respuesta. Me estoy retorciendo tanto en el asiento que Nola me ha preguntado si necesitaba parar en algún sitio para que fuese al baño. Le digo que no. Estoy tan nerviosa que, de todos modos, no me funcionaría bien la vejiga.
Entonces me vibra el teléfono y casi se me sale el corazón por la boca.
LO
¿Cómo ha ido el médico?
Supongo que Rose le ha dicho cuál era la razón de mi ausencia. Concerté esta visita con la ginecóloga hace cuatro meses porque tiene la agenda llenísima, y la habría cancelado si me hubiera parecido posible conseguir otra dentro de poco tiempo, pero lo dudaba mucho. Y tampoco ha ayudado que mi ginecóloga tenga la consulta en Filadelfia, cerca de la Universidad de Pensilvania, y no cerca de Princeton, donde vivo ahora. Volver en coche se ha comido todo mi tiempo.
He tenido que esperar una hora, más o menos. Iba con retraso.
Tras unos instantes me llega un nuevo mensaje.
LO
Pero ¿va todo bien?
Ah, me estaba preguntando por eso. Estaba tan obsesionada con haberme perdido su regreso que no se me había ocurrido que estuviera preocupado por mí.
Contesto:
Sí, está perfecta.
Me estremezco mientras me pregunto si habrá sido una respuesta rara. Le he dicho que mi vagina está perfecta, lo que no es muy normal.
LO
Nos vemos enseguida.
Por mensaje siempre ha sido parco en palabras, pero ahora mismo lo maldigo por ello. Cada vez estoy más paranoica y la presión que siento en el pecho no remite. Me cojo de la manija, a punto de sacar la cabeza por la ventanilla para vomitar. Sí, soy consciente de que es un poco dramático, pero dada nuestra situación (él es un exalcohólico y yo una adicta al sexo que todavía lidia con su adicción), somos cualquier cosa menos corrientes.
Han pasado noventa días en los que he sido fiel a Lo. He ido a terapia. Sin embargo, el sexo aún tiene la capacidad de hacerme sentir mejor, de ocultar otras emociones y llenar un profundo vacío en mi interior. Estoy intentando buscar el modo de tener una vida sexual sana, en lugar de esas compulsiones en plan «tengo que follar cada día». Todavía me siento incómoda cuando hablo del tema, pero al menos he avanzado, igual que Lo en el centro de desintoxicación.
La mente me da vueltas y más vueltas hasta que Nola llega a la puerta de casa. Entonces todos mis pensamientos pasan a otra dimensión: abstraída, le doy las gracias y salgo del coche. La casa de tres plantas está enmarcada por hortensias violetas, hay mecedoras en el porche y una bandera de Estados Unidos colgada de una barra de metal al lado de un sauce llorón.
Intento respirar la quietud y enterrar mi ansiedad, pero acabo por atragantarme con el polen primaveral y empiezo a toser contra mi antebrazo. ¿Por qué la estación más bonita tiene que ser también la más fastidiosa?
No debería quedarme plantada y vacilante en el patio delantero. Debería entrar corriendo y tocar por fin al hombre que puebla todas mis fantasías. Sin embargo, me pregunto si ahora, de cerca, me parecerá distinto. Me preocupa que nos sintamos incómodos después de haber estado separados tanto tiempo. ¿Encajaremos igual que antes? ¿Me sentiré igual cuando esté entre sus brazos? ¿O se habrá abierto entre nosotros una distancia insalvable?
Aúno el coraje suficiente para continuar. La puerta se abre en cuanto llego al porche. Me quedo paralizada en el último escalón y contemplo la puerta de dentro, que se abre hacia el interior de la casa. Y entonces sale él, con unos tejanos oscuros, una camiseta negra y el colgante en forma de flecha que le regalé cuando cumplió veintiún años.
Abro la boca para decir algo, pero no puedo evitar que mis ojos recorran cada centímetro de él: su corte de pelo, más largo por arriba y corto por los lados; sus pómulos marcados, que le confieren un aspecto letal y guapísimo; la forma como levanta una mano y se frota los labios, como si estuviese deseando acariciar los míos... Él recorre mi cuerpo con la misma impaciencia, y luego ladea la cabeza y nuestras miradas se encuentran por fin.
—Hola —saluda y esboza una sonrisa que me deja sin respiración. Su pecho sube y baja pesadamente, casi en sincronía con el mío, que respira de forma errática.
—Hola —susurro. Todavía nos separa una larga distancia. Me recuerda al día que se fue al centro. Dar un paso y reducir el espacio que nos separa se me antoja tan difícil como trepar por una pared. Necesitaría que él me ayudara a llegar a la cima.
Avanza hacia mí y la tensión se parte en dos. Un sinfín de sensaciones estallan en mi estómago. Lo quiero tanto… Lo he añorado tanto… He sentido, durante tres meses, el dolor de estar lejos de mi mejor amigo a la vez que intentaba luchar contra mis compulsiones. Lo necesitaba; necesitaba que me dijera que todo iba a ir bien.
Lo necesitaba a mi lado, pero jamás habría podido sacarlo del centro de desintoxicación para sentirme mejor yo, no si eso perjudicaba su recuperación. Quiero que Lo esté sano por encima de todo. Y quiero que sea feliz.
—He vuelto —murmura.
Intento contener las lágrimas, pero se deslizan desde las comisuras de mis ojos. Debería ser yo la que saliera por la puerta para recibirlo y él debería estar esperando en las escaleras del porche. ¿Por qué nos sale todo al revés?
—Lo siento —me disculpo mientras me seco los ojos despacio—. Debería haber llegado hace una hora…
Él niega con la cabeza y frunce el ceño, como diciéndome: «No te preocupes por eso».
Lo miro de nuevo y asiento con un poco más de seguridad.
—Tienes buen aspecto. —No se ve que está sobrio exactamente. No ha perdido esa mirada, esa que parece besarme el alma y atraparme a la vez. Pero no se le ve ni débil ni macilento ni marchito. Es más, está más musculoso que antes, la forma de sus bíceps es perfecta. Y gracias a cierta sesión de Skype que tuvimos hace un tiempo, sé que tiene el resto del cuerpo igual que los brazos.
Espero a que me diga que yo también tengo buen aspecto, pero entonces me observa de nuevo y veo que se le hunde le pecho y el rostro se le deforma de dolor.
Parpadeo.
—¿Qué pasa? —Me miro. Llevo unos tejanos y una camiseta ancha de cuello de pico, nada fuera de lo normal. Me pregunto si me habré manchado los pantalones de café o algo así, pero no veo lo mismo que está viendo él.
Sin embargo, en lugar de decirme lo que le preocupa, se inclina hacia delante con el ceño tan fruncido que me asusta. ¿Qué he hecho mal? Retrocedo, una reacción que jamás habría previsto para el día de hoy. Casi me caigo por las escaleras, pero entonces me rodea la cintura con el brazo y me atrae hacia su pecho, salvándome de darme un porrazo en el césped. Atrapada por su calor, me aferro a sus brazos; me da miedo soltarme. Me mira con intensidad y luego baja la vista a mis brazos… A mis manos. Me aparta la que tengo sobre su brazo y me acaricia los dedos con los suyos, dejándome sin respiración. Alza mi mano y luego mi codo, para que me vea el brazo.
Se me cae el alma a los pies. Ahora entiendo su confusión y su dolor.
—¿Qué coño es esto, Lil?
Ayer me arañé el brazo en mi última sesión de terapia y tengo una marca roja que supongo que cicatrizará mañana. Conseguí hacerme daño, aunque llevara las uñas mordidas y asquerosas. Lo las inspecciona y arruga la nariz para reprimir sus emociones.
