1.ª edición: marzo 2012
© Pilar de Arístegui, 2012
© Ediciones B, S. A., 2012
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
www.edicionesb.com
Depósito Legal: B.10373-2012
ISBN EPUB: 978-84-9019-033-3
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A mi marido Carlos que, haciendo «de necesidad, virtud», nos llevó a Kenia.
A mi hija Pilar y a mi hijo Álvaro, que compartieron la magnificencia keniana y el dolor de aquellos años.
A mi hija Alejandra, internauta sabia, por descubrirme ese mundo apasionante.
Agradecimientos
A Luis María Anson, cuyo libro La negritud me abrió una ventana a un mundo desconocido.
A Julia, Madre María de san Ignacio, cuyo ejemplo y recuerdo me acompañaron toda la vida.
Al equipo de Ediciones B, Marta Rossich, Carmen Romero y Lucía Luengo, por su entusiasmo y dedicación.
A todos mis amigos y lectores que, con su interés y apoyo, hacen que siga escribiendo.

Contenido
Portadilla
Créditos
Dedicatoria
Agradecimientos
Mapa
Inicio
Libro I. San Sebastián 1957-1967
1. Uran Etxea
2. La complicidad
3. Las Peñas de Aya
4. La señorita de compañía
5. Au pair
6. El viaje
Libro II. Londres 1968-1981
1. De necesidad, virtud
2. Una vida nueva
3. La extraña boda. Septiembre de 1968
4. Carlisle Place
5. La sibila
6. El adiós
Libro III. Kenia 1981-1992
1. Nairobi. Noviembre de 1981
2. El árbol de fuego
3. El Kilimanjaro. Febrero de 1982
4. La revuelta. Agosto de 1982
5. El nacimiento de un ángel. Julio de 1984
6. The Lunatic Express. 1986
7. El flechazo. Enero de 1987
8. Sí, es amor. 1987-1988
9. Monte Kenia. 1988
10. La tempestad
11. El mensaje de Orfeo. 1989
12. La ausencia
Libro IV. España 1992-2004
1. Por su bien. 1992-1995
2. A la vera del padre
3. El desgarro. 2000
4. El bautizo
Epílogo
Breve razón de una obra
Sucinto diccionario de swahili
Inicio
Salvo mi hermana Julia, y Laura cuando conseguía verla entre alguno de sus viajes, nadie en mi entorno se interesaba por mi vida pasada ni sentían curiosidad por un lugar tan alejado como Kenia.
—¿Qué tal, pochola? Contenta de estar aquí, ¿verdad?
Y cuando la memoria me asediaba y yo intentaba iniciar el relato de lo que había sido mi vida, zarandeada por el dolor, y exaltada por el descubrimiento de personas y sucesos inesperados, alguien preguntaba:
—¿Quieres más natillas?
Yo comprobaba que no me escuchaban, que su mirada se había hecho transparente, que un mundo tan lejano como había sido el mío, no podía interesarles durante más de cinco minutos. La realidad cotidiana, con sus luces y sus sombras, sus anhelos y sus decepciones, constituía su único horizonte.
¿Cómo iba yo a contar, sin aburrirles, de amaneceres y crepúsculos gloriosos? ¿Sobre esa sensación incomparable de participar en el inicio de la creación? ¿Sobre la felicidad entrañable de abrazar a la hija añorada durante, me parecía, siglos? ¿Sobre la pasión entreverada de ternura, complicidad, éxtasis y amor profundo que encontré en un hombre único?
Nunca lo hubieran entendido. Es más, percibía que, en el fondo de sus corazones, anidaba un reproche que acallaban para no ser tachados de intransigentes, racistas, clasistas o cualquiera de los términos que en la sociedad actual se emplean para descalificar a toda persona que ose ser diferente.
Excepto Julia. Su mente era una senda abierta hacia sus semejantes, a quienes no juzgaba. Al contrario: para ella, el ser humano era tan interesante, que intentaba desentrañar el misterio que cada uno lleva dentro. Su ejemplo me orientó en los muchos avatares que me asediaron, y que a menudo me sumergían en una profunda confusión.
