Si decides quedarte

Samara Cadenas

Fragmento

Playlist

Playlist

«Family Line», Conan Grey

«Marjorie», Taylor Swift

«Liability», Lorde

«Yellow», Coldplay

«Train Wreck», James Arthur

«Matilda», Harry Styles

«Everything I Wanted», Billie Eilish

«I’ll Show You», Justin Bieber

«Chosen Family», Rina Sawayama

«Somewhere Only We Know», Keane

«Lovely», Billie Eilish & Khalid

«Those Eyes», New West

«Because of You», Kelly Clarkson

«Iris», Goo Goo Dolls

«Hold On», Justin Bieber

«Someone to Stay», Vancouver Sleep Clinic

«Stay», Rihanna ft. Mikky Ekko

«What Have I Done», Dermot Kennedy

«Piece by Piece», Kelly Clarkson

«Rewrite the Stars», James Arthur & Anne-Marie

«POV», Ariana Grande

«Ceilings», Lizzy McAlpine

«Off my Face», Justin Bieber

«Get You the Moon», Kina ft Snøw

«Warrior», Demi Lovato

«Dandelions», Ruth B

«Unconditionally», Katy Perry

«Build a Home», The Cinematic Orchestra

Uno

Talya

¿Sabes esas veces en las que te despiertas con la certeza de que va a ser un mal día?

Yo lo he sabido incluso antes de abrir los ojos.

No me considero una persona negativa, en absoluto, pero aun así sé que llegar nueva a un instituto en mitad del curso es algo que no puede salir bien. 

No es que me asusten las clases ni los profesores. Me asusta tener que fingir que estoy bien. Que no pasa nada. Que solo soy la chica nueva y no la chica rota que ha tenido que volver a una ciudad que ya no siente como suya, a una casa que no es su hogar y a una vida que no eligió.

No sé qué se supone que debo decir cuando me pregunten de dónde vengo. O por qué he acabado aquí. Tal vez me invente alguna historia que no me duela tanto como decir la verdad.

Termino de vestirme con el espantoso uniforme del Evercrest School: una falda de tablas a cuadros en tonos grises y verde oscuro, una camisa blanca recién planchada que me hace sentir como si llevara puesto un disfraz, y una chaqueta verde botella con el escudo del instituto bordado a la altura del pecho. La corbata, de rayas diagonales, me obliga a ir «presentable» incluso cuando no tengo ganas de estarlo. Me ofrecieron calcetines altos o medias negras; por supuesto, elegí las medias. ¿Piernas al aire en mitad del otoño escocés? No, gracias.

Justo después me dirijo al baño. Necesito con urgencia, al menos, lavarme la cara. 

Me miro en el espejo, algo que llevo intentando evitar prácticamente desde que llegué a esta casa. No parezco yo. O sí, pero una versión opaca. Como si alguien me hubiera bajado el brillo desde dentro. Mis ojos están hinchados, aunque anoche no lloré. Ni la anterior.

Al principio sí lo hacía, hasta quedarme dormida.

Ahora no hay lágrimas, solo un vacío que se me instala en el pecho y no me deja pensar en nada más. Es como que no llego a creerme del todo el giro que ha dado mi vida en cuestión de unos cuantos meses. Y el darme cuenta de que la vida sigue a pesar de que la mía pareciera haber quedado en pausa después de todo lo ocurrido… me hace sentir más sola que nunca.

Abro el cajoncito donde guardo el peine y lo cierro sin llegar a sacarlo. ¿Qué sentido tiene arreglarme por fuera cuando por dentro estoy tan destrozada?

Inspiro hondo y finjo una sonrisa ante el espejo.

Tengo que acostumbrarme, ¿sabes?, a fingir.

Recojo la mochila, me la cuelgo del hombro y salgo de la habitación con el mismo cuidado con el que se camina en una casa ajena. Aunque técnicamente esta también sea mi casa ahora. O al menos eso dicen.

Mi tío ya está esperándome fuera, dentro del coche, con el motor encendido y los ojos fijos en la pantalla del móvil. No levanta la vista cuando salgo, ni cuando abro la puerta trasera y dejo la mochila en el asiento. Tampoco dice nada cuando me siento junto a él en el asiento del copiloto. Solo arranca.

—Gracias por llevarme —digo apenas en un susurro.

Aún me cuesta dirigirme a él; al fin y al cabo, lo siento casi como un desconocido. 

—Es tu primer día. —Esboza una sonrisa breve y algo torpe—. He podido retrasarme un par de horas en el trabajo. A partir de mañana tendrás que coger el bus. ¿Crees que podrás?

—Claro, no hay problema.

Durante el trayecto no hablamos. La radio está encendida, pero a tan bajo volumen que solo se perciben algunos acordes sueltos, un murmullo leve que apenas consigue suavizar el silencio. Me concentro en las calles que vamos dejando atrás, en los árboles sin hojas, en el gris del cielo que parece querer reflejar el mío.

Llegué a Edimburgo, la ciudad en la que nací, hace un mes y aquí todo parece igual que antes. Las calles, el frío de noviembre, incluso los parques por los que solía correr cuando tenía diez años. Pero yo ya no soy esa niña.

Y volver no es volver, no cuando lo haces sin la persona que le daba sentido a todo lo demás.

Cuando el coche se detiene frente a las verjas del Evercrest School, trago saliva con fuerza.

Hay algo en ese edificio de ladrillo grisáceo, en las columnas del pórtico principal, en los alumnos que caminan en grupo con paso decidido, que me hace sentir fuera de lugar. Como si no perteneciera a ningún sitio. Como si estuviera invadiendo algo que ya estaba completo sin mí.

Y ¿te cuento un secreto? Cuando vivía aquí e iba al colegio, soñaba con entrar en este instituto algún día. Era lo más parecido a Hogwarts que conocía: enorme, elegante y tan ostentoso que me parecía un privilegio inalcanzable. Me imaginaba cruzando esas puertas con el pelo suelto, una carpeta bajo el brazo y toda la vida por delante. En ese entonces creía que este era el lugar donde pasaban las cosas importantes. Donde empezaban las historias que merecían ser contadas.

Ahora, en cambio, lo único que quiero es pasar desapercibida.

Ahora no tengo ninguna historia que contar, al menos no una que quiera compartir.

Ya no me ilusiona cruzar esas puertas, solo me da miedo.

—Suerte —dice mi tío. No es brusco, tampoco cálido. Simplemente, correcto.

Asiento, aunque no estoy segura de que tenga algo que ver con la suerte.

Abro la puerta del coche y salgo del vehículo, agarrando las asas de la mochila con fuerza. El aire frío me da de lleno en la cara. Me recuerda que estoy viva. Aunque a veces duela.

