Prólogo
ADRIEN
Tres años antes
Érase una vez un adiós.
—¿Estás bien?
Paso un brazo por encima de los hombros de Gabriel mientras observamos la casa. Su casa. Este lugar formado por cuatro paredes que no es nada, pero dentro del que hay miles de recuerdos que lo significan todo.
Y ahora un cartel de VENDIDO prácticamente nos grita desde la entrada.
Mi amigo aprieta los labios en silencio y puedo notar cómo se guarda las lágrimas, aunque no digo nada. Tiene todo el derecho del mundo a sentirse triste.
Con veintidós años, se ha graduado como ingeniero informático y, aunque parece que su vida está empezando, en cierto modo una parte de ella acaba de terminar.
Sin embargo, y siguiendo la misma línea del último año, guarda silencio. No ha llorado en alto. Ni siquiera ha tenido que limpiarse las lágrimas porque no llegó a soltarlas. Ha decidido ser el fuerte.
Todavía con los ojos puestos en lo que fue su hogar, susurra:
—Gracias por venir a ayudarme. Eres un gran amigo.
Siento que se me encoge el corazón. Hacía más de un año que no nos veíamos en persona, desde el funeral de su madre, pero, cuando me llamó la semana pasada y me pidió que lo ayudara a vaciar la casa de su infancia, no pude decir que no.
Respira hondo y se aleja de mí, hacia la casa.
—Será mejor que empecemos, me gustaría acabar antes de que se haga de noche.
Asiento y sigo a mi amigo hacia el interior de esta pequeña casa situada a las afueras de la ciudad donde nos hemos criado. Al atravesar la entrada siento un escalofrío. Una parte de mí todavía recuerda el olor dulce a bizcocho que siempre nos recibía. La madre de Gabriel era una gran repostera y, tras las clases, Finn y yo siempre pasábamos las tardes allí. Los tres nos convertimos en amigos inseparables durante el instituto.
—¿Y Gia? —pregunto mientras agarro una caja con las palabras «Libros de texto» escritas a rotulador.
—Está ocupada, pero no creo que tarde en llegar.
No he visto a su hermana desde el año pasado, en el entierro de su madre. Después de eso ella comenzó el primer año de universidad. Gabriel casi renunció a terminar los estudios para irse con ella y cuidarla. Porque, cuando su madre murió, ningún familiar los ayudó. Todos se lavaron las manos, y los hermanos Davies se quedaron solos.
Dejo la pesada caja sobre la encimera y aprieto el hombro de mi amigo.
—Todo irá bien.
—Lo sé. —Trata de sonreír, pero el amago de sonrisa no le llega a los ojos—. Es difícil cerrar esta etapa.
Al vender la casa dicen adiós a los últimos retazos de su infancia, a los recuerdos de su madre y de la familia que fueron. Sin embargo, estoy seguro de que la señora Davies habría estado de acuerdo; ella hubiese querido que sus hijos continuaran con sus vidas.
Gabriel y yo seguimos trasladando cajas de la casa al coche. Él y Gia recogieron casi todo antes de irse a sus respectivas universidades, por lo que no nos va a llevar demasiado tiempo. Además, el dinero que sacan por vender la casa les viene muy bien para cubrir las deudas universitarias.
Estoy cargando con una de las últimas cajas cuando la puerta se abre de pronto con tanta fuerza que casi me derriba.
Consigo apartarme lo justo para que solo dé contra mis pies. Sé que Gabriel está en el piso superior y Finn no ha podido venir a ayudarnos, así que esa persona que viene tan acelerada tiene que ser…
—Llegas tarde, polilla.
Bajo la caja mientras me preparo para encontrarme con la hermana pequeña de mi amigo. Esa niña bajita e insistente que continuamente nos molestaba para pasar tiempo con nosotros. Adoraba a su hermano, así que estaba siempre alrededor, igual que las polillas se acercan a la luz.
A veces era graciosa, pero otras agobiante, como cuando no dejaba de buscar la atención de Finn. Todos sabíamos que era un enamoramiento infantil, aunque a Gabriel no le hacía nada de gracia. Pero era una niña simpática, al menos tal y como la recuerdo.
La chica que tengo delante, sin embargo, es una persona completamente diferente.
Es la misma y a la vez no lo es. Porque al final, igual que la vida continúa, las personas también lo hacen. Y cambiamos.
En mis recuerdos de infancia Gia tiene las mejillas sonrosadas, los rizos alborotados sobre la frente y una sonrisa alegre.
