Logan Reyes ya no es un capullo

Jorge Cienfuegos

Fragmento

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La final de aquella temporada de Un príncipe americano lo cambió todo. Cuando Danielle, la soltera más querida de la historia del programa, escogió a Rob en lugar de a Logan, el país entero pareció contener la respiración.

Yo lo vi en directo en la sala común de mi residencia universitaria, y tuve que inventarme una excusa para subir a la habitación a llorar a escondidas. Tal era el delirio colectivo con Logan Reyes. Logan y sus dientes insultantemente rectos, ojos color miel y su metro ochenta de músculos definidos a la perfección, como uno de esos modelos anatómicos que se encuentran en las escuelas de medicina. Si bien mi despertar sexual tuvo lugar a los once años —cuando el tío de mi mejor amigo vino a buscarlo en moto a la salida del colegio—, la primera aparición de Logan Reyes en mi televisor fue como un redespertar.

¿Cómo podría alguien rechazar a semejante espécimen humano? Logan representaba, sin ningún género de duda, el punto culminante de milenios de evolución.

Cuatro años después, el efecto que me produce el episodio es diferente. Ahora Danielle y Rob están casados, y Logan le ha demostrado al país entero que no es más que otro capullo televisivo cualquiera. Sigue siendo guapísimo —lo primero que hice cuando me ofrecieron el trabajo fue recrearme la vista en Google Imágenes—, pero eso es secundario.

En la pantalla, el Logan de veinte años vierte una lágrima solitaria que durante un tiempo se consideró historia de la televisión. Ahora solo es un meme de internet. Habla con voz quebrada, como si las palabras rehusaran abandonar su garganta: «Lo único que espero es que Rob traiga tanta felicidad a tu vida como tú a la mía en estas semanas. Antes de entrar al programa, estaba perdido, y gracias a ti me he vuelto a encontrar».

Lexi se sorbe los mocos a mi lado en el sofá. Ya está, el hechizo se ha deshecho. Nada mata tan rápido el romanticismo como ver llorar a un tiburón de las finanzas, cuyo hombre ideal es el Benjamin Franklin que aparece en los billetes de cien dólares.

—Y pensar que estaba de intercambio en Francia cuando emitieron esta temporada —se lamenta ella—. ¡Otra cosa que me arrebataron los franceses!

—¿Además de qué?

—Mi juventud, mi maleta de Louis Vuitton y mi virginidad anal.

Me cubro la boca con la mano para no escupir el vino, pero eso no evita que se me escapen algunas gotas por la nariz.

Después de tres años viviendo juntos, Lexi todavía consigue pillarme desprevenido con su humor seco. La clave es el desinterés con que pronuncia por igual «juventud» y «virginidad anal». A menudo me pregunto si se comportará de la misma manera en la asesoría financiera en la que trabaja. Y si es así, ¿cómo es posible que todavía sigan asignándole las cuentas de todos esos viejos millonarios neoyorquinos con tres casas en los Hamptons que de normal solo se ríen al mirar su extracto bancario?

—Es broma —añade enseguida—. El Louis Vuitton era una imitación.

—¿No estabas todavía con Chase cuando pasaste el semestre en Francia? —pregunto para distraerme de la despedida de Logan en Un príncipe americano, que está a punto de hacerme llorar otra vez cuatro años después.

—Ese imbécil se acostó con mis dos primas guapas. No vayas a ponerte exquisito con mi aventurilla sin importancia en París —se defiende—. Además, todo el mundo sabe que, si ocurre en otro continente, no son cuernos. Y si es por detrás, tampoco.

—Un poco heterocéntrico eso último. ¿Te imaginas que usara esa excusa con mi novio?

—Primero tendrías que conseguir uno. —Chasquea los dedos delante de mi nariz y, sin darme tiempo a responder, va a por una segunda botella de vino.

Descubrir el programa de Drag Race ha provocado que Lexi empiece a utilizar su ingenio para el mal. Los cuchillos que antes volaban solo en una dirección, de mí hacia ella, ahora regresan como un bumerán letal.

—No me puedo creer que vayas a ser el escritor fantasma de este dios griego. —Lexi me rellena la copa hasta que el vino casi rebosa, y después hace lo propio con la suya—. Está mucho mejor que el anterior, el presentador ese lleno de bótox.

