Índice
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Índice
Obras de Haruki Murakami publicadas en español
Introducción
PRIMERA PARTE. GEOGRAFÍA E HISTORIA
1. «Nihon»: el lugar en donde nace el Sol
2. Entre dos mares y dos corrientes marinas: el omote Nihon de Murakami
3. Tres bendiciones y tres azotes
4. De Edo a Tokio: cuatro etapas de crecimiento
5. Los subcentros tokiotas: cuervos en Shinjuku y gatos en Nakano
6. Diez mil años en siete páginas
7. Crónica de un desastre: la historia del cabo Honda y del teniente Mamiya en su contexto
8. Los disturbios de la década de 1960: Zenkyoto y Murakami universitarios
SEGUNDA PARTE. LENGUA Y ESCRITURA
1. El japonés, ¿lengua difícil?
2. Noburu Wataya, el «trepa» de la Crónica del pájaro
3. Kafka Tamura, con sólo 15 años, sabe usar las formas honoríficas
4. La belleza de los sinogramas
5. Tres escrituras en una
TERCERA PARTE. LITERATURA, ESTÉTICA Y AUSENCIAS
1. Literatura japonesa en dos páginas
2. Los tesoros de la biblioteca Komura
3. Fukaeri, la vidente de 1Q84, recita: los bonzos ciegos del laúd y Hoichi el Desorejado
4. Cuatro autores modernos: Ogai, Akutagawa, Dazai, Oe
5. La estética en Japón: la nuca femenina como alegoría del vacío
6. «Nakata es como una biblioteca sin libros»: desapariciones, vacíos y silencios
CUARTA PARTE. NATURALEZA Y RELIGIÓN
1. El olmo de Murakami
2. «No es un dios ni un Buda» (Kafka en la orilla, 433)
3. El sintoísmo: río, marea, bosque, manantial, rocío, rayos, rocas, sombras
4. Una cultura de la limpieza
5. El budismo del nieto del monje
6. Reencarnaciones en caballos, caracoles, clips, caucheras o almejas
7. El zen: «Cuando corro, simplemente corro» (De qué hablo cuando hablo de correr, 31)
8. Las nuevas religiones: vino viejo en odres nuevos
QUINTA PARTE. MITOS Y SUEÑOS
1. La espontaneidad de las desapariciones
2. La magia del nombre y las miradas prohibidas
3. Mundos subterráneos y hechiceras
4. La sabiduría oriental de los setsuwa
5. «Aquella noche yo vi un espectro» (Kafka en la orilla, 335)
6. Cuervos negros y aves blancas
7. El puente flotante de los sueños
SEXTA PARTE. SOCIEDAD E INDIVIDUO
1. Las cuatro estaciones de la sociedad japonesa y un interrogante
2. En la sociedad japonesa rei es el rey y wa es la reina
3. El nuevo individualismo de una sociedad grupista
4. Relaciones verticales: Nakata y el señor gato cara a cara en Kafka en la orilla
5. Realidad y fachada: honne y tatemae
6. Un corral sin gallo
7. Juventud japonesa y educación
8. El sarari man y el yakuza, dos aliados contra Murakami
9. Minorías en Japón
SÉPTIMA PARTE. COSTUMBRES Y GESTOS
1. Si existo, saludo
2. El mono de Shinagawa
3. Regalos y protocolo
4. ¡Hola! ¡Te expongo mi cuello!: reverencias y tarjetas de visita
5. «Me sentía incómodo dando la mano...» (Al sur de la frontera, al oeste del sol, 63)
6. Gestos y malentendidos: la rabia de Aomame
7. Tatamis, futones y ofuros
8. El vestido y los colores: las guapas de Murakami también llevan uniforme
9. Las cafeterías y los love hoteru
10. Haraquiris y sobredosis: incestos, abortos y suicidios
OCTAVA PARTE. COMIDA Y BEBIDA
1. No hay misoshiru sin soja, ni Murakami sin misoshiru
2. Palillos flotando río abajo, y lo que no se debe hacer con ellos
3. Las cuatro esquinas de la mesa: estética, crudeza, «ballenas de montaña» y sushi
4. Y sus cuatro patas...
5. Tres cincos y un ocho: la tenpura de Midori y el semen de Watanabe en Tokio blues
6. Los fideos, otra seña de identidad nacional en Murakami
7. «En verano bebo cerveza y, en invierno, whisky» (La caza, 43). Sí, pero...
Glosario
Imágenes
Notas de la conversión
Sobre el autor
Créditos
Grupo Santillana
Obras de Haruki Murakami publicadas en español
Las frecuentes referencias que en El Japón de Murakami se realizan a pasajes de la producción murakamiana y citas textuales de sus obras, con el número de la página correspondiente entre paréntesis, se han basado en las siguientes ediciones en lengua española:
• La caza del carnero salvaje, trad. de Fernando Rodríguez-Izquierdo y Gavala (Barcelona: Anagrama, 1992), 1ª edición en Compactos: enero de 2009.
• Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, trad. de Lourdes Porta y Junichi Matsuura (Barcelona: Tusquets, 2001), 9ª edición en colección Maxi: mayo de 2010.
• Sputnik, mi amor, trad. de Lourdes Porta y Junichi Matsuura (Barcelona: Tusquets, 2002), 7ª edición: enero de 2011.
• Al sur de la frontera, al este del sol, trad. de Lourdes Porta (Barcelona: Tusquets, 2003), 1ª edición en colección Maxi: mayo de 2007.
• Tokio blues, trad. de Lourdes Porta (Barcelona: Tusquets, 2005), 1ª edición en colección Maxi: mayo de 2007.
• Kafka en la orilla, trad. de Lourdes Porta (Barcelona: Tusquets, 2006), 1ª edición en colección Maxi: septiembre de 2008.
• Sauce ciego, mujer dormida, trad. de Lourdes Porta (Barcelona: Tusquets, 2008), 1ª edición: febrero de 2008.
• El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, trad. de Lourdes Porta (Barcelona: Tusquets, 2009), 1ª edición en colección Maxi: enero de 2010.
• After Dark, trad. de Lourdes Porta (Barcelona: Tusquets, 2009), 1ª edición en colección Maxi: mayo de 2010.
• De qué hablo cuando hablo de correr, trad. de Francisco Barberán (Barcelona: Tusquets, 2010).
• 1Q84, libros 1 y 2, trad. de Gabriel Álvarez Martínez (Barcelona: Tusquets, 2011), 1ª edición: febrero de 2011.
• 1Q84, libro 3, trad. de Gabriel Álvarez Martínez (Barcelona: Tusquets, 2011), 1ª edición: octubre de 2011.
Introducción
Es famosa la historia de aquel sabio chino —unos dicen que Zhuang Zhou, otros que Lao Tse— que soñó que era una mariposa y que, cuando despertó, exclamó: «¿Soñé yo que era una mariposa o, más bien, fue una mariposa la que soñó que era yo?».
