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Primera edición: abril de 2024© 2024, Alba N. F. (@kalisdice), por el texto y las ilustraciones© 2024, Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 BarcelonaDiseño del interior: Penguin Random House Grupo Editorial / Angie IzquierdoPenguin Random House Grupo Editorial apoya la protección del copyright.El copyrightestimula la creatividad, defiende la diversidad en el ámbito de las idees y el conocimiento, promueve la libre expresión y favorece una cultura viva. Gracias por comprar una edición autoritzada de este libro y por respetar las leyes del copyrightal no reproducir ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo está respaldando a los autores y permitiendo que PRHGE continúe publicando libros para todos los lectores. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, http://www.cedro.org) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.ISBN: 978-84-19441-11-9Compuesto en Comptex & Ass., S. L. Composición digital: www.acatia.es

A Raze y a su madre Pris.Porque la ausencia que dejaron creó lanecesidad de Leo y Ruga.Sebaze siempre estará en mi corazón.

¡Advertencia de contenido sensible aquí debajo!* Y ya te aviso de que yo, Ruga,voy a ser muy mal habladodurante toda la historia yque hago bastantes insinuaciones sexuales. Espero queme quieras igual.* Advertencia: este libro incluye contenido que puede herir la sensibilidad, escenas de violencia, consumo de drogas y contenido sexual explícito.


Leo no estaba nada convencido de lo que estaba a punto de hacer para iniciar la Fase 3 y, sin embargo, asintió con la c abeza. Por la forma en la que lo estaba mirando, Azul no parecía tener intención de darle espacio para pensárselo más. Sacó un blíster lleno de pastillas lilasdel bolsillo de su pantalón y le tendió una a su compañero. Leo tragó saliva. Clavó sus ojos negros en la mujer que tenía delante.—Me encargaré de todo —confirmó, como si hubiera escuchado sus pensamientos. —¿Qué pasará con Ruga? La mujer abrió la boca para tranquilizarlo, hasta que se lo pensó mejor: era un tema delicado y, si no le daba la importancia que para su compañero tenía, era posible que no siguiera adelante con la misión. —También tengo una pequeña tarea para Ruga. Mientras tanto, podrá vivir en tu casa con total comodidad. Leo frunció el ceño, inseguro. —¿Por qué lo has involucrado? —Incluso por debajo del tinte de culpabilidad en su voz, se podía percibir un deje de rabia. Azul no tenía respuesta a eso, así que se limitó a encogerse de hombros.—Solo tiene que asegurarse de que la persona que he traído al Subterráneo no se meta en problemas, no te preocupes. —Suspiró, con un gestode reproche, al verle la cara de desconcierto—. He dicho que no te preocupes, es solo una cría, tu compañero no tendrá que hacer demasiado.Asintió, aún dubitativo, pero esforzándose por confiar en ella.
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Después de todo, habían trabajado juntos cuando lo mandaron al Subterráneo por primera vez, un año atrás. —Tómate la pastilla y entra en la cápsula, Leónidas. Ante la orden de la mujer, el aludido sacudió la cabeza para dejar las preocupaciones a un lado. Tenía que convencerse de que todo saldría bien, de que a él no le pasaría nada y Ruga estaría seguro. Violette, Luna y todos los demás también lo estarían. Debían avanzar en las siguientes fases de la misión que Azul había planificado y, para ello, lo que estaba a punto de hacer era clave. Con más seguridad que antes, y sin que el terror se llegara a desprenderde sus ojos, Leo se metió la píldora en la boca y se la tragó sin pensárselo. Anteel gesto de asentimiento de Azul para que diera el segundo paso, se introdujodentro de la cápsula llena de un líquido del mismo color violáceo que la pastilla y se tumbó en su suelo metálico, siguiendo las indicaciones de la mujer.Mientras Azul le colocaba algunos cables y sensores en las manos y lacabeza, se volvió a repetir que todo iría bien, y que lo que iba a hacer los acercaría más al objetivo final de todo aquello por lo que habían estado luchando.El sistema de Exced se derrumbaría.El Límite caería y el sol volvería a llegar al Subterráneo.Cuando terminó de colocar todas las conexiones, Azul se apartó de lacápsula, sin dejar de mirarlo. Leo suspiró mientras el cristal de la cápsula secerraba: el líquido brillante empezó a ascender y lo cubrió cada vez más.—No dejes que le pase nada —dijo, justo antes de que la cabeza le quedara envuelta por la viscosidad del fluido.Unos instantes después, su corazón ya se estaba ralentizando y todo su mundo se llenaba de penumbra.Azul, que contemplaba cómo la consciencia del chico se perdía del todo, asintió a la nada. Ya sabía que no era una persona que amenazara, sino que más bien tendía a pedir las cosas por favor, si es que se atrevía a pedir algo. Aquella vez, sin embargo, sí que había suplicado. Dejando escapar un suspiro, la mujer susurró que sí, que cuidaría deél, aunque ya nadie la escuchara. No sabía cuándo el chico volvería a hacerlo. Tal vez nunca volvería a escucharla.6CUANDO VIMOS LA LUZ