—Ni siquiera escritor fantasma. Julia dice que van a poner mi nombre en la portada —explico—. Soy su… biógrafo, supongo.

El biógrafo de un idiota de veinticuatro años, cuyo mayor logro en la vida es haber participado en dos reality shows y casi pegarle a un fotógrafo que lo pilló meando en la calle.

—¿Casi le pegó? —repite Lexi después de oír la historia—. No entiendo cómo no está pudriéndose en una cárcel en Siberia. ¡Una casi agresión!

—Lo que quiero decir es que su imagen es imposible de lavar. Nunca va a volver a ser el novio de América —exclamo, gesticulando en dirección al televisor—. Además, es… Me da cosa utilizar estos calificativos, pero…

Lexi no vacila ni por un instante:

—¿Un putón verbenero?

—Yo iba a decir «promiscuo».

—«Promiscuo» es mucho peor. Suena a algo que diría mi bisabuela la nostálgica de cuando las mujeres no podían abrirse una cuenta corriente sin la firma de su marido. Pero venga, sí, desde que terminó el programa Logan Reyes ha tenido alguna aventurilla.

—¿Alguna? —exclamo.

La última hace menos de un mes. Salió en todas las webs de noticias: Reyes de cita romántica en una playa con una mujer treinta años mayor que resultó ser su casera. Ahora se rumorea que pagaba el alquiler —en una zona superexclusiva de Los Ángeles— con… favores sexuales.

—Y si al menos solo fuera la casera —sigo protestando—. En cuatro años le ha faltado tiempo para acostarse con todas las mujeres de menos de setenta años del estado de California. Prueba a poner en Google «Logan Reyes» y el nombre de cualquier mujer medio famosa que se te ocurra, y seguro que te aparece alguna foto de los dos saliendo de un restaurante pijo de Hollywood.

—Pues se debe de dejar una pasta en cenas. Normal que pague el alquiler en carne. ¿Y si simplemente tiene muchas amigas?

—¡Lexi, céntrate! Lo que importa es que este encargo llega con varios años de retraso. El novio soñado de todas las chicas del país, el yerno perfecto, se ha convertido en un donjuán barato que mea en la calle, se mete en peleas con paparazzi y, para qué engañarnos, seguramente tenga gonorrea.

—Ben, tienes que ser más sex-positive. No puedes ser así de carca a los veinticuatro.

Quizá tenga razón, pero yo ya he caído en las redes del dramatismo y ahora solo puedo pensar en que estoy asistiendo al final de mi carrera antes de que esta haya comenzado siquiera.

—Seguro que Julia se ha cansado de que le suplique dejar de ser un fantasma y este es su plan para destruirme. Cuando publique esta basura, mi nombre quedará mancillado y ningún editor querrá saber de mí. Tendré que volver a ella arrastrándome.

Lo habitual es que Lexi se mofe de mis accesos de drama­tismo, sin embargo, en esta ocasión tiene la mirada perdida y recorre el borde de su copa de vino con el dedo de manera distraída.

Aguardo con paciencia mientras reflexiona. Al fin y al cabo, se dedica a dar consejos a multimillonarios para que sigan siendo multimillonarios. Tal vez se le ocurra algo para salvar mi no-carrera.

—En ese vídeo meando en la calle… ¿Se le ve la polla? Seguro que la tiene grande. Los latinos la tienen grande, ¿verdad? —Al notar mi estupefacción, se corrige enseguida—: A lo mejor no es políticamente correcto decir eso. ¿Mejor no repetirlo en público?

Tardo unos segundos en salir de mi estupor.

—No deberías repetir en público nada de lo que dices habitualmente. Fuera de esta casa tendrías que ser muda. —Ella me mira como si todavía esperara algo de mí. Suspiro con exasperación y exclamo—: No, no se le ve… nada. Ahora, ¿podemos centrarnos en mi crisis?

