Índice
Portadilla
Índice
La coherencia del huracán
2001
Dos profesionales
El hombre a quien mató John Wayne
El siglo XXI empezó en septiembre
Inquisidores de papel impreso
La foto del abuelo
La España ininteligible
El timo de las prácticas
El afgano, el ranger y la cabra
La leyenda de Julio Fuentes
Esos refugiados promiscuos
Esa verborrea policial
«Ding, dong. Señores clientes...»
Feliz año nuevo
2002
Pingüinos y parafina
El beso de Cinthia
Una de tebeos
Lejos de los aplausos
Las carcajadas del ministro
Corbatas y don de lenguas
El armario del tío Gilito
Dos llaves de oro
Cortaúñas y otras armas letales
Día «D» en La Línea
Salón Tropicana
La aventura literaria de Ramón J. Sender
Sushis y sashimis
Teta y pólvora
Baja estofa
La tecla maldita
Los perros del Pepé
Teresa Mendoza
La lengua del imperio
Vomitando el yogur
La sonrisa del moro
El gendarme de color (negro)
Mejorando a Shakespeare
La soledad del huevo frito
Por mí, como si los bombardean
El extraño caso de Nicholas Wilcox
Beatus Ille
Esas topmodels viajeras y solidarias
El crío del salabre
Sicarios en el país de Bambi
Cuatro calles de Madrid
Resentido, naturalmente
Yoknapatawpha y la madre que los parió
Son las reglas
El suicidio de Manolo
Las piernas de mi vecino
La carta de Iker (I)
La carta de Iker (II)
Notificación urgente
Zorras de última generación
Esa chusma del mar
Daños colaterales en Farfullos de la Torda
Estas Navidades negras
El niño de la bufanda
2003
El picoleto
Bajo el ala del sombrero
La última aventura de Pepe el Muelas
Gallegos
La mochila y el currículum
Poco cine y mucho morro
Una de taxistas
Vieja Europa, joven América
El oso maricón
El Piloto largó amarras
Mis daños colaterales
Pendientes de un hilo
No me cogeréis vivo
Una ventana a la guerra
Cada domingo, un bosque
Sobre chusma y sobre cobardes
El eco de los propios pasos
Alcaldes para todos y todas
Cine sin nicotina
Burbujas de vacío y otras performances
Istolacio, Indortes, Lutero
Esta navaja no es una navaja
¿Cómo pude vivir sin Beckham?
El timo del soldadito Pepe
El asesino que salvó una vida
Mi amigo el torturador
Giliaventureros
En brazos de la mujer bombera
Se busca Ronaldo para Fomento
Golfos, ayuntamientos y ladrillos
Con o sin factura
Artistas (o artistos) con mensaje
La sorpresa de cada año
El subidón del esternón
Huérfano de peluquero
Más imbéciles que malvados
Sus muertos más frescos
El perchero de la Academia
Cerillero y anarquista
Botín de guerra
2004
Trenes rigurosamente olvidados
Educando a los malos
Una noche en el Tenampa
La foto de la zorrimodel
Esta industria de aquí
Hay diez justos en Sodoma
Chantajeado por Telefónica
El retablo intermitente de Murcia
No todos los inocentes son iguales
Barbie era una señora
Retorno a Troya
Las ratas cambian de barco
La pescadera de La Boquería
Omar y Willy al volante
Vienen tiempos duros
Dos de Mayo en Iraq
Al portavoz no le gusta el Quijote
Diálogos para besugos
Santiago Matamagrebíes
Jóvenes lobos negros
En Londres están temblando
Manguras tiene nombre de tango
El pobre chivato Mustafá
El hombre que pintaba al amanecer
Comiendo cualquier cosa
La mariposa y el mariposo
Sobre mendigos y perros
Otro verano, Marías
Por tres cochinos minutos
Judío, alérgico, vegetariano
Pepe y Manolo en Formentera
Sin perdón
Párrocos, escobas y batallas
Sexualidad polimorfa y otros pecados
Por qué me gustaría ser francés
Víctimas colaterales
Sobre bufones y payasos
Al final, género
Cuánto lo sentimos todos
Adiós a Humphrey Bogart
Fascismo musical de género
Caspa y glamour exóticos
Las púas de la eriza
Esa plaga de langosta
Ecoturismo y pluricultura quijotil
2005
Reyes Magos y Magas
Aquí no sirve ni muere nadie
La negra majareta
El domingo que fui Goebbels
Aceite, cultura y memoria
Estampitas en Chiclana
Nos encantan los Titanics
Lo que se perdió La Codorniz
Los garrotazos de Goya
Maestros y narcos mejicanos
La niña del pelo corto
El ombligo de Sevilla
Déjenme morir tranquilo
La delgada línea gris
Somos el pasmo de Europa
La perra color canela
Canutazos impertinentes
Un lector indeseable
Viejas palabras que nadie enseña
Treinta siglos, a subasta (I)
Treinta siglos, a subasta (II)
«Homesplante la hueva emporá»
Cemento, sol y chusma
La Historia, la sangría y el jabugo
El niño del tren
Notas
Sobre el autor
Arturo Pérez-Reverte en digital
Créditos
La coherencia del huracán
Han transcurrido catorce años desde que Arturo Pérez-Reverte publicó el primer artículo en las páginas de El Semanal con el título «La fiel infantería». En este tiempo, Pérez-Reverte ha publicado quince novelas, obras como El maestro de esgrima, La tabla de Flandes, El club Dumas, La piel del tambor o El capitán Alatriste, que han sido editadas en numerosos países y convertidas en guiones de cine. Entretanto, ha escrito cerca de seiscientos artículos, que han ido apareciendo cada siete días, con una disciplinada puntualidad, en las páginas de la revista El Semanal. Todos ellos están recogidos en los libros Obra breve/1, Patente de corso y Con ánimo de ofender, en los que se reúnen —con el mismo criterio que en éste— los artículos publicados hasta entonces, salvo aquellos que hacen referencia a temas muy puntuales y pierden sentido fuera del contexto en que se editaron.