Este libro sueña con que, una vez terminada su lectura, al lector le asalte una pregunta por el estilo: ¿el Japón de Haruki Murakami o el Haruki Murakami de Japón? Porque entonces este lector paciente habrá podido percibir la fusión de sujeto y objeto: la extraña perfección del mimetismo cultural que adopta, sin darse cuenta, el creador de historias por fantásticas que sean, la íntima relación que establecen, como pez y agua, el escritor y el medio del que proviene y en donde vive, la identidad espiritual de la casa —Japón— y de su morador —Murakami—. Una especie de castillo habitado en cuyas paredes sólo puede haber una grieta: la subjetividad del autor del presente libro. Este autor, quien esto escribe, como el lector de sueños de una de las novelas murakamianas, ha encontrado un bello unicornio de dorado pelaje y le ha abierto las puertas de una ciudad amurallada. Después se ha atrevido a invitarlo a entrar en la casa, en el castillo, que le pertenece.
¿Murakami sobre un suelo de tatami, en quimono y disfrutando de la ceremonia del té? ¡Vaya disparate! Nada más lejos de la imagen que seguramente tiene el escritor japonés entre sus lectores de los cinco continentes. ¿Un libro sobre Murakami, el autor de una «efusión de plástico» —en palabras del crítico Donald Richie— tras otra, de obras que, según otra autorizada opinión, son «suicidios intelectuales» y que, sin embargo, encandilan a millones de lectores de todo el planeta? ¡Qué risa!
No, no fue un disparate; y la risa fue un grave error. Porque, aquí está, entre las manos del lector o dentro de su ereader, un libro sobre un Haruki Murakami más japonés que el sushi y el té verde juntos.
Ésta es la crónica de su nacimiento. Fue en la primavera del año 2011 cuando el editor Pablo Álvarez, al que acudí para vender uvas, quiso comprarme manzanas, y de la variedad Fuji: un libro sobre el Japón de Murakami. Entorné los ojos y lo miré fijamente para asegurarme de que hablaba en serio. Moví la cabeza con incredulidad. En un momento me acordé de la frase de «efusión de plástico» que yo había suscrito en Claves y textos de la literatura japonesa ocho años antes, de mi expresión de indulgente desinterés cuando tenía que hablar de Haruki Murakami ante los estudiantes de Casa Asia, del esfuerzo que me costó terminar las dos únicas novelas suyas que había leído (Tokio blues y Al sur de la frontera, al oeste del sol).
Corrí. Volví a casa. En una semana, volando, leí otras dos: Kafka en la orilla y El fin del mundo. Las leí en clave de «¿Está Japón aquí dentro?». ¿Era posible comprender el disparate de «El Japón de Murakami»? ¡Imposible!
¡Pero sí! ¡Sííí! Ahí estaba Japón: en cada párrafo y en cada página; estaba en las palabras, los gestos, los valores y los sentimientos de cada personaje; estaba, sobre todo, en las flores de las soledades y en las raíces de las búsquedas de sus protagonistas; estaba hasta en no sé qué aire que quedaba tras sus desapariciones. Es cierto que había una fachada: jazz, Bach o Beethoven, cerveza, cultura pop, técnicas narrativas, pantalones y faldas, edificios y ascensores, amagos de individualismo y bates de béisbol, etcétera, todo ello de aspecto llamativamente occidental; y hasta un empeño vano en querer escribir desde el exterior del castillo. Pero este país, el país donde Murakami nació, creció y vive seguía ahí, detrás de una fachada bien pintada, llenando todo el espacio del castillo, incluido el vacío de sus espacios y el aliento de sus moradores, ahí estaba con más vitalidad e intensidad todavía que si sus novelas trataran de temas típicamente japoneses. El mismo descubrimiento me llenó los ojos al releer aquellas dos obras que antes me había costado terminar. Y después otras y otras, en total doce, que una vez aceptado el desafío del editor, leí y releí en los meses siguientes...
Ahí estaba el Japón de la década de 1980, el que yo había vivido en esa década, el de una juventud a tientas y vacía, el de niños ya desquiciados, en medio de la afluencia y del consumismo exacerbado, el Japón de Naoko y Watanabe (Tokio blues); ahí estaba el Japón de la década de 1990, el de los importantes cambios en valores sociales, el de la violencia soterrada, el de la crítica acerba al sistema que representan personajes como Noboru Wataya (Crónica del pájaro que da cuerda al mundo); ahí estaba el Japón del cambio de siglo, cuando se desploma el mito del sarari man, el que asiste al asesinato brutal de la familia japonesa perpetrado por Kafka Tamura y supervisa el vuelo negro de un ancestral y parlante Cuervo (Kafka en la orilla); ahí estaba el Japón de la primera década del siglo XXI con los reajustes, los sobresaltos y las esperanzas del nuevo siglo, el Japón de Aomame y de Tengo que, cogidos de la mano, contemplan dos lunas fantasmagóricas (1Q84). Una película desarrollada en treinta años.
En mis lecturas tuve que ir casando el contenido de las obras de Murakami, las doce publicadas en español hasta el día de hoy, con el visionado de esa película y con mi percepción de un Japón en constante cambio. Como las piezas de un puzle, todo —en realidad, más bien casi todo— empezó a encajar poco a poco. El hallazgo fue simplemente éste: ¡un escritor llamado Haruki Murakami, japonés cien por cien!
El libro que ahora se presenta es el resultado de ese descubrimiento.
Como está pensado para occidentales, el ordenamiento de su contenido va de lo general, que es Japón, a lo particular, que es Murakami: del contexto cultural y social de un país a la frase y a la palabra de un autor. Un orden inverso al habitual en la expresión y la cultura japonesas, en donde se procede del detalle al todo. La singularidad japonesa repartida en diez o quince temas generales se trocea y desmenuza para ser contrastada con pasajes y citas de cada uno de los doce libros de Murakami que se mencionan en el apartado «Obras de Haruki Murakami publicadas en español». Estos temas están incluidos en las ocho partes en que está estructurado El Japón de Murakami.
Se empieza, naturalmente, por la GEOGRAFÍA, la realidad menos inestable de cuantas nos rodean, y luego, en la misma sección, por la HISTORIA, con atención pormenorizada a la década de 1960 y al movimiento del Zenkyoto del cual Murakami es heredero. La segunda sección se dedica a la LENGUA japonesa y su ESCRITURA, los dos soportes mentales y físicos de la obra de un escritor. La tercera, a tres temas: la LITERATURA, la ESTÉTICA, y también el vacío en forma de AUSENCIAS; el primero es un referente tenue en muchas obras de Murakami; los otros dos, en cambio, son componentes, espiritual uno y temático el otro, que me han parecido fundamentales. La cuarta y la quinta sección tratan de RELIGIÓN, NATURALEZA, MITOS y SUEÑOS. Religión y naturaleza son dos caras de la misma moneda en Japón, por lo que no se puede tratar una sin la otra; Murakami tampoco lo hace. Los mitos y los sueños son vehículos de verdades existenciales en nuestro escritor; imposible, por tanto, no comentarlos después de haberlos insertado en la mitología japonesa, en la exuberante tradición de seres fantásticos y pasadizos mágicos —sueños— de Japón. La sexta sección cubre la SOCIEDAD japonesa y al INDIVIDUO (más bien, al nuevo individualismo que bulle en ella), es decir, a la reverencia y al sentimiento o, en términos dramáticos, al antagonista —incluyendo, hermanados, al sarari man y al yakuza— y al protagonista o héroe/heroína de buena parte de la producción de Murakami. En la séptima se trata de los GESTOS de la sociedad japonesa que no son otros que sus COSTUMBRES y sus usanzas, en especial de los que, primero, son marcadamente diferentes de los occidentales (saludos, etiqueta, lenguaje no verbal, reverencias) y, segundo, se reproducen en las páginas del escritor japonés. Vestido, sexo, homosexualidad, matrimonio, suicidios son algunos de los subtemas tratados en la misma sección. Finalmente, en la octava se habla del COMER y del BEBER en Japón, dos asuntos, sobre todo el primero, de insistente presencia en las páginas de Murakami, de las cuales se podría entresacar un decente recetario de cocina. Es justo en la gastronomía, especialmente en su variedad de comida popular, en donde este escritor se adecua más a su condición de «japonés que parece japonés»; y eso a pesar de que comer una hamburguesa o unos espaguetis sea hoy tan natural en un japonés como puede serlo en un mexicano o un ruso.
