Al empezar la década de los noventa la narrativa española ya se había instalado en esa cursilería de fondo que, al menos desde entonces y salvo excepciones, la viene caracterizando. En aras de la normalidad, es decir, de su entrega a las leyes del mercado, paso a paso, renunciaba a la pretensión de ser un medio de conocimiento y diálogo con el mundo para encaminarse, con prisas y aplausos, hacia su conversión en una rama, más o menos florida, de las industrias del ocio y el entretenimiento. Momentos aquellos de autosatisfacción patriótica en los que todos parecíamos habernos acostado ibéricos y subdesarrollados para despertarnos europeos y con tarjeta de crédito.
Por aquel entonces yo era un editor arruinado, dos términos que, a salvo de unas pocas excepciones, suelen ser redundantes. Era, en efecto, un editor asalariado trabajando como director literario en una editorial más familiar que independiente y siempre pendiente de renovar la línea de crédito. Editor en editorial ajena. Luego me pasaron otras cosas: aquella editorial de tamaño medio fue comida por una editorial más grande y luego la multieditorial más grande fue comida por una multinacional muchísimo más grande y gorda y etcétera. El tiovivo de la vida que da, y la edición de este libro lo atestigua, muchas vueltas.
Un editor arruinado es un editor obligado a tener imaginación. El hambre afila el ingenio, que decían los clásicos. El dueño y director general de aquella Editorial Debate de antaño me había adjudicado unos discretos pero suficientes estímulos pecuniarios y me pidió dos cosas: moverme dentro de un presupuesto modesto para mantener alejada en lo posible la espada de Damocles de la quiebra y dotar al sello con unas señas de identidad literarias de prestigio (todavía este —el prestigio— no se había convertido en la losa funeral que es en la actualidad). Entusiasmo no me faltaba. Durante años había ejercido la crítica literaria en diversos medios y pensaba, ingenuo de mí, que ser editor era como ser crítico pero con poder ejecutivo. Llegué a tal desempeño con la creencia de que el programa de toda editorial literaria que se precie de serlo debería centrarse en intentar editar la mejor literatura del pasado, la mejor literatura del presente y la mejor literatura del futuro. Atendiendo a este criterio diseñé tres colecciones: «Punto de Rescate» para mirar al pasado (El Conde de Montecristo, de Dumas, La piedad peligrosa, de Stephan Zweig), «Punto de Encuentro» para mostrar el presente (La Puerta de Damasco, de Robert Stone, Su pasatiempo favorito, de William Gaddis) y «Punto de Partida» para apuestas de futuro (Lo peor de todo, de Ray Lorriga, El frío, de Marta Sanz, Biografía de la huida, de Josán Hatero). Lo malo es que entre lo supuesto y la realidad quien acaba mandando es el pre-supuesto, es decir, donde decía pasado, hubo que leer libres de derechos de autor; donde decía presente, autores con pocas ventas que las editoriales fuertes desdeñaban y donde se proponía futuro, exhaustiva lectura de originales que generalmente, antes de llegar a nuestra mesa, ya habían pasado sin suerte por las editoriales hegemónicas de aquel momento. En resumen: un alentador panorama —sí, alentador, aunque no lo parezca— con poco ruido y menos nueces.
Llegó una carta de Luis Suñén. Ya sé que cuesta imaginarlo pero en aquellos años todavía se escribían cartas. Aquella estaba escrita a mano: «Querido Constantino: como sabrás los nuevos aires gerenciales que empiezan a sacudir el mundo editorial me han agradecido los servicios prestados. Te escribo para comentarte que uno de estos días te llegará el original de un libro de relatos, nouvelles más exactamente, que estaba pensando en editar cuando la buena nueva laboral acabó con mis propósitos. El autor se llama Luis Magrinyà. Creo que merece la pena leerlo con atención. Un abrazo». Como en mi caso, el remitente había entrado en el mundo editorial después de haberse desempeñado con éxito como crítico literario y, como él mismo anunciaba, su cese como director editorial de Alfaguara era el heraldo negro de unos nuevos tiempos en los que ya se anunciaba que un editor que lee estaba condenado al fracaso profesional. A los dos días me llegó el anunciado envío y mi respeto hacia el criterio literario de Suñén me llevó a la lectura pronta del original. Lo primero que me llamó la atención, para mal, fue el prólogo del autor: «Puede ser fácil, desde aquí abajo, reírse de la precaria pirueta en que se sostiene, tan difícilmente, la vida del aéreo; podemos pensar que son unos locos o unos necios y que más les valdría ceder desde un principio a la atracción terrestre que los acecha y tiraniza». Me sonó a pedante, a listillo, y además pensaba por entonces que los libros deben defenderse por sí mismos sin necesidad de explicaciones previas. Cuando uno lee un original, con otros cincuenta esperando encima de la mesa, lo que está deseando es encontrar un motivo para no seguir leyendo y aquella nota a punto estuvo, a pesar de la recomendación, de mandarlo a la papelera. Por fortuna para mí seguí leyendo. Y sobrevino el silencio: «Tras un largo y fúnebre sueño que ha durado toda una noche y toda una mañana, presa de la agitación