El frío

Marta Sanz

Fragmento

Índice

A mis amores añadidos:

Charo, Ramón, Chema.

Capítulo 1

1

Tú lo sabes ya de sobra, pero yo voy a repetírtelo. No me has dejado decir ni una palabra. Me has apartado suavemente; te has dado la vuelta. Cientos de kilómetros desperdiciados, la selección de cada viaje, ropa de muda, jerseys gordos, un par de pantalones, el libro de rigor, el que no leo porque me marea leer en los trayectos.

Era por la mañana, el frío me corta la cara, me deja blanca. Recuerdo, mientras camino hacia la estación, la tibieza húmeda del invierno en tu país. Tan dañina, se filtra por mi caja torácica, me reblandece los huesos; siempre que te veo, tirito y entonces no sé si estoy mojada o tengo miedo de pecar contra ese decálogo tuyo, que no me dejaste repasar antes de conocerte.

Aprieto el paso y llego al andén. Cómo te odio, cuando me contemplo, sola, entre tantas caras hostiles; cuando la vejez me reclama en cada anciana arrebujada, entre mantas y parapetos de cartón. O todo lo contrario, frente al hombre de traje y prensa que me pegaría una patada si me acercase a preguntar la hora, se correría de asiento, diría que es una vergüenza. Y esos perros de consigna, que te andan al paso, te acompañan y, por segunda vez, son abandonados.

El conductor del autobús revisa el billete y tiene dispuesto un comentario, sobre mi circunstancia de chica sola, que viaja sola, con una mochila que no sabe si puedo subir a la zona de pasajeros.

Podrían sentirse incómodos. No quiero estorbar, pero Mariano es condescendiente. Me lo permite todo. He sabido que se llama Mariano, porque aunque me hubiese gustado dormir, no he podido evitar su charla con la radio. Mariano, Mariano, ¿y tus chicos?, ¿te has enterado de lo de Arturito?, hombre ¡que qué Arturito!, sí, hombre, sí, el chaval de la línea de Cuenca, Arturito, el peli, claro, Mariano, el pelirrojo. Y a mí que lo de el peli no me importa, pero lo voy a recordar. Eso seguro.

Entre el ruido, voy dándole forma anticipada a nuestro encuentro. Me avergüenza, intuyo un aura de melodrama. Acaso sea ésa, la manera de vivir tan pueril, como en una película, el mundo no es así, que me recriminas; recriminación, una de las contadas ocasiones en las que has abierto la boca para hablar de algo que no fuesen tus dibujos de mierda.

Pocas veces los asientos de autocar me habían tolerado tanto onanismo como el de esta mañana; están llenos de olores que me enferman, manchas de grasa inverosímiles, que entiendes al observar a la señora que va delante de ti, comiendo, esa que antes de alcanzar su destino se peina las puntas teñidas del pelo y se repinta los surcos de los labios y se lava las muñecas, el cuello, con un agua de colonia que sólo huele a agua estancada.

Voy rígida en mi lugar. No permitiré que me dirijan la palabra. No permitiré que nadie me ofrezca ninguna cosa; estoy hacia adentro y miro el paisaje acristalado que ofrecen los coches de línea. Quiero que se den cuenta de que tengo algo que hacer, de que ya he buscado distracción entre la tos burbujeante y el ronquido. Me aburro, pero estoy tensa y no comentaré nada.

Observo los monótonos personajes de los pueblos y escudriño entre las ranuras de las persianas para descubrir algo; si anochece, me gusta adivinar, por el color de la luz, por la intensidad que se transparenta entre las cortinas, cuál será la escena que la contraventana me oculta. Como si algo cálido se precipitara en las calles impersonales, que atrav

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