—Llevas siglos lloriqueando porque Julia no quiere leer tus manuscritos a pesar de que eres el mejor escritor fantasma de la editorial, blablablá. Ahora te va a pagar una pasta por hablar con un buenorro y poner su vida por escrito. Y encima vas a ser el autor oficial del libro. —Hace una pausa y me mira, expectante. Su rapapolvo no se parece en nada a una pregunta, pero de todos modos asiento—. Tu crisis, mi amor, es que no sabes ser feliz.

Esta vez no chasquea los dedos en mi cara. Peor aún: deja su copa todavía mediada sobre la mesa y la empuja en mi dirección.

—Toma. Me voy a la cama, que mañana trabajo.

Sé que debajo de toda esa parafernalia hay un consejo de verdad. Algo tipo: «No seas negativo y disfruta de las pequeñas victorias». El problema es que desenterrarlo supone un auténtico trabajo de arqueología.

En realidad, tuve mucha suerte cuando me tropecé con Lexi en el primer bar del East Village que visité al mudarme a Nueva York. No solo vivo en un apartamento en Manhattan que jamás podría permitirme y del cual ella paga el ochenta por ciento del alquiler, sino que también tengo a mi alma gemela durmiendo al otro lado del tabique.

¿Quién necesita un novio cuando tiene una mejor amiga?

Cuando reanudo el episodio, Logan Reyes está contándole a la cámara lo mucho que ha aprendido sobre el amor y sobre sí mismo en esas semanas de concurso. Su voz rasposa me hace estremecer con una ráfaga de calor que nada tiene que ver con el vino. Sé que en la vida real es un capullo y que lo que estoy viendo no es más que una actuación para la tele. Aun así, rebobino hasta la parte en la que derrama una sola lágrima al despedirse de Danielle.

Me gusta creerme las mentiras de la tele.

2

Dos días más tarde, me reúno con Logan Reyes en una cafetería cerca de Washington Square Park que yo mismo he escogido. A pesar de su ubicación en una zona bastante turística, es un establecimiento frecuentado por gente de por allí, sobre todo estudiantes de la Universidad de Nueva York, ya que se encuentra en el corazón del campus. No voy a admitir que esté tratando de impresionar a Reyes con mi conocimiento de los pequeños oasis repartidos por Manhattan que solo los auténticos neoyorquinos conocen, pero… Vale, sí, no me importaría verlo hacer un gesto de admiración y tener que explicarle: «Se suele decir que no eres un auténtico neoyorquino hasta que no has vivido una década aquí». Que vea que, pese a no haber cenado con medio Hollywood, soy un chico cosmopolita, no un paleto de un pueblo de Kansas que se deslumbra en cuanto conoce a un famoso. Por supuesto, obviaría la parte de que, tras siete años persiguiendo sin éxito mis sueños en Nueva York, en Año Nuevo me prometí que esta es mi última oportunidad. Si no lo consigo este año, volveré a dicho pueblo de Kansas con el rabo entre las piernas.

Algunos no tenemos el privilegio de que nos regalen mil oportunidades solo por nuestra cara bonita.

Mi tiempo no debe de valer lo mismo que el de una estrella de la tele, porque Reyes ni siquiera tiene la decencia de fingir vergüenza cuando aparece veinte minutos tarde. Me localiza enseguida; debo de ser el intruso evidente entre los universitarios con ropa de Balenciaga que trabajan con sus portátiles. Para cuando pregunta: «¿Benjamin?» y me tiende la mano, ya casi ha terminado de sentarse. Su seguridad me irrita.

—Ben —corrijo.

No se quita las gafas de sol de inmediato. Se deshace de la bufanda, guantes y demás accesorios necesarios para sobrevivir al invierno de la Gran Manzana, pero no de las gafas. Cuando ya se ha acomodado del todo, comprendo que estas van a permanecer donde están.

Lanzo una mirada poco sutil a la pared acristalada al lado de la mesa. Afuera, Manhattan sigue como la dejé hace veinte minutos: cubierta por una neblina matinal muy londinense.

Reyes se revuelve un poco en su asiento, como si la silla fuera demasiado rígida. O la compañía poco grata.

Me explica que la noche anterior salió con unos amigos.

—No quiero que pienses que soy uno de esos idiotas que lleva siempre gafas de sol por miedo a que lo reconozcan por la calle. Aunque me pasa a menudo, la verdad.

