A Constantino Bértolo
y Luis María Brox.
Fue de nosotros de quienes aprendieron el secreto de la vida: hacerse viejo sin hacerse mejor.
JOHN LE CARRÉ
Pensando que pudiera tratarse de un accidente, Jorge disminuyó la frecuencia de sus pasos. Acortó después la longitud de los mismos, y como viese que el grupo no se disolvía, sino que aumentaba al ritmo impuesto por la hora de entrada a los trabajos, optó finalmente por detenerse a una distancia calculada para averiguar por los gritos, los comentarios, o por el mismo olor de la sangre, si la hubiese, la clase de suceso capaz de congregar a tanta gente junto a la barandilla de la estación del Metro.
Evidentemente, las escaleras debían de estar repletas, porque los grupos que poco a poco iban formándose con la aportación de nuevas oleadas giraban sobre sí mismos sin encontrar una sola grieta que les acercara un peldaño o dos al punto sobre el que gravitaba la atención de quienes de este modo habían visto interrumpido su habitual camino hacia el trabajo. Sin embargo, las exclamaciones que con notable esfuerzo conseguía recoger intactas no traían consigo más información que la que ya se desprendía de la existencia del tumulto o de su propia actitud, pues él continuaba detenido a pesar de tener el tiempo justo para no llegar tarde a la oficina.
En seguida decidió buscar alguna ocupación que retrasara en lo posible su inevitable entrada en la estación del Metro, y de este modo reparó en la deficiente lazada de sus zapatos. Atarse un zapato de tal manera que no vuelva a desatarse hasta la noche es algo que requiere cuidado y tiempo, el tiempo —calculó— que tardaría en llegar la ambulancia para llevarse los restos de la anciana o los del vendedor de cupones que hubiese rodado con tan mala fortuna escaleras abajo. Los accidentes callejeros son desagradables sobre todo para una persona de temperamento reflexivo, pues tienen la extraña cualidad de poner en evidencia aquellos aspectos más sórdidos de la lucha cotidiana. De manera que si uno se ve en la necesidad de socorrer a alguien que se desmaya frente a la taquilla del cine, o de sujetar a un anciano que al llegar el tren intenta hacer como que se tira bajo sus ruedas o, en fin, en situaciones semejantes que si bien no suceden cada día ni cada hora suceden en todo caso con la frecuencia necesaria como para acabar por tomarle miedo al mundo en general y a la calle en particular, si uno se ve en cualquiera de esta amplia gama de situaciones —reflexionaba todavía Jorge—, inevitablemente, y durante el resto del día o de la semana, verá también aquellos aspectos más desagradables de la existencia que no sin habilidad logramos ocultar a la vista y a la razón por más que se nos pongan delante de los ojos: la suciedad, por ejemplo, que se adhiere al cemento de las construcciones subterráneas, debida sin duda a los escasos medios utilizados para limpiar tanto paso perdido o tanto aburrimiento, mitigado por lo general a base de escupir sobre la parte inferior de las paredes con el cuidado extraño de no tocar el anuncio que nace un poco más arriba.
Por todo esto, Jorge levantaba su pie derecho hasta encontrar en la pared una irregularidad en la que encajar la puntera para atarse el zapato sin el peligro de arrastrar por el suelo los bordes del abrigo. Mientras manejaba hábilmente los dos extremos del desgastado cordón, vigilaba con una esquina de su ojo derecho las continuas modificaciones del grupo, el cual había aumentado en los últimos minutos de tal manera que tapaba ya totalmente la barandilla, dejando sólo al descubierto la parte superior de las dos barras verticales, sobre las que se apoyaba otra horizontal, en cuyo centro, sobre una forma geométrica, ponía la palabra Metro. Desde su posición, y como se diese el caso de que aquellas dos barras verticales se hundieran en la muchedumbre, el conjunto recordaba sin esfuerzo a un grupo de manifestantes que portara una pancarta incomprensible y desproporcionada. Antes de levantar el pie izquierdo para repetir en él la misma operación que había realizado en el derecho, reguló la respiración contenida por la postura y se desabrochó el abrigo para dar más libertad a los movimientos respiratorios de su pecho. Alguien se detuvo a su lado:
—¿Qué ha pasado ahí?
—No sé —respondió Jorge—; supongo que un accidente —y se inclinó sobre el zapato izquierdo previamente encajado en la hendidura de la pared.
