El último beso del verano

Jessica Felleman

Fragmento

CAPÍTULO UNO

CAPÍTULO UNO

Sera

Hay un instante en el puente Sagamore en el que el tiempo se detiene. Desde aquí arriba se divisa el océano más allá del canal. Lo veo incluso a través de la niebla de la mañana: una franja azul que me promete un buen verano; uno estupendo, quizá. Llevaba mucho tiempo esperando este momento. Han sido dos años dolorosos desde que mi familia se mudó a Cabo Cod y se me han hecho eternos. Toqueteo la pulsera de cuentas que llevo en la muñeca: me recuerda que no debo desperdiciar el tiempo que me queda.

Nací con un defecto cardiaco y me sometí a un trasplante cuando era bebé. Mi corazón era de una niña llamada Edith B. Eichman, EBE para abreviar, y hace dos veranos empezó a fallarme. Sin embargo, desde enero estoy estable y, tras dos años atrapada en Brookline para estar cerca de mi doctora, por fin volvemos a nuestro lugar feliz.

Mientras cruzamos despacio el puente en coche, empujo suavemente a mi hermana para apartarla y hago una foto. Se la envío a Maddy con un mensaje para quedar a tomar un café antes de que empiece el turno. Qué ganas tengo de verla. Hemos planificado pasar todo el verano haciendo lo que más nos gusta: ir de compras a tiendas de segunda mano, relajarnos en la playa de North­port, pasear por senderos naturales, zamparnos los dulces que prepara Maddy y buscar obras de arte. Tengo tiempo que recu­perar.

—A mí no me hagas fotos —se queja Abbi, y se tapa los rizos pelirrojos con la capucha de su sudadera extragrande.

Le ha dejado el coche a su novio, Cam, para que vaya a un concierto en Providence, así que ha tenido que levantarse temprano, como el resto de la familia.

—El sol apenas ha salido y encima está nublado —la chincho, sabiendo que anoche salió con sus amigos de Emerson y llegó a las tantas, como casi todas las noches desde que terminaron los finales. Que consiga mantener una media de sobresaliente con su doble carrera en Comunicación Política y Periodismo, una mención en Estudios Medioambientales y, además, una vida social tan activa es un prodigio genético que yo no he heredado—. ¿Por qué llevas gafas de sol?

—Porque son vintage —dice Abbi en voz baja, casi a modo de advertencia—. No quería arriesgarme a meterlas en una bolsa de tela.

—¿Porque estás cansada? —Fantaseo con la idea de decirle que está resacosa, pero estoy demasiado emocionada como para abrir el melón y empezar una pelea que seguro que acabaría perdiendo. Llámalo crecimiento emocional. Terminar el instituto debe de haberme conferido un nuevo grado de madurez. O tal vez sea solo el instinto de supervivencia.

—Mira. —Señalo más allá de su cara y ella me aparta el dedo de un manotazo.

—Es el mar…, menuda cosa. Lo he visto mil veces.

—Abigail —rezongo un poco. Sé que debería ser más amable con ella después de todo lo que ha hecho por mí en el último par de años: se tomó un semestre libre en la universidad el otoño pasado, cuando me operaron, fue mi muleta emocional cuando las cosas se pusieron feas y mis amigos del insti se esfumaron como quien no quiere la cosa. Sin ella y Maddy, mi segunda mejor amiga —no, mi mejor amiga—, creo que la habría palmado de puro aburrimiento en lugar de por un fallo cardiaco. Sin voleibol, sin clases, sin campamento de arte, solo un día tras otro pensando «¿Será hoy el día en el que me muera?».

—Seraaa —se queja Abbi, pero se adivina una sonrisa en su mejilla pecosa, así que sé que no está enfadada conmigo—. No te olvides de pedir un deseo antes de cruzar el puente —me recuerda, y vuelve a hacerse un ovillito—. Que Luke no se haya vuelto más mono, por ejemplo.

—Luke no es tan mono —murmuro.

Abbi suelta una risita por la nariz; me ha calado, aunque tenga los ojos cerrados.

Suspiro, picada, y vuelvo a mirar por la ventana. El habitual color verde negruzco y turbio del canal me oprime el corazón mientras serpentea hacia el sur, doblando una curva y desapareciendo entre la niebla.

He intentado no pensar en Luke, mi antiguo mejor amigo, y Abbi lo sabe.