LaIA de mi cuarto ha sido la primera en felicitarme. Hoy cumplo doce años. Podré iniciarme en la Limpieza con el resto de mis compañeros, el momento que todos los niños de nuestro Linaje esperan. Podemos ver a uno de los Subtérreos y acabar con su vida. Es uno de los principales objetivos del Linaje de Vigilantes, para lo que nos han estado entrenando desde que tengo memoria. Dicen que parecen humanos, que la ausencia de sol no les ha afectado el físico, solo la mente, y que emiten unos sonidos que hacen que tiemblen los huesos.Me pican los ojos al pensar en lo terrible que debe de ser que la ausencia de sol en el Subterráneo haya hecho que existan seres tan parecidos a nosotros que lo único que nos diferencia de ellos es que no tienen conciencia alguna. El Vigilante que camina a mi derecha se detiene un momento, como si quisiera comprobar que sigo junto a él. Eso me hace dedicar ese instante de silencio a pensar si he hecho algo mal.Parece decidir que todo va bien, y seguimos caminando hacia una de las puertas donde nos aguarda un hombre cuya bata blanca demuestra que pertenece al Linaje de Médicos.—Leónidas —saluda. El Halo lilade sus ojos parece brillar más aún al comprobar que los datos de la pantalla que sostiene entre sus manos coinciden con mi apariencia—. Feliz cumpleaños.
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—Gragracias —me trabo, como siempre que tengo que hablar condesconocidos.El hombre pulsa unos comandos de la pantalla digital y, al instante, una puerta se abre. —No es muy diferente de los entrenamientos con los muñecos —explica—. El indicador te marcará de qué forma limpiarlo. Podrás coger el arma que prefieras del expositor, o no usar ninguna. Me quedo sin preguntar si da mayor puntuación prescindir de armas y hacerlo todo con las manos, y me arrepiento en cuanto me veo empujado al interior de la fría sala de paredes metálicas, completamente solo. La pantalla que tengo a mi izquierda y las luces lilasson iguales que en la de las otras pruebas; aun así, hay algo diferente. La puerta se cierra y me invade un mal presentimiento. Tal vez porque voy a acabar con un Subtérreo, un ser vivo. Hasta ahora, todo habían sido maniquíes.La respiración es lo primero que percibo cuando una compuerta delante de mí se abre y algo amordazado entra en una silla que se desplaza sobre unos raíles. Justo entonces, la pantalla se enciende y el expositor se materializa en la pared, revelando varias armas blancas. 1212. La pantalla indica el número del sujeto que han atrapado convida y laIA del cuarto lo lee en voz alta, al tiempo que aparece una silueta humana sobre la que se marca en rojo el punto al que debo atacar.Cojo aire. El cuello. Entiendo. Degollarlo es la forma de acabar con él.Vuelvo a tragar saliva, me flaquean las piernas, así que me esfuerzo por respirar hondo y convencerme de que lo que tengo delante no es un ser humano, y que, de hecho, limpiarlo supondrá un pequeño avance para nuestro sistema. Intento grabarme esos pensamientos, para evitar que el mundo se me caiga a l os pies cuando el Subtérreo abre los ojos de color avellana. Es un hombre moreno con unas pupilas sin el brillo lila. No, no es un hombre. Me tengo que centrar. Solo lo es en apariencia. LaIA nos ha recordado una y otra vez que no son personas, solo chillan y gruñen, o incluso balbucean, pero ni hablan ni pueden comunicarse.La ausencia del Halo es otra prueba más de su desconexión a Exced.12CUANDO VIMOS LA LUZ



Y yo tengo que despertar el Propósito para poder unirme al sistema. Acabar con estos Subtérreos es el paso para lograrlo. Seguro que sufren estando vivos. He escuchado sus lamentos y gritos en las grabaciones que nos han puesto durante los años de instrucción, para que supiéramos identificarlos. Me vuelvo un instante hacia la vitrina para recoger mi arma. No me pienso mucho lo que voy a usar, así que agarro uno de los sables disponibles con ambas manos. Cojo aire. Exhalo. Hasta ahora solo había destrozado muñecos, y aunque nos han enseñado en el aula cómo reacciona el cuerpo de los Subtérreos ante los ataques, no puedo evitar sentir escalofríos al recordar que hacen lo mismo que los humanos. Pero esto no es un humano. Me vuelvo hacia la criatura. Me mira de reojo, de una forma tanatenta que consigue hacerme tiritar. Sí que parece humano. Mucho.No lo es. Por muy pesado que me resulte, alzo el sable. Espero que el corte sea muy profundo a la primera, para que la muerte sea lo más inmediata posible y no tener que rajar más veces. Cuando exhalo una última vez, antes de soltar el golpe, el Subtérreo abre la boca, y eso me detiene. —Por favor, no lo… hagas… Me quedo de piedra, y de pronto siento frío. Ha hablado. No. No puede ser. Los Subtérreos no hablan.¿Estoy alucinando? No soy capaz de apartar el arma, pero tampoco de cumplir con el objetivo del día y acabar con la vida de esta persona. No, no, no es una persona. No lo es. Sacudo la cabeza. El ser abre más los ojos y me mira fijamente.Sí, debo de estar alucinando.—Tengo… alguien a quien cuidar… Está diciendo cosas con sentido. ¿Me estoy volviendo loco? ¿Esto es parte de la prueba?Escucho el sonido de la compuerta que se abre a mis espaldas. —Leónidas, ¿a qué esperas?14CUANDO VIMOS LA LUZ