El hecho de que Haruki Murakami se muestre en sus novelas como «un japonés que no parece japonés» suscita opiniones bastante encontradas entre los admiradores y los críticos de su obra. Para muchos es una de las causas de su masiva aceptación internacional; para otros, en cambio, un sometimiento decepcionante a la emulación de Occidente que desde hace ciento cuarenta años —con especial intensidad, desde el nacimiento del escritor, en 1949— domina a la sociedad japonesa; incluso, para algunos japoneses más recalcitrantes, una desconsideración hacia la cultura tradicional del país, a la cual este escritor siempre ha dado la espalda; para los más duros, hasta un acto de traición a la «tribu». De esta suerte, Haruki Murakami se ha convertido, tal vez sin él quererlo, en valiente protagonista de una novela imaginaria en la cual afirma su individualidad frente a las lealtades de la conformidad social del Japón tradicional.
Por fortuna en Occidente el «efecto quimono» ya hace tiempo que se ha superado, pues son pocos los occidentales que abren el libro de un autor japonés en busca de exotismos facilones. Desde la década de 1960, gracias sobre todo a autores como Kobo Abe y Kenzaburo Oe, el lector no japonés que lee literatura japonesa se ha acostumbrado a reconocer planteamientos literarios universales en cualquier autor japonés cuyo mundo ficticio no esté poblado de geishas, samuráis, cerezos en flor y otras lindezas del viejo japonismo. No cabe duda de que la internacionalización de nuestra sociedad y, en concreto, la familiaridad de las nuevas generaciones con productos japoneses como las historias gráficas del manga, del anime o los videojuegos han contribuido felizmente a la superación del efecto quimono, el cual, hace sólo cincuenta años, representaba una barrera para el aprecio de un autor japonés fuera de su país.
Este libro tiene dos destinatarios principales: los que gustan de Japón y los que gustan de Haruki Murakami. Y, en consecuencia, dos fines: llevar Murakami a quienes, gustándoles o interesándoles Japón, no conocían a este autor japonés; y llevar Japón a quienes, habiendo leído alguna o todas las obras de nuestro autor, desean saber más de Japón y así tal vez disponer de un contexto cultural amplio con el cual aumentar su aprecio de Murakami. En este último caso especialmente el libro hace las veces de guía cultural para moverse con cierta libertad por el Japón de nuestros días. De todas formas, no parece ser cosa fácil de entender que quienes gustan de Murakami no hallen agrado en Japón y en su cultura. Sería tan irrazonable como pensar que a quien le gusta nadar no le agrada el agua.
Con esto hemos enunciado, casi sin querer, la tesis del libro (por si no hubiera quedado clara con su mismo título): la japoneidad de Haruki Murakami. Esta cualidad está más allá de circunstancias anecdóticas, como la afición de sus personajes a la música occidental, las referencias a la cultura pop o hasta la afirmación rabiosa y a menudo estéril de su individualidad. En contra de esos teñidos de pelo llamativos, el aire que los personajes murakamianos respiran, la lengua en que hablan, el saludo que realizan, la sensibilidad de sus almas, la forma de relacionarse entre sí, sus valores siguen siendo, como no podía ser de otro modo, irresistiblemente japoneses. Esto es lo que vamos a demostrar en las páginas de este libro, una demostración, claro está, coloreada por la opinión de un occidental sujeta, por tanto, a la idealización a la que casi siempre condena la lejanía cultural. Es, como dijimos al principio, la fisura de la pared que pueden presentar las paredes de este castillo llamado El Japón de Murakami. Un Japón que se pueda tocar. Porque si algo define la realidad del Japón de nuestros días es ésta: una realidad cambiante y en constante evolución, en un «cambio que se hace al avanzar» (shinka, 進化). Aunque sus naturales, como ese personaje de una de sus novelas, beban «en verano... cerveza y, en invierno, whisky» (La caza del carnero salvaje, 43). Pura anécdota.
A continuación se ofrece una tabla con casi toda la producción literaria de nuestro escritor, importante, tal vez, para tener en cuenta que el orden de la publicación de algunas de sus obras en español, sobre todo de las primeras, no se corresponde para nada con el orden en que fueron escritas y publicadas en Japón.


En este libro, El Japón de Murakami, hay numerosos términos japoneses de difícil y larga traducción. Son esos que los lexicógrafos llaman «específicamente culturales»; por ejemplo, misoshiru que es sopa de soja fermentada con varios ingredientes, o ie seido que es el sistema de familia expandida tradicional de Japón. Para no sobrecargar el texto de palabras cursivas con las cuales transcribir todos los términos japoneses que aparecen y que no están reconocidos por la RAE, se han dejado en cursiva sólo la primera vez, pero no las veces siguientes en que figuran en la misma página o páginas inmediatas. Sí que están reconocidos, en cambio, samurái, geisha, tsunami, sushi, sogún (sic) y otros, por lo que siempre aparecerán en redonda y no en cursiva. De cualquier modo, los japonismos más frecuentes que aquí aparecen se hallan reunidos y ordenados en un Glosario, al final del libro, donde podrá consultarse su significado. En cierto sentido, es el «Léxico de Murakami». Por las mismas razones de simplificar la ortografía del libro, se ha optado por eliminar el signo diacrítico sobre las vocales largas de nombres comunes y propios japoneses cuando esta omisión no afecta para nada al significado. Así en lugar de shoyu[1] (salsa de soja) o ramen[2] (fideos en caldo de carne de pollo o cerdo con varios ingredientes), escribiremos shoyu y ramen; y en lugar de Soseki[3] o Jun’ichiro[4], simplemente Soseki y Junichiro. La transcripción de los términos japoneses sigue el sistema Hepburn, el más internacional, según el cual la pronunciación de las consonantes es como en inglés (la «h», por tanto, se aspira; la «j» de Fuji se pronunciará como la «J» de Jordi o de John; la «g» como la de «gato»: geisha, ojigi, por tanto, se pronuncian con la «g» suave); las vocales, por su parte, se articulan más o menos como en español.