Hace dos años, cuando volvíamos a casa para ir a Brookline unos días antes de lo previsto, mi deseo en el puente fue que no le ocurriera nada grave a mi corazón. Está claro que no funcionó. Tras semanas de citas, pruebas y controles continuos, me diagnosticaron una miocardiopatía hipertrófica en fase tres. Ni siquiera tuve tiempo de pensar en mi atracción por Luke y en lo equivocada que había estado al creer que yo también le gustaba. No fue hasta semanas más tarde cuando me di cuenta. Me había rechazado. Y ni siquiera se había preocupado por saber por qué nos habíamos marchado de Cabo Cod tan de improviso.

Después de un año de ensayo y error, me sometí a una pequeña intervención quirúrgica el pasado mes de octubre y, por fin, dimos con un medicamento que me funciona. Algún día habrá que sustituir a EBE, pero el médico dice que me quedan unos cinco años antes de que mi salud empiece a empeorar. Ahora me encuentro bien y quiero hacer todo lo que no he podido hacer en los últimos dos años. Trabajaré de profesora en mi antiguo campamento de arte y mis padres han accedido a que me tome un año sabático para pensar en qué hacer más adelante. No sé muy bien qué será, pero sé que quiero más. Más tiempo para divertirme y viajar y para hacer tantas cosas nuevas como pueda antes de necesitar un corazón nuevo y tener que aflojar el ritmo y someterme a esa importante operación. Tengo mucho en que pensar y no necesito recordar a Luke y lo mal amigo que ha sido, o lo que podría haber habido entre nosotros si yo no lo hubiera malinterpretado todo.

Cuando salimos del puente y volvemos a coger velocidad, juraría que las nubes se disipan. Por fin hemos dejado atrás el Massachusetts continental durante los próximos tres meses, y el verano nos acoge con los brazos abiertos. Aquí todo parece más radiante. Los árboles son de un verde más intenso y el aire es más cálido, incluso con este tiempo húmedo y brumoso. Es como si todo el lugar estuviera celebrando nuestro regreso. No pienso dejar que Luke me fastidie el verano.

Vuelvo a ponerme los auriculares y elijo la lista de reproducción que Maddy y yo hemos compilado juntas: El maravilloso verano de Sera y Maddy.

*

Y entonces llegamos. Unos conejitos pequeños de pelaje marrón y canela asoman entre la hierba alta sin cortar de la avenida principal. Todos exclamamos al ver el nuevo cruce de cuatro direcciones que han puesto en nuestra esquina y el letrero flamante de Beach Rose Lane, escrito en cursiva.

—Ya era hora —dice papá mientras un grupo de chavales de mi edad pasa a toda velocidad en bici. Llevan cañas de pescar a la espalda, camino del embarcadero. Todos nos saludan con la mano, son de aquí, y nosotros les devolvemos el saludo aunque no los conozcamos.

Nuestra casa de estilo Cabo Cod, de color cedro grisáceo, se alza junto a un imponente rododendro, que era el sitio ideal para jugar al escondite cuando éramos pequeñas. Una hilera de rosales silvestres a la izquierda hace de separación con la casa de Luke, de fachada azul. Las ruedas crujen sobre las conchas blancas trituradas de la entrada. Antes de que el coche se haya detenido del todo, abro la puerta y salgo para abrir el garaje. En cuanto tecleo el código y la puerta empieza a abrirse con un chirrido metálico, me alejo por el estrecho caminito que rodea el lado derecho de la casa.

Papá ha venido a hacer limpieza y mantenimiento, pero en el jardín trasero se nota cierto aire de abandono. La hoguera está oxidada y llena de hojas secas, y el columpio doble que cuelga de la pérgola está roto; un lado descansa torcido sobre la arena. Sin embargo, al fondo del jardín, el viejo parque infantil y la casita del árbol siguen robustos como siempre. Quedaría genial plasmado en un cuadro; me muero de ganas de sacar las acuarelas.

Abro con esfuerzo la pesada puerta corredera que da a la cocina justo cuando Abbi y mamá entran desde el garaje con la primera tanda de bolsas.

—Os ayudo —digo mientras me quito las zapatillas de una patada y me deslizo a saltitos por el suelo de madera lisa, solo con los calcetines.

Mamá hace un gesto con la mano.

—No, no, anda, ve a instalarte. Sé que te mueres por ver a Maddy.

Deja las bolsas en la mesa del comedor y echa un vistazo a la cocina, toda de madera oscura.

