Yo siempre regreso a los pezones y al punto 7 del Tractatus

Agustín Fernández Mallo

Fragmento

siempre-1.xhtml

 

El viento arrastra hojas, polvo de octubre, papeles a la panza de los coches, agita la flota y ya no queda nadie salvo yo en la ventana del Hotel Port Maó. Llegará un día en el que la luz vuelva a ser la piel del mundo, me digo, bajo pretexto de primavera. Entretanto, no me asustan ni el viento ni tu éxodo, ni esa caída fantasmática y grotesca que se apodera de los trajes cuando se quedan para siempre en el armario. Únicamente me asusta pasar el otoño sin una mujer.

 

 

 

 

 

 

Nadie nos ha enseñado a besar, y es lo único que hasta el final buscamos. Salgo a que mi soledad complete la ciudad desierta, ni recuerdo el bullicio, su intención era esto, abrirme un hueco [la rosa no recuerda que ayer fue rosa, por eso se abre cada amanecer con mudada belleza]. Los muertos no mueren en ellos, me digo, sino en nosotros, ellos ya flotan para siempre en la orilla, ciegos de todo, con el traje reventado cabecean contra las rocas, contra la suma de lo perdido; y no hay más. También nosotros besamos siempre la piel invisible de lo que vemos; y tampoco hay más.

 

 

 

 

 

 

Los hoteles son lugares de burbuja, inflados de un no-mundo, asépticos, gasa y bisturí, por eso se escogen para convenciones y reuniones neutrales, por eso los crápulas de traje tostado llegan solos, dan unas monedas al botones e instalan allí su teatro de operaciones. He llamado para que me suban champán y una copa de cuello alto. Tu talle aristocrático fundiéndose en blanco al fondo de la calle vacía [como una de aquellas de Chirico pero con mar], la maleta que te compré en el mercadillo de Ciutadella, bien atada, un marinero se abotona el plástico amarillo hasta la nuez y no te pierde ojo; estáis solos: yo, detrás del cristal, ni celebro ni lamento. Creí ver que el viento pegaba un papel de helado a tus tobillos; te costó desprenderlo [de esto ya no estoy seguro].

 

 

 

 

 

 

Si, como dice María Zambrano, «toda belleza tiende a la esfericidad», esta casa ya no contiene esferas, hasta la imagen de tu recuerdo va aristándose, hasta la mía cuando me miro en los espejos [que por los pasos saben muy bien qué peripecia ha conducido hasta allí a quien se les aproxima]. ¿Por qué no me dijiste que sus pulmones se estaban desinflando? ¿Por qué no me dijiste que en otro mapa estabas inflando otra casa? Me hubiera gustado vivirla una noche contigo, viciarle el aire hasta lo irrespirable, derrotar sus tabiques, ensuciar sus colchones, prepararte el desayuno mientras te desperezaras, vestirnos de blanco y mirarnos en el espejo de la entrada para reconocernos esféricamente exactos antes de salir y pincharla [tras cerrar, eso sí, la puerta con especial cuidado]. Enseñarte lo inútil de la huida; enseñarte que una sola casa agota todos los mapas.

 

pagina_ded.tif

 

 

 

 

 

 

De todo, poco va quedando. El cine matinal donde tus amigos dormían la mona, lo agridulce de tu aliento inflamando el cuarto, Poe y tú: «hace muchos años en un reino junto al mar habitó una señorita cuyo nombre era Annabel-Lee, y crecía aquella flor sin pensar en nada más que en amar y en ser amada por mí», poco va quedando de todo, el tiempo traza su orilla en la playa, y allí una maleta abierta será, perdón, es, piedra de salitre, sumió ya todo el agua, y en la destilería todo es cristal dentro del cristal, y tragos no tragados y besos no besados, miro al cielo hasta que se junta con el último mar, un tímpano azul, sordo en lo que a mí respecta, poco va quedando de todo, inservible avioneta en el hangar, los senderos impracticables, cuando no, tachados de la rutina, como descubrir el espacio sin huella del que se parte, la moneda de todavía idénticas caras lanzada al aire, vengo de hacer astillas mi escritorio, mis papeles, una fogata en la arena, [ya lo decía] de todo, poco va quedando.

 

 

 

 

 

 

Hubo unos días [menos cercanos de lo que quisiera] en los que los turistas se asaban en la playa mientras tú y yo nos reíamos de ellos metidos en la sombra del bar [éramos una sombra dentro de otra sombra]. Pedíamos gin con limón; casi siempre. Las sombras, en cierto modo, son como los hoteles, cuanta más luz hay más allá de su linde, más aplica su ley la penumbra de dentro. Después la gente se retiraba y el dueño del bar nos ponía tu música preferida. Por ahí deben de andar aún las huellas de tu baile; plancton del Mediterráneo.

 

 

 

 

 

 

En algún lugar nos aguardan pacientes los símbolos, me digo. Tras la cena, cuando los cafés y el gin, antes de que sintieras mi mano bajo tu falda, alguien, creo que fue el expiloto alemán [o quizá tú], sacó un tema oscuro, muy muy oscuro. Al llegar a la puerta W. C. el monigote negro, muy muy negro, atornillado al fondo blanco, me anunció su estado: muerto.

 

 

 

 

 

 

Por ejemplo, una escena común: 8 a.m. Leer el periódico con aire distante en la terraza del Hotel, el sol aún no calienta pero la luz ya molesta [la visión siempre antecede al calor del contacto, por ejemplo, entre los cuerpos]. Hago que leo el periódico en la terraza del Hotel. Pasan los sujetos habituales. Elevarme las gafas y encender un cigarrillo; rito sin objeto. Nadie sabe que arriba, en la habitación, duermes; el pelo esparcido, desnuda y sobada, me pregunto, por las manos de aquel joven danés prematuramente envejecido [mala vida, digamos]. Sé que bailasteis hasta las tantas mientras yo me iba arrinconando en el extremo más decadente de mi escritorio, sé que en sus ojos de hígado destrozado, en su estómago incipiente, en su flequillo graso, en esa mezcla de cerdo y gallo cuando se sienta en la barra y se le observa de perfil, en esa mezcla de esplendor y derrota, de pasado irreconstruible cuando se lleva el vaso a los labios, viste toda nuestra historia desde entonces. C

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tus libros guardados