El orden onomástico en japonés es primero el apellido y luego el nombre propio o personal, al revés —como tantas cosas— que en la mayor parte de las lenguas occidentales. Tal ordenamiento se ha conservado en este libro por respeto al orden natural de los nombres japoneses y, también, en justa correspondencia con el hecho de que las personas de Japón cuando escriben y hablan sobre occidentales no suelen invertir el orden de nuestros nombres. No dicen, por ejemplo, «Cervantes Miguel de», ni «Domingo Plácido». Solamente se ha hecho excepción con nombres de autores ya conocidos en Occidente y consagrados por el uso a fin de no confundir al lector (por ejemplo, los de Yukio Mishima, Akira Kurosawa, los citados de Kobo Abe, Kenzaburo Oe, o, naturalmente, el del mismo Haruki Murakami). En algún caso tales excepciones aparecen indicadas entre corchetes.
Al final de cada sección hay un breve apartado bibliográfico de obras en español o inglés (alguna en francés) de fácil acceso y que quizás resulten de utilidad al lector exigente interesado en disponer de más información sobre el tema respectivo.
Es un placer dar las gracias desde aquí a todas las personas que me han ayudado en la recopilación y la actualización de datos, en proporcionarme material gráfico o ejemplares de libros de Murakami en el original, así como en aportar valiosas sugerencias y comentarios tras haberse molestado en hacer lecturas evaluadoras de las partes del libro. Entre ellas están Ueda Hiroto, profesor de la Universidad de Tokio y fiel colaborador desde hace veinticinco años, Imoto Akiko, Kawasaki Yoshifumi, Shimada Naoaki, Ito Fumie, Sese Makiko, Fernando Cordobés, Ana Orenga, José Pazó y Justo Sotelo (autor de una tesis doctoral sobre Haruki Murakami).
Naturalmente es de mi entera responsabilidad, y no de la de ellas, cualquier omisión importante o error en las afirmaciones contenidas en este libro. Un libro que, por el puente flotante del conocimiento intercultural, sueña con hacer vaporosa la distinción entre Haruki Murakami y Japón, entre un simple «yo» y una mariposa cualquiera.
PRIMERA PARTE
GEOGRAFÍA E HISTORIA
«Quizás pienses que Japón es un país pequeño»
(Kafka en la orilla, 180)
1
«Nihon»: el lugar en donde nace el Sol
En la obra de Haruki Murakami la geografía se concentra principalmente en Tokio; y la historia, en un periodo: los últimos sesenta años del siglo XX. Pero, igual que el giro de una rueda no se entiende sin una fuerza motriz, ni la ciudad de Tokio ni ese puñado de décadas se comprenden sin el conjunto de lo que hay detrás: un territorio llamado Japón, un largo relato que antecede al siglo XX.
Geografía e historia. ¿Verdad una y pretensión la otra? La geografía física, la vieja casa del mundo, es naturaleza mientras que la historia, un mito moderno con el que se cuenta el pasado, la inventa uno de los habitantes de un planeta. La primera forma ese libro blanco donde el hombre garabatea recuerdos que llama historia. Si falta la historia, o si no la concedemos crédito, ahí está la geografía física que siempre la puede sustituir con solvencia. Es uno de los muchos atractivos de esta disciplina: ser sustituta de la historia. Otro: recordarnos nuestro origen y nuestro destino. Otro: ser metáfora del corazón humano porque todo mapamundi geográfico es una reproducción del mapa espiritual de la persona. Así, los puntos cardinales, Este y Oeste, Norte y Sur, no son nociones solamente geográficas, sino perspectivas mentales. Para Japón, China es occidente y América es oriente, con la misma legitimidad que para España, Japón es oriente y América es occidente. Para el intruso Occidente europeo la geografía proporcionó pretextos espaciales para reproducir sus particulares «orientes» y pintar en aquellos remotos paisajes, con colores tan llamativos que los denominó exóticos, sus propios ensueños, sus propias frustraciones. Y un atractivo más: el generoso abrazo de la geografía —la ciencia del lugar— no sólo hace banal el mito «historia», sino que, además, lo aprieta tanto que acaba por desvanecer todo asomo de verdad quedando sólo el humo del tiempo. En Japón los dos conceptos —lugar y tiempo— pueden ser confundidos con uno solo; de hecho, se pueden representar con un mismo sinograma, 間 (leído ma: espacio y tiempo en uno). En el teatro japonés noh esa fusión la ilustra la actividad congelada, «inmovilizada» que durante unos segundos realiza el actor en un instante —historia— del relato que sucede en escena —geografía—. La vitalidad de un ma es índice de la maestría del actor.
Otra metáfora adecuada del matrimonio entre lugar y tiempo, geografía e historia, la suele proporcionar la toponimia. Por ejemplo, la del país que nos ocupa. Pues resultado de una apreciación geográfica fue el nombre que le dieron a Japón sus moradores cuando quiso bautizarse para acceder al templo de la historia: Nihon o Nippon. Con cualquiera de esos dos nombres, Nihon o Nippon, se refieren hoy día los japoneses a su país. Los embajadores japoneses enviados a la China de la dinastía Tang el primer año de la era de Taiho, es decir, el año 701, deseaban destacar a toda costa la modernidad del nuevo Estado con una nueva denominación, la de Nihon. De ese modo, tal vez, pretendían disociar a su país de la antigua tierra de Wa, mencionada por las viejas crónicas chinas, e imprimir un aire de dignidad al nuevo Estado centralizado que deseaba emular a la gran China. Es importante también observar la estrecha correlación entre ese año en que se adopta la nueva denominación de Nihon en la historiografía japonesa y el momento en que se generaliza la palabra de tenno (soberano del cielo) con que va a nombrarse el emperador.
«Nihon» o «Nippon» quiere decir «fundamento, base del Sol» o «el lugar en donde nace el Sol»; es decir, se alude claramente a la posición de Japón pero contemplada desde el continente asiático y no desde las islas japonesas. China era, para los japoneses de entonces (siglos VI y VII), el Otro, o sea, aquel por quien se sabían observados. Japón escribió sus primeros libros históricos y pseudohistóricos (Kojiki, Nihongi), por tanto, un poco con los ojos de ese otro. Antes de su bautismo, Japón era Yamato o, como se ha indicado, Wa, denominaciones juzgadas poco dignas para la historiografía japonesa por estar asociadas a una tierra todavía prehistórica y ajena a la marea civilizadora llegada del continente asiático; por tanto, fueron desechadas, a favor de la pronunciación china de los caracteres 日本, es decir, de «Nihon». Los términos de «Japon, Japan, Japón», de uso en las más importantes lenguas de Europa, parecen ser una corrupción fonética del antiguo «Çipango» o «Jipang» con que lo nombró por primera vez en Occidente el famoso viajero Marco Polo basándose en la pronunciación de China del sur. Hoy día, el nombre oficial del país de Haruki Murakami es Nihon Koku o también Nippon Koku.
Esta dualidad, ahora onomástica, va a verse reeditada en numerosas facetas (religiosa, lingüística, expresiva, cultural, etcétera) de lo japonés. También en la geográfica que ahora vamos a comentar; en la histórica, de la que trataremos asimismo en este capítulo. Y también en la misma obra del escritor aquí tratado.
La geografía física de Japón en nada ha cambiado en los veinte siglos de historia escrita: una cadena de más de tres mil seiscientas islas extendida, no de norte a sur como da la impresión al verla en los mapas occidentales, sino de oeste a este hasta la mitad del archipiélago, después de suroeste a noreste; y situada en el extremo oriental de Asia, pero relativamente cerca de la masa continental. La forma actual del archipiélago japonés data de la Era Cuaternaria —hace un millón y medio de años—: cuatro islas principales (Hokkaido, Honshu, Shikoku y Kiushu), dos o tres docenas de islas costeras de tamaño considerable, y unas tres mil seiscientas islas más pequeñas e islotes desparramados a lo largo de todo el litoral, principalmente en dirección suroeste.
