Índice
Portadilla
Índice
Dedicatoria
Citas
Nota del autor
Parte I
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Parte II
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Parte III
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Parte IV
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Parte V
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Parte VI
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53
Capítulo 54
Capítulo 55
Capítulo 56
Capítulo 57
Parte VII
Notas
Sobre el autor
Créditos
Para Angelica
Ivan Junqueira
y
Luiz Augusto de Araujo Castro
Je ne prétends pas peindre les choses en elles-mêmes, mais seulement leur effet sur moi.
STENDHAL
In the presence of certain realities, art is trivial or impertinent.
GEORGE STEINER
Nota del autor
Este libro es una obra de ficción. Cualquier semejanza con personas vivas o muertas es mera coincidencia. Arranqué a mis personajes de su tiempo, los disloqué de sus paisajes. Tan sólo los escenarios son reales.
Es posible que historias iguales a la mía hayan sucedido en los cuarenta años de que se ocupa este relato —o en el escenario escogido por mí para contarla—. Algunas saldrán un día a la superficie, otras no.
Mientras ese proceso se lleva adelante, sin embargo, hago votos para que mi texto se sume a otras obras que vienen dando a las nuevas generaciones una idea aproximada de lo que sucedió en el Brasil —en nuestra región— y en cierta época. Soy de aquellos que aún creen que la ficción es la mejor manera de lidiar con la realidad, cuando ésta insiste en escapar continuamente al escrutinio general.
En cuanto a mis amigos y colegas del Ministerio, pasado el susto inevitable que mi libro probablemente provocará (por lo menos al principio), espero que sepan entender que, al denunciar el mal que reinó en determinada etapa en nuestro medio, alabo una institución que se mantuvo esencialmente inmune a él —a pesar de la triste actuación de unos pocos.
Y si aun así hay quien me critique por traer a la superficie temas que muchos preferirían ver para siempre relegados al olvido, yo le recordaría el comentario de André Gide en su libro sobre Dostoyevski: «No hay obra de arte sin la colaboración del diablo».
Y que el diablo se hizo presente entre nosotros en aquellos tiempos, ya ni aquellos que hicieron tratos con él osarían negarlo.
E. T. R.,
noviembre de 2010
Parte I
1
Si es complicado escribir la historia de un país, más difícil, sin duda, es esbozar la de un hombre. Sobre cualquier país, contamos con antecedentes, libros y tratados, mapas y registros iconográficos, archivos y testimonios, leyendas y conjeturas.
Pero en el caso de cualquier hombre ¿de qué antecedentes se dispone? ¿Cuáles son sus mapas más secretos? ¿Y sus fronteras? ¿Qué se esconde detrás de su fachada? ¿Y qué descubrirá él mismo en su mirada si, en una noche de crisis o ansiedad, sucumbe a la tentación de contemplarse en el espejo?
El primer recuerdo que conservo de mi personaje data de 1968 y fue en cierto modo premonitorio: su sombra proyectada sobre mi escritorio del Palacio de Itamaraty —sede del Ministerio al que yo mismo había ingresado menos de un año atrás—. Sin que yo hubiera oído sus pasos o notado de alguna forma su presencia, surgió por detrás de mi sillón, un mueble de espaldar alto y madera tallada, y se precipitó sin gran ceremonia sobre el texto que yo escribía. Como era habitual en la época, escribía a mano, en una hoja de papel oficio que más tarde una secretaria pasaba a máquina. En el Ministerio, ese género de intimidad, ese surgir de la nada para curiosear lo que un colega redactaba, era un privilegio reservado tan sólo a los más veteranos.
Si su sombra no llegó a alarmarme fue por una razón prosaica: en aquel instante mis ojos buscaban a lo lejos la palabra que mejor conviniese a la frase con la cual me debatía. El texto, considerado en su conjunto, era sin dudas anodino. Pero la frase, no. Por una de esas cuestiones de simetría tan caras a los jóvenes, la irrelevancia del conjunto volvía imperativa la necesidad, en la oración, de un término que brillase con la fuerza de una lámina puesta al sol.
—Fortuito... —murmuró la sombra.
Y como yo me volviera en dirección a la voz, el desconocido inclinó a un lado la cabeza y, con una sonrisa, insistió en un tono alentador:
—Fortuito. Ésa es la palabra que necesitas. Viene del latín. «Fortuitus.»
Para entonces, yo ya estaba de pie. Lo conocía apenas de vista, porque trabajaba en la Secretaría General. Se presentó, tendiéndome la mano.
—Marcílio Andrade Xavier. Puedes llamarme Max.
—¿Max?
—Son mis iniciales. Un invento de mi exmujer.
Se apoyó en el borde del escritorio. Y cruzó los brazos, confiriendo al diálogo el clima de informalidad que el momento exigía.
—No lograba pronunciar mi nombre completo. Era americana.
Se corrigió a tiempo.
—Es americana... Está viva. Y bien viva, por lo demás.
Y rió, aunque de un modo amargo. Enseguida agregó:
—En fin, aquí en el Itamaraty, ese alias ha terminado por imponerse a causa de la costumbre de rubricar con las iniciales los informes que redactamos. Me he vuelto Max para el resto del camino. Y para la posteridad, si tengo suerte.
