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Una vez más, la primavera había llegado antes de lo habitual. Llena de polvo, más calurosa y seca que las precedentes, ya de por sí excepcionalmente calurosas y secas. Las nubes grisáceas solo aportaban sombra: se agrupaban unas cuantas en el cielo azul marino, se inflaban, se henchían de promesa, pero no traían la deseada lluvia que pudiera reanimar una vida que se apagaba poco a poco, aunque aún ardía débilmente.
Nadie recordaba una sequía tan terrible y tan larga. El río que atraviesa Kabul, por lo común impetuoso y gélido, llegó a secarse de tal modo que los comerciantes de la capital colocaron sus puestos en la superficie arcillosa de su lecho, entre charcos y arroyuelos, desde donde al amanecer atraían la atención de las mujeres que iban a lavar la ropa. La gente fijaba su mirada dolorida en las rocosas cumbres que rodean la ciudad, intentando ver en ellas cimas nevadas que ofrecieran esperanzas. Pero incluso en pleno invierno, igual que otras veces más frío por las noches y de día apacible y sin nubes, alrededor de la ciudad las cadenas montañosas daban miedo por su color marrón teja, sinónimo solo de aflicción.
La ciudad, destruida y saqueada durante la guerra, la llenaban miles de indigentes hambrientos y sin casa, refugiados venidos de aldeas desoladas por los elementos. El sol había secado los pozos, había quemado las parcelas de los campesinos al pie del Hindu Kush, y había acabado con los rebaños de los nómadas que recorrían los desérticos parajes situados entre el Pamir, los montes Sulaiman y Herat. La sequía había reducido a cenizas los campos de trigo, de algodón y de maíz, los arrozales, la hierba de los prados e incluso los girasoles y el sésamo. Un manto de polvo de varios dedos de grosor había cubierto las tierras, y al gran río Amu Daria, que corre a lo largo de la frontera norte, nuevamente le había faltado agua para fluir hasta el mar de Aral, medio seco en pleno desierto.
Campesinos y pastores, enmudecidos por el dolor y el desconcierto, ya solo podían permanecer mirando la lenta muerte de todo lo que hasta ese momento había supuesto el único motivo de su existencia. Despojados del papel que se les había asignado, o quizá liberados de él,marcharon penosamente hasta las ciudades,desamparados y aturdidos, como si en ellas hubiera de producirse su resurrección. Pero no formaban parte de las ciudades, y allí no había sitio para ellos.
De todas formas, hacía mucho, muchísimo tiempo que las ciudades habían muerto. Habían decaído al ser abandonadas por sus habitantes, que no pudieron adaptarse a la nueva vida impuesta por los soldados vencedores, llegados desde desiertos inhabitados y pedregosas montañas. Acababan de ganar una guerra por el poder, pero, al contrario que todos sus predecesores, no se limitaron a tomar Kabul como un trofeo de guerra: introdujeron aquí las mismas leyes que hasta ahora habían regido sus vidas allá en sus oasis del desierto, leyes que, según su emir, habrían de librar a las ciudades, de una vez por todas, del pecado inherente a ellas.
Sin embargo, en las ciudades nadie quería vivir así, o quizá nadie fuera capaz de hacerlo. Primero huyeron los escritores, los pensadores, los científicos y los músicos, después los ingenieros, los médicos y los estudiantes, incluso los de escuelas secundarias. Solo se quedaron los emigrantes de las aldeas, perdidos, inseguros, desubicados. Era fácil gobernarlos, pero resultaron del todo inútiles cuando se comprobó que esa nueva vida, plenamente acorde con los mandatos divinos, no era la solución definitiva.
Desde Ghor y Faryab, las provincias más pobres, y desde la montañosa Badajshán al este, comenzaron a llegar noticias de una misteriosa epidemia que provocaba parálisis, causada por unas hierbas venenosas que la gente, privada de todo alimento, echaba en cacerolas junto a escarabajos y con eso preparaba la cena.A las mujeres se les secaba la leche de los pechos, y los hombres que llegaban a los cuarenta se convertían en ancianos.