Este libro continúa allí donde finalizó el anterior, en el año 2001, y recoge los artículos publicados hasta 2005, el primer lustro del siglo XXI, un tiempo turbulento, contradictorio y confuso, que nos ha dejado algunas imágenes desoladoras: desde los aviones secuestrados por terroristas islamistas el 11 de septiembre de 2001 estrellándose contra las torres gemelas de Nueva York y contra el Pentágono, hasta la bancarrota definitiva de Argentina, las guerras de Afganistán e Iraq o la masacre terrorista del 11 de marzo de 2004 en Madrid.
En los artículos de Pérez-Reverte suena el eco de todos esos acontecimientos. Los textos de este libro transmiten los latidos de un nuevo siglo, los temblores de los seísmos cotidianos en una época agitada, el vértigo de un tiempo acelerado y con síntomas de desorientación.
Porque estos artículos siguen siendo para el autor un medio para enfrentarse al mundo actual, para reconocerlo y para encararse con él cuando es preciso. Son una manera de explicar el mundo y de tratar de entenderlo. Hay en estas páginas un texto revelador en este sentido. Se titula «La aventura literaria de Ramón J. Sender», y en él reivindica la obra literaria de este escritor. ¿Y por qué? Porque «nadie en la literatura del siglo XX —afirma— nos explica España tan bien como él. [...] Nadie consigue transmitirnos, como Sender en sus muchísimas páginas a veces irregulares, a veces mediocres, a menudo extraordinarias, la desoladora certeza de que el del español fue siempre un largo y doloroso camino hacia ninguna parte, jalonado de ruindad y de infamia».
Los artículos de Pérez-Reverte quieren ser también una explicación de la sociedad de nuestro tiempo, del largo y doloroso camino de la historia reciente, de la ruindad y la infamia que se manifiesta en muchas partes y de algunos atisbos de grandeza. Por eso en estos artículos están las sombras de una sociedad desconcertada y los claroscuros del pasado y toda la furia que reclama un presente gobernado en ocasiones por la estupidez.
Estos artículos son un escaparate del mundo actual. El autor comenta en ellos noticias del periódico, entrevistas escuchadas en la radio, programas de televisión. Glosa palabras del Parlamento, declaraciones y entrevistas de políticos; cuenta anécdotas personales; describe escenas y personajes callejeros. Toda la tradición de la literatura realista y testimonial en la prensa española, desde el costumbrismo decimonónico a los aldabonazos del 98 y el testimonio crítico de los escritores del Medio Siglo, se proyecta en estos textos.
No hay temas tabú en ellos, ni realidades intocables. Pérez-Reverte rehúye lo políticamente correcto. Se enfrenta a temas de opinión incómodos. No renuncia a expresar su postura favorable o crítica ante situaciones provocadas por la inmigración, el nacionalismo, el sexo, lo étnico, racial o eclesiástico. Tal denuncia inmediata e impulsiva no permite a veces el corte de bisturí. «Aquí no caben florituras ni sutilezas», escribe en «Víctimas colaterales». El riesgo que supone la toma decidida de posiciones lo asume el autor sin aspavientos: «Esta página también tiene sus fantasmas, y sus remordimientos. Alguna vez dije que todos dejamos atrás cadáveres de gente a la que matamos por ignorancia, por descuido, por estupidez. Cuando te mueves a través del confuso paisaje de la vida, eso es inevitable».
Esa contundencia puede suscitar —y de hecho así ocurre— polémicas y posturas encontradas con lectores de las páginas en las que se publican estos artículos, la revista El Semanal, distribuida por cerca de treinta periódicos y que es la revista de fin de semana que más lectores acumula en España, según el último Estudio General de Medios, que los cuantifica en 4.581.000.
¿Qué ha cambiado en estos artículos —podemos preguntarnos— en el largo período de catorce años que ha transcurrido desde la publicación del primero en 1991? Su diagnóstico del mundo actual sigue siendo poco optimista. «¿Cuánto hace que no oímos pronunciar palabras como honradez, honor o decencia? —se pregunta el 3 de julio de 2005— [...], en una sociedad dislocada donde los auténticos valores, los únicos reales, son ganar dinero, fanfarronear, exhibirse».
La voluntad que predomina en los artículos sigue siendo la denuncia de esa sociedad dislocada por la ordinariez, la manipulación del poder, la estupidez política, la desmemoria histórica, el cainismo y la barbarie. Pérez-Reverte arremete en ellos contra las corruptelas, el dinero negro, el compadreo pícaro y la estafa canalla («Con o sin factura»); censura el tráfico de drogas y la injusticia («Maestros y narcos mejicanos», «La sonrisa del moro»); denuncia la falsedad de un mundo hipócrita y oportunista («Artistas (o artistos) con mensaje», «El subidón del esternón»). Desvela la vulgaridad de una sociedad infame, los comportamientos cazurros, la mala educación («Baja estofa»). Zarandea actitudes chulescas, gestos barriobajeros y costumbres de porqueriza, o desvela la mediocridad, el ambiente cutre y el territorio de la estupidez en que se han convertido no pocas parcelas de la vida contemporánea («La foto de la zorrimodel», «¿Cómo pude vivir sin Beckham?»).
En otros critica la chapuza, el desinterés, el poco amor al trabajo bien hecho. Lanza sus diatribas contra la imprevisión, la medianía, la desgana, la improvisación y la falta de profesionalidad («Mejorando a Shakespeare», «La sorpresa de cada año», «Un país de currantes», «Dos llaves de oro», «Se busca Ronaldo para Fomento», «Vienen tiempos duros»). O espolea ciudades dormidas, ensimismadas y en cierto modo incultas («El ombligo de Sevilla»).
Todos estos temas y estas ideas están expresados desde los primeros artículos que escribió Arturo Pérez-Reverte. Hay una línea de pensamiento coherente y contumaz que se reitera en ellos. ¿Qué ha cambiado, entonces, en estos textos desde aquel lejano «La fiel infantería» de hace catorce años?