Aquella broma me hizo sonreír. Pero seguía sin entender qué hacía él en mi oficina.
—Vine a invitarte a almorzar —aclaró mi visitante—. Por sugerencia de un amigo común cuyo nombre por ahora no te revelaré. Él me ha pedido que lo esperásemos en tu oficina mientras termina un informe. Y me garantizó que tu personalidad dinámica te sitúa como una persona «eminentemente almorzable».
—¿Almorzable?
—Según él, formas parte del raro grupo de gentes con las cuales uno puede compartir una comida sin sufrir después de la indigestión aguda (indigestione acuta) que provoca el tedio, tan común en nuestro ambiente.
—Taediu... —arriesgué a mi vez.
Y así, riendo e intercambiando media docena de frases en un latín precario por mi parte, salimos en busca de aquel amigo común. Recuerdo que me sentía muy contento junto a mi colega. Y levemente gratificado de saberme centro de las atenciones de una persona más veterana en la carrera y, por lo demás, asesora del hombre número dos del Ministerio. Nuestra conversación corría con fluidez. Cuando se es joven y se tiene toda una vida por delante y un vago halo de inmortalidad en torno de uno, son grandes y variados los anhelos que nos cercan y hasta nos dominan. Anhelos de virtuosismos de todo tipo, que nos llevan a encender reflectores y enfocarlos en nuestra dirección, y a producir frases de efecto. O a encontrar afinidades que nos permitan echar raíces en territorios familiares.
Respecto de las afinidades, Max y yo teníamos por lo menos una. Y era de las más relevantes, como pronto descubrimos mientras deambulábamos por escaleras y corredores: la pasión por la lectura. Habíamos leído los mismos autores, Joyce, Proust, Flaubert, Chéjov, Fitzgerald, Machado, Borges, pero también (y con igual voracidad) Debray, Gramsci, Chomsky, Lukács... Gracias a ello, hablábamos mediante metáforas. De ser necesario, en cualquier momento podíamos erguir barreras infranqueables entre nosotros y nuestros colegas. Porque, además, la mayoría de ellos jamás expresaba un pensamiento sin haberlo sometido antes al filtro de la razón. Sentido común y prudencia era lo que más abundaba a nuestro alrededor. Ese exceso de cuidados privaba a las alegorías de espontaneidad y frescura.
Pero no entre nosotros, y eso quedó claro ya a los quince minutos de conversación: en un ambiente donde la discreción prevalecía, nosotros operábamos en la frontera de la irreverencia. Sin correr riesgos, por supuesto, porque no convenía criticar excesivamente a nuestros superiores, ni exponer a los poderosos en sus vulnerabilidades, ni siquiera cuando estábamos solos.
Afinidades de esa naturaleza abren paso a deseos de otro nivel, y, por lo tanto, a nuevas preguntas. Max enseguida demostró curiosidad por mi historia personal. Sabía que yo era hijo de un diplomático, pero eso no le bastaba. Le interesaba confirmar las leyendas que corrían en el Ministerio respecto de mi padre. ¿En verdad había tenido orígenes tan humildes? ¿Había egresado de la escuela pública? ¿Y había trabajado duro como profesor de Geografía en escuelas de suburbio? ¿Cómo había logrado ingresar al Itamaraty?
—Fue seminarista —expliqué—. Leía mucho.
—Así y todo —insistía Max—, es un caso excepcional.
Y lo era. Tanto que, un año atrás, todo aquello había constado en una nota necrológica. El diario había destacado los orígenes de mi padre. Raros eran aquellos que, en su clase social, hablaran lenguas o estuvieran en condiciones de dedicarse a estudios que les franqueasen el acceso al Ministerio de Relaciones Exteriores.
La insistencia de Max me hizo ver que, para él, el tema tenía su importancia. En cambio, yo no recuerdo haber demostrado entonces curiosidad alguna por sus raíces familiares. Mi deseo de conocerlas llegaría con el paso de los años, por fuerza de acontecimientos que irían sucediéndose poco a poco, y que habrían de provocarme, a su debido tiempo, una necesidad de encontrar explicaciones. Descifrar los engranajes secretos de Max fue una necesidad nacida del afecto, y luego, de un sentimiento cercano al malestar, y más adelante, de la obsesión.
A lo largo de ese lento proceso, habría de descubrir que Max descendía de la rama más modesta de los Andrade Xavier, que venía del interior de Minas Gerais (y no de Río de Janeiro), lo que hacía de él, según sus propias palabras, un ser doblemente desfavorecido por la suerte —dadas, a un tiempo, «la proximidad y la distancia» a que se encontraba su familia de la rama troncal y aristocrática de su linaje—. Como consecuencia de esa distancia, su madre había visto cerrarse todas las puertas de la familia de su marido, por motivos jamás explicados. Así, Max había encontrado en el Ministerio —al que creía pertenecer por derecho de cuna— la oportunidad de rescatar los escenarios y paisajes de que se había visto privado en su infancia.
Así entendí también la razón por la cual el tema de las genealogías, que a mis ojos no revestía mayor importancia, en el caso de Max se confundía con su misma razón de ser. No por nada se dedicaba con pasión a trazar árboles genealógicos de colegas y jefes. Y con la misma pasión se refería a los buenos casamientos que unos y otros habían concretado, según él, en vista de alianzas que dieran impulso a sus respectivas carreras. Imagino, incluso, que su unión con la americana, que había durado apenas dos años («Un ligero equívoco de juventud», como le gustaba proclamar), pudo haber fracasado por no servir a ese tipo de propósitos.
