A Yago:
Perdona por no meter tantos dinosaurios en la novela
como te habría gustado, cariño.
Sé que me dijiste que «los dinosaurios siempre funcionan»
cuando me veías desesperada buscando un final perfecto,
pero creo que aparecen suficientes.
Espero que te haga feliz el cameo.
Te quiero.
#losdinosauriossiemprefuncionan
A César:
«Vas a tener batallas duras y habrá dolor, pero eres un verdadero guerrero, así que levántate, pelea y gana». Goku.
Gracias por mostrarme el extraordinario mundo del manga.
Verlo a través de tus ojos, con tu pasión,
y pasar tiempo contigo ha sido fascinante.
Recuerda, mi amor:
nunca permitas que nadie te diga cómo debes ser
ni que te menosprecien por tus gustos.
Eres una persona maravillosa.
Espero que algún día puedas verlo tú también.
Estoy muy orgullosa de ti. No cambies nunca, mi valiente guerrero.
Te quiero.
Mamá
#stopbullying
Prólogo
—¡¿Qué?!
—Lo que has oído —repito fingiendo una indiferencia que no siento.
Abre mucho los ojos. Está flipando.
—No puedes hablar en serio.
—Es nuestra única opción.
—¡Ni de coña! —responde soltando un bufido.
—¿Por qué no?
—¿Cómo que por qué no? ¡¿Estás loco?! Dime que esto es una broma —me ruega a punto de reírse… o de llorar, no lo sé muy bien, porque su expresión es difícil de descifrar ahora mismo.
—¡No! ¡No es ninguna broma! Ya me gustaría —afirmo.
Clava en mí sus ojos llenos de tristeza. Un fuerte escalofrío recorre mi columna vertebral como si de un fuerte latigazo se tratase. Contengo el aliento. Deseo con tanta fuerza que esto no esté pasando que hasta me cuesta volver a respirar.
—¡Pues entonces dime que vas borracho!
—¡No estoy borracho, joder, Taylor! ¿Por qué te parece tan mala idea?
—Perdona, pero ¡¿en qué puto metaverso te parece a ti una buena idea?!
—Debes ponerte a salvo. Si te quedas aquí, será por mí, y yo… no me perdonaría que te ocurriese algo por mi culpa. Me mata pensarlo. Necesito saber que estarás bien. No estoy dispuesto a perderte —trato de convencerla, pero se me quiebra la voz.
Verla en plan guerrera siempre me ha vuelto loco, y más cuando trata de luchar para que no la aleje de mí. Maldigo su corazón, que late por quien no toca.
—No… —Niega con la cabeza y se obliga a interrumpirse a sí misma.
Cierro los ojos con fuerza. No puedo vacilar. No puedo permitir que descifre la duda en mis ojos. Tengo que conseguir que acepte irse. Sea como sea. Cueste lo que cueste, joder.
—Negarse es una locura, Taylor. Tenemos que hacerlo —la increpo—, te prometo que será solo por un tiempo.
—¿Por qué?
—Porque si no te vas, no habrá vuelta atrás. Algo horrible ocurrirá tarde o temprano, y entonces… mataré a ese cabrón. ¿Es eso lo que quieres? —Me cruzo de brazos para parecer seguro, pero enseguida me revuelvo el pelo, nervioso, sin creerme que le esté pidiendo semejante estupidez.
Me examina. Ve algo en mis ojos que no le gusta. Determinación. Dolor. Y tristeza. La tristeza más velada del mundo. No quiero que la descubra, pero me conoce demasiado bien y sabe que está ahí, soterrada entre cientos de capas de indiferencia. Sabe que estoy fingiendo. Tiene que saberlo.
—¿Y cómo se supone que vamos a mantener nuestra relación? ¿Te grabo un audio por las mañanas? ¿O prefieres un porno Facetime por las noches? —se burla, supongo que invadida por el miedo—. ¡Mierda! Solo de pensar que esto pueda ir en serio me pongo histérica.
Ella también prefiere disimular. Ambos sabemos muy bien que una sonrisa oculta las cicatrices más profundas.
—No seas idiota, Taylor.
—Pues tú me dirás.
—¡Pues no lo sé! Ya se nos ocurrirá algo…
—De hecho, podrías hacer esto, mira. —Saca el móvil del bolsillo trasero de su pantalón, lo desbloquea y dice—: Eh, Google: ¿cómo mantener una relación a distancia con tu novia?
Aparecen en la pantalla una infinidad de páginas. Pincha de manera aleatoria en el primer vídeo que ve para mostrármelo y la verdad es que solamente viendo el principio —«Mantén un contacto continuo, aunque ella se niegue»— se le quitan las ganas de seguir los atroces consejos amorosos de Google.
—Vale, será mejor que no hagamos caso a Google, a no ser que quieras que te denuncie por acoso —murmura mientras vuelve a guardar el móvil.
—¡¿Me tomas el pelo?! ¿En serio acabas de hacer esa mierda en uno de los peores momentos de nuestra vida? —Parpadeo incrédulo con las manos extendidas.
Suelta una sonora carcajada que me pilla desprevenido. Supongo que no aguantaba más la tensión y le ha salido así, sin más. Su risa. Una risa que hasta hoy era el motor de mis sueños, pero que en este preciso momento se clava en mi pecho como un puñal. Una risa diferente a todas las anteriores. Fría y distante. La observo perplejo y algo jodido, pues a mí también me gustaría poder hacer lo mismo para liberar la tensión que agarrota cada músculo de mi cuerpo.