—Estoy bien. Es que… ayer estaba muy nerviosa. La terapia me resultó más difícil de lo habitual. Volvías a casa y… —No quiero hablar de esto ahora. Quiero que me abrace, quiero que nuestro reencuentro sea épico, digno de El diario de Noah. Y por culpa de mi estúpida ansiedad y mis malos hábitos he estropeado el momento perfecto que había imaginado. Quito la mano y le acaricio la cara para intentar que deje de pensar en mis problemas—. Estoy bien.
No parecen palabras muy sinceras. Lo cierto es que no estoy del todo bien. Los últimos tres meses han sido una prueba en la que podría haber fracasado fácilmente. En algunas ocasiones, he pensado que rendirse era mejor que luchar. Pero lo he logrado. Estoy aquí.
Y Lo también.
Es lo único que importa.
De pronto, desliza los brazos por mi espalda y amolda mi cuerpo al suyo. Me roza la oreja con los labios y me estremezco.
—Por favor, no me mientas —susurra.
Me quedo boquiabierta.
—Yo no… —Pero no consigo terminar la frase porque las lágrimas empiezan a acumularse en mis ojos y a deslizarse, ardientes, por mis mejillas. Me aferro a sus hombros y lo abrazo con más fuerza, temerosa de que se aparte de mí y me deje en el porche, rota—. Lo siento —le digo con la voz rota—. No te vayas…
Se aparta un poco y yo me abrazo a él aún con más fuerza, asustada, desesperada. Él es mi salvavidas, no tengo palabras para describirlo. Dependo más de él de lo que ninguna chica debería depender de un chico, pero siempre ha sido el pilar de mi vida. Sin él, me derrumbaré.
—Eh. —Me coge la cara con ambas manos y sus ojos llorosos me devuelven a la realidad, al hecho de que siente mi dolor tanto como yo el suyo. Ese es el problema. Sufrimos tanto el uno por el otro que nos resulta casi imposible decirnos que no. Es duro arrebatarnos el vicio que apagará la agonía del día—. Estoy aquí. —Una lágrima muda cae por su mejilla—. Venceremos esto juntos.
Sí.
—¿Puedes besarme? —Me pregunto si estará permitido. Mi terapeuta me dio un sobre blanco que contenía mis límites sexuales, lo que me está permitido y lo que no. Me recomendó que no lo leyera y que se lo diera a Lo. Como mi objetivo es tener una vida íntima, y no el celibato, he de cederle a él el control en la cama. Él establecerá unas guías y unas normas y me dirá cuándo parar.
Ayer le entregué el sobre a Rose y le pedí que se lo diera a Lo, por si yo me acobardaba. Teniendo en cuenta lo mucho que se ha preocupado por mi proceso de recuperación, estoy segura de que es lo primero que ha hecho en cuanto Lo ha cruzado el umbral.
No tengo ni idea de cuántas veces puedo besarle, ni de cuántas veces puedo llegar al clímax, ni de si tengo permiso para tener relaciones sexuales fuera del dormitorio. El sexo y los preliminares son para mí algo tan compulsivo que deben marcarme límites, aunque respetarlos será lo más difícil del proceso.
Me seca las lágrimas con el pulgar y espero su respuesta con la mirada fija en esos labios que deseo besar hasta que se hinchen, hasta que le duelan. Agacha la cabeza, inclinándose hacia mí, y siento cómo me clava los dedos en las caderas, me pierdo en la dureza de su cuerpo. Necesito que recorra la poca distancia que nos separa. Necesito que me llene.
Pego mi boca a la suya, esperando que me levante por la cintura, que me meta la lengua en la boca y me estampe contra la pared.
Pero no cede a mis deseos.
Retrocede e interrumpe el beso en cuestión de segundos. Se me cae el alma a los pies. Lo casi nunca me negaba nada en el sexo. Participaba de mis deseos hasta que yo estaba mojada y anhelante. Me doy cuenta de lo mucho que van a cambiar las cosas.
—Con mis condiciones —susurra con voz ronca y sensual.
Pero a mí ya me palpita todo el cuerpo solo por tenerlo cerca.
—Por favor... —le suplico—. Hace tanto que no te toco…
Quiero recorrerle todo el cuerpo con las manos, quiero que me penetre hasta que me haga gritar. Lo imagino una y otra vez, me torturo con esos pensamientos carnales. Sin embargo, también quiero ser fuerte y no lanzarme a sus brazos como si no fuera más que un cuerpo al que he echado de menos. Él significa mucho más que eso para mí. ¿Le habré hecho daño al insistir en besarlo? ¿Lo verá como una mala señal?
—Lo siento —me disculpo—. No es que te quiera para el sexo… Es decir, sí, quiero sexo, pero te quiero porque te he echado de menos… Y porque te amo, y te necesito… —Niego con la cabeza. Sueno estúpida y desesperada.
—Lil…, relájate, ¿vale? —Me pone un mechón de pelo detrás de la oreja—. ¿Crees que no sé lo duro que es esto para ti? Sabía que tendríamos que enfrentarnos a esto. —Me mira los labios—. Sabía que querrías besarme y que te lo hiciera rápido y duro… Pero eso no va a pasar hoy.
Asiento enseguida. Odio esas palabras, pero intento aceptarlas. Las lágrimas empiezan a brotar de forma incontrolable porque tengo miedo de no ser capaz de resistirme a mis compulsiones. Pensaba que estar lejos de Lo sería lo más difícil, pero, de repente, aprender a construir una relación sana e íntima con él se me antoja imposible. Es un hombre del que quiero aprovecharme cada minuto de cada día. Si no estoy follando con él, fantaseo con hacerlo. ¿Cómo voy a parar?
Su respiración se agita, como si mis lágrimas le hicieran daño. Tengo el estómago en un puño. Estoy destrozada por la culpa, la vergüenza y la desesperación.
Me clava los dedos con más fuerza en el costado, como si quisiera recordarme que está aquí, tocándome.
—Lo que sí que va a pasar —anuncia en voz baja— es que voy a cruzar ese umbral contigo en brazos. Que voy a alargar cada momento hasta que estés exhausta, y que me voy a mover tan despacio que te parecerá que hace tres meses fue ayer. Y mañana te parecerá hoy, y no habrá nadie en este puto universo capaz de pronunciar tu nombre sin pronunciar también el mío.
Y entonces me besa con tanta urgencia y tanta pasión que se me colapsan los pulmones. Me mete la lengua en la boca con suavidad y saboreo cada uno de sus movimientos. Me agarra el pelo de la nuca y tira de él, estimulando todas mis terminaciones nerviosas.
Me agarra del culo y me levanta sin esfuerzo. Le rodeo la cintura con las piernas y me aprieto con fuerza contra él. Me lleva al interior de la casa, tal y como me ha prometido, y yo engancho los brazos debajo de los suyos y apoyo la mejilla en su pecho firme para escuchar los latidos erráticos de su corazón. Estamos muy cerca, pero aún quiero estarlo más. Se me corta la respiración solo de pensarlo.
Me da un beso en la cabeza y me lleva a mi cuarto, que está en el segundo piso. Bueno…, nuestro cuarto. La cortina del dosel está apartada y el edredón blanco y negro y las sábanas rojas quedan al descubierto. Lo me deja sobre la cama y yo alargo una mano para agarrarlo de la camiseta y tirar de él hacia mí, pero da un paso atrás y niega con la cabeza.
«Despacio», recuerdo. Está bien.
Me apoyo en los codos; tengo las piernas colgando por el borde de la cama. Él se queda de pie ante mí.
—Soy tuyo. Siempre seré tuyo, Lily. Pero ha llegado la hora de que lo digas tú.
Me siento y lo recorro con la mirada. Nunca, en toda nuestra vida, me ha dicho que yo sea suya. Nunca se ha adueñado de mí como yo de él. Siempre me lo ha dado todo. Y comprendo que ahora me toca a mí arreglarlo y dárselo todo a él.
—Soy tuya —susurro.
Casi sonríe.
—Te creeré cuando lo vea.