El grupo crecía ahora más despacio, porque algunos hombres o mujeres se retiraban del lugar apenas unos instantes después de haber llegado. Otros, en cambio, se sumergían en la muchedumbre y al poco tiempo se les perdía totalmente de vista. También había quien merodeaba alrededor del grupo sin decidirse a penetrarlo, o quien habiendo estado ya en su interior se detenía luego en sus aledaños como si calculara aún las ventajas de permanecer dentro o fuera. Jorge había visto al Vitaminas en el momento mismo de inclinarse sobre el zapato izquierdo. Esquivó su mirada y, mientras reparaba en las profundas grietas de su calzado dijo a esta distancia es fácil confundir a un amigo con un desconocido: basta con que los dos tengan el mismo aire. De todos modos, y porque prefería la duda al encuentro, desató y volvió a atar un par de veces el cordón, ocultando el rostro de quien temía que aún le mirara desde las afueras del suceso. Transcurrido este lapso se incorporó de nuevo, pero no miró inmediatamente hacia el Metro, sino que se contempló primero los zapatos desde la perspectiva que le ofrecía su altura y carraspeó delicadamente, como si estuviese en una reunión. Por fin se enfrentó a la posibilidad de un encuentro no deseado ni temido: la multitud continuaba en su sitio, ejercitándose en idénticos desplazamientos, pero cuantos esfuerzos hizo Jorge por localizar otra vez aquel abrigo o aquella cabeza, en otro tiempo tan diferenciada, resultaron inútiles. Alguien le preguntó la hora. Luego transcurrieron aún unos minutos. Ya comenzaba a amanecer, y si bien el grupo no aumentaba, tampoco disminuía. La atención por el suceso se había equilibrado al fin de tal manera que las nuevas aportaciones se compensaban con idénticas pérdidas, pérdidas que parecían producirse por la superficie en mayor cuantía que hacia el interior.
Sintió dos o tres veces el impulso de acercarse para acabar con aquella historia que se alargaba demasiado, pero una decisión todavía subterránea, tomada seguramente a raíz de aquel fugaz encuentro con el Vitaminas, le obligó a reanudar la espera hasta que la decisión llegó a la superficie. Entonces miró el reloj: las ocho menos diez. De todas formas no llegaría a tiempo por mucho que se esforzara, y esta seguridad le sirvió para abandonarse sin más preocupaciones de orden práctico a la tarea de descifrar aquel apremio que empezaba a crecer entre los pliegues de su corazón, y sobre cuya naturaleza no era sencillo definirse, ya que no olía sólo a amor o sólo a desamparo, sino que estaba atravesado también por una rara mezcla de crueldad y deseo, elementos entre los que surgía a intervalos regulares la evocación involuntaria de la mirada del Vitaminas.
Después de recrearse durante unos segundos en la apariencia de una cierta duda, dio la espalda al suceso y caminó de nuevo hacia el portal, escuchando el aullido de una sirena —ambulancia o policía—, lejana aún del lugar de los hechos. Tuvo que esquivar la sonrisa obsequiosa del portero y saludar a unos vecinos antes de alcanzar el ascensor, en cuyo interior, finalmente, pudo sonreír de espaldas a la puerta, al tiempo que oprimía el botón que le libraba por el momento de la calle. Pensó en Julia, la recordó desnuda entre las sábanas. El ascensor se detuvo, y Jorge buscó por sus bolsillos las llaves, comprobando de paso que tenía tabaco suficiente.
Antes de decidirse a utilizar el cepillo de dientes, desató el nudo de la bata y dejó que las dos partes de la prenda encontraran asiento. Notó la caricia del tejido en las caderas y esperó con cierta ansiedad la aparición de sus pechos. A la altura de la frente el espejo presentaba una mancha, producida por el craquelado del azogue, que recordaba sin dificultad el agujero de una cerradura antigua. Julia pensó que aquella mancha acabaría por irritarla con el tiempo, pero admitió también que de momento le excitaba la posibilidad de imaginar un ojo al otro lado del espejo.
Seguramente se había levantado antes que otros días gracias a la premura impuesta por el nuevo sentido que aquel descubrimiento otorgaba a la rutinaria comprobación de su belleza. Recordó —a la espera de que el tejido resbalase descubriendo sus pechos— que había oído el despertador, cuando lo normal en ella era no oír siquiera las aparatosas idas y venidas de Jorge en busca de alguna prenda personal o de un peine, encontrado siempre en el lugar más absurdo de la casa. Luego había permanecido en una situación de semiinconsciencia provocada de la que había ido surgiendo como la larva surge de su antigua piel: a través de la boca y con movimientos que apenas insinuados se retiraban a morir hacia la orilla de los tobillos. Los ruidos del exterior —Jorge escupiendo, Jorge tropezando, Jorge etcétera— constituían el punto de referencia necesario para valorar aquella situación, cuyo gozo estribaba en el privilegio de no estar compartida con nadie. En tales estados, la adecuación de Julia con el mundo resultaba natural y perfecta, ya que el olvido de la existencia de un horario no nacía de la erosión de una memoria perezosa, sino de la ausencia de cualquier tipo de memoria.
Los pasos finales de Jorge alejándose hacia la puerta, el doble ruido de ésta y el ya más bien imaginado traqueteo del ascensor a lo largo del tubo coincidieron con el desprendimiento total de la antigua piel, y Julia emergió desnuda y roja entre las sábanas del nuevo día. Contuvo el impulso instintivo de las manos y de los ojos, que como de costumbre habían iniciado un movimiento de atención a los pechos, y se alcanzó la bata para evitar que la visión anticipada de alguna de estas partes de su cuerpo prejuzgara de algún modo la revisión definitiva ante el espejo.