Sea como fuere, guardé de aquel almuerzo una impresión clara: en la imaginación de mi nuevo amigo, el simple ingreso al Itamaraty nos había «aristocratizado», a mi padre y con más razón todavía a mí mismo, como miembro que era, aunque de segunda generación, de esa familia palaciega. De ahí, probablemente, las verdaderas raíces de mi condición de «almorzable».
Recuerdo que, aquel día, me esforcé sobre todo por estar a la altura de sus expectativas. Hablé de filmes y literatura. Alabé Eros y civilización, porque haber leído Marcuse contaba mucho. Cité versos de Pound. Hablé de política, de deporte, de samba. Criticamos en voz baja a los militares y al golpe del 64 con una franqueza rara incluso entre los más jóvenes. También supe reír de las historias de Max (buenas) y de las de nuestro amigo común (pasables).
Llegado el postre, intercambiamos confidencias sobre mujeres. A los veintiocho años, Max no sólo era mayor sino mucho más experimentado que nosotros —y por lo demás, divorciado—. Brillaba a nuestros ojos como el hombre de mundo que imaginábamos que era, dotado de innumerables experiencias que parecía dispuesto a confiar en forma de consejos y opiniones. Hablaba de la píldora anticonceptiva como de la única invención relevante del siglo XX. Y consideraba que al todavía incipiente movimiento feminista le debíamos la mayor oportunidad jamás ofrecida a los hombres, cuyos apetitos más secretos ahora habían de ser saciados, decía, «a niveles inconcebibles».
A la hora del café, Max me distinguió con una invitación para escuchar en su casa, en compañía de algunos amigos, unos discos de Art Blakey y Thelonious Monk que acababa de recibir de Nueva York. Me pasó su tarjeta. Vivía en un pequeño departamento en Urca, frente al mar. Y por su tarjeta supe también que tenía un programa de jazz en la radio MEC, que salía al aire una vez por semana y que él mismo conducía. Me habló de sus dotes de locutor y de las historias que había inventado para llenar lagunas cuando, por pereza, no llegaba a escribir sus guiones. Por mi parte, recuerdo que en un súbito arranque de inspiración le pregunté si podría indicarme un sastre. Y él me legó un consejo heredado a su vez de cierto veterano embajador: «Hágase pocos trajes... —larga pausa— en Londres...».
Sin duda —recuerdo que pensé—, nuestro Ministerio era refinado en materia de lenguaje: la conjunción adversativa había sido sustituida por una pausa sonora, y así, dos frases banales habían adquirido una finura proustiana. Fueron minucias como ésa, creo yo, las que me hicieron gustar de Max a primera vista; esa capacidad de ir enhebrando palabras, ideas y anécdotas, ya relevantes, ya pueriles, con la gracia y la agilidad de un pájaro. Se me antojaba que nada representaba mejor el Itamaraty y la carrera, por aquellos tiempos, que esa levedad de mi compañero, a la que los menos conocedores daban el nombre de savoir-faire. No podían imaginar cuánto había de esfuerzo detrás de los mecanismos más personales de mi nuevo amigo.
En el trayecto de regreso al Ministerio escuchamos por la radio del taxi que el Consejo de Seguridad se hallaba reunido con el presidente de la República en el Palácio das Laranjeiras. Esa misma noche, vimos en las temblorosas imágenes en blanco y negro de nuestros televisores —y oímos por nuestras ventanas abiertas, en capas sucesivas de sonidos que subían de todas las calles, barrios, pueblos y ciudades del país— que los militares habían promulgado el Acta Institucional Número 5 cercenando severamente nuestras libertades civiles. Estábamos en diciembre del 68 y ya no había nada de fortuito en las láminas que brillaban al sol a nuestro alrededor. La nación se aprestaba a hundirse en algo mucho más tenebroso que lo que hasta entonces había conocido —algo que no tendría nada de transitorio—. Y que ya se anunciaba irrespirable.
Pero muchos años pasarían antes de que fuera capaz de percibir el significado simbólico de habernos conocido, Max y yo, en aquella fecha —un viernes trece, por lo demás—. Sólo entonces conseguí asociar la sombra que él había proyectado sobre mi escritorio con la que poco a poco se adueñaría del país.
2
Para quienes lo admiraban, Max fue un crack. Para los demás, no pasó de un aprovechado. E inevitablemente, hubo también quien lo vio como un crápula. En cuanto a mí, supongo que fue una simple víctima de sus propias contradicciones, como tantos antes y después de él —y no un simple caballero armado con una espada de alquiler.
Un caballero, vale recordar, cuya trayectoria asumiría la forma de una singular secuencia de proezas. Dudo que haya existido entre nosotros otro funcionario capaz de adaptarse a las circunstancias siempre cambiantes de aquella época con tanto encanto y astucia, otro que haya saltado con tanta celeridad y eficacia todos los escalones de nuestra pirámide jerárquica, durante los veinte años de gobierno militar —para después obtener, con el retorno de la normalidad política, una serie de triunfos adicionales—, cuando todo indicaba que habría merecido el destierro o, al menos, una jubilación obligatoria.
