1
Lili
El bullicio intenta penetrar en mí, pero no lo consigue. Mi cabeza es una esfera de hormigón duro que no deja acceder más pensamientos que los que ya hay dentro y se empeñan en girar y crecer, volviéndose invasivos por segundos. Intento decirme a mí misma que es normal, no se me puede culpar por sentirme así después de saber que voy a pasar los próximos días, semanas y, si la situación se desborda, puede que meses, acompañada de la única persona a la que me siento incapaz de soportar más de diez minutos seguidos.
—Charles, entiendo lo que quieres decir, pero creo que es un poco intrusivo que…
—No hay nada más que discutir, Lili. Se ha ofrecido y estamos con el agua al cuello. Es como sumar uno más uno. —Intento decir algo, pero me corta—. Además, querida, no puedes hablar. No tienes el sombrero.
El alcalde de Havenwish, nuestro querido y pequeño pueblo, sonríe con una amabilidad que no me creo ni por un instante. El sombrero del que habla no es más que un bombín negro decorado con hojas o flores distintas en cada asamblea. Desde que tengo uso de razón, quien quiera tomar la palabra en una reunión vecinal, tiene que usar el bombín porque los vecinos de Havenwish consideran que, con él, es imposible mentir. Imagino que eso sirve para mostrar el nivel de originalidad (o insensatez) de este pueblo.
La sala en la que estamos es diáfana, cuadrada y no demasiado grande. Está repleta de sillas que ocupan la mayoría de los vecinos y tiene un pequeño escenario, apenas diferenciado del suelo por unos treinta centímetros de tarima de madera, que nuestro querido alcalde usa para leer los puntos de cada reunión una vez al mes. Quejas, sugerencias, peticiones y ruegos se llevan a cabo con éxito, aunque solo sea porque, al finalizar la reunión, el ayuntamiento ofrece té y pastas a los asistentes.
Bueno, por eso y porque nadie en Havenwish se resiste a un acto que cubre al menos el cincuenta por ciento de emociones que se viven en este pueblo. Las reuniones vecinales son la excusa perfecta para observar con una sonrisa los pocos malos rollos que surgen y desear en silencio que alguien discuta a gritos para volver a casa con algo jugoso que sirva para hablar durante varios días. Sé que suena un poco frívolo, pero no puedo culpar a ninguno de mis vecinos por aferrarse a cualquier posibilidad de dar vida al pueblo, aunque sea a través del cotilleo.
En un extremo de la sala, Blake Sullivan me observa de ese modo que hace que quiera ponerme a la defensiva de inmediato. Podría decir que tiene una mirada penetrante, esas cosas en las novelas románticas quedan bien, ¿no? Bueno, pues tiene una mirada penetrante y oscura, aunque sus ojos sean verdes a ratos, amarillos algunos días y con motas marrones cuando se enfada o molesta, que es a menudo. También tiene barba de varios días, el pelo castaño y algo ondulado más largo de lo que la mayoría de los vecinos de Havenwish considerarían adecuado y una nariz recta y perfecta que, intuyo, le cayó como regalo al nacer y no es resultado de una operación. De hecho, estoy bastante segura de que en una reunión de cirujanos plásticos la nariz de Blake Sullivan sería motivo de adoración durante horas. ¿Por qué me he fijado tanto en ella? No lo sé. Supongo que es, junto con su dentadura perfecta, lo único bueno que puedo decir de él. Y a mí me encanta decir cosas buenas de la gente a la que conozco. Creo que eso contribuye a crear un mundo mejor, aunque estoy segura de que mucha gente me tomaría por ilusa.
En definitiva, la nariz y la dentadura de Blake son lo único bueno que tengo que decir de él.
Bueno, miento. Lo mejor que se puede decir de él es que tiene una pequeña y adorable hija que, salvo por algunos detalles, no se parece en nada a su padre.
Desvío la mirada, sabiendo que él no lo hará. Es algo que también aprendí hace meses, cuando Blake llegó al pueblo con su hija en brazos y se dedicó a mirar fijamente cada cosa que le llamaba la atención, para bien o para mal. No es muy hablador, pero sí un gran observador. A mí me taladra con los ojos cada vez que me ve por el simple hecho de ser la maestra de su hija. Y no lo hace de una buena forma. Es más bien una mirada de «más te vale cuidar bien a mi precioso angelito». Y aunque lo entiendo, porque todos los padres son sobreprotectores, hay algo en su forma de evaluarme que me hace pensar que sería perfectamente capaz de entrar como un ogro en la escuela si un día Maddie llegase a casa con una tirita en la rodilla.
Por suerte para mí, Madison no es de esas niñas con tendencia a caerse de un modo casi constante. Es un rasgo que sí tienen otros alumnos míos, así que agradezco que la niña sea tranquila y cautelosa, no tanto por ella, sino porque eso me evita tener que enfrentarme a su padre.
Pido el sombrero a toda prisa, que llega hasta mí en cuestión de segundos, me lo pongo y hablo.
—Charles, en serio, yo creo que, si me das un poco más de tiempo, puedo lograr que alguien profesional nos haga un presupuesto que se ajuste a nuestras necesidades. Podemos preguntar en los pueblos de alrededor y…
—No vamos a preguntar en ninguna parte, Lilibeth.
Que Charles, el alcalde, use mi nombre completo en vez del diminutivo, es suficiente para cerrar la boca. Después de todo, este señor me ha visto corretear por el pueblo en pañales. Y eso, en un pueblo de poco más de setecientos habitantes, da una idea aproximada de lo mucho que me conoce. Y yo a él.