—Estoy contenta de volver —dice, alargando la mano para acariciarme el pelo castaño claro, del mismo color que el suyo. Yo he salido a su familia judía. En cambio, Abbi ha heredado el pelo rojo y las pecas de la familia irlandesa de papá.

—Yo también —respondo con una sonrisa—. Traeremos muffins, lo prometo.

—Dos para mí —pide papá, dejando las bolsas de la compra en el suelo y girándose hacia el sótano—. Voy a abrir el agua.

Mamá le grita desde la cocina que tenga cuidado con las tuberías. No necesitamos otro incidente como el que se produjo cuando tenía once años y tuvimos que ir a ducharnos a la casa de al lado durante dos semanas. Quiero evitar a Luke todo lo posible, y tener que usar la ducha de los Tisdale me complicaría el asunto.

Cojo mi mochila de la mesa donde la ha dejado mamá, que me da un manotazo juguetón cuando intento echar mano a una de las maletas.

—Largo de aquí, va. En serio. —Le quita también una caja de las manos a Abbi—. Y tú también, Abbi. Ventilad los cuartos y luego salid un rato. Seguro que te vendrá bien un café, que te veo aletargada.

Abbi se encoge de hombros —la ha pillado—, y yo me burlo con una sonrisilla antes de salir corriendo hacia el rincón junto a la nevera. Escondida tras lo que parece un armario diminuto, hay una escalera que lleva a mi cuarto, en la parte vieja de la casa. Mamá y papá añadieron el garaje y su dormitorio encima cuando la compraron, pero las habitaciones de Abbi y la mía están en la planta superior original.

Subo por el estrecho tramo oscuro y piso el primer tablón, que chirría en cuanto entro en mi cuarto. Abro las tres ventanas, incluida la que da a los rosales junto a la casa de los Tisdale. Me asomo para ver si están despiertos, pero son las ocho de la mañana y las cortinas azul marino de la habitación frente a la mía siguen echadas. Distingo un cartel de «¡Enhorabuena, graduados!» en el jardín, al lado de un par de bicis infantiles y una red de voleibol a medio montar que un gato gris olisquea con recelo, pero no hay movimiento humano. Siento una oleada de alivio, hasta que veo la vieja camioneta negra de Luke en su camino de entrada. Está cubierta de rocío, y me recuerdo a mí misma asomada por la ventanilla del copiloto, el viento revolviéndome el pelo, la música a todo trapo, Luke acercándose para susurrarme algo al oído, su aliento erizándome la espalda…

Aparto ese recuerdo de mi mente y dejo caer la mochila en el banco de la ventana. Me dirijo al armario a por unas sábanas, pero Abbi me intercepta en el pasillo.

—¿Estás? Necesito un café, pero ya. —Se ha quitado la sudadera con capucha de Cam y se ha puesto unos vaqueros negros y un top blanco corto. Lleva varias joyas, lo único con color aparte de su pelo, y sus gafas de sol descansan sobre sus rizos alisados. Le ha dado tiempo incluso a ponerse rímel. Miro mis leggins negros y mi vieja sudadera de la liga de voleibol.

—¿Tengo que cambiarme?

El silencio de Abbi es respuesta suficiente, así que vuelvo a mi habitación y me pongo unos pantalones cortos vaqueros y una camiseta nueva de manga larga. Siento un leve nudo de ansiedad en el pecho. Procuro no hacerle caso mientras me cepillo el pelo y echo un último vistazo por la ventana.

Abbi aparece en mi puerta y mira mi conjunto con desaprobación.

—Vamos. —Cojo la bolsa de tela y hago como que no me percato de su mirada mientras me abro paso con un empujoncillo. Me alcanza cuando giro a la izquierda al salir de casa; nos alejamos del océano y nos encaminamos hacia el centro. Le envío un mensaje rápido a Maddy para decirle que vamos al Lorell’s.

Llamarlo «centro» es un pelín generoso. A diferencia de Brookline, el núcleo de Northport se reduce a una sola calle que no llega ni a medio kilómetro. Sí, también está la zona que da al puerto, pero muchos de esos locales están abandonados. Northport no es tan finolis como otras ciudades del cabo. Hay turistas, claro, pero la población que vive ahí todo el año es un tanto intimidante para los forasteros. Los lugareños se toman muy en serio el hecho de serlo. Por suerte, aunque solo pasamos aquí unos meses al año, siempre nos han tratado como a vecinos, supongo que por lo unidos que estamos a los Tisdale. Me preocupa que nuestros dos años fuera y mi distanciamiento con Luke hayan cambiado las cosas.