Ahora su cabello es más largo y está mejor peinado. Sus rasgos se han suavizado y esas mejillas sonrosadas han desaparecido. Pero su sonrisa sigue ahí. Alegre, y también…
—Todavía sigues con ese ridículo mote, ¿eh? —se burla con un mohín.
Carraspeo e ignoro la extraña forma en que mi estómago se revuelve cuando Gia ladea la cabeza y un mechón de su cabello se le escapa de la oreja. De pronto siento la necesidad de colocarlo de vuelta en su lugar.
—Ya veo que no has cambiado —murmuro vagamente.
Ni siquiera sé por qué he dicho eso. Sí que ha cambiado. Mucho.
Sus ojos me evalúan mientras los lleva desde mi rostro hasta los brazos que sujetan de nuevo la caja. Luego un poco más abajo y finalmente de vuelta a mi cara. Amplía la sonrisa con maldad fingida y susurra:
—Lo mismo digo, Adrien.
No me da tiempo a replicar porque Gabriel aparece por las escaleras. En realidad es una suerte, ya que en el momento en el que la he escuchado decir mi nombre, he sabido que no seré capaz de decir nada inteligente.
—¡Vosotros, dejad de pelear, que hay mucho trabajo! Gia, vamos, ayúdame con las cajas de tu habitación.
Ella me lanza una última mirada antes de darse la vuelta y seguir a su hermano escaleras arriba. Me tomo los siguientes minutos en terminar de llevar las cajas de abajo al coche y calmar la extraña llama que ha comenzado a chispear en mi interior.
Maldición.
Cuando regreso a la casa y llego al piso superior, está mirando el teléfono móvil y respondiendo mensajes. A Gabriel no parece gustarle.
—¿Es Carson? —pregunta, y ella asiente—. No le contestes. No me gusta ese chico.
—¿Carson? —repito sin comprender.
Gabriel hace un gesto de disgusto en mi dirección.
—Su nuevo novio.
—No es mi «nuevo» novio —le recrimina mientras guarda el teléfono en el bolsillo trasero del pantalón—, es el mismo que tengo desde que comencé la universidad.
Mis ojos viajan sin querer a esa parte de su cuerpo en la que está guardando el móvil. La tela se aprieta a la perfección a su alrededor y…
Aparto los ojos antes de que sea demasiado tarde y alguno de los dos se dé cuenta. En especial Gabriel.
—Y que hoy no se ha dignado a venir a ayudarte —añade mi amigo.
—Estaba ocupado.
—¿Acaso hay algo más importante que tú? —Gia entrecierra los ojos en una silenciosa represalia hacia su hermano y él suspira—. Lo siento, pero para mí siempre serás mi prioridad, y para la persona que esté contigo también deberías serlo.
—Creo que soy suficientemente mayorcita como para decidir eso por mi cuenta.
—Te equivocas, siempre serás mi hermana pequeña.
Gia pone los ojos en blanco y decide ignorar a su hermano. Los dos sabemos que, si fuese por Gabriel, ningún chico sería suficiente para su hermana. Él siempre ha hecho de figura protectora, al menos desde que su padre desapareció del mapa. Y, cuando murió su madre, su preocupación por su hermana todavía se intensificó más.
—Vamos, polilla, ayúdame a bajar estas cajas.
Como no puede descargar su enfado contra Gabriel, Gia se vuelve hacia mí con rabia en la mirada.
—¡Y tú deja de llamarme polilla! ¡Tengo nombre! Es Gia. ¡Llía!
Repite su nombre enfatizando la pronunciación. Sé que no debo hacerlo, pero no puedo evitarlo. Esas mejillas sonrosadas han vuelto cuando se ha enfadado, recordándome a la niña que una vez conocí, y una sonrisa estira mis labios.
—Creo que me gusta más polilla.
—Agh, no pienso dirigirte la palabra mientras sigas llamándose así.
—Chicos…
Gabriel trata de poner paz entre ambos, pero Gia cumple su promesa. No vuelve a hablarme en todo el tiempo que continuamos recogiendo cajas hasta que todo queda prácticamente vacío. Los nuevos dueños llegarán mañana.
Cuando terminamos, los dos hermanos echan un último vistazo a la casa. Al jardín delantero donde tantas veces jugamos al fútbol, que ahora está cubierto por hierbas altas. A las ventanas que en otro tiempo estuvieron decoradas con dibujos y cortinas llenas de colores. Al porche en el que colgaban carrillones, pero que ahora está vacío.
Y se despiden en silencio, dando su último adiós.
—Si necesitáis cualquier cosa, llamadme, ¿vale?
Le doy un fuerte abrazo a Gabriel. Ellos se irán con todas las cajas en el coche para dejarlas en un trastero que han alquilado y luego comenzarán el viaje en carretera de vuelta a la universidad donde estudia Gia.