Estoy segura de que cada etapa de mi vida, cada sorpresa inexplicable, cada persona que marcó mi mundo tienen un sentido. Y debo admitirlo: he sido muy rica. En afectos.
El amor es la gran fuerza que mueve el universo. Por amor se cometen disparates, se sufre, se goza, se crece... Y se realizan las obras más generosas de las que es capaz el ser humano. La búsqueda de ese ideal me acompañaría a lo largo de mi atribulada existencia, de mis penas y mis alegrías, de una vida que ha sido plena, con sus errores y sus aciertos, en la que al fin encontré la paz.
LIBRO I
SAN SEBASTIÁN
1957-1967
Aquel que canta al dios un canto de esperanza, verá cumplirse su deseo.
ESQUILO
1
Uran Etxea
Mi hermana Julia era el sueño de toda madre. Su perfecta sintonía con su progenitora era, y lo fue siempre, una mar en calma que yo envidiaba pero que no lograba nunca imitar. Julia es prudente, serena, y tiene un corazón generoso. Yo la admiraba, más aún cuando comprendí que no me parecía a ella. Marichu se apoyaba en su hija mayor, quien, a pesar de su juventud, ofrecía siempre el juicio sensato sobre los problemas que, por desgracia, se acumularon en nuestro hogar.
Nuestra madre, en los tiempos en que formábamos una familia casi feliz, era una persona risueña que cantaba mientras se ocupaba de nosotras y de las tareas del hogar, para que, cuando llegara su adorado marido, nos encontrara dispuestas a hacerle la vida lo más agradable posible: la lámpara encendida junto a su sillón, el más cómodo de la casa; las zapatillas preparadas para aliviar sus cansados pies; la comida, sencilla pero humeante, siempre puntual y bien sazonada; y nosotras, peinadas, con las manos lavadas y una amplia sonrisa pintada en el rostro, mientras ella besaba a nuestro padre con devoción.
A lo largo de los años, me he preguntado muchas veces si lo que mi madre sentía era verdadero amor, o más bien una especie de adoración a un ídolo que resultó ser de barro.
Mis abuelos maternos, originarios de un pueblo de Zamora, habían consentido que su única hija se trasladara al País Vasco con Miguel, su marido, en busca de una vida mejor para todos nosotros. Mi padre trabajaba en la estación, y aunque su sueldo no permitía locuras, mi madre se encargaba de que cualquier necesidad cotidiana fuera una fiesta. Era menuda, de rostro amable y un glorioso pelo castaño aureolaba sus finas facciones. Pero su mayor atractivo residía en su inagotable caudal de alegría; en su agradecimiento a la vida, por todos los bienes que, decía ella, había recibido de su Creador, y que le hacían sentir una felicidad que derramaba, como si fuera un maná, sobre todos nosotros.
Un día, mientras Julia estaba en la escuela, Marichu quiso quitar unas cortinas para lavarlas. La escalera en la que estaba subida cedió y, con un estruendo espantoso, cayó mi madre contra el duro suelo de cerámica. El dolor contrajo sus facciones, y conteniendo las lágrimas me dijo:
—¡Corre, Mayte, corre! ¡Ve a avisar a tu padre a la estación!
Eché a correr por la avenida de Francia.
No pude tardar mucho, pues nuestro piso del barrio de Gros distaba pocos minutos, pero a mí me pareció una distancia insalvable. Y sin embargo, al llegar a la estación y ver a mi padre, me quedé atónita: quien yo creía que era un marido enamorado estaba haciendo, en ese momento, unas ridículas carantoñas a una joven pizpireta, que yo odié con la intensidad que produce la juventud y la sensación de peligro. Él, al verme, se extrañó y dijo, sin comprender que algo grave sucedía:
—Mayte, ¿tú aquí? ¿Qué ocurre?
Esa fue su inteligente deducción.
En cuanto a mí, el ídolo había iniciado su descenso.