Camino hacia la entrada sin mirar atrás, sin pensarlo demasiado. Porque, si me detengo a hacerlo, si dejo que el miedo y la pena me agarren por el tobillo, no sé si voy a conseguir mo­verme.

Y sé que tengo que moverme. Por mucho que todavía no sepa muy bien hacia dónde.

El interior del enorme edificio huele a una mezcla entre detergente y papel viejo. Las paredes están cubiertas de tablones con anuncios, actividades extracurriculares y mensajes motivacionales que suenan tan falsos como mi sonrisa.

Respiro hondo, saco el mapa arrugado que me dieron en secretaría y trato de ubicar el aula que aparece en mi horario. No sé por qué me molesto: ni siquiera entiendo el nombre de algunas asignaturas.

Un grupo de chicas se cruza frente a mí riendo por algo que no escucho. Me hago a un lado sin decir nada. Me fijo en sus uniformes impolutos, en lo valientes que son al atreverse a llevar calcetines altos, en las mochilas de marca, en que parecen encajar perfectamente en este lugar. Y entonces me miro a mí. Y es inevitable la comparación: este no es mi sitio.

—¿Perdida? —me pregunta una voz desde el otro lado del pasillo.

Levanto la mirada. Es una mujer de pelo oscuro y gafas redondas. No parece antipática.

—Un poco —respondo, intentando que no se note demasiado la tensión en mi voz.

—Eres la alumna nueva, ¿verdad? —Se para a buscar entre el montón de papeles que lleva en las manos—. Talya Monroe.

Asiento.

—Perfecto. Soy la señora Campbell —dice mientras me tiende la mano—. Estás en el grupo B de S5. Vamos, te acompaño.

S5, el penúltimo año de instituto aquí, algo así como primero de bachillerato en España. 

Una de las cosas que más vértigo me da es todo el cambio: las asignaturas tienen otros nombres, los horarios son distintos. 

Cuando mamá y yo nos mudamos de Edimburgo a Madrid hace seis años, ambas estábamos deseando empezar de cero, así que adaptarme al sistema fue lo de menos. A excepción del idioma, que reconozco que fue una pesadilla al principio, todo lo demás lo asimilé sin problema.

Ahora… todo es distinto. Más difícil. Más ajeno.

Sigo a la señora Campbell por lo que me parecen una infinidad de pasillos y un par de tramos de escaleras. Me habla en voz baja, me cuenta cosas sobre el horario y las clases, pero solo retengo una parte mínima. Estoy demasiado concentrada en no parecer asustada. Y en no llorar.

Cuando llegamos al aula, se detiene frente a la puerta.

—Tranquila. Estoy segura de que te adaptarás enseguida —me promete y yo intento creerla, aunque no me sale.

Abre la puerta. Todas las conversaciones se detienen al instante y ella comienza a hablar.

—Buenos días. Tenemos una nueva incorporación al grupo: Talya Monroe. Quiero que le hagáis un hueco y le facilitéis estos primeros días, ¿de acuerdo? —Luego se gira hacia mí—. Puedes sentarte donde prefieras, Talya.

Respiro hondo. Entro sin levantar la vista del suelo. Siento todas las miradas sobre mí, como cuchillos silenciosos. Camino despacio, con la boca seca y las manos frías.

Me duele el estómago, quiero salir corriendo e irme a casa, a mi verdadera casa, hacerme un ovillo en la cama y que mamá venga a darme un abrazo.

«No me voy a poner a llorar, no me voy a poner a llorar», me repito en bucle porque, si no, sé que voy a hacerlo.

Levanto la mirada, tengo que encontrar un sitio libre. Y es entonces cuando reparo en un rostro que me resulta familiar. Una chica rubia sentada junto a la ventana. Me está mirando. No como los demás. Su expresión no es de curiosidad ni de juicio, es algo más… atónito. Como si acabara de ver un fantasma o algo parecido.

¿Es ella? No puede ser.

Hay miles de estudiantes en Edimburgo, miles de rostros que podrían parecerse, y miles de institutos más en los que…

—Hola. —La chica se dirige a mí con una sonrisa y apunta con la mirada al pupitre que está justo a su lado—. Puedes sentarte, está libre.

Asiento mientras camino hacia la mesa, cuelgo la mochila en el respaldo de la silla y me siento, entonces ella suelta:

—¿De verdad eres tú? ¿Talya? La profesora ha dicho Monroe, pero juraría que…

Mi silencio es la confirmación a su pregunta. Parece que ella no se ha olvidado de mí en todo este tiempo.

—¡No me lo puedo creer! —celebra casi demasiado alto—. Dime que te acuerdas de mí. ¡Soy Alice Hartley!

Y en ese momento se me revuelve algo por dentro. Me arden los ojos. Me tiembla la barbilla.

Me levanto de golpe. Murmuro una disculpa a la profesora y salgo del aula antes de que nadie pueda detenerme.

No pienso romperme delante de toda la clase. No en mi primer día.

Dos

Talya

Las clases ya han empezado, por lo que los pasillos están desiertos. 

Camino deprisa sin saber muy bien a dónde voy, simplemente siento la necesidad de alejarme. Siento que es demasiado pronto para todo esto. 

Cuando tu vida acaba de dar un giro de ciento ochenta grados, lo último que quieres es continuar como si nada. Y yo me siento perdida ante todo.

¿Estoy preparada para reencontrarme con personas que solían conocer a una Talya que ya no existe?   

La respuesta no la tengo clara, porque te podría decir que no. No quiero sentirme obligada a explicar por qué ya no soy la que era antes y tampoco quiero interpretar el papel de una persona que no soy. Nunca se me ha dado del todo bien actuar. 

Pero la respuesta también podría ser que sí; porque, aunque me asuste, una parte de mí se ha alegrado de ver a alguien conocido. Porque por un segundo no me he sentido tan sola, uno diminuto, frágil, casi invisible. Porque reconocer a alguien en un lugar desconocido es como encontrar un faro en mitad de la niebla.

Y aunque ese faro ilumine recuerdos que me duelen, también me recuerda que hubo una vez en la que fui feliz. Una vez en la que reír no me parecía imposible.

Así que no sé cuál es la respuesta correcta. Supongo que las dos y, al mismo tiempo, ninguna.

Alice Hartley. Hacía años que no pensaba en ella y, al mismo tiempo, nunca he podido olvidarla del todo. Éramos inseparables. De esas amigas que se pasan los recreos inventándose historias, que se aprenden los números de teléfono de memoria y se juran amistad eterna con una pulsera de colores.