Su intento de aparentar ser un tío corriente que de vez en cuando sale en realities pierde efecto cuando un instante después le pide al camarero uno de esos batidos verdes de ingredientes imposibles que les gustan a los gurús de la comida saludable.

—Estoy a dieta —se justifica—. Ya sabes, consecuencias del aborigen de la Navidad.

Suelto una carcajada demasiado estridente, a juzgar por la reacción de los falsos bohemios que nos rodean. El aborigen de la Navidad, ay… Bueno, técnicamente Papá Noel es un aborigen de Laponia, pero no creo que se esté refiriendo a eso.

En vez de reírse también, él se me queda mirando. En cualquier otra circunstancia, me perdería en sus facciones perfectas, pero la súbita tensión de su mandíbula no me deja fijarme en nada más.

—Creo que la palabra que buscas es «vorágine» —aclaro.

—¿Y yo que he dicho?

—Aborigen.

—Ah, sí. Pues eso. Vorágine.

Para ser un aspirante a actor de teatro —si es que se puede calificar como tal su bochornoso intento de entrar en el mundo de Broadway, del que la prensa todavía se burla un año después—, su interpretación resulta poco convincente. Una parte de mí quiere tener compasión con su lapsus; otra no puede olvidar que Reyes se gana la vida engatusando a gente para vivir del cuento.

El «aborigen» de las Navidades no ha depositado un solo gramo de grasa en él. El jersey blanco de cachemira se adapta como una segunda piel a cada recoveco de su cuerpo. Con cada pequeño movimiento, se le marcan músculos que ni siquiera forman parte de mi anatomía.

Debe de adivinar lo que estoy pensando cuando lo miro, porque explica:

—Sé que suena superficial, pero tengo que mantenerme en mi peso para el trabajo. Nadie me va a contratar si mis colegas no siguen aquí.

Al principio no entiendo a qué se refiere, pero entonces se palmea la tripa y comprendo que esos colegas de los que habla son… sus abdominales.

No me puedo creer que tantos años de trabajo duro y de comerme la mierda de la editorial hayan conducido a este momento. Mi supuesta gran oportunidad consiste en escribir la vida de alguien que personifica sus músculos.

—Por favor, no hagas eso que hacéis en los realities de levantaros la camiseta en público para presumir de abdomen.

—¿Qué dices? —A Reyes se le descompone la cara más de lo que creía posible—. Yo no hago esas cosas. No sé qué programas habrás visto, pero yo no he hecho eso jamás.

El camarero llega con su batido y mi café. La tensión entre nosotros ha de ser obvia, porque, mientras que antes intentó darnos conversación, esta vez deja los vasos en la mesa y se aleja como a quien lo persigue un cobrador de morosos.

Reyes sigue más serio que una enfermedad infecciosa, si la tensión de su mandíbula es un indicador fiable.

Supongo que esta es la parte donde dejo de sabotear mi última —y primera— oportunidad de dejar de ser un fantasma.

—Perdona, he hablado sin pensar. Siento si te he ofen…

—No importa si crees que soy idiota —me ataja. Trato de decir que no, pero vuelve a interrumpirme antes de acabar—: Al fin y al cabo, yo no tengo un graduado superguay de la Universidad de Columbia.

El retintín no me hace ni pizca de gracia.

¿Acaso trata de insinuar que yo soy el más privilegiado de los dos? Hay que ser caradura.

—Fui a Brooklyn College —aclaro entre dientes.

—Es prácticamente lo mismo.

No, por supuesto que no lo es. Una es una universidad de élite para niños ricos, y la otra, una muy buena universidad para gente corriente.

—Yo estudié en una universidad comunitaria, mucho menos sofisticada que la tuya —continúa Reyes—. No seré tan culto como tú, pero aun así tengo mis cualidades, ¿sabes? Y no me agrada que me hagan de menos por un lapsus.

¿Todavía seguimos con lo del aborigen?

Admito que hay algo en su tono de voz que me hace sentirme como un despojo humano. De verdad parece que he herido sus sentimientos.

—Lo sien…

—No creo que vayamos a encajar. —De manera abrupta, se levanta y me tiende la mano—. Muchas gracias por venir. Ha sido un placer.