Una cura equivocada, o la múltiple rotura de los huesos de su pierna, dejaron a mi madre la marca indeleble del estúpido incidente en una cojera que fue empeorando su movilidad a medida que pasaban los meses. Y un mal día, acababa yo de cumplir ocho años, vi cómo Miguel se marchaba con las pocas pertenencias que cabían en una exigua maleta. Ya nunca le daría el nombre de «padre».
Por la noche hube de sufrir el llanto quedo de mi madre, que me destrozaba el corazón. Me incorporé angustiada, intuyendo lo que sucedía, pero ahí estaba Julia, alerta, fuerte, como siempre. Ella me abrazó, me dio un beso y me dormí en su regazo, confiada en que mi hermana mayor hallaría un remedio a la pena de nuestra madre.
Pasaron varios días brumosos de invierno, y una tristeza infinita se infiltró poco a poco en el reducido espacio de nuestra casa, creando una atmósfera que corroía el ambiente.
Pero ni una queja salió de los labios de Marichu. Ella, tan religiosa, rezaba entonces con una intensidad que revelaba una profunda desesperación. El pequeño piso que ocupábamos había sido mi refugio, a pesar de la absoluta sobriedad en que vivíamos. Sin embargo, la ausencia de mi padre era una traición que envenenaba mi vida. Por suerte, a solo dos calles me aguardaba la mar. Y cuando la vida se me antojaba insoportablemente injusta, o bien la pena callada de mi madre me laceraba el alma, acudía a la llamada vivificante de la rompiente, en el Paseo Nuevo. Yo, que me sentía tan impotente, buscaba refugio en el espectáculo grandioso de las olas en pleno furor, que me inspiraba un sentimiento de apabullante admiración. La espuma al batir el agua turbulenta contra las rocas, me exaltaba hasta envolverme una euforia embriagadora, que cegaba el paso a la tristeza.
Volvía a casa regenerada.
Aunque entonces no supiera expresar mis sentimientos, mi madre comprendía y, según su costumbre, daba gracias a Dios por enseñarme el poder curativo de la mar.
Unas semanas más tarde, Marichu nos hizo sentar a la mesa camilla que albergaba el reconfortante brasero, y con calma teñida de invencible tristeza nos explicó la nueva situación.
—Vuestro padre —contuvo un sollozo—... está de viaje y tardará en volver. No tenemos medios para continuar en esta casa. Buscaré otro lugar. Ya veréis cómo os gustará. —Y mirándome con pena continuó—: Mientras tanto, tendré que trabajar unas horas al día para mantenernos, y no quiero que tú, Mayte, te quedes sola en casa.
—Madre —interrumpió Julia—, puedo salir yo a trabajar. Soy joven y fuerte.
—No, hija, no. Tú debes seguir con tus estudios. Así podrás defenderte en la vida.
—¡Yo también puedo trabajar! ¡Quiero ayudar! —anuncié, decidida.
—No será necesario vuestro sacrificio. No os preocupéis; saldremos adelante —dijo, pero sus ojos estaban nublados por las lágrimas—. Mayte, he visitado a la madre Asunción, y te ha aceptado en el colegio. Empezarás en breve.
Julia, que ya tenía doce años, estudiaba en el colegio del Alto de Miracruz, en la sección reservada a las niñas pobres.
Yo me sentí importantísima al incorporarme al mundo de Julia, sin comprender que mi vida acababa de dar un giro definitivo. Nada sería lo mismo.
Así, mi madre comenzó a trabajar de interina, lo que le hacía volver a casa exhausta, pues a las muchas horas, se le añadía el esfuerzo de arrastrar su pierna mal curada.
Por esas fechas, se acercaba la fiesta grande de San Sebastián, y mi madre decidió que necesitábamos un poco de distracción.
Llegamos temprano a la iglesia de Santa María, en la parte vieja de nuestra hermosa ciudad. Mi madre no se hubiera perdido esa ceremonia por nada del mundo, y habíamos de anticiparnos, pues su maltrecha pierna no le consentía permanecer en pie. El tranvía que nos condujo hasta El Bulevar estaba abarrotado, pero un chico, que a mí me pareció guapísimo, le cedió el asiento.
