Los efectos secundarios de la magia y un corazón roto

Breanne Randall
Breanne Randall

Fragmento

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1

El sol no calentaba, la tetera se negaba a hervir y el olor miserable a recuerdos del pasado ardía en los troncos mientras Sadie Revelare encendía el fuego. Incluso el reloj de pie, que nunca jamás prestaba atención al tiempo, gorjeó diez tristes notas de urraca.

«Una señal que no debo pasar por alto», se dijo.

Lanzó una mirada fulminante al viejo y tedioso reloj y le dio una patada en la base. El péndulo dorado se agitó como si moviera un dedo en señal de advertencia. Irritada, pero reacia a contravenir la señal, se santiguó con una ramita de canela y luego la aplastó con el tacón de la bota en el porche delantero.

Ya dentro de nuevo, en la casa resonaba su silencio como un suave reproche. Gigi ya se había ido y pasaría el día fuera. Seth se había marchado hacía casi un año. No es que estuviera contando los días. No le daría a su hermano esa satisfacción. Miró el portacepillos de dientes mientras se lavaba la cara. Solo había uno.

Tiempo atrás, se permitía soñar con su propia casa, un par de cepillos de dientes, incluso tal vez salpicaduras de agua en el espejo porque un niño se los había lavado demasiado cerca.

Pero su maldición lo hacía imposible y había renunciado al amor hacía demasiado tiempo como para que ahora cambiara la situación. Algunas personas necesitaban flores y palabras bonitas. Sadie necesitaba la verdad y promesas cumplidas. Acabó de arreglarse y, al salir por la puerta con el café en la mano, el reloj volvió a sonar.

—¡Ya lo he hecho! —gritó en respuesta.

Durante el breve trayecto hasta el trabajo tuvo que desviarse dos veces: la primera para evitar una serpiente en el camino y la segunda para esquivar un cuervo que casi se estrella contra el parabrisas. Se estremeció. Presagios de cambio y muerte, respectivamente. Otra vez. No les hizo caso. El negocio no iba a parar por unos malos augurios. En realidad, mejoraba gracias a ellos.

El sinuoso camino del cañón mostraba toda su fuerza otoñal. Sadie bajó la ventanilla y el aire frío le besó la cara. Inhaló el olor de las hojas y de las rocas cubiertas de musgo y el anuncio de un viento fuerte de mediodía. Pero había algo más. Lodo.

—No, no, no.

Pisó con fuerza el acelerador mientras tomaba la última curva cerrada más rápido de lo que debería y el puente de Two Hands apareció ante sus ojos.

A pesar de la escasa lluvia, se había inundado. Solo un poco. Pero suficiente. Firme como las margaritas al sol, era el tercer mal augurio de la mañana. Ya no había forma de ignorarlo.

Incluso los habitantes del pueblo que no creían en la magia sabían lo que significaba una inundación: alguien estaba a punto de regresar.

Redujo la velocidad. Los neumáticos chapotearon en el agua fangosa y los nudillos se le pusieron blancos contra el volante.

Cindy McGillicuddy, una vecina de su misma calle, aminoró la marcha mientras se acercaba con su camioneta cuatro por cuatro, con la parte trasera cargada de unos cuantos fardos de heno para sus caballos. Bajó la ventanilla y luego señaló el puente.

—El río se ha desbordado —dijo sagazmente.

Era una mujer sensata, de metro ochenta y dos y una envergadura reforzada con músculos endurecidos por el trabajo de campo. Hasta ella estaba preocupada por las inundaciones.

—Lo sé —suspiró Sadie.

—Tal vez tu hermano esté de vuelta, ¿eh? —dijo Cindy con esperanza—. ¿No sería maravilloso?

Sadie se obligó a sonreír, aunque sintió la sonrisa apretada contra los dientes.

«Claro. Maravilloso».

—Tal vez. Bueno, en cualquier caso, estoy segura de que todo irá bien.

Se alejó con la certeza de que Cindy difundiría la noticia a los cuatro vientos. Se tomaba muy en serio su papel de metomentodo oficial del pueblo. No había asunto que se le escapara; en caso de necesitar ayuda o información, ella siempre era el punto de partida. Era una entrometida, pero a la manera de un hada buena que deja comida a escondidas para las familias sin recursos o lleva leña a los ancianos que ya no tienen fuerza para cortarla.

«Todo está bien. Todo va a ir bien», se dijo de nuevo.