En un primer momento no sé cómo reaccionar, así que le estrecho la mano y observo cómo recoge su smoothie y se marcha. Varios clientes se giran para seguirlo con la mirada. No creo que lo reconozcan de la tele, simplemente es muy pero que muy atractivo. Y el modo en que esos chinos se ciñen a su trasero debería ser considerado anticonstitucional.

La campanita de la puerta principal me hace a salir del pasmo.

—¡Espera, Logan! —Lo alcanzo ya afuera, a punto de cruzar la calle—. Lo siento muchísimo, he sido un idiota prejuicioso. Por favor, empecemos de cero.

Es imposible cuantificar lo que me cuesta pedirle disculpas. Cualquiera que haya tenido conexión a internet en estos últimos cuatro años sabe qué clase de persona es Logan Reyes. He tenido que tragar tanto orgullo que no creo que vaya a quedarme espacio en el estómago para la cena.

Ahora eso da igual. Profesionalidad; tengo que ser profesional.

—No pasa nada, de verdad. —Me muestra la sonrisa más blanca y recta que he visto en mi vida—. Todo el mundo prejuzga, lo hacemos todo el tiempo. Tú, yo… Todo el mundo.

Respiro hondo. Esta es mi oportunidad de alcanzar un sueño que hasta hace unos días parecía imposible. Julia me ha prometido que el siguiente libro después de este será mío de verdad: un manuscrito propio, publicado con mi nombre en la portada y todas las garantías. Si para conseguirlo tengo que seguirle el juego a un guaperas con un ego frágil, que así sea.

—Me he pasado —insisto—. Lo siento mucho, Logan. No tenía intención de hacerte daño. Fue…

—No me has hecho daño. —Otra vez la línea tensa de su mandíbula; podría rayar diamantes con ella—. Pero agradezco tu disculpa. Nos vemos, Benjamin.

Es la segunda vez que me llama así, y considero la posibilidad de aclarar que Ben viene de Bennet, no de Benjamin, aunque dudo de que le importe. Puedo notar el desprecio que emana de su mirada incluso a través de las gafas de sol. Y luego está el modo en que pronuncia mi supuesto nombre al despedirse. Es el tono que una persona corriente emplearía para nombrar a… No sé. Adolf Hitler.

3

Horizontes es el sello «joven, fresco y moderno» con el que uno de los gigantes editoriales del país intenta atraer la atención de los lectores de entre dieciocho y treinta y cinco años. En su corta vida —en la que yo he estado involucrado casi desde el primer momento—, todavía no ha terminado de despegar, pero sus cifras bastan para que los peces gordos que dirigen la casa editorial le permitan seguir existiendo.

Horizontes ocupa apenas un tercio del sexto piso del edificio de oficinas que la editorial posee en el centro de la ciudad, dos calles al sur de Central Park. Comparten esta sexta planta con otro de los sellos menos relevantes, Floribunda, especializado en libros de jardinería. La parte que corresponde a Horizontes siempre parece estar en obras cuando la visito, más o menos una vez al mes. Eso se debe a que Julia Li, la editora-reina que gobierna Horizontes con la determinación de un monarca absolutista, nunca se halla del todo satisfecha con nada, y eso se extiende hasta el color de las paredes.

Esa mañana, al entrar en los dominios de Julia, me encuentro los escritorios de los trabajadores de la editorial cubiertos por ese plástico que los pintores emplean para proteger los muebles. Lo que ocurre es que no hay pintores. En lugar de eso, me doy de bruces con un grupo de hombres con monos de trabajo y máscaras de gas que están rociando algo que huele como abono por la oficina. El personal de la editorial se amontona en la zona que ya ha sido rociada, algunos llevan máscaras para protegerse de los vapores, pero, en general, se muestran imperturbables ante el caos que los rodea.

El petulante secretario de Julia, «Guillaume» —que en realidad se llama Will y es de Idaho, no de París, aunque odie que se lo recuerden—, me indica con un gesto de desdén que puedo pasar.

Como de costumbre, pillo a Julia haciendo ejercicio. En esta ocasión, está corriendo en una de esas cintas de la marca Peloton que cuestan varios miles de dólares. Está situada frente a su ventana con vistas a Manhattan y de espaldas a la puerta.

