Guerra absoluta

Chris Bellamy

Fragmento

Creditos

Título original: Absolute War

Traducción: Javier Guerrero Gimeno

1.ª edición: septiembre, 2013

© 2013 Chris Bellamy

© Ediciones B, S. A., 2013

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B. 21.266-2013

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-547-5

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Dedicatoria

 

 

 

 

 

A mi padre, Peter Bellamy,

uno de los velocistas más rápidos

del Imperio británico

«Si...»

Contenido

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

Ilustraciones, figuras y tablas

Símbolos utilizados en los mapas

Abreviaturas

Prefacio y agradecimientos

1. LA HUIDA DEL LOBO RABIOSO: EL IMPACTO A LARGO PLAZO DE LA GUERRA EN EL ESTE

2. GUERRA ABSOLUTA Y TOTAL

3. «UN IDILIO CRUEL»: LA ALIANZA NAZI-SOVIÉTICA Y LA EXPANSIÓN SOVIÉTICA, AGOSTO A NOVIEMBRE DE 1939

4. MAYOR EXPANSIÓN SOVIÉTICA Y COOPERACIÓN CON ALEMANIA, NOVIEMBRE DE 1939 A JUNIO DE 1941

5. ¿QUIÉN PLANEÓ ATACAR A QUIÉN Y CÓMO?

6. EL SECRETO PEOR GUARDADO DE LA GUERRA

7. CAMINO DE HIERRO HACIA EL ESTE: EL PAÍS, LAS FUERZAS

8. EL ARRANQUE DE BARBARROJA Y LAS BATALLAS DE FRONTERA

9. EL KREMLIN EN GUERRA

10. VICTORIA PÍRRICA

11. MEDIANOCHE EN MOSCÚ

12. NIEVE NEGRA

13. NOCHE BLANCA: LENINGRADO, SEPTIEMBRE DE 1941 A FEBRERO DE 1944

14. LA «GRAN ALIANZA»

15. AL BORDE DEL ABISMO: 1942, EL PEOR AÑO

16. DE LA DEFENSA AL ATAQUE: EL CÁUCASO, STALINGRADO Y MARTE

17. KURSK Y UN NUEVO PROFESIONALISMO

18. LA DESTRUCCIÓN DE LA WEHRMACHT. UCRANIA, BIELORRUSIA Y EL BÁLTICO: REAFIRMACIÓN DEL CONTROL SOVIÉTICO

19. VICTORIA

20. NUEVO ORDEN MUNDIAL

Bibliografía

Notas y referencias

Fotografías

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Ilustraciones, figuras y tablas

Ilustraciones

1. La partición de Polonia: el mapa firmado por Stalin y Von Ribbentrop, 28 de septiembre de 1939 (Rodina).

2. Informe del agente Starshiná, Berlín, 17 de junio de 1941, y comentario de Stalin (Rodina).

3. Mapa de inteligencia alemán del despliegue propio y soviético, 21 de junio de 1941 (BA-MA Coblenza).

4. Stalin, inverosímil Hombre del Año 1942 en la revista Time (Time).

5. Orden de evacuar Moscú, octubre de 1941, con las correcciones de Stalin (Rodina).

6. Comité Central a Zhdánov, 13 de junio de 1948. Documento que confirma que la historia de los veintiocho héroes de Panfílov es falsa (Rodina).

7. Yelena Vasílievna, una niña en tiempo de guerra, cuenta el asedio a Leningrado. Museo del Camino de la Vida, marzo de 2005 (Autor).

8. Lavrenti Pávlovich Beria, comisario del pueblo para Asuntos Internos, director del NKVD y el NKGB y miembro del Comité de Defensa del Estado (GKO).

9. Alexandra Kolontái, escritora y embajadora soviética en Suecia.

10. Timoshenko (izquierda) y Zhúkov (derecha) en maniobras previas a la guerra (Rodina).

11. Soldado ruso tomado prisionero en las batallas de frontera, 1941 (BA-MA Coblenza).

12. Soldados soviéticos desconcertados se rinden en 1941 (BA-MA Coblenza).

13. Componentes morales y físicos destrozados. Derrota y victoria, 1941 (BA-MA Coblenza).

14. Prisioneros rusos capturados en la renovada ofensiva alemana, operación Azul, 1942. Esta fotografía podría haberse tomado igualmente en 1941 (BA-MA Coblenza).

15. Prisioneros rusos en la península de Crimea, 1942. La fotografía guarda un asombroso parecido con algunas tomadas en Irak en 1991 (Rodina).

16. Tropas de esquiadores rusos, 1941 (Rodina).

17. Ofensiva de invierno, Moscú, 1941 (Rodina).

18. La caballería de Dovátor en la contraofensiva de Moscú de 1941 (Rodina).

19. Los ejércitos marchan con el estómago. Una cocina de campo en invierno (Rodina).

20. «Aniquilar al monstruo alemán»: anuncio de Leningrado, 1941-1942 (Rodina).

21. Bombero de Leningrado (Rodina).

22. Víctimas de un ataque aéreo en Leningrado (Rodina).

23. Presuntos «colaboracionistas» en manos del NKVD (Rodina).

24. Mujer francotiradora (Rodina).

25. Bombardero nocturno Po-2 del 46.º Regimiento de la Guardia «brujas de noche» (Rodina).

26. Mujeres pilotos, Novorossisk, 1943 (Rodina).

27. N. V. Kóvshova y M. S. Polivánova, heroínas de la Unión Soviética (autor).

28. Mujeres francotiradoras, 1945 (Rodina).

29. Jruschov y Brézhnev, 1942 (Rodina).

30. Mapa ruso del norte de Stalingrado (Colección del autor).

31. Teniente General Vasili Chuikov, al mando del Sexagésimo Segundo Ejército, dibujado por Finoguénov.

32. Chuikov comando, excavado en la ribera del Volga, dibujado por Finoguénov.

33. Chuikov y su Estado Mayor en el centro de Stalingrado (Rodina).

34. Todavía un arma secreta: un lanzacohetes múltiple Katiusha dispara en la distancia, dibujado por Finoguénov.

35. Rokossovski, durante la ofensiva de invierno de Moscú en 1941 (Rodina).

36. Rendición en Stalingrado, dibujado por Finoguénov.

37. Interrogatorio de Paulus, dibujado por Finoguénov.

38. Paulus (izquierda) y su jefe de Estado Mayor, el teniente general Schmidt (derecha), bajo interrogatorio después de Stalingrado (Rodina).