Pero el mar que une a ese elevado número de islas cubre una superficie muy respetable. Aun así, podemos seguir pensando que Japón es un país pequeño.

2
Entre dos mares y dos corrientes marinas: el omote Nihon de Murakami
La principal característica geológica del archipiélago japonés es la inestabilidad del suelo debida a la considerable actividad volcánica y a los frecuentes movimientos sísmicos. Otro rasgo topográfico es que la mayor parte de su superficie está formada por regiones montañosas y abruptas —más de dos terceras partes del total— y escasas planicies y mesetas. El hecho de que tan sólo el 13 por ciento del país lo ocupen tierras llanas y litorales determina poderosamente los emplazamientos demográficos. Así, en el Japón de Murakami, igual que en los últimos dos mil años, la mayor parte de la población se concentra en el eje litoral que, de este a oeste, desde la planicie de Kanto —zona de Tokio (donde vive nuestro autor)— pasa por las cuencas de Nobi —zona de Nagoya— y de Kinai —zona de Osaka, Kioto (donde nació nuestro autor) y Kobe (donde se crio)— y llega hasta el norte de Kiushu. Esta franja central del archipiélago ha dominado la historia humana del país, debido en gran parte a que el llamado mar Interior (Seto Naikai), que media entre las grandes islas de Honshu y Shikoku, ha proporcionado a lo largo de los siglos vías para un transporte relativamente fácil y seguro. Su ruta costera, la vieja Tokaido, es ahora la del tren bala o Shinkansen, que ya rodaba en 1964. Además, ese eje litoral que mira al Pacífico estaba bordeado de costas y llanuras productivas, y de interiores ricos en bosques y maderas. Las planicies de Kinai, Chubu, Kanto y el norte de la isla de Kiushu, dotadas de climas apacibles y suelos fértiles, en el pasado formaron las bases agrícolas capaces de sustentar organizaciones políticas ambiciosas que dominaron núcleos demográficos vecinos. Por ejemplo, entre las diversas teorías que explican la historia política de Japón, una sostiene que debido a su proximidad con el continente asiático, madre de ideas, de técnicas y de corrientes civilizadoras, el norte de la isla de Kiushu pudo ser el primer centro político del país, allá en épocas prehistóricas.
La concentración demográfica de esas planicies es elevada: más del 70 por ciento de la población del país vive en ellas y nueve de las doce ciudades japonesas con más de un millón de habitantes están ahí. Pero esa elevada densidad también está motivada por una conjunción de factores climáticos y, en consecuencia, económicos. En los últimos dos milenios el clima en general y el régimen de precipitaciones en particular han condicionado una notable densidad demográfica en las regiones costeras del mar Interior, con un desplazamiento lento de poblaciones hacia otras regiones situadas en el noreste. En estas partes —norte de Honshu y Hokkaido— las limitaciones que la topografía imponía a la producción agrícola estaban reforzadas por factores climáticos con el resultado de que el volumen de los cultivos tradicionales como el arrocero ha sido modesto y menos seguro. La discriminación climática a favor del suroeste viene, además, fortalecida por los efectos de las corrientes oceánicas. La costa del suroeste es cálida por efecto de Kuroshio o corriente Negra —el equivalente en Asia oriental a la corriente del Golfo en el Atlántico norte— que mueve las aguas ecuatoriales desde el este de las islas Filipinas hacia el norte, hacia las islas Ryukyu, y hacia el este, hacia el litoral de la planicie de Kanto, donde viven la mayoría de los personajes murakamianos. Es la corriente que barre el litoral oriental del archipiélago acarreando en sus aguas migraciones anuales de salmones, arenques y bonitos. Por el contrario, la corriente Oyashio o de Chishima —la contraparte de la corriente del Labrador— baja desde el mar de Bering, acarrea aguas árticas por el corredor de las islas Kuriles, baña la isla de Hokkaido y costas norteñas de Honshu, desciende hasta el mar de Japón —entre Siberia y norte de Honshu— y hace caer notablemente las temperaturas, lo que reduce el periodo de desarrollo de las cosechas y, en consecuencia, contribuye a un hábitat inhóspito. El clima japonés, por tanto, no es nada homogéneo; y hablar de que los japoneses han compartido el mismo clima a lo largo de los siglos es pura ficción. Los tifones solamente afectan a la vertiente del Pacífico del suroeste del país, y las nevadas muy intensas sólo sobrevienen en Hokkaido y en la vertiente del mar de Japón del noreste del archipiélago, como en la prefectura de Aomori donde «hace un frío que pela... [y] ... hasta los semáforos se congelan» (La caza del carnero salvaje, 87). Según afirma el antropólogo Watsuji Tetsuro, Japón es una síntesis de la región ártica y tropical, de pueblos norteños y sureños, de agresividad y conformidad.
Está, además, ese abrupto espinazo orográfico que recorre Honshu de arriba abajo, una cadena de montañas que tradicionalmente ha mantenido las franjas costeras del mar de Japón separadas del Japón avanzado y demográficamente rico del mar Interior. Estos dos mares son como dos personas que, resignadas a estar juntas, deciden sentarse dándose la espalda —una mirando a Asia; la otra, al Pacífico—, pero inseparables a perpetuidad por tener que compartir el mismo respaldo de la silla. La del mar Interior tiene como eje la ruta de Tokaido, vía comercial que atraviesa las ricas planicies aluviales donde se concentra la población: es la columna vertebral del Japón innovador y urbanizado, el Japón moderno de las novelas de Murakami, el que, en un pasado remoto, desde el centro irradiador de la corte conoció las ideas civilizadoras de China, el que acogió los barcos occidentales en el siglo XIX y acoge los aviones en sus principales aeropuertos. Su recorrido, que por el norte se inicia en el barrio más citado por Murakami, el corazón del gobierno metropolitano de Tokio, el de Shinjuku, y fenece en el norte de Kiushu, es una especie de río Nilo de Egipto: da vida a las tierras que hay en sus márgenes y baña de modernidad las biografías de sus moradores. Es el omote Nihon (el Japón de delante, el Japón de la fachada): el Japón que se ve nada más alzar la vista.
