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En sus malos días, y éste era el peor en mucho tiempo, Luca Rossini huía de la ciudad.
Las personas que trabajaban con él, acostumbradas a sus entradas y salidas intempestivas, siempre podían localizarlo marcando el número de su teléfono móvil. Sus compañeros no sólo podían recitar de memoria sus títulos y cargos: sabían también que era un hombre especial que recibía sus órdenes desde el lugar más encumbrado. Aceptaban que estaba cargado de secretos. Ellos tenían sus propios secretos. Entendían, además, que el cotilleo era un pasatiempo peligroso en esta ciudad, de manera que guardaban los resentimientos para los momentos de privacidad y camaradería. En cuanto a su superior, un hombre seco, nunca lo llamaba para pedirle cuenta de sus movimientos sino sólo de sus misiones oficiales.
Viajaba mucho, y por lo general sin compañía. Aunque nadie parecía en condiciones de seguir con precisión sus movimientos, o las razones que los motivaban, tanto su presencia como su influencia se hacían sentir dondequiera que uno estuviera. Sus informes eran lacónicos. Sus acciones, bruscas. Expresaba sus razones con claridad y precisión, pero se negaba a discutirlas con nadie que no fuera el hombre que le daba las órdenes. Podía ser agradable en sociedad, pero raras veces se permitía abrir su corazón.
Antes de abandonar la ciudad cambió su atuendo por unos tejanos, unas botas, una raída chaqueta de cuero y una vieja gorra. Luego subió a un viejo Mercedes que guardaba en el garaje del edificio de apartamentos en el que vivía, a veinte minutos de su oficina. Su destino era siempre el mismo: una minúscula propiedad al pie de las colinas que le había comprado, veinte años antes, a un terrateniente de la zona. La finca, que no se veía desde la carretera, estaba rodeada por un viejo muro de piedra, interrumpido por un pesado portón de madera tachonado de rústicos clavos forjados a mano. Tras el muro se alzaba una pequeña casa, que alguna vez había sido un establo, coronada por un techo de tejas árabes. Constaba de una gran estancia única, sobre la que había construido con sus propias manos una cocina de campo y un cuarto de baño con suelo de piedra. Había agua corriente y electricidad, y gas en bombonas. El mobiliario era escaso: una cama, una mesa de comedor, un juego de sillas, un sofá y un sillón desvencijados, un moderno equipo de CD con una nutrida colección de clásicos, una librería, y por encima de ella, fijado en la pared, un Cristo en la cruz, tallado en madera de olivo y con una grotesca expresión de angustia, que había comprado en uno de sus viajes. El jardín comprendía un huerto, una hilera de árboles frutales, un emparrado, y un par de rosales en sendas macetas. Durante sus ausencias, que eran muchas y prolongadas, se ocupaba del jardín un lugareño cuya esposa hacía la limpieza de la casa. Cuando aparecía por allí, como en esta ocasión, llevaba una vida de ermitaño. Cuando se iba, dejaba junto a la lámpara de la mesa un sobre con dinero para el cuidador.
Éste era el único lugar del mundo en el que nadie sentía curiosidad por su identidad o su condición. Era simplemente el signor Luca, ilpadrone. Cielo o infierno —y muchas veces se había preguntado cuál de los dos sería—, éste era su verdadero hogar. Aquí nadie podía venir a verlo. Le resultaba imposible ver más allá del muro de su jardín, y sin embargo reconocía que éste era un lugar para recobrarse. La cura había sido lenta. Aún no había terminado, tal vez nunca terminara, pero apenas empujaba el portón y comenzaba a caminar por aquel jardín, en la plenitud del primer arrebol del otoño, sentía que una oleada de esperanza lo inundaba.
Sus rituales comenzaron en el momento en que dejó atrás el portón. Se encaminó a la casa, entró, y acomodó las pocas vituallas que había comprado por el camino: pan, queso, vino, agua mineral, salchichas y jamón. Luego recorrió la habitación. Estaba limpia, le habían quitado el polvo diariamente, como él había indicado. Había sábanas recién puestas en la cama y toallas limpias en el cuarto de baño. Controló la presión de la bombona de gas y se aseguró de que en el armario anexo a la chimenea estuviera la pila de leña. Con esta templada temperatura de otoño no la necesitaría, pero la idea de que podía encender el fuego le procuraba un cierto bienestar. Se detuvo un momento frente a los libros y echó una mirada a la contrahecha figura del crucifijo de madera de olivo. Luego le habló, en un súbito arrebato de español.
