Prefacio
La edición de Cubriendo el islam en español es un acontecimiento que se ha hecho esperar. Cuando se publicó por primera vez en 1981, inmediatamente después de la crisis de los rehenes en Irán, el libro pretendía en parte abordar el tema del escaso conocimiento que la mayoría de los estadounidenses tenía del nebuloso concepto de «islam» y el consiguiente tratamiento informativo que dicha ignorancia había engendrado. No es necesario señalar que, debido a los tintes trágicos y negativos de la experiencia iraní, los medios de comunicación de Estados Unidos procedieron a analizar tanto la religión islámica como el mundo árabe con un tipo de visión tendenciosa y desinformada que, entonces y ahora, sigue sin tener parangón en el resto del planeta. Parece una ironía que el hecho de que Irán sea una nación no árabe compuesta de múltiples facetas y estratos no modificara en nada ese punto de vista. De manera simple y directa se puede afirmar que actualmente en Estados Unidos uno puede ser considerado experto en campos relacionados, de una manera u otra, con el islam sin la formación cultural o académica ni el necesario conocimiento lingüístico que se consideran fundamentales en cualquier otra disciplina. El fantasma del terrorismo perpetrado por individuos equivocados en nombre del islam ha permitido la compartimentación de una increíblemente variada y diversa serie de civilizaciones que abarcan la fe de más de mil millones de personas en un concepto reduccionista y monolítico llamado «islam» que supuestamente actúa y piensa del mismo modo en cualquier cuestión. Quizá lo más relevante de este libro sea que todos los incidentes y episodios relatados, aunque a primera vista parezcan desfasados al lector actual, reaparecen con alarmante frecuencia bajo formas muy parecidas en nuestros días. En ciertos casos basta con sustituir los nombres y las fechas de los episodios de la historia moderna para apreciar que los paradigmas y las tendencias descritos en Cubriendo el islam siguen vigentes entre nosotros.
Aunque anteriormente he insistido en que el enfoque central de este libro es la cobertura informativa del llamado mundo islámico o musulmán en Estados Unidos, me gustaría señalar que el libro tiene una gran importancia para los lectores españoles, especialmente en estos tiempos preocupantes de la reciente historia del mundo. España es un país con una larga y compleja relación con la religión islámica y el mundo árabe, y la sombra de los recientes atentados terroristas en nombre del «islam» es solo la última de las manifestaciones de dicha relación. Al tiempo que la moderna y cada vez más plural España trata de asumir su papel como poder regional en el Mediterráneo —un poder que cada día atrae a emigrantes del norte de África y del mundo árabe— la a veces incómoda relación entre España y los musulmanes de todos los matices políticos puede evolucionar de manera positiva o negativa. Mi sincera esperanza es que Cubriendo el islam pueda servir de instrumento para que se cumpla la primera posibilidad y se evite completamente la segunda. Quizá dicha tarea resulte más difícil de lograr tras el 11 de septiembre y el 11 de marzo, cuando muchos de los desacreditados «expertos» mencionados en este libro han disfrutado de un inmerecido retorno a la preeminencia pública, pero el hecho de que el mensaje de mi padre esté disponible en español me da esperanzas para creer que es posible.
Junto con obras seminales como Orientalismo y The Question of Palestine, Cubriendo el islam completa la trilogía de textos esenciales escritos por mi padre a finales de los años setenta y principios de los ochenta que literalmente volatilizaron los mitos predominantes en el estudio de aquellas sociedades en las que el islam era un denominador común. Como cabía esperar, la causa palestina está muy presente en estas páginas y, dos años después de que mi padre falleciera de leucemia, sigue siendo la cuestión esencial presente en el origen de muchas de las crisis en el mundo árabe e islámico. Aunque la muerte de mi padre nos ha privado de una voz y un defensor irremplazable en pro de los derechos de los palestinos de manera específica y de un mundo más integrado y tolerante de manera más general, el pequeño consuelo que nos queda es que su mensaje sigue vivo en las páginas de sus libros y que Cubriendo el islam conserva su relevancia a pesar de que hayan pasado casi veinticinco años desde su publicación original.
