3
Fueron mis propiedades y no mis virtudes las que me permitieron contemplar los acontecimientos de entonces.
Mi padre me dejó en herencia su industria conservera, la educación propia de un hombre, y al Gigante. Si alguna vez añoró un hijo varón, nunca lo supe. Mi madre murió al parirme, así que, conociendo su jovial pragmatismo, no creo que le diera más vueltas. También heredé, imagino que para bien, su empeño en recordar que descendíamos de la dinastía de los asmoneos, cuya reina Salomé Alejandra no solo fue la última en ocupar un trono independiente para los judíos, sino la única mujer que logró reinar. «Nosotros venimos de reyes, mi princesa», repetía mientras me acariciaba la cabeza tumbados sobre la piedra fresca y pulida del patio en verano, aprendiendo a dibujar el firmamento.
—Tuvimos una reina. Hay que conocer las cosas del mundo y de los hombres para tener una reina. Luego llegó Roma a colocar a esta panda de ignorantes que solo sirven a la muerte, a la destrucción, para saciar unos instintos menores que los de los puercos. —No recuerdo cuántas, cuantísimas veces le oí repetir estas palabras—. Pero nosotros, asmoneos, tuvimos la última y única reina de los judíos, Salomé Alejandra. Eso no nos lo perdonarán ni los unos ni los otros. Ni los judíos ni los romanos.
No creo que dijera todo aquello para justificar mi educación, tan impropia de una hembra en nuestra sociedad que merecía castigo, sino por añoranza. La nostalgia de lo que no se conoció puede infectarse de melancolía o tornarse subversión. La nuestra era una subversión doméstica y jocosa que incluía mi educación en la ciencia y en la industria.
Dos son ahora mis sensaciones más presentes de aquellos días de infancia: la felicidad y la muerte. En un mundo pequeño, como lo son todos a esa edad, se mezclan la dicha y la sangre cuando son lo único que aprieta. Si Antipas honró la sangrienta herencia de su padre, Herodes el Grande, poniendo la cabeza del profeta sobre una bandeja, su hermano Arquelao consiguió, aunque parezca mentira, superar la masacre de los inocentes de su progenitor. Preferiría haber borrado de mi memoria hasta la última huella del paso de Arquelao por esta tierra. Sin embargo, en él está el germen del asesinato de mi padre, de él parte mi dolor más ácido, mi desamparo, la rabia y el deseo de venganza que fueron mi alimento durante tantos años, y por eso también mi fortaleza.
Fui rabia, rabia sorda.
Me vestí de venganza y la cubrí de carmesí.
Entonces paseé mi disfraz.
No tenía aún yo pechos cuando Roma decidió retirarle todo el poder a Herodes Arquelao, el poder de reinar sobre Judea. Era tal su violencia, su sed de descuartizamiento, su capacidad para sembrar pánico a cuchillo, que incluso Roma comprendió que resultaba insoportable. Pero la muerte lega muerte. La mano exterminadora se multiplica en millares de asesinos como millares fueron aquellos a los que él mandó matar. Los dos Herodes, Antipas y Arquelao, eran hermanos por parte de un padre enloquecido, el asesino de los inocentes. Antipas, rey de Galilea, nuestra tierra. Arquelao, rey de Judea. Reyezuelos ambos sin más poder que el que Roma permitía a sus fatuas existencias alimentadas de excesos, sangre, perversión. Conciencia de inferioridad.
Yo los maldigo.
No tenía aún yo pechos cuando un día aparecieron las doctoras con tal agitación que el tremolar del aire en la casa me despertó. Soñaba con el vuelo de los peces blancos que a veces preceden a las pesadillas. El miedo siempre se impone y turba el ambiente. La noche era clara en el patio hasta el punto de que una podía distinguir el haz brillante y el envés mate de las hojas de los olivos.
Ana y algunas otras doctoras acudían a nuestra casa con frecuencia a sacarme de los almacenes y ocuparse de mi instrucción sin mediar acuerdo evidente. En otras ocasiones llegaban acompañadas de alguna muchacha, o de varias, y se encerraban durante horas en uno de los pequeños edificios de la casa, el que se levantaba a la izquierda del patio, con jofainas y fascinantes instrumentos afilados.