Ante un panorama descrito a veces con tintes desoladores, los artículos basculan entre el enfado y la burla; conjugan la denuncia, el sarcasmo, el improperio, la nostalgia ocasional, la resignación a veces. Pero el tono se ha vuelto más radical, más agrio, más desesperanzado. Parece derivar hacia un arraigado escepticismo. «Les juro que a estas alturas ya me da igual —escribe en “Sushis y sashimis”—. O casi me lo da, porque hace tiempo comprendí que es inútil. Que los malos siempre ganan la batalla, y que el único sistema para no despreciarte a ti mismo como cómplice consiste en escupirles exactamente entre ceja y ceja, y de ese modo estropearles, al menos, la plácida digestión de lo que se están jalando».
La visión de España se hace más desgarrada en estos artículos publicados en los primeros años del siglo XXI. El que da título general a este libro es paradigmático en este sentido. Fue escrito el 20 de abril de 2003, y es un análisis certero de lo que estaba pasando en el país entonces. Tiene, además, un carácter premonitorio de algunas de las situaciones que iban a ocurrir un año más tarde, tras los atentados del 11-M en Madrid y tras las elecciones del 14 de marzo. «Lo que nos espera —escribirá meses después— es el desmantelamiento ruin de la convivencia».
En estos artículos se diagnostica con reiteración el asomo del fanatismo, el rencor y la revancha en la vida nacional. «Esta tierra violenta, analfabeta y de tan mala leche, abonada para el linchamiento», escribe. Y en varios artículos se posiciona frente al nacionalismo insolidario («Istolacio, Indortes, Lutero», «La carta de Iker», «Hay diez justos en Sodoma»). Escribe: «España no es comprensible sino como plaza pública, escenario geográfico, encrucijada con la natural acumulación mestiza de lenguas, razas y culturas diferentes, donde se relacionan, de forma documentada hace tres mil años, pueblos que a veces se mataron y a veces se ayudaron entre sí. Pueblos a los que, si negáramos ese ámbito geográfico-histórico de hazañas y sufrimientos compartidos, sólo quedaría la memoria peligrosa de los agravios».
Pérez-Reverte desenmascara el cainismo de una sociedad encrespada. «Cómo nos odiamos —escribe en “No me cogeréis vivo”—. He vuelto a comprobarlo estos días con lo de Iraq. Observando a unos y a otros. Porque aquí, al final, todo acaba planteándose en términos de unos y otros. Pero es mentira eso de las dos Españas, la derecha y la izquierda. No hay dos, sino infinitas Españas; cada una de su padre y de su madre, egoístas, envidiosas, violentas, destilando bilis y cuyo programa político es el exterminio del adversario. Que me salten un ojo, es la única ideología cierta, si le saltan los dos a mi vecino».
A quienes considera responsables de alentar estas situaciones no les ofrece tregua en la crítica de la falsa diplomacia, el compadreo político y tanto pasteleo egoísta. «La primera pregunta —comenta— que cualquiera con sentido común se hace ante el panorama es: ¿de verdad no se dan cuenta? Luego, al rato de meditarlo, llega la atroz respuesta: se dan cuenta, pero les importa un carajo».
Por eso hay en estos artículos una constatación dolorida de la repetición histórica. «Tanta lucha y tanto sufrimiento para nada —escribe—: De aquellos sueños de redención del hombre sólo queda eso: la desesperanza».
Ciertamente, la visión del hombre que transmiten estos textos es poco esperanzadora. En ellos habla de la «infame condición humana» y de su infinita «capacidad de maldad y estupidez». «Ninguna guerra es la última —escribe en “Una ventana a la guerra”, artículo que fue galardonado con el premio César González-Ruano de Periodismo—. Ninguna guerra es la última, porque el ser humano es un perfecto canalla».
Hay un progresivo asentamiento del escepticismo en estos textos, si los comparamos con los primitivos de hace catorce años. Es cierto. Pero sin embargo, su mensaje no está desprovisto de agarraderas y de boyas en las que sujetarse en medio del oleaje. En un momento en el que se confunden las fronteras entre el ingenio y la banalidad, en un tiempo de un blando relativismo en el que se equiparan la duda y la falta de ideas, Pérez-Reverte expresa con rotundidad sus convicciones. Y eso es lo que le convierte en un punto de referencia. Rehúye la moralina y el consejo paternal, pero sus artículos no están exentos de una exigencia moral. El 2 de marzo de 2003 publica el artículo titulado «Vieja Europa, joven América», y en él escribe, refiriéndose a Europa: «Este decrépito y caduco continente orillado al Mediterráneo, donde durante treinta siglos se hicieron con inteligencia y con sangre los derechos y libertades del hombre, sigue en la obligación de ser referente moral del mundo».
En este sentido, no pocos de estos escritos surgen de una voluntad ética. Los cimientos sobre los que se asienta esa ética son personales y en algunos aspectos discrepan de los valores en boga o del pensamiento cristiano que ha forjado la cultura europea. «Alguna vez he dicho —escribió el 6 de octubre de 2002— que cuando la vida te despoja de la inocencia y de las palabras que se escriben con mayúscula, te deja muy poquitas cosas entre los restos del naufragio. Cuatro o cinco ideas, como mucho. Con minúscula. Y un par de lealtades». Esas cuatro o cinco ideas se asientan en estos artículos sobre unas pocas convicciones: la dignidad personal, el respeto mutuo, la responsabilidad ante las propias tareas, la honradez, la lealtad, la corrección de las formas.
Hay artículos que son necrológicas de algunas personas o un homenaje o un recuerdo. Y esos artículos suponen una enumeración de las cualidades que Arturo Pérez-Reverte aprecia, el retrato robot de los valores que defiende: la nobleza y el sentido del honor («Por tres cochinos minutos»), la lealtad («El asesino que salvó una vida»), la profesionalidad («Judío, alérgico, vegetariano»), el cumplimiento del deber («Párrocos, escobas y batallas»). También el valor de quienes se juegan la vida por un ideal. O a cambio de nada: sólo por medir su dignidad en la aceptación esforzada de la derrota. El valor de los vencidos. El valor de aquellos que no esperan nada en la pelea. Como se cuenta en aquel pasaje de la Eneida que Pérez-Reverte glosa en «Retorno a Troya», cuando «Eneas y sus compañeros, sabiendo que Troya está perdida, deciden morir peleando; y como lobos desesperados caminan hacia el centro de la ciudad en llamas, no sin que antes Eneas pronuncie ese Una salus victus nulam sperar salutem que tanto marcaría mi vida, mi trabajo, las novelas que aún no sabía que iba a escribir: La única salvación para los vencidos es no esperar salvación alguna».