—¡Te he dicho que me comas lo que tú ya sabes, carapán! —exclama sin volverse para mirarme—. Fuera de aquí, arreando.

—Eh… Hola, Julia —digo con una vocecilla que pide perdón.

—¡Bennet!

Ella intenta girar la cabeza, pero el ángulo no le permite seguir corriendo al mismo tiempo. Con un gesto impaciente, me indica que me siente en la silla al lado de la cinta de correr.

—Pensaba que eras Hodor.

Hodor, cuyo nombre real es Horace Benson, es el editor a cargo de Floribunda. Desde que los obligan a compartir oficinas, Julia y él mantienen una batalla para ver quién logra hacerse con el control de la sexta planta y expulsar al otro. A veces pienso que la motivación de Julia para vender libros no es ganar dinero, ni mucho menos enriquecer la literatura nacional. Julia solo quiere que Horizontes prospere para poder exiliar a Horace Benson a otro piso.

Nadie en su equipo se atreve a señalar que Floribunda interesa más, por lo menos en número de ejemplares vendidos, que Horizontes, pero Julia tampoco necesita que se lo recuerden. La biografía de Logan Reyes es su principal baza para este año, y supone un giro arriesgado en su línea editorial por el que ha tenido que pelear con sus superiores. La casa editorial tenía otros sellos en mente, y no fue fácil convencerlos de que Logan Reyes es el tipo de personaje que enloquecerá al target de Horizontes.

Por eso me aterroriza esta reunión. Cuando Guillaume llamó para concertarla, utilizó la palabra «rutinaria», pero ya han pasado varios días desde la debacle con Reyes en la cafetería. Tiempo más que suficiente para que este se haya puesto en contacto con Julia para exigir mi cabeza.

Intento adelantarme a mi inminente despido y compongo esa expresión de cachorrito arrepentido que nunca falla con mi madre.

—Supongo que ya te habrá llamad…

—Tienes que pedirle perdón a Logan Reyes —me ataja—. Suplica si es necesario. No sé qué ha pasado, pero he tenido que aguantar que su representante me llame de todo. Luego lo he puesto en su sitio, claro, pero, aun así, ha sido muy incómodo.

—Lo siento mucho… El otro día, cuando nos conocimos, hubo algo de fricción.

—¿Fricción? Más bien fue como un choque múltiple en la autopista. Reyes quiere que le asigne otro escritor. ¿Dónde coño voy a encontrar uno de fiar en tan poco tiempo? —Antes de que yo tenga ocasión de responder, le resta importancia al asunto con un aspaviento—. No hagas pucheros. Tampoco iba a encontrar uno mejor que tú. Y eso le he dicho al gilipollas del representante: Bennet es la persona más cualificada que conozco para este trabajo. Así que ya puedes ponerte las pilas con la estrellita, porque lo último que me apetece es tener que encontrarte un sustituto con menos talento y que seguro que intenta cobrar más.

Enterarme de que Julia ha dado la cara por mí, aunque no haya sido por puro altruismo, me hace sentir aún más culpable. Si hay problemas con este libro, su plan editorial para todo el año se irá al garete.

Pese a ello, no parece enfadada. Es decir, no se la ve contenta, pero Julia siempre es así: una mujer pequeña pero nervuda que exuda energía y frustración. Ese día no parece mucho más molesta que cuando hace unos meses se quejaba porque habían pintado la pared de la cocinita de la oficina de color coral en vez de salmón.

—Por supuesto, su representante, el señor grititos, y yo estamos de acuerdo en que lo ideal es hacer como que no ha pasado nada y seguir adelante. Pero ya sabes cómo son los famosos con su ego: Reyes necesita unas disculpas antes de poder pasar página.

—Lo siento —repito.

No sé qué otra cosa decir.

Julia se baja de la cinta y me hace un gesto para que le ceda mi silla. La usa como apoyo para hacer flexiones con sus mancuernas de quince kilos mientras continúa hablando como si tal cosa:

—Ben, sé que eres un chico responsable y que nunca harías nada para joder un proyecto como este. —Siento una punzada de culpabilidad, y, conociendo a Julia, creo que eso es exactamente lo que pretende—. Este chiquillo no tendría que ser un problema para ti. Pudiste manejar a Leeland McBride y convertir su idea absurda en el mayor superventas de thriller de la editorial.