Pero a sus espaldas está otro Japón. Un Japón no por oculto menos real. Geográficamente lo baña el mar de Japón, el que mira al continente asiático, el que azotan nieves siberianas y que ha estado a la zaga —por lo menos en épocas históricas— en la absorción de las novedades del progreso. Este Japón también está en los bosques de tierra adentro: es el mágico del interior de Shikoku (donde el joven Tamura, protagonista de Kafka en la orilla, es llevado por los soldados fantásticos en un viaje iniciático); es el del campo virgen de Hokkaido —la isla septentrional de recientes asentamientos nipones— donde el guía ainu condujo a los colonizadores japoneses en la Caza del carnero salvaje; es la tierra mítica de la prefectura de Shimane, antigua región de Izumo (una región que por su proximidad con la costa coreana tal vez pudo ser el «omote Nihon» de la prehistoria japonesa: su rica mitología, sometida después a la de Yamato, así permite imaginarlo) donde hay un monumento que proclama ser el lugar del primer vagido de la poesía japonesa, compuesto por un dios. Es, en suma, el «otro Japón», el rural, la despensa de esas verduras de la montaña (sansai) que acaban en los mejores restaurantes del Japón urbano, el país que evoca en muchos japoneses urbanitas el furusato no aji, el sabor del terruño. Es el Japón ignorado por las rutas turísticas para extranjeros, es el que un campesino definiría, moviendo resignado la cabeza, con un lacónico «esto no es Tokio»: es el ura Nihon (el Japón de atrás, el del patio trasero). El término ura Nihon, nada halagador para quienes viven en sus tierras, fue vetado en la década de 1990 por la cadena de televisión semiestatal NHK que ahora a cambio usa el aséptico de «Extreme Japan». El ura Nihon y el omote Nihon son dos historias paralelas que, aunque comparten el espacio llamado «Nihon», nunca se encuentran. El primero, el ura Nihon, es como esa misteriosa ciudad amurallada, el universo de «el fin del mundo» que recrea Murakami en la novela con este título; el otro es el frío y cruel mundo, el «despiadado país de las maravillas». En este sentido, El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas es la novela más hondamente japonesa de nuestro autor porque refleja con fidelidad el antagonismo de esa polaridad geográfica y cultural. Dos historias desarrolladas, una en capítulos impares y otra en los pares, en un mismo libro. Son ilustraciones ficcionales de la tensión, tan palpitante ahora como hace ciento cincuenta años, entre el tirón de la modernidad y el peso de la tradición, entre la razón y el sentimiento. La viveza del «realismo geográfico» de esa novela, a la vez que desencadena un conflicto no resuelto, tal vez pueda relacionarse con el hecho de que ésa es la novela de Murakami en donde los términos de «pérdida» y «vacío» más aparecen. Es como si los dos «Japones», de espaldas uno al otro, tomaran conciencia de la vanidad de buscarse y, al mismo tiempo, de la agonía de su silenciosa y antagónica proximidad. En efecto, omote Nihon y ura Nihon no sólo son polaridades geográficas, sino culturales y sociales. Tampoco se deben entender en términos positivos, el primero, y negativos el segundo. En cierto sentido, se complementan, igual que se complementan las nociones de modernidad y tradición para dar identidad, sustancia y encanto al Japón de hoy. El Japón de Murakami. Tras el omote Nihon de las situaciones y personajes de sus obras, hay un alma y una fuerza invisibles: es el ura Nihon cuyo aliento roza la nuca de sus hombres y mujeres. Aun así, su obra pertenece predominantemente al omote Nihon, con el mismo derecho que otros autores se adscriben más al ura Nihon. Por ejemplo, Nakagami Kenji, por desgracia inédito en español, en el cual se sienten cerca los dioses de los bosques japoneses. Y Kenzaburo Oe.
La dualidad sigue palpitante en el alma nacional japonesa. El protagonista de La caza del carnero salvaje (como también el de Kafka en la orilla) rompe la división de esas dos realidades geográficas, pero sin implicarse porque son personajes, como todos los murakamianos, urbanos e hijos del omote Nihon. Tal vez por eso el paisaje que recorre en su trayecto desde Tokio a Hokkaido no le merece ni una sola mirada por la ventanilla del avión; prefiere estar leyendo Las aventuras de Sherlock Holmes (La caza, 170). Ni tampoco el que se le ofrece desde el tren cuando va desde Sapporo hasta Asahikawa (214): era un lugar que ni siquiera tenía nombre.
3
Tres bendiciones y tres azotes
La disparidad no resuelta de esos dos «Japones», consecuencia de la topografía y del clima, y la inestabilidad del suelo son dos rasgos que no aportan mucha luz sobre la geografía física y humana del archipiélago japonés sin la presencia de un tercero: la insularidad. La misma obviedad de este rasgo puede ocultar consecuencias de gran sustancia en la psicología colectiva de este pueblo. Una es la mutua dependencia que imponía a sus habitantes el hecho de saberse isleños entre una masa continental separada por las aguas bravías del mar de Japón y, al otro lado, un océano inconmensurable. El sentimiento de pertenencia al grupo es tan antiguo en Japón como el mismo Japón. Más tarde, las faenas comunitarias que exigía la agricultura arrocera reforzarían esta interdependencia del grupo. Especialmente contrastada con las sociedades predominantemente individualistas de Occidente, la fuerza del grupo de la japonesa será percibida por los personajes murakamianos como su gran antagonista contra cuya pared de piedra estrellan un individualismo desvalido.
Sí, insularidad, sí, pero matizada por dos importantes hechos. Uno, la proximidad de sus islas a la masa continental asiática que en el pasado favorecía un tránsito regular de personas e ideas. Dos, la existencia de rosarios de islas que tanto por el norte, a través de la isla Sajalín hasta conectar con Siberia, o a través de las Kuriles hasta llegar a la península de Kamchatka, como por el sur, a través de las islas de Okinawa hasta llegar al continente asiático, servirán de vía de penetración para otros pueblos asiáticos. En las postrimerías de la Era Glacial, hace unos quince o veinte mil años, Japón estaba unido al continente asiático al menos por tres brazos de tierra: Sajalín y las Kuriles, al norte; Tsushima, al oeste; y las islas Ryukyu (Okinawa), al sur. Es decir, la inmigración procedente del continente asiático no debía de ser difícil; hecho que ofrece un sugerente abanico de especulaciones sobre los orígenes del pueblo de Murakami y que, decisivamente, explica que Japón, hoy día, participe de la biodiversidad del continente. Los tres conductos, al atenuar el aislamiento geográfico del archipiélago japonés, han servido también para alimentar una tensión latente desde épocas antiguas entre un suroeste civilizado por la proximidad con la península coreana y, por tanto, con un foco civilizador de primer orden como la China de hace dos mil o tres mil años, y un noreste más primitivo, y cercano al continente por lo que ahora es la isla de Sajalín. Esta tensión, a diferencia de la comentada en el capítulo anterior que es geográfica y palpitante, es histórica y cultural. Ayuda a comprender Japón desde los albores de su historia. Hace mil o mil quinientos años se manifestaba en las sucesivas campañas de sometimiento contra los llamados emishi, «los seres velludos» mencionados en las antiguas crónicas, que poblaban el norte y noreste del archipiélago, emprendidas desde el núcleo del poder organizado de la región de Kinai y la cuenca de Yamato. Desde otro punto de vista, esa polaridad, atenuada con el paso de los siglos, se observa entre la sede de la corte imperial, tradicionalmente la ciudad de Kioto y cercanías, como centro de irradiación cultural, de refinamiento y canon de estética, y las tierras rudas de frontera localizadas en la planicie de Kanto, en donde hoy se asienta Tokio, cuyos caballos cobraban el mejor precio y cuyos samuráis eran los más solicitados para resolver conflictos. Desde el punto de vista demográfico se manifiesta en el arrinconamiento progresivo, conducente casi a su extinción actual, de los ainu, de origen caucásico llegados probablemente por los corredores siberianos del norte en épocas remotas y antepasados del guía ainu, ya mencionado, que aparece en La caza del carnero salvaje (214 y siguientes), hacia las zonas más norteñas.