Intuyo que con esa carcajada vacía se dispone a levantar de nuevo el enorme muro que siempre nos separa, pero no voy a permitirlo, ni de coña. No hay tiempo. Si hace falta, lo derribaré.
—Vale. Olvida lo que te he dicho. Paso. —Finjo que me rindo—. Dejemos esto en manos del destino si crees que es mejor.
Me dirijo hacia la puerta de salida muy cabreado, pero ella me intercepta sujetándome de la muñeca con determinación para que me detenga. Nos miramos y es entonces cuando descubre que todo es verdad. Mis ojos le confirman que no miento.
—No puedo creer que me lo estés pidiendo en serio —musita apenada.
Me suelta decepcionada, dejando caer abatida la mano que antes me sostenía. Siento el frío repentino en mi piel. «Muy bien, maldito gilipollas. Al menos has conseguido que te crea. Aunque sea a base de romperle el corazón a la única chica que has sido capaz de amar. Merecerá la pena porque es por su bien».
Me observa con atención. Está pensando algo malo, seguro. La conozco y su cerebro ahora debe de ser un hervidero de reproches. Se estará preguntando qué ha hecho mal y suponiendo que esto terminará de la peor manera. Me ha costado la vida conseguir que se abra y ahora mismo se está cerrando en banda. Lo veo. Es Taylor. Niega con la cabeza. Confundida.
No voy a permitirlo. Me niego a darme por vencido. El miedo no va a ganar esta partida.
Me obligo a disimular mi angustia para que no salga corriendo. A pesar de morirme de ganas por abrazarla, de suplicarle de rodillas que se quede conmigo para siempre y jurarle que todo estará bien porque yo la protegeré, me mata saber que eso no es posible, por mucho que me duela.
—Déjate ya de polladas, Tay, que no es para tanto. No sé por qué te pones así. No le des más importancia de la que tiene. ¿Cuánta gente con pareja se va un año a estudiar fuera? ¿Y todos rompen? ¡Venga ya! Aquí las cosas seguirán igual. Te van a dar las clases online. Yo estaré esperando a que vuelvas, hablaremos cada día y, por supuesto, iré a verte. Cada fin de semana, si quieres. Tú misma dijiste que te gustaría salir de Pittsburgh.
Aparta la mirada y la fija en algún punto al otro lado de la ventana.
—Eso lo dije antes de conocerte.
—Pues es lo mismo. No veo la diferencia. No tienes que cambiar tus sueños por nadie, y menos por mí.
—Tú no lo ves, pero justamente esa diferencia marca un antes y un después en mi mundo, maldito ciego idiota —confiesa ruborizándose.
Juro que tengo que armarme de valor para no besarla hasta el fin de los tiempos. Pero no puedo, hostias. Siento el peso del mundo sobre mis hombros. Voy a desplomarme.
—Nadie aquí está hablando de dejarlo, por si se te ha pasado por la cabeza —añado al ver su expresión de terror. Quizá se calme si suelto alguna broma—: ¿O acaso crees que vas a librarte de mí tan fácilmente?
La broma no funciona. Es más, su mirada me advierte de que produce el efecto contrario. Me paso ambas manos por el rostro. Me va a dar algo. Ayer estaba deseando pasar más tiempo con ella y ahora le estoy pidiendo que se aleje de mí. ¿Cómo soy capaz?
Miles de preguntas me asaltan: ¿Y si se olvida de mí? ¿Y si se pilla por otro? ¿Y si me enamoro de ella más todavía y la ansiedad me mata? Eso sería imposible. No se puede estar más enamorado. Sea lo que sea, el caso es que terminaré volviéndome loco.
Me odio a mí mismo por ser el causante de su pena. Pero no soy amigo de las incertidumbres, yo necesito certezas y ahora mismo solo necesito que acepte marcharse.
Trago saliva. Estoy reteniendo las lágrimas. Me estoy haciendo el fuerte por los dos, pero no aguantaré mucho más tiempo esta puta farsa. Estoy renunciando al amor de mi vida para mantenerla a salvo, pero ella no se da cuenta… ¡Y yo que pensaba que era la persona que mejor me conocía del mundo! Estoy restándole importancia a una decisión que me dejará devastado. Pero lo hago por ella. Siempre por ella. Y…, joder, cómo me duele el pecho.
Se cubre el rostro con las manos para que no vea sus lágrimas. Tarde. El puto corazón se me va a salir por la boca y necesito largarme de aquí cuanto antes. Hacerme el fuerte me está pasando factura. Estoy acojonado.
—¿Eso es un sí? —pregunto evitando ir corriendo a consolarla.
Me encuentro al borde del infarto sin darme cuenta de que la tensión retenida se traduce en el ceño fruncido y los puños cerrados con fuerza. Sus ojos se encuentran con los míos y… la he cagado.
—¡No! ¡Eso es un NO rotundo! —solloza.
«No me hagas esto, Taylor, no me obligues a hacerlo», escucho la voz en mi interior desolada.