Era el mes de agosto, pero ese día, como sucede con frecuencia en el norte, había amanecido gris y fresco, y así se había mantenido. La iglesia conservaba una temperatura agradable y lucía unas espléndidas flores blancas, que aromaban el templo con un sutil perfume.
Marichu, Julia y yo nos adentramos en la oscura nave de la iglesia con respeto reverencial y el sentimiento de anticipación que, en muchas ocasiones, supera la realidad.
Poco a poco, con la parsimonia que merece un rito sagrado, unos rotundos sacristanes comenzaron a encender las velas, que chisporrotearon con inusitada alegría, en un canto glorioso de luz. Mis ojos contemplaban, asombrados, las llamas titilantes, que desprendían una magia reconfortante.
En las naves laterales se iban acomodando todas aquellas personas previsoras que aspiraban a tener una buena visión de la solemnidad. Las primeras filas frente al altar estaban reservadas a las autoridades, que entrarían por último en el templo repleto de gente.
Y de repente, las voces cálidas de los arrantzales, los marineros, se elevaron en una Salve Marinera que envolvió mi corazón de niña, inundándolo de una dulce emoción.
Ahora, cuando los recuerdos se adentran por los senderos de mi mente, logro entender lo que sucedió en el instante en que dieron inicio a la ceremonia: mi alma tuvo la revelación de la belleza. Tan solo el ser humano es capaz de comprenderla.
Los animales sienten de manera imperiosa el instinto de reproducción. Y está bien que así sea. Pero apreciar la belleza significa un salto cualitativo. Es un acto intelectual, un ideal. Es un don de Dios.
Y ese fue Su regalo en aquel atardecer de agosto. Su don me acompañaría toda la vida.
Una tarde en la que Julia me hacía escribir unas interminables planillas con letras inverosímiles, apareció nuestra madre con la fatiga pintada en el rostro pero esbozando una insólita sonrisa.
—La madre Asunción me ha mandado llamar. ¡Es un ángel! Me ha recomendado a unos conocidos que viven en Ategorrieta. La casa se llama Urane Etxea, «la Casa del Agua», y necesitan una persona de confianza para la portería.
—Madre, ¿de verdad tenemos que marcharnos de esta casa? —pregunté, alarmada—. Nos alejaremos de la mar...
Sentí el brazo protector de Julia sobre mis hombros. Ella ya lo había comprendido.
—Ya os dije que no puedo pagar el alquiler de este piso. Nos iremos a vivir a una casita que está en la entrada del jardín.
—¡Vivir en un jardín, como los ricos! —exclamé, y el entusiasmo me hizo aplaudir.
—Madre, no puede usted aceptar ese empleo —dijo Julia—. Tendrá que hacer duras tareas que no debería realizar.
—¡Menuda aguafiestas! —exclamé, agitada—. ¡Por una vez que viene algo bueno, y esta no quiere!
—No, Julia. No te preocupes. Ya he hablado con doña Solita Irigoyen. Hay un jardinero que viene durante el día y se encarga de esas labores pesadas.
—¿Y qué ha de hacer, pues? —preguntó mi hermana.
—Tengo que estar siempre atenta y vigilar quién acude a la casa, pero también recibir el correo o cualquier paquete que llegue para ellos.
Yo escuchaba con atención y me parecía estupendo que mi madre tuviera que pasarse el día sentada mirando por la ventana para ver quién salía y quién entraba.
—Yo puedo hacer alguna labor que necesiten... —añadió Julia.
De inmediato, sentí no haber tenido yo esa idea.
—Gracias, hija, pero no será necesario. Tendré mucho tiempo, pues es una casa tranquila, y coseré lo que me pidan. Estando sentada, no me fatigaré.
Permanecimos las dos calladas, expectantes. Julia, temerosa del futuro, y yo, imaginando aquel jardín que se me antojaba un bosque mágico.