Odiaba esa palabra, «bien». Era una tirita, una píldora recubierta de azúcar para enmascarar la amargura que contenía. «Bien» era lo que se decía cuando algo no iba bien. Pero bien era como tenía que ir, porque, de no ser así, todo se desmoronaría. Sadie a menudo trataba de mantener el equilibrio entre lo que la gente esperaba de ella y cómo era en realidad, pero a veces ese equilibrio se tambaleaba y olvidaba quién quería ser de verdad. Además, la gente tenía expectativas y a ella le gustaba superarlas en la medida de lo posible.

Aun así, los dedos le temblaban de miedo.

«Alguien está de vuelta».

«¿Quién, quién, quién?».

La pregunta todavía le resonaba en la cabeza cuando llegó a Melocotón al Tomillo, la cafetería que regentaba con su abuela. El día acababa de empezar y su mente ya estaba en bucle. Aquella palabra siguió cayendo como una gota de tortura mientras preparaba la mezcla para tres tandas de galletas de pastel de zanahoria con glaseado de queso crema. El jengibre le baja los humos al comensal y las zanahorias lo llevan de vuelta a sus raíces.

Quizá tenía a su hermano en mente; o quizá no. En cualquier caso, había cronometrado todo a la perfección, como siempre. La cocina era cálida y reconfortante como un abrazo. El olor del horno calentándose le recordaba que todo estaba bien. Se sentía cómoda con el ruido. El golpeteo de las varillas contra el recipiente de metal, el deslizado de la bandeja para hornear sobre la encimera, el latigazo del paño de cocina cuando se lo colocaba sobre el hombro. La repetición y el ritual calmaban el flujo constante de pensamientos persistentes, las preocupaciones no deseadas y molestas que solo desaparecían cuando se perdía en el ritmo de los movimientos y las medidas.

Pero la primera tanda de galletas le salió tan picante que tuvo que escupir el bocado en el fregadero. Un hormigueo le entró por los dedos de los pies y se extendió por todo el cuerpo. Intentó aliviarlo echándose una pizca de jengibre sobre el hombro y aplicándose aceite de lavanda detrás de las orejas, pero se le había incrustado. Los rituales no estaban funcionando. Las imágenes seguían apareciendo. El río desbordado. La serpiente y el cuervo en el camino.

—Regla número seis —se lamentó Sadie.

Una de las más fatídicas que su abuela le había repetido desde la infancia. Siete malos augurios seguidos significaban que había una pesadilla aguardando a la vuelta de la esquina. Y acababa de llegar el número cuatro.

Ella había aprendido las reglas de la magia Revelare de niña, a los pies de su abuela. Mientras ella buscaba lombrices con sus manitas sucias, Gigi le explicaba que las semillas de mostaza ayudaban a la gente a hablar sobre sus sentimientos y que el anís estrellado podía unir a dos personas. El sabor dulce de las cáscaras de mandarina perfumaba el aire y tenía sus uñas diminutas permanentemente teñidas de naranja.

Gigi siempre le advertía que sus elaboraciones les hablaban. Si uno estaba enamorado, los platos tendían a resultar demasiado dulces. Si la cena salía insípida, era falta de aventura. Y si el postre se quemaba, bueno, eso significaba que: «Algo malo viene a estos lares».

Sadie escuchaba esas lecciones entre colinabos amargos y guisantes trepadores absorbiendo cada palabra y dejando que echaran raíces en su corazón. No le molestaba saber que era rara y creció tejiendo magia a su alrededor como las cintas de un mayo.

Ahora se ganaba la vida vendiendo esa rareza. Una pizca de sueños en la mezcla y una gotita de esperanza en la masa. La magia le corría por las venas desde hacía tanto tiempo que a veces olvidaba quién era sin ella. Como las capas de pasta filo, era imposible separarlas.

Gigi había llegado antes que ella y ya estaba en marcha, «trasteando», como solía decir. Sadie prestaba atención al crujido del plástico al de­senvolver las jarras. Al tintineo de los tarros chocando entre sí. Los pequeños ruidos comunes que convertían la cafetería en una sinfonía. Las galletas, esta vez condimentadas en su punto y recién salidas del horno, atraían con su dulce aroma a los clientes como un recuerdo de la infancia. Tarros de vidrio llenos de lavanda fresca y ranúnculos silvestres salpicaban las mesas y la olla de jengibre confitado en azúcar hervía al lado del cazo de leche infusionada con avellanas.