Además, no depende solo de su decisión. El pueblo entero ha votado por esta opción, aunque para mí sea la peor, así que no hay mucho que hacer.
Y aun así…
—Si solo me dejaras…
—Sí que tienes empeño en gastar dinero. —Otra voz se une a la conversación—. Cualquiera diría que te preocupa más tu bienestar personal que el de los niños de la escuela.
—No puedes hablar sin el sombrero —le digo en un tono lo bastante tajante como para que se calle.
Maldito Blake Sullivan. Lo atravieso con la mirada, porque no tiene ni idea de lo que acaba de decir. No lo sabe porque no me conoce, aunque hable como si lo hiciera. Apenas lleva unos meses aquí, llegó de repente destrozando la tranquilidad de mi adorado pueblo y todavía se cree que tiene derecho a reprocharme algo cuando lo cierto es que, si me conociera de verdad, sabría que yo antepongo la escuela y los niños que asisten a ella a prácticamente todo, incluida yo misma. Si me conociera lo más mínimo sabría que el único motivo por el que me parece tan mal que él sea el encargado de ayudarnos a mis socios y a mí con el proyecto de la creación del huerto de la escuela infantil es que es un gruñón y temo que espante a los niños con su mera presencia.
Si me conociera un poco, aunque solo fuera un poco, sabría que la idea de tenerlo merodeando a mi alrededor todos los días me hace sentir náuseas, porque hay algo en él que me pone nerviosa.
Tan nerviosa como me siento cuando el cielo empieza a cerrarse y sé que se avecina una tempestad.
En realidad, si lo pienso un poco, supongo que en eso se resume todo: Blake Sullivan tiene algo tan oscuro como las tormentas que me aterrorizan.
Y eso no es bueno.
Nada nada bueno.
2
Blake
Me levanto y coloco mi silla en una de las pilas donde se amontonan. Esta sala, en realidad, es parte de una casa antigua perteneciente al ayuntamiento y que han restaurado poco a poco. Se nota que aún falta mucho por hacer, pero al menos han conseguido que el salón sea acogedor y diáfano. Según tengo entendido, sirve tanto para las reuniones vecinales como para actividades varias del pueblo, así que todos debemos recoger al acabar las asambleas. Si algo aprendí con mi llegada aquí, hace aproximadamente dos meses, es que los vecinos de Havenwish saben cómo aprovechar todos los recursos de los que disponen, aunque no sean muchos.
—Querido, ven, toma un poco de té y prueba las pastas. Las he hecho yo misma.
Miro a Eleanor, que tira de mi mano con una fuerza sorprendente para tratarse de una anciana. Es la esposa de Charles, el alcalde, y aunque los dos son mayores, nadie por estas tierras duda de su capacidad de mando. En conjunto, porque puede que el cargo lo tenga él, pero es evidente que ella es imprescindible en la pequeña comunidad que conforma este pueblo.
Quizá no debería sorprenderme tanto que una pareja más cerca de los ochenta que de los setenta sea la voz principal de una comunidad, pero en Phoenix, de donde vengo, eso es impensable.
No me apetece tomar té y pastas caseras, pero me recuerdo a mí mismo que esta es una de las razones por las que vine. Me alejé del bullicio y la gran ciudad por muchos motivos, pero uno de los más importantes era criar a mi hija en un ambiente en el que pudiera sentirse protegida por su entorno. Y para eso, aunque no lo parezca, debo tomar pastas y té con los vecinos.
Me dejo llevar por ella hasta una de las mesas laterales, donde varios vecinos ya disfrutan del manjar, sabiéndose a resguardo del frío y la lluvia que reinan en el exterior.
—¿Dónde has dejado a la pequeña Maddie? —pregunta Eleanor después de servirme una taza y esperar que dé un bocado a una de sus pastas.
—Esto está increíble. —No miento, de verdad son unas galletas buenísimas—. Maddie está con Harper Anderson, tal y como me recomendaste.
—Oh, es una chica increíble y muy dulce. Le vendrá bien el dinero para sus pequeños gastos y los Anderson son gente de bien.
Como si no supiera quiénes son, me señala al matrimonio de mediana edad que charla con otro par de vecinos. Harper es su hija adolescente y, aunque a mi llegada me mostré reacio a dejar que alguien más cuidara a Maddie, pronto se hizo evidente que necesitaba una niñera. Fue Eleanor quien me aconsejó a la chica y, de momento, no puedo decir nada negativo. Pensé que me costaría más entenderme con ella, por eso de que es adolescente y yo soy… Bueno, digamos que no soy el hombre más simpático y cercano del mundo, pero para mi sorpresa Harper me lo puso fácil desde el principio. Es madura, sensata y no hay que repetirle las cosas dos veces. Es una gran influencia para mi pequeña.
Ojalá pudiera decir lo mismo de su maestra…
Miro de reojo a Lilibeth Turner. Está discutiendo con Charles, otra vez. Intento no sonreír con malicia, pero es que estoy bastante seguro de que la conversación gira en torno a mí y lo poco que le gusta saber que va a tener que soportarme en la escuela durante una temporada.
Como he dicho, solo llevo dos meses aquí, pero no he necesitado más para darme cuenta de que se piensa que tiene el poder sobre la escuela. Y, vale, puede que eso sea porque es la dueña, junto con dos socios más, pero no es la única que manda, aunque le pese.