Leeland McBride es un presentador de informativos adicto a la cirugía estética con bastante tirón entre la gente de treinta y tantos. Cuando Horizontes le ofreció publicar un libro con ellos, a él se le ocurrió una premisa disparatada sobre un presentador de noticias que, en realidad, es un espía al servicio del rey de Inglaterra y usa su influencia en televisión para localizar a un terrorista guatemalteco que va a asesinar al presidente de Estados Unidos. Lidiar con su ego y conseguir que aceptara algunos pequeños cambios en su idea inicial sí que fue un reto de verdad. Al leer el borrador, ni siquiera me felicitó; en vez de eso, dijo que él podría haberlo escrito mejor si no estuviera tan ocupado con su trabajo, pero que tendría que conformarse.

Y no creas que me mandó un email de agradecimiento después de ingresar en la lista de los más vendidos del New York Times en tan solo dos semanas. Julia tiene razón: al lado de eso, que alguien lleve gafas de sol en interiores y llame «colegas» a sus abdominales es una minucia.

Quizá Reyes me pillara en un mal día.

—Leeland fue… un reto —admito con cautela.

—Leeland es un megalómano insufrible que se merece que lo arrolle un tranvía, como a Gaudí. ¿Conoces a Gaudí? —Niego con la cabeza—. ¡Ay, menuda generación! Es igual. Hiciste un buen trabajo, Ben, y por eso he confiado en ti para este proyecto.

—Lo siento.

—Si vuelves a decir «lo siento», te echo a la calle ahora mismo. —Julia no interrumpe sus flexiones de bíceps al amenazarme, y eso la dota de un aire todavía más terrorífico que de costumbre—. ¿Sabías que Leeland juega al golf con mi exmarido? Valiente hijo de mil… Si lo llego a saber, lo hubieran publicado los hippies de las plantas.

Todo el mundo en Horizontes sabe que cuando Julia nombra a su exmarido lo mejor es callar y asentir. Incluso yo, que solo soy un autónomo, he tenido ocasión de aprenderlo por las malas.

—Bueno, digo «ex», pero ¡ja! El imbécil todavía se niega a firmar los papeles del divorcio.

—Vaya.

—Quiere quedarse con la mitad del piso —continúa ella entre gruñidos, no está claro si a causa de las flexiones o por el recuerdo de su ex—. ¿En concepto de qué, exactamente? ¿Del único orgasmo que me provocó en once años de matrimonio? Porque por contribuir a las cuotas de la hipoteca seguro que no es.

—Lo sient… Quiero decir… Qué mierda, Julia.

—Una mierda, sí. Por eso, si mi propósito de Año Nuevo no puede ser hundir en la miseria a mi ex, por lo menos quiero destruir a Hodor —explica—. Y para ello necesito que convenzas a Logan Reyes de que eres la persona ideal para escribir su vida de mierda.

—Lo solucionaré de inmediato.

—Genial, pues todos felices. Tengo otra reunión en diez minutos. Ya que sales, ¿te importa recordarle a Guillaume que me pida más proteína en polvo por internet? Ya casi se me ha acabado.

La respuesta de Will de Idaho cuando le transmito la petición de la jefa es un naaada forzado:

—Oh là là!

Esto es lo que ocurre cuando tu personalidad se basa en ser un homosexual al que le gusta Emily en París.

Unas calles al sur de las oficinas de la editorial, se halla el restaurante donde trabajo. Debido a la reunión, ese día llego dos horas antes y me ofrezco voluntario para cubrir a cualquiera al que le apetezca marcharse antes de tiempo. El turno transcurre como cualquier otro, aguantando que los clientes me traten o bien como una fuerza invisible que pone y quita los platos, o bien como un saco de boxeo en el que descargar la frustración de sus duras vidas de ejecutivos de la Gran Manzana. En cualquier caso, yo lo recibo todo con una sonrisa, incluso las propinas irrisorias en proporción a sus sueldos.