—¡Todavía tenemos cuentas pendientes tú y yo! Tú estás más allá, más allá y en la gloria. ¡Eso es lo que reivindicamos al menos! Yo todavía estoy aquí. Mi precaria unidad se mantiene gracias a un poco de cordel y esparadrapo. Esta mañana, apenas me levanté, supe que tendría un mal día. Estoy en fuga otra vez. ¿Qué otra cosa puedo hacer? Todavía estoy en la oscuridad.
Apartó los volúmenes del estante superior de la librería. Tras ellos, embutida en la pared, había una pequeña caja fuerte de acero. La llave colgaba de su cuello. Abrió la caja y extrajo un paquete de cartas atadas con una cinta desteñida. No las leyó. Recordaba lo que decían, línea por línea. Las sostuvo entre las manos, frotando con los pulgares su grueso papel como si estuviera acariciando un amuleto. Luego volvió a poner las cartas en la caja fuerte, la cerró con llave y acomodó los libros en su lugar.
Isabel y él todavía se escribían; pero ahora las cartas eran textos fugaces en una pantalla de ordenador, que él leía y luego borraba, y que dejaban un rastro tan tenue de ella en su memoria como la huella que un insecto puede dejar en la arena del desierto.
El disco que estaba en el equipo de CD era la Sinfonía de Praga de Mozart. Lo encendió y dejó que la música lo envolviera. Luego fue hasta la cama. Se quitó la chaqueta y la camisa y las colocó con cuidado sobre el cobertor. Aunque allí dentro hacía calor, no pudo evitar un estremecimiento. Como si estuviera abrazándose a sí mismo, cruzó los brazos hacia la espalda hasta que con la punta de los dedos pudo tocar las primeras estrías de las cicatrices que la cubrían y las recorrió hasta llegar a las costillas. No podía verlas. No quería verlas. Sólo podía sentirlas. Al cabo de un rato, y tras liberarse de su propio abrazo, se encaminó hacia el soleado jardín.
Más allá de la puerta, apoyadas contra una pared, había algunas sencillas herramientas: una pala, un azadón, una horca, un rastrillo. Levantó el azadón y sintió, como cada vez que lo hacía, el placer del contacto con aquel tosco mango. Se puso el azadón al hombro y comenzó a abrirse camino por el huerto, arrancando la mala hierba que había crecido entre las lechugas y las hileras de judías, y cortando los hierbajos de los parterres.
Sentía todo el tiempo el sol en la espalda y las gotas de sudor que resbalaban por el rugoso contorno de las cicatrices. Aquello también era un consuelo, pero el mayor de los consuelos era poder exponer al sol las cicatrices y no sentir ninguna vergüenza, porque aquí no había ningún testigo de lo que, tantos años atrás, lo había reducido a una piltrafa.
Trabajó más de una hora, entregándose a nuevas tareas, incluso en el bien cuidado jardín. Recogió hojas con el rastrillo y las quemó. Quitó hojas y flores marchitas de los rosales. Recogió tomates y verduras para la cena. Inspeccionó la fruta madura y regó el suelo bajo el emparrado. Al terminar estaba más relajado y sus demonios familiares habían dejado de parlotear. Se hallaba donde necesitaba estar: en la paz de un mundo físico, animal, lejos de los políticos, los filósofos y las disputas de los pedantes polemistas.
Limpió las herramientas y volvió a colocarlas en su lugar, contra la pared. Echó un puñado de tierra sobre lo que quedaba del fuego, y luego regresó a la casa, a darse una ducha en el cuarto de baño que había construido con sus propias manos. Sintió una alegría infantil por el enlucido y deseó que hubiera alguien ante quien pudiera exhibir el fruto de su trabajo.
Todavía estaba secándose cuando oyó la chicharra de su teléfono móvil. Se apresuró hasta la sala y respondió en su lacónico estilo habitual.
—Habla Luca.
La voz familiar del que lo llamaba, cargada de preocupación, tenía un dejo áspero.
—Habla Baldassare. ¿Dónde estás?
—A una hora de la ciudad. ¿Qué puedo hacer por usted?
—Regresa lo antes posible.
—¿Por qué tanta prisa?
—Tenemos un problema, Luca.
—No lo diga. Basta con que me dé el código.