No me gustaría acabar sin mencionar que el recuerdo de mi padre es honrado en la introducción a esta edición española escrita por Bernardino León, secretario de Estado de Asuntos Exteriores de España. Aunque muchos políticos buscaron el consejo de mi padre a lo largo de su vida, casi siempre fueron muy tímidos para transformarlo en hechos a pesar de coincidir con la solidez de su análisis. Bernardino León es uno de esos raros políticos que han reconocido el impacto de la obra de mi padre tanto de palabra como con las obras, y nunca ha padecido esa debilidad que afecta a otros políticos. Por ello cuenta con mi más profundo aprecio y agradecimiento.
WADIE SAID
Prólogo
La profundidad, la inteligencia, el sentido crítico, la vitalidad y el humor más fino caracterizaban, entre otras cualidades, a Edward Said. Como demostraba su conversación, su personalidad era capaz de abarcar todos los temas de manera modesta pero segura, siempre con curiosidad y escepticismo. Fue así incluso en sus últimos meses de vida, cuando la conversación se detenía ante la dolorosa irrupción de su enfermedad, esa realidad a la que miraba de frente. La idea de traducir al español este libro surgió en el transcurso de una de aquellas largas conversaciones con Edward Said sobre la compleja evolución de las relaciones internacionales. Como hombre e intelectual comprometido perteneciente a mundos e identidades múltiples —muchos hoy dirían que antitéticas— veía con creciente preocupación el foso que se venía abriendo desde hace varias décadas entre Occidente y el mundo árabe musulmán. Edward creía que España constituía una excepción entre los países occidentales con respecto a sus visiones de Oriente, a las que su obra ha prestado tanta atención. Nuestro país tiene una particular historia, es cierto, y su mejor representación está en los autores que han comprendido nuestro pasado y especificidad «mestizos», como Américo Castro, Francisco Márquez Villanueva o Juan Goytisolo, a los que Said admiró en sus primeros años universitarios o pudo conocer personalmente en años posteriores.
Como expuso en Orientalismo, tan vasto objeto de estudio quedaba acotado por la voluntad de examinar la conexión entre imperio y orientalismo, entre un tipo especial de conocimiento y de poder imperial asentado sobre la hegemonía cultural, que se centraba en el caso francés, británico y estadounidense. En aquellas mismas páginas lamentaría no prestar más atención al caso español, algo que trató de remediar posteriormente en un prólogo para la edición española de 2002, donde escribiría: «El islam y la cultura española se habitan mutuamente en lugar de comportarse con beligerancia». Said siempre mostró un gran interés en la idea de la convivencia, y por ello dedicó tanto esfuerzo a las fuentes de la incomprensión.
En nuestras conversaciones pude explicar a Edward mi punto de vista: España constituye una excepción en la Europa medieval, y la experiencia de la convivencia de culturas y religiones en la península ibérica —a veces pacífica, en ocasiones conflictiva— le otorga peculiaridades culturales e identitarias que han pervivido a lo largo de los siglos. Pero la fuerza con la que en épocas posteriores se impuso un modelo homogéneo tiene enorme peso en nuestra cultura y en nuestro sistema educativo, no solo respecto a las comunidades religiosas medievales, sino también respecto a las distintas lenguas y culturas peninsulares. Aunque a partir del siglo XIX hemos conocido períodos más abiertos al reconocimiento de la aportación de esas otras culturas, y a pesar de que ha habido autores —escasos, pero influyentes— que han mostrado un genuino interés por ellas y les han dedicado buena parte de su obra, lo cierto es que su influjo en la producción cultural y en la vida del país es limitado. Por su parte, las corrientes orientalistas europeas del siglo XIX tuvieron un eco menor en España debido, entre otras razones, a su aislamiento y sus tradiciones.