—Gracias, Adrien.
Lo suelto y rodea el coche para subirse en el sitio del conductor. Cuando me vuelvo hacia su hermana, ella tiene los brazos cruzados. Todavía sigue molesta y eso me hace sonreír de nuevo.
—Hasta pronto, polilla.
—Vete a la mierda —sisea.
Y luego se da la vuelta y se sienta junto a su hermano en el coche. Observo cómo se coloca el cinturón y me despido de ellos con la mano.
Justo antes de arrancar, Gia se gira hacia mí, mirándome a través de la ventanilla. Sonríe y el corazón me da un vuelco. Sigo sin entender qué narices me pasa. Entonces eleva la mano y, sin dejar de sonreír, me enseña el dedo corazón en un corte de mangas cuando se marchan.
Me encuentro a mí mismo estallando en carcajadas, solo, delante de la casa que acabamos de vaciar, mientras veo cómo se alejan.
Si Gia Davies no fuese la hermana pequeña de mi mejor amigo, estoy seguro de que habría intentado invitarla a salir.
Pero tampoco le doy muchas más vueltas. Ella va a regresar a la universidad y yo comenzaré mi especialización como enfermero de cirugía.
Uno
El truco está en decirle adiós a la persona,
no al amor.
¿Alguna vez has sentido que te has equivocado al tomar una decisión sobre tu futuro?
Sobre tu vida.
Y piensas en cambiar, pero también te da miedo de que ya sea tarde para hacerlo.
Cuando empecé a estudiar Derecho creía que esa sería mi vida. Quizá no me entusiasmaba, pero me parecía una buena carrera y siempre se me había dado bien memorizar. Así que no me planteé que tal vez con dieciocho años todavía no sabía de verdad a qué quería dedicarme. O que los años pasan, las experiencias nos cambian y nuestra perspectiva de la vida también lo hace.
Y ahora estoy aquí, con un diploma bajo el brazo que no sé si llegaré a usar alguna vez. Porque me di cuenta tarde (y cuando digo «tarde» me refiero a con los estudios prácticamente finalizados) de que esta carrera no es para mí. Sin embargo, tampoco me había atrevido a dejarla, al menos no hasta hace una semana.
Entonces fue cuando puse todo mi mundo patas arriba.
Cuando, además de renunciar a mi trabajo, dejé a mi novio y todo lo que conocía.
Gabriel
¿Ya has aterrizado? Estoy esperándote fuera.
Miro el mensaje en mi teléfono móvil y tomo aire con fuerza. He metido los últimos cuatro años de mi vida en dos maletas que ahora tengo a mi lado. Las agarro y me despido del pasado para atravesar las puertas que me llevarán al futuro.
Da mucho más miedo de lo que se pueda imaginar.
Localizo a Gabriel enseguida. Está mirando su teléfono móvil, con los rizos castaños revueltos sobre la frente. Los dos hemos heredado el mismo cabello de nuestra madre, aunque el mío está más maltratado.
Camino directa hacia él mientras me esfuerzo en colocar en mi rostro una sonrisa que oculte todo lo que siento. El miedo. La incertidumbre. El hecho de que todo mi mundo parece desmoronarse. Los castillos que me había montado se los está llevando la marea.
Hasta hace una semana era una chica de veintidós años con toda su vida organizada: una carrera terminada, iba a firmar un contrato en un bufete de abogados y estaba a punto de irme a vivir con mi novio tras casi cuatro años de relación.
Sin embargo, toda la estabilidad que logré encontrar a lo largo de este tiempo la mandé a la mierda al tomar este avión. Dejé que las olas lo destruyeran todo a su paso, porque la marea no se puede controlar.
«¿Por qué haces esto, Gia?», me preguntó Carson. Yo misma continúo dudando de si he tomado la decisión correcta, pero cuando miro hacia atrás me siento…
Ahogada.
—¡Bienvenida a Nueva York, hermanita!
Mi sonrisa crece un poco más, esta vez de verdad, cuando Gabriel me ve. Me envuelve en un gran abrazo reconfortante. Por poco se me escapan las lágrimas al apreciar el olor de su colonia, la misma que lleva usando desde que somos niños. Me recuerda a casa.
Se separa y toma las dos maletas de mis manos. Sin dejarme protestar, tira de ellas a través del aeropuerto y continúa parloteando.