—Job, y quienes se proponen confortarlo.
—No me diga que ha partido tan pronto.
—Ése es el problema. Está con nosotros y estamos todos con él, sentados sobre cenizas.
—Bien, supongo que habrán cortado las comunicaciones.
—En la medida de lo posible en un lugar como éste. Por eso te necesitamos, Luca. Tú eres bueno para este tipo de situaciones.
—Ojalá pudiera sentirme halagado. Iré tan pronto pueda.
Cuando apagó el teléfono se echó a reír. Era un momento de la más pura ironía. Había sobrevivido a sus propios defectos. Había sobrevivido especialmente al defectuoso sistema con el que se había comprometido. Ahora lo emplazaban a abandonar su íntimo refugio para brindar consejo, fuerza y talento político a los más poderosos consejeros, de quienes —y esto era lo más sorprendente de todo— él era uno de tantos subordinados.
La imagen de Job en su estercolero era muy gráfica. La contraseña significaba que estaba ocurriendo un acontecimiento irreversible pero que, hasta que se hubiese consumado, los que se proponían confortar a Job estaban acuclillados sobre la ceniza y, si no lograban comportarse con suficiente astucia, también ellos serían alcanzados por todas las calamidades de Job.
Como en otras ocasiones, comenzó a sentir un hormigueo en la espalda: esta vez parecía que una brisa helada soplaba sobre sus cicatrices. Desde el pasado le llegó la voz de uno de sus primeros médicos, un psiquiatra especializado en el tratamiento de víctimas de experiencias traumáticas.
—Durante mucho tiempo, amigo mío, no puedo decirle exactamente cuánto, se descubrirá recordando, o peor aún, queriendo revivir el pasado. Se descubrirá incluso usando dos espejos, para tratar de mirarse las cicatrices de la espalda. Buscará reparación, justicia, compensación. Nunca obtendrá un resarcimiento cabal. Querrá tomar venganza de los impíos, y de los piadosos que han colaborado con ellos. Exigirá la venganza como un derecho. Clamará por ella incluso como una necesidad para su supervivencia personal.
—Entre mi gente existe un viejo proverbio que dice: «Antes de emprender una venganza, procura cavar dos fosas.» No creo que pueda obtener venganza y supervivencia.
—Tal vez en parte sí. Los juicios de Nuremberg permitieron condenar a ciertos criminales de guerra. Los israelíes capturaron a Eichmann, lo juzgaron y lo ejecutaron. Sin embargo, la cantidad de atrocidades ha ido en aumento década tras década. La fe cristiana ofreció otras soluciones. Las iglesias se reconciliaban con sus criminales degradando a algunos de ellos e imponiendo a otros un silencio penitencial. También en eso hubo un coste; sin embargo, disperso a lo largo de unos pocos siglos, parecía sin duda razonable.
—Para la institución. Nunca para las víctimas.
—¿Qué espera que le diga? —El doctor se encogió de hombros y extendió las manos en un gesto de resignación—. No hago milagros. No puedo reescribir su pasado. No puedo extenderle una receta para su futuro. Llegará un momento en que usted se sentirá íntimamente reconciliado con la vida.
Así que tomó una decisión: mantenerse dentro del sistema y usarlo como una fortaleza desde la cual libraría sus batallas privadas. Era una decisión sumamente peligrosa. Implicaba otra escisión en su maltrecha identidad. Ahora era al mismo tiempo víctima y vengador. Según todas las creencias que profesaba, la venganza en sí misma era un crimen. Era como arrogarse los derechos de la Divinidad. Sin embargo, se sentía obligado. Desde ese momento, todo lo que hiciera se convertiría en un cálculo y una maquinación. Su vida pública se basaba en una mentira privada. No podía dejarse ganar por la incertidumbre. La creencia por la cual vivía tenía que ser más fuerte que aquella a la que estaba atado por su profesión pública. Por lo tanto, cegó con el máximo cuidado el manantial de la compasión y las pequeñas filtraciones de la duda. La confusión era un lujo que no podía permitirse. Tampoco la ilusión. Sólo podía guiarse por la clara luz de su propia razón. Si esa luz, en definitiva, terminaba siendo una oscuridad, que así fuese. Había habido un momento, cuando abierto de brazos y piernas sobre aquella rueda de carro esperaba cada uno de los latigazos, en que había rezado pidiendo la oscuridad como última bendición.