Las piernas no me responden, ni una sola parte del cuerpo lo hace. Una mano me agarra por la muñeca y me obliga a alzar el sable. Tengo los ojos llenos de lágrimas y el corazón me palpita con tanta fuerza en las sienes que apenas consigo distinguir la mirada impasible y las palabras del Vigilante.—Tienes que cumplir el objetivo. Desvío la mirada hacia el Subtérreo —o el hombre—, que parece aterrado. El Médico ha ido con él, pero no consigo ver lo que le hace ya que su propio cuerpo lo tapa. —Ha hablado —consigo articular. Me mira como si hubiera dicho un imposible. Lo es, creo. —No lo ha hecho. Vuelvo a mirar con insistencia al Subtérreo, que está abriendo otra vez la boca como si fuera a decir algo, y siento cierto alivio de que vaya a haber testigos de sus siguientes palabras, no solo yo. Un gruñido. Un balbuceo. Eso es lo único que escucho esta vez. El Subtérreo no vuelve a hablar; aunque sus ojos siguen siendo los mismos, salvo por su mirada, que ahora parece más nublada que antes, ya no me resulta tan humano. El Médico pasa a nuestro lado. —¿Ocurre algo? —me dice con una sonrisa amplia en el rostro. El Vigilante me suelta la mano en ese momento y observo que yo ni siquiera era consciente de que aún me estuviera agarrando. El Subtérreo solo gruñe y jadea, con ojos acuosos. —Te recuerdo que si no cumples el objetivo del día bajarás puntos y, por tanto, bajarás de Piso. ¿Es lo que quieres? Eso termina de convencerme, porque no quiero bajar niveles y estar más lejos del sol.Asiento, aferrando de nuevo el arma. El Vigilante me da unas palmaditas en el hombro, felicitándome por la decisión. —Exced te guía bien, no te preocupes. Y la próxima vez, intenta venir más descansado y haber comido bien —sugiere el Médico—. A veces nos podemos confundir si no nos cuidamos lo suficiente.15parte 1

Vuelvo a mirar al sujeto 1212 que viene del Subterráneo. Una pobre criatura sin conciencia. Tal vez no haya dormido lo suficiente, sabiendo que iba a llegar este día: he estado muy nervioso esta semana y eso me ha impedido estar en plenas facultades. Ha sido eso. Este Subtérreo parece tan humano que me ha llegado a confundir. Casi me dejo llevar. Podría haber bajado niveles por hacer caso de las alucinaciones. Alzo el sable. El Subtérreo levanta la cabeza y la niebla de sus ojos me busca. Cuando salgo de la habitación mi contador tiene cien puntos más.Al marcharme de allí, solo puedo pensar que esa puntuación me permitirá subir un Piso más hoy y podré estar más cerca de la luz del sol. He cumplido con los objetivos que Exced nos marca: he realizado la Limpieza y lo seguiré haciendo hasta cumplir mi Propósito. Tal y como ha organizado laIA por mi primera Limpieza, me reúno con mi padre y mi madre al subir al cuarto del Piso al que he ascendido tras superar el objetivo. No recuerdo cuánto hace que Exced nos convocó para algo y nos permitió estar un rato solos. En los días especiales como hoy, los del Linaje de Servidores nos dan una papilla nutricional de más, que me da más energía. También me trae más pensamientos. —Ya he cumplido aquí —dice mi madre cuando han pasado dos horas exactas desde que llegó, aunque no hemos intercambiado más que un par de palabras—. Nos vemos en la próxima ocasión —añade mirándome con esa indiferencia idéntica a todas las veces anteriores— y espero que para entonces sea porque hayas despertado el Propósito. Asiento antes de que se marche del cuarto, aunque lo que mi cuerpo pedía era vomitar del vértigo que me da que me lo recuerde. Normalmente el Propósito se despierta a los dieciséis o diecisiete años, los dieciocho es el límite. Me encojo sobre mí mismo, porque eso supondrá cumplir con todos los objetivos hasta entonces y sacar buenas pun16CUANDO VIMOS LA LUZ


tuaciones en las tareas diarias. Y, entre esos objetivos, seguir haciendo la Limpieza cada cierto tiempo.1212. Los Subtérreos. El Subtérreo. La forma en la que acabé con su vida. No. No es matar si no era un humano, ¿verdad? Solo hice Limpieza.Lo que Exced quería. Me entra una arcada cuando recuerdo sus ojos. Esa mirada roja por las lágrimas, y su voz. No me la voy a quitar nunca de la cabeza. —Padre. —Me tiemblan los labios al llamarlo. Él, tan serio como lo recuerdo de otras ocasiones, alza ligeramente la ceja, supongo que como una invitación para que siga hablando. Las palabras se me atascan en la garganta—. ¿Somos asesinos? Parece que el mundo explota, o esa es mi sensación al soltar la bomba que llevaba dentro. Necesito que me responda con un no, que me diga que los Subtérreos son peligrosos y que solo hacemos Limpieza. Leónidas.parte 1

—No te preocupes. —Me quedo helado mientras me toca el hombro con la mano. ¿Por qué no lo ha negado directamente?—. Cuandodespiertes el Propósito y te conviertas en un Útil, podrás incluir lasdosis de Lila a tu rutina, y todo será más fácil. —No sé qué responderle,mucho menos cuando su seriedad se retuerce en una sonrisa que meresulta de todo menos tranquilizadora. Que me apriete más y más elhombro con la mano no ayuda—. Y no vuelvas a usar esa palabra parareferirte a nuestro noble Linaje de Vigilantes, ¿entendido?Si está molesto, no lo sé. Todavía sonríe. —Servimos a Exced, Leónidas. Nos protegemos de esos seres sin conciencia, a nosotros mismos y al sistema. No lo olvides. —El tacto de su mano, ahora sobre la piel de mi mejilla, es hielo—. Cumplirás con tu deber y llegarás más cerca del sol. Asiento, porque no me sale otra cosa, ni creo que mi padre espere algo diferente. Y así, dejándome helado, la persona que me ha dado la vida se levanta y, sin decir nada más, se marcha. La reunión aumenta mi recuento diez puntos. Cuando llego al Área de Limpieza, necesito coger aire. Como cada mañana, laIA me ha cronometrado lo que he tardado en ducharme, tomarme la papilla del desayuno y vestirme. La diferencia esta vez ha sido que he empezado con retraso porque mi cabeza estaba recordando lo que sucedió la semana pasada. A partir de ahora, cada cierto tiempo, la Limpieza será un objetivomás de la lista. Hoy es uno de esos días. Mis pies llegan al final del caminoiluminado por la IA, que termina en una fila de niños. No tardo muchoen descubrir que es así como se hace la Limpieza después de la primeravez: entrando en una cabina que se abre y se cierra hasta que el siguientecompleta el objetivo. De la puerta cuelga una pantalla con otro cronómetro que se reinicia cada vez que uno de los niños sale del habitáculo. Unescalofrío me recorre cuando consigo asimilar que es esto lo que tenemosque hacer: entrar, acabar con el Subtérreo que aguarda dentro y salir.18CUANDO VIMOS LA LUZ