Tardé tiempo en conocer su intervención en mi nacimiento. De ahí venía el apego de mi padre hacia ellas, su apadrinamiento. Cuando mi madre empezó a romperse en dolores fatales durante el parto, un grupo de ellas acudió en su auxilio y atendieron su agonía y mi vida. Aún me conmueve el reconocimiento de mi padre hacia las mujeres, quizás un homenaje a su dinastía. Ana era la menor y él se hizo cargo de que siguiera con su magisterio. Las parteras eran maestras, su manejo de las plantas evitó el tormento de mi madre y me dieron vida. Mi padre no lo olvidó jamás y decidió ceder un espacio en nuestra casa para ellas, que habitualmente trabajaban de forma clandestina y en hogares que no contaban con lo básico para la vida.
Cuando llegaron aquel día a casa, Ana era ya la jefa de las maestras a las que dábamos cobijo.
—Vuelven a estar en marcha, señor.
Siempre le llamaban señor, pese a que la confianza entre ellos de puertas adentro era larga y evidente. Mi padre creyó que se referían a las huestes de Herodes Arquelao, que desde Jerusalén llevaban años segando vidas, incluso dentro de nuestras fronteras galileas. Matando por el abyecto gozo de matar. Ahora me parece que aquellas sangrías escondían algún tipo de sexualidad perversa. Quién sabe.
—No señor, son los fanáticos, los zelotes.
—No hay zelotes en Galilea.
La de mi padre no fue una negación, sino otra cosa, un golpe de vértigo. Tras los últimos asesinatos perpetrados por los gobernadores romanos, habían surgido aquí y allá de nuevo grupos de exaltados violentos en lucha por el territorio. «Su» territorio bien valía sangre.
En ese momento él, que parecía no haberse percatado de mi presencia, se volvió a mirarme. Nosotros, nuestro comercio era con Roma. No olvido la honda dureza de su gesto. No eran los ojos de mi padre sino los de un hombre. Entonces, por primera vez, me di cuenta de que mi padre era eso, un hombre. Un hombre como los pescadores que se acercaban a diario con sus canastos al almacén de conservas. Un hombre como los que hundían sus manos requemadas en la sal gruesa, como los que diestramente extraían las tripas de los peces pequeños y de los peces grandes, y en algunas ocasiones, cada vez con más frecuencia, me miraban de reojo ya sin sonreír.
—Se dice que Octavio Augusto ha retirado definitivamente su confianza a Herodes Arquelao, que ya no es rey de Judea, que todas las provincias serán gobernadas a partir de ahora por Roma.
—¿Quién lo dice?
El silencio se llenó de aleteos y una bandada de gorriones se echó a la noche lechosa. Nunca había tenido la sensación de contemplar una conversación de adultos. Mi vida transcurría zascandileando entre hombres y mujeres que trabajaban, manejaban los alimentos, charlaban, discutían, operaban o dejaban pasar el tiempo, una vida sin más niños que los que se acercaban a curiosear en el pescado, a pedir algo, o ayudaban a los hombres en las barcas. Pero de pronto me expulsaban. Nadie me apartó y sin embargo sus palabras, sus gestos, me empujaron hasta el lugar donde la inocencia aún se encanta en los olivos y sus frutos.
—Señor, es así. Hemos sido alertadas. No hay duda. —El apremio en sus palabras asustaba por la falta de costumbre—. Esta casa sirve al Imperio.
—Llamaré para que organicen vuestra estancia. Ahora no estáis seguras.
—El problema no somos nosotras.
La joven Ana me miró sin hacer ningún movimiento. No me señaló con la cabeza ni con la intención. Me miró, no lo olvido, alzada en vilo por ese mirar que no era mirada sino una gasa de futuro, el rasgado de un sudario, una promesa roma.
En ese preciso instante dejé de ser niña para siempre.
—El problema —repitió mientras mi padre se unía a su mirar y yo empezaba a aprender de la misma manera en la que el gusano teje su capullo— no somos nosotras.
4
Era yo muy niña aún cuando apareció el Gigante en casa. Mis recuerdos son borrosos, pero por ahí bailan. Llovía. Llovía como si no lloviera. En las jornadas posteriores a nuestra fiesta anual, cuando pasaba el calor más duro del verano, solían llegar las lluvias en velo, un aire mojado, como penetrar una nube, y el cuerpo adquiría otra consistencia, solidez de basalto, porosa y dura. Aquel llover me dejaba sin peso pero sólida, y paradójicamente con una incómoda sensación de sequedad. Esos días parecían todos sábado y el mar invadía la ciudad sin decidirse a caer.