Pero, cuando me mudé a España, dejamos de hablar. No porque quisiéramos, sino porque a los diez años no sabes cómo mantener a alguien en tu vida desde otra ciudad, mucho menos desde otro país. No teníamos redes sociales ni móviles propios, ni formas reales de sostener una amistad infantil a distancia.

Y, aunque nos prometimos escribirnos cartas, creo que solo llegamos a enviarnos tres. El tiempo hizo lo suyo. Yo seguí creciendo con otras personas y otros miedos, y ella… supongo que también.

Por eso, verla hoy, con los ojos tan abiertos, tan segura de que aún soy yo, me ha roto algo por dentro. Porque sí, nos conocimos cuando éramos niñas. Pero yo ya no soy aquella Talya. Y no sé si quiero que ella lo vea.

Veo una puerta al final del pasillo y me dirijo hacia ella sin tener muy claro a dónde lleva exactamente. 

La abro y, por suerte, es el baño. 

Está vacío y un olor fuerte a desinfectante me hace arrugar la nariz. Pero eso es lo que menos me importa ahora. 

Me miro al espejo que recorre por completo una de las paredes y me apoyo en el lavabo. 

Ahora que estoy sola, las lágrimas comienzan a caer por mis mejillas, sin freno, sin señal de stop que las detenga. Ojalá la vida fuera como un videojuego, ojalá poder hacer clic en un botón que diga «reiniciar partida» para poder cambiar aquellas decisiones erróneas que tomé en el pasado. Volver al momento exacto en que todo empezó a romperse. Solo para ver si esta vez… sería diferente.

Aunque hay videojuegos que, por mucho que quieras reiniciar la partida, solo tienen un final posible y creo que, irremediablemente, mi vida es uno de ellos.

Decido que ya es suficiente por hoy, que de nada vale seguir lamentándome por cosas que no puedo cambiar, aunque me gustaría, y empiezo a secarme las lágrimas que me cubren toda la cara. Estoy demasiado roja, de esta forma no podría convencer a nadie de que no me acabo de pasar los últimos diez minutos llorando. Así que abro el grifo y me mojo la cara. Está congelada, pero lo agradezco porque consigue devolverme a la realidad de un tirón: es mi primer día de instituto en una ciudad casi desconocida y, definitivamente, no estoy empezando con buen pie.

La puerta se abre de golpe.

Me giro sobresaltada. Un chico entra sin mirar, como si tuviera prisa o simplemente no esperara que hubiera nadie dentro. Pero, en cuanto me ve, se detiene en seco.

Nos quedamos los dos en silencio, por lo que me parece una eternidad. Yo estoy con la cara y las manos empapadas; él, de pie en la entrada, con la sorpresa dibujada en el rostro.

Vuelve a abrir la puerta y la mira desde dentro, como si necesitara comprobar algo. Y cuando consigo ver el cartel que claramente contiene la figura de un hombre, es cuando me doy cuenta: he entrado en el baño equivocado.

—Creo que este no era el baño que buscabas —dice al fin. Su voz es baja, nada cortante. Casi suena divertida, aunque no se esté riendo.

Pero yo me muero de vergüenza por dentro. ¿Te acuerdas de lo que he pensado esta mañana? ¿Eso de que tenía la certeza de que hoy iba a ser un mal día? Pues aquí va uno de los motivos que confirman ese pensamiento. 

—Ya, sí. Me acabo de dar cuenta —balbuceo con una risa tensa que no me creo ni yo—. Lo siento, ya me iba.

Evito mirarlo directamente mientras me seco las manos con un trozo de papel que ni siquiera sé de dónde he sacado.

Él asiente con la cabeza con una media sonrisa. Incluso te diría que está a punto de echarse a reír.

—Eres nueva. —No pregunta, afirma.

—¿Tanto se me nota?

Se encoge de hombros sin quitar esa sonrisa que ya empieza a molestarme un poco. 

—Bueno, las chicas de por aquí no van entrando en el baño de los chicos a menos que… —Se calla de golpe y en sus ojos noto que acaba de darse cuenta de que la broma no tiene gracia ahora mismo, no en este momento. Desvía la mirada y carraspea—. No te preocupes, el baño de chicas está justo enfrente.

Asiento, incómoda.

Estoy a punto de agradecerle la indicación y salir corriendo, pero entonces añade:

—Aunque no te voy a mentir, ha sido entretenido.

Lo miro, ahora sí, con el ceño fruncido.

—¿Te parece gracioso ver a alguien llorando en el baño?

Me sorprendo a mí misma hablando en un tono más agresivo de lo que pretendía, pero no puedo evitarlo. Estoy al límite.

Él se cruza de brazos, apoyado aún en el marco de la puerta, y niega con la cabeza.

—No, eso no. —Hace una pausa. Se le curva una comisura—. Lo gracioso ha sido ver tu cara cuando te has dado cuenta de que te habías equivocado de baño. 

Abro la boca para responder algo, lo que sea, pero no me sale nada.

—Tranquila, no diré nada —afirma con una inclinación leve de cabeza, como si estuviera dándome permiso para olvidarlo todo.

—Gracias.

—Cuando te cruces conmigo en los pasillos, solo finge que no me conoces —añade mientras abre la puerta—. Así no tenemos que dar explicaciones de lo que acaba de pasar.

—No va a ser difícil —respondo más rápido de lo que debería.

Y él se ríe, por primera vez. Una risa auténtica, sin burla.

Paso por su lado sin mirarlo, necesito salir de aquí ahora mismo. 

—Bienvenida al Evercrest, chica nueva —dice justo antes de cerrar la puerta a mi espalda.

Tres

Talya

He dejado pasar casi por completo mi primera hora de clase en mi nuevo instituto encerrada en el baño; sí, esta vez en el de las chicas. Quizá parezca una cobarde, y justo así es como me siento, pero ¿qué más da? Últimamente es el adjetivo que mejor podría definirme.

Me habría encantado que el momento más humillante de este día fuese haber salido corriendo delante de toda la clase. Pero no, me he superado. Ahora puedo decir que he sido descubierta por un desconocido mientras lloraba en el baño de los chicos. Genial, ¿no?

Podría quedarme aquí todo el día, esperar a que llegue la hora de irme a casa y hacer como que no ha pasado nada.

Como si no hubiera entrado en clase.

Como si no hubiera echado a correr.

Como si no me hubiera cruzado con unos ojos verdes que me pillaron en el peor momento posible.

Porque a veces fingir que no ha pasado nada… es lo único que te salva de romperte del todo.