Imagino que no han de haber sido pocos los casos semejantes al suyo, en los innumerables rincones de nuestra administración. Pero creo, eso sí, que ningún otro escenario se prestó a tantos y tan minuciosos malabarismos personales como los que el Itamaraty facilitaba a sus actores.
Tal hecho puede atribuirse, por un lado, a la sutileza con que se negociaban esas transacciones existenciales; ya que las cancillerías destacan, como se sabe, por la discreción. Y, por otro lado, a una cuestión que debe mucho a su escenografía: los palacios de Río de Janeiro y, más adelante, de Brasilia, así como las embajadas en el exterior, eran ideales para realzar todo lo que había de impresionante en las coreografías improvisadas por quien demostraba prisa por adherir al régimen dominante. Porque, si los horrores no se restringían a los cuarteles ni a las prisiones, en los palacios presentaban su cara más gentil. ¿Con cuánta frecuencia, en comidas y recepciones, no se habrán sentado a la misma mesa, lado a lado, torturadores y hombres de bien?
En cuanto a Max, él siempre parecía ocupado en temas y causas mayores que las pedestres tareas que nos confiaban a nosotros. Que esas preocupaciones, con el tiempo, cambiaran imperceptiblemente de foco o énfasis (o de eje, como a él le gustaba decir) fue materia que jamás lo perturbó, mereciendo de su parte, como máximo, algunos comentarios sobre la transitoriedad inevitable de las ideologías; comentarios esos que le permitían podar, de su ecuación personal, toda consideración de naturaleza ética.
Recuerdo que cierta vez, reaccionando a un exabrupto mío sobre cierto individuo que había sabido adaptarse con rapidez envidiable a las realidades políticas de los nuevos tiempos, él se limitó a sonreír, como si estuviera considerando las palabras de un niño, mientras hacía girar ante mis ojos una bola de vidrio que había tomado de una mesa. Los cambios, parecía indicar su gesto, eran parte de la vida. Y el corolario, también silencioso, se mostró tan luminoso como el brillo multifacético de aquel cristal que seguía haciendo girar ante mis ojos: era preciso saber lidiar con ellos, al amparo de las circunstancias.
Quien hoy observa a Max en las fotos, enfundado en su uniforme de gala, con guantes blancos, espada y sombrero de plumas, listo para presentar sus cartas credenciales en alguna corte extranjera, no puede dejar de impresionarse ante su porte majestuoso. La desenvoltura, nobleza y elegancia que emanan de esas imágenes transmiten incluso serenidad. Pero una serenidad, claro, totalmente ilusoria.
No digo que Max haya engañado a todos —porque eso no sucedió—. Pero para quien, como yo, lo conoció joven y fascinado por el rescate de su esplendor perdido, una constatación se vuelve inevitable: Max se engañó, sobre todo, a sí mismo.
Y entonces ¿cómo no mirar, con una mezcla de ternura y melancolía, esas imágenes emplumadas que de tanto en tanto nos envía en valija diplomática, junto con una amable postal de algún país distante? O, cuando por ventura se encuentra en Brasilia, ¿cómo no apreciar las amables escenas que sus cartas describen, con igual deleite, de los banquetes del Itamaraty? Ah, los banquetes del Itamaraty... ¡Cuántos no habrán homenajeado reyes y reinas, entre otras personalidades extranjeras que, en realidad, honraban con su presencia a nuestros generales! Gente de ánimo festivo, que todo se lo permitía, menos las sospechas.
¿Cómo podían prestarse a ese papel?, mascullaba yo, con un desagrado que, poco a poco, iba transformándose en irritación, a medida que mi amigo se demoraba describiendo los trajes y uniformes de los hombres, así como sus innumerables condecoraciones, o se dejaba fascinar por los vestidos largos de las mujeres, y por las joyas que llevaban con esa displicencia tan bien estudiada...
Mi amigo... Todavía es así como lo siento si recuerdo aquel casi mediodía en que sopló un fortuito a mis oídos y me invitó a almorzar. Pues la verdad es que, desde el primer momento, Max me fascinó. Al principio, por la simpatía que irradiaba y por su brillo intelectual. Y luego, con el paso de los años, por algo que siempre tuve dificultad para entender, pero que hoy definiría como una mezcla de ansiedad y de tristeza; eso que lo llevaba a intentar recuperar la infancia perdida, sabiendo de antemano que, de todos sus sueños, ése era el único inalcanzable. Un ansia y una tristeza que alimentarían sus delirios de grandeza, y lo llevarían a ascender en la carrera sin prestar atención a lo que hacía de su vida.
Para dar cauce a ese proceso de ascenso social, y ampararse desde el punto de vista emocional, Max había creado a su alrededor un muy variopinto grupo de amigos. Un círculo que albergaba a jóvenes de las más variadas características —del heroísmo a la alienación, pasando por formas variables de solidaridad o indiferencia—. El hecho de ser aceptado y cortejado por todos los que se mantenían junto a él le daba la seguridad que tanto necesitaba para llevar adelante sus proyectos.