Se acerca a mí para que la acoja entre los brazos y yo le respondo abrazándola como si fuese la última vez. Luchando con todas mis fuerzas para que ninguna lágrima escape de mis párpados. Tratando de restarle importancia. Quisiera atesorar este recuerdo para siempre, como si fuésemos el esbozo borroso de un dibujo antiguo, como si presintiera que ella será la primera que se desvanecerá en el lienzo. La calidez de su cuerpo. El rubor de sus mejillas. El aroma de su cabello. El latido de su corazón. Todo se convertirá tan solo en polvo de colores que vuela al viento en un sueño. El triste recuerdo del primer amor.
—Me sorprende verte así de seguro cuando yo estoy cagada de miedo —solloza contra mi pecho—. No quiero hacerlo. No puedes obligarme. Preferiría morir a separarme de ti.
«Preferiría morir». Esas dos palabras se clavan en mi mente como un dardo envenenado en plena diana. Una diana que se encuentra en el centro de mi pecho y con su impacto abre la caja de Pandora: mis recuerdos.
No puedo permitirlo. No quiero eso para ella. No lo quiero para nosotros. Por nada del mundo. Y solo hay una solución, por fin acabo de verlo claro, aunque arrase con nosotros. Con nuestra felicidad.
¿Sabes cuando ni siquiera ha ocurrido algo y ya te estás arrepintiendo de ello? Pues así me siento yo ahora mismo, presagiando la tormenta que se avecina. Un montón de nubes negras se precipitan sobre mi cabeza. Sería de locos soñar que en vez de llover lucirá el sol y después un hermoso arcoíris, ¿verdad? De putos locos.
—Taylor, olvida todo lo que te acabo de decir, no tiene sentido…
No voy a ser capaz de hacerlo, joder. No puedo pronunciar las palabras. Es tan fuerte el dolor que oprime mi pecho que hasta me cuesta respirar. Solo quiero abrazarla y besarla, pero no puedo permitírmelo.
—Vale. Porque yo tampoco quiero alejarme de ti. Que sea lo que tenga que ser y ya está. Que decida el destino.
No lo ha entendido.
—Tenemos que dejarlo —suelto finalmente intentando por todos los medios que mi voz no se quiebre.
Sus ojos reflejan el terror más absoluto al clavarse en los míos. Se aparta de mi cuerpo como si le quemase. Necesito tocarla. Confesarle que todo esto es un puto papel que me han obligado a representar. Pero no puedo.
—¿Dejar el qué?
—Lo nuestro.
Comienza a llorar y coge una de mis manos entre las suyas. No puede creer lo que acabo de hacer, y yo menos. Pero me obligo a poner el modo automático y fingir que no siento nada. Es lo mejor para ella.
—¿De verdad estás… rompiendo conmigo? —Ver su dulce rostro envuelto en lágrimas me mata.
Me horrorizaba pensar que estaríamos separados, pero al menos tenía la esperanza de hablar con ella cada vez que quisiera, y verla de vez en cuando. Ahora se impone la realidad: quizá no vuelva a besarla nunca más.
«Tiene que irse. Me aterra mucho más que la encuentre él», me repito.
—Eso es lo que acabo de hacer —afirmo.
Siento que me asfixio.
—No…, por favor —solloza a lágrima viva—. No me dejes.
Antes de que descubra que estoy a punto de romper a llorar y desplomarme, aparto mi mano de las suyas para largarme a toda prisa. Dejándola sola en su cuarto. ¿Se me ha ido la cabeza? ¿Qué mierda estoy haciendo?
A cada paso que doy alejándome de ella es como si ese dardo se clavase más y más, emponzoñando mi corazón hasta asesinarlo.
—¡No te atrevas a volver a buscarme! ¡¡¡Te odio!!! —La escucho gritar.
Yo también me odio, Taylor. Sé que nunca podrás perdonarme. Yo tampoco lo haré. Nunca. Acabo de destrozar nuestras vidas. Y deberé aprender a vivir con ello.
1
El casting
EDWARD ELRIC: ¡Es un intercambio justo! Te daré
la mitad de mi vida para que me des la mitad de la tuya.
WINRY ROCKBELL: ¡Qué idiota eres! Yo te daré mi vida entera.
Fullmetal Alchemist
Varios meses antes
—¡Corre, Tay, es la hora!
Ni siquiera me da tiempo de reaccionar, porque Susie me ha cogido de la muñeca para que la acompañe en su frenética carrera hacia quién sabe dónde. Si es que acaso se puede llamar «acompañar» a correr junto a ella dando tropezones. Si ahora mismo se le antojase lanzarse de cabeza al averno, yo iría tras ella sin dudarlo. Aunque, pensándolo bien, puede que la amistad sea eso, al fin y al cabo, ¿no?
—¿Estás loca? ¿Quieres decirme adónde se supone que vamos? —le pregunto, tratando de no caerme mientras atravesamos el pasillo de la uni a toda prisa, sorteando como podemos al resto de alumnos que circulan cerca y nos observan como si estuviésemos piradas.
Inciso: por si alguien todavía no piensa que lo estamos, esperad a descubrir cuál es el fin de nuestra intrépida carrera.
POV: salimos al enorme jardín que hay frente al edificio principal del campus. Hace un frío de narices, yo diría que está a punto de nevar. Descubro una fila considerable de personas. De chicas, para ser más exactos.
—¿Qué pasa? ¿Reparten caramelos? —me burlo.
—¡Sí! ¡Un buen caramelazo! —exclama mi amiga con una extraña sonrisa de medio lado dibujada en su rostro.
