Y tú, ¿tan feliz?

Bárbara Gabriela Carvacho

Fragmento

Los colchones Rosen son los mejores del mercado, o eso dijo mi abuelo cuando me regaló uno. Mi abuelo, el fascista muerto hace once años, que me quiso como si yo fuese la luz de sus ojos. Los colchones Rosen son los mejores del mercado, dijo mi mamá cuando le comenté que, con mi primer sueldo, planeaba comprarme un colchón nuevo, tras más de una década habitando el mismo trozo inerte que sabe de semen, regla, lágrimas.

A medida que la precariedad empezó a desaparecer de mi vida, pensé que también se irían los recuerdos, pero, en cuanto abandoné en la esquina el Rosen que alojaba mi cuerpo, para que el vagabundo de turno lo recuperara, caí en cuenta: hay cosas que no puedes dejar, pretendiendo que se van a esfumar cuando llegue el camión de la basura a la mañana siguiente. Hay recuerdos que tardan millones de mañanas en convertirse en meras palabras; saliva.

Este invierno cambié mi colchón y ningún grado bajo cero se va a llevar a los fantasmas que dejé en Moneda, calle descuidada que ha sabido de días internacionales de la felicidad, puchos corrientes y trotes, porque cuando una quiere, corre. Y yo corrí, tanto que sangré, corrí tan fuerte que ningún paco me atrapó. Corrí tan deprisa que se me quedaron amigas atrás, tan veloz que mi familia ni siquiera alcanzó a verme pasar.

Corrí tanto que perdí el aliento; fumo mucho y mi estado físico siempre prefirió Rosen. Y un día me aburrí de correr y me dispuse a pelear. Ojalá mi abuelo me hubiese visto.

Yo soy bastante nadie, por eso pongo el yo antes del soy. No soy famosa mujer rota ni privilegio hecho vagina. Soy nadie, nadie con un colchón que entendió que el límite entre saberse y perderse es pequeño y caro, como una pastilla de misoprostol. La nadie que fue recién cuando la validación le abrió las piernas, le eyaculó adentro y la dejó tirada en un Lollapalooza. Nadie. Como todas, siempre nadies. Las nadies que al tío le gusta dedear en los cumpleaños, las nadies que saben de anos rotos, de tetas estrujadas, de velas con condón. De moretones en la guata.

Han sido días malos, por favor, no saques una foto. Hay cosas que no quiero recordar aunque hay cosas que tengo que visitar porque soy nadie y así nos alimentamos. Voy a volver a desearte mal a los ojos, todas las veces que pueda. Voy a maldecir los ojos de todos ustedes, los alguienes. Te voy a ver arder con esos dientes feos que descuartizan y trituran las extremidades de nadie.

No me voy a obsesionar pero tengo que decirte un par de palabras: una vez bajé al infierno y me vestí inflamable. Vaso en mano, cuatro pastillas bajo la lengua, tus ojos hermosos, mi corazón novato, gracias por los orgasmos, se me fue la vida en ellos. No me reconozco. No me conozco. No siempre fue así. Fui a conocer las napas subterráneas para volver y dejarte esto claro; tragué cincuenta y seis hostias completas sin asfixiarme y me afiebré de tanto querer detonar. Clandestinidad, vírgenes, catedrales, leyes, créditos, ayúdame a estallar para recuperarme en palabras. Nunca me hiciste tan feliz como abortar y el misoprostol no fue capaz de inmolarme como tú.

No voy a ser tu fetiche granada, no vas a decir cuándo tengo que reventar mi mierda porque es mía, y la vi en mi colchón cuando la diarrea y el misoprostol fueron el mismo cauce. No me vas a obligar. No de nuevo. Porque ya cedimos demasiado esperando tus nalgadas, tus aplausos y palmadas. Con estas mismas manos voy a rezarle a tu dios para demostrarte que el mío es mejor.

Me aburrí de correr. Mamá, te juro que no me voy a volver a pegar en la guata.

Toma mis palabras para enrolar pitos, sécate la vagina, llora no más. A las nadies nadie las mira. Y cuando nadie te esté mirando, agarra la vela, ponle un condón, llévala hasta la pared de tu útero y guarda reposo hasta que se haya terminado el tratamiento. Después corre, sube escaleras, no te preocupes por el cansancio. Tu colchón va a estar esperando y los moretones de la guata van a desaparecer. Nadie va a estar bien.

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