El corazón me golpea tanto las sienes que eclipsa las charlas de los niños que tengo delante de mí. Se escuchan risas. ¿Se están riendo? ¿Les parece bien todo esto? ¿Cometer una atrocidad? No sé cuánto tiempo pasa hasta que me llega el turno de entrar en la cabina. La puerta se cierra y las luces se encienden. El recuerdo se funde con lo que estoy viviendo ahora: una criatura atada a una silla, mirándome y haciendo ruidos que no comprendo. Un maniquí se ilumina en la pantalla que tengo a la izquierda.El pecho aparece señalado en rojo: esta vez hay que atacar al corazón. El expositor aparece ante mí casi al mismo tiempo que el contador. La primera vez no hubo: ahora, sin embargo, es una prueba contrarreloj. «Ya ha agotado treinta segundos». Cojo una de las armas como si fuera un hacha. Los ojos, sin embargo, los dejo fijos en el suelo. Si no miro al Subtérreo no pasará nada. Ganaré los puntos que necesito para subir de nivel y ahí podré estar más tranquilo. Seguro. No tendré que volver a hacer esto. El gemido del Subtérreo me hace detenerme un segundo y, en ese instante, sé que he perdido, porque lo he mirado. O, mejor dicho, la he mirado, porque por su pelo largo, su falta de vello y su silueta más redondeada, creo que es una mujer. No, no. No lo es. Solo emite sonidos animales mientras mueve la cabeza de lado a lado, acompañando ese movimiento con todo el cuerpo a pesar de estar atada. ¿Y por qué sus ojos son tan humanos? Estoy alucinando otra vez. El tictac del cronómetro me taladra con cada segundo que pasa. No sé cuántos he perdido ya. Solo tengo que clavarle el arma en el pecho.Solo eso. Un torrente de imágenes me sacude la cabeza. Mi padre diciéndo19parte 1

me que con el Lilaserá más fácil, que debo conectarme a Exced y servirle, los ojos de 1212. Levanto la mano y cojo impulso. La voz de 1212. El arma aterriza en el suelo del impacto. —Renuncio. El tictac se detiene, los sollozos del ser que tengo delante menguan.«¿Renuncia a la Limpieza de hoy?».Asiento y, al recordar que laIA no detecta el movimiento, respondo:—Sí. Renuncio a la Limpieza de hoy. «A la de todos los dias».A mi alrededor, el manto de luz se vuelve más intenso, como si se encendieran cientos de bombillas. La pantalla vuelve a mostrar al maniquí con algunas partes en rojo. «La Renuncia a la Limpieza supone una bajada de tres Pisos». Me quedo petrificado. ¿Tanto de golpe? «Puede realizar alguna prueba alternativa si lo desea». Me doy media vuelta y salgo de la cabina, cuya puerta se eleva en cuanto me acerco. No levanto en ningún momento la mirada del suelo y me esfuerzo en ignorar los ruidos, cada vez más lejanos, que emite la criatura detrás de mí. Tampoco alzo la vista del camino para no ver las caras de los niños. No puedo con sus risas. No sé por qué están contentos. Por Exced, ¿soy el único que parece ver algo de humanidad en los Subtérreos?20CUANDO VIMOS LA LUZ



Tiene que ser eso. Solo es algo mío. Estoy más calmado al llegar a una plaza con una estación deIA con las que interactuar. Cuando hablo, una de ellas se activa y me propone otras actividades que puedo realizar. Después de elegir la de Regeneración, una nueva ruta se ilumina en el suelo. Elijo esa tarea porque es la que más duele, supongo, al menos de forma externa. Quiero confiar en que las pruebas de golpes conseguirán que deje de pensar en los últimos eventos. Cuando termine, seguro que todo es más claro: seguro que mi cabeza estará más descansada y podré quitarme esta sensación de encima y, con ello, completar las tareas de Limpieza. Como uno más. Sin embargo, la extraña sensación en el pecho y en la mente no se me va en todo el día. Ni en los años posteriores. 22CUANDO VIMOS LA LUZ