El grupo, que conocí al aceptar aquella invitación a escuchar jazz en el departamento de Urca, y al cual fui rápidamente incorporado, estaba integrado esencialmente por su novia Ana, una joven actriz que ya había visto en escena más de una vez en los teatros de Río de Janeiro; Moira, una artista plástica que vivía en Santa Teresa (según Max, acorralada por sus deudas y sus gatos); Olavo, un millonario dueño de un Lancia gris plata con el cual volaba las madrugadas de Río (y que mucho debía de su encanto a los discos de jazz que traía de sus viajes a Nueva York); Efraim, poeta cuya genialidad Max era el único en celebrar, pues nadie más había tenido acceso a los versos del joven; y por último, Flavio Eduardo, un crítico de cine que pronto sería captado por la militancia política, pasaría a la clandestinidad, y moriría meses después en el asalto a un banco.
Sin saberlo, cada uno de nosotros cumplía una función en la refinada ingeniería de Max. La mía era haber vivido en países que él sólo había conocido por la literatura, y hablar sin acento las dos o tres lenguas que él había aprendido a duras penas mientras estaba pupilo en su colegio. La de Ana se reducía a brillar en el escenario y ser cortejada por la farándula teatral y cinematográfica, que por supuesto envidiaba en pleno a nuestro amigo —porque, al fin de cada noche, era en su cama donde la bella se dormía—. La función de Olavo se restringía a volar en su bólido por las pistas desiertas de la ciudad, como en busca del árbol que finalmente lo mataría. La del joven poeta Efraim se limitaba a rumiar versos con la condición implícita de mantenerse desconocido. En cuanto a Moira, nunca conseguí saber qué hacía entre nosotros, lo que de cierta forma también confirmaba, en el plano de las incógnitas con que nos enfrentábamos, el carácter poco ortodoxo de nuestra cofradía.
Por su lado, la función de Flavio sólo se haría evidente después de su desaparición: morir por una causa perdida. Y hasta ese caso extremo dejaría, como un legado, la impresión de corresponder a un capricho de nuestro anfitrión y amigo.
Pero todo ese mecanismo de engranajes sólo se volvería claro para mí con el correr del tiempo. Aquella tarde de mi iniciación, tras encontrar la puerta de la calle abierta, subí la escalera hasta el tercer y último piso del edificio —de donde llegaban ecos de voces y de música—. Max probablemente ya no recordaba que me hubiera invitado. Tanto que se mostró sorprendido de mi presencia en la sala. Al instante se recompuso: me plantó una mano en el hombro, pidió a todos que se callaran, bajó el volumen relegando a Coltrane —sacrilegio supremo— a permanecer entre bastidores, y proclamó en tono solemne:
—Este muchacho ha leído todo. Ha leído incluso más que yo...
Acababa de enunciar aquella frase como si me confiriera un título de nobleza —cuyo brillo, sin embargo, le debiera a él—. Ana, a quien hasta entonces ni siquiera me habían presentado, confirmó mi impresión con un guiño divertido, que capté por pura casualidad: Max era el punto de referencia obligatorio en toda comparación que definiese una cualidad ajena.
Sin mayores transiciones, Max volvió a subir el volumen del sonido, trayendo a John Coltrane de vuelta a escena, y yo me vi precipitado a una atmósfera más que a un espacio físico, como si de pronto hubiera quedado al abrigo de una de esas estufas que mantienen con vida a las plantas exóticas.
Éramos jóvenes, bebíamos mucho y el país se hundía bajo nuestros pies —sin que nosotros supiésemos nada concreto sobre lo que ocurría muy cerca de allí—. La censura impuesta a los medios de comunicación terminaba por ser más elocuente que las noticias, y daba margen a los más desenfrenados rumores. Que no hacían más que crecer. Muertos, desaparecidos, torturados... El horror imaginado superaba en intensidad el horror real: no tenía contornos o límites precisos. ¿Qué hacer? ¿Tomar las armas?
El jazz simbolizaba la libertad. Cuanto más vanguardista y más abstracto, mejor. La bebida se encargaba del resto. Funcionábamos a base de alcohol, ansiedad e ideas desencontradas. Pero la noticia de la muerte de Flavio dio a nuestro silencio una densidad especial que iba más allá del dolor y la perplejidad: nuestro refugio había sido violado.
En ningún momento, sin embargo, durante aquella fase inicial, dejé de ver a Max a través de las lentes de la admiración. Y él, en un acto consciente de reciprocidad, fue poco a poco adoptándome como su hermanito menor... Una honra... Pero que también consagraba un tipo muy peculiar de hegemonía, dado el papel de maestro que, como todo primogénito, se reservaba para sí mismo. Por eso, por haber construido yo mismo su pedestal al influjo de su seducción, tardé después tantos años en desmontarlo, un proceso lento y complicado que me exigiría una buena dosis de dolor.
Hoy, mirando hacia atrás, y pensando en todo lo que ocurrió en el Brasil tras el golpe militar —y, en particular, después de que se decretó aquel AI-5—, la figura de Max se me aparece como uno de los símbolos más patéticos del país de aquella época. Pero a pesar de eso, no me ha sido fácil tomar la decisión de contar su historia —un paso que en verdad he tardado cuatro décadas en dar.