El timbre suena de pronto, sacudiendo el aire con ese zumbido agudo que se mete en los huesos. Me sobresalto. Ya ha terminado la primera hora. Podría seguir aquí. De verdad que podría. Me miro en el espejo y mis ojos, aunque aún rojos, han dejado de llorar. Puede que hoy no sea el día en que me sienta fuerte. Pero, si salgo de aquí, aunque sea solo para sentarme en el aula en silencio, tal vez mañana sí lo sea.

Suspiro hondo y me obligo a mover los pies.

Salgo del baño y camino por un pasillo ahora lleno de estudiantes. Algunos corren hacia sus taquillas para cambiar los libros, otros charlan entre ellos aprovechando el hueco entre clases, otros ríen mientras (supongo) se cuentan anécdotas divertidas. 

¿En algún momento estaré en ese lugar? ¿En algún momento mi única preocupación será saber cuál es mi siguiente clase? Cierro los ojos y rezo para que así sea.

Al llegar al aula, la puerta está entreabierta. Se escucha el murmullo de voces, risas suaves, el roce de mochilas y carpetas. La mayoría ya ha vuelto de los pasillos para esperar a que empiece la segunda hora. Nadie parece estar prestando demasiada atención a lo que ocurre a su alrededor. La profesora ya no está y aún no ha llegado la de la siguiente clase, supongo.

Respiro hondo antes de empujar la puerta.

Nadie se gira esta vez. O, si lo hacen, no me doy cuenta. Hay un chico sentado encima de su pupitre comiendo algo a escondidas, una chica pintándose las uñas, otro grupo compartiendo auriculares en una esquina… Podría ser cualquier aula del mundo.

Camino hasta mi sitio, me siento y percibo que Alice gira la cabeza.

—Eh —dice en voz baja—. Me alegro de que hayas vuelto.

La miro de reojo. No sé qué decir, pero asiento.

—¿Te ha pasado algo antes? —pregunta con un tono tan suave que no parece querer respuestas, solo ofrecer espacio.

—No. Bueno, sí. Pero… estoy bien.

Miento. O no del todo. No estoy bien, pero estoy aquí. Y eso, para mí, ya es un paso.

Alice sonríe y vuelve a mirar hacia el frente, como si entendiera que no tengo más palabras ahora mismo.

—Siento… —comienzo a decir en un susurro—. Siento haber salido corriendo. Me ha alegrado verte, ¿sabes?

Alice sonríe. Tiene una sonrisa impecable, de esas que provocan que tú también quieras esbozar una mueca alegre. De esas que transmiten alegría.

—¡Pensaba que no me ibas a reconocer! —Se pasa un mechón de pelo por detrás de la oreja antes de continuar—. Aunque tampoco sería tan raro, parece que hayan pasado mil años desde la última vez que nos vimos.

La forma en la que lo dice, tan liviana, sin reproche, sin peso… me da un pequeño respiro. Como si de verdad no importara todo lo que no hemos compartido durante estos años.

—No me he olvidado —respondo. Y es verdad.

Alice asiente y, durante unos segundos, ambas nos quedamos en silencio. Pero es un silencio cómodo. Uno que es como un puente, no como un muro.

—Bueno, si necesitas ayuda con las clases, con los horarios o… lo que sea, solo tienes que decírmelo —añade—. Y no tienes por qué sentirte sola. Te presentaré a mis amigos. No están en nuestra clase, pero seguro que te caen bien.

Asiento otra vez. Todavía no me atrevo a prometer nada, pero esa invitación tan simple, tan cálida, me hace sentir menos fuera de lugar. Como si no hubieran pasado seis años desde la última vez que nos vimos.

Y, por primera vez en todos estos meses, me permito pensar que tal vez volver a ser feliz no es una misión del todo imposible.

Las siguientes horas de clase transcurren con normalidad, si es que puedo llamarlo así. Los profesores colaboran para que me sienta un poco menos perdida y me han ofrecido todas las facilidades del mundo para que me ponga al día con el temario de los últimos meses. Nada fuera de lo esperado, aunque sigo sintiéndome como una pieza suelta que intenta encajar en un puzle ya completo.

Ahora, Alice y yo caminamos juntas por el pasillo que conduce al comedor. El suelo de baldosas grises resuena con los pasos de decenas de estudiantes que, como nosotras, se mueven en grupo hacia el mismo destino. A lo lejos ya se escucha el rumor de bandejas, el murmullo de conversaciones y alguna que otra carcajada suelta. Es curioso cómo el ambiente cambia a la hora de la comida, como si todos hubieran soltado por un momento el peso de las clases.

Alice habla. Lo suficiente para que no me sienta incómoda. Me cuenta pequeñas cosas sobre el instituto, sobre algunos profesores, sobre que el menú de la mayoría de los jueves consta de sopa aguada y puré insípido, que Erik se queja cada semana como si fuera la primera vez. El nombre de Erik suena en los recovecos de mi memoria, pero no termino de situarlo.

En algún punto dejo de escucharla y me quedo observándola. Ha cambiado, pero no tanto. Sigue siendo tan guapa como cuando éramos niñas.

Tiene ese tipo de rostro que miras y dudas de si es real o no. Los ojos redondos de un color azul intenso y las pestañas largas y cubiertas de maquillaje parpadean rápidas mientras habla.

Juega con un mechón de pelo entre los dedos y se lo aparta detrás de la oreja cada pocos segundos. Su melena rubia, lisa y brillante le cae como un río por la espalda, moviéndose al ritmo de sus pasos.

Acompaña cada frase con las manos, como si necesitara dibujar en el aire lo que cuenta.

Compartimos altura, cosa que me sorprende porque cuando éramos pequeñas me sacaba varios centímetros. Supongo que pegué el estirón en algún punto.

—Hoy toca pasta, creo. —Alice me saca de mis pensamientos, mientras empuja una de las puertas dobles que dan al comedor—. Con suerte, estará comestible. —Justo antes de cruzar el umbral, baja un poco el tono—. Oye… ¿Puedo preguntarte algo?

Mi pecho se encoge, no estoy segura de querer responder a lo que sea que va a preguntar. Aun así, asiento.

—Claro, dime.

—¿Cómo es que has vuelto? —pregunta sin sonar inquisitiva, más bien como si de verdad necesitara entenderlo—. O sea, sé que estuviste en Madrid…, pero no pensé que volverías así de repente.

Trago saliva. Por un segundo, el mundo se vuelve borroso, mi cuerpo se adelanta a mi mente y empieza a recordar todo lo que yo intento enterrar. Vuelven las imágenes: una detrás de otra, sin orden, sin pausa. Lo que pasó. Lo que no supe manejar. Lo que se rompió sin avisar. Cierro los ojos y es como si alguien proyectara en mi mente cada uno de los momentos que me han traído hasta aquí.