Cuando mi padre salió vibraba en el aire una luz desleída que prometía irisarse. En cuanto cruzó el umbral del portón, regresó duro, entró en la casa y volvió a salir a grandes zancadas seguido por un par de doctoras con Ana a la cabeza ajustándose la túnica de los momentos crueles. Corrí tras ellos.
Acurrucado contra la tapia, y esto no lo olvido, yacía el cuerpo de un hombre descomunal. Desnudo. La cara, el cuello, el pecho, todo del marrón de la sangre que cuando se seca parece barro húmedo. Alguien trajo un gran tapiz de arpillera. Lo hicieron rodar sobre él para arrastrarlo por el patio hasta el pabellón de las doctoras. Era el cuerpo más grande que había visto y que jamás he vuelto a ver, mayor que el cuerpo de un caballo sin patas, mayor que un ternero grande, y estaba muerto. Pero no estaba muerto.
En aquella ocasión no entré en la sala de operaciones. Puede ser, cosa rarísima, que me cerraran el paso. También cabe que no quisiera verlo. Aquello no era una mujer ni una niña, ni siquiera un chaval descalabrado a golpes o azotado, sino un animal con forma de hombre, cubierto de sangre seca y con la cabeza rasurada. Una enorme bestia pelada.
Poco tiempo después, que podrían ser dos días o tres semanas durante las que no se volvió a hablar de él ni yo pregunté, Ana se acercó y me condujo hasta las escaleras que subían desde el patio a la casa grande. Era el lugar de las conversaciones íntimas y también donde sentarse sin necesidad de gesto, generalmente por cansancio, alegría o tristeza.
—El Gigante no habla.
El Gigante. Claro, era un gigante.
—¿Es un gigante, Ana? ¿Es un gigante?
—No seas boba. Es un chaval. Pero es enorme como no he visto otro.
Habían dejado en la puerta de casa a un gigante. Era costumbre que abandonaran a muchachas deshechas con las piernas ensangrentadas, crías con el vientre reventado, mujeres inconscientes por la violencia contra sus cuerpos, desfiguradas, a menudo sin dientes entre los labios ya pulpa. Se sabía que allí las doctoras ejercían una labor mucho más allá que la de parteras. No se puede llamar a una partera cuando un padre revienta a la niña, destroza a la madre. Las dejaban por la noche, así que solía ser mi padre quien se las encontraba al alba camino a los almacenes. No recuerdo que ninguna llamara al portón o diera voces, si acaso algún gemido de gato o de un perrillo. Alguien, probablemente su madre o su tía, o ambas, las arrastraba al abrigo de la noche. No era extraño que algún soldado aprovechara el desamparo y la oscuridad de aquellos cuerpos para aliviar apuros sexuales. Entonces, las doctoras lloraban y Ana se estremecía.
Yo los maldigo.
Nunca habían dejado a un hombre. Ni grande ni menudo. Sí a algún muchacho.
—El Gigante no habla porque no puede.
—¿Es mudo?
—No, no lo creo.
—¿Es idiota?
—No lo parece. Es manso.
—¿Por qué no habla?
—Le han arrancado la lengua.
—¿Lo han hecho porque es negro?
—O porque es distinto al resto. Probablemente estaba de paso desde Egipto hacia Siria, de ahí el color de su piel. Creo que sencillamente llama demasiado la atención para que no se entretengan en torturarle.
—¿Y la lengua?
—Será por su idioma, por no responder... cualquier excusa les sirve.
Cuando por fin salió al patio, y para eso tuvieron que empujarle, los restos secos sobre la cara y el cuello habían desaparecido, pero dolían tanto morado, tanta hinchazón y tanto verde. Las heridas de la cabeza y un tajo que le atravesaba el labio superior cerca de la comisura derecha lucían la sutura de las doctoras. Yo conocía bien eso, su cuidado en las suturas, el mimo sobre la carne y bajo la carne y entre las vísceras.
Algún tiempo después de la aparición del Gigante, mi padre regresó al trote, como acostumbraba con los cuerpos abandonados. Salieron Ana, algunas muchachas y, detrás de ellas, aquel hombrón con restos de costurones. Habitualmente, entre mi padre y dos mujeres cargaban en volandas el cuerpo herido hasta el pabellón. El Gigante se les adelantó de una sola zancada, lo tomó en brazos con esa dulzura extraña a la que acabamos habituándonos y se dirigió hasta el lugar de cirugías. Le seguimos. Depositó aquel ser sobre uno de los catres como quien alisa un paño, se lavó manos y brazos y salió.