Sucedió que en algún momento, este proceso que en principio me intimidó terminó por volvérseme ineludible. No tanto por necesidad de revelar lo que siempre supimos entre cuatro paredes, esto es, que en nuestro medio circulaban sátiros entre vestales. Ni siquiera por la dimensión, ya perversa, ya trágica, de las figuras que sacaré a la luz —y de las melancólicas situaciones vividas por ellas—. Sino por una necesidad que tuve, como testigo que fui de los efectos adversos que tuvo esa época sobre personas y sitios que me son caros, de salir en busca de unas cuantas ilusiones perdidas.
Las confesiones que Max me concedió a lo largo de los años, en forma gratuita y espontánea —muchas veces a cambio de la sola gentileza de un whisky—, o como simple reacción a comentarios míos, no siempre amenos o conciliadores, darán consistencia a la historia que sigue, aunque poco hayan hecho para dotarla de dignidad.
El resto —y como se verá no fue poco— lo recogí de fuentes idóneas y confiables, muchas veces inesperadas pero todas cercanas a Max (exesposa, exjefes, subordinados, conocidos, amigos, enemigos), gente que lo admiraba o detestaba, gente que incluso vio perjudicadas sus carreras por él, pero que no por eso dejó de sucumbir a su fascinación.
3
Max había sido nombrado para el cargo inicial de la carrera diplomática más de cinco años antes, en agosto de 1963, tras concluir su curso en el Instituto Río Branco.
Faltaban pocos meses para el golpe militar. El país bullía en ardores prerrevolucionarios de inspiración marxista. Las izquierdas, como dicen los viejos, se arremangaban y se restregaban las manos, al tiempo que la derecha se replegaba y organizaba. Eran tantas las izquierdas que podía tenerse la impresión de que la derecha casi no existía. O que si existía no contaba ya con garras que inspiraran temor. En las universidades, los socialistas y comunistas recelaban más de los estudiantes de derecha que de los militares. Andaban armados esos muchachos, eran fornidos, golpeaban a los intelectuales —casi siempre esqueléticos—. Vestían, con orgullo, la camiseta de la represión. La ostentosa y agresiva camiseta que se contraponía a la más folclórica de los muchachos del Movimiento Tradición, Familia y Propiedad.
Además de Brecht, Mayakovski y Sartre, Max leía textos seleccionados de Mao y de Guevara, entre otros que sintonizaban con el momento. Gracias a sus amigos periodistas, tenía acceso garantizado a la intelligentsia carioca. Frecuentaba a músicos de jazz en el Beco das Garrafas, en Copacabana. En reuniones bohemias, comentaba con desenvoltura los filmes de Godard, que decía preferir a los de Resnais. Y miraba los de Truffaut con una sonrisa condescendiente. En el Teatro Municipal circulaba entre palcos y camarines.
Aquel día tenía prisa. Por intervención de un senador a quien le había tramitado un pasaporte diplomático en menos de una hora en sus tiempos de pasante en el sector consular del Ministerio, acababa de recibir una invitación a cambiar su puesto, antes incluso de asumirlo, por otro más flamante en el Gabinete del propio canciller.
Así, ya en su primer día de trabajo, Max había sido objeto de un honor especial. Pero ahora le preocupaban las eventuales repercusiones de esa inesperada distinción. Era una suerte que el senador hubiera resultado amigo —y comprovinciano— del ministro. ¿Pero qué dirían sus colegas? ¿Y si lo malinterpretaban? ¿Y cómo disculparse ante el jefe de la división de Oriente Medio, con quien se había comprometido dos semanas atrás, y que ahora lo aguardaba con los brazos abiertos?
Max tenía la solemnidad forzada del hombre joven que desea a toda costa parecer más viejo. Ese mismo esfuerzo, sin embargo, lo traicionaba. No armonizaba con la energía que, a pesar de todo, emanaba de su persona —como si esta última todavía resistiera la tentación de transformarse en personaje.
En la mano derecha traía una carpeta raída, aunque de excelente cuero, que por el momento abrigaba sólo el periódico del día. Para matizar la sobriedad de su terno oscuro, se había permitido una concesión: el cabello, sin ser largo, le llegaba bastante más abajo del cuello del paletó. Usaba, además, una camisa de color relativamente vistoso.
Max pasó volando junto a los recepcionistas y guardias de la entrada, que lo contemplaron en silencio; ignoró los cisnes en su lago, empezó a bordear los impecables jardines y a la altura de las palmeras centrales dobló a la derecha: iba camino a la División de Personal.
Enterado del cambio por una llamada que acababa de recibir del Gabinete, el jefe de la DP estaba ya esperándolo. Era un hombre tranquilo, de cierta edad, baja estatura, físico rotundo y un pequeño bigote. Que habría sido testigo, en tantos años, de muchas maniobras iguales e incluso más expeditivas que ésta; pero ninguna protagonizada por una persona tan joven, que apenas si acababa de ingresar al Ministerio.
Ese punto le intrigaba particularmente: que el primer acto de una obra pudiera suceder antes mismo de alzarse el telón, en una especie de prólogo secreto del que el público jamás tendría noticias.
De pie ante él, Max vacilaba. ¿Debía tomar asiento en alguno de los dos sillones? Su superior, sentado, no le decía palabra. Había mandado pedir la nota de designación, que ahora leía y releía en silencio, como tratando de encontrar algún error o imprecisión. Como un soldado raso, Max aguardaba, rígido, entre los sillones vacíos. Sin saber qué hacer con sus brazos, y sin atreverse a cruzarlos, los dejaba caer a los costados. Le habría gustado fumar, pero tampoco se atrevía a hacerlo —aunque bien podía ver, sobre la mesa, un cenicero usado.