—Susie, nos conocemos desde que nacimos, literal, así que déjate de mierdas y cuéntame por qué leches está aquí toda esta gente… —Me detengo para observar la fila con más detenimiento antes de añadir—: ¡Son todo tías!
Vaya sorpresa. Como si ella no lo supiera.
—Es que no te enteras de nada, vives en tu mundo de mangas, otakus y movidas frikis, y así te va. No estás al día del mundo real, marginada —se queja.
—Y eso lo dice la que sueña con forrarse siendo influencer —me defiendo.
—¡Pues claro que voy a forrarme! @SusieLollipop será conocida por todo el mundo, ¡ya lo verás!
—Pues con tres followers vas un poco mal —la pincho.
—¡Qué mala es la envidia!
Yo tengo uno más que ella, aunque sospecho que pronto serán muchos menos, en cuanto alguno me envíe una fotopolla.
Niego con la cabeza al tiempo que nos posicionamos las últimas de la cola, aunque dicho puesto no tarda en sernos arrebatado, pues enseguida llegan otras seis alumnas más que se sitúan a nuestra espalda.
—¡Que me digas de una maldita vez qué hacemos aquí! —le pido enervada.
—¡Ron está buscando novia! —exclama dando unas absurdas palmaditas entre grititos y risitas nerviosas. ¡Está living! Todo en ella es muy cursi y teatral mientras me muestra en su móvil el tuit que lo demuestra.
CarterJR @Ron_Oficial 1d
Ron Carter abre un casting exclusivo desde mañana hasta el viernes. Todas las interesadas podrán presentarse a las doce en el campus de informática. Abstenerse las que no cumplan con los requisitos solicitados en las stories destacadas de su insta: @RonCarterJR.
Mis ojos se salen de sus órbitas como los de un personaje manga ante tal información. El cerebro, de pronto, se ha cortocircuitado. Creo que incluso ha comenzado a echar humo.
Recapitulemos:
Punto 1. Ron Carter está en tercero de Ciencias del Deporte y es el chico más popular de Pittsburgh, parte de Pensilvania y yo diría que de todo mi mundo. La primera vez que lo vi pensé que era un dios, lo recuerdo como si fuera ayer, pero ¿cómo no hacerlo?
Punto 2. Ron Carter es todo cuanto un chico de veinte años podría desear, es decir: guapo a rabiar, con buen cuerpo, inteligente, estudioso, de buena familia, divertido, con una risa depravadamente bonita… Es el tipo de persona que nace con una estrella iluminando su vida. Listo para brillar a su paso. Para romper cuellos y corazones. Joder, si hasta tiene nombre de triunfador. ¿He dicho ya que tiene un cuerpo de infarto, unos ojos verdes que hipnotizan y que sus padres están forrados? ¿Sí? Pues eso.
Punto 3. Ron Carter chasca un dedo y tiene como mínimo a cincuenta mil chicas dispuestas a ser sus novias y/o siervas de por vida. Entonces ¿a qué viene todo esto? ¿Se tratará de algún tipo de broma para después subirlo a redes y que se viralice?
Punto 4. Ya tenía mis sospechas, pero ahora mismo confirmo que Ron Carter es un auténtico gilipollas con la personalidad de un repollo. Solo por haber puesto ese tuit demuestra que es el capullo más engreído del mundo. ¿Qué tipo de persona convoca un casting para elegir a su pareja?
—¿Quieres ver los requisitos? —me propone mi amiga, entusiasmada.
—¡Ni de coña! —respondo con cara de asco apartando su móvil de mí.
Estiro el cuello tratando de divisar el principio de la fila, pero hay tanta gente que me resulta imposible. Esto no se finiquita en la media hora que dura mi tiempo de descanso ni de broma. Ya me imagino a Ron y sus orangutanes pidiendo a cada chica que les muestre sus cualidades para optar a ser la novia ideal.
«¿Y cuál sería tu mayor virtud, Taylor?», me pregunto a mí misma con retintín. Pego un empujón a mi yo imaginario para que se esfume mientras niego con la cabeza. ¡Un poquito de dignidad, por Dios!
—Susie, ¿no crees que hay algo que no encaja en todo esto? —inquiero, señalando a la cantidad de alumnas de todos los cursos y facultades que nos rodean. A ver si cae en la cuenta ella solita de que no pega ni con cola en medio de este elenco de Barbies siliconadas. No tengo nada en contra de ellas, pero es que no hay ninguna como nosotras, que pertenecemos más bien a lo que se denomina normies.
—¡Claro! A ver si te crees que soy tonta —protesta indignada poniendo los ojos en blanco.
—¿Entonces? ¿Por qué quieres participar en este circo ridículo?
Todavía tengo la esperanza de que lo que pretenda en realidad sea sabotear todo esto con alguna pancarta que lleve escondida entre las tetas en plan «No al patriarcado».
Ella me mira como si de repente me hubiese convertido en un oso morado con un tutú rosa bailando ballet sobre un cable eléctrico pelado. Pestañea un par de veces, tratando de pensar lo que va a decir antes de hacerlo, cosa bastante rara en ella, todo hay que decirlo, la verdad es que me sorprende porque es de actuar antes de pensar, y eso cuando piensa.
—Tay, ¿desde cuándo estoy enamorada de Ron? —suelta en un tono condescendiente.
—No sé. Desde que tienes uso de razón, supongo.