Lo miro con los ojos entornados.
—Entonces ¿por qué me has pedido que lo diga?
Se inclina hacia delante; sus labios están muy cerca de los míos. Coloca las palmas de las manos a ambos lados de mi cuerpo, obligándome a retroceder. No sé si besarlo. Creo que me está poniendo a prueba.
—Porque adoro esas palabras.
Entreabro la boca. «Bésame», suplico en silencio.
—Soy tuya —repito en voz baja.
Me mira a los ojos, vigilándome, estirando los segundos. El punto que hay entre mis piernas lo ansía. Quiero sentir el peso de su cuerpo, quiero que se meza contra mí, que pronuncie mi nombre una y otra vez.
«Bésame».
—Soy tuya —insisto con la voz rota y los ojos muy abiertos, expectante.
Y entonces me atrapa el labio inferior, lo muerde, juguetón, y luego clava su pelvis en la mía. Levanto las caderas para unirme a él y me lo permite. Luego se quita la camiseta y la tira al suelo, pero, antes de que pueda acariciarle el pecho firme y musculoso, enreda los dedos con los míos. Al mismo tiempo, coloca una rodilla en el colchón y me desplaza hacia arriba, para que descanse la cabeza sobre la almohada.
Se sube encima de mí sin soltarme las manos. Luego me estira los brazos por encima de la cabeza, de forma que nuestros nudillos chocan con el cabezal. Su cuerpo ya no está amoldado al mío, sino que se cierne sobre mí. Me retuerzo en esa distancia que detesto; el corazón me late desbocado, ansía estar más cerca de él.
—Lo… —No lo soporto más. Arqueo la espalda para encontrarme de nuevo con su cuerpo, pero él ladea la cabeza a modo de advertencia.
Me quedo quieta. Dejo que tome el control; he de ir despacio. Acerca sus labios a los míos, pero no me besa. Mantiene esa distancia mientras me desabrocha los tejanos con una mano y, con la otra, se lleva la palma de mi mano a la bragueta.
¡Sí!
Tardo solo unos segundos en desabrocharle el botón y bajarle la cremallera, un gesto familiar. Meneo las caderas para deshacerme de mis pantalones mientras él me quita la camiseta, dejándome desnuda, salvo por mi conjunto negro de encaje. Al fin y al cabo, sabía que hoy volvía a casa.
Embriagado, se pierde en las curvas de mi cuerpo mientras se quita la última prenda de ropa.
—Mírame —me pide con voz ronca.
Tengo los ojos fijos sobre el bulto de sus calzoncillos.
—Ya te estoy mirando —murmuro. Técnicamente, es una parte de su anatomía.
—A los ojos, mi amor, no a la polla —dice, y se oye la sonrisa en su voz.
Levanto la vista y él se quita los calzoncillos. Casi pierdo la cabeza al ver cómo me mira. Trago saliva; no puedo evitar echar un vistazo. Dios mío, lo necesito ya. Está duro y tan ansioso como yo, pero tiene la capacidad de contenerse.
Yo no.
Podría aprovecharse fácilmente de mis ganas. La mayoría de los chicos lo haría. Sin embargo, para ayudarme, debe controlar tanto mi paciencia como mis compulsiones, y así seguirá siendo, porque mi adicción no es solo cosa de uno, como la suya. Necesito su cuerpo para satisfacer estos deseos tan insanos.
Así que, en algún momento, tendrá que decir que se acabó. Pero espero que quede mucho para eso.
Se inclina de nuevo hacia delante y, con los labios, empieza a trazar un camino desde mi cuello hasta mi ombligo, lamiéndome, mordisqueándome… y provocándome. Me aferro a su espalda y contengo un gemido en lo más profundo de la garganta.
Me da un beso en el hueso de la cadera y me quita las bragas con cuidado. El frío me azota en los puntos más sensibles. Espero que me caliente con los labios, pero se quita de encima, me desabrocha el sujetador y me baja los tirantes muy muy despacio. Sus suaves caricias juegan con mis nervios y con mi cordura. Recorre un pecho y otro con la lengua y luego me la vuelve a meter en la boca, y es entonces cuando me rodea con los brazos y me alza mientras me abraza con fuerza, cuando mis pechos se mezclan con sus músculos y mis brazos y mis piernas casi se enredan en él. Le rodeo la cintura con las piernas, ansiosa por descender sobre su miembro, pero él me sostiene con fuerza y no me lo permite.
—Siéntate sobre tus talones —me ordena.
—Pero...
Me da un beso suave, y otro, enjugándome las lágrimas, aunque yo intento lograr uno más violento.
—Siéntate sobre tus talones, Lil, o lo haré yo por ti.
Eso me gusta más. Al ver que me brillan los ojos, me coge de la pierna derecha y me dobla la rodilla de forma que el talón me queda justo debajo del culo. Mientras hace lo mismo con la izquierda, me acaricia el muslo con una mano y sube hasta el culo. Ay, madre…
Ahora estoy sentada sobre mis talones intentando no correrme antes de que me penetre. ¿Y si la terapeuta ha escrito que solo puedo llegar al clímax una vez? Además de sonarme a tortura, tenía la esperanza de acostarme hoy con Lo. No pienso estropearlo volviéndome loca con los preliminares.
Sigo sentada recta; su cuerpo no se ha separado del mío. Su corazón late contra mi pecho. Me acaricia la cara y dice:
—Respira. No te olvides de respirar.
Y entonces, con una tranquilidad medida, me apoya en el edredón y empieza a penetrarme despacio. En esta postura, llega tan profundo que chillo y me cojo de su hombro para sostenerme.
Apoya la frente cerca de la mía y me alza la barbilla para besarme con violencia, tal y como me gusta, mientras empieza a moverse a una velocidad agónicamente lenta. Sus movimientos imitan el ritmo de nuestra respiración. Le rozo los labios con la boca entreabierta mientras él se clava más y más en mí. Gimoteo, ya con los dedos de los pies enroscados, con la cabeza flotando en algún lugar lejos de mi cuerpo.
Me aprieta un pecho con la mano, pero sus ojos siguen fijos en los míos, de los que brotan lágrimas calientes. La intensidad y la emoción me elevan hasta una cima tan y tan alta que cada vez que yo inhalo, él exhala, como si tuviera que mantenerme con vida para este momento. Me derrito con sus movimientos pausados, con la sensación que experimento cuando desaparece dentro de mí y con su ritmo, que le ha prendido fuego a todo mi cuerpo.
—No pares… —grito—. Lo… —Me echo a temblar y él me abraza con fuerza de nuevo.
Acelera un poco y siento que alcanzo la cima. Siento que llegamos juntos.
Y en ese momento me embiste y se queda quieto en mi interior. Convulsiono, grito, le clavo las uñas en la espalda. Todo mi cuerpo palpita, el corazón martillea contra mi pecho… Soy suya.
Colapso en la cama tan exhausta que soy incapaz de mover un brazo o una pierna. Él cuida de mí; me estira las piernas para que me recupere del esfuerzo de la postura. Luego apoya las manos en las rodillas y se inclina hacia delante para besarme otra vez. Está salado por el sudor. Levanto una mano para agarrarle el pelo de la nuca; el cansancio provocado por la sesión de sexo llena de emociones se esfuma, sustituido por las ganas. Sin embargo, él intercepta mi mano y me detiene.
Frunzo el ceño.
—¿No? —¿Solo una vez?
Niega con la cabeza y me da un beso en la sien.
—Te amo —me susurra al oído.
—Yo también te amo. —Pero quiero rodearlo con las piernas y apretar, para que no tenga más opción que excitarme y hacerme suya de nuevo. Me estudia con atención; debe de detectar que estoy impaciente por el segundo asalto.
—Ahora no.
Me muerdo el labio.
—¿Me vas a contar lo que había en el sobre? —¿Qué me habrá restringido la terapeuta? La incertidumbre está acabando conmigo.