Bastantes de estos artículos están escritos desde el sarcasmo, que es una mezcla de sentido del humor y de cabreo: «La España ininteligible», «El timo de las prácticas», «El afgano, el ranger y la cabra», «En Londres están temblando», «Somos el pasmo de Europa», «Santiago Matamagrebíes». En este último comenta con ironía la revisión de hechos históricos, personajes y obras artísticas que no responden a lo políticamente correcto en la actualidad: «Esa Rendición de Breda, por ejemplo, donde Velázquez humilló a los holandeses. Ese belicista Miguel de Cervantes, orgulloso de haberse quedado manco matando musulmanes en Lepanto. Esa provocación antisemita de la Semana Santa, donde San Pedro le trincha una oreja al judío Malco en claro antecedente del Holocausto. Y ahora que Chirac nos quiere tanto, también convendría retirar del Prado esos Goya donde salen españoles matando franceses, o los insultan mientras son fusilados. Lo chachi sería crear una comisión de parlamentarios cultos —que nos sobran—, a fin de borrar cualquier detalle de nuestra arquitectura, iconografía, literatura o memoria que pueda herir alguna sensibilidad norteafricana, francesa, británica, italiana, turca, filipina, azteca, inca, flamenca, bizantina, sueva, vándala, alana, goda, romana, cartaginesa, griega o fenicia. A fin de cuentas sólo se trata de revisar treinta siglos de historia. Todo sea por no crispar y no herir. Por Dios. Después podemos besarnos todos en la boca, encender los mecheritos e irnos, juntos y solidarios, a tomar por saco».
El humor se convierte en tabla de supervivencia en un mundo gobernado por la estupidez. La aspereza de la crítica se suaviza con el comentario divertido y con una visión humorística de las situaciones descritas. De manera que en estos artículos se pone en juego un compendio amplio de recursos de humor, de imaginación, ingenio, sarcasmo y esperpento. Es un humor de situación que recrea escenas estrafalarias o inusitadas, con reducciones al absurdo que ponen de manifiesto el disparate. Pero es sobre todo un humor basado en el lenguaje. El lenguaje es la herramienta para transmitir las visiones humorística, coloquial, irónica o esperpéntica. Y éste es uno de los aspectos en los que se aprecia una mayor evolución en estos artículos. El lenguaje se hace en ellos más libre, más creativo, más contundente y más expresivo. Y esa voluntad de estilo es lo que convierte estos textos periodísticos en literatura.
Como he tratado de señalar, en los textos que se recogen en este libro aparecen temas similares a los tratados desde los primeros artículos publicados en El Semanal hace catorce años. Las convicciones del autor permanecen bastante inmutables, y él mismo ha afirmado en varias ocasiones que sus opiniones respecto a ciertos temas «no han variado un ápice». La visión del mundo sigue siendo la misma. Hay una coherente línea de pensamiento en los artículos de Arturo Pérez-Reverte, que se ha mantenido invariable a lo largo de estos años. Como la tozudez del cierzo. Como la coherencia devastadora del huracán.
La voluntad que predomina en ellos es de denuncia. El tono, de enfado y de cabreo. A veces ese tono se suaviza con el humor, la visión divertida, el comentario que suscita la sonrisa o la más hilarante carcajada. En ocasiones se abre una rendija para la simpatía: ante los amigos, ante la mirada comprensiva de un animal, ante el caminar torpe de un anciano, ante el recuerdo de su propia infancia. Artículos como «Paco el Piloto», «Pepe el Muelas» o «Cerillero y anarquista» dibujan la lealtad de los amigos; «Sobre chusma y sobre cobardes» describe la mirada conmovedora de un perro; «La pescadera de La Boquería» levanta acta de un gesto de compasión desinteresado y solidario. En artículos como éstos se destapa a veces la válvula de la comprensión. Porque sorprenden el lado amable pero frágil de la vida, y ponen de manifiesto que «la gente es cada vez más vulnerable, por menos culta»; más vulnerable frente a la tecnología («Pendientes de un hilo»); más indefensa frente a la manipulación («Matando periodistas»); más débil ante el dolor y la desgracia («Nos encantan los Titanics»).
En «El crío del salabre» puede leerse uno de los pocos rellanos que el autor concede a la nostalgia, al evocar su propia infancia de niño pescando entre las rocas del mar. En esas páginas recuerda tiempos no tan lejanos en los que «un niño podía vagar tranquilo por los campos y las playas: el mundo no estaba desquiciado como ahora» y aún «era fácil soñar con los ojos abiertos [...] Todo eso recordé —concluye— mientras observaba al chiquillo con su salabre en el contraluz rojizo de poniente. Y sonreí conmovido y triste, supongo que por él, o por mí. Por los dos. Después de un largo camino de cuarenta años, de nuevo creía verme allí, en las mismas rocas frente al mar. Pero las manos que sostenían los prismáticos tenían ahora sangre de ballena en las uñas. Nadie navega impunemente por las bibliotecas ni por la vida».
Hay en muchos de los textos de Pérez-Reverte ese dolorido sentir de los versos de Garcilaso: el dolor de saber. «A veces uno sabe más cosas de las que quisiera saber en esta puta vida», comenta tras contar la historia de Cinthia, una joven y hermosa mexicana, a quien le espera un cruel final, de drogadicta, mientras baila desnuda en un tugurio. El conocimiento de tanta desgracia produce ese sentir amargo y dolorido que transmiten algunas de estas páginas.
