Felices ahora

María Dresden
María Dresden

Fragmento

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Primera edición: octubre de 2024© 2024, María Dresden© 2024, Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 BarcelonaEl fragmento de Frankenstein o elmodernoPrometeo, de Mary Shelley, que se cita en el prólogo pertenece a la traducción que Silvia Alemany hizo para Penguin Clásicos en 2006.El poema de Gloria Fuertes que se cita en la página siguiente se incluye en el libro Mujer de verso en pecho (Madrid, Cátedra, 2006).Penguin Random House Grupo Editorial apoya la protección de la propiedad intelectual. La propiedad intelectual estimula la creatividad, defiende la diversidad en el ámbito de las ideas y el conocimiento, promueve la libre expresión y favorece una cultura viva. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar las leyes de propiedad intelectual al no reproducir ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo está respaldando a los autores y permitiendo que PRHGE continúe publicando libros para todos los lectores. De conformidad con lo dispuesto en el artículo 67.3 del Real Decreto Ley 24/2021, de 2 de noviembre, PRHGE se reserva expresamente los derechos de reproducción y de uso de esta obra y de todos sus elementos mediante medios de lectura mecánica y otros medios adecuados a tal fin. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, http://www.cedro.org) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.ISBN: 978-84-19441-13-3Compuesto por Carol BorràsComposición digital: www.acatia.es
GLORIA FUERTES, «Autobio»sNi me subí ni lo empujé. Me senté en la cuneta y alrededor de mí, a su debido tiempo, brotaron las amapolas.Me dijeron:_O te subes al carro o tendrás que empujarlo.
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Prólogo
Siempre me habían dicho que los cuentos de hadas no existían. Pero, en mi mundo, los monstruos sí eran reales y yo era uno de ellos. Los monstruos no encajan. Mary Shelly escribió enFrankens-tein: «Si no puedo inspirar amor, sembraré el terror».Yo había decidido que, como la criatura de Frankenstein, cau-saría miedo. A los humanos porque no tenía alternativa: era un vampiro y el estigma estaba ahí, y a los vampiros porque tampoco encajaba en sus esquemas, en sus reglas, en lo que se esperaba de mí. Así que, a medida que iba creciendo, decidí que la única forma de proteger mi corazón sería crear una muralla. Un castillo de cuento, de esos de los que decían que no eran reales. Planté un enorme rosal de espinas alrededor del foso, como los de la Bella Durmiente, dejé que creciera, se hiciera enorme y llegara hasta las almenas. No habría príncipes ni princesas que lograran atravesarlo, pero tampoco brujas ni dragones; no había llaves mágicas, ni finales felices, pero al menos estaría segura dentro.Los libros que leía en secreto, en cambio, siempre acababan con un «felices para siempre» y a mí eso me reconfortaba. Daba igual que yo fuera el monstruo de mi propia historia, porque en otros mundos podía ser quien quisiera y con eso me bastaba o, al menos, eso creía.Crecí entre paredes talladas en piedra que recordaban a los cas-
10tillos de los cuentos de hadas, aunque a mí siempre me parecieron más una mazmorra. Los pasillos de la casa eran enormes y som-bríos, y siempre hacía frío. Siempre llovía y estaba nublado. Porque los vampiros viven mejor en climas fríos, donde no hay mucho sol, da igual si nuestro corazón está triste por los interminables días de sombra. A los vampiros el sol en grandes cantidades no les viene bien; pueden estar delante de él, pero, como Ícaro, hay que tener cuidado de no acercarse demasiado.Para mí, los humanos eran como el sol. Brillaban mucho, sin embargo, si los mirabas directamente podían hacerte daño, aun así, su brillo me reconfortaba, sus historias no eran frías como las pare-des de mi casa y a veces su calor me llenaba. Pero siempre de lejos, en sus cuentos, en sus relatos, en la fantasía.En sus historias, los humanos contaban muchos mitos sobre los vampiros, algunos eran más ciertos que otros. Me gustaba ir a la biblioteca de la anciana señora Green, nuestra vecina humana, para leerlos a escondidas de mis