LaIA dejó de felicitarme cuando cumplí dieciocho años. —Esta es nuestra última sesión. El Halo de los ojos de la mujer que tengo delante parece destellar un instante, no tanto como su sonrisa, que parece forzada. Supongo que es parte de su Propósito de Linaje de Calmadores: sonreír incluso cuando no debería, con la misma expresión frívola que ha acompañado cada una de nuestras sesiones. Trago saliva. —Lo imaginaba… —consigo decir, aunque la voz se me va con las últimas sílabas. Ella asiente y, entonces, busca algo en el cajón de la mesa que nos separa y extrae de él un sobrecito que me pone delante. Es una bolsita de plástico que ella misma se encarga de abrir. —Lo has hecho muy bien, Leónidas. Hemos llegado al final. Me recorre un escalofrío. ¿Cuánto llevo arrastrándome para terminar? ¿Un mes? ¿Un año? No lo recuerdo bien, no sé cuánto tiempo estuve encerrado en los laboratorios ni cuántas sesiones llevamosaquí.Ella pone las dos pastillas que venían en el paquete sobre la madera blanca, una junto a la otra. Blanca y negra. No habla de inmediato, sino que se reclina en su asiento, buscando una postura más cómoda para lo que va a decir. No era esto lo que me esperaba. Creía que la Vigilante que nos está acompañando hoy —de
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pie junto al sillón de la Calmadora— tendría el objetivo de acabar conmigo y así ganar sus propios puntos.Entonces, ¿qué son estas pastillas? La mujer parece comprender mis dudas, porque, sin dejar de sonreír, explica: —Los Perdidos tienen dos opciones. La negra es el final absoluto. Morirás si la tomas. Me deja un espacio para pensar. Si no fuera porque no quiero parecer aún más demente, ya me hubiera abalanzado a metérmela en la boca. Necesito parar los dolores de cabeza, la sensación de vértigo, las voces que me gritan que desaparezca. Sería mejor para todos, para este mundo en el que no encajo. Aun así, reprimo la necesidad de terminar con todo y escucho lo que la Calmadora tiene que decir de la segunda píldora. —Con la blanca, perderás todos tus recuerdos y despertarás en elSubterráneo.El corazón me deja de latir por un momento al escucharla.¿Cómo que en el Subterráneo?Me estremezco y aparto aquel recuerdo de mi mente. El aire se me escapa de los pulmones. 1212 no era humano, no lo era.Y a pesar de ello, nunca pude volver a hacer la Limpieza. 1212 fue 24CUANDO VIMOS LA LUZ

el primero y el último al que arrebaté la vida. No pude tocar a un Subtérreo nunca más, aunque eso me hiciera bajar puntuación y Pisos, por mucho que me quisiera convencer de que todo habían sido alucinaciones, como me dijeron en su día. No pude hacerlo. Y eso me llevó a no despertar el Propósito de mi Linaje al cumplir los dieciocho, y a todo lo que vino después, a todo lo que ocurrió desde entonces. Ahora, la persona que tengo delante está admitiendo sin inmutarse que tomar una pastilla me llevará allí, al lugar de donde vienen los Subtérreos. ¿Para qué? ¿Para morir también?Debo. Respirar. —Si tienes alguna duda, puedes preguntar. Tengo tantas que la cabeza me va a estallar. ¿Quién iba a elegir la pastilla blanca para despertar bajo tierra rodeado de seres sin conciencia? La voz de 1212 vuelve a mi cabeza. Dijo que tenía familia. Habló. Si no era una alucinación, ¿los demás también pueden hablar? Por Exced, ¿y si hay humanos entre los Subtérreos? ¿Subtérreos capaces de hablar? ¿De pensar?—¿No hay… forma de reconectar con Exced? —balbuceo. Ella se limita a negar con la cabeza, y no necesito que me confirme que el haber superado la mayoría de edad sin que el Halo haya aparecido en mis ojos es un hecho irreversible. En los laboratorios también lo intentaron sin éxito. Exced me ha rechazado. Me quiere fuera. Aprieto los labios y contengo las lágrimas. Respiro una, dos, tres veces y consigo que todo esté en equilibrio. Necesito tomarme la pastilla negra ya. Ya. —No, coge las dos —me indica, cuando ya casi rozo con los dedos la pastilla elegida. Sonríe, y es perturbador—. Te las llevas las dosal cuarto que te hemos preparado: tienes tiempo para pensarlo, séque elegirás la mejor opción. Pero es algo que tienes que hacer túsolo.25parte 1

Asiento y tomo aire. Muevo la mano por inercia para tocarmela nuca, donde está la pequeña cicatriz redonda, el rastro más visible de todos aquellos pinchazos que me dieron para inyectarme elLila. —La adicción no desaparecerá —dice la Calmadora justo entonces, como si hubiera leído mis temores—, así que tendrás los mismos síntomas incluso si tu cerebro no lo recuerda. En el caso de que decidas elegir la blanca, claro.La simple idea de tener que alargar el sufrimiento que me produce el Lilame hace querer vomitar, así que aparto esos pensamientos de mi cabeza. Necesito irme de aquí, tomarme la pastilla negra y dejarme morir.No dice nada más. La Vigilante que está detrás de ella sigue tiesa como una estatua, con su traje ceñido de color gris y costuras violetas protegiendo su cuerpo fornido, el mismo que tenemos todos los Vigilantes.Ni se inmuta cuando la Calmadora se pone de pie. No aparta la mirada mientras sus manos depositan algo entre las mías, algo frío que emite un silbido metálico al chocar.—Ha sido un verdadero placer, Leónidas. Finalizamos nuestra última sesión. Esa es toda la despedida que voy a recibir de Exced. Agradezco que termine ya, y solo cuando se separa de mí, sin volver a mirarme, bajo la mirada pare ver qué me ha dado: es una chapita que pone mi nombre. El único recuerdo de que existí como parte del sistema, al menos un tiempo. La Vigilante me empuja hacia la salida. Mientras abandonamos la habitación de paredes blancas por una puerta corredera, la mujer que me acompaña hacia mi final se mantiene erguida y serena: yo, en cambio, lucho por no derrumbarme. —Muévete. Y deja de llorar —habla la Vigilante. ¿Estoy llorando? La Vigilante no insiste, como si comprendiera que necesito unos instantes para recuperarme, sino que se queda observando con indiferencia mientras me incorporo para seguirla. No 26CUANDO VIMOS LA LUZ