La vitrina estaba llena de cruasanes con esencia de naranja espolvoreados con ralladura escarchada cuya tarjeta rezaba: «Para causar entusiasmo, vigorosidad y éxito». Al lado, las tartaletas de frutas y albahaca brillaban como un sueño olvidado y decían: «Para buenos deseos, amor e intenciones serias». Y el pastel de canela y streusel, que algunos lugareños juraban que les mejoraba el día, tenía un cartel que simplemente decía: «Estabilidad». Generaciones atrás, la gente del pueblo habría reprendido o rechazado demostraciones de magia tan descaradas. Ahora, aunque no creyeran en ella, la aceptaban con deleite y tripas rugientes. Era parte de una rutina que se había entretejido con el ADN del día a día de Sadie. Y estaba a punto de empezar de nuevo.

Era la mejor cuando se trataba de seguir una rutina. La pequeña ciudad de Poppy Meadows, al igual que ella misma, funcionaba como un reloj. Todas las luces de Main Street empezaban a encenderse, se hacía el recuento de las cajas registradoras y los carteles de cerrado traqueteaban contra el cristal ansiando darse la vuelta. Sadie se adaptó al ritmo y relajó los hombros mientras observaba la pasarela de madera que conectaba la mezcolanza de edificios con fachadas de ladrillo. Dirigió la mirada hacia el final de la calle, donde se alzaba una iglesia blanca con un campanario del siglo XIX. Sus vidrieras, que según la leyenda local cazaban las plegarias lanzadas al viento, proyectaban joyas de luz sobre la acera. Entonces una silueta le llamó la atención. No. No podía ser.

—¡Cariño! —gritó Gigi con su vozarrón.

—¡Voy! —respondió Sadie rápidamente, con el estómago revuelto, mientras se sacudía el pasado y atravesaba las puertas dobles hacia la cocina. Por supuesto que no. Era imposible. Y, como hacía con casi todo lo demás en su vida, cerró la puerta a esa idea. La posibilidad de quién podía ser. Se había entrenado para retener esos pensamientos y empujarlos hacia la oscuridad, para mantenerse a salvo. De lo contrario, se descontrolarían y la llevarían a un estado de ansiedad total. No siempre funcionaba. Incluso ahora la tensión volvía a oprimirle el pecho.

—Cariño, si no quitas de en medio este saco de harina rebelde, una de nosotras se va a tropezar y va a romperse el cuello.

Cuando estaba Gigi, alguien siempre corría el riesgo de partirse algo, sufrir un «tirón» o «estropearse sus hermosas manos».

—Tal vez haya cuellos que merezcan romperse, Gigi —respondió Sadie con dulzura mientras levantaba el saco de harina de doce kilos y se lo apoyaba en la cadera.

—Calla ya o te meto un capón. Sé cuándo estás hablando de Seth. Tienes ese brillo malvado en los ojos.

Antes de responder, Sadie tropezó con la alfombra que cubría el suelo y observó, a cámara lenta, cómo la harina caía en cascada contra el suelo y se inflaba formando una nube blanca.

Un estropicio en la cocina era el mal augurio número cinco.

—¡Menuda sabandija! —Su abuela se rio con su gruñido ronco de fumadora.

Gigi (su apodo hacía que la susodicha pareciera mucho más francesa y mucho menos luchadora de lo que en verdad era) negó con la cabeza. Su pelo corto era una bola de algodón de azúcar, siempre perfectamente rizado y de un tono peculiar entre óxido y cobre.

—Ya lo sé, ya lo sé. «El desastre me persigue como la estupidez a un borracho» —citó Sadie apretando los dientes mientras cerraba la parte superior del saco de harina.

—¿Esa frase de quién es? —preguntó Gigi, volviéndose hacia ella con una mano en la cadera y una mirada que auguraba problemas.

La aludida se encogió de hombros.

—A ese hermano tuyo aún se le puede lavar la boca con jabón —dijo la mujer con un suspiro.

—Para eso tendría que estar aquí. —Su voz se volvió plana como un pastel de avena mientras se alisaba distraídamente el delantal.

—No vayas por ahí, cariño —respondió Gigi al ver que sus ojos se evadían hacia el pasado—. El que cava un hoyo caerá en él. No es culpa tuya.

—Estoy segura de que él diría lo contrario —replicó Sadie con los labios fruncidos.

—Ese chico tiene que luchar contra sus propios demonios —dijo Gigi—. Y lo hará. Ahora, voy a limpiar este desastre antes de abrir mientras tú vas a asearte.