—Ya verás, te va a encantar la ciudad. Debajo de casa hay un restaurante italiano que hace unas pizzas riquísimas. Hemos pensado en cenar allí esta noche y mañana tomar el día libre para hacer algo de turismo. Finn y yo hablamos de…
—Gracias, Gab, pero no tenéis que cambiar vuestros planes por mí —lo interrumpo mientras llegamos al ascensor que nos lleva al aparcamiento—. No quiero molestar. Además, había pensado en empezar a buscar trabajo cuanto antes.
—No te preocupes por eso, hermanita. Te mereces tomarte unas pequeñas vacaciones.
Gabriel no está enterado del todo de mis razones para huir de mi vida pasada, aunque sí sabe lo suficiente: no era feliz. Y con eso le bastó para animarme a venir con él a Nueva York. Sé que me ayudará en lo que necesite, pero no quiero aprovecharme de él. Ya tiene su vida bajo control.
—También quiero alquilar un apartamento —comento—, y para eso necesito trabajo.
—Puedes quedarte con nosotros todo el tiempo que necesites. De hecho, deberías hacerlo.
—Gracias, pero los dos sabemos que no somos compatibles.
Es un hermano mayor de libro, de los que te protegen como si fuesen tu padre y prefieren meterte en una burbuja antes de dejar que te hagas daño. Cuando mamá murió, se volvió todavía más protector. Lo entiendo y lo quiero como es, sin embargo, no me apetece renunciar a mi recién estrenada libertad.
—Acabas de llegar y ya estás buscando la forma de deshacerte de mí. Muy mal, hermanita.
A pesar del tono tristón de su frase, me devuelve la sonrisa.
Llegamos al aparcamiento y guardamos las maletas antes de ponernos en marcha. Nunca he entendido por qué tiene un coche si vive en Nueva York, sobre todo porque puede trabajar desde casa siempre que quiera, pero lo cierto es que Gabriel ha estado interesado en el mundo del motor desde pequeño. Tuvo un trabajo en un taller en los últimos años de instituto. Mamá y yo nos sorprendimos mucho cuando decidió estudiar Ingeniería Informática.
Supongo que, de estar viva, ella también se habría llevado una sorpresa al saber que yo hice Derecho.
Gabriel continúa hablando todo el camino hasta su casa. Cuando pasamos cerca de alguna plaza o edificio importante me lo señala. Me gusta escucharle parlotear, me anima y hace que me olvide durante unos instantes de la angustia. Creo que él lo sabe.
Al igual que en el aeropuerto, no me deja llevar mis maletas y las carga hasta el ascensor. Menos mal que funciona, porque él y Finn viven en el último piso del edificio.
Cuando abre la puerta me deja pasar a mí primero.
—Hogar, dulce hogar.
He estado allí otras veces, pero siempre me alucina. Es un apartamento de dos habitaciones bastante pequeño. Sin embargo, está diseñado con un concepto abierto que da amplitud. Las ventanas llegan del techo al suelo y entra muchísima luz.
Nunca le he preguntado cuánto pagan de renta, aunque, a juzgar por los precios que he visto en internet a la hora de buscar pisos, creo que nunca ganaré suficiente como para poder alquilar uno igual.
La puerta de una de las habitaciones se abre y veo un rostro conocido. Los ojos azules del compañero de piso de mi hermano se entrecierran cuando sonríe y viene directo a envolverme en un abrazo.
—¡Gia!
—¡Hola, Finn! Cuánto tiempo.
Finn me hace cosquillas con su cabello rubio en la mejilla y yo siento que me sonrojo bajo su agarre. Cuando era más pequeña estuve completamente enamorada de él. De los dos amigos de mi hermano, era el más amable. Por no decir el único. Siempre me defendía y le pedía a Gabriel que dejara que me quedara con ellos cuando venían a casa a jugar a la Play y merendar las galletas y bizcochos que hacía mamá.
En cambio, su otro amigo…
—Vaya, estás muy cambiada —susurra con un asentimiento de apreciación al apartarse, todavía sujetándome por los antebrazos—. Y muy guapa.
No necesito un espejo para saber que me he puesto colorada como un tomate. Y lo peor es que no puedo dejar de mirar la sonrisa de Finn.
Excepto cuando Gabriel carraspea y se acerca a nosotros arrastrando mis dos maletas. Tenemos que separarnos a la fuerza.
—Te quedarás en mi habitación los días que estés aquí, ¿de acuerdo? He vaciado una parte del armario para que puedas dejar tus cosas. —Lanza una mirada a las maletas y guarda unos segundos de silencio—. Aunque me temo que no será suficiente espacio.
Mi hermano siempre se burla de mí porque dice que compro demasiada ropa y que soy muy presumida. ¡Si supiera todos los conjuntos que dejé porque no cabían en las maletas!