Su madre es pediatra en el UPCM Children’s Hospital y los padres de Ron la tienen contratada de manera privada, desde antes de que nosotras naciésemos, para que atendiera a sus hijos. Por eso Susie y Ron se conocen desde pequeños, además de haber compartido instituto.
El instituto. Yo no me permitía ir con ellos, pero gracias a mi amiga conocía todos los cotilleos al dedillo, pues el High School de los pobres (el mío) y el de los ricos (el de ellos) estaban pegados, por eso nosotras pasábamos todos los recreos juntas.
Susie continúa su charla:
—… por eso Ron es mi crush. El amor de mi vida. Hasta se podría decir que somos almas gemelas. La única pega es que él todavía no lo sabe. Por eso estoy aquí, para abrirle los ojos y que se dé cuenta de una vez por todas de que soy la única que merece su amor.
Contemplo a mi mejor amiga con angustia. A mis ojos, ella es la mejor del mundo. Es inteligente, ocurrente, graciosa, atrevida, cariñosa, defensora, apasionada de las causas perdidas como yo y un largo etcétera de cualidades maravillosas. ¿Qué voy a decir yo de ella?
Además, físicamente tampoco está nada mal. Tiene unos ojos castaños vivos y suspicaces que siempre captan hasta el más mínimo detalle de lo que acontece a su alrededor. No se le escapa ni una. Ahora mismo lleva el pelo moreno, pues le encanta teñirse según la estación del año, y en pleno diciembre su instinto le dicta que debe ser oscuro. Lo tiene liso con corte Bob y un flequillo que exalta su naricilla respingona. No es ni alta ni baja, como yo. Y ambas usamos la misma talla, por eso nos intercambiamos la ropa más a menudo de lo que me gustaría, pues ella no es tan cuidadosa como yo. Será porque a ella le sobra y no la valora tanto.
Aun así, no tiene nada que hacer contra todas estas modelos de piernas infinitas y culos prietos que nos rodean, que es lo que supongo que le atraerá a un tío como Carter.
—¿Y me puedes explicar cómo vas a conseguir exactamente que Carter descubra de repente que lleva toda su vida loco por ti, pero que ha estado ciego hasta el preciso instante en que te pongas delante? —pregunto, tratando de no reírme.
—Tú de eso no te preocupes. Lo tengo todo planeado —canturrea.
Me vienen a la cabeza las miles de veces que ha hecho el ridículo delante de su crush, como ella lo llama, para intentar que él simplemente se diera cuenta de su mera existencia y, por ende, las múltiples veces que la novia de turno se ha reído de ella en su cara. También recuerdo los llantos y lamentos de después, que, por supuesto, he tenido que sosegar yo.
Me niego a que la historia se repita una vez más y, encima, que esta nueva humillación tenga tanto público, pues medio infierno, digo, media facultad está aquí de una manera u otra y la otra mitad lo verá grabado en Instagram. Sospecho que todos sienten curiosidad por saber quién será la elegida. Ya me los imagino a todos stalkeando a Carter mañana. ¡Vaya cuadro! Todo esto podría crearle un trauma de por vida a Susie y yo no me perdonaría no haberlo evitado.
—Susie, o me cuentas ahora mismo qué pretendes hacer o me largo —la amenazo.
Ella se remueve nerviosa, mira hacia todas partes y termina sacando un pequeño papel muy bien doblado del bolsillo de su abrigo que me pasa con sumo cuidado, como si se tratase del mapa con la ubicación exacta del santo grial. Lo cojo de mala gana, lo abro sin ceremonias y en cuanto leo la frase escrita a mano y llena de corazoncitos me quedo congelada.
—¿Qué opinas? ¿A que es buena idea? Seguro que es lo único que tengo yo y que todas las demás no —afirma con orgullo.
La miro ojiplática. Sin dar crédito. Me he quedado en shock.
Es cierto que el amor nos vuelve locos, ciegos, tontos, o como queráis llamarlo, pero en este caso en concreto creo que se le ha ido de las manos.
—No pienso permitir que lo hagas —sentencio a la vez que rompo el papel en mil pedazos.
Ella, como si lo que estuviese rompiendo fuera su corazón, me mira con los ojos anegados en lágrimas, sin dar crédito.
—¡Tú no lo entiendes! —explota—. ¡No es justo que me hagas esto, Taylor! ¡Siempre que me has necesitado, he estado a tu lado! ¿Quién se quedó a dormir contigo cada noche cuando se divorciaron tus padres? ¿Quién te acompañó cada día a la tumba de Max? Hay miles de cosas que tú haces y que yo no soporto, pero nunca te dejo sola. Me limito a estar a tu lado para apoyarte y punto. ¡Nunca te juzgo!
Tiene razón, siempre nos hemos tenido la una a la otra. Nuestra relación va mucho más allá que una simple amistad. Nosotras somos hermanas.
La gente a nuestro alrededor nos mira con curiosidad. Por eso bajo la voz al añadir:
—¿Es que no lo ves, tía? Solo intento que no sufras. Si dices lo que pone en la nota delante de toda esta gente, se burlarán de ti y ya no habrá vuelta atrás. Habrás cavado tu propia tumba. Lo único que pretendo es que no te hagan daño.
Cambia de expresión al escucharme.
—¿Que no me hagan daño o que no te relacionen conmigo porque te avergüenzas?
—¡¿Eres idiota?!