padres y reírme de algunas de las absur-deces que se habían escrito a lo largo de los años sobre nosotros. Como que nos convertimos en murciélagos, nos repelen las cruces o nos mata una estaca en el corazón. Aunque, pensándolo dos ve-ces, ¿a quién no?La señora Green se reía conmigo, me preguntaba algunas cosas y me enseñaba otras. Era la encargada de cuidar el jardín de mi casa, pero además tenía un pequeño huerto que a veces me enseñaba cómo cuidar. Me gustaban las plantas, los animales. Me gustaba cualquier cosa que tuviera una historia y ella me enseñó a ver más allá de ellas.Como mis padres pasaban poco tiempo en casa y mi hermano siempre estaba fuera con amigos o estudiando, yo pasaba mucho tiempo acompañándola. Con ella y con su nieto, que venía a pasar los veranos. Los veranos en la montaña eran fríos, sin embargo, para mí eran como el cambio de estación. Cuando su nieto llegaba con los primeros días de verano, yo sentía la llegada de la primavera. Le daba igual que yo fuera un monstruo, o que pasara tanto tiempo
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11leyendo. Él tampoco era el «monstruo »del que hablaban los vam-piros en sus viejas historias. Jugábamos, reíamos e inventábamos miles de aventuras. Los veranos eran la mejor época del año, por-que yo no iba a la escuela, donde no acababa de encontrar mi sitio, y era cuando podía pasar más tiempo en aquella casa que no era como la mía, con aquellas personas que eran como la luz del sol cuando no quema. Cálidas y agradables.Uno de los mitos de los vampiros que sí se cumplen es que ne-cesitamos beber sangre o, de lo contrario, moriríamos… Aunque no es una cuestión de magia, es una cuestión de supervivencia: sufrimos anemia. Aun así, comemos todo tipo de alimentos como los humanos. No somos tan distintos; simplemente es una condi-ción genética, nos falta una enzima. No somos seres mitológicos ni tenemos poderes. El sol nos afecta por nuestra falta de melanina, no por un castigo divino.
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12Somos una bifurcación en la evolución y para colmo de males yo lo soy por partida doble. El único alimento que los vampiros no toleramos, al que son alérgicos muchos de nosotros y que nos pue-de provocar la muerte, es el ajo. Pero yo soy una excepción, de hecho, el ajo me encanta, hasta el punto de ser una adicción. El día que mi madre lo descubrió fue el día que cambió mi vida. Era pequeña, apenas tendría diez años, cuando me encontraron sentada en los escalones que daban al jardín saboreando aquella extraña exquisitez.El sabor de aquel alimento, blanco, brillante y pequeño, atravesabatodas mis papilas generando un éxtasis que ni el chocolate más azuca-rado generaría en un niño pequeño. Con cada mordisco yo iba des-cubriendo a qué sabía el paraíso. Ni siquiera la sangre sintética megeneraba esa sensación. La sangre era algo básico, como el agua. Peroen mi pequeña lengua no sabía a nada, la necesitaba, pero no la ansia-ba como aquel alimento.Mi madre chilló al verme cuando bajó trajeada del coche aquelatardecer. Volvía del trabajo cargada de papeles y su maletín. Cuandome vio, gritó y me agarró como si yo fuera una ortiga y le picase. Continué masticando con los ajos en los carrillos, la baba cayen-do de mi boca y la felicidad invadiendo mi cuerpo. —Escúpelo, escúpelo. Te lo han dado esa estúpida vieja y su nieto. —Mi madre me metió los dedos en la boca y extrajo aquel
13manjar. Histérica, me metió en el coche y, después de media hora recorriendo verdes caminos montañosos de Nueva Inglaterra, lle-gamos al hospital.Mi madre lloró todo el camino pensando que iba a morirme mientras aguantaba las arcadas que le producía el olor a ajo. —Han intentado matar a mi niña… esos asquerosos humanos. No van a cambiar —no dejaba de murmurar una y otra vez.En el hospital me hicieron pruebas, muchas pruebas, pero yo estaba bien.