Esta se enjuagó la boca en el lavabo y se sacudió la harina de la melena caoba con los dedos. Confiaba en que hubiera quedado limpia, ya que se negaba a mirarse en el espejo, algo que solo debía hacerse al amanecer, al mediodía o al anochecer, por miedo a que en el reflejo apareciera algo más. Una de las muchas rarezas de la familia Revelare que eran tan ciertas como que el sol sale por el este, como enterrar a medianoche en el jardín las monedas de centavo que se encontraban, llevar siempre encima algo verde y nunca silbar en interiores. Eran costumbres que Gigi le había enseñado desde la cuna.

La campana tintineó alegremente cuando Sadie abrió la puerta principal y se quedó allí quieta un instante, dejando que el último frío de la mañana le aclarara la mente. Inhaló el aroma de los conos de go­fre de la heladería que había unas cuantas tiendas más abajo a la derecha y el olor del tocino flotando desde el restaurante de la calle de enfrente. Las caléndulas del medio barril de la acera se balanceaban y ofrecían su somnoliento saludo matutino. Las farolas se apagaron; una en particular parpadeó un par de veces, como si le hablara en código morse. Los hombros se le relajaron. Incluso sin magia, este siempre sería el lugar más perfecto del mundo para ella.

En cuanto puso el letrero en abierto, Bill Johnson apareció en el umbral, con su rostro afable, arrugado y desgastado y una sonrisa que encajaba como si estuviera destinada a estar allí. Era un poco más joven que Gigi y ocupaba un lugar especial en el corazón de Sadie por el simple hecho de que estaba enamorado en secreto de su abuela. Su camisa de franela, fresca y limpia como siempre, quedaba holgada en su desgarbada figura. Su pelo gris y desgreñado brillaba levemente con la luz de la mañana, pero no lograba ocultar las orejas enormes que sobresalían como las asas de un cántaro.

—Buenos días, Sadie —dijo, agachando la cabeza.

—Buenos días, Bill. ¿Qué va a ser esta mañana? —preguntó ella con calidez, caminando hasta colocarse detrás del mostrador mientras se aseguraba de que su delantal estuviera bien atado y en su sitio.

—¿Qué me recomienda Gigi Marie? —preguntó, mirando detrás de ella, como si pudiera perforar la pared de la cocina con los ojos.

—Te recomienda encarecidamente que cuides tus papilas gustativas, grandullón —contestó la susodicha desde atrás.

—Entonces, sorpréndeme —dijo con una sonrisa indulgente.

Sadie, con la espalda erguida y los hombros alineados, le sirvió el café: negro con dos azucarillos; esa parte del pedido nunca cambiaba. Luego cortó una ración de tarta de melocotón y mascarpone y la puso en un recipiente para llevar.

—¿Y esto qué hace?

—Si tienes algún dolor o malestar, hará que hoy te sientas como nuevo —respondió ella sonriendo—. Y, además, podría darte un poco de energía extra.

—Me vendría bien. —Bill levantó los ojos al cielo.

—¿La antigua Old Bailer? —supuso Sadie y él asintió. La restauración del monumento local había sufrido algunos reveses inesperados.

—Esa hectárea de terreno tienen tantísimos problemas como metros —dijo justo antes de girar los ojos hacia Gigi como un imán.

Su abuela había salido de la cocina secándose las manos con el delantal. Él se aclaró la garganta y deseó buenos días a ambas antes de irse, aunque a Sadie le dio tiempo a percatarse del rubor que acababa de colorearle las mejillas.

—No puedes evitarlo, ¿eh? —observó ella con una sonrisa—. El pobre Bill ha sido agradable contigo durante años. ¿Por qué no puedes ser más amable con él?

—¡Chitón! —ladró Gigi con una risa áspera—. Nadie va detrás de una vieja tonta como yo. Y no finjas que la mitad de los jóvenes de esta ciudad no están suspirando por ti, con el apellido Revelare o sin él. ¿Por qué crees que aquel chico te propuso matrimonio?

En ese momento, la nuca se les calentó y ambas se estremecieron. Levantaron la mirada y vieron a Ryan Wharton pasar. Cuando este vio a Sadie, le dedicó una sonrisa triste y saludó desganado con la mano antes de continuar caminando. Él fue la tentación a la que casi había cedido. No por amor ni nada similar. Solo buscaba consuelo. Compañía. Alguien que la tomara de la mano o escuchara el relato de su día. Sin embargo, no era justo para él. Ryan merecía algo más que un afecto tibio, sobre todo porque estaba enamorado de ella desde que iban a la escuela primaria. Y la necesidad de Sadie de cumplir con su deber era mayor que su deseo de mantener la relación. Había anhelado, en más de una ocasión, ser capaz de hacer algo para sí misma sin importar las consecuencias de la injusticia. Pero la culpa siempre la corroía antes de seguir adelante.