Finn se aparta y yo sigo a Gabriel hacia una de las puertas, la que da a su habitación. Es pequeña y casi todo el espacio lo ocupa la cama. Me sorprende mucho no encontrar ningún libro y ni siquiera el ordenador en el escritorio. Está prácticamente vacía.
—Vaya, sí que has recogido esto —comento mientras me lanzo a la cama.
El vuelo ha sido de unas pocas horas, pero aun así me siento muy cansada y sospecho que nada tiene que ver con la diferencia horaria o el viaje. En los últimos días apenas he conseguido dormir algo.
—Bueno, quería dejarte tu espacio —dice mientras se encoge de hombros—. Yo dormiré en el salón estos días.
—Eres el mejor hermano.
—Soy el único que tienes —bromea.
Gabriel se sienta en la cama junto a mí. La puerta no está cerrada y sé que Finn se encuentra justo al otro lado de la pared, pero aun así me siento en confianza. Este rincón es de mi hermano, de mi familia.
Estoy con mi familia.
—Si necesitas cualquier cosa, puedes hablar conmigo.
No «pedirme», sino «hablar».
Pero todavía no estoy preparada para contarle todo.
—Supongo que me vendría bien una ducha.
Vuelve a sonreírme y coloca una mano sobre mi pierna hasta que sus dedos llegan a rozar los míos. Recuerdo el funeral de mamá y cómo estuvimos tomados de la mano durante todo el tiempo que duró. Odié estar en aquel cementerio. Todavía noto escalofríos solo con pensarlo.
En aquel momento había sentido que, si lo soltaba, quizá también lo perdiese a él. Y luego, cuando marché a la universidad, me sentí completamente sola por primera vez en mi vida. Al menos así fue hasta que conocí a Carson.
El recuerdo de su nombre pincha mi corazón y trato de sacarlo antes de que el dolor se me refleje en el rostro, aunque al ver la expresión de Gabriel sé que he fallado estrepitosamente.
—Iré a buscarte una toalla limpia, ve deshaciendo las maletas si quieres.
Va a levantarse, pero mi mano busca la suya inconscientemente. Enredo los dedos a su alrededor y le impido moverse. La mirada de Gabriel se suaviza sobre la mía y luego me acerca a él. Deposita un beso sobre mi frente y me acaricia el cabello.
Antes mis rizos eran más parecidos a los suyos, pero comencé a alisarme el pelo y dejármelo largo en la universidad. Carson decía que estaba mucho más guapa así. Tanto tiempo maltratándolo ha roto el rizo.
—Gracias —susurro.
—Tú nunca tienes que dármelas.
Después de eso me deja sola con las maletas en la habitación.
Gabriel no ha mentido, de verdad ha vaciado buena parte del armario para que tenga espacio. Me siento mal por robarle su sitio y también por hacerle trabajar tanto para unos días. Tengo la intención de empezar mi búsqueda de trabajo mañana mismo y, con suerte, espero encontrar pronto un lugar donde vivir.
Aún tengo dinero ahorrado en la cuenta por la venta de la casa, pero no es infinito, y una parte la usé para pagarme los estudios. No quiero gastar lo que me queda en alquiler. Necesito ingresos extra.
Mi hermano regresa al poco rato con una toalla en la mano. Para entonces ya he deshecho media maleta y también he escuchado cómo hablaba en susurros con Finn en el salón. Que estuviesen hablando tan bajo me dio una pista de que yo podría ser el sujeto de su conversación.
—Voy a salir a hacer unas compras, tenemos la nevera vacía. ¿Alguna petición especial?
—Chocolate en polvo para desayunar.
Ni siquiera tras las duras jornadas estudiando en la biblioteca hasta tarde conseguí hacerme al sabor del café. Supongo que me parezco mucho a mamá. Ella también desayunaba leche chocolateada.
—Cuenta con ello —sonríe, guiñándome un ojo—. Tenemos reserva para cenar en unos cuarenta y cinco minutos, ¿estarás lista?
Asiento con la cabeza y me despido de mi hermano. Después termino de vaciar esa primera maleta y, por fin, saco el teléfono móvil del bolsillo trasero. Sé que es una mala costumbre porque cualquiera podría robármelo con facilidad de allí, pero por alguna razón que desconozco los fabricantes de ropa se niegan a crear bolsillos delanteros de tamaño razonable.
Cuando miro la pantalla se me para la respiración.
Carson
Cuando quieras hablar estaré aquí esperando. Esta pataleta tuya está yendo demasiado lejos, Gia.
Me quedo mirando el móvil durante largos segundos sin moverme.