Todo empezó cuando solicité una primera entrevista con ella al llegar al pueblo para que me explicase sus métodos de enseñanza y, aunque lo hizo de buen grado, me percaté de que se puso a la defensiva en cuanto ahondé en preguntas que, para mí, son importantes:
—¿Cuántas profesoras hay para vigilar a los niños en el patio? —pregunté.
—Somos dos personas en total, es una escuela infantil pequeña.
—Es demasiado poco. ¿Qué pasa si mi hija se hace daño y una tiene que atenderla? ¿El resto de la escuela se queda solo con una profesora? ¿Y si vomita y necesita que la cambien de ropa? ¿Y si un día tiene fiebre y estás tan ocupada con el resto que no te das cuenta?
—Como digo, son pocos niños —respondió en un tono tirante que no me gustó nada.
—¿De qué manera puedo estar al corriente del trabajo que realiza mi hija? —añadí—. Maddie es una niña que se expresa bastante bien, pero no deja de tener tres años y, obviamente, no puede hacerme informes diarios de la escuela. Esa labor es vuestra.
—Con todo el respeto, Blake, ya hacemos evaluaciones acerca del trabajo de cada niño cuando corresponde. Hacerlo a diario es inviable.
—¿Por qué? Tú misma has dicho que son pocos niños.
A partir de ese momento la cosa se puso cada vez más tensa. Ella acabó diciéndome que soy sobreprotector en exceso, cosa que, por supuesto, no me gustó. Ni que lo pensara ni que me lo dijera. ¿No se suponía que tenía que mantener un trato cordial con los padres?
—No creo que estés siendo muy cordial como maestra —le dije para dar voz a mis pensamientos.
—Bueno, yo no creo que tú estés siendo muy cordial como padre. —Abrí la boca para protestar, pero me interrumpió—. En realidad, no siento que estés siendo un ser humano cordial en términos generales.
—¿Cómo te atreves?
—Y ya que estoy, deberías saber que te veo cuando te asomas a la valla del patio para vigilarnos. Deja de hacerlo, es raro e incómodo.
—Tú no puedes decirme lo que puedo o no puedo hacer.
—Puedo pedirte que evites tratarnos como si estuviéramos maltratando a tu hija. Deja de ser paranoico o sácala de la escuela, si tan poco te fías, pero estas actitudes tienen que acabarse.
—Asegurarme de que está bien no es ser paranoico. Es ser un padre preocupado e implicado.
Ella no estuvo de acuerdo, así que podríamos decir que nuestra primera reunión fue tensa y la siguiente, justo siete días después, no fue mejor. Al parecer, Lilibeth no es una mujer que lleve bien tener reuniones semanales con los padres y se siente un tanto atacada e insultada por mi falta de confianza. Eso no lo sé por ella, sino por Eleanor, que no tardó en ponerme al día.
—Deberías dejar que haga su trabajo, querido. Es una gran maestra. Los pequeños de Havenwish no podrían estar en mejores manos —me dijo hace unas semanas.
Yo guardé silencio porque sabía que, en el fondo, Eleanor no estaba dándome un consejo, sino una orden encubierta. Me había llevado poco tiempo descubrir que en Havenwish hay ciertas personas a las que merece la pena hacer caso. Lilibeth, desde luego, no es una de ellas, pero Eleanor sí. Porque llevarse mal con Eleanor es llevarse mal con todo el pueblo y, seamos sinceros, no estoy en posición de estar cambiando de vivienda cada poco. Vine aquí buscando paz y un rincón en el mundo en el que criar a mi hija con una buena calidad de vida, así que tengo que esforzarme por llevarme bien con la gente. Al menos con la gente que, a mi parecer, supone un pilar fundamental para esta comunidad.
—Por cierto, querido, espero que estés contento con el resultado de la votación —me dice Eleanor, trayéndome de vuelta al presente—. Ahora podrás ir a la escuela a diario gracias al proyecto aprobado.
—Estoy agradecido de que la mayoría de los vecinos hayan votado a mi favor.
—Oh, no te equivoques. —Su risa suena cantarina, casi musical, pero no soy tonto: sé que no es tan inocente como pretende hacer ver—. El pueblo ha votado a favor de la escuela. Tú has ofrecido un presupuesto con el que apenas tendrás ganancias y no vamos a encontrar a nadie que trabaje por menos.
—Obtendré otras ventajas —le digo sonriendo—. Quiero que mi hija esté en un lugar en el que pueda disfrutar al máximo y tener al alcance todos los beneficios posibles, y disponer de un huerto me parece algo estupendo.
—Ha sido idea de Lili. Esa chica es un amor. —Guardo silencio, porque aprendí hace mucho que, si no tengo nada bueno que decir, es mejor que me quede callado—. Espero que no le hagas la vida difícil, Blake.
—No es mi intención.
—¿Seguro?
—Seguro. Solo quiero mejorar la escuela y asegurarme de que mi hija es feliz.
—Entonces deberías entender que ella quiere exactamente lo mismo: mejorar la escuela y que todos sus niños sean felices. Y, para eso, también es necesario que los padres colaboren, no solo de un modo activo, sino amistoso. La confianza es uno de los pilares de Havenwish. Sin la confianza que los vecinos tenemos entre nosotros, esta comunidad no podría salir adelante.
—No te preocupes, Eleanor. Estoy más que comprometido con la causa. Seré un angelito con miss Lilibeth, por el bien de la escuela, los niños y la comunidad de Havenwish.