Intento pensar en otra cosa, no puedo volver a derrumbarme tan pronto. Tengo que empezar a acostumbrarme a las preguntas. Así que le doy una respuesta vacía.

—Pasaron cosas —digo, y siento que mi voz se encoge—. Nada salió como pensábamos y… al final esta era la única opción.

Me encojo de hombros, intentando quitarle peso, aunque por dentro me duela más de lo que estoy dispuesta a admitir.

—Oye, ¿y qué tal está tu madre?

Cuando creía que las preguntas incómodas se habían terminado, llega la más difícil como una flecha al corazón.

No es que Alice lo haga a propósito. Es que hay heridas que no necesitan intención para sangrar.

Me gustaría no responder, pero sé que, si no lo hago, levantaré sospechas. Así que suelto la primera mentira, inaugurando oficialmente mi farsa.

—Bien, bien. Está… bien —respondo de manera escueta para intentar terminar la conversación.

Alice me mira y creo que va a seguir indagando. Pero no lo hace. Solo asiente con una especie de comprensión tranquila que me desarma.

—Me alegro de que estés aquí —dice y, aunque no lo diga con grandes palabras, su tono lo llena todo.

Le dedico una sonrisa pequeña, pero sincera.

Caminamos unos pasos en silencio. El comedor del Evercrest School es enorme. Las mesas alargadas están repartidas por secciones, algunas ya ocupadas por grupos que parecen tener sus territorios bien definidos. Huele a comida recién servida y a adolescencia en hora punta.

Nos ponemos en la cola, bandeja en mano. Alice me señala con la cabeza hacia el menú del día: pasta boloñesa, pan, fruta y, con suerte, una bebida fría.

—Hoy hemos tenido suerte —dice con una sonrisa que me contagia un poco de calma.

—Lo dirás tú —responde una voz femenina justo detrás de nosotras.

Nos giramos al mismo tiempo.

Una chica morena de pelo rizado y ojos muy oscuros me observa sin disimulo. Tiene los brazos cruzados, el ceño ligeramente fruncido y una energía que parece rezumar: «Sé exactamente quién soy y también estoy decidiendo si tú mereces saberlo».

A su lado hay un chico negro, alto y con gafas de montura gruesa que me resulta vagamente familiar.

—¡Eh! Justo a tiempo —comenta Alice—. Talya, estos son Noa y Erik, mis mejores amigos.

Por un segundo, me pasa por la cabeza que, si nunca me hubiera marchado, probablemente yo estaría en ese grupo de «mejores amigos».

Pero me marché. Y ahora solo soy la nueva.

—Hola —dice Noa, escaneándome con la mirada de arriba abajo. No como quien juzga. Más bien como quien está acostumbrada a leer a la gente en segundos.

—Ey —dice Erik, ladeando la cabeza con una media sonrisa que no sé si es amable o divertida—. Yo a ti te conozco de algo —añade sin dejar de mirarme.

Alice ya me ha hablado de él y al principio me cuesta ubicarlo en mis recuerdos. Pero hay algo en su forma de moverse, en cómo arrastra las sílabas al hablar, que me lleva directa a otro tiempo.

—Creo que… —empiezo a hablar sin estar muy segura de lo que voy a decir.

—Es Talya —interviene Alice, como si hubiera estado esperando ese momento—. Iba a nuestra clase en primaria.

Erik asiente despacio, encajando por fin la información en su cabeza. Y yo confirmo que, efectivamente, Erik iba a nuestra clase. Por ese entonces no habíamos intercambiado muchas palabras, pero recuerdo que ya era muy amigo de Alice.

—Vaya. Has cambiado.

No sé si lo dice en plan «has crecido» o si realmente nota que soy otra persona.

Porque lo soy.

Él me sostiene la mirada como si pudiera averiguar por qué.

Y eso me pone nerviosa.

Cuatro

Talya

Terminamos de llenar los platos con la comida del día y Alice nos guía hacía una mesa vacía junto a una ventana. Deja su bandeja en una esquina y se sienta con naturalidad. Supongo que ya todos tienen un lugar asignado y yo soy esa nota disonante que todavía no encuentra su sitio en la melodía.

—Nos solemos sentar siempre aquí, normalmente los tres solos, pero hay veces que se unen Jamie y los demás. 

—Jamie… —Recuerdo por primera vez en mucho tiempo al hermano de Alice—. ¿Qué tal está?

—Igual que siempre —responde, dándole vueltas a la pasta con el tenedor—. Ya verás cuando se entere de que has vuelto. De pequeño estaba obsesionado contigo, ¿te acuerdas?

Me río por lo bajo porque sí, me acuerdo. Recuerdo a Jamie sumándose a todos los planes que hacíamos su hermana y yo, incluso lo recuerdo enfadándose cuando me quedaba a dormir en casa de los Hartley porque no le dejaban dormir con nosotras.

También recuerdo una vez que, cuando cumplí siete años, me regaló un peluche de una jirafa porque, según él, regalarme un oso habría sido muy básico. Y lo acompañó de una carta en la que me prometía que, cuando fuéramos mayores, nos íbamos a casar. Confesión que le daría vergüenza admitir pasados un par de años.

—¿Cómo voy a casarme con mi casi hermana? —replicaba cuando se lo recordábamos.

Me acuerdo de que yo también lo quería tanto como a un hermano, al igual que a Alice. 

Es reconfortante saber que, aunque ahora tenga que empezar de cero, hay personas que me recuerdan quién fui… y que, tal vez, sin saberlo, van a ayudarme a volver a sentirme en casa.

Pasamos casi toda la comida charlando, o más bien yo paso casi toda la comida escuchando anécdotas y nombres desconocidos.

Hablan de profesores, de compañeros que no reconozco, de fiestas que me suenan lejanas y de cosas de supuesto conocimiento obligatorio si estudias aquí.

Alice me va traduciendo en voz baja quién es quién, porque sabe que todo me suena a otro idioma. Noa añade datos con precisión quirúrgica, como si tuviera un catálogo de todas las personas en su cabeza, y Erik completa los huecos con comentarios sarcásticos que aligeran la charla justo cuando empieza a desbordarme.

—Y luego está Dylan —añade Erik, justo después de mencionar a otro compañero—. Imposible no hablar de él cuando repasamos el mapa social de este sitio.

—¿Dylan? —repito el nombre sin saber a quién se refieren.

—Es el mejor amigo de Jamie —dice Noa.

Alice se ríe y se gira hacia mí.

—Ya lo conocerás. Jamie y él van a todas partes pegados como lapas, no se han separado desde que se conocieron en el primer año de instituto —continúa poniéndome en contexto—. Todo el mundo lo conoce, aunque tampoco es que a él le guste especialmente llamar la atención. De hecho, en el ranking de las personas más populares de todo el Evercrest, él encabeza la lista.