Apenas puedo respirar.
Apenas puedo creer lo que me ha escrito.
Pero la rabia se mezcla con la tristeza, hasta el punto de convertirse en una sola emoción. Me ha costado mucho trabajo, demasiado, tomar esta decisión. Es un cambio importante en mi vida, uno arriesgado y que me obliga a dejar atrás todo, pero no me arrepiento. Y no pienso hacerlo.
Esta será mi vida a partir de ahora.
La nueva Gia.
Soy fuerte.
Logro esconder las lágrimas y lanzo el teléfono con tanta fuerza sobre la cama que rebota y cae al suelo. Ni siquiera me molesto en recogerlo.
Agarro la toalla que me ha dejado mi hermano y salgo de la habitación. Encuentro a Finn sentado en un escritorio alargado junto a uno de los ventanales de la sala. No me había fijado bien antes, pero hay un ordenador con dos pantallas y muchos libros apilados a su lado.
Me acerco a él y su sonrisa desaparece en cuanto ve mi expresión.
—Oye, Finn. ¿Tenéis unas tijeras?
—¿Para qué…? —comienza a preguntar, pero luego sacude la cabeza y se levanta de la silla con aire preocupado—. No importa, ven, que te enseño dónde están.
Lo sigo hasta la cocina y me entrega unas tijeras que hay guardadas en el cajón de los cubiertos antes de regresar a su mesa.
Entro al baño y me aseguro de poner el pestillo. Dejo la toalla sobre un pequeño armario y me miro en el espejo. Las profundas ojeras han apagado el dorado de mis ojos, que ahora lucen en un continuo tono oscuro de tristeza. Quiero deshacerme de esa mirada, pero sé que llevará mucho tiempo y esfuerzo.
Mejor empezar por algo más fácil. Paso a paso llegaré a mi meta.
Tomo un mechón de mi cabello justo por encima del hombro y antes de que pueda arrepentirme o cambiar de opinión lo corto con las tijeras.
La Gia del espejo me devuelve la mirada, aunque esta vez no solo con tristeza. Hay tintes de sorpresa en ella.
Lo he hecho. Me he atrevido.
Agarro otro mechón y repito la misma acción.
De acuerdo, cortarme el pelo no arreglará mis problemas, pero es un comienzo, y resulta mucho más reparador de lo que imaginaba.
Cuando termino, el lavamanos está lleno de mechones y mi pelo mucho más corto, a la altura de los hombros. Me siento un poco mejor.
Me doy una ducha y con el cabello mojado aprovecho para igualar las puntas todo lo que puedo. Llevaba años sin apenas cortarlo porque a Carson le gustaba largo y es extraño verme así. Pero está bien.
Está muy bien.
Recojo todo lo mejor que puedo y me preparo para la cena. Finn me observa mientras paso a la habitación con la toalla alrededor del cuerpo y mi nuevo corte de pelo, pero no dice nada. Cuando Gabriel regresa con la compra también me dedica una larga mirada. Al final solamente musita:
—Me gusta. Te queda bien, hermanita.
Entre él y Finn guardan la compra en la nevera y luego salimos al restaurante que mencionó antes. El italiano ya tiene bastante gente sentada a las mesas. Hay ambiente incluso tratándose de un martes por la noche, pero supongo que en Nueva York siempre encontraré gente.
La terraza está ocupada y nos asignan una mesa en el interior, bastante espaciosa y preparada para cuatro comensales. Finn me recomienda comenzar con un Spritz y, aunque a mi hermano no le hace especialmente gracia porque tiene alcohol, no puede prohibirme beber.
Estoy ojeando la carta cuando lo llaman por teléfono.
—Sí, estamos dentro —escucho que dice—. Justo al lado de la ventana de la izquierda.
Cuelga la llamada y observo cómo Finn y él comparten una mirada secreta.
—¿Ya está aquí?
Mi hermano asiente y yo frunzo el ceño. ¿Falta alguien más por llegar?
De pronto tengo una acorazonada. Esa persona ha llamado a Gabriel al teléfono. ¿Se tratará de su novia? ¿Me lo habrá ocultado y, ahora que estoy en Nueva York con él, se digna a presentármela?
Al darse cuenta de mi mirada, suspira.
—Bueno, no queríamos decirte nada, pero tenemos una… sorpresa.
—¿Una sorpresa? —repito.
—No solo tú has decidido venir a Nueva York. Como hubiese dicho mamá, «el trío fantástico» vuelve a juntarse.
Oh, no.
Una sensación desagradable se expande por mi interior. Eso solo puede tener un significado.