Las aldeas y las pequeñas ciudades morían en silencio y pasaban a ser dominio de las ratas, que en masa se metían en las casas buscando comida. Los niños, sucios y con el pelo enmarañado, que más recordaban a diablillos de las fábulas de nómadas que a criaturas humanas, seguían a todas partes a los roedores, rastreaban sus escondrijos y después excavaban en las madrigueras para robarles el grano que habían enterrado para el invierno.
Los campesinos, que hacía ya tiempo se habían deshecho de todos sus bienes, vendían ahora lo poco que les quedaba para comprar alimentos: recuerdos de familia, ropa, utensilios de labranza, e incluso los tejados de las casas y los marcos de las puertas y las ventanas. Cuando ni siquiera esto era suficiente, vendían a sus propios hijos, y finalmente ellos mismos se ofrecían como esclavos, en garantía del pago del préstamo realizado por algún rico señor feudal o algún traficante de drogas.
La gente aún tenía esperanzas en los extranjeros, que por razones incomprensibles hasta ahora habían venido para ayudar cada vez que caía alguna plaga sobre Afganistán. Pero aquella primavera fallaron incluso los bienhechores foráneos, y en lugar de presentes, para Afganistán y para los soberanos afganos tenían solo palabras de fuerte condena.
La indignación la había despertado un edicto del emir, en el cual ordenaba destruir todas las estatuas que reprodujeran imágenes de seres vivos. El emir consideraba que las esculturas, las pinturas y las fotografías de personas eran iconoclastas, y el hecho de crearlas desafiaba las prerrogativas divinas.Al destruir las esculturas, muchas de las cuales constituían monumentos milenarios de la civilización humana, los soberanos afganos se hicieron acreedores al calificativo de bárbaros que no merecen compasión.
«Pero ¿y qué culpa tenemos nosotros? ¿Por qué se nos castiga negándonos la ayuda? —preguntaban los orgullosos afganos, que antes preferían extinguirse que pedir limosna abiertamente—. ¿Es que somos culpables de tener a estos gobernantes? ¡Nosotros no los hemos elegido!»
En toda la historia milenaria de Afganistán, ningún soberano ha sido elevado al trono siguiendo la voluntad de los súbditos. Shas, emires, reyes, presidentes y primeros ministros han ocupado el poder como resultado de guerras o de asesinatos alevosos, mientras a los súbditos les quedaba únicamente esperar que el soberano fuera sabio, justo y clemente.
El emir, el tuerto Omar, había mandado matar cien vacas como sacrificio, y que se repartiera su carne entre el pueblo, para al menos de esta forma recompensarlo por la paciencia con que durante tantos años había soportado la presencia en su país de esas estatuas pecaminosas. El emir también deseaba expiar su propia culpa ante el Todopoderoso, en especial por la reprobable premiosidad con la que él y sus santos ministros se habían encargado de demoler los monumentos iconoclastas.
—Teníamos en la cabeza tantos asuntos importantes que el problema de las estatuas lo dejábamos siempre para más adelante. —Así se justificaba ante mí en su gabinete, turbado como un pecador en presencia de su confesor, el ministro de Cultura, el mullah Qudratullah Jamal, hombre de complexión atlética, con larga barba y ojos ennegrecidos con carbón—. Ahora queremos expiar nuestros descuidos.
Al amanecer, en Kabul fueron degolladas en sacrificio doce terneras, en el patio del palacio presidencial que el emir ni siquiera visitó: ordenó que se lo entregaran a su primer ministro para que se alojara allí, pues a tal punto llegaba el desprecio que sentía por una ciudad que consideraba un antro de delito y maldad. Con enormes cuchillos que brillaban al sol, los matarifes, ensangrentados, descuartizaron la carne en trozos de a kilo, y soldados con turbantes negros los fueron repartiendo entre los pobres reunidos ante la Mezquita Azul, junto al río. En el mercado, con su griterío, el sacrificio pasó casi desapercibido. Solo por un momento se detuvo la febril agitación: los paquetes con la carne desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos en un mar de personas, despedazados a manos de los harapientos.