—¿Tenéis un ranking? —pregunto.

—Pues claro. —Alice pone los ojos en blanco, como si fuera lo más normal del mundo—. A ver, en el top cuatro está Jamie, ya sabes cómo es, se lleva bien con prácticamente todo el mundo.

—En el top tres: Violet Whitmore. —Noa se acerca un poco a mí para soltar en voz baja—: Es la hija del director, hay que tener cuidado con ella —advierte—. En segundo puesto está Emma Blackwood —dice mientras señala con el dedo hacia una chica rubia en la otra punta del comedor—. De hecho, es algo así como la novia intermitente de Dylan.

Asiento mientras intento retener toda esa información. Supongo que tiene sentido: la chica popular con el chico popular. Un clásico.

—Y en el top uno, como te decía, está Dylan. —Alice hace una pausa, como buscando las palabras exactas—. Te diría que el motivo es que es la estrella del equipo de fútbol, pero en realidad va mucho más allá. Tiene una especie de don que atrae todas las miradas sin ni siquiera proponérselo.

Me limito a asentir de nuevo. Sigo intentando ordenar todo el repertorio de nombres nuevos en mi cabeza, cuando una voz masculina me interrumpe.

—¡Ya están aquí vuestros chicos favoritos! —dice el dueño de esta voz mientras se sienta en el banco en medio de Alice y yo—. ¿Os estabais aburri…?

Entonces, deja la frase a medias mientras me mira con tal cara de sorpresa que parece que acabe de ver a su cantante favorito.

Le aparto la mirada, un poco avergonzada y a la vez temerosa de que él sí que quiera obtener respuestas reales sobre por qué he vuelto de repente.

—¿Talya? —pregunta con una mezcla de incredulidad y asombro mientras me mira con una sonrisa de niño pequeño. Es Jamie.

Asiento, un poco incómoda, sin saber cómo reaccionar. Pero Jamie no duda: se lanza a abrazarme como si no hubiera pasado ni un solo día.

Me aprieta tanto que siento los pulmones encogerse.

—Madre mía, estás igualita. —Me encantaría responderle que no tengo nada que ver con la Talya que conocía hace seis años, pero prefiero callarme—. ¿Qué haces aquí? ¿Cuándo has vuelto? ¡Alice! ¿Por qué no me lo habías dicho?

Lo confirmo: él sí es el mismo Jamie de hace seis años. Divertido, nervioso, con esa forma de llenar el espacio sin darse cuenta, dejando que sus palabras se atropellen unas a otras antes de lograr ordenarlas en su cabeza.

Verlo ha sido como abrir una caja vieja y descubrir que aún huele igual por dentro.

—Pero ¿cómo te lo voy a decir si ha llegado esta mañana? —le responde Alice mientras tira de él para que deje de abrazarme—. ¡Jamie! No seas pesado, la vas a agobiar.

Suelto una risita, me alegra mucho estar viviendo esta normalidad.

—No pasa nada, hacía mucho que alguien no me abrazaba de esa forma —suelto casi sin pensar y me arrepiento al instante de haberme mostrado tan vulnerable.

Jamie se ríe bajito y, por suerte, no se da cuenta de que esa frase se me ha escapado sin filtro.

—Pues prepárate, porque yo soy muy de abrazar —añade con una sonrisa torcida antes de volver a ponerse de pie. 

Y al darme la vuelta es cuando compruebo que Jamie no viene solo, sino que va acompañado. Entonces lo veo: el chico del baño. El estómago me da un vuelco. Habrá más de mil personas en este instituto y justo tuve que toparme en uno de mis peores momentos con uno de los amigos del hermano de Alice. 

Está apoyado junto a la mesa de nuestra espalda. El pelo, de uno de los negros más intensos que he visto nunca, le cae desordenado por la frente. Lleva las manos en los bolsillos del pantalón gris del uniforme, como si nada de lo que pasara a su alrededor le importara. Aun así, me doy cuenta de que varias miradas se giran hacia él, parece que su mera presencia modifica el aire.

Me está mirando con una sonrisa casi invisible y, cuando mis ojos se encuentran con los suyos, me guiña uno de ellos para decirme en silencio: «Tranquila, tu secreto está a salvo conmigo».

—Ah, Talya, este es Dylan Ashmore, mi mejor amigo —me presenta Jamie—. Dylan, ella es Talya, una amiga de la infancia.

Me giro hacia el otro lado buscando al ya famoso Dylan, pero no veo a nadie más. 

Ah, claro, el chico del baño también resulta ser el famoso Dylan Ashmore. 

No debería estar sintiéndome de esta forma, pero aquí estoy, con el corazón a punto de salírseme del pecho.

Cinco

Talya

Ahí está el famoso Dylan, el que hasta hace unos minutos para mí era «el chico del baño».

Me está mirando con la ceja izquierda levantada y una media sonrisa. Lleva la corbata ligeramente aflojada y la chaqueta abierta, con esa apariencia despreocupada que esperarías que tuviera el chico más popular del instituto. De hecho, no sé por qué no he reparado en él cuando estaban hablando de ese tal Dylan. 

Parece decirme algo, pero mi sorpresa es tal que no soy capaz de escucharlo.

—¿Te ha comido la lengua el gato? —dice al cabo de unos segundos, sin despegar la mirada de mí.

Parpadeo para intentar salir de mi estupor. No sé cuánto tiempo llevo mirándolo fijamente. Tal vez segundos, tal vez una eternidad.

—¿Qué? —respondo, sintiendo cómo me arden las mejillas.

—Decía que encantado de conocerte —añade con un tono burlón que solo yo parezco notar. Hay algo en su mirada que parece estar contando un secreto que solo conocemos los dos.

—S-sí —balbuceo—, lo mismo digo.

Dylan asiente con lentitud. Sus ojos verdes brillan un segundo más de lo normal antes de apartar la vista.

Y luego, justo cuando pienso que va a dejarlo pasar, se sienta enfrente de mí, al lado de Noa, y dice con naturalidad:

—Aunque creo que técnicamente ya nos conocíamos.

Mi corazón da un salto. Me prometió que no iba a mencionarlo. Que el haberme encontrado llorando encerrada en el baño masculino iba a ser nuestro secreto.

Noa frunce el ceño.

—¿Os conocíais de antes?

—Nos cruzamos justo esta mañana —responde él enseguida, como si hubiese preparado esa excusa de antemano—. En el pasillo.

Alice me mira de reojo y yo asiento con rapidez.

—Sí. Nada importante —añado casi demasiado rápido. 