39. Zhúkov y Kóniev (Rodina).

40. Aviones de ataque a tierra Iliushin-2 Shturmovik sobre Berlín (Rodina).

41. Prisioneros alemanes conducidos por las calles de Moscú (Rodina).

42. Rokossovski con el nuevo uniforme (posterior al 15 de enero de 1943) (Rodina).

43. El crucero Parízhkaya kommuna disparando en la defensa de Sebastopol, 1941 (Rodina).

44. Churchill y Mólotov, durante la visita de este último a Gran Bretaña, mayo de 1942 (Rodina).

45. Los «tres grandes»: Churchill, Roosevelt y Stalin en Yalta, febrero de 1945 (Imperial War Museum).

46. La venganza del oso: después de la destrucción del Grupo de Ejércitos Centro, ilustrado por el fusil roto, la vengativa Rusia avanza sobre la Alemania de Hitler (Dibujo de Leslie Gilbert Illingworth, Solo Syndication).

47. Bandera roja sobre el Reichstag. Reconstrucción de 2 de mayo (Rodina).

48. Yevgueni Jaldéi, fotógrafo de guerra, en Berlín. El tanque que aparece detrás de él es el nuevo JS-II (Rodina).

49. La victoria en Berlín. M˚aría Shálneva, policía de tráfico soviética, en Berlín (Rodina).

50. Alemanes prisioneros de los rusos al final de la guerra (Rodina).

51. El escritor Konstantín Símonov con las fuerzas soviéticas como corresponsal de guerra (Rodina).

52. Rendición incondicional: Keitel firma por Alemania en una de las ceremonias. La capitulación oficial la firmó Jodl, el representante designado del «Estado» alemán, o lo que quedaba de él (Imperial War Museum).

53. Las «Naciones Unidas» —las cuatro potencias que iban a ocupar Alemania— son testigo de la rendición. Zhúkov representa a la Unión Soviética (Imperial War Museum).

54. Stalin y sus generales (Rodina).

55. Zhúkov, Rokossovski, Sokolovski y Vasilevski en Berlín después de la concesión de honores británicos (Imperial War Museum).

56. El fin de la Alemania nazi... y Austria (Colección del autor).

Figuras

1.1. Legado de la guerra. Población rusa por edad, 1990.

1.2. Legado de la guerra. Población rusa por edad, 2005.

3.1. Europa a finales de noviembre de 1940.

3.2. Expansión soviética en Europa, 1939-1940. Cambios de fronteras.

4.1. La guerra ruso-finlandesa, 1939-1940.

4.2. Batalla de Suomussalmi, 7 de diciembre de 1939 al 7 de enero de 1940.

5.1. Plan soviético para un ataque preventivo contra las fuerzas alemanas en la zona del Gobierno General, 15 de mayo 1941.

5.2. Plan del OKH presentado a Hitler, 5 de diciembre 1940.

5.3. Compromiso alcanzado entre el OKH y Hitler, 5 de diciembre de 1940.

5.4. Plan final, la Directiva N.º 21 de Hitler, operación Barbarroja, 18 de diciembre de 1940.

7.1. El «embudo» euroasiático y otras características geoestratégicas clave.

7.2. Autonomía de la aviación soviética y alemana, 1941.

8.1. Despliegues alemanes y soviéticos, 22 de junio de 1941, y escalonamiento de las fuerzas soviéticas.

8.2. Las batallas de frontera, 22 de junio a 9 de julio de 1941.

9.1. «Bloqueo» de Zhúkov, 26 de junio de 1941.

10.1. La batalla de Smolensk, 10 de julio al 10 de septiembre de 1941.

10.2. Directiva N.º 23 de Hitler del 19 de julio de 1941. Complemento del 23 de julio y Directiva N.º 34 del 30 de julio.

10.3. Directiva N.º 35 de Hitler del 6 de septiembre de 1941.

10.4. Batalla de Kíev, 7 de julio al 26 de septiembre de 1941.

10.5. Bolsa de Viazma-Briansk y aproximación alemana hacia Moscú, 30 de septiembre al 5 de diciembre de 1941.

12.1. Ofensiva renovada a Moscú, Grupo de Ejércitos Centro, noviembre a diciembre de 1941.

12.2. El «muelle» logístico. Varsovia-Viazma. Bases de aprovisionamiento alemanas y límites del reabastecimiento.

12.3. Contraofensiva de Moscú: fase 1, 5 al 15 de diciembre de 1941.

12.4. Unión de un grupo móvil en la retaguardia del enemigo, el Décimo Ejército en la contraofensiva de Moscú, 6 al 20 de diciembre de 1941.

12.5. Zonas administrativas alemanas en la Rusia europea.

12.6. Operaciones de invierno en el frente oriental, 5 de diciembre de 1941 al 31 de marzo de 1942.

12.7. Contraofensiva de Moscú: fase 2, 16 de diciembre de 1941 al 1 de enero de 1942.

13.1. Cerco de hierro en torno a Leningrado.

13.2. La ciudad de Leningrado.

13.3. Mantenimiento de Leningrado y del «cerco de hierro».

13.4. Partisanos en la zona de Leningrado.

13.5. «Tenaza defensiva»: el Segundo Ejército de Choque de Vlásov queda atrapado, enero a junio de 1942.

13.6. Ofensiva de Siniávino, 19 de agosto al 1 de octubre de 1942.

13.7. «Maniobra táctica cinco». Iskrá (Chispa). El cerco se rompe, 7 al 18 de enero de 1943.