No soy de los que piensan que nuestra Edad Media se caracteriza por una convivencia ejemplar y por la tolerancia, aunque sí creo que hubo períodos y personalidades en los que el privilegio de un contacto frecuente con el otro (tan complejo para la mayoría de los europeos y buena parte de los árabes de la época) hizo que todas las comunidades, en mayor o menor medida, con mayor o menor conciencia, se enriquecieran con la lengua, la arquitectura, las tradiciones y el contacto entre las mismas. El tiempo del mudejarismo dejó el testimonio de tres religiones imbricadas en una sola cultura.
A pesar de ello, incluso en la época actual, la presencia de arabistas y hebraístas es muy limitada en el panorama académico, empresarial o de la administración, una carencia que Edward Said lamenta respecto a Estados Unidos en esta obra, y que muchos analistas desde el exterior creerán que no existe en España. Podemos comenzar mencionando el ejemplo para mí más cercano: de los 800 diplomáticos españoles, solo unos pocos hablan árabe. En el ámbito universitario, de las 72 universidades españolas, apenas una decena tiene departamentos de estudios árabes, dedicados a la historia, el arte o las sociedades árabes contemporáneas. En el ámbito de la empresa, si se comparan los datos al respecto de otros países europeos, son pocas las compañías españolas que se han aventurado a trabajar en países árabes o musulmanes (exceptuando Marruecos).
Pero Edward Said tenía fundados motivos para pensar así. A su conocimiento de la historia y su interés por clásicos como Ibn Jaldun, Averroes o Maimónides, sumó su contacto con académicos españoles y con hispanistas a su llegada a Harvard. Allí conoció a uno de los grandes discípulos de Américo Castro, el profesor Stephen Gilman y, posteriormente, al profesor Márquez Villanueva. Ellos han sido maestros de numerosos hispanistas (con algo de arabistas y hebraístas), una escuela muy particular en el panorama universitario de Estados Unidos, con quienes Edward siempre mantuvo una excelente relación. De hecho, tuvo una estrecha relación con Gilman, gracias al cual se interesó por el hispanismo. Como recuerda en sus memorias, Fuera de lugar, fue de las pocas personas que le dejaron huella en aquellos años. Además, en sus viajes a España en aquellos años, cuando seguía a Dominguín por las plazas de toros de nuestro país, encontró una sociedad que le debió de parecer muy cercana a lo árabe en sus tradiciones populares, tal vez no en las acepciones de «cultura» que el propio Said contemplaba en Cultura e imperialismo, pero sí en la acepción de «cultura como forma de vida» acuñada por T. S. Eliot. Por Andalucía sintió una atracción muy especial, y no es de extrañar que su último viaje, apenas un mes antes de morir, le trajera a nuestro país.
Esta cercanía entre la cultura española y el mundo árabe no es únicamente una opinión de Edward Said, ya que puede decirse que en nuestro país se dan las condiciones objetivas y subjetivas para que así sea. Existe una evidente corriente de admiración o simpatía desde muchos países árabes hacia España, como pueden comprobar fácilmente los funcionarios, empresarios o turistas españoles que los visitan. También existe una facilidad de relación, y una importantísima historia común, unas tradiciones aún vivas, a lo que se suma el lenguaje, lleno de arabismos y no pocos hebraísmos, la cultura, la gastronomía, y un largo etcétera.
Muchos han pensado que en España no existen tantos prejuicios como en otros países hacia estas culturas, y probablemente haya algo de cierto en ello. Pero también tenemos nuestros propios y peculiares prejuicios (del mismo modo que contamos con un conjunto propio de estereotipos) y, en cualquier caso, la situación está cambiando a un ritmo muy rápido. Dicho con otras palabras, actualmente esta relación privilegiada con el mundo árabe islámico no se sustenta, en términos generales, en un conocimiento objetivo y afectivo de este conjunto de países o de los aspectos de nuestra propia historia que nos relacionan con ellos.