¿Qué va a encontrar el lector en este nuevo libro de artículos de Arturo Pérez-Reverte? La persistencia en la denuncia, desde luego, y bastante cabreo, ya lo he dicho, pero también unas dosis de humor y algo de afecto. Porque, a pesar de todo, en estos textos no está ausente la esperanza. Se manifiesta, por ejemplo, en uno de sus últimos artículos, «La niña del pelo corto», donde describe a una niña que lee un libro durante el recreo escolar, aislada del bullicio que la rodea. Esa imagen es la expresión de una fuerza más persistente que el impulso racheado del huracán. Ante ella, comenta el autor: «Tal vez esa niña solitaria y tenaz nos haga mejores de lo que somos».
JOSÉ LUIS MARTÍN NOGALES
2001
Dos profesionales
Calle Preciados de Madrid. Media tarde. Corte Inglés y todo el panorama. Gente llenando la calle de punta a punta con el adobo cotidiano de mendigos, vendedores y carteristas. Los mendigos me los trajino bastante a casi todos, en especial a los que se relevan con exactitud casi militar en las bocas del aparcamiento: unos me caen bien y otros me caen mal, y a unos les doy siempre algo y a otros ni los miro; sobre todo porque me quema la sangre verle a un menda joven y sano la mano tendida por la cara y con tan poco arte, habiendo tomateras en El Ejido y en Mazarrón y tanta necesidad de albañiles en el ramo de la construcción. El caso es que justo en mitad de la calle, interrumpiendo el paso de todo cristo frente a la terraza de un bar, hay un hombre joven arrodillado con las manos unidas y suplicantes, la frente contra el suelo y una estampa del Sagrado Corazón entre los dedos. «Una limosna, por el amor de Dios —dice—. Tengo hambre. Tengo mucha hambre». Lo repite con una angustia que parece como si el hambre le retorciera las tripas en ese preciso instante; o como si tuviera, además, seis o siete huérfanos de madre aguardando en una chabola a que llegue su padre con unos mendrugos de pan, igual que en las películas italianas de los años cincuenta. En realidad lo de tengo hambre no lo dice sino que lo berrea a grito pelado, con una potencia de voz envidiable que atruena la calle y hace sobresaltarse a algunas señoras de edad y a unos turistas japoneses, que incluso se detienen a hacerle una foto para luego poder enseñar a sus amistades, en Osaka, las pintorescas costumbres españolas. Y no me extraña que ese fulano tenga hambre, pienso, porque llevo año y medio viéndolo en el mismo sitio cada vez que paso por allí, arrodillado con las manos en oración y gritando lo mismo. Podría irse a su casa, me digo, y comer algo.
Lo mismo debe de pensar un tipo que se ha parado junto al pedigüeño y lo mira. Se trata de un treintañero con barba que lleva una mochila pequeña y cochambrosa a la espalda, una flauta metida en el cinturón de los tejanos hechos polvo, un perro pegado a los talones —en vez de collar, el perro luce un pañuelo al cuello, igual que John Wayne en Río Bravo—, y tiene pinta absoluta de Makoki, o sea, entre macarra, pasota y punki, chupaíllo pero fuerte de brazos y hombros, con tatuajes. El caso es que el tipo y el perro se han parado junto al que grita que tiene hambre y lo miran muy de arriba abajo, arrodillado allí, la cara contra el suelo y las manos implorantes. Y el Makoki pone los brazos en jarras y mueve la cabeza con aire de censura, despectivo, y nos dirige miradas furibundas a los transeúntes como poniéndonos por testigos, hay que joderse con la falta de profesionalidad y de vergüenza, parece decir sin palabras y sin dejar de mover la cabeza. Que uno sea un mendigo como Dios manda, con su flauta y su perro, y tenga que ver estas cosas. Y cuando el arrodillado de la estampita, sin levantar la cara del suelo, vuelve a vocear eso de «una limosna, por compasión, que tengo hambre», el Makoki ya no puede aguantarse más y le dice en voz alta «pero qué morro tienes». Lo repite todavía un par de veces con los brazos en jarras y moviendo la cabeza, casi pensativo; y hasta mira al perro John Wayne como si el chucho y él hubieran visto de todo en la vida, trotando de aquí para allá, pero eso todavía les quedara por ver. Y cuando el arrodillado, que sigue a lo suyo como si nada, vuelve a gritar «tengo hambre, tengo hambre», el Makoki se rebota de pronto y le contesta: «Pues si tienes hambre come, cabrón, que no sé cómo te pones a pedir de esa manera». Y luego levanta un pie calzado con una bota militar de esas de suela gorda, amagando como si fuera a darle un puntapié. «Asín te daba en la boca», masculla indignado, y después, volviéndose de nuevo a la gente, los mira a todos como diciendo habrase visto qué miserable y qué poca vergüenza. Luego saca del bolsillo un par de monedas de veinte duros, se las enseña al del suelo y le dice: «Pues si tienes hambre, tío, levanta que yo te pago una birra y un bocata». Pero el otro sigue echado de rodillas con la estampita y la cara pegada al suelo como si no lo oyera; así que al fin el Makoki mueve la cabeza despectivo, chasquea la lengua, le dice al perro «venga, vámonos, colega», y él y John Wayne echan a andar calle arriba. De pronto el Makoki parece que lo piensa, porque se para y se vuelve otra vez al pedigüeño que retoma su cantinela de tengo hambre, tengo hambre, y le suelta de lejos: «Ni para pedir tienes huevos, hijoputa». Y luego echa a andar otra vez con su mochila y su flauta y su perro, pisando fuerte, como si afirmara cada uno es cada uno, y a ver si no confundimos una cosa con otra, que hasta en esto hay clases. John Wayne lo sigue pegado a sus botas, el pañuelo de cowboy al cuello y meneando la cola, seguro de sí. Y de ese modo los veo irse a los dos, amo y chucho, con la cabeza muy alta. Serios. Dignos. Dos profesionales.