De ahí en adelante, fue el primero en levantarse, todavía de noche, el primero en abrir la puerta, en cargar con las muchachas heridas si las había o sus cadáveres. Dormía en una estera junto al portón. Al principio al pairo, y luego bajo un chamizo que compuso con palma y argamasa.
Nunca supimos quién o quiénes le habían arrancado la lengua ni cómo. Nunca supimos su edad, aunque era poco más que un adolescente cuando llegó. No volvió a irse de nuestra casa y, con el tiempo, se convirtió en mi sombra.
5
Ana. Ana flor de aligustre. Ana heridas abiertas. Ana gasas y agua fresca. Ana vida y vida, y frente a cualquier muerte, vida. Ana de mis amores. Ana recuerdo de Ana.
Qué cansancio todo lo que he vivido. Dejar constancia aquí es también un acto egoísta de aligerarme. Necesito insistir en esto. Nadie crea que mis cosas, mis actos, mis pensamientos están movidos por la generosidad, no sé, por la bondad, como si yo fuera una amapola que se ofrece, en su efímera belleza, para contemplación de almas que tiritan. Yo cuento para aligerarme lo poco que sea posible.
Entre todos mis recuerdos, el de Ana duele como si no hubiera pasado el tiempo, y en ese dolor vuelvo a ser una adolescente, a conocer el pálpito del corazón entre las piernas, el deseo de los gajos de mandarina en los labios y el manejo del alarido de las mujeres. Organizaba a las doctoras y sus pupilas, conocimientos, partos, cirugías y lecturas. Sin ser menudo, su cuerpo pasaba desapercibido para casi todos, aunque no para mí. Era su rostro lo que solían recordar de ella. ¿Puede no tener mancha el negro? Sus ojos eran claros como el negro absoluto. Sus párpados que tanto besé, sus pestañas animales, labios de gajo. Nadie reparaba en Ana porque había elegido no tener cuerpo. Quien no muestra cuerpo para el hombre no existe para el hombre. No existe. Ay, si hubieran conocido el placer de cobijar los dedos entre sus cortos rizos azabaches.
Generación tras generación, las doctoras heredaban de las parteras el arte de la cirugía y el manejo de las plantas. De la violencia contra muchachas y mujeres, la destreza en coser. Después de un cuerpo abierto, de la anatomía, llega el conocimiento de la tierra, de los astros y de los números, en ese orden. Finalmente, la decisión de no gestar las hizo invisibles. Ana, heredera.
Sin ella, sin ellas, el Nazareno no habría sido el Nazareno y yo no necesitaría sentarme a escribir todo esto.
Hay que dejar constancia. Ahora sí. Los acontecimientos siguen a los acontecimientos como la vida a la vida. Las doctoras estaban ahí cientos de años antes de que María lo engendrara.
Con Ana aprendí a amar.
Los datos son innecesarios.
Después de aquella noche en la que llegó ella a alertarnos junto a algunas doctoras, mi padre las instaló en una de las cámaras del pabellón de invitadas. No era la primera temporada que pasaban en casa. Las operaciones a menudo requerían días de cuidados, algunas se complicaban, otras resultaban fatales. Allí permanecieron a partir de entonces y hasta que, muchos años después, tuvimos que dejarlo todo atrás y olvidar lo conocido.
Los zelotes no lanzaban su odio contra nosotras. No eran como escribas y fariseos, que sencillamente ignoran la existencia de las mujeres, y así sigue siendo, a cambio de que cumplan obedientemente su función reproductiva. No había verdadero odio en los escribas, solo castigo en caso de no acatar la sagrada Ley de contraer matrimonio, prestar nuestro cuerpo a engendrar y parir sus hijos, y dedicar nuestra vida a mantener limpia la suya, satisfecha y en orden. Luego aprendí que las que no engendran consiguen desaparecer, convertirse en aire, invisibles, poco más que extravagantes fierecillas como llegadas del África a las que no mirar a los ojos. Nuestros ojos, espejos de su triste existencia. Pero los zelotes eran otra cosa.
Sangre, sangre, carne abierta.
Los zelotes partían la tierra en una grieta sedienta. Sucia culebra, traición, piedras, piedras, traición, piedras, piedras. Abrevaban la grieta con sangre de las piedras. Adoraban la herida que abría sed en tierra. Amaban sangre a sangre el dolor territorio. Su enemigo era el otro, la tierra del otro, la sangre del otro. Sus víctimas, todas aquellas que teníamos un algo con el otro. El territorio por el que sajaban no era nuestro cuerpo. Era otro territorio.