—¿Cómo va a estarlo? —Mi madre lloraba—. Se ha comido un ajo. Es un vampiro, ¿no lo ves, no ves los colmillos de leche?El médico sentó a mi madre en un despacho y a mí me dieron un brik de sangre y una piruleta. —Su hija no solo parece tolerar el ajo, es casi como si lo nece-sitara, nunca había visto algo así. —El médico hizo una pausa—. Es una condición genética, como la de la sangre.Vi palidecer la cara de mi madre aún más de lo normal. Sé que en su cabeza ese diagnóstico era un complot. Ese médico humano no estaba contándole la verdad. Pero ahí estaba yo, viva y risueña bebiendo el brik de sangre. Tan viva que no podía negarlo. Y apes-tando a ajo. En mi casa los humanos eran inferiores, pero eso no era lo que contaban al mundo. De puertas para fuera, mi familia formaba par-te de los grandes conciliadores. Mi bisabuela fue una de las cientí-ficas que desarrolló la sangre artificial y, con su llegada, cayeron los muros que separaban a los humanos de los vampiros y comenzó la integración. Vampiros y humanos podían coexistir. Sin embargo, no todos estaban de acuerdo y mi madre era uno de ellos. Aun así, aguantaba, callaba y aparentaba, y todo lo hacía por mi padre. Por el honor de la familia, por el poder, por los concilios.Volvimos a casa por aquellas carreteras de curvas en silencio. Las únicas palabras que me dirigió en todo el camino fueron las que pronunció al llegar a casa. —No vuelvas a acercarte al huerto de la señora Green. No te
acerques a ella ni a su nieto. Nunca, y repito nunca, vuelvas a pro-bar esa cosa. Ni se te ocurra acercar uno a tu hermano. Y mucho menos contarle algo de esto a tu padre. —No me miró a los ojos—.¿Me has entendido? Ahora sube a tu cuarto.Le prometí que nunca volvería a probarlo, aun sabiendo que era mentira. Que no podría dejar de soñar con aquel sabor, con aque-lla sensación. Con comerse el cielo. Ese día planté el primer rosal de la muralla que envolvía mi corazón y lo hice a sabiendas de que la única ayuda que tendría a partir de entonces sería la de la señora Green y su nieto, esos a los que también había prometido que no volvería a ver. Lo que no sabía en ese instante es que, verdadera-mente, no los volvería a ver y que como me habían remarcado una y otra vez hasta entonces los cuentos de hadas no existían, ni exis-tirían nunca.
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Secretos del pasado
—¿Llevas todo? —Mi hermano me observaba desde el asiento del conductor del coche con su perfecto semblante recortado por la luz tenue de la mañana. El chico ideal. Perfecto con todo el mundo, incluso conmigo, y eso era justo lo que más rabia me daba. Su perfección no hacía más que resaltar lo distinta que era yo.
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16—Lo llevo. —Tiré la pequeña mochila al asiento trasero a la vez que me dejaba caer sobre el del copiloto, el resto del equipaje ya estaba en el maletero. —¿Llevas el repelente de humanos?—No hagas esas bromas, si te oye alguien de la comitiva del Concilio se te puede caer el pelo.—Nunca se sabe, todavía me acuerdo de aquel niño que te mordió cuando ibas a primaria. ¿Te acuerdas? ¿El que venía todos los veranos a la casa de la señora del huerto?—Eso fue un accidente —dije tajante—. Arranca.—Los humanos también llevan repelentes, no es ilegal. O, y nolo he dicho en broma. —Mi hermano arrancó. Estaba más serio de lohabitual.Estaba acostumbrada a hacer el camino por las carreteras demontaña; los árboles altos nos envolvían formando sombras sinies-tras sobre nosotros. La humedad te calaba los huesos y había em-pezado a lloviznar. Aquel camino siempre me recordaba al día quemi madre comenzó a sentir repugnancia hacia mí y, mientras losárboles se superponían entre sí como una animación hecha enpapel, yo no dejaba de recordar el perfil de mi madre llorando decamino al hospital, y su semblante frío al volver. Pero incluso trastodos esos años de construir barreras en torno a mis sentimientos,algo dentro de mí siempre me hacía querer sentir una pizca deesperanza.—Podrían haberme llevado mamá y papá, es la primera vez que voy tan lejos.Mi hermano me miró por el rabillo del ojo.—Están muy liados con la campaña, ya sabes, cosas de políticos. —Noté algo de tristeza en su tono, pero cambió rápidamente a uno risueño, menos incómodo para él—. Pero en cambio aquí está tu maravilloso hermano llevándote por primera vez a la universi-dad. ¿No estas emocionada?—Estoy que no quepo en mí de gozo. —Lo miré con mi mejor cara pasivo-agresiva.