13.8. Después de casi 900 días, la operación Leningrado-Nóvgorod, 14 de enero al 1 de marzo de 1944.

14.1. Hielo del Ártico y rutas marítimas aliadas.

14.2. Industria soviética y ayuda aliada, 1941-1945.

15.1. Las cuatro fases de la operación Azul, y lo que los rusos esperaban.

15.2. La batalla de Járkov, 12 al 19 de mayo de 1942.

15.3. Sebastopol y Crimea: las defensas, el asedio y la caída, 24 de septiembre de 1941 al 4 de julio de 1942.

15.4. Localización de la industria de guerra soviética, 1942, con las empresas recién construidas o convertidas a la producción bélica, 1941-1942.

15.5. Deportación soviética de grupos étnicos y otros, 1937-1949, con énfasis en el Cáucaso, 1941-1946.

16.1. Planes alemanes para finales de 1942.

16.2. El Cáucaso, 1942.

16.3. Ofensiva alemana hacia el Volga y Stalingrado.

16.4. Stalingrado, la ciudad.

16.5. Venganza de los dioses: Marte, un posible Júpiter, Saturno y Urano.

16.6. La contraofensiva de Stalingrado: operación Urano.

16.7. La contraofensiva de Stalingrado: operaciones Tormenta de Invierno (alemana) y Pequeño Saturno (rusa).

16.8. Operación Marte. Intento fallido de destruir el Noveno Ejército, 25 de noviembre al 23 de diciembre de 1942.

16.9. El final en Stalingrado: operación Anillo (Koltsó), 10 de enero al 2 de febrero de 1943.

16.10. Última posición en Stalingrado con recuadro de la captura del cuartel general de Paulus.

17.1. Desarrollo de la guerra, 19 de noviembre de 1942 al final de 1943, y la formación del saliente de Kursk.

17.1.1. Frente oriental en 1942-1943, con la interrelación entre ciertas operaciones clave rusas.

17.1.2. Formación del saliente de Kursk (1): la operación Vorónezh-Járkov, 13 de enero al 3 de marzo de 1943.

17.1.3. Formación del saliente de Kursk (2). Terreno recuperado por los alemanes que llevó a la formación del saliente de Kursk. La operación defensiva de Járkov (rusa), 4 al 25 de marzo de 1943.

17.2. El saliente de Kursk. Situación al final del 4 de julio de 1942 con los despliegues rusos y alemanes y las intenciones alemanas.

17.3. El saliente de Kursk. Organización y extensión de las defensas rusas y ataques alemanes en las caras norte y sur.

17.4. Concentración de potencia de fuego en el perímetro de Kursk.

17.5. Ejemplo de «análisis de tráfico», frente oriental.

17.6. La batalla en el campo de Prójorovka.

17.7. La «guerra ferroviaria» en torno a Kursk, 1943, con la actividad partisana y las acciones concertadas con las fuerzas principales.

17.8. Las contraofensivas de Kursk: operaciones Kutúzov y Rumiántsev, 12 de julio al 23 de agosto de 1943.

18.1. Batalla del Dniéper, con recuadro de la operación aerotransportada del Dniéper (Velikiy Bukrin).

18.2. «Ribera derecha de Ucrania»: la ofensiva Dniéper-Cárpatos.

18.3. Operación Bagratión: la operación ofensiva de Bielorrusia, 23 de junio al 29 de agosto de 1944 y el plan de engaño soviético.

18.4. Perfil de las grandes operaciones ofensivas rusas, 1943-1945.

19.1. La operación Budapest, 29 de octubre de 1944 al 13 de febrero de 1945.

19.2. La operación Vístula-Oder, 12 de enero al 3 de febrero de 1945.

19.3. Berlín, 16 de abril al 8 de mayo de 1945.

19.4. La batalla del Reichstag, 30 de abril de 1945.

19.5. El final en Europa. Praga, 6 al 11 de mayo de 1945.

20.1. La operación ofensiva estratégica de Manchuria, 9 de agosto al 1 de septiembre de 1945.

Tablas

7.1. Despliegue de la Wehrmacht para la Operación Barbarroja, 21 de junio de 1941 (simplificado).

13.1. Ración de pan en Leningrado, 1941-1943 (gramos).

15.1. Ratios del PIB entre los beligerantes, 1941-1945.

15.2. Bajas soviéticas por año, 1941-1945.

16.1. Comparación de fuerzas disponibles para las contraofensivas al oeste de Moscú y en torno a Stalingrado.

16.2. Comparación de fuerzas empleadas en Marte y «Júpiter» con las empleadas en Urano y Saturno, 1942.

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Símbolos utilizados en los mapas

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Abreviaturas

Área Ejército de Área (Japón); equivalente a un grupo de ejércitos o un frente

BMG Brigada Mecanizada de la Guardia (URSS)

BT Brigada de Tanques (URSS)

BTG Brigada de Tanques de la Guardia

C Cuerpo

CC Cuerpo de Caballería

CCG Cuerpo de Caballería de la Guardia (URSS)

CE Cuerpo de Ejércitos (Alemania)

CF Cuerpo de Fusileros

CFG Cuerpo de Fusileros de la Guardia (URSS)

CMG Cuerpo Mecanizado de la Guardia (URSS)

CPz Cuerpo Panzer (Alemania)

CT Cuerpo de Tanques (URSS); en realidad equivalente a una división, pero usada en ofensivas y contraofensivas móviles

CTG Cuerpo de Tanques de la Guardia

DF División de Fusileros

DFG División de Fusileros de la Guardia (URSS)

DI División de Infantería

Div División

Div Art División de Artillería

DM División Mecanizada

DMG División Mecanizada de la Guardia (URSS)

DPz División Panzer (Alemania)

DT División de Tanques (URSS)

E Ejército

EA Ejército del Aire (formación de la fuerza aérea rusa, normalmente como apoyo de un frente)

ECh Ejército de Choque

EG Ejército de la Guardia (URSS)

EPz Ejército Panzer (Alemania)

ET Ejército de Tanques (URSS)

ETG Ejército de Tanques de la Guardia

Frente La mayor formación rusa, que englobaba varios ejércitos. Equivalente a un grupo de ejércitos alemán o de los aliados occidentales pero generalmente menor

Gd de la Guardia: título honorífico para una unidad o formación que se desempeñado bien en combate

GE Grupo de Ejércitos (Alemania)