Pensaba que en minutos más ocuparía una oficina en el Gabinete. Y que ahora debía quedarse inmóvil ante ese funcionario. Tres minutos enteros ya habían pasado, para Max una enormidad en aquella fresca mañana de invierno. La aguja del reloj de pared proseguía interminable su conteo.
Era ése el momento que definiría su carrera. Pero como tantos colegas antes que él, Max no era totalmente consciente del hecho. En aquel modesto escenario, precursor de otros tantos más suntuosos, ante ese único y silencioso testigo, sólo le importaba dejar caer la posibilidad de un trabajo sustantivo, que habría podido darle grandes satisfacciones personales, en favor de las geografías adjetivas del Gabinete. Donde nunca haría nada más que abrir puertas y recibir carpetas que encaminar a terceros más capacitados.
Todo eso lo sabía muy bien el jefe de Personal, que seguía dejando que el joven permaneciera de pie. Hombre experimentado, vislumbraba sobre qué tipo de rieles circularía Max de ahora en adelante. Y adivinaba también dónde desembocarían esas vías.
—Buena suerte... —murmuró por fin, despidiéndose. Pero Max casi no lo oyó pues desapareció veloz por el corredor, dejando en el aire el eco de sus zapatos contra el mármol del piso.
La carrera en la que acababa de ingresar era extremadamente competitiva. Obedecía a criterios rígidos de ascenso, que dependían de promociones sucesivas, del primero al último cargo. Treinta años transcurrían, aproximadamente, entre uno y otro extremo del complicado trayecto. Cuanto más veloz era el transcurso, más prolongada sería la vista panorámica desde lo alto de la pirámide, para no hablar de los beneficios que se asociarían con ella, empezando, por supuesto, por el más codiciado de todos: el ejercicio del poder.
Sin embargo, pocos eran los que llegaban a los cargos más altos. Y menos todavía los que tenían acceso a los principales puestos en el exterior. De ahí la competencia encarnizada. Se competía por contactos, invitaciones y posiciones de prestigio, así como por halagos y favores de los poderosos.
Éste era el ambiente en el que Max pasó a moverse. Difícil en condiciones normales. Imprevisible en un contexto plagado de arbitrariedades y confusión. Como bien habría de comprobarlo en las dos décadas siguientes.
Pero faltaban algunos meses para que se configurara ese escenario turbulento. Por el momento, los militares tascaban el freno en los cuarteles. Y Max roía el suyo en la soledad de su cuarto de Humaitá, el barrio donde vivía, con la madre, pues todavía debían pasar dos años hasta su mudanza a Urca.
En esos dos años, Max había de ganarse su lugar en el Gabinete —aunque no en el corazón del ministro—. Dado el complejo sistema interno que, como todo a su alrededor, funcionaba por rígidos principios jerárquicos, éste apenas si llegaría a conocerlo. Aquel primer día de trabajo, Max estrechó su mano, pero la conversación que había ensayado tantas veces durante la última semana se perdió interrumpida por un telefonema de la Presidencia.
Basándose en ese primer encuentro, sin embargo, uniendo una media verdad a una media mentira Max elaboró su primer montaje. Dijo a sus colegas que aquella primera entrevista con el ministro «había sido interrumpida por un llamado del presidente» —con lo que no faltó a la verdad—. Pero a partir de entonces empezó a narrar un diálogo completamente imaginario con Su Excelencia, dotándolo de una riqueza de detalles que, por lo demás, variaban según el interlocutor —salvo por el interés con que el canciller atendía cada una de sus frases...
Los colegas lo escuchaban en silencio, sin traicionar aquello que sentían. Como podían, disfrazaban la envidia que los azotaba. Y Max, impávido, seguía deshilando su historia, disimulando el volumen de su desfachatez, no sin esfuerzo, bajo sus ternos sobrios.
Al mismo tiempo, para su tristeza, Max no se sentía bien acogido. Su nombre había llegado al ministro por sugerencia «de afuera», no se había desgajado de ningún tipo de selección interna. Y él deducía que un candidato más apropiado para aquella misma vacante había quedado fuera, aunque ignoraba contra quién habría debido competir, y esa sospecha aumentaba su inseguridad.
No es que lo trataran mal, por el contrario. Pero le asignaban tareas que, desde su punto de vista, no eran compatibles con la importancia de su puesto. Como por ejemplo leer todos los diarios del día y recortar lo que por ventura pudiera entretener a sus superiores a la hora del café. Para eso precisaba llegar a su oficina antes de las ocho de la mañana. Y como nadie dejaba el trabajo antes de las ocho de la noche, sus jornadas se le hacían eternas. Se moría de aburrimiento la mayor parte del tiempo, pero hacía lo necesario para parecer ocupado cuando colegas o visitantes pasaban cerca de su escritorio, como abrir varios cajones en busca de un papel inexistente, o dar una orden innecesaria a algún bedel, en un tono que a sus propios oídos sonaba de pronto demasiado alto.