Se vistió a toda prisa, puso la comida que había traído en el cuenco de madera que estaba en el centro de la mesa, garabateó una nota en un sobre en el que había guardado el dinero para el cuidador, lo cerró y lo apoyó en el cuenco. Partió rápidamente, cerrando la puerta tras de sí, y luego, de un golpe, el viejo portón tachonado; subió al coche, y, como alma que lleva el diablo, en medio de un tránsito que se iba haciendo cada vez más enmarañado, enfiló hacia la ciudad. Encendió la radio del coche y escuchó atentamente a la espera de alguna noticia que pudiera revelarle si, en aquel asunto de Job y los que lo consolaban, había sido violada la seguridad. Como no oyó nada, se entregó a repasar mentalmente el significado de la parábola.
Job era el nombre en clave del Romano Pontífice, un hombre envejecido, enfermo y cascarrabias, pero todavía expeditivo y enérgico. Los que lo consolaban eran los miembros de la curia, la corte más antigua de Europa. La mención a las cenizas bíblicas significaba que el Pontífice había sido alcanzado por la enfermedad que sus médicos le habían pronosticado: un ataque grave que había tenido como consecuencia un grave daño cerebral. Ya había habido una serie de episodios isquémicos de menor trascendencia que, según los médicos, presagiaban un accidente más serio.
El hombre que le había telefoneado era el cardenal camarlengo, chambelán de la ciudad estado del Vaticano, cuya responsabilidad era consultar a los médicos acerca del tratamiento que requeriría el enfermo, administrar la casa papal y, finalmente, cuando el Pontífice muriera, hacerse cargo del gobierno interino de la Iglesia hasta tanto se eligiera su sucesor. El camarlengo era un hombre hábil, pero se enfrentaba con un complejo y desagradable dilema.
Un pontífice enfermo era una cosa, un pontífice con daño cerebral, otra muy distinta. ¿Cómo deshacerse de él? Si es que la expresión «deshacerse de» no era demasiado arbitraria. Hacia finales de los noventa, se habían promulgado normas para lidiar con los problemas del envejecimiento de los altos prelados de la Iglesia que incluían, por cierto, al propio Pontífice. Si éste quedara incapacitado, la Secretaría de Estado, o una mayoría del Colegio Cardenalicio podía declararlo inepto para desempeñar su cargo y, con toda la debida caridad, pasarlo a retiro. Hecho esto, el camarlengo quedaría en libertad para declarar vacante la Sede de Pedro y convocar a los electores para elegir un sucesor.
Las normas eran menos claras en cuanto a qué hacer si el Pontífice retirado permanecía vivo en estado vegetativo. ¿Quién tomaría la decisión de si habrían de conectarlo o no a una máquina que mantuviera sus constantes vitales? O bien, si ya hubiera sido conectado, por error o por un mal diagnóstico, ¿quién lo desconectaría? Se suponía que el Pontífice habría expresado su propia voluntad respecto a la excesiva prolongación de su vida. Sin embargo, si no hubiera dejado instrucciones al respecto, ¿quién tomaría la decisión? Evidentemente no podía quedar sólo en manos del médico. En teoría, al menos, ya no pertenecía al círculo de sus parientes. Pertenecía a Dios y a la Iglesia de Dios. Los prelados que él había designado eran, por lo tanto, los árbitros de su destino.
De todos modos, ése sería sólo el comienzo. La prensa mundial convertiría el dilema del Vaticano en un nuevo capítulo del difundido debate en torno de la eutanasia. Mientras regresaba a la ciudad, escuchando atentamente los boletines informativos de la radio, elaboró su propia interpretación de la situación. Si el Pontífice no había sido trasladado fuera de los límites del Vaticano, las cosas todavía estaban, en cierta medida, bajo control. Si en cambio había sido llevado a la clínica en la que se le solía atender, la clínica Gemelli, fuera del territorio soberano del Vaticano, la situación cambiaba radicalmente. Sería imposible mantener el secreto. Los boletines médicos deberían ser algo más que un simple reflejo de la verdad. Los medios sobornarían a la mitad del personal del hospital para que les facilitaran información sobre los acontecimientos del día y los proveyeran de historias vendibles.