GKMG Gvardéiskaya Konno-Mejanizirovánnaya Gruppa; Grupo de Caballería Mecanizada de la Guardia (URSS)

GO Grupo Operativo

GP Grupo Panzer (equivalente a un ejército) (Alemania)

GPz Granaderos Panzer (infantería mecanizada)

Hun Húngaro

It Italiano

KMG Konno-Mejanizirovánnaya Gruppa; Grupo de Caballería Mecanizada (URSS)

Luft Luftflotte

Luftflote «Flota Aérea» alemana, equivalente a un Ejército Aéreo soviético

Pol Polaco (apoyado por Moscú, a diferencia de los «polacos de Londres», apoyados por el Reino Unido

Pz Panzer (blindado)

Rec Reconocimiento

Reg Regimiento

RF Regimiento de Fusileros

RI Regimiento de Infantería

Rum Rumano

SS Schutzstaffel; cuerpo de elite de Hitler desplegado junto con la Wehrmacht

UR Ukrepliónniye Raionny, «región fortificada»

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Prefacio y agradecimientos

Hay dos cualidades indispensables para que la mente salga indemne de esta lucha implacable con lo inesperado: en primer lugar, un intelecto que, incluso en la hora más oscura, mantenga parte de los destellos de la luz interior que conduce a la verdad; y en segundo lugar, el valor para seguir esa tenue luz allí donde conduzca.

Von Clausewitz, De la guerra1

Este libro pretende proporcionar, en un solo volumen, una historia moderna del conflicto bélico tierra-aire más terrible de la historia. Una guerra que fue total, porque la libraron todos los sectores de la sociedad. Y una guerra que fue absoluta, porque ambos contendientes buscaban «exterminar al enemigo, destruir su existencia política»,2 y al hacerlo perpetraron una violencia extrema y atroz, olvidando casi todas las restricciones acostumbradas que tradicionalmente se habían aplicado en guerras entre naciones «civilizadas». El conflicto, que terminó sesenta años antes de la conclusión de este libro, fue un componente decisivo —posiblemente el más decisivo— de la Segunda Guerra Mundial. Fue en el frente oriental, entre 1941 y 1945, donde la mayor parte de las fuerzas terrestres y de apoyo aéreo de la Alemania nazi y sus aliados terminaron destruidas por la Unión Soviética en lo que, desde 1944, la población de ese coloso —y la de sus quince estados sucesores— llamó, y todavía llama, la Gran Guerra Patria.

Ahora bien, está claro que esa guerra no puede tratarse aislándola de tejido más amplio de la Segunda Guerra Mundial, ni del largo período inmediatamente anterior: los casi dos años, desde el 23 de agosto de 1939 al 22 de junio de 1941, en que Alemania y la Unión Soviética fueron aliados. Tampoco puede comprenderse sin tener en cuenta la situación en el Lejano Oriente y la posterior victoria soviética sobre un millón de soldados japoneses en Manchuria. Por consiguiente, este libro no trata sólo de la Gran Guerra Patria de 1941-1945, sino también —y no podría ser de otra manera— de la más amplia participación de la Unión Soviética en la Segunda Guerra Mundial. Se cuenta la historia militar de ambos beligerantes, soviéticos y alemanes, pero en términos del legado de la guerra se concentra en el impacto en la Unión Soviética y en Rusia. De manera paradójica, a largo plazo, los ganadores perdieron y los derrotados vencieron.

Por ambicioso que sea un proyecto de estas características, se basa en el trabajo de muchos otros, sobre todo en el de mi director de tesis en la Universidad de Edimburgo, John Erickson (1909-2002), cuyos dos volúmenes magistrales The Road to Stalingrad (1975) y The Road to Berlin (1983)3 seguirán siendo la obra definitiva en inglés, y probablemente en cualquier idioma, sobre el tipo de guerra que libraron la Unión Soviética y Alemania y sobre cómo se ganó. No obstante, desde que John completó el segundo volumen, hemos asistido a la reunificación de Alemania, al derrumbe del comunismo en Europa central y oriental, y a la partición de la Unión Soviética en quince estados. Un nuevo orden mundial ha sustituido la bipolaridad de la guerra fría, que había resultado en gran medida de la victoria de la Unión Soviética en 1945. En los últimos veinte años, por consiguiente, se ha dado acceso a mucho material nuevo y muchas fuentes de material histórico, no sólo en Alemania y en Rusia, sino también en antiguos estados soviéticos que ahora son miembros de la OTAN y la Unión Europea. Estoy especialmente agradecido a mis colegas en los países bálticos de Estonia, Letonia y Lituania por su ayuda en la investigación de lo que fue para muchos un período espantosamente doloroso de su historia.

El sexagésimo aniversario de la victoria aliada de 1945, en 2005, provocó muchos nuevos estudios, como había ocurrido con el quincuagésimo. No obstante, la publicación de este libro no ha sido concebida para marcar un aniversario arbitrario. Es el resultado inevitable de una plétora de nueva información, que se ha ido acumulando durante más de veinte años. Ya hay suficiente material nuevo, no sólo relacionado con acontecimientos y sucesos específicos, sino también de carácter general, para que una nueva historia sea oportuna y necesaria. Sabíamos bien cómo se ganó la guerra en el frente oriental, pero ahora sabemos mucho más sobre cómo se dirigió. Sabemos que ambos contendientes se regían por una mezcla de represión draconiana y patriotismo ingenuo, componentes aderezados con un deseo de sobrevivir, un deseo de no defraudar a sus camaradas y un deseo de hacer un buen trabajo, y quizá de dejarse ver haciéndolo. Sin embargo, ahora sabemos mucho más de las complejidades y contradicciones de esa mezcla de emociones y motivaciones. Por encima de todo, el lado soviético estaba motivado por un odio ardiente y una sed de venganza que modelaron la conducta de sus tropas cuando éstas entraron en Alemania.