Aprende a retorcerte, fusta, fusta, espina. Alimenta mi tierra, soga, madero, soga.
Los zelotes eran otra cosa.
Mi padre se movía perseguido por temores y sospechas, empujado y alimentado de certezas. En realidad, certezas, sí, eso, las certezas. Ana había dicho: «El problema no somos nosotras». Las muchachas de la casa apresuraron sus pasos como si no pisaran suelo. Eran las pupilas de Ana y las doctoras quienes salían a atender partos y emergencias. Después, otras se unirían. A medida que la casa se convertía, lentamente, en un sanatorio habitual de los mil dolores y en refugio del terror, en centro de la ciencia, mi padre iba pasando más y más horas, días, en los almacenes de conservas. El ritmo de mi aprendizaje se multiplicó. Asistía a los partos y sus contrarios, a evitar gestaciones, a los sangrados y las amputaciones, a las costuras de los cuerpos destrozados y también a los sudarios. Veo, pasado el tiempo, cómo queda registro de heridas y avances en los territorios, pero no en los cuerpos. Los soldados del poder permanecen en la memoria porque se les honra, al contrario que a las doctoras de la ciencia. Ese es el mal de nuestro mundo y nuestro legado para la Historia.
A la vez, pasaba horas junto a mi padre. No tenía yo aún la carne desarrollada. Él jamás había contemplado la idea de mi matrimonio, y si lo había hecho, yo nada supe. La simple visión de las mujeres, sobre todo las más jóvenes, incluso las de mi edad, atendidas por las doctoras de casa, convertía a mis ojos el matrimonio en la mazmorra donde el verdugo y el torturador juegan con tu vida y con tu carne hasta que la someten o la rompen. Lo veía a diario, y también a diario mi padre tiraba de mí y me rescataba de órganos y escudillas.
A la mañana siguiente del día en el que Ana y su ayudante se instalaron definitivamente, mi padre me despertó al alba.
—Vamos a cambiar un poco tus tareas, princesa.
—Yo no soy princesa, padre. Ya basta.
—Siempre serás mi princesa.
Negó con la cabeza y no entendí tanta pesadumbre.
—Ya soy mayor —insistí.
Sentado a los pies de la cama, con los ojos enrojecidos tras la noche en vela, dejó por un momento que su rostro fuera fuente y fuera campo. Abrió en sí mismo una ventana para que su hija pudiera respirar a través de él, que no me ahogara con lo que iba a venir.
—Eres mayor, sí, eres mayor. Ahora tienes que aprender a otro ritmo. Es necesario... —Sacudió la cabeza y volvió a ser roca—. Algo de orden. Es necesario... Hay que poner orden. Es necesario. Algo de orden. Algo de orden.
Vi cómo las palabras entorpecían sus pensamientos. La desorientación nueva le envejecía. Un hombre joven que envejecía ante mis ojos.
—Al alba me acompañarás a recibir a los pescadores. Después regresarás aquí con las doctoras. Al final de la jornada, volveré a buscarte para las cuentas del día. No sé cuándo ni cómo, pero no debes descuidar tus lecturas.
De un día para otro, una simple frase, «El problema no somos nosotras», había convertido la vida en una resistencia de campaña. Éramos un campamento de guerra. Nuestra sensación no estaba muy lejos de la realidad. La sociedad entera se erizaba tras la destitución de Herodes Arquelao en Jerusalén, el gobierno de Roma sobre las provincias tenía su respuesta, que era una respuesta contra nosotros mismos, la de los fanáticos.
—El Gigante vivirá pegado a ti en cuanto cruces el umbral del patio. Dormirá junto a la puerta de tu cámara. Tú eres el futuro. Sin ti no quedará nada.
Me gustaba el Gigante, su silencio. Dividir el tiempo entre mi padre, las doctoras y el Gigante no me pareció mal modo de vida. Pero cuando el dolor y la violencia abren las puertas a sus alimañas, las lanzan a morder y devorar, y aun a sus bestias carroñeras a hozar entre los muertos, el daño no ceja hasta destrozar la esperanza de una piel intacta. El dolor físico. Qué poca importancia le damos, qué poca atención prestamos al daño físico aquellas inocentes para las que el grito precede o sucede solo al parto o su reverso. Y a