Como si me leyera la mente, Abbi se me engancha del brazo cuando giramos hacia la calle principal.

—Es genial estar en casa —dice—. Echaba de menos este olor.

Respiro hondo. El aire denso y salado me calma.

—Yo también.

—Anda, mira —dice Abbi, señalando cuando llegamos a la primera de las tiendas del centro.

En los escaparates de las tiendas ya se exhibe el arte temático del verano. Reconozco algunos de los nombres de los artistas, tanto de exposiciones en galerías a las que he ido como de chavales con los que estuve de campamento aquí. La escuela de arte está en mi lista de deseos, aunque la idea de pasar más tiempo estudiando, aunque sea en una escuela de arte, me irrita cual quemadura solar. Solo quiero avanzar, ver mundo…, vivir. Estoy cansada de perder el tiempo.

Cuando llegamos a Nyeman’s Antiques & Interior Design, aminoro el paso. Los abuelos de Luke son los propietarios, aunque sus padres se hicieron cargo del negocio hace unos años, y ahora traen todos los artículos de decoración y regalos que los visitantes de Cabo Cod esperan encontrar. Su madre empezó también a ofrecer servicios de consultoría de diseño de interiores, y supongo que se ha convertido en una parte tan importante del negocio que han puesto un letrero nuevo. Me alegro por ella, pero me detengo por completo cuando veo el arte que ocupa el escaparate. La ventana pintada es obra de Luke. En blanco y negro, pulcra y profesional. Los dos puentes se extienden sobre el canal con el nombre de Nyeman’s escrito con una fuente original y nítida entre ambos. Me recuerda a las cubiertas falsas de libros que se inventaba cuando nuestra escritora favorita no sacaba nada nuevo.

Luke lleva trabajando por turnos después de clase y los fines de semana desde que teníamos trece años. Ahora mismo podría estar ahí preparándolo todo para abrir. No puedo pasar por delante. Me vería.

—Sera. —Abbi ya ha pasado de largo, pero yo la miro con los ojos muy abiertos para que se calle. Entonces suspira, se pone las gafas de sol en el pelo como si fuera una diadema y mira hacia el interior—. Tranquila. Las luces están apagadas, no está ahí. Es demasiado pronto.

—Es verdad —digo, y la alcanzo.

—¿Todavía no has hablado con él? —pregunta mientras esquivamos a una familia con tres niños pequeños que acaparan la estrecha acera de adoquines.

—No.

—¿Y no crees que deberías?

—¿Por qué?

Abbi suspira y niega con la cabeza, pero no dice nada más. Maddy y ella son las únicas que saben lo que pasó con Luke, y con contarlo una vez ya pasé suficiente vergüenza.

Al llegar a la librería, me quedo mirando el escaparate decorado con las novedades, con la esperanza de ver ciencia ficción de la buena y preguntándome si Lori, la dueña, habrá colocado algún tesoro en la sección de segunda mano de arriba.

—Eh, me llama Cam —dice Abbi, mirando la pantalla del móvil—. ¿Pagas tú lo del Lorell’s?

—Sabes que todavía no he empezado el curro de verano —le contesto, enarcando una ceja.

—Bueno, yo soy una estudiante universitaria sin un duro, así que… te toca. —Y se va directa a una de las mecedoras del porche de la librería.

Pongo los ojos en blanco y me encamino a la pastelería, tres locales más allá. Por suerte, aún no hay cola. Entro y el olor intenso de café mezclado con bollería me arranca una sonrisa. Sin embargo, en cuanto zigzagueo entre las mesas hacia el mostrador del fondo, lo veo sentado junto a la ventana y el corazón me da un vuelco, pero metafóricamente.

Luke Tisdale me mira como si un monstruo marino acabara de salir del mar. Todo ese agobio pensando que estaría en la casa de los vecinos o en la tienda de sus padres… y resulta que está aquí. Es como si supiera que iba a venir. Como si hubiera estado esperándome para emboscarme y pedirme cuentas de dónde he estado estos dos años. Empiezo a sudar y noto tensión en las piernas, como si se prepararan para dar media vuelta y salir corriendo. Porque es Luke. Mi ex mejor amigo y el chico que, literalmente, tiene dos fragmentos de mi corazón.

«Mierda».

