El fracaso inevitable

Ángeles Valdés-Bango

Fragmento

El fracaso inevitable

1

Al poco de cumplir los doce años, mi madre me dijo que el padre de mi padre se había suicidado y después me advirtió que no podíamos hablar de ello porque mi padre no lo sabía. Eso fue todo, y durante el tiempo que vivimos juntas siempre nos comportamos como si las dos lo hubiésemos olvidado.

Los motivos que llevaron a mi madre a hacerme aquella confidencia nunca los supe, ni me permití el pensar en ellos ni en si había confiado, o no, aquella revelación a alguien más. Sólo puedo imaginar ahora que probablemente pudo haber sido porque temiera que alguno viniese a contarme que mi abuelo había muerto de aquella manera y que yo no considerase que fuera tan importante el mantenerlo en secreto, o quizás pudo ser porque ella misma acababa de enterarse y no encontró a nadie tan cercano como yo para que lo compartiera con ella y para que la acompañase en el silencio que me exigió. Lo que no excluye que también pudieran haberla motivado ambas razones a la vez, o cualquier otra causa que se me escapa.

La forma como yo la recibí entonces no se diferenció en nada a la naturalidad con la que aceptaba los estremecimientos que me producían las lecturas de las historias de todos aquellos personajes que iban cayendo muertos alrededor de Hamlet, el príncipe de Dinamarca, o las de aquellos otros que iban siendo devorados sin misericordia por las pasiones más devastadoras. Es posible que eso tuviera mucho que ver no sólo con los libros que leía sino también con el hecho de que nosotros no nos relacionábamos con los familiares más directos de mi padre porque, cuando él regresó a su pueblo después de haber perdido la guerra civil de 1936 por seguir al lado de la República, su madre se había negado a recibirlo y había extendido ese rechazo a su mujer, a toda su descendencia y a cada uno de los parientes que formaban la familia de mi madre.

Fuera por lo que fuese, y casi instantáneamente, el suicidio de mi abuelo y mi abuelo mismo parecieron hundirse y ocultarse en la oscuridad de unas profundidades abismales en las que todavía no estoy muy segura de haber sabido entrar en ninguna circunstancia. Tanto él como su muerte se mantuvieron ignorados y desaparecidos durante años, y nunca vinieron a mí, consciente o inconscientemente, ni mezclados con ninguna de las historias leídas en los libros a las que con tanta espontaneidad asimilé y que iban creando o manipulando mis pensamientos, ni acompañando a la imagen fija que yo siempre he tenido de mi abuela y por la que sentí, siendo niña, una clara repulsa que me llevaba, cuando me lo lanzaban como un insulto, a negar con obstinación que era su nieta como San Pedro a Jesucristo o como un juez prevaricador, es decir, a sabiendas de que negaba una verdad. Ni siquiera me acordé de mi abuelo cuando conocí a sus dos hermanas ni cuando supe que su padre, mi bisabuelo, había procurado dejarlas oportunamente mejoradas en su testamento con la finalidad de dotarlas para un codiciable matrimonio; cuestión por la que debía de sentir una especial preocupación porque aún se conserva en la familia un escrito, de su puño y letra, en el que defiende el derecho de esas tías de mi padre al goce de unas dotes fundadas, el quince de enero de mil setecientos siete, por el Ilmo. Sr. D. Juan Queipo de Llano Arzobispo de las Charcas, en el Perú, a favor de sus hermanas y sobrinas y de las hijas y nietas que tuvieran y de todas aquellas descendientes femeninas suyas que fueran naciendo en sucesivas generaciones, y también se conservan, escritos por su mano, una copia de la escritura de fundación de la obra pía de esas dotes y un árbol genealógico demostrativo del derecho de sus hijas a ellas. Lo que a mí no me consta es si, después de tantos desvelos, consiguió que se lo reconocieran y que se las concedieran.

A mi abuela sólo recuerdo haberla visto un par de veces, de lejos y de refilón, sentada en una silla de ruedas en un minúsculo jardín delante de su casa con las piernas paralizadas y con la cara blanqueada y redonda como una luna. Un pariente cercano me dijo que, cuando ella y sus tres hermanos quedaron huérfanos, los cuidó una tía que tenía una fonda en la que solían alojarse viajantes de comercio, vendedores ambulantes, feriantes y otros huéspedes de ese tipo, cuando venían al pueblo, y otro más cercano aún me aseguró que, en la guerra civil, ella había hecho que el hermano menor de mi padre se alistase en una bandera de Falange, y que él, con veinte años recién cumplidos, no había regresado de la batalla del Ebro. En mi infancia, yo encontré una razón para mis apasionadas negativas de aquel parentesco que me unía a mi abuela en la creencia, surgida de un intenso deseo de que así fuera, de que yo era nieta de Josefa, una señora que me daba caramelos cuando nadie nos veía y que había entrado en su casa como ama de cría de la segunda de sus hijas y luego se había quedado a cuidar de todos ellos pero como uno más de la familia. Según iba creciendo, tal vez porque fui aprendiendo a no dejarme herir en mis sentimientos, aquella pueril aversión se iba transformando en un desapego no exento totalmente de algún interés con el que se alejaba de la indiferencia y empecé a sentir, primero, que mi relación con mi abuela no era precisamente un asunto de familia y, más tarde, que la naturaleza de esa relación sería la misma tanto si fuera como si no fuera una cuestión de carácter familiar. Y un día me olvidé de que ella existía, incluso cuando ella ya había dejado de existir sin que yo lo hubiera sabido; pero ese olvido yo sé que nunca tuvo nada que ver ni podría encontrarse en él ningún parecido con aquel ignorado paradero en el que desapareció la noticia de la realidad de la vida y de la muerte de mi abuelo, cuando mi madre me la confió.

No escribo estas cosas porque me conmovieran que sí lo hicieron, ni porque marcaran mi vida ya que todo el mundo sabe que mientras vives la que vives no puedes vivir la que vivirías si estuviera en tu mano la elección, ni porque crea que sean especialmente singulares pues todas las vidas están llenas de cosas como éstas. Mi propósito se aproxima a cualquiera de esos intentos que se hacen para encarar y comprender y aceptar la manera que tienen nuestras vidas de reflejarse y de repetirse, unas en otras, aunque parezcan diferentes por la impronta y el énfasis y la composición que a cada papel le prestan los distintos intérpretes. Y para ello se acerca, todo lo que puede, a una apropiación de la huidiza realidad con la intención de detenerla en su fuga.

En una ocasión en la que yo me encontraba en esa precaria situación que se extiende entre un empleo que se pierde o que se abandona y un trabajo que urge encontrar pues el fondo de resistencia con el que se cuenta para subsistir no está muy sobrado, porque creí que me ayudaría a atravesarla, acepté una oferta que me llegó bajo la forma de una proposición para codirigir, con otra licenciada universitaria, una residencia para estudiantes tutelada, así se la presentaba, por otra residencia universitaria reconocida, eso se predicaba de ella, por la Universidad. La propuesta me la hizo Agustina Portal, mi dentista, que era amiga de Mariola Vaquerizo, la

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