Si bien el cardenal camarlengo era un administrador experimentado, uno de sus predecesores había cometido un error mayúsculo: intentó ocultar los detalles de la muerte del papa Juan Pablo I. Ese error había desencadenado un torrente de desinformación política y producido un best-seller mundial en el que se afirmaba que un cardenal estadounidense, y un obispo estadounidense residente en el Vaticano, junto con un criminal de la mafia, Michele Sindona, habían conspirado para asesinar al Pontífice. El escandaloso relato todavía estaba vigente. El libro aún estaba en circulación. Si la situación actual fuera mal manejada, los nuevos rumores crecerían como la espuma. Ésta era otra de las ironías sobre las que reflexionaba en medio del jaleo de bocinas, gritos e insultos: el secreto creaba y perpetuaba los escándalos que por medio de él se procuraba evitar.
El viaje de regreso a casa le llevó una hora y tres cuartos. Para la hora en que llegó a su apartamento, estaba convencido de que la seguridad todavía seguía inviolada. Dejó el coche en el garaje, volvió a vestirse con su atuendo normal y telefoneó a su oficina para pedir que le enviaran una limusina. Cincuenta minutos más tarde, un guardia lo saludaba en la Porta Angelica, y guiaba el vehículo al lugar del estacionamiento reservado para los prelados de más alto rango. Luca Rossini, cardenal presbítero, eminencia gris de la curia romana, volvía al trabajo.
Se encaminó a toda prisa a los apartamentos papales; un afligido secretario montaba guardia en el estudio del Pontífice, mientras el médico y el camarlengo esperaban junto a su lecho. Pálido e inmóvil, conectado a un tubo de oxígeno y unos monitores portátiles, que hacía ya meses se habían convertido en parte del mobiliario del dormitorio papal, todavía tenía el porte de un viejo león dormitando sobre la hierba, imponente para cualquier intruso que se atreviera a perturbar su descanso. Cuando Luca Rossini entró en la habitación, el camarlengo y el médico lo saludaron con manifiesto alivio. Él se quedó por un momento con los ojos fijos en la figura tendida boca abajo de su señor. Luego preguntó bruscamente.
—¿Cómo está?
El médico se encogió de hombros.
—Ya ve. Coma profundo. Le estamos administrando oxígeno. Es probable que haya daño cerebral grave. No hay forma de estar seguros, por supuesto, a menos que lo internemos en el hospital para poder hacer una tomografía computada y un monitoreo de veinticuatro horas.
—¿El daño es reversible?
Yo diría que no
—¿Usted cree que en el mejor de los casos habría una incapacidad importante?
—Sí
—¿Y en el peor, una existencia vegetativa?
—Si lo conectamos a un aparato para mantener las funciones vitales constantes, sí.
—Que es lo último que él quiere, o merece.
—Haría falta mi acuerdo. —El médico vaciló un momento y agregó un cuidadoso comentario—: Sería de mucha ayuda que Su Santidad hubiera expresado claramente por escrito sus deseos.
—¿Alguna vez se los manifestó a usted, doctor?
—En términos sumamente ambiguos.
—¿Cuáles?
—«Debemos esperar, a ver qué tiene reservado Dios para mí.»
—¿Nada más preciso?
—Nada.
Rossini se volvió hacia el camarlengo.
—¿El secretario tiene algo?
—No tiene conocimiento de que haya ningún documento que exprese los deseos del Pontífice con respecto a esta cuestión. No hay ningún codicilo referido a su voluntad.
La mirada de Luca Rossini pasó de uno a otro. Una sonrisa ligeramente sardónica asomó a la comisura de sus labios.
—Me pregunto qué esperaba: ¿una salida como la de Elías, en una carroza de fuego?
El camarlengo frunció el entrecejo con desagrado.
—Te recuerdo, Luca, que Su Santidad aún está entre nosotros. Tenemos que decidir qué es lo mejor para él y para la Iglesia.
—¿Ha solicitado la opinión de algún especialista, doctor?
—Lo han visto Cattaldo y Ghedda.
—¿Qué opinan?
—Coinciden conmigo. El daño es irreversible. Desde un punto de vista médico, lo mejor sería tenerlo bajo atención médica hospitalaria. De todos modos, comprendemos...
El camarlengo lo cortó bruscamente.
—Hay ciertas consecuencias, muy públicas. El Pontífice estaría fuera de los límites del Vaticano. Aquellos que lo traten estarán, aunque no el Pontífice, bajo la jurisdicción de la República de Italia y sometidos a una vigilancia de los medios de todo el mundo.