Llegados a este punto deberíamos preguntarnos si tal estado de cosas tiene sentido. No es de extrañar que nuestro país haya mirado obsesivamente hacia el norte cuando aspiraba a una modernización que representaban los países europeos, y que por ello haya prestado menos atención a sus relaciones con otras áreas. Hoy esa modernización ha sido alcanzada en un tiempo sorprendentemente breve, y desde buena parte de los sectores de esta sociedad se comienza a mirar hacia otras áreas del mundo. Esa nueva posición del país en las relaciones internacionales, su incorporación a distintas organizaciones supranacionales, le llevan a resituarse en el panorama internacional y tal vez también a mirar el mundo desde una perspectiva diferente.
En mi opinión, la respuesta, desde el punto de vista político, histórico, educativo o diplomático es que esta situación no tiene mucho sentido ni es en modo alguno deseable. Muchas son las razones que avalan tal parecer y, aunque no es este el lugar adecuado para extendernos en su exposición, vale la pena mencionar algunas de ellas, siquiera a vuelapluma.
En primer lugar, porque una vez superado el debate histórico sobre las causas del atraso de España o sobre su carácter europeo, debemos adentrarnos con objetividad en nuestra propia historia. Tal vez, en el debate que nos ocupa, tendemos a ver nuestro pasado utilizando en exceso el prisma de Menéndez Pelayo, Sánchez Albornoz o Maravall, y no prestamos la suficiente atención a otras voces como las de los citados Américo Castro, Márquez Villanueva o Goytisolo, los erasmistas, los ilustrados o, más recientemente, Soledad Carrasco o Pedro Martínez Montávez. Acaso, mientras los demás nos ven aceptando la singularidad de nuestra historia, nosotros seguimos insistiendo en la versión empobrecida y ortodoxa que se impuso en el siglo XVI, en las tesis de Menéndez Pelayo y en los primeros académicos mencionados.
En segundo lugar, porque sea cual fuere la interpretación que se pueda hacer de nuestra historia, del carácter más o menos mestizo de la misma y de la verdadera dimensión de lo árabe y lo judío en lo español, lo cierto es que esa parte de nuestro pasado es un activo que, unido a nuestra capacidad de convertirnos en puente, de acercar diferentes visiones en las relaciones internacionales, debemos utilizar en nuestra acción exterior. Así han actuado todos los gobiernos que ha habido en España en la segunda mitad del siglo XX, sin excepción. El problema es que, por lo general, se ha realizado de manera poco sistemática, sin acompasar con rigor en la misma dirección el discurso educativo, la formación en la universidad, la especialización de nuestros funcionarios o las estrategias de nuestras empresas. España no debería solo tener la capacidad de organizar grandes citas internacionales relacionadas con Oriente Próximo o con el Mediterráneo, como lo fueron las conferencias de Madrid en 1991 o de Barcelona en 1995, sino que debería tener una voz y un criterio permanente de comprensión y entendimiento, y —si sabe sistematizar ese valor añadido— debe aportar su experiencia y su análisis al resto de los países occidentales. Lo que hace unos años hubiera sido útil o recomendable, hoy resulta imprescindible.
En tercer lugar, porque nuestra posición geográfica nos obliga a ello. No podemos actuar como si nuestro país no limitara con el mundo árabe musulmán y estuviera en el mar del Norte. Sus coordenadas geográficas le sitúan en una enriquecedora —a mi parecer— encrucijada que, en cualquier caso, no podemos variar. Es obvio que debemos conocer más y mejor a nuestros vecinos. De ello se extraerán —de hecho ya se extraen— beneficios en lo político, en lo cultural, en lo comercial, sin olvidar tampoco la dimensión estratégica.