Dada la amplitud del escenario, no ha sido posible sumergirse en todos los archivos de nuevo acceso en más de veinte países modernos cuyas poblaciones y territorios se vieron implicados y lucharon durante la mayor guerra de todas, la guerra en el frente oriental. Hacerlo requeriría muchos equipos de investigadores durante varias vidas. No obstante, los equipos han producido infinidad de documentos recién publicados que todavía no están disponibles en inglés y que he usado de manera exhaustiva como fuentes primarias. También contamos, por primera vez, con una formidable historia alemana, hecha posible por la reunificación del país, compilada una vez más por un equipo de distinguidos eruditos del Militärgeschichtliches Forschungsamt [Instituto de Investigación de Historia Militar] bajo el título Das Deutsche Reich und der Zweite Weltkrieg.4 Aunque no se trata de una «historia oficial» y la obra no lleva ese nombre, su procedencia y tono autorizado la convierten en tal. Gracias a otro equipo de investigadores que trabajaban para el coronel general Krivoshéyev disponemos, por primera vez, de cifras bastante autorizadas (aunque no indiscutidas) de las bajas soviéticas y las pérdidas en combate, no sólo en el seno las fuerzas armadas (ejércitos de tierra, mar y aire) sino también en las filas del Comisariado del Pueblo del Interior, guardias de frontera y tropas de la seguridad del Estado, que desempeñaron un papel fundamental en la campaña soviética.5 Por consiguiente, califico esta obra de historia «moderna», porque sería presuntuoso decir que es totalmente «nueva». Me he abstenido de dar detalles operacionales donde éstos son bien conocidos y de fácil acceso, y he preferido concentrarme en las nuevas pruebas y los nuevos debates: quién planeaba atacar a quién y cuándo; cuánto sabía Stalin; cuál fue el punto crítico de la guerra; cuánta importancia tuvo la ayuda británica y estadounidense; cómo podían haberse hecho las cosas de un modo diferente; el papel del NKVD. Por esa razón, el libro se concentra en los años centrales: 1941-1943. Allí donde he descubierto que historias previas han repetido mitos, yo los he expuesto. Pero ésta es también una historia «moderna», porque aborda los hechos desde el punto de vista de las preocupaciones del siglo xxi. La Gran Guerra Patria nos enseña mucho sobre la cooperación entre agencias para garantizar la seguridad, sobre la resistencia interna o sobre el delicado equilibrio entre seguridad nacional y seguridad de los habitantes. Y el lector encontrará más información sobre el medio ambiente y el papel de las mujeres.

La guerra en el frente oriental continúa suscitando un enorme interés. Stalingrado y Berlín: la caída, 1945,6 ambos de Anthony Beevor, y Armagedón, de Max Hastings,7 son estudios nuevos de campañas específicas; los dos últimos relacionados con la derrota final de la Alemania nazi y la batalla de Berlín. Hasta ahora la mayoría de las historias de la Gran Guerra Patria se han concentrado en las operaciones militares y en el papel de los ejércitos alemán y soviético. Los líderes carismáticos, con sus fascinantes similitudes y contradicciones —sobre todo Hitler, Stalin y Churchill—, naturalmente también atraen atención. No obstante, un enfoque así tiene sus limitaciones. Concentrarse en el ejército rojo, por ejemplo, excluye una parte de la imagen aún más importante que un relato del lado alemán desde el punto de vista de la Wehrmacht que olvidara a las SS. Aunque los estudiosos naturalmente quieren consultar por sí mismos los archivos, sería poco prudente no hacer uso de la enorme cantidad de documentos que ahora se están publicando en Rusia. En 2002, en la librería Biblioglobus de la plaza Lubianka, adquirí los primeros volúmenes de Organy Gosudárstvennoi Bezopásnosti SSSR v Velikói Otéchestvennoi Voinié [Servicios de la Seguridad del Estado de la URSS en la Gran Guerra Patria], publicado en 1995 y editado asimismo por un gran equipo de expertos dirigido por el teniente general Stepashin.8 La desclasificación de estos documentos habría sido impensable en el período soviético. Probablemente, la revelación más asombrosa que puso de manifiesto fue la importancia de la implicación del Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos (NKVD) y el Comisariado del Pueblo para la Seguridad del Estado (NKGB) en todos los aspectos de las operaciones. A mí me sorprendió particularmente la gran cantidad información secreta de naturaleza puramente profesional militar que surgió de estas organizaciones, más que de la Dirección General de Inteligencia del Estado Mayor del ejército rojo. El papel del Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos (Narodny Kommissariat Vnútrennij Diel, NKVD) y el Comisariado del Pueblo para la Seguridad del Estado (Narodny Kommissariat Gosudárstvennoi Bezopásnosti, NKGB) y el uso de los batallones de castigo (shtrafbats), además de la información de ciudadanos soviéticos que, por la razón que fuere, luchaban «bajo estandarte del enemigo»,9 constituyen áreas cruciales que eran completamente inaccesibles para los estudiosos extranjeros, y de hecho también para la mayoría de los estudiosos soviéticos (y desde luego para quienes pensaran darlas a conocer) durante la era soviética.

Entre otras colecciones sumamente valiosas, se encuentran dos volúmenes de documentos relacionados con la batalla de Moscú,10 una vez más editados por un gran equipo dirigido por el general V. A. Zhilin, que contienen resúmenes diarios del Estado Mayor soviético, informes alemanes diarios y documentos capturados a los alemanes. De manera similar, los dos volúmenes de Neizvéstnaya blokada [El bloqueo desconocido]11 de N. A. Lomaguin tratan del sitio de Leningrado. La misma editorial Olma Press (Moscú) ha prestado un excelente servicio al publicar, en 2002, las memorias completas y sin censurar de Zhúkov (dos volúmenes)12 y Rokossovski (un volumen).13 Esta última obra es particularmente útil, sobre todo las partes del manuscrito en posesión de su familia borradas por el censor soviético que aparecen destacadas en cursiva. No resulta difícil ver por qué algunas de esas partes, que contenían una crítica abierta y mordaz de Zhúkov y la Stavka, fueron eliminadas.