Eso duele más que mil puñales en el pecho y ella lo nota. Cuando quiere, es una harpía sin escrúpulos, aunque no suele serlo conmigo. Echa los hombros hacia atrás y clava su mirada enrojecida en la mía, suavizando el tono:
—Solo te estoy pidiendo que me acompañes. No necesito tu opinión y mucho menos tu aprobación.
Suelto un suspiro. Me rindo.
—Está bien. Aquí me tienes entonces. —La cojo de la mano y me sonríe.
Y allá vamos, como dos guerreras sin armadura dispuestas a atacar a un curtido ejército armado hasta los dientes cuyo destino es un dragón mortífero, convencidas de que la victoria será nuestra porque estando juntas nada ni nadie nos detendrá. Nunca.
2
La gran decisión
Desde los tiempos antiguos, el dragón ha sido la única bestia en igualar al tigre.
Incluso si no estás a mi lado en este momento, atravesaré el tiempo y el espacio para estar contigo.
Estos sentimientos nunca cambiarán.
RYUUJI TAKASU,
protagonista principal de Toradora
Nos hemos saltado dos clases para no perder el turno en la fila. Todo sea por Susie y la cara de ilusión que tiene según nos vamos acercando al gran momento épico de su vida. Espero que merezca la pena y que el dichoso Ron Carter caiga rendido a sus pies en cuanto le recite esas dos palabras mágicas que tiene pensadas.
Ay, Dios, ¿a quién pretendo engañar? Se masca la tragedia, joder. Todos se van a reír de ella y la van a ridiculizar. ¿Dónde están los huracanes o los terremotos cuando más se los necesita?
¿Y si finjo que me da un ictus y me dejo caer al suelo para que no lo haga?
—¡Siguiente! —La voz de uno de los esbirros de Ron me saca de mis pensamientos.
Miro hacia delante y veo a tres tíos superatléticos alrededor de una mesa plegable, tipo camping. Me recuerda a una convención de la ONU con guardaespaldas rodeando al presidente, pero en plan cutre.
Entonces, uno de ellos se retira para que un rayo de sol ilumine el rostro de Carter como si descendiese por gracia divina del cielo para llenarlo de gloria ante nuestra atónita mirada. Disimulo, como puedo, que babeo por él.
Impresiona tenerlo así de cerca. Mucho. Es un puto Adonis. Observa al resto de los mortales como si no fuesen dignos de estar en su presencia. Nadie se atreve ni a mirarlo. Ahora mismo no querría estar en el lugar de Susie ni por un millón de dólares, porque yo no sería capaz de mirarlo a los ojos directamente sin temblar.
Volviendo al susodicho, lleva puesto debajo de su abrigo de paño gris un vaquero y un jersey de cuello de pico color azul marino. Nada del otro mundo, pero lo que le hace único es que al puto Ron Carter la ropa le sienta mejor que al resto de los tíos. Él la lleva con estilo. Todo le queda apretadito, pero sin ser excesivo, con gusto. Se trata de una mezcla perfecta entre macarra y pijo que resulta explosiva. Está tremendísimo.
Además, no solo es que la ropa le siente como un guante, es que su expresión corporal rezuma seguridad en sí mismo y eso cautiva y acojona al mismo tiempo. Muchísimo. Y todo eso acompañado de su intensa mirada verde de perdonavidas, de ser superior… ¡Dios! Me tiene fascinada. No soy capaz de apartar la mirada de él. Es todo un compendio de «estamos jodidas». Pero bien jodidas.
Aunque a Susie, lejos de acojonarla, la atrae como la miel a las moscas, porque, sin que me diera cuenta, mi amiga ha avanzado hasta situarse frente a la mesa donde él la contempla con cara de chiste y sus secuaces murmullan entre ellos con risitas y codazos.
—¿Cómo te llamas, chica? —pregunta uno de ellos.
—Susan —titubea ella.
Vuelvo a escuchar risitas, tanto de ellos como de las chicas que tengo a mi espalda.
—A esta la va a despachar rápido —susurra una de ellas.
¡Serán zorras! Estas ni siquiera han oído hablar de lo que es sororidad.
«¡Vamos, Susie, demuéstrales lo que vales a esos orangutanes!», le mando toda mi fuerza mental desde mi sitio. Aunque en mi interior sigo pensando que esto es denigrante para cualquier mujer que se precie, y que no me siento en absoluto cómoda con toda esta mierda. Pero es lo que ella quiere y, por lo visto, me lo tengo que comer con patatas.
—¿Cuántos años tienes, Susan? —indaga Ron con una voz demasiado ronca, consiguiendo que todas las presentes suspiren de amor.
¡Oh, por favor! Será cretino. Sabe de sobra los años que tiene. Está fingiendo que no la conoce, el muy capullo.
—Ten-tengo dieci-ocho años. Es-es-estoy en pri-me-ro —tartamudea ella.
La noto muerta de miedo. Reprimo las ganas que me entran de ir a abrazarla.
—Bien. Pues cuéntame qué haces aquí. Ya que en mis condiciones pedía que viniesen chicas de mi curso o mayores —alega sin inmutarse, como si fuera obvio que el universo tuviera que saber los años que tiene el muy capullo. Se recuesta en la silla y se cruza de brazos como si lo aburriese la situación.
O finge muy bien o ni siquiera la ha reconocido, aunque me resulta muy difícil de creer que no sepa de quién es hija. Seguro que está demasiado ocupado admirando el brillo de su propio pelo.