El hombre a quien mató John Wayne
El cine sólo fue cine de verdad cuando era mentira. Eso dice Pedro Armendáriz Hijo con el quinto whisky camino de Santa Fe, en el bar del hotel María Cristina de San Sebastián. Son las tres de la madrugada, o las cuatro, y el ambiente tiene el encanto de aquella gran mentira que hoy parece imposible salvo en momentos mágicos como éste: Fito Páez toca el piano en el pasillo mientras Ana Belén canta apoyada en su hombro, rodeados por María Barranco, el entrañable Pedro Olea, Cecilia Roth, José Coronado, educadísimo y encantador como siempre, y mi amigo que es casi mi hermano, el productor Antonio Cardenal, con las gafas torcidas y la nariz dentro de su White Label con cocacola, sin que falte el camarada Joaquim de Almeida, capitán de abril, inolvidable marqués de los Alumbres, que acaba de unírsenos y la arrastra mortal. Todos están en el pasillo donde se van congregando con sus copas en la mano en torno al piano de Fito y la voz de Ana Belén, y Antonio hace señas para que me una a ellos; pero permanezco en la mesa del rincón, mirándolos de lejos, sin decidirme, porque Pedro Armendáriz sigue contándome cosas de cuando acompañaba a su padre en los rodajes de John Ford, y de cuando trabajó en alguna película con John Wayne. Conozco ya varias de esas historias; pero cada vez que encuentro al hijo de quien se hizo abofetear por María Félix en Enamorada y fue sargento en Fort Apache, y también uno de los tres inmortales padrinos del bebé Robert William Pedro Hightower, le hago repetirlas frente a unos cuantos vasos de agua de fuego, y además con la esperanza de que me cuente algo que no sé mientras imita como nadie el acento del Duque diciendo sonofabich.
Ana Belén continúa cantando en el pasillo; pero yo, háganse cargo, soy incapaz de levantarme, porque el hombre que está a mi lado fue uno de los vaqueros del rancho de John Wayne en Chisum, y en este momento me detalla la forma en que el Duque desenfundó el revólver en Los Indestructibles y le pegó un tiro a él, a Pedro Armendáriz Hijo en persona, y lo sacó de la película. Y como esa última historia no me la sabía, se la hago repetir despacio, los gestos y el diálogo de Wayne en aquella escena, bang, bang, y digo carajo, te mató nada menos que John Wayne, hijo de la chingada, y para celebrarlo le encargo otras dos copas a Adolfo, el jefe de camareros, que es un viejo amigo y por eso las trae, aunque está a punto de cerrar la barra. Y luego le pido a Pedro Armendáriz Hijo que me cuente, por favor, la historia de la bandera roja y la bandera blanca, mi favorita, cuando él y Patrick Wayne, el hijo del Duque, tenían diez años y montaban a caballo por Monument Valley cuando el rodaje de Fort Apache, y se metieron en cuadro en mitad del rodaje y fastidiaron una toma, y el viejo Ford se cabreó como una mona, y los tuvo tres horas inmóviles bajo el sol a los dos zagales, para que espabilen, decía, y aprendan a no joderme planos en mitad de un rodaje. Pese a lo cual los sacó luego, sin rencores, en El hombre tranquilo, en la carrera juvenil de la fiesta de Innisfree. Y ya ves, dice. Con esta cara de mejicano que tengo, salí haciendo de pinche niño irlandés.
María Barranco me dice que vaya donde el piano, que va a dedicarme Las cosas del querer; pero todavía me demoro un poco porque antes quiero que Pedro Armendáriz Hijo cuente el entierro de su padre, cuando éste yacía de cuerpo presente porque esa vez estaba muerto de verdad, después de picarles el billete a las mujeres más guapas de Méjico y de hacer películas inolvidables con John Ford y con tantos otros, y fueron a velarlo Jack Ford y John Wayne, y Ward Bond, Harry Carey Jr., Ben Johnson, Barry Fitzgerald y todos los otros nombres legendarios, amigos irlandeses velando al irlandés adoptivo, y se pusieron hasta las trancas de Bushmills cantándole canciones al difunto e insultándolo en irlandés, por qué te moriste, hijo de perra, por qué dejaste sin ti a tus amigos, diciéndoselo con el pulgar en la encía y tocándose la oreja, con todos los viejos gestos y el ritual de la vieja Irlanda, borrachos como cubas, el Duque tambaleando sus legendarios seis pies y no sé cuántas pulgadas de estatura, ciego de whisky, y Pedro Armendáriz Hijo allí, entre todos ellos, que lo abrazaban llorando. Y yo estoy sentado en el bar del María Cristina escuchando aquello, y suenan el piano de Fito Páez y la voz perfecta de Ana Belén, y en la pared hay un cartel donde John Wayne, recortado en la puerta del rancho de Centauros del desierto, está parado de espaldas, cruzando los brazos en esa postura chulesca con la que rendía homenaje a Harry Carey padre, el que fue vaquero antes que actor y amigo del viejo Ford. Y creo que es cierto. Que, a diferencia del de ahora, el cine de antes era una gran mentira maravillosa. Y que sólo las grandes mentiras sobreviven y te erizan la piel y se convierten en leyenda.
El siglo XXI empezó en septiembre
Cada cual tendrá sus ideas al respecto. La mía es que el XXI va a ser un siglo muy poco simpático, y el mayor consuelo es que no estaré aquí para ver cómo acaba. Lo pensaba el otro día, viendo una película antigua de Marlene Dietrich donde la gente celebra bebiendo champaña la llegada del año nuevo 1914 en la Viena austrohúngara —los pobres gilipollas—, y me acordaba del jolgorio con que el personal de ahora, incluidos, supongo, quienes estaban el 11 de septiembre en las torres gemelas de Nueva York, celebró la llegada del nuevo siglo. En cuanto a las cosas de actualidad, a la hora de teclear esto ignoro cuánto tiempo va a durar la crisis —algunos la llaman guerra— de Afganistán; pero estoy convencido de que sea cual sea el resultado más o menos previsible, no cambiará nada importante. La Historia que se escribe con mayúscula, la que nada tiene que ver con las que reescriben los paletos que se miran el ombligo en España, ni con la Logse de Solana y Maravall, ni con las comisiones ministeriales políticamente correctas, seguirá su curso como siempre lo ha hecho. Avanzando y repitiéndose en la inexorable —Toynbeana o Spengleriana, me da igual— confirmación de sí misma.