—No. Si sabes lo que está prohibido, lo desearás todavía más.
Lo miro con los ojos entornados.
—Eres demasiado listo.
Sonríe.
—Cuando se trata de ti, sí. —Me besa en la comisura de la boca, algo que me encanta y detesto a la vez—. Y para que lo sepas…, nada me gustaría más que llenarte de nuevo. Lo haría un millón de veces al día si pudiera.
—Lo sé… —murmuro. Me aparta el pelo sudado de la cara e inhalo con fuerza—. Me alegro tanto de que hayas vuelto…
He recuperado a Lo. Ahora mismo, es lo único que me importa. Da igual que no haya segunda ni tercera ronda, me conformo con tenerlo conmigo, enamorado y en el camino hacia su recuperación. No debería necesitar más.
Y no puedo esperar a llegar a ese punto. Espero que sea posible.
Se relaja junto a mí y apoyo la cabeza en su pecho para escuchar los latidos de su corazón. Mientras tanto, él me acaricia el pelo. Me gusta.
Cuando estoy a punto de quedarme dormida, me sobresalta el sonido de un teléfono.
—¿Es el tuyo?
Alarga una mano hacia la mesita de noche.
—Sí.
Lo coge y yo me asomo sobre su hombro para leer el mensaje.
NÚMERO DESCONOCIDO
Conozco el secreto de tu novia.
Me incorporo de golpe, paralizada por el miedo. ¿He leído bien? Le cojo el móvil, pero me lo arrebata.
—Cálmate, Lily —me pide mientras contesta al mensaje, intentando que yo no vea la pantalla.
—¿Quién es? —He ido con mucho cuidado. Lo, Rose, Connor y Ryke son las únicas personas a las que les he contado que soy adicta al sexo, y se han enterado hace poco. ¿Le habrán contado mi secreto a alguien?
Me muerdo una uña, pero Lo me aparta la mano mientras escribe. Me mira a los ojos y los entorna en un gesto de desaprobación.
Cuando el móvil vuelve a sonar, casi me subo encima de él para que no logre ocultármelo. Leo los mensajes rápidamente.
LO
¿Quién coño eres?
NÚMERO DESCONOCIDO
Alguien a quien odias.
Vale, eso no sirve de nada. Lo tiene muchísimos enemigos tanto del colegio como de la universidad, ya que se vengaba de todos aquellos que intentaban abusar de él hasta someterlo.
Lo trata de quitárseme de encima, pero lo tengo agarrado con un brazo alrededor de su cuello. Estoy a punto de estrangularlo, así que me deja en paz. Todavía estamos desnudos, pero estoy demasiado histérica para excitarme.
LO
Que te den.
—¿Eso contestas? —pregunto con unos ojos como platos—. ¡Así solo conseguirás alentarlo!
—Si no te gusta, no deberías estar leyendo mis mensajes privados ni estar subida encima de mí como un koala.
Cierto.
NÚMERO DESCONOCIDO
¿Y renunciar a todo el dinero que me pagará la prensa sensacionalista cuando les cuente que Lily Calloway es adicta al sexo? Ni de coña.
Parpadeo, releo el mensaje y me quedo boquiabierta. ¡No!
—No pasa nada, Lily —dice mientras bloquea el teléfono—. Eso no va a ocurrir. Mírame. —Me coge la cara con las manos y me obliga a mirarlo a los ojos—. Eso no va a ocurrir, ¿de acuerdo? No lo pienso permitir. Contrataré a alguien para que dé con este cabrón y le pagará más de lo que le pagarían los medios.
Se está olvidando de una cosa.
—¡No tienes dinero! —exclamo. Su padre le quitó el fondo fiduciario porque decidió dejar la universidad, y Lo no se habla con él desde que se marchó al centro de desintoxicación. Está solo, es pobre y todo mi dinero pertenece a mi familia, que tampoco sabe nada de mi adicción. Y preferiría no tener que contárselo nunca.
Se le ensombrece el rostro al recordarlo.
—Pues ya se me ocurrirá algo.
La vergüenza que sentirá mi familia si descubren mi problema… El dolor, la decepción… No soporto ni imaginármelo. ¿Una mujer adicta al sexo? Una zorra. ¿Un hombre adicto al sexo? Un héroe. ¿Cuánto perjudicará esta noticia a la empresa de mis padres? Sí, claro, no hay mucha gente que conozca mi nombre o sepa quién soy fuera de mi círculo social, pero ¿llegaría esta noticia a los titulares de los periódicos sensacionalistas? ¿Por qué no? «Lily Calloway, hija del fundador de Fizzle, adicta al sexo y puta».
Es lo bastante jugoso para llenar columnas de cotilleos.
—Estoy asustada, Lo —confieso, a punto de romper a llorar.
Él me abraza con fuerza.
—Todo irá bien. No me pienso ir a ninguna parte.
Me aferro a sus palabras y me las repito una y otra vez, con la esperanza de que sean de veras suficiente.

LOREN HALE
Tengo una botella de vodka barato agarrada por el cuello. No soy capaz de pensar con claridad. Mis sentimientos son la negrura más absoluta y diría que mi corazón también. Doy largos pasos de los que exuda un odio deplorable, aunque no llego a correr. Subo rápido por el empinado camino de entrada con la botella cogida con fuerza hasta que quedo cara a cara con esta mansión de un millón de dólares.
La puerta. Lo único que veo es esa puerta negra con un aldabón dorado.
La aporreo con los puños, pero nadie responde. Ni siquiera oigo pasos detrás.
—¡Abre! —grito. Golpeo la puerta una y otra vez. Qué puta mierda.
Cojo la botella y la rompo en mil pedazos contra la madera. El contenido se vierte con un estallido y gotea por el aldabón de bronce y la superficie negra, hasta formar un charco bajo las suelas de mis zapatos.
—¡Joder! —exclama Ryke, que está detrás de mí—. ¿Era necesario?
La puerta se abre.
—Pues sí.
Le he pedido a Ryke que me esperara en el coche y le he dicho que la única forma de sacar a Aaron Wells de casa de sus padres (como la rata que es) sería empezar a joderle las cosas. Empezando por esa puerta. Tenía pensado pasar luego a su BMW: le iba a decorar el capó con un pedazo de cristal. Ahora ya no me hace falta llegar tan lejos.
Pero no me ha sorprendido que Ryke aparcara en la curva y subiera la colina conmigo. Le gusta hacer eso: acompañarme para asegurarse de que no vaya a autodestruirme, una tarea que normalmente le toca a Lily, a la que prefiero mil veces antes que a él. Pero no en este momento.
No cuando tengo a un metro de distancia a un capullo del colegio.
Tiene el pelo rubio oscuro, casi castaño, los ojos azules y esa sonrisilla petulante propia de los alumnos de la Academia Dalton. La recuerdo como si la hubiera visto ayer. Es la primera persona en quien pensé cuando recibimos los mensajes. Es verdad que lo que le hice cuando íbamos al colegio fue una putada, pero él no debería haber implicado a Lily en nuestra rivalidad. Y mucho menos debería estar atormentándola ahora.
Aaron mira los cristales rotos con atención.
—No debería sorprenderme. Apesta. Igual que tú.
Ryke está a punto de dar un paso al frente, pero lo cojo del brazo para detenerlo. Por mucho que me gustaría, no vamos a pegarle a Wells ningún puñetazo. Esta no es de esa clase de peleas.
—A ti te conozco —dice Aaron mientras recorre a Ryke con la mirada, desde el pelo oscuro hasta los músculos firmes, casi tan marcados como los míos—. ¿Dónde era? —Finge estar confundido.
Ryke lo fulmina con la mirada.
—Debería haberte partido la cara entonces.