—Si ese fuera el único requisito que no cumple… —añade uno de los idiotas que están junto a él.
Enseguida escucho más risas. Risas que me están revolviendo el estómago.
Me estoy mordiendo la lengua para no saltar.
Susie carraspea y se arma de valor, se apoya en la mesa para poder mirar a Carter a los ojos y le suelta:
—Yo siempre he estado enamorada de ti, Ron, y…
—¡Como todas, nena! —la interrumpe alguien a mi espalda.
—¡Cállate, joder! —la increpo.
—Continúa, Susan —la anima un Ron sonriente y pagado de sí mismo.
—Pues es que… yo… quería decirte… Quiero que sepas… En fin…, que…
«No lo digas. No lo digas. No lo digas», clamo al cielo.
—… soy virgen —termina soltando mi amiga.
Sí. Ha dicho las dos palabras, señoras y señores.
Mierda.
El silencio se hace en torno a todo el mundo.
Desde mi sitio solo atisbo la espalda de Susie. No su cara. No sé lo que se le estará pasando ahora mismo por la cabeza, solo sé lo que pasa por la mía, y no es nada bueno, al observar la expresión de burla de los tres matones que la rodean.
La primera carcajada procede de la tiparraca que tengo a mi espalda. Y las demás, del resto del público en general. De todos, menos de Carter, que permanece muy serio contemplando a Susie con pena.
—¡No me extraña que seas virgen! ¿Tú te has visto? ¡Das cringe! —grita la idiota que tengo a mi espalda.
¡Ya está! ¡Hasta aquí hemos llegado! ¡La mato!
Me giro para plantarle cara:
—Pero ¿tú de qué coño vas, payasa? ¿Quién te crees que eres para tratar así a la gente?
—¡Vete a la mierda, bullshit! —ruge.
—¡Serás gilipollas!
Y sin darme cuenta me agarra del pelo y tira con ímpetu. Yo trato de defenderme sujetándola por las muñecas, pero ella tiene más fuerza que yo y termina tirándome de espaldas al suelo. Justo encima de un charco de barro.
¡De puta madre todo!
La miro desde abajo, herida en mi orgullo y muerta de la vergüenza por haber accedido a participar en este show de mierda. Me incorporo y permanezco sentada porque no tengo fuerzas para ponerme en pie. Susie acude corriendo para ayudarme a levantarme, me ofrece su mano, pero se la niego, dedicándole una mirada de desaprobación y decepción. Ella se aparta avergonzada.
—¡Sois todos una panda de imbéciles! —grito llena de ira.
—¡Lo que estás es rabiosa porque Ron nunca te elegiría y mucho menos ahora! ¡Perdedora! —escupe la idiota que me ha lanzado al barro mientras se parten todas de la risa.
No me había dado cuenta de que Ron se había levantado a toda prisa de su trono de rey del mundo para acercarse a mí, supongo que para humillarme más todavía. Joder, tenerlo tan cerca impresiona. Mucho. Muchísimo. Con ese pelo castaño despeinado a lo loco y esos ojos verdes que brillan como dos malditas esmeraldas, me entran ganas de besar sus pies.
¡Mundo cruel! Los villanos deberían ser repulsivos.
Para mi sorpresa, extiende la mano ofreciéndome ayuda. Todos a nuestro alrededor están flipando, contemplando la escena con total atención, pues Carter nunca jamás muestra piedad con nadie.
—Siento mucho lo ocurrido —susurra al verme dudar si cogerle la mano.
Miles de recuerdos acuden a mi mente en forma de huracán que arrasa con todo. Bolas de papel. Empujones. Tirones de pelo. Burlas. Insultos. Humillaciones. Soledad.
Juro que no sé qué neurona de mi cerebro se desconfigura, pero de repente cojo un puñado de barro del suelo para lanzárselo con todas mis fuerzas, con tan mala suerte que le doy de lleno en toda la cara. En mi defensa diré que pretendía ser algo disuasorio, pero nunca tuve buena puntería.
La gente saca sus móviles a toda prisa para grabar la escena entre gritos de estupor.
Aprovecho la confusión colectiva para incorporarme. Ron se limpia como puede con la manga del abrigo mientras me mira con desprecio. Creo que ahora quiere asesinarme. Me da igual. Lo amenazo con el dedo índice:
—¡Debería darte vergüenza tratar a las mujeres como simples monos de feria! —Abre la boca, pero no le permito ni rechistar—. No somos trozos de carne que salten y bailen cuando tú se lo ordenes, ¿sabes? Si quieres una novia, alguien que te quiera de verdad, estás a años luz de encontrarla, ¡maldito engreído de mierda! —rujo mientras me marcho de allí como un vendaval, con el culo y el pelo llenos de barro, entre silbidos, vítores y abucheos.
3
Las consecuencias
No importa lo fuerte que sientas algo en tu corazón, si no se lo transmites a la otra persona, no tiene sentido.
Junjou Romantica
—¡Taylor Smith! —La voz de mi madre al otro lado de la puerta y los golpes contra esta consiguen que cierre los ojos con fuerza.
Cuando me llama con mi apellido, es que la cosa pinta mal. Muy mal.
Abro de mala gana aguardando el chaparrón.
Mi madre suele aparecer en la residencia cuando le da la gana porque no asume que sea mayor, y hoy se ha presentado justo cuando estaba quitándome los pantalones embarrados. En cuanto abro la puerta, mira mi pelo sucio con cara de psicópata.