Pese a que parece que, al menos por el momento, se ha cerrado la puerta a más revelaciones de archivos rusos, han continuado apareciendo nuevas fuentes secundarias rusas de destacable calidad. Un lugar preeminente entre ellas ocupa el estudio de los mecanismos de control del Estado de Stalin Vlast i voiná [Poder y guerra]14 de Víktor Cherepánov, publicado en 2006, y el destacado nuevo atlas de la Gran Guerra Patria editado en 2005 por el teniente general Maksímov, con el general del ejército Lobov y el general de división Zolotarov como asesores, y que contó con los recursos del Departamento de Cartografía Militar del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de la Federación Rusa y gráficos generados por ordenador.15 La mejor colección de imágenes y relatos del desfile de la victoria de 1945 se publicó en 2005, bajo el título Parad pobedy.16

Trabajar en este amplio lienzo sería imposible sin recurrir a la obra de otros académicos que han hurgado hondo en la materia. Entre los nuevos estudios destacan en primer lugar el soberbio La guerra de los ivanes de Catherine Merridale,17 que es el resultado de más de tres años de trabajo con entrevistas a unos doscientos veteranos de guerra soviéticos. La profesora Merridale, reconociendo que fue en el frente oriental donde realmente se ganó la guerra y que la prueba crucial de lo que hizo luchar al ejército soviético estaba en peligro de desaparecer, ha estudiado de manera amplia y profunda la historia social del ejército rojo en la guerra. El libro llega justo a tiempo para capturar el testimonio oral de hombres y mujeres que combatieron en el frente, pero que, por desgracia, pronto ya no estarán. Las otras grandes obras recientes que usan fuentes archivísticas son las de Konstantín Pleshákov, sobre los días críticos que condujeron a la guerra y las batallas en la frontera (La locura de Stalin),18 Gabriel Gorodetsky, sobre la diplomacia de Stalin y lo que éste sabía (Grand Delusion. Stalin and the German Invasion of Russia)19 y el relato gráfico del régimen de Stalin de Simon Sebag Montefiore (La corte del zar rojo).20 Varsovia, 1944 de Norman Davies ofrece un tratado magistral y erudito de la sublevación de la capital polaca.21

En cuestiones más específicas, Plans for Stalin’s War Machine,22 de Lennart Samuelson, The GULag at War,23 de Edwin Bacon, y el trabajo de Reina Pennington sobre las mujeres en el esfuerzo de guerra soviético («Women and the Battle of Stalingrad»)24 son ejemplos de investigaciones destacadas en áreas clave anteriormente inexploradas. El artículo de Michael Ellman «Soviet Repression Statistics: Some Comments» sobre las víctimas civiles de la represión de Stalin25 y la obra de Mark Harrison que aborda la economía de guerra soviética (Accounting for War: Soviet Production, Employment and the Defence Burden, 1940-45)26 también han iluminado aspectos fundamentales.

He utilizado estas obras, pero no he intentado duplicar ninguna de ellas. Este estudio examina los aspectos operativo, militar-estratégico, político-estratégico (dentro de la Unión Soviética) y de gran estrategia (coalición) de la guerra. Me he concentrado en los debates imprescindibles y en las controversias a la luz de las últimas pruebas, y he desmantelado algunos mitos. Por medio de subtramas, hay dos individuos que aparecen en todos los lugares adecuados a lo largo del relato y que han dejado recuerdos sinceros. Uno es un soldado. El otro, un diplomático.

Este libro empezó a vivir hace una década, cuando Michael Sissons, mi agente, me preguntó qué me parecería escribir «una nueva historia de la Gran Guerra Patria». En el decenio que siguió, la vida tomó giros inesperados y en ocasiones inoportunos, pero Michael me mantuvo encauzado. Como buen supervisor, no intervino más que con alguna ocasional nota breve y sucinta. Gracias, Michael, y gracias a Pan Macmillan (Londres) y Knopf (Nueva York), particularmente a Georgina Morley en la primera editorial y a Ash Green en la última. Ash sugirió que para que el proyecto fuera manejable tenía que resistirme a la tentación de revisitar los debates de doctrina militar de la década de 1920 y 1930 y empezar con el Pacto Mólotov-Ribbentrop, firmado días antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial. Tenía toda la razón. George ha sido un editor fantástico, con una paciencia admirable. También me gustaría darle las gracias a Georgina Difford, gerente editorial, a Rachel Wright, que ha sido una correctora meticulosa, y a Martin Lubikowski, el cartógrafo.

Para dar la forma final al libro recibí por encima de todo la ayuda del doctor Serguéi Kudriáshov en Moscú. Director de Istochnik y amigo de John y Ljubica Erikson, Kudriáshov investigó The Eastern Front in Photographs para ellos. Serguéi me ayudó a acceder a los archivos rusos y también para este libro proporcionó fotografías no publicadas hasta la fecha, entre ellas algunos documentos muy remarcables. Kristine Doronenkova, del Ministerio de Defensa de Letonia, ayudó con la última información sobre los tratados nazi-soviéticos y los protocolos secretos que entregaron los países bálticos, gran parte de Polonia y Besarabia a la Unión Soviética, y la doctora Janina Sleivete en Lituania y Tatiana Anton en Moldavia también aportaron material indispensable sobre la verdadera historia de los estados que la Unión Soviética se anexionó en 1940. En el Reino Unido, la doctora Anna Maria Brudenell ayudó con investigación en los Archivos Nacionales y el Imperial War Museum, y con más fotografías, entre ellas las de los archivos alemanes de Coblenza.

No obstante, los cimientos del libro se pusieron veinte años antes de la propuesta de Michael. Mi fascinación por la tierra rusa, por el extraordinario poder y resistencia de su pueblo y cultura, fue una llama que encendió en mí en 1976 un joven profesor llamado Chris Donnelly, al dirigirse a un grupo de «futuros oficiales» cansados y deprimidos una tarde de invierno en la Real Academia Militar de Sandhurst. Los grandes ríos de Siberia que desembocan en el Ártico tienen una anchura de más de cuarenta kilómetros, comentó Chris. «¿Hay alguien de la Artillería aquí? No tienen ninguna arma que llegue tan lejos.» Entendido. Aunque ahora vemos que nuestra percepción de la antigua «amenaza» soviética era muy exagerada, fue un buen golpe de efecto. Me había enganchado.