—Además —continuó nuestra madre—, estaremos al lado del colegio. Iréis dando un paseo. ¡Dios me ha escuchado!
Julia cogió con ternura la mano de Marichu y la besó con todo el amor del mundo.
«Eso es lo que debería haber hecho yo», pensé.
Pero mi hermana siempre se adelantaba, enseñándome el camino.
Unos días más tarde, abandonamos nuestra casa. Toda la curiosidad de mis pocos años hizo que el viaje en trolebús desde el piso del barrio de Gros hasta la villa de Ategorrieta fuera como el descubrimiento de un nuevo mundo.
Al llegar, el jardinero nos hizo esperar en la entrada de servicio.
—A que venga la señora y que ella disponga —dijo.
Cuando esta apareció en la puerta, creí ver a la Virgen. Era alta, rubia, y con voz melodiosa preguntó:
—¿Y estas niñas tan monas, Marichu...? ¿Cómo se llaman?
Yo la miraba embobada. Observaba la rutilante seda de su vestido azul, su pelo brillante peinado en un moño precioso, el lujoso collar de perlas... Cuando se acercó a darme un beso, su perfume me acarició como una pluma.
Tras unas palabras de bienvenida y buenos deseos sobre nuestra estancia allí, nos invitó a comer en la cocina.
—Ya he mandado comprar algunos alimentos para vuestra casa. Pero hoy comed y cenad aquí. Y a partir de mañana, ¡vida normal!
Los primeros tiempos fueron felices. La casa, de tamaño reducido, se parecía a la casita de chocolate de Hansel y Gretel que había visto en los viejos cuentos que alguna vez prestaban las monjas a Julia, para despertar mi gusto por la lectura.
Mi hermana y yo compartíamos un exiguo dormitorio con una ventana que daba al jardín. Era mi reino.
Afuera, un seto de camelias perfumadas, que el jardinero mantenía no muy alto, separaba nuestra casita del portón de entrada. Ese olor peculiar me acompañaría toda la vida. Al otro lado de la vivienda se extendía un bosquecillo formado por unos cuantos castaños, que en otoño se vestían de un suntuoso manto de oros y ocres.
Yo jugaba a que ese reducido territorio era otro país al que me trasladaba volando a lomos de una amable cigüeña. Mantenía largas conversaciones con seres imaginarios, que me tenían en mucha consideración, alabando mis muchas cualidades. Y mi madre era una gran señora cubierta de perlas y enfundada en un vestido de terciopelo granate, como uno que llevaba Solita Irigoyen en fechas importantes. Todos estos parlamentos los realizaba en voz alta, hasta que mi madre me oía y me devolvía a la brusca realidad.
—¡Mayte, deja de soñar! Despierta y ve a hacer tus deberes. ¡Ay, qué niña esta! —se quejaba.
Julia me tomaba de la mano y me llevaba hasta la mesa de la cocina, donde nos poníamos a estudiar.
Por la ventana yo seguía observando ese cielo por donde la grácil cigüeña volvería para transportarme, en sus alas, en pos de la libertad.
2
La complicidad
Mi vida en el colegio se desenvolvía sin problemas. Descubrí que me gustaba estudiar, y espoleada por las ansias de saber de Julia, nos adentramos en un juego que consistía en una suerte de intercambio de conocimiento.
Poco a poco, entendí la diferencia que existía entre las niñas que entraban por la puerta principal y nosotras, que lo hacíamos por la de atrás. Cuando la campana anunciaba el final de las clases, yo me acodaba en la ventana y las veía marcharse, alegres, confiadas, las unas en sus coches particulares y las otras en el autobús del colegio, charlando, riendo, haciendo planes para el paseo o el cine del sábado.
Yo me sentía fuera de ese mundo. Y lo que era peor: tenía la certeza de que nunca sería el mío. Sin embargo, de vuelta a casa, todo parecía cobrar sentido. Mi madre nos esperaba con su sonrisa y sus cálidas caricias, y, extrañamente, yo me sentía acogida en la mansión de los Irigoyen.