Ella me mira un tanto desconfiada, pero sonríe, aunque no con una sonrisa sincera. No se fía de mí al cien por cien y, para ser franco, ni siquiera puedo culparla por ello, porque algo me dice que esto no va a ser tan fácil como quiero hacerle ver.
3
Lili
Forcejeo con la puerta de la entrada del jardín, como cada maldito día desde hace meses. No sé qué le pasa, es como si se hubiera hinchado y no encajara bien entre los dos pilares de piedra que conforman el inicio del pequeño muro que rodea mi casa. La lluvia no ayuda, desde luego.
Cuando por fin atravieso la entrada, recorro el camino empedrado que conduce hasta la puerta principal. Observo el jardín, cubierto de césped y flores silvestres plantadas en parterres tan antiguos como yo. Algunos tienen incluso más años. La floración está cerca. De momento asoman las campanillas blancas y alguna que otra rosa de Navidad con timidez, pero estamos en febrero. La explosión aún no ha llegado, aunque yo la ansíe como ninguna otra cosa.
Estar aquí, parada en mitad del camino mirando las flores nacidas, las que están por nacer o el pequeño vivero del fondo del jardín me da tanta paz que, en el fondo, es como si sirviera para reiniciarme.
Y hoy necesito reiniciarme.
Inspiro con fuerza, recreándome en el olor a tierra mojada. Miro hacia mi casa y sonrío. No es inmensa, pero a veces lo parece. Creo que es porque, en días difíciles, como está resultando este, la percibo como un refugio extraordinario. En sí, no es que sea lujosa, ni mucho menos, pero sus muros de ladrillo antiguo y piedra le dan un aspecto acogedor y rústico. Hay dos enredaderas naciendo desde cada esquina de la fachada que se entremezclan a lo largo y ancho del ladrillo con ramas que se enroscan entre ellas. El techo está cubierto de tejas oscuras y, en días como hoy, en los que la lluvia arrecia, si miras fijamente hacia la torreta de la chimenea casi puedes ver cómo el color de las tejas se funde con el del cielo oscuro.
Las ventanas están cerradas, pero casi puedo sentir la vibración de los marcos de madera, sobre todo de los de la cocina, que tienen colgadas macetas de cerámica con romero y lavanda. En cuanto entre en casa, el ruido me acompañará durante toda la noche. Holly, mi mejor amiga, lo aborrece. Cada vez que viene en días de lluvia me pregunta cómo puedo odiar tanto las tormentas y, sin embargo, tener interiorizada la vibración de las ventanas. Y la verdad es que no tengo una respuesta para eso.
Recorro el resto del jardín autoconvenciéndome de que no es momento de estar aquí, recreándome como si mis macetas fueran un espectáculo en sí mismas. Casi a la altura de la casa el sendero de piedra se bifurca y, hacia la derecha, serpentea a través de un parterre de flores, donde las rosas inglesas toman el control para llevarte hacia el invernadero de madera verde y paredes de cristal con forma de casita.
No me distraigo más. Abro la puerta, entro y me despojo del paraguas, las botas y el abrigo. Lo dejo todo en la entrada, bien colgado en el perchero de madera o en el pequeño banco que hay justo debajo. Recorro el suelo de tarima ya descalza. De algún modo, no me había dado cuenta de lo mucho que me he mojado hasta estar dentro y sentir el calor. Me dirijo a la chimenea de piedra que domina el salón y prácticamente la casa. Abro la puerta de seguridad que instalé, meto leña nueva y avivo un poco el fuego antes de cerrar y ponerme de pie.
Bordeo el sofá, que está enfrente de la chimenea, y me dirijo a la habitación, en la planta superior. No es grande, ni mucho menos, pero la cama está decorada por una colcha que tejió mi madre, y en la pared, en vez de cabecero, he colgado algunos cuadros pintados por mí y muchos muchos dibujos de los que me hacen los niños de la escuela. No es una pared que vayas a ver en una revista de decoración, pero es hogareña y me da paz, que es lo que de verdad importa.
Me cambio de ropa y me pongo un jersey de lana beige y un pantalón de yoga que no sé por qué tengo, si no hago yoga. Bajo de nuevo y entro en la cocina. Como el resto de la casa, es sencilla. Las paredes están pintadas en tonos pastel, los muebles son de madera y de un color verde salvia que considero relajante, pese a no tener mucha idea de decoración. Frente a la ventana más grande hay una mesa de madera desgastada, enorme y rectangular, rodeada de sillas disparejas y decorada con un jarrón de flores silvestres que corté esta misma mañana. Siempre me he preguntado para qué quiero tantas sillas, si la mayor parte del tiempo estoy sola.
Cojo la tetera, la lleno de agua y la pongo en el fuego mientras pienso en la reunión de hoy y los cambios que se avecinan. No creo que tomar té a esta hora sea buena idea, sobre todo porque ya he tomado en la reunión, así que saco un sobre de rooibos del armario en el que guardo todo un arsenal de infusiones y selecciono una taza al azar mientras espero que el agua hierva. La elegida es una taza bastante fea, objetivamente hablando. Está desconchada y parece que un niño de tres años la hubiese pintorreado. Y lo parece porque así es. Fue un regalo de un alumno y, aunque estoy bastante segura de que desentonaría en cualquier tablero Pinterest, es una de mis tazas favoritas.
Ya con la infusión preparada vuelvo al sofá, me siento y reviso mi teléfono. Tengo un mensaje de Holly que no tardo en abrir.
Holly
¿Estás bien? Evan me ha contado lo del bastardo de Blake.
Me río, doy un sorbo a mi infusión y suelto la taza en la mesita baja que tengo enfrente antes de responder.