Cuando me contaron lo que había ocurrido durante mi ausencia, deseé que lo hubiese hecho. La madre de Lily le organizó una cita con Aaron para una fiesta de la empresa y él se pasó toda la noche amenazando a mi novia. Le dijo que la jodería a ella para joderme a mí. ¿Y por qué? Pues porque me odia. No hay más razón que esa. Y a mí no me quedó más remedio que aguantarme sin mover un puto dedo, porque me enteré de lo ocurrido mientras estaba en el centro de desintoxicación. Ahora, el tema ha pasado al siguiente nivel: no sé cómo, pero se ha enterado de que es adicta al sexo y quiere dinero. Pero aquí estoy yo, deseoso de joderle la vida, igual que él se la ha jodido a ella.
—Ah, sí —contesta Aaron sin perder un segundo—. Yo tenía una cita con Lily en un evento de Fizzle y tú apareciste como un caballero andante porque este se estaba desintoxicando. —Me mira ladeando la cabeza y yo me estremezco al recordar que los últimos tres meses ha sido Ryke quien ha estado apoyando a Lily. Y no yo.
Y este es precisamente el motivo por el que sé que esos mensajes los ha enviado Aaron. Ese día dejó claro que quería utilizarla para meterse conmigo y reavivar nuestra vieja rivalidad.
Sin embargo, a este juego podemos jugar los dos.
—Muchas gracias por haberla acompañado —le digo—. Me contó que tener que verte el careto toda la noche fue hasta doloroso, pero ya sabemos que no fuiste precisamente para complacerla. —Me estremezco al recurrir a ese doble sentido. No me gusta pensar en que ningún otro tío complazca a Lily. No me gustaba antes de que empezásemos una relación de verdad, y ahora mucho menos.
El corazón me late a toda pastilla. Doy un paso hacia él, haciendo crujir el cristal bajo mis zapatos.
Se pone rígido y me espero. Quiero ver si tiene los huevos de apartarme de un empujón.
Pues no, no los tiene. Me arriesgo y me escurro entre el marco de la puerta y su cuerpo inmóvil. Él se me queda mirando. Ojo por ojo. Entro sin que me invite a pasar.
—Vaya, no ha cambiado nada —comento mientras me paseo por el recibidor. Contemplo los techos altos abovedados y el suelo de mármol. Ryke entra y Aaron cierra la puerta tras él con los labios apretados. Señalo la puerta de la bodega, que está al lado de la cocina—. ¿Qué te parece si abrimos una botella de vino? —Veo un destello asesino en su mirada—. Bueno, o mejor no.
Mi hermano se ha quedado atrás, pero si Aaron se atreve a levantar el puño acudirá a mi lado de inmediato. Contar con esa clase de apoyo me hace sentir bien. Nunca lo había tenido. De pequeño, no me quedaba más remedio que aguantar las palizas o escaparme. Estaba yo contra un millón en todas las peleas, nunca había nadie de mi lado. No permitía que Lily se metiera y, si acababa en medio, era porque tipos como Aaron se encargaban de involucrarla porque sabían que era mi mejor amiga.
Se metían con ella para joderme a mí.
Y no voy a permitir que eso vuelva a pasar.
Aaron me observa con atención.
—¿Quién hay en casa? —le pregunto.
—Nadie —contesta con el rostro inexpresivo.
No me lo creo.
—Tus padres se han ido a pasar el fin de semana a las Barbados. —Gracias, Connor Cobalt, a ti y a tus impresionantes habilidades con la tecnología.
Aaron suelta una amarga carcajada.
—¿Se ha informado tu padre por ti?
Ah, sí, quien le paró los pies a Aaron en el evento de Fizzle no fue Ryke. Lily me contó que, después de pasarse toda la noche intentando evitar a este gilipollas, fue mi padre quien dio un paso al frente y la salvó de él. A mi padre lo de causar un miedo irreparable en la gente se le da mejor que a nadie. Lily me contó que Aaron se largó del evento inmediatamente y que no le volvieron a ver el pelo.
—No, mi padre no me ha ayudado a descubrir quién hay en tu casa, pero debería llamarlo y darle las gracias por haberte hecho salir por piernas solo diciéndote cuatro cosas.
—Eres un puto enfermo —me espeta Aaron—. ¿Lo sabes?
«No he hecho más que empezar», pienso.
—¡Julie! —grito—. ¡Ven, Julie! ¡Ven!
Ryke, que sigue detrás de mí, empieza a mostrarse vacilante. Ya me ha visto así antes, cuando solía atacarlo a él. Y aún lo hago, muy a menudo, pero esto es distinto. Me alimenta un odio tan profundo que apenas puedo respirar.
Aaron mira con vacilación a la balconada que hay en la planta de arriba, junto a la escalinata. En esta casa se celebraban bailes de presentación en sociedad solo por ella.
—¡Julie! —grito.
Aaron da un paso hacia mí con las manos en alto, como en señal de paz.
—Oye, le dije a tu padre que dejaría a Lily en paz, ¿vale? Hicimos un trato y he cumplido mi parte. No le he hecho nada desde ese evento.
—¡¡¡Julie!!!
Se oye una puerta en el piso de arriba.
—Esa noche estaba cabreado, ¿vale? —prosigue Aaron a toda prisa—. Me había postulado para un trabajo y rechazaron mi solicitud. No llegué a hacer ni una entrevista por tu culpa.
—¿Me culpas a mí? —Lo fulmino con la mirada, pero hace bien en culparme. Con la ayuda de mi padre, llamé a la universidad con la que soñaba e hice que el decano se replanteara la admisión de Wells. No le quedó más remedio que apuntarse a su segunda opción, porque la universidad que creía tener en el bolsillo ni siquiera lo había aceptado en lista de espera. Cambiamos todo su futuro.
—No puedo competir con los graduados de la Ivy League. Ahora tengo que trabajar para mi padre.
Oigo unos pasos en el piso de arriba.
—No hagas esto —insiste Aaron con desdén, pero en realidad es una súplica—. A Lily solo le di un susto. No pensaba forzarla ni nada por el estilo, te lo prometo. —Gracias a Dios, nunca se acostó con ella. No sé cómo reaccionaría si me encontrara con uno de sus viejos ligues.
—Pero es lo que haces siempre, ¿no? La asustas. Bueno, pues bienvenido al club, Aaron. Dentro de poco estarás aterrorizado.
Justo en ese momento, una chica con el mismo pelo rubio oscuro se agarra a la barandilla de la balconada, se asoma y me mira.
—Loren Hale.
—Julie, vete a tu cuarto —le ordena Aaron con la voz embargada de terror.
—¿Te crees que tengo cuatro años? —salta ella.
Lleva un pintalabios oscuro y un kilo de lápiz de ojos. Es su hermana gemela. Me la follé un par de veces cuando tenía dieciséis años. La diferencia entre Lily y yo es que, mientras que yo salí con Julie (dos semanas enteras) en los tiempos en que no estaba manteniendo una relación falsa con mi mejor amiga, ella follaba con un tío y pasaba al siguiente.
Afortunadamente, tras mucho mucho esfuerzo, por fin me he convertido en su única excepción.
—Hola, Julie —la saludo—. ¿Puedes bajar un segundo?
—¿De qué va todo esto? —Me mira a mí y luego a su hermano, reparando en su postura rígida—. Aaron, han pasado ya años desde que estuve con Lo. Supéralo de una vez.
Pero se equivoca. La pelea no empezó porque saliera con ella: no fue más que una bala en mi recámara, uno de mis recursos para hacerle daño. Follarme a su hermana, el truco más fácil y efectivo del mundo. Lo mismo que habría hecho mi padre y algo que odio haber hecho yo. Se me revuelve el estómago al recordarlo.
Solo doy gracias a Dios por que Julie sea tan despreciable como su gemelo y yo. Ella me utilizó a mí tanto como yo ella: solo quería vengarse de su exnovio, aunque a él no le importó tanto como ella quería.