Por último, en la actualidad vivimos tiempos de crisis. Ello obliga a todos los países a prepararse para afrontar esa situación de la mejor manera posible. No basta con mejorar las capacidades de los servicios de inteligencia y de las fuerzas de seguridad. La aparición de un terrorismo que sus autores equiparan absurdamente a una yihad global y transnacional es uno de los fenómenos más preocupantes del actual panorama internacional. Y aunque actualmente no se hable de la crisis energética desde la perspectiva de la política internacional predominante en los años setenta, ni aparezca ligada hoy a algunos de los fenómenos que Edward Said describe en esta obra, la creciente dependencia energética nos debería hacer reflexionar sobre la realidad de muchos países que deberíamos conocer mejor porque son determinantes para nosotros.
Para completar nuestra reflexión cabría añadir otro elemento, que no desearía que se entendiera como resignación ante los hechos. Hay en nuestro país una escuela que insiste en ignorar las realidades históricas ajenas y en enrocarse en las verdades eternas patrias, y que ha significado un pesado lastre para el progreso a lo largo de nuestra historia. El islam es la segunda religión en importancia del planeta, con un notable crecimiento, e incluye no solo el mundo árabe y Asia, sino también a Europa y Estados Unidos. Persistir en su demonización o en recalcar su carácter intrínsecamente antidemocrático y alérgico a la modernización no va a cambiar esta realidad ni detener una evolución que también ha conocido el cristianismo, y que ya es patente o se atisba en numerosos países árabes. Ante una tendencia que no se va a alterar, hemos de esforzarnos en entender su evolución, y en mantener el diálogo con un grupo tan importante de la comunidad internacional. Si ello no se hiciera bajo el impulso de motivos geográficos, históricos o culturales, debería ser el resultado de nuestra voluntad «carlyliana», una Östpolitik que se tiene que hacer hoy desde España, lo cual no sería más que una Realpolitik.
A todo ello habría que añadir otra importante cuestión, crucial desde el punto de vista interno, como es la inmigración —en particular la procedente del Magreb— y nuestra capacidad de integración.
De entre los aspectos mencionados, hay dos sobre los que creo que merece la pena hacer alguna reflexión añadida. El primero tiene que ver con la visión que tenemos de nuestra historia y nuestra identidad, y el segundo con el modo en que todas estas cuestiones están vinculadas a la política exterior.
Todo país se sume regularmente en el proceso de desentrañar las razones históricas de su identidad (al igual que cada persona, incluso cada comunidad, hace su «inventario» cultural, una idea gramsciana también presente en la obra de un nómada como Said), pero lo que me interesa destacar aquí —en este prólogo a esta obra, en el marco de estas referencias a las circunstancias actuales de nuestro país— es la importancia de esa identidad para quienes escriben noticias y quienes las leen, para quienes hacen y ejecutan la política interior y la exterior, para las empresas de toda clase que han de tomar decisiones en su acción internacional.
En este sentido, los conceptos que manejamos son esquivos y a veces complican más que ayudan en un debate en que adentrarse en el territorio de lo irracional parece inevitable. El concepto de cultura, cualquiera de los múltiples conceptos que podamos reivindicar, los que emplea Said en Cultura e imperialismo, los de Eliot, de Todorov, Eagleton o Rorty, la «forma de vida» de Wittgenstein, la «ideología» de Althusser, las «precomprensiones» de Heidegger, pueden ponerse en relación con los amplios conceptos de la historia braudeliana, la introducción de ideas como Erlebnis o «vivencia» de Dilthey, ideas que enlazan fácilmente con conceptos tan determinantes para Américo Castro como vividura y morada vital. También Edward Said se rebela en Orientalismo contra lo que denomina actitud textual, que lleva a que un libro o un texto adquieran una autoridad incluso mayor que la realidad que describe. Tanto Castro como Said comparten no solo la aspiración a un análisis que refleje mejor la existencia humana, sino también la denuncia de dos construcciones teóricas que han reemplazado a la realidad: Américo Castro se enfrentó con una versión excluyente de la historia de España; Said, con la creación de Oriente desde Occidente, a su conversión en un «discurso», dos procesos paralelos que discurrían en sentidos opuestos, dos creaciones textuales que se han llegado a imponer y que tal vez tengan más conexiones de las que quepa suponer en un primer momento, pues un discurso histórico puede ser desorientalizante por las mismas razones por las que el otro puede ser orientalizante. Esos conceptos de cultura e historia se aproximan al concepto de identidad; también las identidades pueden ser textuales.