Dylan vuelve a guiñarme un ojo, gesto que empiezo a reconocer como su forma de decirme que esté tranquila.  Justo después empieza a hablar con Erik sobre algo del entrenamiento de fútbol, como si nada.

Como si no hubiese sido testigo de una parte de mí que intento enterrar desde hace años. No estoy preparada para dejarla salir, ni para que nadie piense que tiene que salvarme. A estas alturas, no necesito que lo hagan.

El resto del día transcurre de la manera más normal posible, dentro de lo normal que puede ser tu primer día de instituto en otra ciudad. 

Después de convencer a Alice para que no esperara conmigo a que pasara el autobús, ya que iba a llegar tarde a su cita con el dentista, me siento en la parada que se supone que va a llevarme a casa. Bueno, a casa de mis tíos. Según la aplicación debería pasar cada quince minutos, pero en los veinte que llevo aquí sentada solo he visto circular los coches de los estudiantes que tienen la suerte de contar con uno.

Y me encantaría tener esa suerte, porque me estoy congelando. El aire es tan frío que me escuecen los dedos, aunque los esconda dentro de los bolsillos. Cada vez que respiro, mi aliento se dibuja en el aire como una nube pequeña que desaparece en segundos. Ha dejado de llover, pero el suelo está manchado de charcos que reflejan un cielo gris plomo, igual de apagado que mi ánimo. 

Me descuelgo la mochila y abro la cremallera para poder acceder al bolsillo interior. Aquí está. La carta que llevo conmigo a todas partes, pero que no me atrevo a abrir todavía. Siento que, si lo hago, estaría poniendo por fin un punto final. Y no estoy preparada para eso, no sé si lo estaré algún día. Pero, al menos de momento, me tranquiliza tenerla cerca.

Aprieto los dedos alrededor del sobre, lo bastante fuerte como para sentirlo real, y luego lo dejo donde estaba, escondido entre mis cosas. 

Empiezo a desesperarme, llevo más de media hora esperando un autobús que parece que nunca va a llegar, cuando escucho voces masculinas a mi espalda. 

—Era tuya, tío, estás despistado, acéptalo —sentencia la voz grave de Dylan.

—Que sí, que Dylan siempre lleva razón y Jamie siempre está despistado. Vale, tú ganas —replica Jamie con un tono de falsa resignación.

—Venga, matrimonio feliz, dejad de discutir. Nos vemos mañana.

No reconozco esa última voz, pero sí las otras dos. Los veo salir de la parte de atrás del instituto vestidos con la equipación de fútbol del Evercrest, de color verde y azul. Supongo que han terminado el entrenamiento. 

Los tres se despiden y el tercero se aleja calle abajo. Dylan y Jamie siguen avanzando, riéndose por algo que no escucho, hasta que sus miradas me encuentran sentada en la parada.

—¿Sigues aquí? —pregunta Jamie con la misma sorpresa que si acabara de encontrar un perro perdido.

—El autobús no ha pasado todavía —respondo, encogiéndome de hombros.

Dylan señala con la barbilla el cartel que cuelga de la esquina de la marquesina, arrugado por la humedad.

—Hoy esa línea no circula, chica nueva. Obras en el centro.

Me quedo mirando el cartel como si hubiera aparecido de la nada.

¿Cómo no he podido verlo antes?

Ahora tendré que encontrar otra forma de volver a casa.

—¿Dónde vives? Tengo el coche ahí, puedo llevarte —añade al darse cuenta de que me he quedado boquiabierta, y la naturalidad con la que lo dice me pone más nerviosa aún que la propuesta.

—No, gracias. Ya encontraré otra manera.

Jamie levanta las cejas divertido.

—¿Otra manera? A no ser que quieras dejarte la pasta en un taxi, no vas a encontrar muchas. Venga, yo te acerco, no voy a dejar que sufras la conducción temeraria de Dylan en tu primer día.

El hermano de Alice sonríe mientras se aparta justo a tiempo para esquivar el manotazo que le lanza Dylan con esa complicidad que solo existe entre amigos.

—¿Temeraria? Ya nos dirás quién es el que conduce como un loco —replica Dylan, dirigiéndose a mí—, y te aseguro que no soy yo. 

Jamie me hace un gesto con la cabeza dejando claro que no hay nada más que discutir.

—Vamos, no voy a dejar que te congeles aquí fuera.

No tengo fuerzas para inventar otra excusa y tampoco me apetece andar casi una hora con este frío para llegar a casa, así que asiento despacio y me pongo de pie. Noto cómo Dylan aprieta la mandíbula, se aparta un paso para dejarme pasar y, durante un segundo, me late el corazón demasiado fuerte, como si me hubiera quedado sin aire.

Llegamos al coche, un Mini Cooper rojo. No me imaginaba a Jamie conduciendo un coche así y, sin embargo, le encaja perfectamente.

—Su carruaje, señorita —bromea Jamie mientras me abre la puerta con una exagerada reverencia.

—Payaso —murmura Dylan, poniendo los ojos en blanco.

Me siento en el asiento del copiloto y me abrocho el cinturón muy rápido, buscando seguridad en alguna parte. El interior huele a una mezcla de un ambientador de pino bastante intenso y el cuero frío de los asientos. Justo cuando arranca el motor, la calefacción me golpea en la cara, demasiado brusca después del frío de fuera. Jamie empieza a hablar sin parar, golpeteando el volante al ritmo de una canción pop demasiado alegre para cómo me siento ahora mismo.

Miro por la ventanilla cada vez más empañada. Dylan abre la puerta de su coche un par de metros más allá y, antes de montarse, clava su mirada en mí.

No dura más de un segundo, pero basta para que mi estómago se retuerza por algún motivo que no pienso permitir.

Seis

Talya

—¿Y ahora vives en…? —me pregunta Jamie, bajando el volumen de la radio.

—Ah, sí. Lo siento, debería habértelo indicado. Sigue recto. Es por… ¿Ravelston? —pronuncio esto último a modo de pregunta, todavía no me acostumbro a nombrar esa zona.

Jamie silba para adentro.

—Guau, vaya nivel, ¿eh? —Me lanza una mirada rápida y sonríe—. Ravelston es territorio de gente muy estirada. No sé si esa zona termina de encajarme contigo.

—Ya, a mí tampoco.

Y lo digo en serio. Mis tíos viven en una zona de casas grandes y elegantes. Con jardines cuidados al milímetro y setos recortados como si alguien midiera cada centímetro. Las fachadas son tan impolutas que parece que dentro no puede ocurrir nada malo. Todo transmite esa perfección que se compra con dinero, ese tipo de vida que desde fuera parece tan envidiable.