CAPÍTULO DOS

Sera

Al intentar salir de allí a toda prisa, acabo chocándome con una mujer y sus dos niños, que entran por la puerta. Me aparto mientras le pido disculpas, pero eso significa que estoy unos pasos más cerca de Luke. Todavía me está mirando y no tengo escapatoria. Se levanta y me saluda con un abrazo incómodo. Al principio solo puedo pensar en su último mensaje, de hace más o menos un año —«Por favor, no me dejes en visto otra vez, Sera, solo necesito hablar con mi mejor amiga»—, pero entonces me percato de lo grande que es y me quedo paralizada, con los brazos a los lados.

Luke y yo siempre hemos sido de la misma altura. La prueba forra las paredes de nuestras casas, llenas de fotos desde cuando nacimos, débiles y necesitados. Por eso nuestras familias tienen una relación tan cercana. A mí me hicieron un trasplante de corazón y a Luke le pusieron, en un procedimiento dominó, las válvulas sanas de mi corazón original, que para lo demás era inservible. Los periódicos nos adoraban, publicaron fotos de los dos de la manita en la misma cuna posoperatoria y la historia de cómo nuestras familias se vieron unidas por la misma tragedia.

Cuando a Luke le dieron el alta y su familia volvió al cabo, mi madre convenció a mi padre para que alquilara la casa de al lado de la suya. Nuestras madres se hicieron inseparables a medida que luchábamos por ser unos críos sanos y, después, unos terremotos. A mi familia le gustaba tanto Northport y le caían tan bien los Tisdale que nos habríamos mudado aquí definitivamente, pero papá no podía dejar de dar clase en Emerson, así que nos instalábamos aquí por temporadas. Mis padres compraron la casa y veníamos siempre que podíamos: los fines de semana, la mayoría de las vacaciones y puentes y, por supuesto, todo el verano. Northport es donde mejor nos sentimos y los Tisdale siempre formaron parte de eso. Siempre andábamos juntos haciendo barbacoas en familia y paseos en bici a la playa. Pasábamos días enteros en el barco del padre de Luke y las tardes alrededor del fuego. Todo era perfecto… hasta que dejó de serlo.

Porque, de repente, hace dos veranos, empecé a ver a Luke de otra manera. Me pasaba todo el tiempo pensando en cómo sería besarlo, preguntándome si se le daría mejor que a mi exnovio, Ethan, que nunca me hizo sentir mariposas en el estómago con tanta intensidad como Luke. Cada vez que Luke me cogía la mano para que le hiciera caso o se inclinaba sobre mí para señalar algo que le gustaba del cuadro que estuviera pintando, se me erizaba la piel, electrizada. Yo ansiaba esos momentos de contacto. Empecé a contar cuántas veces nos encontrábamos con la mirada entre la gente. El estómago me daba un vuelco cada vez que lo hacía reír. Parecía que de un momento a otro nos sorprendería un «y entonces…». Igual no era nada. Quizá la forma en que me miraba cuando estábamos solos, como si pensara que merecía la pena besarme, aunque se pudiera echar a perder nuestra amistad…, estaba solo en mi cabeza. Aun así, yo habría estado dispuesta a arriesgarme.

«Pero él no sentía lo mismo que yo», me recuerdo a mí misma. Por suerte, ya lo he superado. «Lo he superado. Lo he superado», me repito para pasar el trago del abrazo.

Su olor me es familiar, a crema solar y agua salada, pero también a algo nuevo y ligeramente especiado que no acabo de identificar. El contacto es demasiado repentino, así que no me da tiempo de levantar los brazos; solo me abraza un instante y se aparta de mí como si estuviera enferma. Bueno, lo estoy, pero lo que tengo no es contagioso.

El calor de su cuerpo se queda en el mío, el eco de su roce me provoca con el hecho asombroso de que no solo está más «mono» que hace dos años; ahora está «bueno». Ahora es más alto que yo, que ya es decir, porque con mi metro setenta y ocho no suelo tener que levantar la cabeza para mirar a mucha gente a la cara. La última vez que estuvimos aquí era tan alta como él. Eso hacía difícil no quedarme mirando sus labios arqueados, su pelo castaño ondulado y su suave piel morena. Sacudo la cabeza levemente para deshacerme de ese pensamiento.

Me obligo a mirarlo a los ojos y por fin consigo emitir un chirriante «ey», o un «eh», o un «hola». No estoy segura. No me oigo con la sangre que me late en los oídos.