—Si muere —Luca Rossini enumeró una serie de alternativas posibles—, no tenemos ningún problema. Lo enterramos con pompa, elegimos un sucesor, y seguimos adelante. Si sobrevive pero queda en un estado de extrema incapacidad, tenemos que pasarlo a retiro. Es algo que está previsto en recientes enmiendas a la Constitución Apostólica. Ahora bien, si sobrevive en un estado vegetativo, conectado a una máquina, ¿quién decidirá cuándo desahuciarlo y quién se hará cargo de hacerlo?
El camarlengo lo desafió formalmente.
—Y bien, ¿cómo respondes a tus propias preguntas, Luca?
—No lo saquen de aquí. Déjenlo morir con dignidad en su propia casa. No intenten prolongarle la vida. No permitan que nadie lo haga bajo ningún pretexto. Yo declararé públicamente que éste fue el deseo que el Pontífice me expresó en varias ocasiones durante los dos últimos años. Usted, Baldassare, puede confirmar que hemos tenido una relación bastante especial. Difícil de definir a veces, pero sí, fue una relación muy especial.
El camarlengo se quedó un momento en silencio. Luego asintió con la cabeza.
—Es razonable.
—Eminentemente razonable —dijo el médico con alivio.
Luca Rossini se volvió bruscamente hacia él.
—Usted todavía tiene un deber que cumplir, doctor. Necesitamos ahora mismo un parte para que la Oficina de Prensa de la Santa Sede lo haga público. Deberá tener un tono especial, un cierto énfasis. ¿Hasta dónde se proponen llegar, usted y sus colegas, en la exposición de su pronóstico?
—No estoy seguro de entender lo que eso significa, eminencia.
—¿Qué palabras se proponen usar? ¿Un accidente cerebral grave? ¿Sin esperanzas de recuperación? ¿Terminal? ¿Se espera un desenlace en cualquier momento? ¿Cuáles, doctor?
—¿Por qué son tan importantes las palabras?
—Usted sabe por qué. —El tono de Luca Rossini fue brusco—. Mientras el Pontífice esté vivo y bajo el cuidado de los de su propia casa, la prensa querrá saber qué tipo de cuidados se le están prestando y cuánto tiempo más se puede esperar que dure. Baldassare, aquí presente, y el secretario de Estado se comunicarán con la más alta jerarquía. La Oficina de Prensa tendrá que lidiar con los medios. No es asunto mío redactar las declaraciones. Me limito a indicar la importancia de los términos que se usen. ¿Soy claro?
—Como siempre, Luca. —El tono del camarlengo fue seco.
—¿Y para usted, doctor?
—Estoy seguro de que podremos encontrar un texto apropiado.
—Bien. —Miró a uno y a otro, estudiando sus rostros. Su propio rostro se había convertido en una máscara de piedra—. Ahora, con el permiso de ustedes, querría estar a solas con él un momento.
El doctor y el camarlengo se miraron. El doctor dijo en voz baja:
—Como usted ve, está en coma profundo. No verá nada, no oirá nada. Ni siquiera sentirá el contacto de su mano.
—Quiero estar a solas con él. —Una fría cólera se había apoderado de Luca Rossini—. Tengo cosas personales que decirle, aunque no haya más que una posibilidad en un millón de que pueda oírme. ¿Eso puede hacerle algún daño?
—Por supuesto que no, Luca.
—Entonces déme su permiso, por favor.
El camarlengo y el médico vacilaron un momento. Se cruzaron una mirada. El camarlengo asintió con la cabeza. Los dos hombres se retiraron de la cámara papal, dejando solos a Luca Rossini y a su mudo señor.
En la antecámara, mientras esperaban, el médico comentó:
—Ese hombre me perturba, Baldassare.
El camarlengo hizo una mueca sardónica.
—¿Qué es lo que le perturba exactamente, amigo mío?
—Hay tanta cólera en él, tanta fría arrogancia... Es como si tuviera que dominar al mundo entero todo el tiempo, y con látigos y escorpiones.
—La cólera la conozco. —El camarlengo era un crítico puntilloso—. Lo he visto hacer frente a colegas que son sus superiores en presencia del mismísimo Pontífice. La arrogancia es otra cosa. La veo como una defensa. Es un hombre que ha sufrido mucho. Todavía no está completamente curado.