Pero yo sé la verdad: lo que ves desde la acera nunca refleja lo que hay dentro. Por dentro esa casa no tiene nada que ver con la imagen perfecta que pretende reflejar. La vida que parece tener desde fuera se apaga justo cuando cruzas la puerta. Allí no hay ni risas ni abrazos ni olor a café recién hecho por las mañanas.

Quizá esa sea la diferencia entre una casa y un hogar. Una casa puede ser perfecta, limpia, ordenada, enorme, estar llena de muebles… y, aun así, sentirse vacía.

La casa de mis tíos es solo eso. Una casa.

—Buah, ¿sabes lo bueno de Ravelston? —suelta Jamie de forma eufórica.

—Sorpréndeme.

—Cerca hay una pastelería que hace las mejores tartas de toda la ciudad. Te lo prometo, hacen ellos mismos la salsa de chocolate con leche. —Hace un gesto exagerado con las manos, como describiendo una obra de arte—. Es otro rollo.

—Me lo has vendido muy bien. —Sonrío, me hace feliz ver a alguien tan emocionado por una cosa tan simple—. Tendrás que llevarme algún día.

—Eso está hecho. Pero —pone ojos de corderito— no se lo digas a Alice. Me lo tiene prohibidísimo.

—¿Por qué? —pregunto, aunque puedo imaginarme los motivos.

—Porque dice que, si sigo yendo, acabaré financiando la jubilación anticipada de toda la familia que lleva la pastelería.

Suelto una risa. Una de verdad. Jamie es de esas personas que consiguen hacerte reír sin intentarlo; echaba de menos rodearme de gente así.

Alice también tiene ese efecto. Aunque lo suyo es distinto: no necesita hacer un chiste para cambiar el ambiente, basta con que hable y, de repente, todo parece menos pesado. Jamie, en cambio, lo llena todo de ruido, de bromas, de esa energía caótica que consigue que hasta lo más absurdo parezca importante. Los hermanos Hartley son opuestos, pero, a la vez, no podrían ser más parecidos.

En Madrid también tuve amigos, pero nunca fue igual. Tenía amistades, sí, pero siempre me quedó la sensación de que estaban construidas sobre lo inmediato: trabajos de clase, fiestas improvisadas, conversaciones que empezaban y terminaban en el mismo día. No quiero ser injusta, hubo personas que de verdad se preocuparon por mí. Pero nunca llegué a sentir esa conexión profunda. Esa confianza que dice: «Pase lo que pase, voy a estar aquí». Quizá porque desde lo que pasó… nunca me atreví a volver a confiar del todo en nadie. Nunca me atreví a mostrarles quién era de verdad.

Óscar fue la excepción. Me convencí de que podía confiar en él. Aún recuerdo el momento exacto en el que me di cuenta de que nunca debería haberlo hecho.

Pero aquí, con Alice y Jamie…, no siento eso. Con ellos es diferente. Como si hubiera un lazo que nunca se llegó a romper. Me recuerdan a la Talya de hace seis años, cuando todo estaba bien, era feliz y mi vida era aparentemente perfecta. Con ellos es como si nunca me hubiera ido, como si nunca hubiera ocurrido todo aquello que me llevó a ser la Talya que soy ahora.

Eso es algo que, en parte, me asusta. Porque ya no soy esa niña y no sé si es lo que ellos esperan que sea.

Pero, a pesar de todo, me alivia que estén aquí.

Después de un par de indicaciones más para llegar a mi calle, Jamie aparca justo delante de mi puerta.

—Gracias por traerme, me has salvado. —Me desabrocho el cinturón.

—No iba a dejar que murieras de hipotermia. De todas formas, ya he pensado varias formas en las que podrías agradecérmelo.

—A ver, ¿cuáles son? —Sonrío, esperando a que suelte cualquier cosa.

—Por ejemplo, pidiéndole a tu madre que prepare esa tarta de queso que solía hacer. Te juro que aún sueño con ella.

Me quedo quieta con la mano en la manilla de la puerta. El comentario cae como una piedra en medio del silencio. Siento que el aire se me atasca en la garganta. El simple hecho de traerla a esta conversación es como un golpe bajo que no vi venir. Sé que Jamie lo ha dicho como algo natural; él no tiene ni idea de todo lo que ha pasado, para él es solo un recuerdo cálido de la infancia. Pero a mí ese recuerdo me aprieta el pecho hasta dejarme sin respiración.

Ojalá pudiera verlo de otra forma, ojalá pudiera tomármelo con ligereza. Reírme, asentir y prometerle que la próxima vez le guardaré un trozo de esa tarta. Pero eso es imposible. Jamie no va a volver a probar esa tarta de queso.

La calefacción está apagada y, aun así, tengo la piel cubierta de un sudor frío. La manilla se escurre entre mis dedos, los aprieto con fuerza, como si ese gesto pudiera sostenerme.

Acto seguido, Jamie rompe el silencio que se estaba haciendo demasiado pesado.

—Oye, que si ha dejado de hacerlas, no pasa nada. Lo decía de broma.

—No. O sea, sí —miento—, se lo diré.

Abro la puerta del coche y salgo disparada. Estoy a punto de ponerme a llorar por segunda vez en el día y no necesito más espectadores.

Corro hacia la entrada sin mirar atrás, aunque siento la mirada de Jamie clavada en mi espalda.

Las llaves me tiemblan en la mano mientras intento abrir la puerta, pero antes de que consiga meterla en la cerradura, la puerta se abre desde dentro y aparece mi tía con los brazos cruzados y esa expresión que parece guardar solo para mí y a la que empiezo a acostumbrarme.

—Anda, has decidido aparecer —dice, dándose la vuelta para entrar a la cocina—. La próxima vez que decidas retrasarte, avísanos. No quiero tener que estar pendiente de ti todo el día.

—Lo siento, el autobús cambió el recorrido y no me di cuenta, un amigo ha tenido que…

—Me da igual lo que decidas hacer con tu vida —me interrumpe Margaret—. Simplemente avisa. Tienes un móvil, ¿no?

Asiento en silencio mientras trago saliva para intentar disipar el nudo que se me está empezando a formar en la garganta. No importa que apenas conozca la ciudad, no importa que no hubiese tenido forma de volver a casa de no ser por Jamie. Para ella, parece que siempre soy un problema.

De reojo, a través de la ventana, observo que el tío Douglas está aparcando el coche. He tardado tanto por culpa del percance con el autobús que hasta a él le habría dado tiempo de venir a recogerme.

Mamá me contó que Margaret era una de sus mejores amigas; así fue como conoció a su hermano, el tío Douglas, y acabaron casándose. Para cuando yo nací, ya no se llevaban bien.

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