Entonces una sombra llega a nuestra mesa y su dueño carraspea. Aunque ya sé lo que me voy a encontrar al girarme, me vuelvo despacio.
Un chico alto está de pie a mi lado. Lleva unos pantalones oscuros y una camisa que se le pega al cuerpo. Una barba de un par de días le cubre las mejillas. Su cabello rubio es un poco más oscuro de lo que recordaba, pero, como siempre, está peinado en un efecto desordenado.
Y luego están esos ojos verdes, grandes y brillantes, que dirige exclusivamente en mi dirección. Cuando nuestras miradas se encuentran, una sonrisa traviesa comienza a formarse en sus labios, y susurra:
—Buenas noches, polilla.
Adrien Hall.
El tío más insufrible del mundo entero.
Dos
No sabría decir en qué momento de mi vida empecé a odiar a Adrien Hall, porque prácticamente siempre ha estado en ella. Es el mejor amigo de mi hermano, además de Finn, pero a este último no lo conocimos hasta que se mudó con sus padres cuando Gabriel empezó el instituto.
Los tres se pasaban prácticamente cada tarde en casa jugando a la Play o comiendo la repostería que preparaba mi madre. Eran tres años mayores que yo, pero siempre me dejaban estar con ellos, al menos hasta que se convirtieron en adolescentes. Entonces comenzaron a echarme y a decir que molestaba. ¡Ni que sus conversaciones fuesen tan interesantes!
Yo solo quería estar allí porque Finn me gustaba. Me ayudaba a quedarme con el trozo más grande de bizcocho y me enseñaba a hacer trampas en la consola.
En cambio, Adrien… Empezó a llamarme polilla de forma desagradable porque decía que era molesta como un bicho y que siempre estaba encima de ellos.
Mentira podrida. A él no quería ni verlo. El que me interesaba era Finn.
—Tú… —susurro al notar que no aparta los ojos de mí.
La sonrisa de Adrien crece hasta mostrar sus dientes, pero hay algo en su expresión que delata la sorpresa.
—¿Qué haces aquí? —pregunto sin poder contenerme.
—¿Qué haces tú aquí? —suelta Adrien al mismo tiempo.
Me fuerzo a ser la primera en apartar la mirada y me vuelvo directamente hacia mi hermano. De pronto parece estar profundamente interesado en la carta que tiene entre las manos.
—¿Habéis visto que también hacen lasaña casera? Quizá deba probarla.
Frunzo el ceño y paso la mirada a Finn, pero no le da tiempo a disimular. Se vuelve hacia mi hermano, después hacia Adrien, finalmente a mí y suspira antes de preguntar:
—¿Sorpresa?
Aprieto los labios y Adrien no dice nada. Se limita a encogerse de hombros y tomar asiento en el único lugar libre de la mesa: a mi lado.
Soy plenamente consciente de cómo su hombro prácticamente roza el mío, y de pronto la amplitud de la mesa se me hace mínima. Si respiro, seguro que lo toco.
Mi hermano decide dar paso a las explicaciones.
—Gia, Adrien ha empezado a trabajar en un hospital en el centro hace unas semanas —me aclara primero y luego se vuelve hacia su amigo—. Adrien, Gia acaba de mudarse a la ciudad.
El susodicho me mira con la cabeza ladeada.
—Así que Nueva York. ¿Y ese cambio de planes?
El tono amargo de su voz es demasiado llamativo como para dejarlo pasar y la sangre hierve en mi interior.
—¿Por qué lo dices?
—Tenía entendido que tu fabuloso novio te había conseguido un buen puesto en el bufete de su familia.
Apenas puedo reaccionar a la sorpresa. ¿Cómo narices se enteró de eso? Pero al mirar hacia Gabriel me doy cuenta de que probablemente se lo haya contado él. Decido regresar al ataque con Adrien.
—He cambiado de opinión. ¿Algún problema?
—No, mera curiosidad. Supongo que está bien eso de tener contactos.
Me aclaro la garganta antes de contestar. Su tono ha sido medio en burla, medio grosero. Hemos crecido juntos y es amigo de mi hermano. Sé perfectamente lo que opina de conseguir un trabajo por enchufe. Según él, te quita todo el mérito.
—¿Y cómo es que has acabado tú en Nueva York? ¿No era que a ti no te gustaban las grandes ciudades? Decías que serías médico de familia en una zona rural. —El ceño de Adrien se frunce y yo me trago la sonrisa antes de cambiar a un fingido tono dulce—. Ay, perdón. Se me olvidaba que al final estudiaste Enfermería.
Su mandíbula se aprieta al instante, marcándose todavía más.