—Hablando del rey de Roma… —Gigi se rio con indulgencia—. Ninguno de los muchachos de por aquí es lo suficientemente bueno para ti. Porque eso es lo que son: muchachos.

—Entonces me alegro de no estar en el mercado —dijo Sadie con tono seco mientras se servía otra taza de café. Añadió una mezcla de canela y cacao alemán endulzado y se quedó ensimismada mientras le daba vueltas con la cuchara.

—Te lo he dicho cientos de veces. El amor es más importante que la magia, cariño. —Y Gigi, que no era propensa a dar muestras físicas de afecto, le acarició brevemente la mejilla.

—Para ti es fácil decirlo. No tienes una maldición que acabará quitándote la tuya —alegó Sadie, pasando un brazo alrededor de su abuela.

—Cariño, me salen las maldiciones por las orejas.

—¿De verdad? —preguntó ella, sorprendida.

—No te preocupes. —Gigi la abrazó y le dio unas palmaditas en la cintura—. Ahora ve y termina esas galletas antes de que las eche a perder por exceso de azúcar.

Sadie se apresuró a retomar el amasado y a comprobar el temporizador. Se preguntó de qué tipo de maldiciones hablaba su abuela y qué había motivado la demostración física de afecto. Faltaban ocho minutos, durante los que estuvo removiendo pensativamente el glaseado.

Un corazón roto para ella no era una locura pasajera de la que pudiera recuperarse con tiempo, chocolate y lágrimas. Debido a su maldición, un desengaño podría arrebatárselo todo, lo que hacía que enamorarse fuera un riesgo que no valía la pena correr.

Un presentimiento la llevó a acercarse al horno a pesar de que quedaban seis minutos, según el temporizador. Al asomarse al cristal, el pánico la abrasó como una guindilla cuando vio que las galletas empezaban a quemarse por los bordes. El mensaje era frío como el hielo: «Algo malo viene a estos lares».

—¡No, no, no! —murmuró, agarrando arrebatadamente el paño de cocina más cercano, pero el calor atravesó la tela y se quemó la mano con la bandeja.

Gritó y la dejó caer sobre la encimera con un sonido metálico reverberante. Alguien, o algo, había puesto el horno a doscientos sesenta grados. Agitó el paño de cocina con frenesí, tratando de dispersar el olor a quemado, porque, si Gigi detectaba el más mínimo hedor, desterraría a Sadie de la cocina durante el resto del día.

Acto seguido, tiró las galletas quemadas al fregadero y activó el triturador de basura. Un calor que le resultaba familiar le ardía por las venas. Dio un golpe con el puño. El sexto mal augurio. La bolsita de lavanda y trébol de agua que guardaba en el bolsillo del delantal no la estaba ayudando a mantener la calma, como se suponía que debía hacer.

Se quedó mirando los tarros de cristal, esparcidos sobre la encimera y los largos estantes de la pared. Cada uno tenía una etiqueta escrita con la letra de Gigi, pero no indicaba si el contenido era canela, albahaca, clavo o mejorana. En cambio, se leía «Juventud», que iba al lado de «Amistad», mientras que «Amor», «Bondad» y «Olvido» tenían su propia sección. «Estabilidad», «Salud» y «Fertilidad» hacían compañía a «Buenos deseos», mientras que «Desgracia» estaba al fondo, como un secreto oscuro.

Sadie alcanzó los tarros con las etiquetas «Tradiciones» y «Protección» e inhaló el aroma a canela recién molida antes de espolvorear un poco en la masa.

«Tradiciones… ¿Funcionará?».

Con mucho cuidado, cogió una pizca de sal y rezó una breve oración antes de echarla al recipiente con la esperanza de mantener a raya lo que fuera que se avecinaba.

Sadie removió los ingredientes con una cuchara hecha a mano con madera del roble blanco del bosque que había detrás del patio trasero de Gigi. A su abuelo le encantaba tallar madera en su tiempo libre. Falleció cuando ella y su hermano gemelo tenían seis años y no recordaba mucho de él más allá de sus famosos sándwiches de pastrami y las figuritas que esculpía para ella. Viajaba mucho por su trabajo como técnico y siempre le llevaba a su mujer una cucharita de cada estado que visitaba. A Sadie le encantaba esa colección y disfrutaba trazando con el dedo la intrincada filigrana o a

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