En Cubriendo el islam Said vuelve a aproximarse a Castro cuando critica el «literalismo profundamente antihumano» de Bernard Lewis, «que esgrime para decretar lo que los musulmanes son, sienten, y a lo que aspiran», y recuerda esta cita del propio Lewis: «El islam no es un mero sistema de creencias y culto, un compartimiento en la vida, por expresarlo de algún modo […] es, más bien, la totalidad de la vida». Para Edward Said se trata de una «esperpéntica incomprensión de cómo transcurre realmente la vida humana. Los métodos de Lewis sugieren que todos los musulmanes —los mil millones, sin excepción— han leído, asumido y aceptado del todo “las reglas” a las que se refiere, que gobiernan el “derecho civil, penal y lo que llamamos derecho constitucional”, y que aceptan con servilismo seguir esos preceptos en cada acción significativa de su vida cotidiana». Tal vez la enorme capacidad de estudio y la erudición del profesor británico —por otra parte tan impresionante— lo lleven al textualismo que le reprocha Said.
Es este un aspecto que reviste gran importancia para nosotros, porque en el caso de España ambos aspectos se superponen, ambos procesos suman un conjunto de visiones —la occidental y la española— sobre Oriente. Pero si antes nos hemos referido a la precariedad de nuestros departamentos universitarios para afrontar la necesidad de un mejor análisis del mundo árabe musulmán, también en el tema que estamos tratando cabría hacer una reflexión similar. En este caso la limitación es menos cuantitativa que conceptual. En el caso de los departamentos de árabe, destacábamos su escasez y la amplitud de sus currículos, y en este caso no es que escaseen los departamentos de historia o filología que se ocupan del medievo, pero sí las herramientas con que están dotados para investigar sobre la Edad Media en España, período fundamental para comprender la identidad de este país. Sin amplios conocimientos no solo de las lenguas romances peninsulares y el latín, sino también del árabe o el hebreo, no es posible conocer cada una de las tres culturas ni su interacción. Alguna reflexión también habría que hacer sobre la contribución del arabismo español a este proceso, pues el presupuesto desde el que ha trabajado buena parte del arabismo contemporáneo español ha sido excesivamente «chovinista», aplicando un filtro político nacionalista al objeto de su estudio, de modo que la neutralidad resulta ser, como siempre, la principal víctima. No obstante, también el arabismo español contemporáneo ha dado figuras de relieve, muy respetadas internacionalmente.
Creo que estas reflexiones resultan pertinentes ante la publicación española de Cubriendo el islam porque la obra interpela al analista sobre su contexto y su identidad, y en el caso español todas las cuestiones mencionadas permiten adoptar una perspectiva ante estos asuntos. No podemos pretender que cada diplomático, representante de una empresa o periodista que se ocupe del mundo árabe musulmán sea un arabista consumado, ni tampoco que esta vertiente de nuestra historia y nuestras relaciones exteriores (y, cada vez más, con la inmigración, un aspecto de nuestra realidad social interior) se convierta en exclusiva u obsesiva, pero sí que, a la vista de su importancia y de la necesidad de hacer bien las cosas, cuidemos más este aspecto, procedamos a una relectura de nuestros libros de texto, desarrollemos nuestros departamentos universitarios y nuestra administración, conozcamos qué elementos de nuestra propia historia y nuestra cultura pueden sernos útiles en este sentido. Y cuánto mejor si en ese proceso se arrojara luz sobre asuntos que son objeto de debate respecto a nuestra historia y nuestra identidad. Algunos de estos aspectos se incluirían en lo que Juan Goytisolo denominó la «necesaria segunda transición cultural», para acabar con la visión icónica de nuestro pasado y permitir reformas en el sistema de selección del profesorado universitario y en el currículo académico.