y el sudor, Martín se despierta a las tres y salta de la cama de un brinco compulsivo. Está aterrado, le falla la respiración. La primera ojeada al espejo le devuelve grabado este mensaje: “Tengo que cambiar”; y añade: “Ahora mismo. Tengo que ser lo que no he sido”. La más profunda intuición dicta la primera medida: aparta el rostro del espejo y apaga la luz». Cuando un texto te llena la cabeza de silencio, desalojando el trajín de ruidos que usualmente viven en ella, la oreja del editor se levanta: aquí hay algo. Y en efecto, allí había una escritura, es decir, una voz consciente de que para dejarse oír hay que crear un espacio compartido en el que el texto y el lector dialogan dialécticamente entre ellos y, a la vez, con el mundo. No se trata sólo de que te seduzcan halagando o dando gusto a tus altas o bajas pasiones literarias, sentimentales o existenciales, ni de que te pongan delante una trama de suspense que haga la función que la zanahoria cumple para el caminar del asno aburrido y remolón. No, se trata de que un pensamiento literario ponga en marcha el entendimiento del lector aún sin saber exactamente adónde te va a conducir ese diálogo. Frente a la expectativa fácil del qué va a pasar, la intriga del pensar sobre el qué está pasando, qué sigue reflejando aquel espejo cuando la luz se apaga. Una escritura en la que llama fuertemente la atención, por inusual, la geología de una sintaxis: plegamientos, subordinadas, sinclinales, yuxtapuestas, simas, puntos y comas, grietas, glastos, causales y disyuntivas, fosas, comas inclusivas, basaltos, condicionales, capas freáticas y estratos, sobre la que se levanta una orografía y un paisaje que si bien la crítica define de manera casi unánime como irónicas, a mi entender es más fruto de un respetuoso desapego, tanto hacia los lectores como hacia los aconteceres de sus criaturas narrativas, más propio de una compasión burlona que de ese paternalismo intelectual que la ironía requiere y delata.
Me gustó, me interesó, me extrañó. Pero el gusto personal no es —ni creo que deba serlo— el criterio fundamental a la hora de tomar la decisión editorial pertinente, ni el interés propio siempre coincide con las circunstancias empresariales, ni la extrañeza es garantía suficiente para que los lectores vayan a abandonar las certidumbres que el mercado literario les venía ofreciendo. En cualquier campo de actividad, la aceptación de lo nuevo o inusual exige un esfuerzo que pocos están dispuestos a realizar. Y además: era un libro de cuentos. Así que al menos en un principio mi propuesta de edición no fue muy bien acogida. Le escribí al autor contándole que «a pesar de... y aunque... lamento... si bien...». Y aquí se acabaría esta historia si no fuese porque semanas después, la relativa buena recepción de uno de los libros recién publicados reforzó mi posición y me dio ánimos para insistir y proponer que Los aéreos, título de aquel primer libro, fuese la punta de lanza de aquella colección «Punto de Partida» vestida con un formato de vocación clásica: portada sobria y sin ilustración, siguiendo el modelo Gallimard. Llamé por teléfono al autor: «Hola, soy... he estado dándole vueltas y... bueno, me gustaría si todavía... una nueva colección... estupendo y si te parece bien... podrías pasarte por... pues estupendo, hasta el martes entonces».
Nos vimos las caras y firmamos el contrato. Si no recuerdo mal el adelanto fue de 200.000 pesetas, 1.200 euros. Discreto para la época, un lujo hoy. Sobre las relaciones entre autor y editor se ha hablado mucho. Evidentemente, para un autor que empieza, el editor despierta agradecimiento. Para un editor, el afecto va a estar en función de lo que ese autor aporte a su condición de editor. No digo que no haya un lugar para lo personal, digo simplemente que en principio la relación se establece sobre bases asimétricas. La mayoría de los autores nuevos se sienten obligados a sonreír en exceso cuando conocen al editor y ponen cara de escucharle atentamente. También en esto Magrinyà mostró su diferencia. Entró en la editorial como un artista en la galería el día en que se inaugura su exposición. Recuerdo de aquel momento dos cosas: su look «newyorkino», chaqueta llamativa, vaqueros y zapatillas (algo muy poco visto en 1993) y, más sorprendente todavía, que se reía sin recato. La risa de Luis Magrinyà. El editor hablaba de Henry James y él de Andy Warhol, el editor hablaba de Edward Hopper y él de Twin Peaks. El asimétrico encuentro entre el letrado y el artista. Me ganó por KO. Y sin embargo, creo, no nos caímos mal. El libro tuvo, como era de esperar, escasas ventas pero, menos predecible, algunas excelentes críticas que cabe suponer calmaron en parte nuestras vanidades y legitimaron mi decisión desde el punto de vista de la empresa: «los sorprendentes logros de este primer libro, obra de un escritor joven aún pero ya hecho, capaz de abrirse paso en muy difíciles territorios y ofrecer un excelente puñado de textos entre los que destacan al menos dos relatos (“Siervos y señores” y “Conformidad”) realmente espléndidos. La colección de narrativa que con él se inaugura no podía arrancar con mejor pie». Ignacio Echevarría. Babelia. El País.