—¿Qué diablos pasa aquí? —grita colérica—. Ha saltado la alarma de la aplicación de la universidad avisándote de que has faltado a clase ¡las dos últimas horas! —No sé en qué momento me pareció buena idea que mi madre se descargase la aplicación de la uni—. He tenido que pedir permiso en el trabajo para salir porque no contestabas a mis llamadas, Taylor. Y cuando vengo, te encuentro aquí llena de barro. ¡Espero que tengas una buena explicación, jovencita, porque, de lo contrario, te va a caer un buen castigo! ¡No puedes perder la beca!
¿Me ha llamado? ¡Mierda! Miro por todas partes y no hay ni rastro del móvil. Se me ha debido de caer durante la pelea. El pánico se apodera de mí.
Mi madre permanece con los brazos en jarra, observándome con la cara desencajada por la ira.
—Me he peleado con una idiota que ha insultado a Susie y me he caído al barro. Me daba vergüenza ir así a clase y he venido a cambiarme. Ya está. —Mitad verdad, mitad mentira. Podría valer, ¿no?
—¿Que te has peleado? O sea que, además de faltar a clase, ¡te has peleado! —Está fuera de sí. ¿Por qué las madres se vuelven locas a la mínima sin siquiera escuchar lo que les dices? Solo se centran en lo que les conviene.
—¡Se estaban metiendo con Susie! —me defiendo.
—¿Y eso implica que te líes a puñetazos? Pero ¿qué tipo de educación te estoy dando? ¿Acaso estamos en la Edad Media para que os lancéis al barro a pegaros? ¡Ay, por favor! —Se santigua varias veces.
Da igual lo que le intente explicar, ella ya se ha montado su propia película medieval y me ha declarado culpable, así que decido callarme para no enfadarla más. Después de un buen rato parada frente a ella escuchando cómo se lamenta por mi mala educación y lo mala hija que soy, termina reprochándome:
—¿Se puede saber qué haces ahí de pie como un pasmarote? ¡Ve a ducharte que vas a coger frío!
Contemplo absorta en el suelo de la ducha cómo el agua que resbala sobre mi pelo y mi cuerpo va cambiando de color. En un principio, era de un marrón oscuro, incluso con trocitos de tierra, y ahora comienza a ser transparente.
Una vez que he terminado de jabonarme, he repetido el proceso cuatro veces más. Me seco el pelo, que por fin se ve rubio, y me pongo un pijama. El plan es pasar el resto de la tarde encerrada en mi cuarto, ya que mañana tengo examen de Informática Aplicada a la Realidad Virtual.
Me siento frente al escritorio y enciendo el ordenador para ponerme a estudiar, es entonces cuando caigo en la cuenta de que mi madre todavía se encuentra aquí, aunque fuera de la habitación, en el pasillo. La oigo hablar con alguien por teléfono. Pego la oreja para escucharla:
—Vale, Helen, muchas gracias. Ya conoces la situación que tengo en casa y no me puedo permitir que la amonesten por las faltas. Ante cosas así me veo muy apurada, porque ya sabes que estando becada hay que justificarlo todo. Está bien. Me pasaré por tu casa al salir del trabajo, ¿a eso de las siete? Vale. Gracias de nuevo. Un beso. Bye.
La universidad a la que asisto, Carnegie Mellon, es privada, o sea, que va gente pudiente, cosa que yo no soy. Aceptaron mi solicitud porque mi madre pertenece a una congregación católica que abogó por mí, pues tienen un cupo destinado a ayudar a los más desfavorecidos con becas siempre que mantengan una nota media bastante alta y que, además, les recomiende un buen padrino o, como en mi caso, una buena madrina: Helen, antigua alumna honoris causa y actual contribuyente del centro.
Mi madre se ha marchado sin despedirse, con lo que deduzco que está bastante cabreada. Le ha tenido que pedir a la madre de Susie que le haga un justificante médico falso y sé que odia pedir favores de esa índole. Es demasiado orgullosa, creo que en eso he salido a ella. Nos desvivimos por los demás, pero tenemos que estar muertas antes de pedir algo a alguien.
Pensándolo bien, después de todo, este lío ha sido culpa de Susie. Tendría que ser ella la que estuviera pagando las consecuencias y no yo, ni mucho menos mi madre.
Busco el móvil para mandarle un wasap y enseguida recuerdo que lo he perdido. La ansiedad se apodera de mi estómago. Espero que nadie tenga acceso a mis cosas, porque podría morirme. La facultad permanece cerrada por las tardes, así que tampoco puedo ir a buscarlo hasta mañana. ¡Menuda mierda!
Decido mandarle un mensaje a Susie vía Instagram desde el portátil. Aunque miedo me da entrar en redes por si me encuentro algún vídeo de lo ocurrido esta mañana.
En cuanto introduzco la clave para entrar en mi cuenta aparece un vídeo que me deja petrificada. Me cubro la cara con las manos, pero miro entre las rendijas de mis dedos.
¡Oh, por Dios! Nunca superaré esto. Mi mejor amiga me odiará. La gente de la uni me repudiará. Seré una marginada traumatizada para el resto de mis días. Esto no se solucionará ni con años de terapia.
4
Amar a una persona no se trata de lógica o de razón.
YUKARI HAYASAKA, protagonista de Paradise Kiss
El v