En las mezquitas, los mullahs instaban a la gente a que rezara por la lluvia. Pero en lugar de esperanza, los rezos trajeron a los fieles la duda y una desesperación aún mayor. Empezaban a insinuar que el Supremo no escuchaba sus súplicas, porque se había enojado con ellos y les había enviado la sequía.
Cuando en las ciudades jaurías de perros rabiosos y ya salvajes empezaron a atacar a niños y a viajeros extraviados, y desde los valles abrasados por el sol llegó hasta la meseta una plaga de langostas, los afganos comenzaron a repasar sus actos y a inculparse.Y muchos admitían que el Todopoderoso podía tener razones para castigarlos tan severamente.
2
En el aire se percibía claramente la angustia y la convicción, fuerte aunque irracional y pasajera, de que se acercaba una hecatombe inevitable, pues así lo quería la Providencia.
Se hablaba de la guerra. Pero no de esta que duraba ya un cuarto de siglo y había convertido Afganistán en el país más pobre del mundo. Se hablaba de una nueva guerra, mucho más atroz, que se avecinaba desde más allá de las montañas como nubes de tormenta.
Hablaban de ella los cada vez menos frecuentes viajeros y los comerciantes de las caravanas, únicos mensajeros que traían noticias de un lejano mundo cuya existencia había decidido ignorar por completo el emir afgano, lleno de desprecio por todo lo extranjero o diferente. Como si fuera una monstruosa tortuga que se refugia bajo su caparazón de los peligros, la inseguridad y lo desconocido,Afganistán, gobernado por el tuerto Omar, un mullah rural, se ocultó también y se encerró herméticamente bajo una coraza de prejuicios y conceptos provincianos.
Ahora, los que llegaban desde el lejano mundo anunciaban una gran guerra, que esta vez no se interrumpiría durante el mes del ayuno sagrado, el ramadán, y ni siquiera por el día festivo con que culmina, Id al-Fitr, cuando todos deberían colmarse unos a otros de perdón, oración, reflexión, alegría y obsequios para conmemorar el momento en que el Todopoderoso reveló al profeta Mahoma el Libro Sagrado, el Corán.
Trivialidades aparentemente insignificantes, casi imperceptibles, iban conformando, al entrelazarse, una figura tétrica de siniestra lógica. El invierno, que hasta entonces había sido en Afganistán la época para descansar de las guerras, no trajo tranquilidad ese año. Excepcionalmente corto y suave, esa vez no había cubierto de nieve los pasos de montaña, ni había dejado a la gente incomunicada en sus casas. Como si la propia naturaleza ofreciera un combate sin final a unos guerreros afganos que ni querían ni sabían luchar en invierno.
En la peñascosa Badajshán, acabando la primavera, se produjo un seísmo de terribles consecuencias que sepultó cientos de aldeas y miles de personas.Aquellos que sobrevivieron juraban que las montañas se habían agitado, arrancadas súbitamente de su inmovilidad por explosiones atómicas en el Rajastán hindú y en el Baluchistán paquistaní, por bombas de gran fuerza destructiva.
También se comprobó que las aves migratorias habían empezado a evitar Afganistán. Los patos salvajes, las grullas, los pelícanos y los flamencos, que en otoño solían pasar sobre las montañas afganas en su trayecto desde las estepas siberianas hasta los países cálidos del sur de Asia, no pudieron soportar por más tiempo el ruido de los disparos, o quizá presintieron la gran guerra que se acercaba y por ello cambiaron de ruta.Al verse inseguras, sin posibilidad de descansar o dormir después de un agotador viaje, y sin poder siquiera saciar su sed (los desiertos habían vaciado los lagos de agua dulce y habían devorado los bosques de cedros y robles que ofrecían sombra, ya que la gente, ocupada en la guerra, no les prestaba atención), habían renunciado al camino