Edurne, la cocinera, me llamaba cuando tenía galletas recién horneadas, pues sabía que me encantaban. Allí, al sabroso aroma, acudían también los hijos de la casa, Martintxo, Laura y el pequeño, Pello. Y se organizaba una tertulia, en la que ellos hablaban de películas que yo no había visto, de excursiones en pandilla para hacer una chocolatada que yo no haría, y de visitas a Francia, que, por lo que ellos contaban, se me antojaba el paraíso que yo nunca vería. Pero ellos me trataban como si yo fuera una más. En esa casa no sufría la distancia que las diferencias imponían en la escuela.
Edurne, solícita, me acariciaba la cabeza, y cuando ellos se habían marchado, me daba doble ración de las codiciadas galletas. Yo volvía a casa con el trofeo, pero con un cierto resquemor en el corazón que no sabía bien de dónde procedía.
Un día, era sábado, mientras comíamos las tres, me atreví a preguntar:
—Madre, ¿por qué no vamos también nosotras al cine? Debe de ser muy divertido...
—Me parece buena idea, Mayte, pero tendrá que ser en una ocasión muy especial. Iremos el día de tu cumpleaños.
—¡No, no, hay que esperar mucho! ¡Es en julio!
—Hija, es muy caro. No nos lo podemos permitir.
—Esta tarde iremos a jugar con las niñas de Trincherpe —intervino Julia—. ¡Venga, te acompañaré!
—¡No quiero! —contesté, irritada—. Son muy aburridas, y no tienen ningún juguete. ¿Por qué lo niños Irigoyen tienen tantos juguetes, van al cine y hacen tantas cosas que yo no puedo hacer?
Fue Julia quien respondió a mi demanda:
—Mayte, sé razonable. Tienes que aprender a esperar. Ya verás cómo, poco a poco, nuestra vida irá mejorando. Hoy jugarás con las niñas de...
—No quiero esperar —interrumpí—. Además, Izaskun, la cocinera del cole, dice que no tenemos que tratar a esas niñas, que son tipula —dije, enojada por la falta de conocimiento de mi hermana.
No tendría que haberlo dicho. Antes de que mi madre pudiera intervenir, Julia gritó con un furor desconocido:
—¡No vuelvas a decir eso en tu vida! ¡No sabes lo que dices!
Yo acerté a balbucir:
—Pero... pero lo dice Izaskun.
—¿Sabes lo que significa tipula? —continuó mi hermana—. Quiere decir «cebolla», y les llaman así porque son tan pobres que solo pueden comer pan untado con cebolla.
—¿Por qué son tan pobres? —pregunté, asustada por la ira de mi hermana.
Esta vez fue mi madre quien aclaró mis dudas:
—Son personas que vienen de otros lugares de España porque en sus pueblos no hay trabajo y tienen que dar de comer a sus familias.
—Piensa que su pobreza no es una enfermedad —añadió Julia, más calmada—, que, al ser personas que sufren, hay que tratarlas con más cariño, y ayudarlas en lo posible. Desde luego, no hay que ofenderlas con el desprecio que demuestra Izaskun.
Entonces mi madre quiso completar la lección que me estaban dando:
—Tu padre y yo también vinimos aquí para intentar progresar y daros una vida mejor...
Y ahí fue cuando toda la rabia que se había ido acumulando en mi interior, y de la que ni yo misma era consciente, explotó con la violencia de un volcán:
—¡Si mi padre...! ¡No es ya mi padre! ¡Él tiene la culpa de todo! De que seamos pobres como las niñas de Trincherpe, de que no tenga juguetes como los Irigoyen, de que no pueda ir al cine como las niñas ricas del colegio... ¡Él tiene la culpa de todo!
Esa tarde la pasé cobijada bajo las ramas de los castaños, esperando a una cigüeña que no apareció.
Unos días después, no sé si a consecuencia de mi estallido de rabia y rebeldía, aparecieron dos novedades en mi vida.