Lili
Hemos quedado muchas veces en que no puedes llamarlo «bastardo» como si eso fuera un insulto. ¿Es que no te ha enseñado nada Jon Nieve?
Holly
No mucho, la verdad, yo era más de Arya. Pero tienes razón, lo siento por la parte que me toca. Aun así, me parece increíble que al final se haya salido con la suya.
Pienso en Blake e intento controlar mi rabia. Todavía no puedo creer el resultado de la votación y lo ridícula que es toda esta situación. Prácticamente va a trabajar gratis porque no soporta tener que dejar a su hija a nuestro cargo. ¡Y no lo entiendo! Entre lo que le cuesta la mensualidad de Maddie y el trabajo, sale perdiendo. Holly, que posee una imaginación completamente desbordada, dice que está segura de que es alguien con muchísimo dinero que tiene problemas de blanqueo y por eso está aquí, en la campiña inglesa, huyendo de su país y escondiéndose de la ley. Pero también está convencida de que le recuerda mucho a un actor famoso y también está segura de que es él, que está aquí huyendo de la fama. En sus días malos cree que es un secuestrador de niños y Madison no es suya, porque tiene el pelo rubio y su padre castaño, y los ojos grises y su padre verdes, pero es que da igual. Quitando esos dos detalles, hay demasiados rasgos en ella que hacen evidente que es hija de Blake. Es raro, porque se parece mucho a él y, al mismo tiempo, no. El caso es que, según mi amiga, está huyendo. Como puede verse, en todas las versiones él está huyendo de algo y está claro que tengo razones para decir que mi amiga tiene una imaginación completamente desbordada que me entretiene mucho, aunque no sirva demasiado para tranquilizarme.
Holly
¿Quieres que vaya?
Miro la parte superior de la pantalla y veo que es casi mi hora de dormir. Apenas tardo unos segundos en responder, pero, cuando voy a hacerlo, ella está llamándome.
—¿Y las niñas? —pregunto a modo de saludo.
—Evan ha tenido el privilegio de ir a la reunión de vecinos mientras yo me quedaba aquí haciendo de madre responsable. Puede ocuparse de ellas mientras me escapo un rato. Necesito alcohol.
—Holly, son casi las diez, llueve muchísimo y…
—Oh, por favor, Lili, no hables como si fueras una señora mayor. ¿Qué pasa si son casi las diez?
—¡Que mañana trabajamos!
—¿Y?
—Con niños pequeños.
—¿Y?
—No puedes llegar con resaca.
—¿Por qué no?
—Porque… porque no. Eres madre, y maestra, compórtate.
—¿Qué te parece? Busqué a conciencia a un chico que no fuera un capullo controlador y resulta que es mi mejor amiga quien intenta ponerle diques a mi libertad.
—No le estoy poniendo diques a nada. Decirte que no deberías beber un día laborable no es poner diques, sino ser una buena amiga. —Holly bufa y yo me río—. Además, las dos sabemos que no aguantas nada bien el alcohol.
—Lo sé, pero me encanta fantasear con la idea de que me emborracho cada noche, aunque no de un modo feo, sino…, ya sabes, como en esas series o libros en los que la prota se pasa el rato bebiendo y no pierde la compostura. —Algunos ruidos de movimiento se cuelan por el altavoz antes de poder oír de nuevo a mi amiga—. Oh, Evan, nadie está diciendo que mi vida sea una mierda. No seas dramático.
Me río de nuevo, porque es evidente que está soltando esta perorata con su marido al lado.
Holly solo tiene cuatro años más que yo. Hará treinta este año y, aunque nunca lo imaginé, ha cumplido superpronto con el prototipo tradicional de vida. Conoció a Evan en la universidad, se enamoraron y, cuando ella le dijo que pretendía volver a su pueblo natal, Havenwish, como maestra, él decidió seguirla sin pensarlo. Están casados, tienen dos niñas de dos y tres años y son felices. No es algo dicho por decir. De verdad son muy felices, aunque los problemas no falten y no tengan una vida de cuento perfecta. Holly, como yo, sabe bien que eso es imposible de conseguir, pero está enamorada de su marido, adora a sus hijas, trabaja en lo que más le gusta y vive en el pueblo que la ha visto crecer. No es rica, ni existen muchas posibilidades de que algún día lo sea, no vive con grandes lujos y a menudo lidia con el estrés que supone la crianza y la conciliación, pero en términos generales tiene todo lo que quiere.
Todo lo importante, al menos.
—¿Sigues ahí? —pregunta.
—Sí —murmuro.
—Estás triste y taciturna.
—No es verdad.
—Claro que lo es. Has puesto tu voz de mujer triste y taciturna.
Me río un poco frustrada por el hecho de que me conozca tan bien. Aun así, no puedo decirle que parte de mi tristeza y frustración viene del hecho de que yo ni siquiera tengo lo que considero importante para ser feliz. Intento decirme que sí a diario, pero…
—Voy para allá. —Oigo que dice ante mi falta de respuesta inmediata.
—No, de verdad —insisto—. Estoy agotada y voy a irme enseguida a la cama.
—¿Segura?
—Sí, quédate en casa. La noche no está para salir.
—Lili, vivimos prácticamente al lado.
Sonrío, eso es cierto y, aunque no se lo diga a menudo, Holly no se imagina lo agradecida que me siento de tenerla tan cerca.
—Estaré bien —prometo—. Solo necesito descansar y asimilar que Blake Sullivan empezará a ser parte de nuestro día a día en la escuela.