Dos años más tarde, y acaso gracias a las ventas de las 1069 recetas de Carlos Arguiñano que la editorial había colocado en el mercado, todavía la quiebra económica se mantenía a raya. Con nuevo diseño —cambiar de diseño de manera continua es un claro signo de inestabilidad editorial—, y con una ilustración a color que hoy me parece horrorosa, saldría el segundo libro de relatos que esta edición también contiene (ya ven: dos por el precio de uno, y cuatro cuentos más de propina): Belinda y el monstruo, con seis narraciones largas en las que Magrinyà profundizaba en su mirada de forense enfocándola ahora de modo principal hacia las relaciones amorosas como espacio privilegiado para la disección de los afectos. Una joya y un gusto de libro: imagínense a un magistral cirujano con escalpelo en mano hurgando sobre los lugares comunes del amor y sus fantasmas. Subordinada a subordinada, la malignidad lúcida de su sintaxis ponía al descubierto las mediocridades y mezquindades sobre las que crece y con las que se alimenta ese sentimiento tan noble que llamamos amor. «Por mucho que mitiguen clases, ideologías, y otros condicionantes, el amor funciona como un adecuado barómetro del desencuentro en otros ámbitos de la sociedad.» Nuevamente buenas críticas y escasas ventas, mientras el bien ganado reconocimiento literario del autor se incrementaba exponencialmente. Que nos dijera adiós resultó inevitable. Como reza aquel verso tan cursi del cubano José Ángel Buesa: «Te digo adiós y acaso te quiero todavía».
En el año 2000 Magrinyà recibe el Premio Herralde por su novela Los dos Luises y obtiene, no ya el reconocimiento público de su talla de escritor, pues ya gozaba de él, pero sí la visibilidad y el renombre que, digamos, su antigua editorial no había logrado o sabido poner a su alcance. Aquella novela no hacía sino confirmar las primeras expectativas sobre la alta pertinencia de su literatura. Y cinco años más tarde nueva confirmación con la publicación de Intrusos y huéspedes, y otro lustro que pasa y de nuevo el reconocimiento general de su talento al editarse su hasta ahora último título: Habitación doble. Cualquiera que sepa meramente sumar y restar puede comprobar que el ritmo de su escritura poco tiene que ver con la precipitación y sí mucho con el rigor y el cuidado. Ni la facilidad ni la grafomanía, ni las prisas por «volver al mercado» parecen «virtudes» que le caractericen como escritor. Soy de la opinión de que los buenos escritores lo son porque les cuesta aprender a decir lo que quieren decir, trabajan contra la resistencia que les ofrece el lenguaje, se «resisten» a que lo dado escriba por ellos y en ese juego de resistencias descubren y aplican su talento. Claro que en los entretantos el autor, ahora en función de director de colecciones de Alba Editorial, escribía y publicaba un catálogo de obras literarias, entre la revisión de clásicos y la osadía de quien se arriesga a lo inesperado, que ha creado escuela entre los más jóvenes colegas recién llegados al mundo de la edición.
Y ahora y aquí, esta edición de Cuentos de los 90 que es motivo y pretexto para esta nota que empieza a ser demasiado larga para lo que era mi intención primera. Mientras el autor iba acrecentando las bases de lo que antaño se llamó «la reputación del escritor», el abajo firmante iba pasando de su condición de editor arruinado a editor, digámoslo con palabras de Jorge Herralde, tan presente y ausente en esta historia, «consentido», que, en el interior de un gran grupo editorial, proyecta y dirige un sello, Caballo de Troya, con el objetivo de encontrar nuevas voces, nuevas literaturas, nuevas narrativas y, atención, «retornos imprescindibles». Una editorial con perfil de editorial independiente en el seno de una gran multinacional de la edición, es decir, la hermana pobre a la que generosamente se le ha ofrecido un techo discreto con el encargo de que siembre, cuide y riegue algunas plantas del invernadero que acaso en algún momento puedan encontrar mejor lugar en los salones principales de la casa. Salta entonces la pregunta: ¿Y esto? ¿Por qué Magrinyà, como si fuera el hijo pródigo, vuelve sus ojos al pasado?
Evidentemente mal se puede responder a la pregunta sin ser dueño de los pensamientos de Luis Magrinyà. Debería limitarme a contar que suya fue la propuesta, que la sorpresa apenas me dejó reaccionar, que me pareció un regalo de los dioses, que me hizo gracia, que nos reímos imaginando el posible desconcierto del mundillo literario, que los dos compartimos cierto gusto por lo impredecible, que estás loco pero bueno y sólo puedo ofrecer un adelanto sonrojante. Pero los actos, más allá incluso de la voluntad o motivos de los sujetos que los llevan a cabo, proyectan significado, y sobre cuál pudiera ser este he tratado de reflexionar.
En el patrimonio oral de los indios apaches Pies Negros se encuentra el si