Si la insularidad y el aislamiento de Japón, por un lado, pueden esgrimirse para explicar parcialmente ciertos rasgos de la idiosincrasia de este pueblo, tales como la dependencia del grupo y la conformidad social, también es verdad que han obrado como estímulos para que los japoneses, al entrar en contacto con otros pueblos, trataran de superar esa insularidad y aislamiento por medio de una curiosidad por aprender, de una capacidad de asimilar y adoptar lo nuevo y foráneo admirables. Admirables ayer y hoy: para san Francisco Javier cuando llegó a sus costas en el siglo XVI como para los occidentales de los últimos ciento cincuenta años que reflexionen sobre la excelencia y la rapidez con que formas de vida, artes y tecnologías generadas en Occidente son imitadas e incorporadas en su vida diaria por los japoneses. Entre éstos, Haruki Murakami con las novelas que escribe, y sus personajes cuando beben cerveza y oyen música clásica.
La superficie de Japón es de unos 377.000 metros cuadrados, algo más de la mitad de la península Ibérica, pero con una población tres veces superior. Con excepción de 56.000 metros cuadrados de ese total aprovechables para el cultivo y el hábitat humano, el resto es áspero y montañoso. Alturas abruptas de entre 1.500 y 3.000 metros abundan sobre todo en la parte occidental del país, con valles cortados en forma de uve por corrientes de agua torrenciales que crean pequeñas llanuras al pie de las montañas. Los dos patrones más representativos del hábitat japonés han sido ésos: predominio abrumador de un relieve fragoso y cercanía del agua. Mar y montaña. La primera referencia a Japón —la antigua tierra de Wa— en las crónicas chinas, mucho más fiables y tempranas que las japonesas, no se produce hasta el año 57. Se abre con estas palabras: «El pueblo de Wa vive en islas montañosas situadas en el océano». Efectivamente, mar y montaña. Y entremedias una notable densidad demográfica que para vivir necesita robar tierra a uno y a otra. De ahí que una empresa constante en la historia social y económica de Japón ha sido cómo ganar terreno llano. Hoy, aún se sigue llevando a cabo: «Allanan montañas para construir casas, y llevan la tierra hasta el mar para sepultarlo, a fin de edificar más y más» (La caza, 97). Las montañas van a aparecer en los mitos y leyendas más antiguas del país como moradas de divinidades y santos, no de espíritus malignos. En Japón, como en China y Corea, un alto o puerto de montaña era apreciado como el emplazamiento más idóneo para erigir un santuario y la palabra san (montaña) se afija al nombre de un monasterio o edificación religiosa, como Koya-san o Hiei-san, dos de los complejos monásticos más célebres en la historia japonesa. En contraste con la belleza venerable de las montañas, Japón ha padecido por la turbulencia de sus ríos cuyos cauces, rápidos y abruptos, a menudo han ocasionado daños al descender a los valles y llanuras. Sólo unos pocos ríos (Ishikarikawa, Shinanogawa, Tonegawa, Kisogawa, Todogawa y Chikugogawa) forman deltas de cierta extensión al llegar al mar. Pocos de ellos son verdaderamente navegables y, aunque sus nombres aparecen en la poesía clásica, no desempeñan un papel comparable al de sus hermanos en otros países asiáticos, como China o la India.
Aun así, el agua del mar y de los ríos es un elemento purificador de primer orden en la religión aborigen japonesa y el medio en el que nacen las divinidades de esta religión, los dioses progenitores de la estirpe imperial. Mar y montaña, fuentes de alimento e inspiración, eran realidades físicas omnipresentes en la pupila del japonés. Apenas hay comarcas que estén a mucho más de cien kilómetros de distancia del mar; y las montañas se ven casi desde cualquier lugar en el campo. Y en las descripciones de la naturaleza de pintores y literatos japoneses frecuentemente no aparecen unas sin el otro. Incluso cuando no describen. Como en este párrafo de Murakami que encabeza la montaña y remata el mar:
Mi segundo día en la montaña transcurre, como siempre, de una manera lenta y continua... El tiempo parecería un barco que, una vez perdida el ancla, vaga a la deriva por la extensa superficie del mar (Kafka en la orilla, 557).
Al lado de ambos elementos, llama la atención, una tercera bendición: la lujuriante vegetación producto de un generoso régimen de lluvias. La riqueza forestal, aunada a la frecuencia de terremotos que desaconsejan la construcción en piedra, va a dictar la arquitectura tradicional de viviendas, santuarios y palacios a base de madera. Del juego de ese trío —mar, montaña y vegetación— brota un paisaje bendecido por una gran belleza natural a la que difícilmente se puede sustraer incluso un escritor tan densamente urbano como Murakami cuando sale fuera y regala al lector con pinceladas deslumbrantes de la naturaleza.
Al lado de la abundancia de precipitaciones destaca la clara diferenciación de las cuatro estaciones del año como rasgos climáticos de primer orden. La progresión suavemente escalonada de las estaciones, así como los vestigios de una antigua tradición poética y pictórica que distinguía y nombraba no cuatro, sino 24 estaciones a lo largo del año —una óptica todavía preservada en la indumentaria de las geishas que sobreviven en Japón—, contribuyen a que la sensibilidad japonesa sea fácilmente capaz de percibir diferencias sutiles en variaciones térmicas y en colores del paisaje natural producidas cada diez o quince días.
La insularidad y el efecto balsámico de la corriente Kuroshio ya comentados determinan, además, que la diferencia térmica entre las temperaturas diurnas y nocturnas sea ligera en las regiones del Pacífico japonés. Las cuatro estaciones de Japón están reguladas en gran medida por los grandes vientos monzónicos y por las dos corrientes marinas mencionadas. Los monzones del suroeste de Japón son vientos estacionales que se desplazan desde el continente asiático hacia el este, en invierno, y desde el Pacífico sur hacia el norte, en verano. Pero la cadena montañosa que recorre el centro de la isla principal, Honshu, actúa como una barrera contra el impacto de esos vientos: las fuertes nevadas que acarrean los vientos siberianos caen en la costa del mar de Japón, orientada al norte, pero rara vez en la costa del Pacífico. Inversamente, los tifones, esos huracanes generados por los vientos monzónicos en el ecuador del Pacífico, azotan en verano, y particularmente en septiembre, la costa del sureste, pero raramente la del mar de Japón. Otro hecho climático que diferencia a los dos «Japones».