Edurne era una mujer cálida que había entendido mi corazón desolado y las enormes dificultades que mi madre debía sortear. Con los años, he comprendido que fue ella quien medió para que en Uran Etxea cambiara ligeramente la actitud hacia nosotras.
La primera vez que Laura Irigoyen se acercó a traerme una de sus muñecas, pensé que el mundo era un lugar maravilloso. Laura era rubia como su madre, y sus ojos azules y su sonrisa espontánea iluminaban su rostro de niña plácida.
La madre Asunción, por su parte, me llamó a su lado y me hizo muchas preguntas. El resultado fue que todos los sábados yo volvía a casa con un libro que tenía que leer y devolver el lunes. Julia llevaba dos años haciendo lo mismo. Mi madre se unió con entusiasmo y voracidad a nuestra actividad. Luego comentábamos nuestras lecturas durante toda la semana.
En una de esas sesiones apareció doña Solita, quien, al ver nuestro interés, ofreció prestarnos los libros de sus hijos. Y así fue como, a las lecturas de las buenas monjas, añadimos las extraordinarias aventuras de Julio Verne, o las épicas de Walter Scott, que me abrieron un mundo desconocido en el que ya no necesitaba aguardar a mi cigüeña, pues a través de las mágicas palabras de tinta, me trasladaba a todos los confines de la Tierra y del tiempo.
Descubrí el mundo medieval y caballeresco con Ivanhoe y Quentin Durward; los abismos marinos con Veinte mil leguas de viaje submarino, y los países lejanos, en los que bellas princesas eran salvadas por intrépidos señores, con La vuelta al mundo en ochenta días.
Mi madre observaba, atenta, el efecto que en mí producían dichas lecturas, y años después supe que también existía un coro de «hadas buenas», compuesto por la madre Asunción, Edurne y doña Solita, que asesoraban a Marichu en mi educación.
Llegó el verano, y con él el calor y el buen tiempo. Los domingos mi madre nos llevaba a la playa de la Concha, donde yo me reencontraba con la mar adorada. El espectáculo de la bahía inundada de sol, las aguas relucientes y la isla de Santa Clara flotando en el mar azul zafiro, me dejaban sin aliento. De nuevo la contemplación de la belleza me reconciliaba con el mundo. Algo en mí se conmovía y me incitaba a la bondad. La armonía del universo cauterizaba mis heridas y resquemores.
Julia se sentaba, tranquila, junto a nuestra madre, conversando y acompañándola como era su costumbre. La playa estaba abarrotada y mi madre me recomendaba:
—¡Ten cuidado! Fíjate bien dónde estamos. ¡No vayas a perderte!
Yo pasaba entre las filas de toldos de rayas de colores verdes, azules y blancos, donde se sentaban las familias alrededor de unas mesitas llenas de los típicos manjares de un día en la playa: una dorada tortilla de patatas, unos filetes empanados, que para mí encerraban toda bondad gastronómica, y unas crujientes bolsas de patatas que ofrecían unos activos vendedores. Cuando aparecía el barquillero, se desataba el delirio de los más pequeños, y también el de los mayores, pues caían en la tentación de las aromáticas garrapiñadas, para tomarlas con el café que salía, humeante, de los herméticos termos.
Yo miraba a esos seres felices sintiendo la angustia del abandono, pero en seguida la corriente de la vida me llamaba con fuerza desde la mar. Y entonces me precipitaba entre la espuma de las olas, sintiéndome el habitante más feliz del planeta. Imaginaba que era un delfín, como esos de los que hablaban los libros, y que recorría diversos mares donde encontraba criaturas marinas desconocidas, las cuales me aceptaban como a su igual. Me deslizaba entre las aguas silenciosas, encontrando en ellas la paz que muchas veces ansiaba en el mundo de los hombres. Las algas de esa mar, verdes y sedosas, las transformaba en inusuales tocados o refinados broches que adornaban mi traje de baño.