pregunto a dónde me lleva en cuanto echamos a andar, pero dado que cogemos el ascensor y bajamos varios niveles, tiene sentido que vayamos abajo del todo, lo más cerca del Límite posible. A pesar de ser de la misma baldosa blanca de la que está hecha toda la ciudad y todos los pisos, casi se ve gris oscuro por la falta de sol,pues aquí apenas llega la luz: las personas que ocupan los niveles inferiores debido a la reducida puntuación que consiguen deben de sufrirmucho. En una calle desierta, la Vigilante señala una puerta que lleva a un habitáculo estrecho, y entonces hundo los hombros por el peso de la gravedad y de la angustia. Es así, es ahí el fin de todo. Es la última vez que voy a ver el sol, así que levanto la vista, pero solo alcanzo a ver unos destellos de luminosidad; un segundo más tarde, ya ni eso, porque las lágrimas cubren las vistas por completo. Estamos tan abajo que ni del cielo voy a poder despedirme.parte 1

Entro por la puerta que me ha indicado la mujer y, para mi sorpresa, la Vigilante pasa al interior conmigo, cerrando la puerta trasde sí.—¿No tenía que… quedarme solo?La tenue luz violácea del habitáculo me permite distinguir su rostro inexpresivo. —Adelante, elige. Obedezco. En su hombro se lee el número 90, que corresponde al Piso en el que se encuentra. Es de los más elevados, así que no puedo replicarle nada. Me meto la pastilla negra en la boca.—¿Lo has pensado bien?Preguntar debe de ser parte del protocolo. No lo he pensado, pero tampoco me hace falta. Solo quiero que esto termine. No sé qué hay en el Subterráneo, pero no pienso averiguarlo ni alargar el sufrimiento cuando tengo un final indoloro a mi alcance. —Eres un Vigilante, pero no has despertado el Propósito. Los golpes de mi padre en la piel cuando descubrió que yo era el primero de todos los Vigilantes al que le ocurría me hacen encorvarme un poco. ¿Esta Vigilante también me va a dar una paliza por eso? ¿Va a recordarme lo mucho que he traicionado al Linaje? Retrocedo en el habitáculo, movido por los recuerdos, los pinchazos y los dolores. Todo lo que trajo el Lilaque nunca debería haberse colado en mis venas. El Halo de los ojos de la Vigilante parece brillar bajo su casco. Si me trago ahora la pastilla que tengo en la boca no tendré que soportarlo todo otra vez, pero mi garganta no reacciona. —Hay una tercera opción.Siento un escalofrío. —La Calmadora… —balbuceo—. No ha dicho nada de una tercera opción. Y me daría igual. Necesito terminar ya. La mujer hace un movimiento que me obliga a retroceder, aunque prácticamente tengo la espalda ya pegada a la pared de este habitáculo. 28CUANDO VIMOS LA LUZ

El corazón me va a mil, no sé si por los recuerdos desagradables o por el sabor a muerte que percibo en la lengua. La mujer se quita el casco. La limitada luz me deja distinguir una cabellera compuesta de rastas largas y de un color muy claro en contraste con la piel oscura. Su rostro sigue siendo igual de impertérrito. Empiezo a ver borroso. Parece que va a decir algo. Ni siquiera recuerdo qué estaba contándome antes. ¿Esta bruma es por la pastilla negra que se me está empezando a deshacer en la boca?—La tercera opción es que tú y tus recuerdos vengáis conmigo. 29parte 1


Abro los ojos y mi cuerpo se levanta buscando a la desesperada una bocanada de aire, con el que me atraganto y empiezo a toser. Respirar se me hace difícil, no sé si por la densidad del aire o por la forma en la que este me pica en la garganta. Cuando se me calma la tos, lo siguiente que noto es que huele raro, a una combinación de cerrado y humedad, con un ligero toque a cera. Parpadeo varias veces. Apenas veo nada porque a mi alrededor hay muy poca luz. Es tenue y cálida, pero suficiente para ver que estoy tumbado en un colchón, cubierto con una manta roñosa. —Ya te has despertado. La misma voz de antes, la de la Vigilante, consigue que se me tense todo el cuerpo. Está sentada en una silla de madera, cerca de donde estoy tumbado, con los brazos y las piernas cruzadas. Y entonces recuerdo una parte de la conversación que tuvimos, supelo claro y sus ojos cielo. Ahora que mis pupilas parecen distinguir mejorlas siluetas, puedo analizarla mejor. Ya no viste el traje ajustado y elásticopropio de los Vigilantes. En su lugar, lleva puesta una gabardina negra varias tallas más grande de lo que necesita su figura, y todo lo que cubre sucuerpo es también negro, como si buscara mimetizarse con el entorno.Me quedo mirando nuestra fuente de luz: una pequeña vela sobre una mesa de aspecto áspero y tonos marrones, muy diferente de los escasos muebles lisos y de color blanco que suelo ver en la Superficie. Entonces, me doy cuenta de lo que puede suponer esto.
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Sacudo la cabeza. No estoy muerto. La pregunta se me atora en la garganta. Hago ademán de hablar, pero no llego a encontrar la voz. Hay algo en el ambiente que me parece distinto, y una presión me tapa los oídos. ¿Cómo he llegado aquí? ¿Qué pastilla me tomé al final? ¿La blanca?Pienso en la Superficie e intento ir más allá. Recuerdo el rostro de otros Vigilantes, la Calmadora. Detalles sutiles de lo que hice tiempo atrás. Tengo memoria. —¿La pastilla blanca no ha hecho efecto?La mujer que tengo a mi lado se sienta en un hueco de la cama, y yo, por inercia, aparto un poco las piernas de ahí porque el hecho de que una persona se acerque tanto a mi cuerpo me produce una sensación extraña. —Te repetiré lo que hablamos, porque la pastilla negra se te estaba mezclando con la saliva. Perdiste la conciencia por eso, así que cargar contigo fue más sencillo de lo que había planeado. —Me recorre un escalofrío mientras ella se encoge de hombros con una indiferencia Estás en el Subterráneo.31parte 1