En el tránsito de la primavera al verano destaca una mini estación de abundantes lluvias llamada bayu que suele asentarse alrededor del 7 de junio. A partir de esa fecha las masas de aire marítimo del mar de Ojotsk se desplazan hacia Japón por el noreste. Al mismo tiempo, en las aguas del Pacífico sur, otras masas de aire cálido se mueven por las islas Bonin hacia Japón. La tremenda colisión de ambas masas, producida justo encima del archipiélago japonés, provoca una fusión estabilizadora de nubes que se precipitan en forma de lluvias regulares a lo largo de un mes. La posición de este frente de lluvias varía de un año a otro: cuando se inclina al sur, el noreste de Japón sufre de veranos fríos con el consiguiente perjuicio para la agricultura; cuando se inclina hacia el norte, el suroeste padece sequías. Una consecuencia de estas lluvias persistentes es el elevado grado de humedad que contribuye a crear una sensación de opresión física y psicológica característica de esta temporada, y que conoce y sufre todo el que haya visitado Japón en la segunda quincena de junio. Pero, por otro lado, al coincidir con la época de desarrollo máximo vegetativo, estas lluvias de junio y julio benefician el trasplante y crecimiento de las plantas de arroz, lo cual permitió en el pasado una agricultura mucho más intensiva que en Europa y, en consecuencia, el crecimiento de poblaciones agrícolas. Durante la estación de lluvias pueden alternar días frescos con otros de intenso bochorno y nubes espesas, o de calor veraniego y cielo azul. Su fin es aguardado con expectación por los japoneses. «El final de la estación de lluvias aún no se había anunciado de manera oficial, pero el cielo estaba totalmente despejado, de un azul radiante, y el sol estival quemaba la tierra sin contemplaciones» (1Q84, libros 1 y 2, 399).
Los patrones climáticos y geológicos del archipiélago japonés, que tanto han contribuido a la formación del hábitat humano, han determinado asimismo la tipología de la flora y la fauna de Japón. Por haber estado tan próximo al continente asiático durante milenios, incluso, como hemos indicado, unido a él por sus corredores de tierra firme en los periodos fríos del Pleistoceno, las islas niponas han adquirido todo el repertorio biológico del cercano continente haciéndolo partícipe de la extraordinaria riqueza vegetal de Asia oriental. Mientras que Europa occidental, como informa Conrad Totman, cuenta con unas ochenta especies vegetales autóctonas y comercialmente útiles, y América del Norte con unas doscientas cincuenta, Asia oriental dispone de más de quinientas. Esta diversidad biológica ha sido fundamental para poder alimentar tan notable densidad demográfica, tanto en China como en Japón y otros puntos de Asia oriental a lo largo de los siglos.
Los beneficios de este privilegio y de la abundancia de agua se ven mermados por tres o más azotes naturales: tifones, volcanes, terremotos (a veces acompañados de tsunamis); y también inundaciones y aludes frecuentes ocasionados por lluvias torrenciales. Los tifones, cuya formación se ha explicado, hoy día son anunciados en los medios de comunicación. Constituyen, a pesar de esto, una pesadilla anual para los habitantes de la costa del suroeste japonés que deben tomar las medidas oportunas. En uno de sus relatos, Murakami nos las detalla:
Cuando un tifón azota la ciudad, y mientras el común de los mortales, va cerrando, uno tras otro, los postigos de las ventanas, corre a aprovisionarse de agua mineral y comprueba el estado de transistores y linternas, mi amigo... (Sauce ciego, mujer dormida, 45).
Más de ciento ochenta y ocho volcanes han estado activos en una u otra época desde la Era Cuaternaria y hoy más de cuarenta permanecen activos con erupciones violentas y frecuentes, como las del Asamayama y el Bandaisan. De la constante actividad sísmica son dolorosas pruebas los terremotos de efectos destructores que con trágica regularidad, dos o tres veces por siglo, afligen al pueblo japonés. El de Tohoku de 2011, agravado por el devastador tsunami y la contaminación radiactiva de Fukushima, con más de veinte mil víctimas es un recuerdo reciente; como lo es el de Kobe, en 1996, con cerca de seis mil trescientas; o el terrible de 1923 en la región de Tokio que, combinado con una cadena de incendios, provocó más de cien mil muertos. La gente de Tokio, a pesar de haber ocurrido en 2011 un terremoto devastador no lejos de su ciudad, vive preparada para el Big One, un gran temblor que se supone arrasará la urbe, como lo llama Murakami (Crónica del pájaro, 306), y todos tienen a mano su «mochila de emergencia» con agua, galletas, linternas, cuerdas. En alguno de los cuentos que publicó al final de la década de 1990 tras el terremoto de Kobe, como «Una rana al rescate de Tokio» (Kaeru kun, Tokyo[5] wo sukuu) aparecido en una colección no publicada en español pero sí en inglés bajo el título de after the quake, también contempla ficcionalmente esa posibilidad.
La amenaza de esta periódica siniestralidad y la conciencia de estar expuestos a la violencia de la naturaleza son parte del tejido diario de la vida de los japoneses. La sombra de la catástrofe es tan inseparable del cuerpo de la psicología colectiva japonesa que ha sido el objeto de una fijación cultural constante y se puede relacionar con el espíritu admirable de superación ante la adversidad del cual el japonés ha dado muestras a lo largo de su historia, con la proverbial diligencia y tenacidad de un pueblo que se ha complacido en destacar en obras literarias y artísticas la inestabilidad y la caducidad de la vida. Si el budismo, como veremos en otro capítulo, va a reforzar esa apreciación poniendo el acento en que esta vida es un sufrimiento, la naturaleza se encarga de recordárselo constantemente al pueblo japonés.
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De Edo a Tokio: cuatro etapas de crecimiento
Aunque hay referencias dispersas a muchos puntos del territorio japonés en todas las novelas y relatos de Murakami, la geografía de sus obras se llama Tokio en un 80 por ciento. Hay dos excepciones: Kafka en la orilla, que desarrolla su acción mayoritariamente en la isla de Shikoku, y La caza del carnero salvaje, con una parte sustancial de la trama en la de Hokkaido. Visiones breves de otros lugares se pueden rastrear en varias otras: una excursión fugaz en avión que realiza el protagonista al lado de Shimamoto a la prefectura de Ishikawa (Al sur de la frontera, al oeste del sol, en donde, sin embargo, hay catorce menciones de calles y barrios tokiotas), la visita de Hajime al sanatorio donde Naoko convalece no lejos de Kioto (Tokio blues, donde hay hasta veintiocho menciones de lugares de Tokio), la búsqueda de Sumire en Grecia (Sputnik, mi amor), los dos capítulos con la historia del teniente Mamiya en donde se presentan incidentes ocurridos en Manchuria (La crónica del pájaro...), la visita de Tengo a su padre moribundo en Chikura (1Q84, libro 3), el mapa quimérico El fin del mundo, escenas en Hawai y en Grecia en algunos de los relatos de Sauce ciego, mujer dormida. El resto, abrumadoramente, es Tokio. Es aquí, y con más precisión en el barrio de Shinjuku, donde debe comenzar y acabar cualquier «ruta Murakami».
Tokio, como un buen número de importantes ciudades japonesas —Osaka, Nagoya— desarrolladas a partir del siglo XVI, surgió en torno a un castillo. Otras fueron ciudades-puerto (Nagasaki), ciudades-santuario (Kotohira, en Kanagawa), ciudades-palacio (Kioto), ciudades-mercado, ciudades-parada. Tokio, entonces llamada Edo, creció en torno al castillo que era residencia del sogún [hispanización ya aceptada de shogun], cabeza de facto del gobierno, y sede del poder militar y político de Japón durante más de dos siglos y medio (1600-1868). Antes Edo era un oscuro pueblo de pescadores cuyo precursor pudo ser la aldea de Shibasaki localizada en la desembocadura del río Hirakawa que llegaba a lo que era la ensenada de Hibiya, en la bahía llamada hoy de Tokio. El mar ha sido inseparable de la