—¡Ey! —dice Luke, volviendo a meter las manos en el bolsillo delantero de su sudadera granate con capucha—. Dichosos los ojos…

—Sí —consigo decir, e intento sonreír—. Me alegro de verte.

Levanta las dos cejas, retándome, y me encojo de hombros; me ha pillado. No es una alegría verlo, precisamente. Es complicado. Luke sí que me buscó el año pasado, me pidió que habláramos, que retomáramos muestra amistad. Pero, después de lo que pasó y con todo lo de mi salud, no me vi capaz.

—Me voy —murmuro, dándome la vuelta para salir, y siento que mi propósito de vivir cada momento a tope se desvanece. Ahora mismo me vendría bien un buen baño de autocompasión.

—¿No quieres un muffin de arándanos? —Luke me sorprende haciendo un gesto hacia el mostrador en medio de mi pobre intento de acabar la conversación.

Pues claro que quiero un muffin. Lo que no quiero es seguir aquí con él y con la sensación amarga de lo que yo creía que era una herida ya curada. Antes de contestar, me quedo mirando el logo de su sudadera un instante. Es la mascota del instituto de Northport, un águila pescadora, pero con un bate de béisbol en las garras en lugar del típico pez, y por fin sumo dos más dos. Me pregunto si ahora le ha dado por el deporte y no solo se sienta en el banquillo para contentar a su padre. Seguramente es popular y le cae bien a todo el mundo y no tiene ninguna preocupación, aparte de qué beca aceptar y qué fiestas de despedida honrar con su presencia. Tiene pinta de que la última vez que le dieron malas noticias era un niño de teta.

—¿No son tus favoritos? —añade mientras me mira con una breve sonrisa que parte el alma, pero que no se refleja en sus ojos verde oscuro.

—El único dulce que merece la pena en todo el cabo —digo, tratando de recuperar la normalidad. Esta también es mi ciudad. Puedo ser normal. Me recompongo y, por alguna razón, se queda junto a mí. Pido todo lo rápido que puedo: seis muffins, un brebaje de café azucarado con hielo para Abbi, café solo para mis padres y Maddy, pedido por ella específicamente, y un chai latte para mí.

Me obligo a hacer como que todo va bien. Leo la carta escrita a mano en la pizarra una y otra vez mientras me tiembla el pie. No puedo estarme quieta. Jugueteo con la pulsera de mi reloj inteligente, dando gracias porque la pulsera de identificación médica queda debajo. Luego toqueteo las cuentas de mi pulsera, EBE, la que me hizo cuando teníamos diez años. Solo me la he quitado una vez desde entonces, hace dos años, en mi último torneo de voleibol, justo antes de que mi vida implosionara. Me tiro de la manga.

Como todavía no me deja en paz, me alejo un paso y me vuelvo hacia él para darme un poco de espacio.

—¿Y qué? ¿Cómo vas? —Me parece maleducado no preguntarle lo básico.

—Bien. —Me sorprende esa respuesta tan corta cuando está claro que tiene ganas de charlar —. ¿Y tú?

—Bien.

Yo también puedo jugar a ese juego.

—¿Te vas a quedar todo el verano?

—Ese es el plan.

—¿Vas a…? —La cajera lo interrumpe al darme una bolsa rosa de papel.

—Tengo que irme. —Cojo una de las bebidas sin mirarlo a la cara ni su expresión entre dolida y desconcertada que me está acelerando el corazón.

Pero, en realidad, no he pensado bien todo este asunto. No puedo llevarlo todo yo sola. Dejo la bolsa en la barra. Siento que Luke está esperando que le pida ayuda. No, gracias. Por suerte, alguien me llama.

—¡Sera! —Maddy viene a toda prisa y me da un abrazo de esos que te parten las costillas.

—¡Maddy! ¡Has venido! —exclamo mientras me cambia el humor al instante y la abrazo yo también.

—Pues claro. Me has invitado a café antes del trabajo. Eres un amor. —La familia de Maddy lleva el Waterviews. Es, básicamente, el típico restaurante cafetería norteamericano, pero, como la madre de Maddy es brasileña, también tienen algunos platos su-damericanos. Para mí es el mejor restaurante de la ciudad.

—¿Quieres ir al Frappie’s después del curro?

—Cerraron —dice Maddy haciendo pucheros.

—¿En serio? Tenían el mejor helado de todo el cabo.