Creo que por eso me resultó fácil aguantar a Leeland McBride: es igual que cualquiera de los clientes del restaurante. Logan Reyes, sin embargo, es algo completamente diferente.

Pensar en él es como lanzar un conjuro. Cuando miro el móvil en un descanso, me encuentro media docena de mensajes de Lexi, que ha aprovechado un día de poca actividad en el trabajo para googlear sesiones de fotos sexy del susodicho. Algunas son… ¡Guau! Sus «colegas» son impresionantes. Empiezo a entender su preocupación por que no desaparezcan.

Debajo de las fotos, Lexi añade: «Tienes que conseguir que deje de odiarte. NECESITO que me lo presentes».

4

Mi relación con Lexi oscila entre dos hermanos que discuten mucho, pero se entienden mejor que nadie, y un matrimonio en crisis en el cual uno de los miembros se encarga de todas las tareas domésticas y el otro ni siquiera se lo agradece. Hoy toca lo segundo. Después de un turno de desayunos en el restaurante, me paso la tarde preparando la cena para cuando Lexi regrese del trabajo, alrededor de las cinco. Cocinar no se cuenta entre mis ya de por sí escasos talentos; por eso, cuando intento preparar un plato relativamente elaborado, termino por dedicarle el doble del tiempo sugerido en la receta. Es así como mi pollo con salsa de setas pasa de cincuenta minutos a algo más de dos horas, y el resto de mis otros planes para esa tarde se van al traste.

No hace ni diez minutos que he terminado, cuando Lexi llega. Rumiando un saludo, se descalza los tacones y rebusca por la cocina hasta encontrar la botella de tabasco que yo he escondido en el armario de debajo del fregadero para evitar que se contamine la cena que tanto me ha costado preparar. Allá va, media botella encima de esa maldita salsa de setas que he tenido que repetir dos veces para que adquiera la cremosidad adecuada. Después de eso, me da las gracias por la cena, pero ya es tarde. Es como ir a una exposición de arte, vomitar encima de uno de los cuadros y, solo después de eso, ir a felicitar al artista. Es posible que en esta metáfora el artista sea mediocre y su cuadro apenas pueda ser considerado arte, pero, de todos modos, el tabasco es un ataque innecesario.

Estos momentos me hacen lamentar aún más mi perpetua soltería.

Si voy a pasarme la tarde cocinando para alguien que no lo va a apreciar, que por lo menos me dé… entretenimiento por la noche.

—¡Hum! —Sin previo aviso, Lexi se recuesta en su silla y comienza a sacudir la cabeza entre gemidos, como Meg Ryan en la escena del orgasmo de Cuando Harry encontró a Sally que no descubrí hasta los diecinueve años porque mamá siempre se la saltaba cuando veíamos la película—. Me encanta este toque picantito que le has dado.

En un primer momento pienso que se está burlando. ¿Cómo es posible que no se haya dado cuenta de que ese «toque picantito» es el resultado de vaciar media botella de salsa picante encima de mi obra maestra? Bueno, de mi obra mediocre.

Lexi es una persona difícil a veces. A menudo. También es la amiga más generosa que tengo. Es verdad que yo preparo la cena y limpio la casa con más frecuencia que ella, además de trabajar en el restaurante y hacer mis encargos como autónomo para la editorial. Sin embargo, la diferencia entre su porción del alquiler y la mía equivale a uno de mis sueldos, y ella jamás me lo ha echado en cara. Por eso, cuando me siento culpable por vivir a expensas de su generosidad, malgasto la tarde preparando una cena excesivamente elaborada para que ella la destroce con alguna salsa repugnante, y no pasa nada, porque así funciona nuestra amistad.

No nos vemos desde ayer por la mañana, porque yo he doblado turno en el restaurante, así que esta es mi primera oportunidad de ponerla al día después de mi reunión con Julia.

Su entusiasmo me pilla por sorpresa:

—¡Tengo la idea perfecta! ¿Te acuerdas de Chase?

—¿Es una pregunta retórica?

Chase, su ex, el que se acostó con la mitad de las primas de Lexi, una de sus mejores amigas, dos empleadas de la empresa de su padre, su entrenadora del gimnasio y hasta lo

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