—Y ése es un peligro constante, ¿no es cierto? —El médico se refugió tras la máscara de la objetividad clínica—. La herida abierta, la crisis no resuelta del espíritu.
—¿Es eso lo que usted percibe en Luca Rossini?
—Sí.
—Debo decirle, amigo mío, que es un hombre competente en todo lo que hace. El Santo Padre lo utiliza como emisario personal, y él, como usted sabe, es un jefe muy estricto y exigente.
—¿Y eso qué significa? El favorito de la corte siempre es tratado con indulgencia. ¿Qué sienten los colegas por él? ¿Usted, por ejemplo?
—Lo encuentro distante, pero siempre leal. Mira a los ojos y dice lo que piensa.
—¿Todo?
El camarlengo estaba empezando a enfadarse.
—¿Cómo puedo responder eso? Usted lo oyó hace un momento. Dijo cosas que ni usted ni yo tuvimos el coraje de poner en palabras.
El médico se puso instantáneamente a la defensiva.
—Yo no tengo ninguna autoridad aquí, eminencia. Soy médico, pero sólo puedo aconsejar, no prescribir, ni siquiera a mi distinguido paciente.
—Usted ya ha decidido el tratamiento. —El camarlengo lo corrigió rápidamente—. Pero Luca Rossini no es su paciente. No debería arriesgar una opinión sobre su situación médica ni emitir juicios acerca de lo que pudiera ver u oír desde un lugar privilegiado como el que usted ocupa.
El médico enrojeció de vergüenza e inclinó la cabeza.
—Merezco una reprimenda, eminencia. Le pido que me perdone.
—No hay nada que perdonar. Estamos bajo presión. Luca Rossini está luchando con sus propios ángeles negros.
Estaba sentado junto a la cama, con una mano apoyada sobre la del Pontífice que, inconsciente, tenía la piel fría, seca y rugosa. Tenía tubos en los orificios nasales, y unos electrodos lo conectaban a los monitores. Luca Rossini le hablaba al oído, con frases ásperas y entrecortadas, como si lo desafiara a salir de su silencio.
—¡Me oye! ¡Lo sé! ¡Esta vez tendrá que escucharme! Se equivocó conmigo. Creyó lo que le contaron: que yo era un héroe, el joven pastor abierto de brazos y piernas sobre una rueda de carro en una pequeña ciudad y azotado públicamente para aterrorizar a su gente y enseñarles que no había poder que no viniera de Dios, y que los militares eran la voz de Dios en la tierra... Usted ordenó que me trajeran aquí para avergonzar a los obispos cobardes de mi país. Me ayudó. Me hizo avanzar y ascender. Me convirtió en un hombre importante. No podía creer que yo fuese un hombre defectuoso, un cántaro resquebrajado y dañado... Acepté todo lo que me dio. Me sentía tan culpable, tan avergonzado que pensé que estaba oyendo la voz de Dios... ¿Me está escuchando? Nunca había estado tan cerca como ahora de una confesión plena y abierta, y usted ni siquiera puede alzar la mano para darme la absolución en la que no creo... Pero al menos esta vez déjeme decirle que lo amé, no porque fuera mi patrón, sino porque me hizo pagar por cada responsabilidad que me asignó... Por eso no quiero que quede expuesto a la vergüenza. Preferiría matarlo con mis propias manos antes que verlo pudrirse como un trozo de fruta... Pero usted mismo puede hacerlo. Sólo tiene que soltarse y dejarse ir. ¡Por favor, por favor, hágalo!
Se inclinó y besó la frente del hombre enmudecido. Se apartó de la cama. Había lágrimas en sus mejillas. Las enjugó, y luego volvió a convertir sus facciones una vez más en una máscara hostil e imperiosa.
Esa noche, poco antes de las ocho, la Sala Stampa, la Oficina de Prensa oficial de la Santa Sede, emitió un comunicado.
A las 14.30 horas de hoy Su Santidad sufrió una importante hemorragia cerebral cuyas consecuencias fueron parálisis y un estado de coma profundo. Una serie de episodios isquémicos menores durante las vacaciones de verano en Castelgandolfo habían alertado tanto al Pontífice como a sus consejeros médicos acerca de la posibilidad de un accidente grave. El Pontífice y sus consejeros médicos habían discutido posibles intervenciones. Todas ellas comportaban alto riesgo. Su Santidad había renunciado categóricamente a lo que llamaba una prolongación oficiosa de su ya larga vida por medios quirúrgicos o por mantenimiento mecánico. Dijo que partiría cuando Dios lo dispusiera, y que preferiría partir desde su propia casa antes que desde una cama de hospital.