Los muebles, alfombras y cuadros que quedaban en su campo visual le parecían dignos de un museo. Las arañas, molduras y objetos de adorno provenían claramente de épocas remotas. En aquel primer día de trabajo, Max descubrió, en la pared de atrás de su escritorio, un cuadro de Corot. Atónito, comentó el hecho con un colega que no sólo pareció considerarlo algo muy normal, sino que agregó en un tono indiferente: «Ya verás algún día lo que el ministro tiene en su sala». El comentario lo hirió. Porque minimizaba su hallazgo, y por ese «un día» que relegaba su acceso al jefe supremo al campo de las meras conjeturas.
El cuadro, pequeño, representaba en una gama de grises un paisaje de campo, con algunos cipreses inclinados por el viento. En primer plano, dos campesinos caminaban con sus azadas al hombro, en dirección a un caserío. La obra mediría, aproximadamente, ochenta centímetros por sesenta, descontando el marco, barroco de tan rebuscado. «Ha de valer una fortuna», pensó Max.
Pero la presencia del cuadro lo reconfortaba. Gracias a él volvía a la casa paterna —la casa idealizada con la cual tanto había soñado en su infancia—. Su escritorio, por lo demás, era imponente, un mueble alto y bien proporcionado. Desde su sillón, si se estiraba, apenas si conseguía alcanzar, con las manos, los costados del mueble. Y sólo con cierto esfuerzo llegaba al tintero y a las lapiceras dispuestas frente a él.
Un paño de vidrio protegía la superficie barnizada. Aquel primer día, Max posó sobre él, a su derecha, un retrato de su madre —cuadrito que permaneció allí menos de una hora, hasta que el recién llegado percibió que los escritorios de sus colegas no ostentaban más que carpetas y papeles—. Sin coraje suficiente para llevarlo de vuelta a casa, temeroso de que la madre adivinara aquel repliegue táctico que la había tenido como víctima, lo guardó furtivamente al fondo de un cajón.
Para su agradable sorpresa, en un momento descubrió que, por el simple hecho de ocupar un sillón en aquel recinto, había pasado a aparecer como una especie de llave maestra a ojos de aquellos que llegaban a solicitar entrevistas con el ministro o con su jefe de Gabinete. Era sólo una ilusión. Pero una ilusión de la que él terminaría por ser la primera víctima.
Max se dejaba encantar por la magia propia del ritual. Como si poco a poco se descongelase al sol, fue ganando fuerzas, y confianza. Crecía como una planta alimentada por el respeto ajeno. Se llenaba de bríos, por ejemplo, al notar que las secretarias y dactilógrafas, todas ellas jóvenes de buenas familias cariocas, apreciaban sus trajes y corbatas. Ése fue el primero de los muchos espejos con que hubo de encontrarse a lo largo de su carrera; el de la vanidad. Espejos que lo llevarían cada vez más lejos de sí mismo.
Transcurridas dos semanas, el peso de su desfachatez ya se había aligerado —como sus ropas, que se habían vuelto más livianas—. Había conseguido, para entonces, cambiar algunas frases relativamente espontáneas con sus colegas de trabajo. Y por primera vez había tenido la sensación de ser escuchado. Más tarde, Max tendría también la sensación de ser visto.
Y así, un día, consideró que finalmente había llegado al Gabinete. Esa misma noche, en rueda de amigos, pagó él la cena. Y los colegas registraron la novedad, entre fascinados e irritados por haber bebido tres botellas de Château Duvalier, cuya etiqueta mal disfrazaba el verdadero origen del vino.
Max dependía directamente del jefe de Gabinete. Éste, con el correr del tiempo, empezaría a cambiar algunas palabras con él, pero siempre, pocas sílabas antes de terminar sus frases, un diplomático más veterano lo interrumpía. Max mantenía la calma, contenía su indignación, y hasta lograba sonreír ante las banalidades que decían sus colegas —como conclusión de un pensamiento suyo—. Empezaba a aprender, con enorme sacrificio, a controlarse. Y a emprender un sinuoso periplo que lo había de llevar a reír de los chistes malos en el momento indicado, y aun a perfeccionarlos, si era preciso, con dos o tres palabras que les conferían una gracia adicional.
A pesar de todo, seguía siendo infeliz. Pues los asuntos importantes pasaban junto a él pero seguían de largo, sin que pudiera siquiera examinarlos y guardar al menos el esbozo de una idea sustantiva, algo que le permitiese, en aquel ámbito en que todo se disputaba ferozmente, llamar la atención sobre su persona. Al cabo de algunas semanas, a pesar de las tarjetas de visita que había venido acumulando, y de las tarjetas propias que había distribuido incesantemente (con la indicación «Oficial de Gabinete» bajo su propio nombre), Max empezó a impacientarse. Aunque no a desanimarse, convencido de que era necesario resistir e insistir. Cada tanto, contemplaba su Corot y éste le devolvía el ánimo.
Y más ánimo todavía le daban sus compañeros de promoción, en quienes su designación seguía causando una impresión evidente. Cada vez que se encontraban a almorzar, o cada vez que salían juntos de noche, ellos no resistían la tentación de hacerle una u otra pregunta sobre el augusto escenario. Preguntas a las que Max respondía invariablemente con monosílabos, o que fingía ignorar. Lo que no hacía más que aumentar su prest