No tengo nada en contra de su profesión. Llevan a cabo una labor distinta y complementaria a la de los médicos, ninguno funcionaría sin el otro. Por no mencionar que es una carrera muy exigente que yo jamás podría estudiar, pero sé que esa frase va a joder a Adrien. Él ha comenzado esta guerra y, si no sabe jugarla, es su problema.
Yo peleo hasta el final.
—Chicos, ya basta —media mi hermano, alzando la voz más de lo necesario para llamar nuestra atención—. Somos adultos, podemos comportarnos.
Adrien se vuelve hacia él con las cejas alzadas y una sonrisa de superioridad que querría borrarle con mis propias manos.
—¿Seguro?
Idiota.
—Díselo a tu amigo —replico.
Y doy un gran sorbo al Spritz.
¿Cuándo podremos pedir la comida? Tengo ganas de acabar e irme de aquí de una vez.
—¿Ya saben qué van a comer?
Finn se vuelve hacia la camarera que acaba de aparecer en nuestra mesa como quien ve al sol en un día de lluvia. Siento un tirón en mi estómago al darme cuenta de que acabo de hacerle pasar un mal rato. Es una persona tranquila, no le gustan las peleas ni las confrontaciones. Siempre trataba de mediar entre nosotros cuando estábamos en el instituto.
Imagino que eso no ha cambiado y en parte me alegro. Cuando crecen, muchas personas adquieren maldad o se hacen más hostiles. El mundo y quienes viven en él los vuelven así.
Y siempre viene bien mantener a gente como Finn cerca. Hay muy pocos como él.
—¿Qué tal está la ensalada Caprese? El otro día me quedé con ganas de probarla.
La chica mira a Finn y su sonrisa se amplía. Comprensible, cualquiera caería embelesado ante esos ojos azules.
—He visto antes una en la cocina y tenía muy buena pinta, aunque yo prefiero la focaccia de la casa.
—Entonces serán ambas cosas, para compartir. —Le guiña un ojo a la camarera antes de dirigirse a nosotros—. ¿Os parece bien, chicos?
Adrien se encoge de hombros y yo asiento. Frente a mí veo cómo mi hermano pone los ojos en blanco y se deja caer contra el respaldo de su silla.
—Para mí una lasaña —dice.
Los demás pedimos pizza y la camarera apunta todo antes de irse, además de una copa de Spritz para Adrien y otra para Finn, que ya se ha terminado la suya. Juraría que, cuando las trae, en la suya hay más cantidad que en la primera ronda.
Mientras esperamos la comida, la conversación continúa. Trato con todas mis fuerzas de concentrarme en el hambre que tengo, en dar sorbos a mi bebida y en el bonito decorado de luces y plantas que hay en el restaurante.
No en Adrien y en cómo su brazo roza el mío cada vez que alguno de los dos tiene la intrépida idea de hacer algo como, no sé, respirar.
¿Por qué mi hermano no me ha dicho que él iba a estar aquí?
Supongo que para evitar conflictos. Es mejor si deja que nos destruyamos solos.
—¿Qué tal el nuevo hospital? —pregunta Finn con curiosidad—. ¿Los compañeros son simpáticos?
—Algunos más que otros. Me han invitado a jugar al pádel.
—Oye, pues es una buena idea —interviene mi hermano—. Siempre te ha gustado el deporte.
—El fútbol —corrige con suavidad—. Nunca he jugado a pádel, no sé si será lo mío.
—Hasta que no lo pruebes, no lo sabrás.
La conversación continúa y yo me quedo con esa frase dando vueltas en mi cabeza. No es la primera vez que se la he escuchado decir a mi hermano. Fue lo mismo que me dijo para animarme a tomar la decisión de venir a Nueva York y, aunque todavía me queda mucho camino por recorrer y probablemente demasiadas piedras con las que tropezar, sé que tiene razón. Debía irme de allí, y pese a que la incertidumbre del no saber a veces asusta más que lo conocido —incluso si lo conocido nos hace daño—, nunca sabría qué más podría ocurrir conmigo y con mi vida si me quedaba. Si no lo intentaba.
La llegada de los entrantes me saca de mis pensamientos. Me ruge el estómago del hambre. Estoy a punto de darle un mordisco a un trozo de focaccia cuando escucho una irritante voz a mi lado.
—Así que Nueva York, polilla. ¿Dejaste a tu novio en Los Ángeles?
Estoy segura de que la comida sabe genial. Solo que de pronto se me ha amargado en la boca. Estúpido Adrien.
—No, lo metí en la maleta y ahora lo tengo atado y amordazado en la habitación de mi hermano par