Creo haber recordado alguna vez que, del mismo modo que los siglos XVI y XVII sentaron las bases de la Europa moderna, el XVIII fue el tiempo de la lucidez y la razón, y acabó abriendo la puerta a la esperanza que galoparía a lo largo de todo el XIX: la revolución, la fraternidad, las ansias de libertad, justicia y progreso. Nunca estuvo el ser humano tan cerca de conseguirlo como en ese período en el que hombres honrados y valientes se echaron a la calle para cambiar un mundo injusto. Corrió la sangre a chorros, claro. La batalla fue larga y dura, porque los enemigos eran poderosos: el Dinero —el poder sin escrúpulos ni conciencia—, el Estado tradicional —el poder corrupto en manos de los de siempre— y la Iglesia —el poder del fanatismo y la manipulación del hombre a través de su alma—. Lo cierto es que hubo momentos en que estuvo a punto de lograrse, y así entró la Humanidad en el siglo XX: décadas que fueron turbulentas y terribles, pero también de esperanza, cuando el viejo orden se desmoronaba sin remedio y parecía que el mundo iba a cambiar de veras. Pero el enemigo era demasiado fuerte. La esperanza duró hasta bien entrada la centuria, tal vez hasta los años setenta. Entonces, viciada por la infame condición humana, tan natural al hombre como las virtudes que habían hecho posible la esperanza, ésta murió sin remedio. Tanta lucha y tanto sufrimiento para nada. A Emiliano Zapata y al Che Guevara, quizás los dos símbolos más obvios de ese último combate, los asesinamos mil veces entre todos; y el injusto y egoísta orden resultante —presunto bienestar occidental liderado por Estados Unidos, subordinación del resto— tuvo por metrópoli algo sin exacta localización geográfica pero con símbolos externos perfectamente identificables. Uno de esos símbolos eran las torres gemelas de Manhattan.
De aquellos sueños de redención del hombre sólo queda eso: la desesperanza. Ahora sabemos que la vieja y noble guerra no se va a ganar, y que en esta película triunfan los malos de verdad, los mangantes que después de cumplir unos pocos años de cárcel —eso en el mejor de los casos— disfrutan de lo que han trincado, y además se casan al final con la chica. Pero el mundo ha evolucionado para todos, incluso para los de abajo; ahora la técnica es barata y está al alcance de cualquiera. Y el coraje del hombre sigue intacto, en donde siempre estuvo. Lo pensaba esta mañana, mirando la foto del rostro crispado y duro de un niño palestino que arroja una piedra contra un tanque israelí. Con la importante diferencia de que, a medida que pasa el tiempo, las ideologías van dando paso al fanatismo, a la desesperación, al rencor y a la revancha. Y en ese territorio, desprovisto de control y de marcha atrás, ya cuenta menos cambiar el mundo para bien que ajustar cuentas con los responsables, imaginarios o reales, de toda esa desesperanza y esa amargura. Frente a eso, la tendencia natural del poder —una inclinación con siglos de solera— es el enroque: la represión, el bombardeo, el control de las libertades que tanto costó conseguir. Las calles llenas de agentes del orden, los ejércitos implicados en operaciones de policía internacional, los mercenarios del Estado —qué risa comprobar cómo tanto analfabeto parece haber descubierto ahora lo que está en cualquier libro de Historia clásica— que defienden las fronteras, mucho menos cómodas y tangibles que el limes del Rhin y el Danubio, de un imperio donde la amenaza ya no son los bárbaros, sino la rebelión de sus esclavos.
Como decía el viejo maestro de esgrima Jaime Astarloa a sus jóvenes alumnos —y disculpen que me cite—, no les envidio a ustedes las guerras que nos esperan.
Inquisidores de papel impreso
Una nueva Inquisición, tan españolísima como la otra, ha hecho su aparición en el mundo literario de aquí, famoso por su cainismo navajero: los cazadores de plagios. De un tiempo a esta parte, diarios y revistas denuncian apropiaciones, intertextualidades sospechosas, ideas o párrafos que pertenecerían a autores vivos o muertos. Llueve sobre mojado, claro. Nuestra literatura menudea en ejemplos desgraciados y recientes, clamorosos unos y encubiertos otros. Pero el fenómeno no es de ahora: basta acudir a los clásicos del Siglo de Oro, al teatro y la poesía grecolatinos, para comprobar hasta qué punto las transferencias literarias vienen prodigándose durante tres mil años de cultura occidental. Lo singular es que el plagio, o la inspiración, o las semejanzas deliberadas o accidentales que puedan darse entre obras de diferentes autores, parece algo descubierto en España ayer mismo; como si de pronto todo cristo se lanzara a plagiar al vecino, y cada acto de escritura consistiera en dar gato por liebre. Buena parte del ambiente se debe, como decía, a gente que vive de la literatura de otros, formando parte de ese entorno parásito que no ha escrito nunca una sola línea, ni maldita la falta que le hace. El cazador de plagios vocacional lee relamiéndose, rotulador en mano. Siempre conoce a alguien que publica en alguna parte, a quien pasa el dossier elaborado con el cariño de rigor. Vaya escándalo bonito tienes con lo de Fulano. O lo de Mengana. Y en ocasiones el analfabeto de turno entra al trapo —a veces de buena fe— y dedica páginas a denunciar el presunto escándalo, sin detenerse a comprobar, o matizar, las fronteras, no siempre claras, entre un robo a mano armada y una zambullida en el acervo cultural, perfectamente digno y utilizable, que por la vida circula al alcance de cualquiera.