Una década después, en octubre de 1987, tomé un tren en King’s Cross, y me dirigí al norte hacia lo desconocido para iniciar mi doctorado en la Universidad de Edimburgo bajo la supervisión de John Erickson. John, que también era un consumado supervisor que no deseaba entrometerse en mi investigación, se convirtió en mi mentor y amigo. Mi agradecimiento a John y a su viuda, Ljubica, por su amistad y ayuda, y a Kathie Brown, la Steph de John (véase más adelante). Y también al doctor Carl van Dyke, compañero estudiante de investigación en Edimburgo, cuyo trabajo pionero en la guerra soviético-finlandesa de 1939-1940 y las posteriores reformas ha sido crucial para este libro. A mi entender, Carl explicó por qué el ejército rojo mejoró de manera tan drástica su actuación tres años después.27

Charles Dick, que sucedió a Chris Donnelly como director del Centro de Investigación de Estudios Soviéticos (después Centro de Investigación de Estudios de Conflictos), también ayudó con su conocimiento enciclopédico y profundo de la Gran Guerra Patria y, en un sentido más amplio, del enfoque ruso de la guerra. Su detallada investigación se refleja en este libro. En la misma área, estoy especialmente en deuda con el coronel David Glantz, director del Journal of Slavic Military Studies (antes Journal of Soviet Military Studies), otro destacado erudito de las operaciones militares soviéticas y alemanas. El trabajo de David sobre el tema es voluminoso, y ha demostrado ser una rectificación esencial para muchos escritos soviéticos que eran, a lo sumo, verdades a medias.

Mi agradecimiento especial a sir Rodric Braithwaite, antiguo embajador de Su Majestad en Moscú entre 1988 y 1992 y después director del Comité Conjunto de Inteligencia. Rodric, que estaba escribiendo su libro sobre Moscú en la guerra, señaló que se estaban publicando enormes cantidades de documentos de archivo y me aconsejó sabiamente que visitara las librerías de Moscú, una idea que me reportó dividendos. También me alertó de nuevas investigaciones sobre los batallones de castigo soviéticos: los shtrafbats.28

Heather Taylor me presentó a sir Rodric y también a sus contactos en Kursk, que se convirtieron en el epicentro de seis viajes a Rusia con algunos de mis estudiantes de Cranfield que fueron lo bastante valientes para apuntarse a la optativa de Rusia en el doctorado de Seguridad Global. El destino de esos viajes fue San Petersburgo, Kursk, Moscú y Volgogrado (la antigua Stalingrado).

Estoy particularmente en deuda con todos aquellos que cursaron la optativa de Rusia, pues me hicieron darme cuenta de lo que no sabía y lo cuestionaron todo. A Tom Hamilton-Baillie, Rupert Thorneloe y Mark Wilkinson en particular, gracias. Nunca olvidaré la noche que nos sentamos a orillas del Volga en Volgogrado, mirando a través del río de un kilómetro de ancho hacia Asia, bebiendo cerveza y tomando helado en la nieve. Como Churchill dijo de los rusos, un pueblo que toma helado en pleno invierno nunca será vencido. Y recuerdo especialmente el ingenio de un estudiante checo, el coronel Miroslav Kvašnák. Asombrado por la continuada obsesión de los rusos con su pasado y con el coste suicida de la Gran Guerra Patria, dijo: «Es como conducir un coche donde el espejo retrovisor impide ver a través del parabrisas.» ¡Qué absolutamente cierto! En un momento de gélida claridad, él y yo vimos que antes de que Rusia pueda seguir adelante, debe abordar primero y enterrar después los misterios y las incertidumbres del pasado estalinista. A todos mis estudiantes de Seguridad Global: gracias.

También estoy en deuda con Philip Blood, cuyo doctorado por la Universidad de Cranfield examiné en 2003. Él me proporcionó valiosa información nueva y una contribución real al conocimiento del Bandenbekämpfung: la campaña alemana antipartisana que, como él descubrió, se coordinó en toda Europa, aunque su estudio se concentró principalmente con la guerra en el este.29

El coronel Christopher Langton, antiguo agregado militar en Moscú, me ayudó con consejos sobre la guerra de la Rusia soviética en el frente interno, en especial del papel del NKVD, que constituye una de las áreas desatendidas en las cuales he decidido concentrarme. Estoy en gran deuda con Steven Walsh, compañero de doctorado cuyo trabajo sobre Rokossovski, que suscribo plenamente, también me proporcionó nuevas perspectivas. John Hughes-Wilson me ayudó en cuestiones de inteligencia, sobre todo en relación con la batalla de Kursk.

De mis profesores quiero dar las gracias en particular a los de la Politécnica de Londres Centro, ahora Universidad de Westminster, donde estudié ruso, a tiempo parcial, entre 1981 y 1987. Entre ellos estaba Borís Bondarenko. Borís Bondarenko casi se convirtió en una de las «víctimas de Yalta»: soviéticos capturados por los alemanes que, al final de la guerra, fueron enviados a la muerte en el Gulag. Tengo entendido que Borís saltó del tren siguiendo el consejo de un oficial británico, y se convirtió en un brillante profesor de ruso, primero para soldados británicos y luego en la Politécnica.

Peter Caddick-Adams, otro de mis estudiantes de doctorado, colega y amigo, me proporcionó muchas perlas. Fue idea suya visitar la Dirección de Inspección Militar, porque había oído que se estaban deshaciendo de mapas viejos. Entre los muchos tesoros salvados del fuego ese día está el mapa señalizado de Stalingrado del ejército rojo de primeros de octubre de 1942, reproducido en este libro como lámina 30. Peter también dio con un delgado volumen que contenía los soberbios esbozos a lápiz de Stalingrado obra de Finoguénov, algunos de los cuales se han reproducido en este libro, en una librería de viejo.30 Creo que a Internet aún le queda un largo camino por recorrer antes de poder sustituir a las librerías de segunda mano.