que me hiela. Suspira, supongo que al ver en mi cara que no tengo ni idea de cómo reaccionar—. Ya habías aceptado la opción que te di, así que te traje aquí de la misma forma que traemos a los demás Perdidos. De modo que siempre lo hacen así. La cabeza me da tantas vueltas que no sé en qué pensar primero. ¿En qué momento acepté venir? Busco su mirada, y ella abre mucho los ojos, expectante. —Tendrás preguntas. Sí. ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué hay en el Subterráneo? ¿Por qué estoy vivo? Y lloro. Lloro porque no entiendo nada, porque quería morir pero no he podido, porque en algún momento acepté algo que no recuerdo. Porque mi vida tenía rumbo hasta que apareció 1212, hasta que su voz y sus palabras hicieron que mi realidad se tambaleara. Y, de pronto, a los Perdidos los llevan al Subterráneo, junto a esas criaturas que han perdido la cabeza. ¿Y las sueltan a su suerte? ¿Con los demás Subtérreos?Ni yo consigo decir nada ni la Vigilante parece tener nada más que añadir, a pesar de todo. O solo espera a que se me pase este ataque de lágrimas. No sé cuánto rato me quedo así, vaciándome de un dolor que ha estado ahí desde que aquel Subtérreo se cruzó en mi vida. De ese miedo a matar Subtérreos por si eran personas. Solo cuando parece que mi corazón vuelve a latir con normalidad, me seco los ojos con el antebrazo y miro a la mujer. No sé si la odio por permitirme seguir con vida o si le agradezco que no me haya dejado morir. Trago saliva una última vez y formulo la pregunta por la que necesito empezar. —¿Por qué me has traído? Lo digo con una voz tan queda y tan pringosa que temo que no me haya escuchado. La Vigilante, sin embargo, solo descruza las piernas y se arrima un poco más a mí. —Eres un Vigilante Perdido —dice—. Eres especial y muy útil, aunque no de la misma forma que los Útiles y sus Propósitos. 32CUANDO VIMOS LA LUZ

—Eso… no responde a mi pregunta. —Bajo la cabeza, centrándome en las sábanas con algunos agujeros para no tener que mirarla a ella. La oigo suspirar. —Te lo expliqué antes de que perdieras la consciencia. Te lo resumo otra vez. —Cierra los ojos, con calma—. Quiero que Exced caiga. Abro mucho los ojos, aturdido. Al segundo, un ataque de tos seapodera de mí. Avergonzado, cuando consigo recuperar la compostura le doy una respuesta. —Eso no… Exced no puede…—¿Por qué no? «Porque Exced es todo. Es lo que hace que el mundo funcione. No puede caer». Como si escuchara mis pensamientos, la Vigilante resopla. —Exced es el sistema que se ha impuesto en la Superficie, los objetivos, las especializaciones de cada Linaje, que los hay tantos como oficios, la pureza de la sangre y la herencia de las habilidades. —Asiento mientras habla, porque sí, es así—. Y está todo mal. ¿No te parece?No sé muy bien qué responder a eso. —¿Lo está? Ella vuelve a suspirar, y yo me encojo, tirando de la manta para taparme un poco más, como si de repente me sintiera desnudo. —No es tu culpa no ver nada malo; es lo único que has vivido y nadie se ha quejado nunca. Y mucho menos cuando toda la sociedad consume Lilapara seguir adelante. —¿Qué tiene que ver el…? Dejo el final de la frase en el aire, y cuando la mujer se pone de pie, procuro no mirarla a los ojos. —Te lo iré explicando todo poco a poco, Leónidas. No es bueno que te cargue con demasiada información, sobre todo si ahora vas a tener que acostumbrarte a vivir aquí abajo. —Me señala—. Levanta, vamos a prepararnos. No rechisto y los siguientes minutos los paso asimilando que estoy en una casa,adaptándome a los olores y al aire. A diferencia de la Superficie, con enormes cristaleras y ventanales en las paredes para que 33parte 1