—Julie, ven —salto—. Ahora. —Voy totalmente en serio. Bueno, en realidad no, pero tendríais que ver la cara de Aaron. Está a punto de cagarse encima: no tiene ni idea de lo que pienso hacer. Joder, ni siquiera yo tengo idea de lo que pienso hacer, solo sé que su familia es su punto débil, igual que Lily es el mío.
Baja las escaleras descalza. Su mirada curiosa se detiene en Ryke.
—Qué bueno estás, ¿no?
—Julie… —Aaron hace una mueca.
—¿Me dejas tu teléfono? —le pregunto a Aaron. Ahora que su hermana está aquí, tendrá menos reticencias para obedecer. Es una distracción y una advertencia.
Frunce el ceño.
—¿Para qué?
—Dámelo y punto.
Julie suspira con fuerza, como si se estuviera aburriendo.
—Dale el móvil, Aaron.
Este se saca el teléfono del bolsillo y me lo da. Miro sus mensajes e intento encontrar mi número en algún sitio, pero no hay nada.
—¿Por qué has borrado todos los mensajes?
—Lo hago siempre —contesta—. Mi madre me mira el móvil.
—Tienes veintidós años. —No es ningún adolescente que necesite el permiso de su madre para ir a dormir a casa de un amiguito. Es un adulto.
—Sí, bueno, eso no ha hecho que ella sea menos cotilla.
No me lo creo. No puedo.
—¿Cómo te llamas? —le pregunta Julie a Ryke mordiéndose el labio, como si eso fuese a hacer que cayese rendido a sus pies.
—Ryke.
—Y dime, Ryke, ¿de qué conoces a Loren?
—Es mi hermano.
Enarca las cejas.
—Vaya, no sabía que tuviese un hermano.
—Yo tampoco —contesto mientras le devuelvo con brusquedad el móvil a Aaron—. ¿Has usado un móvil falso? ¿Uno de usar y tirar?
—¿De qué coño hablas? —me pregunta con unos ojos como platos—. No te he hecho una mierda, ni a ti ni a Lily. Ya te lo dije, tu padre…
—No te creo —lo interrumpo, aunque no estoy seguro de qué creo y qué no. Podría estar mintiéndome. De todas las personas que conozco, él es el más sospechoso de haber amenazado a Lily. Y si puedo acabar con esto aquí y ahora, es lo que pienso hacer.
—¡Estás mal de la puta cabeza! —grita Aaron.
Ryke da un paso hacia mí para defenderme.
—Dice el tío que se pasó dos horas persiguiendo a una chica por un salón de baile y aterrorizándola.
—¡Guau! —exclama Julie—. ¡Qué sexy estás cuando te enfadas!
—¡Julie! —grita Aaron—. Vete ahora mismo. Lárgate de aquí de una puta vez.
La chica pone los ojos en blanco y encorva los hombros, como si su hermano le hubiese aguado la fiesta. Me señala con la cabeza y dice:
—Me alegro de verte, Loren. Siento que mi hermano no pueda superar lo de nuestra relación.
—Sí, tiene problemas para pasar página. —Aunque, si yo fuera él, todavía estaría lleno de resentimiento. No lo culpo; odio haberlo llevado hasta este punto, en el que tuvo vía libre para atacar a Lily mientras yo estaba en un centro de desintoxicación. De adolescente fui un puto imbécil. A veces todavía lo soy.
De hecho, ahora mismo podría estar enfocando este asunto de forma equivocada, pero esto es lo único que sé hacer. Y funciona. Recurro a mis palabras: amenazo al tipo que me está amenazando a mí.
Julie entra en la cocina para que la veamos bien, sobre todo para que Ryke pueda ver cómo se agacha para coger una sartén del armario. Mira atrás para asegurarse de que le haya mirado el culo, pero no lo ha hecho. Sigue con la mirada fija en Aaron. Sin embargo, mientras la miro, me doy cuenta de que el tipo está a meros segundos de implosionar, de arrodillarse ante mí y darme lo que quiero, aunque no puedo atribuirme el mérito. Creo que es en parte gracias a las amenazas de mi padre, que han surtido efecto.
—¿Dónde tienes el teléfono de usar y tirar? —repito.
Ryke me pone una mano en el brazo y susurra:
—No creo que haya sido él.
Pero no quiero creerle, porque si lo hago no tendré ni idea de quién me mandó esos malditos mensajes.
No tendré ni idea de quién puede ser.
Aaron levanta las manos de forma defensiva.
—No sé qué ha pasado, pero no soy el único tío que te odia, Loren. Así que, sea lo que sea, quizá tendrías que pensar a qué otras personas has cabreado durante los últimos años. No creo que la universidad te haya resultado muy agradable.
Pues no… Creo que estoy bien jodido.
Asiento para mí. Sin embargo, si él es el tipo que me ha mandado esos mensajes, no pienso irme sin asegurarme de que no se atreva a hacer nada más. He de tener la última palabra. Así que me inclino y le amenazo:
—Si vuelves a asustar a mi novia, desearás que trabajar para tu padre sea la única de tus preocupaciones. —Miro a Julie—. Y deberías empezar a comerte el maquillaje de tu hermana. Eres jodidamente feo por dentro.
Podría contestarme «igual que tú», pero se queda callado. Está petrificado en una mezcla de miedo y odio, las dos emociones que flotan ahora mismo en esta casa.
No espero a que se recupere.
Me marcho.
De camino al coche, Ryke me reprocha:
—No me has avisado de que ibas a meterte con su hermana.
—¿Importa? —Se limita a mirar al frente con la mirada oscura—. Te estaba cosificando, Ryke. Dos segundos más y te habría bajado los pantalones para montarse en tu polla.
—¿Como hace Lily? —replica.
—Que te den. —Abro la puerta del coche. No es lo mismo. Lily es mi mejor amiga, yo no soy ninguna de sus conquistas. Si eso fuera cierto, no seguiría conmigo. No habría sido capaz de satisfacerla durante tanto tiempo.
—Lo siento —se disculpa a regañadientes, pero sin suavizar el tono—. Es que no quiero que ninguna otra chica acabe metida en tus putas broncas.
—No le voy a hacer nada. Solo necesito que él crea que sí.
Ryke me mira de hito en hito.
—¿Quién te enseñó eso? ¿Nuestro padre?
—Pues sí. Y también me enseñó a meterme en el puto coche y limitarme a conducir.
Ryke asiente.
—Me alegro de ver que sigues siendo un gilipollas, aun sin alcohol.
—Debe de ser genético.
Sonríe y los dos subimos a su Infinity. No me siento mejor. Ni siquiera me acuerdo de todas las personas a las que he cabreado.
Olvidé a casi todas ellas en cubos de whisky y bourbon.
Han desaparecido de mi memoria.

LILY CALLOWAY
—¿Esto es una reunión o un interrogatorio? —pregunta Ryke con brusquedad. Se arrellana en nuestro sillón orejero azul marino con el ceño fruncido. Lleva una camiseta del equipo de atletismo de la Universidad de Pensilvania con manchas de sudor.
Solo hay tres personas susceptibles de haber contado mi secreto, pero el que está en el primer puesto de mi lista ni se inmuta. Aunque hay pocas cosas que hagan que Ryke Meadows se altere.
Aquí está, sentado, rígido e impasible, con los ojos perpetuamente entornados y ese aire chulesco y seguro de sí mismo. Se las ha arreglado para formar parte de la vida de Lo. Se ha infiltrado en nuestro grupo y no parece tener intención de salir de él. O le importa tanto su hermano que está dispuesto a soportar casi cualquier cosa o está planeando algo de mayor envergadura, algo que podría poner mi mundo patas arriba.
Así que sí, es cierto, he estado acribillando a Ryke a preguntas y estoy a un paso de ponerle una bombilla en toda la cara para que cante de una vez. Pero tengo derecho a volverme un poco loca. Mi vida está a punto de desmoronarse.