El segundo aspecto en que queremos concentrar nuestra atención es la política exterior española. A pesar de la situación descrita anteriormente, España es una voz muy escuchada en todo cuanto afecta al mundo árabe musulmán y Mediterráneo. Nos encontramos en un momento en que buena parte de la comunidad internacional se está replanteando su relación con este conjunto de países para darles prioridad.
Vivimos en un mundo en el que unos estiman que estamos ante un choque de civilizaciones, otros que hay que emprender una yihad (distorsionando el término) contra Occidente que autores como John L. Esposito consideran guerras profanas o Mary Kaldor nuevas guerras o choques de identidades. Hay quien piensa que los árabes y los musulmanes padecen una patología que les impide establecer o comprender la democracia, y quienes creen que Occidente solo puede relacionarse con los musulmanes a través del insulto, la exclusión o la agresión. También hay voces conciliadoras y razonables en ambos campos. Se trata de dejar en claro que ni los ataques terroristas pueden ser contemplados como agresiones de aquel mundo en su conjunto contra Occidente, ni las respuestas de Occidente a los ataques terroristas deben ser vistas como ataques o una nueva cruzada contra el mundo árabe musulmán. Y sin embargo, es obvio que demasiadas personas piensan así, y al hacerlo contribuyen a que la profecía se haga realidad. Esta es una de las razones por las que el mundo de los medios de comunicación es tan importante en este sentido.
Naturalmente, las relaciones con el mundo árabe musulmán constituyen una dimensión prioritaria de nuestra política exterior (aunque sean mucho más ricas y amplias que la cuestión que nos ocupa ya por encima de las crisis y el terrorismo existe una muy completa y antigua relación) como lo son también con Europa, con Latinoamérica o con Estados Unidos. Además, ante la actual coyuntura internacional también es un valor añadido en cualquiera de estas dimensiones.
En la Unión Europea, España ha sido un actor fundamental en el desarrollo de la política mediterránea, tanto en los años previos a la Conferencia de Barcelona como posteriormente. España ha sido también el país que ha hecho posible que diez años después de aquella cita los países del Mediterráneo se hayan reunido, por primera vez en este marco, en una cumbre. La diplomacia española ha sido reconocida al encomendarse a varios españoles misiones muy relevantes en el ámbito de Oriente Próximo, la seguridad internacional o los Balcanes. Las contribuciones de Miguel Ángel Moratinos o Javier Solana al proceso de paz de Oriente Próximo ha sido reconocida de manera unánime por todos los países de la región, lo que resulta verdaderamente excepcional en ese contexto diplomático.
En el caso de la relación con Estados Unidos, también parece evidente que es este un campo potencial de trabajo conjunto muy interesante. Es un país que está realizando una profunda redefinición de su política hacia estos países. Condoleezza Rice pronunció el pasado mes de junio un brillante discurso en la Universidad Norteamericana de El Cairo en que dijo: «Durante sesenta años, mi país, Estados Unidos, buscó la estabilidad a expensas de la democracia en esta región, aquí en Oriente Próximo, y no obtuvo ninguna de las dos. Ahora estamos tomando un rumbo diferente». Esta reflexión se acompaña de otras sobre la necesidad de permitir que la democracia y la reforma germinen en las sociedades en lugar de imponerlas. Otras voces se han referido desde el gobierno y la misma presidencia de Estados Unidos a que la respuesta al terrorismo no puede ser solo militar, como hizo el presidente Bush en su reciente discurso ante la Asamblea General de la ONU. Estas ideas no están tan lejos de muchas de las que se encuentran en esta obra, y eso es algo que debe saludarse como positivo. De hecho, Estados Unidos y España ya desarrollan una cooperación muy fructífera en distintos escenarios internacionales.