Para que no digan que hablo de oídas, permitan un ejemplo personal. Hace tiempo, una revista española publicó un artículo con la revelación de que la partida de ajedrez que figura en mi novela La tabla de Flandes, editada hace ahora once años, tenía sospechoso parecido con una de las partidas de ajedrez que figuran en una obra del anglosajón Raymond Smullyan sobre pasatiempos, adivinanzas y juegos de ajedrez. El autor del artículo se mostraba satisfecho de haber descubierto en exclusiva, tras ardua pesquisa, esa conexión clandestina; sin mencionar, naturalmente, que el capítulo de la novela donde se plantea la partida de marras comienza con un epígrafe expreso de Raymond Smullyan —a quien también dedico epígrafe y cita en La carta esférica—; y sin aclarar tampoco que la posición de las piezas de La tabla de Flandes se inspira, sin duda, en una de las partidas que Smullyan detalla, como podría haberla inspirado —cosa que hice en otros momentos de la novela—, en partidas de Capablanca, Lasker, Fisher o Kasparov, textos que naturalmente manejé durante la escritura de la obra, junto a muchísimos más. Entre otras cosas porque de infinitos lugares obtiene todo novelista los conocimientos técnicos de los que carece —pregúntenle a Thomas Mann por Doctor Faustus, si me permiten el osado colegueo—; pero que, pese a evidentes semejanzas en la disposición de ciertas piezas, las posiciones y el desarrollo no eran de Smullyan, sino una composición con diferentes piezas y movimientos, inspirada de cerca, y a mucha honra, en la idea básica de esa partida asombrosa que Smullyan plantea hacia atrás. Inspiración, por cierto, que no he mantenido nunca en secreto, pues aparte de los epígrafes mencionados, la comenté ampliamente durante la presentación de la novela en un famoso club ajedrecista de Méjico D. F. en presencia de treinta periodistas, y en muchas de las entrevistas de prensa que mantuve en la época.
Ése es un ejemplo de cómo una interpretación parcial o malintencionada puede convertir en acto delincuente, vergonzoso, el viejo y legítimo acto novelesco de manejar el abundante material, las películas vistas, los libros leídos, los documentos consultados y su elaboración posterior, las influencias conscientes o inconscientes que, unidas a la vida propia, al talento y a la imaginación de cada cual, hacen posible la obra literaria. Sobre todo ahora que ya no hay lectores ni escritores inocentes, cuando todo ha sido escrito y filmado mil veces, y cuando basta echarle un vistazo a la Poética de Aristóteles, a la Odisea o al teatro clásico griego, para comprender que la creación literaria, cinematográfica, poética, no hace sino reelaborar temas y personajes que siempre estuvieron ahí, adecuándolos al tiempo en que el autor vive; y que sólo cuando esa reescritura resulta extraordinaria, original, inimitable, se convierte en obra maestra.
Lo que no quita para que la literatura abunde también en escritores con pocos escrúpulos y menos vergüenza. Pero eso no es nuevo. Desde Homero, siempre estuvieron ahí.
La foto del abuelo
Date prisa, Elenita —sé que él te llama Elenita—, porque mañana o pasado ya no estará ahí. Ahora lo miras y te da pena, y a veces te cabrea, o te es indiferente, o qué sé yo. Cada cual es cada cual. Hay días en los que estás harta de ese viejo coñazo que se queda dormido y ronca durante el videoclip de Madonna, o lo hace fuera de la taza porque le tiembla el pulso, o fuma a escondidas cigarrillos que roba del paquete que tienes en un cajón de tu cuarto. A lo mejor te preguntas por qué sigue en casa y no lo han llevado a una residencia, donde los ancianitos, dicen, están estupendamente. Y la verdad es que a veces se pone pesado, o no se entera, o se le va la olla como si estuviera en otro siglo y en otro mundo. Y a ti te parece un zombi. Sí. Eso es lo que parece tu abuelo.
No voy a decirte cómo sé todas esas cosas de ti, aunque a lo mejor te lo imaginas. Yo nunca me berreo, como dice mi colega Ángel Ejarque, alias El Potro del Mantelete, que por cierto acaba de ser abuelo por segunda vez. El caso es que lo sé; y estaba la otra noche comentándoselo en el bar de Lola a mi amigo Octavio Pernas Sueiras, el gallego irreductible, que a estas alturas —cómo pasa el tiempo— aprobó lo que le quedaba y ya es veterinario. Y Octavio apartó un momento los ojos del espléndido escote de la dueña del bar, le pegó otro viaje al gintonic de ginebra azul y me dijo pues cuéntaselo a esa hijaputa, oye. A tu manera. Y ya ves. Aquí me tienes, Elenita. Contándotelo.
Ese viejo estorbo que tienes sentado en el salón está ahí porque sobrevivió a una terrible epidemia de gripe que asoló España cuando él nacía. Creció oyendo los nombres de Joselito y de Belmonte, y lo sobrecogieron las palabras Annual y Monte Arruit. Después, con diecipocos años, formaba parte de la dotación del destructor Lepanto cuando el Gobierno de la República mandó ese barco a combatir a las tropas rebeldes que cruzaban el Estrecho. Vivió así los bombardeos de los Junkers de la legión Cóndor, estuvo en el hundimiento del crucero Baleares, y en la sublevación de Cartagena fue de los que aquella mañana lograron incorporarse a sus buques esquivando a las patrullas sublevadas del cuartel de Artillería. Luego, con la derrota, se refugió en Túnez, donde fue internado. De allí pasó a Francia justo a tiempo para darse de boca con la Segunda Guerra Mundial, cuando miles de exiliados españoles no tenían otro camino que dejarse exterminar o pelear por su pellejo. Él fue de los que pelearon. Apresado por los alemanes, enviado a un campo de exterminio en Austria, se fugó, regresó a Francia y —de perdidos, al río— pudo enrolarse en el maquis. Mató alemanes y enterró a camaradas españoles muy lejos de la tierra en que habían nacido. Liberó ciudades que le eran ajenas con banderas que no eran la suya. Cruzó el Rhin bajo el fuego, y en las montañas del Tirol, en el Nido del Águila de Adolfo Hitler, se calzó una botella de vino blanco en memoria de todos los que se fueron quedando en el camino. Luego trabajó para ganarse el pan, y al cabo de veinte años de exilio regresó a España. Hubo mujeres que lo amaron, hombres que le conf