Lo le pasa una botella de agua a su hermano y yo lo miro contrariada. No debería darle sustento hasta que obtengamos respuestas. Esa podría ser nuestra única moneda de cambio.
—¿Quién ha decidido que puede beber agua? —suelto.
Los dos me miran con el ceño fruncido, como si me faltara un tornillo. Vale, estoy siendo irracional. ¿Alguna novedad?
Ryke levanta una mano.
—Lo siento, pero ¿hay alguien aquí a quien le preocupe mi seguridad?
Lo pasa de su hermano, me coge de la mano y me atrae hacia el sofá. Mi pierna toca la suya, pero su cercanía no me tranquiliza. Desde que leí esos mensajes, el pánico se ha adueñado de mí y me resulta imposible mantener la compostura, ni siquiera conservo algo de cordura.
No quiero comportarme así, pero el único modo de lidiar con esta situación tan estresante consiste en refregarme, llegar al clímax y toda una serie de cosas que no me están permitidas.
Oigo los tacones de Rose acercándose por el pasillo.
—Connor llegará en cualquier momento. —Se sienta en el sofá de dos plazas amarillo claro que hay al lado del sofá principal y cruza los tobillos. Con su falda plisada negra y su blusa de seda de cuello alto, tiene más clase y elegancia que cualquiera de los que estamos en esa habitación.
—Genial, así podéis interrogar a otra persona —replica Ryke, mirándome con cierto reproche. Aunque, claro, tratándose de Ryke Meadows, también debe de haber una pizca de amor. Espero haber progresado un poco ganándome su cariño mientras Lo estaba en el centro de desintoxicación. Sí, han sido tres meses bastante accidentados, pero siempre hemos tenido a Lo en común.
Sin embargo, si esconde un plan para destrozar la vida de su hermano y, en consecuencia, la mía…, jamás se lo perdonaré.
Lo me acaricia la pierna, que no hago más que mover de arriba abajo, para intentar tranquilizarme.
—Me encargaré de esto, Lil —me asegura en voz baja.
Ryke le dirige una mirada furtiva y oscura, una mirada que he visto en otras ocasiones. Es de la clase de miradas que intercambias con alguien cuando se comparte un secreto.
Doy un respingo.
—¿Habéis hecho algo a mis espaldas?
Lo niega con la cabeza.
—No —contesta, pero no me mira a los ojos.
Le doy un cachete en el pecho.
—Eres un mentiroso mentirosísimo, y se supone que tenemos que ser sinceros el uno con el otro.
—Buenooo… —dice alargando la palabra—. Si ese tío sigue mandándonos mensajes, es posible que podamos tachar a Aaron Wells de la lista de sospechosos.
—¿«Es posible»? ¿Lo tachamos o no lo tachamos? —protesta Rose—. Pues vaya avance.
—He hecho lo que he hecho. No me pienso echar atrás —responde con brusquedad.
Pero lo único que yo oigo es «Aaron Wells». Me quedo de piedra.
—¿Qué has hecho? —No quiero volver a ver a ese tipo nunca más.
Rose masculla algo entre dientes que suena a «vandalizar».
—Solo he ido a hablar con él.
Miro a Ryke para comprobar que Lo dice la verdad. Es evidente que sabe de qué va el tema, lo que solo sirve para ponerme más nerviosa.
—Sí, solo hemos hablado con él —confirma—. Había borrado todos sus mensajes, lo que nos pareció sospechoso.
Lo asiente, se acerca más a mí y me da un beso en la mejilla.
—¿Todo bien? —susurra.
No creo que «bien» sea la palabra adecuada. Dejo los ojos fijos en la alfombra, aunque tengo la mirada perdida.
—¿Y qué hay de Ryke? —pregunta Rose. Sostiene una tacita de té entre los dedos. Antes me ha ofrecido una a mí, pero la he rechazado. No sé si seré capaz de ingerir alguna cosa hoy. Estoy empachada de terror.
Ryke gime.
—¡Ya estamos otra vez!
—Sabes que Lily es adicta al sexo. Podrías habérselo contado a alguien.
Él la fulmina con la mirada.
—Igual que tú.
—No digas tonterías. Es mi hermana. No le voy a clavar una puñalada en la espalda.
—Y es la novia de mi hermano —replica—. ¿Por qué no te centras en el tío que podría soltar la información por un puto precio sin inmutarse?
—Ni te atrevas. —Rose lo señala con un dedo acusador.
—¿Por qué? Connor apareció en vuestras vidas más o menos en el mismo momento que yo. Se enteró de que Lily era adicta al sexo exactamente en el mismo momento que tú y que yo, y tiene mucho más que ganar que nosotros. Y mucho menos que perder.
—Me perdería a mí —replica Rose.
Nunca he querido creer que Connor sea capaz de volverse en mi contra de ese modo, y ahora tampoco le daré más vueltas al asunto. Es demasiado majo (a su manera). Ryke, en cambio…
Lo estudia a su hermano un largo momento.
—Quizá Rose no va tan desencaminada.
—¿Qué? —Ryke se inclina hacia delante—. No estarás hablando en serio.
—Por mucho que seas mi hermanastro, también eres un mentiroso. Creo que eso quedó claro en el momento en que nos conocimos.
—¡Venga ya!
—Retrocedamos unos meses. Apareciste en mi vida, me dijiste que eras un estudiante que tenía entre manos un proyecto falso sobre herederos de empresas millonarias…
—La que se inventó esa mentira fue Lily —lo interrumpe Ryke.
Yo lo miro boquiabierta. ¡Vaya manera de dejarme vendida! Pero ya le había contado la verdad a Lo, así que siento la vergüenza justa.
Este pone los ojos en blanco.
—¿Y qué más da? Sabías desde el principio que eras mi hermano y no nos dijiste nada a ninguno.
—Te estás quedando conmigo, ¿no? —replica Ryke. Deben de haber tenido esta discusión un millón de veces mientras Lo estaba en el centro. Yo no tenía permiso para visitarle, pero, según esas normas tan extrañas, Ryke sí. No sé muy bien cómo se ha desarrollado su relación desde que Lo y yo tuvimos que separarnos…, pero es evidente que hay una herida amarga que se ha infectado.
Lo suelta una carcajada que suena un poco desquiciada.
—El bastardo soy yo. Destruí el matrimonio de tus padres al nacer. Deberías odiarme. Yo me odiaría. —Respira hondo—. Y entonces trazaría un plan muy complejo para destruirme. Para romperme pedazo a pedazo. Y empezaría con Lily. Así que perdóname si me cuesta confiar en ti al cien por cien.
No sé si lo que siente Ryke tras la declaración de Lo es rabia o tristeza, pero sí que es mucho más grave que mis tontas acusaciones. Las palabras de Lo están colmadas de dolor.
—¿En serio? ¿Después de todo lo que he hecho mientras estabas en el centro de desintoxicación? —pregunta Ryke.
—¿A qué te refieres, a mantener la polla alejada de mi novia? Muchas gracias.
Pongo unos ojos como platos. Me apartaría de Lo si no me estuviese cogiendo con tanta fuerza de la cadera. Algo no va bien, lo intuyo. Los dos nos enfrentamos al estrés de forma distinta: yo follo y él bebe. Ahora que no podemos hacer ninguna de las dos cosas, estamos intentando aprender a lidiar con ello de forma sana. Y la palabra clave es «intentar».
—Sabes muy bien que no me refiero a eso.
—Ya, claro.
Y esa respuesta hace que Ryke se quede más blanco que con ninguna otra, y pienso que ya está. Que se va a largar. Lo se pone tenso; supongo que espera lo mismo que yo. Alejamos a la gente de nosotros. Es lo que mejor se nos da.
—Si quisiera hacerte daño siguiendo un plan maestro, ya me habría follado a Lily. Y no me molestaría en pasar tiempo contigo, puedes estar seguro.