—Pienso hacerle la vida imposible.
—Holly…
—Oye, la cosa va así: él es un padre insufrible jodiendo a la maravillosa maestra de su hija, que da la casualidad de que es mi mejor amiga. Y yo soy socia fundadora de la escuela, una maestra encantadora y, además, madre de dos alumnas.
—¿Y?
—En algún momento algo de eso servirá para hacerle la vida imposible. No sé en cuál, pero…
—Holly, no te ofendas, pero como villana tienes un futuro inexistente.
—Porque no me he puesto en serio.
Me río, mucho más animada solo por el hecho de hablar con ella, y me despido.
—Intenta descansar, ¿quieres? Mañana tenemos que ser dos personas muy tranquilas, muy cordiales y muy…
—Lili —me interrumpe.
—¿Sí?
—Haz el favor de dejar de ser una mojigata. Blake Sullivan ha empezado una guerra que no vas a ganar con flores y cordialidad.
—Holly.
—¿Sí?
—Deja de imaginar guerras y situaciones completamente desmedidas.
—No puedo, es mi mente privilegiada.
Me río de nuevo, le doy las buenas noches y cuelgo sintiéndome mucho mejor que cuando llegué a casa. Me acabo la infusión mientras miro las llamas del fuego en la chimenea y pienso en lo que está por venir.
Me gustaría decir que esta situación no me genera ansiedad y estrés, pero estaría mintiendo, así que simplemente voy a asimilar lo que ha ocurrido, interiorizarlo y pensar que a veces las personas son desagradables y bruscas en sus comienzos, pero luego cambian. Las primeras impresiones no siempre tienen que ser acertadas, ¿verdad? Da igual lo que diga Holly. Estoy segura de que la cordialidad puede ejercer un gran papel en toda esta historia.
Después de todo, hay una cosa en la que Blake Sullivan y yo estamos de acuerdo: los niños de la escuela son lo más importante.
Ese debería ser un gran punto de partida, ¿no?
4
Blake
Suelto una maldición de la que me arrepiento de inmediato cuando se me resbala la taza de café de la encimera, rompiéndose en pedazos que se esparcen prácticamente por toda nuestra vivienda. No es una exageración. No puede serlo cuando vivimos en una especie de carromato de madera hecho a mano, precioso pero diminuto. Apenas tenemos una cama de matrimonio en un extremo, justo al lado, un sofá que se convierte en cama, y un poco más allá, la minicocina y el minibaño. Para hacerse una idea del tamaño de esta casa-caravana-carromato de madera, la mesa es plegable y está fuera, en el jardín, por lo que hay que meterla dentro cada día y sacarla después para poder convertir el sofá en cama.
La parte positiva es que la casa está situada en un jardín enorme. Nada más salir tenemos una plataforma de madera con merendero, algunos parterres con flores y una zona para hacer fogatas. Alrededor de todo esto hay una inmensa extensión de césped que tiene incluso un columpio que Maddie disfruta a placer los días que no llueve (que son pocos) o los que llueve de forma leve (que son bastantes). No es gran cosa, pero es lo mejor que conseguí para venir, hace dos meses, y sé que, en algún momento, encontraré un hogar mejor para nosotros. Solo necesito un poco más de tiempo, pero estoy convencido de que todo irá bien.
Todo tiene que ir bien. No hay otra opción.
—No te muevas de ahí, cariño. Voy a recogerlo enseguida, ¿vale?
A un extremo de nuestra diminuta vivienda, Maddie me mira con sus inmensos ojos grises abiertos al máximo.
—Qué desastre. ¡Qué maddito desastre! —exclama con su media lengua.
Aprieto los dientes. Debería llamarle la atención, pero es que esa es la frase que yo he soltado cuando se me ha caído la taza. ¿Hasta qué punto está bien que la regañe por algo que ha copiado de mí? Tiene tres años, ni siquiera sé si entiende lo que significa «maldito», pero tampoco quiero que lo repita fuera de aquí, de modo que, aunque parezca una tontería, que mi hija decida imitar justo mis peores frases añade un estrés que no necesitaba a mi mañana, ya de por sí estresante.
Limpio la encimera con rapidez antes de pasar a los muebles y el suelo. ¿Cómo puede una simple taza de café romperse en tantos trozos?
—¿Vamos al cole?
—Sí, cielo, en cuanto papá limpie todo esto.
—¿Vamos ya?
La miro, aún con pijama, sin peinar y con los ojos hinchados. Supongo que el hecho de que esté deseando ir es bueno, ¿no? Se lo pasa bien allí. Suele salir bastante contenta y, en el fondo, una vocecita me dice que es todo lo que necesito para saber que está bien, pero claro, la voz de la razón me devuelve a la realidad: tiene tres años. Obviamente a ella le sirve con pasarlo bien y jugar. Soy yo quien necesita más. Necesito saber que está en las mejores manos en todo momento. Y eso no es ser paranoico, sino un padre preocupado y funcional.
Me apresuro limpiándolo todo y, cuando acabo, visto a Maddie, que hoy decide ponérmelo fácil y no protestar por la elección de ropa. La peino e intento hacerle dos trenzas, pero al final solo consigo dos coletas que, además, no están a la misma altura. A veces pienso que, si pudiera pedir un superpoder, no sería volar ni leer mentes. Ni siquiera la supervelocidad. Si yo pudiera pedir un superpoder de verdad, elegiría, sin ninguna duda, ser capaz de peinar a mi hija sin que parezca que el trabajo lo ha hecho un grupo de pájaros con picos torcidos. No lo entiendo. He llegado a ver videos en YouTube, pero no consigo hacer nada decente y, aunque me da un poco de vergüenza sacarla a la calle así, no me queda más remedio. No es solo el peinado. Es saber que van a mirarme con lástima.