entre la máxima cantidad de sol posible, aquí los muros están cubiertos de cuadros y adornos a los que no encuentro ningún sentido. En la parte superior, muy cerca del techo, se abren unas pequeñas ventanas que dejan intuir las luces tenues y amarillentas del exterior. La mujer me pasa ropa nueva, guarda mi traje de la Superficie en una bolsa y menciona algo de venderlo en el mercado más adelante. Ni comprendo el significado de vender ni el de mercado en este contexto. Mi vestimenta nueva consiste en unos pantalones grises ajustados y un jersey negro de cuello alto y manga larga, igual de pegado a mi silueta. —Así estarás más cómodo, como los trajes que llevamos los Vigilantes. Asiento, porque tiene razón, y al verla a ella vestirse con ropa holgada y llena de ornamentos que me parecen innecesarios, no puedo evitar preguntarme cómo puede haberse acostumbrado a esa clase de prendas sin sentirse incómoda. Entonces, cuando creo que ha terminado de recogerse el pelo lleno de rastas blancas en una especie de moño a mitad de la cabeza, me sorprende sacando algo peludo de un cajón. Se lo pone encima de la cabeza y se cubre el pelo.—Una peluca —me explica, como si tuviera algún sentido. Mientras se coloca unas gafas de cristales tan negros que no se le ven los ojos, hago ademán de preguntar. —¿Para qué es todo eso? ¿Yo también tengo que…? —No, a ti no te hace falta. Pero yo tengo que disfrazarme, no pueden reconocerme. —Se pone un collar que le queda muy pegado a la piel y, solo cuando lo oculta bajo el cuello de su chaqueta, doy un respingo al no reconocer la voz con la que me sigue hablando—. Cuando esté aquí abajo, me vestiré de esta forma. Nadie aparte de ti puede saber que soy una Vigilante. ¿Entendido? Me la quedo mirando, atónito, mientras ella coge una mochila negra que aguardaba en el suelo. Me mira de reojo y asiento con fervor, para dejar claro que he entendido su orden. Si no fuera porque se ha cambiado delante de mí, no tendría ni 34CUANDO VIMOS LA LUZ

idea de que se trata de la misma persona que me llevó al habitáculo. Su piel sigue siendo igual de oscura, pero el pelo negro y liso poco tiene que ver con la melena blanca y larga que lleva realmente. Por no decir que la ropa ancha le oculta la musculatura, y las lentes negras, los ojos y el Halo que le rodea las pupilas. Hasta la voz es diferente, imagino que porque el collar que se acaba de poner se la modula. Para complicar aún más el parecido, da unas zancadas hasta un rincón, del que saca un bastón. —En la Superficie no te sonará de nada, pero aquí sí que existen personas invidentes. —Tuerce el labio mientras lo dice—. Preferiría no hacer algo tan ruin como hacerme pasar por una persona con una discapacidad, pero… —¿Qué es una discapacidad? Nos quedamos mirando unos instantes, hasta que ella vuelve a suspirar y, mientras se sube la cremallera de la chaqueta, dice: —Normal que no lo sepas, se me olvidaba que en la Superficie envían al Subterráneo a cualquier niño que no cumpla con los estándares. Abro la boca, sin poder creerme lo que acaba de decir. Entonces, un sonido envolvente y agudo me empieza a vibrar en la cabeza y fulmina todas mis ideas. Por el susto, me llevo las manos a los oídos. Es un ruido que lo envuelve todo con una intensidad aplastante.Ella termina de peinarse la peluca y guarda silencio hasta que el timbre, que temía que fuera infinito, desaparece del todo y me permite volver a respirar.—¿Qué ha sido eso? —La sirena del cambio de turno. Nuestro indicador de que deberíamos salir. Toma. —Me tiende la chapa que la Calmadora me dio yyo la agarro con manos temblorosas—. Los Perdidos olvidan todocuando llegan aquí, así que con la chapa al menos pueden aferrarse a unnombre. —Empieza a caminar, y yo, como si un imán me uniera a ella,sigo sus pasos—. Por cierto, me llamo Azul.35parte 1


Nada tiene que ver con los tonos claros y lisos de la Superficie, donde las terrazas de los diferentes Pisos reflejaban la luz del sol para aprovecharla al máximo. La calle que nos da la bienvenida, en cambio, tiene unos tonos tan tristes y oscuros que tengo que parpadear varias veces para acostumbrarme a la escasa luz que desprenden las farolas. El olor a vela y a chamusquina no desaparece cuando Azul cierra la puerta de la casa al salir.El nudo que tengo en el estómago va creciendo conforme deslizo los ojos por las pequeñas casas que tenemos delante, y mi vista seva más allá. Arriba hay más, colgadas de la roca o formando parte deella. Sigo con la cabeza el camino de viviendas con ventanas iluminadas, que consiguen simular un cielo estrellado, hasta llegar al finaldel todo.En el Subterráneo hay casas. Al ver los paneles que tapan el techo, esos gigantescos cristales opacos que cubren lo que al mirar hacia lo alto debería ocupar el lugar del cielo, soy terriblemente consciente de que estoy al otro lado. Abajo, más allá del suelo, del Límite. Esa luz tenue que consigue colarse a través de los paneles y difuminarse como si fuera niebla luminosa es lo más parecido que voy a ver al sol a partir de ahora. Mi estancia aquí también es para siempre, como el hecho de ser un Perdido. —Vamos.
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El subterraneo sin subterreoF
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Mi cuerpo se mueve solo tras Azul, aunque no aparto la vista de la inmensidad que nos rodea. Es una cueva en el interior de la tierra que debe de extenderse kilómetros, con la roca al fondo tan difuminada como las montañas en el horizonte, y las luces de las ventanas diseminadas por esa oscuridad que poco tiene que ver con la noche. Unos murmullos me sacan de mis pensamientos y, al mirar de nuevo, me doy cuenta de que al final del estrecho callejón por el que me está llevando Azul hay mucha más luz. Y también bultos, y más bullicio. Entonces, se me queda el corazón helado. Los bultos se mueven de un lado para otro, caminando. El corazón da un latido tan fuerte que me resuena en las sienes. Son personas. Escucho sus voces.Entiendo lo que dicen. Están hablando el mismo idioma que yo. Me quedo parado en el sitio, como una extensión de la roca queestoy pisando, mientras la gente camina a mi alrededor. Mi cuerpo se haintroducido en esta calle sin que yo me diera cuenta, y ahora no sé a dónde mirar. Las perso