En respuesta a estos inequívocos deseos le están siendo administrados en los propios aposentos papales los cuidados necesarios y el correspondiente monitoreo neurológico y vascular. El médico del Pontífice, doctor Angelo Mottola, es asistido por dos distinguidos colegas: el doctor Ernesto Cattaldo, neurólogo, y el doctor Pietro Ghedda, especialista en enfermedades cardiovasculares.
Ninguno de los tres está en condiciones de predecir con certeza cuánto tiempo más podrá sobrevivir el Pontífice, aunque coinciden en que el daño cerebral es grave y el pronóstico es negativo. El cardenal camarlengo ruega a todos los fieles que recen para que Dios quiera llamar a su buen y leal servidor a su lado.
Esta oficina emitirá diariamente nuevos comunicados a las 12.00 y 18.00 horas.
El Servicio de Informaciones del Vaticano (SIV) dispone de material complementario en inglés, español y francés. El servicio de teletipo del SIV funcionará como de costumbre.
—Me pregunto quién habrá cocinado esta sopa.
Stephanie Guillermin, de Le Monde, golpeteaba con una uña escarlata la pizarra de las últimas noticias y desafiaba a su público, una media docena de bebedores tardíos, en el bar del Club de la Prensa Extranjera, en Roma.
—¿A quién le importa? —Fritz Ulrich, de Der Spiegel, descalificó la pregunta con un gesto. Iba por su tercer whisky y estaba listo para una discusión—. El hombre se ha estado matando desde hace años. Finalmente le ha reventado una arteria. ¿Qué esperan que diga la Sala Stampa sobre el tema? Están ahorrando la elocuencia para su necrológica.
—Me estás dando la razón, Fritz. —No era fácil desairar a Stephanie Guillermin—. Este texto es completamente atípico. Le falta el toque personal de Ángel Novalis. Lo que pienso es que fue preparado en un conciliábulo y entregado a la Oficina de Prensa para su publicación.
—Pero ¿quiénes estaban en el conciliábulo, Steffi, y por qué intervendrían? —Frank Colson, del Telegraph, conocía lo suficiente a la mujer como para tomarla en serio. Tenía todo el aspecto de una Georges Sand joven, y escribía en una prosa clásica y limpia, con un ligero toque de maldad. Vivía a lo grande con una acaudalada viuda de un banquero italiano, de manera que todas sus fuentes de información eran exóticas pero muy fiables. Su particular modo de interpretar a las personas y los acontecimientos era lo suficientemente sutil como para haberle granjeado el apodo de la Dechiffreuse, la Descifradora. Se sintió halagada por la deferencia de Colson. Sonrió, y se estiró para darle una palmada en la mejilla.
—¿El conciliábulo? Imagínatelo tú mismo, Frank. Tuvo que ser como mínimo un grupo de tres: el camarlengo, el secretario de Estado, el médico, y tal vez algún otro cardenal de la curia. Tal vez Jansen, o quizá Rossini, ese misterio errante. El documento tenía que salir a toda prisa y representar al menos un consenso simbólico de la curia.
—Pero ¿por qué querrían ellos intervenir en la redacción de un simple documento?
—Porque la cosa no es nada sencilla, Frank.
Ahora todos le prestaron atención. El trago de Fritz Ulrich quedó suspendido en el aire. Enzo, el camarero, dejó a un lado su servilleta y se inclinó sobre la barra para escuchar. Colson la invitó a romper su momentáneo silencio.
—Adelante, Steffi...
—¿Qué tenemos aquí? Media página de una prosa trivial y chata; no es para nada el estilo habitual de la Sala Stampa. Sin embargo, está muy cuidadosamente ideada.
—¿Con qué fin? —Fritz Ulrich volvió al ataque.
—Para responder a ciertas preguntas incómodas antes de que gente como nosotros empiece a plantearlas. Hablan de una hemorragia cerebral importante, un accidente grave. ¿Por qué no lo llevaron de inmediato al hospital? Todos sabemos que el equipo de monitores de la cámara papal es más bien sencillo. Y desde luego no tienen tomógrafo computado. De modo que, a pesar de esos tres respetables nombres que firman el comunicado médico, el viejo