Quiero confiar en Ryke, sobre todo porque es la única familia con la que Lo cuenta, pero, como ha dicho él mismo, miente muy bien. Me engañó incluso a mí.
Antes de que me dé tiempo a susurrarle una pregunta al oído, la puerta principal se abre y el silencio cae como un manto sobre nosotros. El ruido de los mocasines de Connor contra el suelo agudiza la tensión.
Aparece por el vestíbulo con el pelo ondulado y grueso perfectamente peinado, como si estuviese preparado para dar un discurso en el Congreso. Se mete el móvil en los pantalones negros de traje, en los que lleva metida la camisa blanca. Inspecciona la postura de Ryke desde lejos y luego la mano de Lo, aferrada al reposabrazos del sofá.
—Me parece que me he perdido algo —dice—. ¿Era bueno? —Mira a Rose.
—Solo si disfrutas de los balbuceos ininteligibles de los neandertales —replica ella en tono gélido.
—Qué ingeniosa —contesta Lo con tono inexpresivo.
Pero Connor se lleva un dedo a los labios para no sonreír. Y cuando por fin sonríe a mi hermana, me pongo recta al instante y me inclino como si dos estrellas en órbita estuvieran a punto de tocarse y besarse. Quiero estar presente cuando por fin lo hagan.
Cuando Connor se sienta al lado de Rose y desliza un brazo por el cojín que tiene a la espalda, Lo me pellizca la cadera.
—Eres mi novia —me susurra al oído con voz sensual, persuadiéndome para que me ponga de su lado. Sin embargo, si quisiera jugar con inteligencia, tendría que ponerme del lado de mi hermana. O del de Connor. Lo es una batalla perdida.
—Eres mi novio —decido responder con una obviedad. Se acerca más a mí y se me acelera el corazón. Tengo sus labios justo ahí. «Bésame. Bésame. Bésame».
Se echa atrás.
Mierda. Ojalá tuviera el mismo poder que el profesor Xavier, aunque tampoco querría obligar a Lo a besarme. Querría que lo deseara tanto como yo.
Connor señala a Ryke y luego a Lo.
—Percibo una cierta tensión.
—Lo me estaba dando las gracias por no follarme a Lily —le explica Ryke.
—Exacto —replica Lo con la misma brusquedad.
Connor ni parpadea.
—Cosas de hermanos.
Se vuelve hacia Rose, le susurra algo al oído y le da un delicado beso en la mejilla. No me puedo creer la envidia que siento ahora de ese beso. Pero la siento. Quiero ese beso. No quiero que me lo dé Connor, ¿eh? Que quede claro. Quiero que me lo dé Lo. Quiero que me bese Lo. Me sonrojo solo por haber pensado lo que no era sin querer. Madre mía.
—¿Estás bien? —susurra mi novio.
Asiento, me muevo un poco y apoyo la mejilla en su hombro. Me siento segura entre sus brazos. Su cuerpo musculoso hace que el mío, tan delgado, parezca más pequeño. También me estoy esforzando por estar más sana. No tienes buen aspecto cuando no eres más que piel y huesos.
Rose pone las manos en el pecho de Connor para que no se acerque más.
—¿Cosas de hermanos? Lo que está pasando aquí no es normal entre hermanos. En La tribu de los Brady, no verás a Greg Brady dándole las gracias a Peter por no acostarse con Marsha.
—No, porque eso sería incesto.
Lo fulmina con la mirada.
—No sería incesto, porque Marsha solo es su hermanastra.
—Cierto. —Le mira los labios y luego de nuevo a los ojos—. Aunque me sorprende que uses la palabra «normal». Pensaba que la semana pasada llegamos a la conclusión de que es arbitraria y demasiado subjetiva para tener mérito alguno.
Mi hermana me mira como diciéndome: «Recuérdame por qué estoy con este tío».
Sonrío. Me gustaría decirle: «Porque sois dos estrellas empollonas que orbitan la una alrededor de la otra y deben besarse», pero nadie lo entendería.
Rose y Connor llevan juntos tres meses bastante extraños, en los que han roto un montón de veces por desacuerdos intelectuales como este para luego reconciliarse una semana después. La verdad es que no soy capaz de comprender o valorar su relación. Creo que necesitas un coeficiente intelectual más alto para poder hacerlo. Sin embargo, me encanta mirarlos tanto como mirar dibujos animados japoneses con Lo. No entendemos lo que dicen, pero son divertidos de todos modos.
Rose lo señala con un dedo con una manicura perfecta.
—No puedes obviar una palabra solo porque no creas que tenga mérito, Richard. —Vaya, ha usado su nombre de pila—. Lo que estás diciendo con eso es básicamente que los estudios sociológicos completos de Foucault no tienen ningún valor.
Me duele la cabeza de escucharlos, pero, por extraño que parezca, estoy fascinada.
—Eh —los interrumpe Lo con una palmada. Los dos nos miran como si acabásemos de llegar—. Ya discutiréis sobre gente normal y Faulkner luego.
—Foucault —lo corrige Rose.
—¿Qué?
—Que es Foucault, no Faulkner.
—Lo que sea, los dos empiezan por efe —le espeta Lo—. ¿Y sabes qué otra cosa empieza por efe?
—Follar —contesta Connor. Lo dice como si nada, como si estuviese respondiendo a una pregunta en un torneo académico. No puedo evitar sonreír.
Lo me descubre sonriendo y me mira con extrañeza. Aprieto los labios para intentar reprimir mi sonrisa, pero me cuesta, así que supongo que parezco un poco boba. Veo que una de las comisuras de su boca se tuerce hacia arriba. Noto un cosquilleo en el pecho porque, por primera vez en tres meses, puedo observar estas reacciones. Se acerca a mí y me da un besito en la nariz, y eso que ni siquiera he tenido que corear «bésame» para que lo haga. Me muerdo el labio inferior; de repente, los pensamientos más peligrosos han reemplazado a la alegría. Me imagino arrastrando a Lo al dormitorio. Lo tiro en el colchón, me subo a horcajadas sobre él y recorro con los dedos cada uno de los músculos de sus abdominales. Entonces, esa media sonrisa se le extiende por toda la cara y ese gesto basta para encenderme.
Podría poner cualquier excusa barata para abandonar esta reunión, pero se me hace un nudo en el estómago y la culpa se extiende por mi cuerpo, aunque no haya dado ni un solo paso hacia mi cuarto. Planificarlo hace que me sienta un fracaso. ¿Por qué?
—Por cierto, tienes buen aspecto —le dice Connor a Lo.
—Gracias.
Me había olvidado de que es la primera vez que se ven desde que Lo se fue al centro de desintoxicación. Miro a Connor con los ojos entornados. De repente está el primero en mi lista de sospechosos. Tal vez Ryke tenga razón. A cambio de la información sobre mi adicción al sexo, Connor podría comprar un puesto en Wharton, la prestigiosa escuela de posgrado de Penn donde quiere estudiar su MBA.
En ese momento, me mira a los ojos y enarca una ceja, como si supiera que lo estoy culpando de forma ilícita.
Es como si pudiera leerme la mente.
Me sonrojo y me desdigo de inmediato de mi juicio prematuro. Connor sería incapaz de venderme. Cree que hacer trampa es demasiado fácil y tiene una moral más intachable que el noventa y nueve por ciento del círculo social de mi familia. Eso deja a Ryke. Y a Rose. Pero mi hermana preferiría prender fuego a toda su colección de ropa Calloway Couture antes que lanzarme a las garras de los feroces medios de comunicación. Y eso que ama su colección como una madre a su bebé.
Pero Lo no piensa absolver a Connor tan fácilmente.
—¿Se lo has contado a alguien? —pregunta.
—No, a nadie —responde con calma.
Lo se rasca la nuca.
—Hemos pasado años sin que nadie descubriera el secreto