Antes de entrar en el cuarto de baño cruzó el minúsculo pasillo para asegurarse de que su hija aún dormía. No tuvo que tocar la puerta, ya que la dejaba siempre entreabierta por si lloraba a media noche, para comprobar que la niña mantenía en su cuna enrejada aquella postura que aseguraba todavía un largo sueño.
Ahora estaba ya frente al espejo y se había desatado el nudo de la bata. Pero las puntas de sus pechos actuaban como dos finísimos ganchos que evitaban el resbalón total del tejido, el cual, por otra parte, carecía del apresto necesario para moverse por propia iniciativa. No obstante, se había producido en dirección a los costados un desplazamiento de las dos partes de la tela, que de momento descubría —partiendo del suave abultamiento del vientre— una franja rectangular de su cuerpo que se estrechaba, como algunas zonas del curso de los ríos, a la altura de los pechos por razones de una geografía accidentada, aunque simétrica. Esta franja rectangular se abría al fin en delta a la altura de las solapas, donde parecía concentrarse todo el peso de la prenda. Creyó observar un brillo inquieto tras la aparente cerradura. Restos de azogue, dijo en voz alta para defenderse de un miedo antiguo que conservaba aún como reliquia de la adolescencia. Luego, con la esperanza de que a la menor ayuda se produjera un nuevo desplazamiento, dio dos pasos hacia atrás ampliando en unos centímetros su campo de visión, limitado siempre por el marco del espejo. Tras la madera aparecían ya algunas señales del triángulo de vello; entonces intentó retroceder aún lo necesario para verlo nacer, pero sus pies tropezaron con la bañera y se tambaleó ligeramente. Adivinó otra vez el brillo de la pupila —del azogue— tras la cerradura, y en un extraño movimiento destinado a recuperar el equilibrio perdido se deslizó la parte izquierda de la bata y apareció el pezón enorme y casi moldeable en el espejo. Lo miró intensamente, como si quisiera guardar memoria de una firmeza pasajera, pero aun en esto la realidad se mostraba multicolor y tornadiza, porque un tercer reflejo, apenas entrevisto tras la mancha en forma de cerradura, produjo en el interior de Julia una subterránea actividad que fue a manifestarse exteriormente en un ligero endurecimiento del pezón.
Se dejó trabajar por aquella actividad, cuya mayor virtud consistía también en convertir a la memoria en algo prescindible, pues mientras observaba cómo una extraña cohesión apretaba el extremo de su pecho y cómo al tiempo que la forma cambiaba de algún modo el color, ella no se sentía vinculada al recuerdo ni a la evocación, sino más bien a su propia imagen, que ahora, en un gesto dedicado a un posible espectador, alzaba la mano derecha —tocada ya por la belleza de la sangre caliente— y se apartaba el pelo de la cara.
Estaba ya dispuesta a desnudar con disimulo la parte derecha de su cuerpo cuando escuchó el ruido producido por el roce de la llave penetrando en la cerradura. Lo había presentido unos segundos antes a causa sin duda de las vibraciones que producía el ascensor, y que si bien nunca eran lo suficientemente palmarias como para reparar en ellas, sí bastaban para poner en guardia a alguna parte de su ser atenta siempre a estos pequeños acontecimientos. Por eso también apenas necesitó un lapso de tiempo contabilizable para recuperar la memoria, cruzarse la bata, asegurándola con un nudo, y adoptar la postura de quien acabara de levantarse y luchara aún por encontrar los límites del propio rostro difuminados durante el sueño.
Jorge había cruzado de puntillas el pequeño salón, y su entrada en el pasillo coincidió con el descubrimiento de que Julia se había levantado. Observó a través de la puerta entreabierta del cuarto de baño un trozo de su hombro y el ligero vuelo de la bata, que no le llegaba a las rodillas. Dijo soy yo para evitar un susto mutuo, y abriendo completamente la puerta se apoyó en el marco.
—Hola —dijo Julia—, ¿ha ocurrido algo?
—No, nada. Es que creo que ha habido un accidente en la boca del Metro y he preferido subir hasta que se despeje un poco porque estas cosas me ponen mal cuerpo.
Comenzó a sentirse un poco agobiado a causa del abrigo, pero decidió no quitárselo para no destruir con un movimiento razonable algo sorprendente que sin duda alentaba también en el pecho de Julia, quien contestaba a sus últimas palabras dentro de la lógica impuesta por el tono y la situación:
—De todos modos es muy tarde. Si hubieras ido andando hasta Quintana ya habrías llegado, ¿no? —y volvió el rostro al ritmo de la interrogación negativa, cuya función seguramente era darle a Jorge la oportunidad de que justificara su presencia con cualquier excusa banal que abriera, sin embargo, un nuevo cauce de penetración en aquel túnel en el que naufragaba su conciencia.
Jorge, por otra parte, recordaba la mirada del Vitaminas, y aguardaba un silencio lo bastante espeso como para lanzar la noticia y observar su caída desde una indifere