—Ya encontraremos un nuevo sitio favorito —continúa Maddy mientras se recoloca las enormes gafas de montura metálica—. Pero no puedo salir esta noche. Tengo que cuidar a Marisa —rezonga.

—Tenemos todo el verano —le recuerdo.

—¡Sí, es verdad! —canturrea, y yo me río, aliviada por lo fácil que es ser yo misma otra vez cuando estoy con ella. Maddy coge su café y se vuelve hacia Luke.

—Ey. ¿Hoy estás en el puerto o en la tienda? —le pregunta.

—En el puerto —responde sin quitarme ojo de encima.

—Genial. Recuérdale a Georgie que te deje libre mañana por la noche.

Luke sonríe y comenta que ya se lo recordó. Maddy sonríe y yo siento una ligera punzada al ver lo bien que se entienden.

Maddy se gira de nuevo hacia mí.

—Mañana también trabajo, pero nos pondremos al día en la hoguera. Vas a venir, ¿no?

—¿A la playa de Thirds? Sí —confirmo—. No me lo perdería por nada.

—¿Tú vienes a la hoguera? —Luke gira sobre sus pies y a Maddy se le da fatal esconder la sonrisa que se le escapa al mirarnos. Ella y Luke son amigos desde la guardería, y Maddy ha estado intentando convencerme de que arregle nuestra amistad para no estar en medio, pero yo no he cambiado de parecer.

—Claro, en el fondo Sera es una más de aquí. No podríamos hacer la hoguera de despedida del insti sin ella.

Luke se queda callado. Está claro que no soy bien recibida.

—A menos que, por alguna razón, no se me permita ir —digo en plan pique, aunque no entiendo por qué hace como si el dolido fuera él.

Luke se pone colorado y tartamudea que por supuesto que puedo ir.

—Es que creía que las cosas de Northport ya no te importaban.

—Cómo no me van a importar —contesto a la defensiva.

—Bueno, yo me voy ya —salta Maddy antes de que nos metamos en harina—. Ya te ayudo con esto. —Coge una bandeja para bebidas de una pila que no había visto y la llena.

—Gracias. Abbi está en la librería —digo, cogiendo la bolsa otra vez y dirigiéndome hacia la puerta.

—Adiós, Luke —se despide Maddy mientras sale delante de mí.

Lo miro rápidamente; no sé bien qué más decir. Luke sigue ahí de pie, mirándome con fijeza un instante hasta que, por fin, vuelve a su mesa, donde un libro de bolsillo que me suena bastante, con el lomo hacia arriba, lo espera con una batalla que ambos nos sabemos de pe a pa. Maddy me mira como preguntándome si estoy bien y yo me encojo de hombros antes de salir a la calle.

Nos encontramos a Abbi fuera de la librería dándole un beso volador a Cam en una videollamada por FaceTime. Salta al rescate para coger las bebidas que lleva Maddy y esta nos grita un adiós a las dos y se va corriendo a su coche.

—No quería empezar así el verano —le digo, caminando deprisa de vuelta a casa.

—¿Qué ha pasado? —pregunta Abbi—. ¡Espera, que tus piernas son más largas que las mías!

Reduzco la velocidad lo justo para que me alcance.

—Luke —contesto dando un sorbito tranquilizador a mi té.

Pillo a Abbi sonriendo.

—Creía que estabas «bien», que lo habías superado, ¿no?

—Bueno. Sí —admito, a la vez que me digo a mí misma que, en realidad, nunca llegó a pasar nada, así que no hay nada de lo que seguir colgada. Se hace un breve silencio mientras nos regodeamos pensando que «no lo he superado ni de lejos».

—Igual conoces a alguien. Cam viene mañana con unos amigos.

—No pienso salir con ningún amigo de Cam. —Qué horror—. No soy ninguna grupi.

—Pues serías una grupi la mar de cuqui —dice dándome un empujón de cadera.

Me tambaleo; sigo pensando en lo de la cafetería. Abbi me toma la mano y me obliga a parar.

—Oye —dice, y tira de mí para que la mire a la cara—, tarde o temprano te lo tenías que encontrar.

Suspiro.

—Ya lo sé, pero ¿tenía que ser nada más llegar?

—Igual es mejor así —replica mientras me acaricia el pelo y me lo echa hacia la espalda—. Ya está. Se acabó. Este verano va de pasarlo bien. No permitas que ningún cuelgue tonto del pasado lo eche a perder.

La miro a sus calmados ojos azules.

—Tienes razón —coincido.