«Mira ese pobre padre solo, que no sabe ni hacer unas coletas».
Aborrezco tanto el simple hecho de imaginarlo que frunzo el ceño, enfadado. Espero que nadie se atreva a decirme nada o…
—¡Papá! ¿Vamos ya?
Mi mente vuelve al presente y hago un esfuerzo por ignorar situaciones molestas que no han sucedido ni tienen por qué hacerlo. Me lo repito una y otra vez. Hasta ahora la gente de Havenwish ha sido amable y cercana conmigo. No me he sentido juzgado por casi nadie, a excepción de la maestra, así que debería hacer un esfuerzo por olvidarme de los pensamientos intrusivos que se empeñan en atacarme.
—Vamos, cielo, deja que te ponga el chubasquero.
Maddie da saltitos junto a mí y se deja colocar todo con una sonrisa. A veces me fascina que una personita tan positiva, sonriente y alegre sea hija mía. No es que yo sea un ogro, pero creo que cualquiera que me conozca puede afirmar que no soy tan dado a sonreír. Y definitivamente no parezco tan optimista como ella.
Nos marchamos a la escuela dando un paseo. Llovizna y hace frío, pero tanto Maddie como yo empezamos a acostumbrarnos, o eso creo. La llegada fue dura. Veníamos de Phoenix, donde el sol brilla prácticamente a diario, así que el primer choque que tuvimos que enfrentar fue el clima. Pero al cabo de solo unos días Maddie parecía feliz y me di cuenta, una vez más, de que puede que yo sea el adulto, pero ella es la que mejor capacidad de adaptación al medio tiene. En realidad, ella es mucho mejor que yo en todo.
—¡Voy a pintar nubes! —exclama cuando estamos a punto de llegar a la escuela.
Las calles están casi desiertas a esta hora, a excepción de los pocos padres que vemos a lo lejos y que también se dirigen a la escuela. Havenwish es un pueblo muy pequeño, ni siquiera llega a los mil habitantes, así que la escuela, en realidad, tiene pocos niños en comparación con cualquier gran ciudad.
Observo las casas de piedra a medida que avanzamos en nuestro paseo, los jardines cuidados de los vecinos y el asfalto mojado y me doy cuenta de lo mucho que ha cambiado nuestra vida en tan poco tiempo. Sé que llevo aquí dos meses, pero da igual, aún me sorprende que de verdad lo esté logrando. «Yo tenía razón», pienso. Puedo alejar a Maddie de todo lo malo que había en nuestro mundo. Puedo hacer que ella solo vea la parte bonita. Ocultaré las cosas feas de nuestro pasado y presente, aunque el esfuerzo algunos días sea sobrehumano. No me importa si con eso consigo que Madison sea una niña feliz.
—¡Miss Lili! —grita Maddie justo antes de soltarse de mi mano tan fuerte que me sobresalto.
Sale corriendo, lo que me hace correr también tras ella. Vamos a tener una charla muy seria, otra vez, acerca de eso de soltarse y salir corriendo sin mirar. Vale que en esta zona apenas pasan coches y, de hecho, estamos prácticamente en la puerta de la escuela, pero el día menos pensado se me sale el corazón por la boca del susto.
Mi hija salta literalmente sobre Lilibeth, la maestra. Esta, lejos de enfadarse, suelta una carcajada mientras la alza en brazos y le acaricia una de las coletas. No dice nada, pero sé que está pensando en lo torcidas que están. Simplemente lo sé. Aprieto los dientes.
—Buenos días, pequeña. ¿Cómo estás?
—¡Bien!
—¿Lista para aprender un montón de cosas?
—¡Sí!
—Esa es mi chica. —Sus ojos se desvían hacia mí y soy consciente del modo en que su sonrisa se apaga y su mirada se vuelve mucho más fría—. Buenos días.
—Buenos días. Necesito entrar en la escuela y empezar a tomar medidas para el proyecto.
No responde, me dirige un leve asentimiento y luego entra en el edificio con mi hija en brazos ignorándome por completo. Respiro hondo. Me recuerdo a mí mismo que Maddie parece muy feliz con ella y me repito no una, sino varias veces, que no importa caerle mal a la profesora de mi hija. Lo único que me interesa es que la cuide bien y, ante la duda, ya estoy yo aquí para comprobarlo.
Da igual el modo en que me mire miss Lilibeth porque lo cierto es que va a tener que soportarme una temporada, le guste o no.
5
Lili
Muevo el cuello a un lado y otro mientras intento librarme de la tensión que he ido acumulando a lo largo de la mañana, pero no sirve de nada. A mi lado, Holly observa a través de la cristalera el patio en el que trabaja Blake.
—Solo digo que, si tomando medidas y con camisa de trabajo de invierno se le nota la tensión de los músculos, ¿cómo será en verano cuando lleve los brazos al descubierto?
—Estoy aquí.
Esa frase no es mía, sino de Evan, su marido, que ni siquiera parece sorprendido con la actitud de Holly porque…, bueno, es Holly, sabía perfectamente con quién se casaba.
—Lo sé, cariño. Te puedo ver.
Mi amiga le sonríe batiendo las pestañas y él hace el esfuerzo de no reírse, pero lo consigue a medias.