En realidad, al enfrentarnos a una amenaza global, presente en todos los continentes, desde Nueva York hasta Bali, desde Casablanca hasta Moscú, desde Madrid hasta Nairobi o Londres, como las respuestas de todo tipo tienen implicaciones transversales en la comunidad internacional, esta cuestión se convierte en una dimensión crucial en el conjunto de nuestras relaciones exteriores. Ello explica la amplia respuesta internacional a la convocatoria el pasado mes de marzo de la conferencia «Democracia, terrorismo y seguridad» y que el secretario general de Naciones Unidas, Kofi Annan, escogiera Madrid para presentar su estrategia global contra el terrorismo. También explica que, además de nuestra cooperación con los países occidentales, cada vez se hable más de esta cuestión en nuestros contactos con países asiáticos y africanos, que comprenden perfectamente el papel que nuestro país desempeña y debe —a juicio de muchos de ellos— desempeñar en este sentido (en algunos ámbitos podría causar sorpresa que destacados partidarios de la apertura, la inclusión y la modernización del islam, como Anuar Ibrahim en Malasia o Muhammad Jatami en Irán, hayan desarrollado muchos de sus postulados recurriendo al ejemplo de la España medieval y hayan visto la España actual como una referencia).
Necesitamos de muchas políticas y muchos argumentos en los distintos planos de acción que implica cada respuesta a una realidad que será siempre infinitamente más compleja. En este mare mágnum hay que identificar cuál es la amenaza, y cómo combatirla con eficacia, luchando contra un terrorismo brutal, cuidando de no caer en ningún caso en el error de creer que el enemigo es el mundo árabe musulmán. Debemos intentar hacer ese ejercicio con rigor, porque simplificar no lleva a ninguna parte (y soy consciente de que también en ocasiones simplificamos en esta extraña dialéctica al tratar de contraargumentar). Ante las distintas situaciones habrá que utilizar distintas políticas y saber con quiénes compartimos la amenaza (fundamentalmente la mayoría de las sociedades y gobiernos que muchas veces son percibidos en la sociedad occidental —y a menudo acusados desde algunos sectores—, como coautores), reactivar y reorientar la labor de los servicios de inteligencia, coordinar al máximo y profundizar en la cooperación internacional, explicar una y mil veces que cuando se produce un ataque terrorista se trata únicamente de la acción de un grupo de fanáticos iluminados, y saber construir un discurso deslegitimador (no contra la legitimidad de la que carecen, sino contra la apariencia de legitimidad) que pueda llegar a las sociedades donde se recluta y se hace proselitismo. Tenemos que hacer una labor diplomática de coordinación y de superación de los «asideros de legitimación», como el conflicto de Oriente Próximo, tenemos que luchar contra la injusticia, la desigualdad, la miseria y la falta de libertades, tenemos que emplear la fuerza allí donde sea necesaria; tenemos —en definitiva— que proyectar en nuestra política exterior solidaridad, capacidad de diálogo, racionalidad y sentido común, contundencia y eficacia.
Asimismo, hay que entender que cuando criticamos la falta de libertades y de respeto a los derechos humanos, la desigualdad y la pobreza, frecuentes en buena parte del mundo árabe musulmán, estamos identificando algunas de las mismas esencias sobre las que se apoyan muchos de los grupos que con toda razón denostamos. Ese es precisamente uno de los argumentos de fondo de este libro, esta reflexión sobre los discursos simplificadores, a veces fruto del desconocimiento, a veces manipulados o manipulables desde determinados sectores. Said hace una llamada al rigor y a la objetividad, algo a lo que siempre hemos aspirado desde el racionalismo del que tanto nos preciamos en Occidente, una aspiración particularmente importante en el mundo de los medios de comunicación.
Es también uno de los fundamentos de la estrategia intern