Me pasa un brazo por encima de los hombros.

—Yo siempre tengo razón —declara, y me río.

«Pasarlo bien, ¿eh?», pienso. Para eso es este verano. Basta de estar tristona. Voy a vivir cada minuto de cada día a tope. Puedo hacerlo.

CAPÍTULO TRES

Sera

Llueve todo el domingo, así que el mal tiempo nos deja encerrados en casa y pone en jaque las hogueras. He estado reordenando mi habitación, incapaz de quedarme quieta. He cambiado todos los muebles de sitio, apilado los libros sin leer en la mesita, escogido los materiales de arte que quiero llevarme para las clases y estoy mirando vídeos en time-lapse de artistas en Instagram cuando me escribe Maddy. Ha amainado lo suficiente y todo el mundo ha decidido que la hoguera sigue en pie. Estoy tan aliviada como nerviosa. Aunque desde enero me encuentro bien, terminé las clases desde casa y no he ido a ninguna fiesta en dos años. Me arreglo a toda prisa y me paso por la habitación de Abbi con el pelo aún mojado para preguntarle si Cam llegará a tiempo para llevarnos.

—Probablemente no. —Está tumbada en el suelo mientras escucha un pódcast de ciencias. Algo sobre volcanes. Se acaba de pintar las uñas de los pies y sigue oliendo a esmalte, incluso con la ventana entornada—. Cogeremos el coche de papá y conduces tú a la vuelta. —Echa la cabeza hacia atrás y me mira de arriba abajo—. ¿Eso es lo que te vas a poner?

Llevo unos vaqueros y la camiseta del concierto de Olivia Rodrigo que yo misma desteñí hace tres años.

—Ven. —Me arrastra por el pasillo de vuelta a mi habitación, me empuja hacia el armario, se acomoda en el asiento de la ventana y mira hacia la casa de Luke a través de las cortinas—. Saca algo que no sirva también como ropa para pintar o para entrenar o de pijama.

Para ser sincera, mi armario está un pelín pelado. En los últimos dos años solo me he puesto ropa cómoda y no he renovado vestuario desde que me recuperé. Todo lo de hace dos años me queda demasiado pequeño o es un poco infantil.

—¿Puedo al menos dejarme los vaqueros?

—Sí, pero entonces necesitas un top o una camiseta más mona, y una chaqueta. ¿Tienes la verde todavía? ¿Y qué vas a hacerte en el pelo? ¿Y de maquillaje?

Suspiro de nuevo. Mi pelo siempre ha sido un poco deslucido comparado con el de Abbi, pero me gusta lo largo que lo llevo.

—Creo que lo dejaré secar al aire. Sin maquillaje. —Cuando ella me maquilla, tarda una hora.

—Yo te lo seco.

Abbi va al baño y vuelve con algunos productos y con el cepillo redondo que, aunque viejo, la humedad del cabo todavía no ha oxidado. Escojo algunas camisetas que más o menos me sirven y ella señala una naranja y corta. Me cambio de camiseta y me siento en la banqueta frente al tocador de mimbre.

—Entonces… —Se pone en modo interrogatorio—. ¿A quién verás esta noche?

—A Maddy, a las chicas de voleibol y puede que a algunos amigos de los campamentos, si van.

Abbi asiente con la mirada fija.

—¿Y el objetivo de la noche?

—¿Necesito un objetivo? —Me río y hago una mueca de dolor cuando me tira un poco más fuerte del pelo.

—Cualquier situación a la que accedas sin objetivo te deja dos pasos por detrás. Una oportunidad malgastada.

A mi hermana no le gusta hacer las cosas de una en una, cree que la vida es mejor cuando vas a mil por hora.

—Es solo una fiesta, Abbi. ¿El objetivo no puede ser ponerme al día con mis amigos?

—Claro. —Cambia el cepillo de mano y se coloca al otro lado de mi cabeza—. Pero me parece un objetivo fácil y básico.

—Vale, ¿y cuál es tu objetivo de la noche? —la provoco.

—Asegurarme de que Cam y mis amigos del cabo se lleven bien y vivir un momento de alegría verdadera.

—¿Y qué diferencia hay con el mío?

—Se trata de concretar, Sera. —Otro manojo de pelo calentito y recién alisado cae sobre mi espalda—. ¿Cómo vas a recordar esta noche, si no?

—Ya. —Su euforia me pone de los nervios. Qué ganas tengo de ll

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