—En realidad, hay que reconocer que parece que sabe lo que hace —dice Evan volviendo al tema.
Suspiro. Estamos en el patio interior de la escuela. Holly, Evan y yo somos los propietarios. Mi amiga y yo siempre tuvimos el sueño de abrir una pequeña escuela infantil y lo logramos gracias a Evan, que aportó la mitad del capital necesario y se subió a este barco ocupándose de la administración. A veces pienso que fue un verdadero golpe de suerte que mi amiga fuese a enamorarse de un chico que estudiaba administración de empresas y que, además, venía de una familia pudiente. Evan no era rico, pero sí más rico que nosotras, eso por descontado. Aun así, contamos con la ayuda del ayuntamiento de Havenwish y los propios vecinos, que han colaborado con la escuela de incontables formas. Mantitas bordadas a mano, juguetes y materiales donados, e incluso algún que otro mueble o estantería.
Tengo tanto que agradecer a toda esta gente que sé, sin dudar, que una vida entera no bastará para devolver cada favor y muestra de confianza. Por eso no puedo protestar más por el hecho de que Blake esté aquí. No cuando el ayuntamiento va a subvencionar parte del huerto. Lo sé yo, lo sabe Evan y lo sabe Holly, por eso los tres observamos el modo en que Blake Sullivan toma medidas a su antojo. Intentamos oponernos todo lo que pudimos, pero, una vez tomada la decisión, no vamos a perder nuestro tiempo en intentar cambiar algo que acabó llevándose a votación entre todos los vecinos.
—¿Te lo imaginas cuando tenga que alzar mucho mucho los brazos y podamos verle los abdominales?
—Te estás pasando, querida —le recuerda Evan a Holly.
—Oh, cariño, yo adoro tu tripita. Esto solo es una fantasía, nada más.
—Me quedo mucho más tranquilo —comenta él en tono irónico.
Me río y me vuelvo, dando la espalda a Blake.
Observo el patio interior en el que estamos. Los niños juegan en calma, por raro que parezca, porque por lo general el caos reina siempre por aquí, así que intuyo que se han dado cuenta de que hay alguien en la escuela a quien no están acostumbrados. Pero entonces Henry y Edward, dos de los niños de tres años, deciden agarrarse de los pelos sin razón aparente y tirar con todas sus fuerzas.
Los llantos no tardan en llegar y antes de que yo pueda interceder, Holly se ocupa de ellos.
—Vale, chicos, calma. ¿Qué hemos dicho acerca de pegar?
—¡Edward ha pegado un bocado, miss Holly! —grita Bella con todas sus fuerzas.
Mi amiga mira a su propia hija y contiene un suspiro. La niña solo tiene tres años y se niega a llamarla «mamá» en la escuela, lo que denota lo lista que es.
—No sé si es bueno que sea tan chivata —murmura Evan a mi lado—. ¿Te has fijado en que siempre parece saber lo que hace todo el mundo? Es como si tuviera ojos en la nuca. Y en las orejas.
—Es una niña avispada, pero su madre es Holly, así que no sé por qué te extrañas.
—¿Quieres decir que yo no soy avispado? —Lo miro con una ceja elevada y se ríe—. Bueno, prefiero que se parezcan a su madre.
Sonrío con dulzura. Evan no es perfecto, desde luego, pero adora de tal forma a mi amiga y a las hijas que han tenido que no puedo evitar preguntarme por qué demonios no hay más hombres así: amables, pacientes, inteligentes, calmados. Y guapos, porque Evan tiene unos ojos azules impresionantes, los labios carnosos y el pelo de un maldito actor de cine. Esta descripción no es mía, sino de Holly. Me ha dicho esto mismo tantas veces que lo he incorporado a mi sistema.
Para mí ha sido desde el primer día el chico de Holly, así que creo que mi cerebro ni siquiera lo contempla como un hombre sexy, aunque sea capaz de ver que objetivamente lo es. Era un buen chico cuando se enamoraron y se ha convertido en un buen hombre, lo que me lleva a pensar que no existen los milagros, sino las buenas elecciones. Y Holly eligió muy bien.
Oigo un ruido en el exterior que me hace volverme de inmediato. Veo a Blake arrancando un trozo inmenso de madera de la valla y dejando un agujero por el que caben los niños sin problema. No contento con eso, patea el extremo que ha quedado colgando, así que frunzo el ceño y salgo. Hablando de chicos buenos y malos…
¿Tanto costaba que Blake Sullivan fuera de los primeros?
—¿Acabas de arrancar un trozo de madera de nuestra valla y patearla? —pregunto acercándome con la tensión invadiéndome por momentos.
—Tenía astillas. Es un peligro para los niños.
—¿Y no se te ha ocurrido lijarla o algo por el estilo?
Su ceño permanentemente fruncido se frunce aún más. Reconozco que tiene mérito, como siga así se le van a poner los ojos en la nuca.
—No tengo la lijadora aquí y un trozo de la madera se está pudriendo. Si no lo quitaba yo, se iba a caer a pedazos.
—¿Y?
—Y los niños podrían salir y clavarse una astilla. O empujarla sin querer y romperla, clavándose directamente estacas de madera. —Me quedo mirándolo mientras trato de mantener la calma—. ¿No has oído lo que te he dicho? —pregunta alzando el inmenso trozo de madera como si no pesara más que una hoja.
—Eso lleva ahí años y nunca hemos tenido un problema —contesto, cada vez más segura de que me va a resultar imposible contenerme.