17—Ya verás como cambias de opinión cuando llegues. La uni-versidad es muy distinta al instituto del Valle. La gente es distinta, además está al lado de la ciudad, hay cafeterías, bares y hasta un Starblood.Estaba intentando jugar la baza de la comida, que sabía que era mi debilidad.—Además yo estoy cerca, no estaré tan lejos como ahora, el doctorado me tiene día y noche en la uni, y aun así siempre hay hueco para alguna fiesta. —Me guiñó un ojo.Fiestas. Ya solo la propia palabra me daba escalofríos. Durante años había aprendido a aislarme de las masas. Los años en el colegio habían sido malos, pero el instituto fue aún peor. Tuve un desafor-tunado accidente que me sentenció. Un desliz que me volvió un blanco fácil.Estuvimos un rato en silencio y Tom puso la radio. Hablaban de la Festividad del Concilio, pero no presté mucha atención. Mi mente no dejaba de pensar en que tal vez mi hermano tenía razón, que era el momento de empezar de nuevo, de borrar aquello que me hacía diferente. Me repetí durante el trayecto que no dejaría que me volvieran a poner una diana. Solo tenía que esforzarme un poco en cambiar. Sabía que hasta ahora no había funcionado, sin embargo, para eso estaban los nuevos comienzos. Tal vez, tal vez, si lograba ser un poco como Tom, mi madre volvería a mirarme, aunque fuera un poco. A mitad de camino paramos en un pueblecito a echar gasolina; habíamos salido de la zona de mayor densidad de población vampí-rica y había humanos por todas partes.—Voy a pagar a la caja y vuelvo en un plis. ¿Quieres que te traiga algo?—Estoy bien.Me recosté en mi asiento y observé a mi hermano correr bajo la lluvia hacia el interior de la gasolinera. Un chico bajito pero mono estaba en el mostrador, no parecía muy mayor, tenía el pelo castaño y la piel aceitunada, vi a través del cristal cómo reía ante algo que
18mi hermano comentaba. Era imposible no caer rendido ante la sonrisa amable de Tom. Daba igual si eras humano o vampiro.Sentí la urgencia de intentarlo, de coquetear también con aquelchico del mostrador. Sin pensarlo mucho, abrí la puerta del cochey, para mojarme lo menos posible, corrí hasta allí. La puerta hizoun sonido desagradable al abrirse. Tom y el muchacho me miraronsorprendidos. La lluvia había pegado mi fino pelo contra la frente.A diferencia de Tom, cuyo pelo era casi blanco, el mío tenía unmatiz melocotón, un ligero tono rosado, algo raro en los vampirosque a veces hacía parecer el color de mi pelo igual que el de mipiel. Cuando era pequeña me habían dicho que mi pelo era boni-to, que recordaba al atardecer, pero lo odiaba: un motivo más enla, ya de por sí extensa, lista de cosas que me hacían parecer dife-rente.Me vi reflejada en uno de estos espejos antirrobo que tenían en la tienda. La imagen deformada de mí me miraba con unos ojos grandes, el pelo mojado del mismo tono de mi piel permanecía pegado a mi cabeza como si fuera un pasamontañas y mi cuerpo menudo y pequeño me devolvió la mirada. Parecía un alien de los que aparecen en las películas humanas. E.T., creo que se llama. No tenía nada de encantadora. No sé qué estaba intentando hacer.—¿Al final querías algo, O? —Me puse nerviosa por lo ridícula que había sido. ¿Para qué había salido del coche? Cogí una bolsa de patatas sin mirarla y la puse delante de Tom en el mostrador.—Esto. —Mi hermano se quedó pálido.Miré el paquete sobre la mesa y unas patatas felices rodeadas de mantequilla y ajos me devolvieron la sonrisa. Ley’s: Sabor ajo y man-tequilla.—Entonces son dos libras más —respondióelchicodelacajadeforma monótona, como alguien que está acostumbrado a hacerlo.Tom pagó con el reloj y cogió la bolsa con las patatas y los briks desangre que había comprado antes y volvimos a la carretera. No dijonada sobre el tema durante horas, tampoco se mostró enfadado nifrío, puso la radio y escuchamos un pódcast de misterio del que am-
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19bos éramos seguidores. Tom no mejuzgaba como papá y no se enfadabacomo mamá. Tom se preocupaba yhasta cierto punto yo no sabía deter-minar si aquello me sentaba a ún peor.Si me hacía sentir a ún más culpable.Rompí el silencio .—Oye, Tom, no las he cogidoaposta. Sé que te va a sonar ridículo yque no tiene lógica, pero me he puestonerviosa al entrar y he pillado lo primeroque he visto.—No pasa nada, O. Te pueden gustar esas patatas. Me da igual que te gusten o no. Son solo unas patatas. —Ya, pero sé que te ha agobiado, de verdad no quería cogerlas.—No tienes que justificarte. —El murmullo del p ódcast nos hacía elevar el volumen de nuestras palabras.—Ya , pero quiero hacerlo. —Vi cómo mi hermano ponía el intermitente y giraba el volante. Aparcó cerca del arcén sin pararel coche y se giró para mirarme.—Solo estoy preocupado, ¿vale? Sé lo que te hicieron en el instituto. Cómo te trataron. Cómo te miraban.«Cómo me mirabas tú hace un rato… », pensé, pero no lo dije, porque no quería ser tan mezquina con él

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