La isla de Santa Clara, en el centro de la bahía, flotaba majestuosa, como una reina marinera que pudiera en cualquier momento soltar amarras y navegar, mar adentro. De vez en cuando, entre chapuzón y chapuzón, miraba en lontananza para comprobar que seguía ahí, la isla silente y acogedora, mi isla. Y me decía a mí misma: «Algún día lograré que madre me deje nadar hasta allí, hasta los confines del horizonte.» Se me antojaba que en ese lugar solo podía existir amor y felicidad.
Una única cosa me molestaba sobremanera: la incómoda falda plisada que me obligaban a ponerme sobre el traje de baño, y que me impedía moverme libremente cuando venían las olas. Ni corta ni perezosa, salí del agua, me acerqué a mi madre, y de un tirón me quité la fastidiosa prenda.
Julia la cogió al vuelo y me dijo:
—Póntela. Si las monjas se enteran... ¡Menudo lío!
—¿Por qué? ¡Me voy a hundir con esa tela mojada!
—Son las normas, Mayte. Nos aceptan en la escuela, nos dejan libros para que nos distraigamos, pero tenemos que hacer lo que dicen.
—Pues es una tontería.
Aunque lo dije para salvar la cara, tuve que obedecer. Lo peor que podía pasarme era quedarme sin baño, sin las lecturas que iluminaban mis domingos, y encima conseguir que Julia se disgustara.
Me encaminé refunfuñando a la orilla, pero antes mi curiosidad me hizo dar otro paseo por delante de los toldos. Unas facciones que yo creía olvidadas aparecieron ante mí. Pero no me miraba. Ya no existía para él. Estaba embobado contemplando a una mujer joven que sujetaba con ternura su mano. Parecían felices, viviendo a espaldas de nuestro dolor. No habíamos sabido nada más de él, ni jamás se había vuelto a preguntar si habíamos salido adelante en la extrema dificultad en la que nos había abandonado.
Aquel que hubiera debido protegernos nos había dejado en la estacada. Un odio amargo, intenso, llenó mi corazón. Di media vuelta y, como hiciera en anteriores ocasiones, me sumergí en la mar para que enjugara mis lágrimas.
Cuando volví, mi madre me dijo preocupada:
—Has estado demasiado tiempo en el agua... Tienes los ojos rojos de la sal. Anda, ven que te seque.
Con suma dulzura, me secó el pelo con una toalla y me envolvió en otra más grande que había tenido al sol.
—Para que estuviera calentita —me susurró—, cuando a mi sirena le diera por volver a la tierra...
«Jamás querré a nadie como la quiero a ella —pensé, y en seguida decidí—: él está muerto. Ya no tiene nombre. Nunca me casaré.»
Así fue como, en mi mente de niña, enterré a mi padre.
Cuando llegó el otoño, reiniciamos el colegio y la rutina, que yo tanto esperaba, de los libros del domingo. En ese jueves, yo elucubraba con ilusión cuál me tocaría esta vez. Si me daba prisa, podría intercambiarlo con el de Julia, y así leería dos.
Estábamos sentadas tomando un chocolate caliente, pues el día había estado húmedo y desapacible, y oímos que llamaban a la puerta. Sorprendí una mirada cómplice entre mi madre y mi hermana, en el momento que Sebas, el jardinero, me dijo:
—Anda, corre, que el ama quiere verte.
Siempre me gustaba ver a doña Solita; me encantaba su hablar pausado; su presencia reconfortante, como si no conociera la dificultad de la vida; su perfume, y sobre todo, sus brillantes ojos azules, que, como los de su hija, destilaban bondad.
—Mira, pochola, creo que te va a gustar lo que voy a proponerte.
Y me miró. Aguardando. Ella nunca ordenaba, sino que aconsejaba, proponía o sugería. Yo, por mi parte, quedé pendiente de sus labios.
—El domingo vamos a ir a casa de unos amigos. ¿Quieres acompañarnos? Creo que te gustará.
—¿Qué hará mi hermana Julia?
—Que venga también. Díselo tú como si hubiera sido idea tuya.