Estoy muy agradecido al personal de la biblioteca del JSCSC en Shrivenham por su ayuda. Otros amigos míos de Cranfield, Bella Platt, Steph Muir, Tom Maley y el profesor Richard Holmes me permitieron sobrevivir a la escritura del libro. Bella Platt se encargó de las fotografías enviadas por FTP y trató con fuentes que sólo fueron mías fugazmente. Steph no sólo manejó la administración del doctorado en Seguridad Global, que creció de trece estudiantes en 1999 a treinta y tres en el momento en que este libro se acercaba a su finalización, sino que es justo decir que dirigió mi vida profesional. Sin ella, no habría podido sacar el tiempo necesario para completar esta obra. Tom me ayudó adquiriendo libros relevantes en esta área nada más salían de imprenta, y fueron muchos. Y gracias a Richard por su constante cortesía, humanidad, amistad y consejo, en particular sobre los escollos, los más y los menos de las fuentes archivísticas, pero también por muchas otras cosas. Richard me ayudó a equilibrar los componentes morales, físicos y conceptuales de este majestuoso y apasionado drama. Si he logrado ese equilibrio, corresponde al lector juzgarlo.

Producir un libro como éste es un desafío logístico fundamental y también doy las gracias a Scott Brown, Jackie Rhodes y Liam Wellsteed, de nuestro Departamento de TI de Cranfield, por preparar el servidor FTP para recibir imágenes de alta resolución escaneadas por Serguéi, instalar WinRAR y otros programas, sustituir mi prehistórico disco duro de tres gigas por una unidad de veinte gigas, y mucho más. Sin vosotros, chicos, esto no habría ocurrido. Gracias.

Por último, mi mujer, Heather, sabe de la mucha responsabilidad que le corresponde en que este libro se haya terminado. Durante parte del tiempo de redacción estuvo trabajando para Save the Children, trasladada a la misión de ACNUR en Chad, al sur del desierto del Sahara, como agente de protección infantil. Yo todavía no había terminado el libro cuando Heather llegó a una casa donde el sargento Pávlov se habría sentido a sus anchas, pero mi mujer inmediatamente utilizó sus soberbias cualidades logísticas y administrativas para conseguir que completara la versión final. Te corresponde a ti, cielo, y a todos tus colegas, construir la paz donde hubo guerra. Y por último, cualquier error es responsabilidad mía.

Topónimos

Los nombres geográficos constituyen todo un reto. Los cambios de fronteras en la historia del siglo xx, hasta la ruptura de la Unión Soviética en quince estados independientes a finales de 1991 —todos con sus idiomas propios—, han dejado un legado de hasta cuatro nombres en determinadas ciudades. Por ejemplo, la alemana Lemberg se convirtió en la polaca Lwów, en la rusa Lvov y ahora en la ucraniana Lviv. Kishinev es ahora la moldava Chisinau. Y algunos nombres han vuelto a cambiar completamente. Leningrado fue antes, y es otra vez, San Petersburgo. Kalinin fue y vuelve a ser Tver. Stalingrado fue antes Tsaritsyn y ahora es Volgogrado. Kúibyshev, la capital provisional, adonde fueron evacuados el Gobierno y las delegaciones extranjeras cuando Moscú estuvo amenazado, fue anteriormente y es de nuevo Samara.

Unidades y formaciones militares

Siguiendo la práctica ampliamente aceptada, aunque en modo alguno universal, las unidades y formaciones más pequeñas se indican mediante ordinales: la 150.ª División. Los cuerpos se indican con numerales romanos: VIII Cuerpo Acorazado. Los ejércitos y sus equivalentes (grupos Panzer alemanes, por ejemplo), así como los frentes (rusos) o grupos de ejércitos (alemanes), se escriben de manera completa: Octavo Ejército, Primer Frente Bielorruso, Grupo de Ejércitos Centro. Cuando se hace referencia de manera colectiva o en términos generales, las divisiones, cuerpos y ejércitos no se han escrito en mayúsculas. Cuando se hace referencia a una formación individual, se trata como un nombre propio: el Octavo Ejército.

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LA HUIDA DEL LOBO RABIOSO: EL IMPACTO A LARGO PLAZO DE LA GUERRA EN EL ESTE

A finales de la década de 1960, una nueva oleada del virus de la rabia, que se había extendido con rapidez hacia el oeste entre los mamíferos salvajes de toda Europa, alcanzó el canal de la Mancha. La rabia es endémica en muchas partes del mundo. Un mordisco con saliva infectada transmite el virus —y puede causar una muerte horrible— a animales domésticos y seres humanos. Las autoridades del Reino Unido, que llevaba mucho tiempo sin rabia gracias a unas estrictas regulaciones de cuarentena, temían que la enfermedad saltara la barrera natural del canal de la Mancha. Los científicos estaban de acuerdo en que el virus, transmitido en la vida salvaje sobre todo por lobos y zorros, había estado extendiéndose hacia el oeste a través de Europa desde el final de la Segunda Guerra Mundial en 1945. En 1967, se conocieron 2.775 casos de rabia en la República Federal de Alemania y los primeros 199 casos en Suiza. En 1968 la enfermedad llegó a Francia, con 60 casos comunicados.1 Estaba claro que, desde la guerra, la epizootia —el equivalente animal de una epidemia humana— se había dirigido de manera implacable hacia el oeste, más que hacia el este, el norte o el sur. ¿Por qué?

Todo empezó cuando lobos y zorros afectados por la rabia habían huido del frente oriental en la Segunda Guerra Mundial, en el momento en que los alemanes se veían obligados a retroceder hacia el oeste por el avance del ejército rojo entre 1943 y 1945.2 Es bien sabido que el telón de acero establecido entre el Este y el Oeste después de la guerra funcionó como una barrera eficaz no sólo para las personas, sino también para los animales.3 Los mamíferos enfurecidos portadores de la rabia se habían desplazado hacia el oeste antes del descenso del telón de acero al final de la guerra y, por supuesto, no se detuvieron. Y un cuarto de siglo después, los efectos medioambientales de esa guerra estaban lamiendo el canal de la Mancha y amenazando al Reino Unido.

Si los combates en el frente oriental tuvieron ese efecto en lobos y zorros enloquecidos, y sobre el medio ambiente, ¿qué efecto hubo de tener la guerra en los millones de personas de las naciones educadas y civilizadas de Europa central y oriental? ¿Cuáles fueron las consecuencias de una guerra que fue «espantosa más allá de lo imaginable», que no sólo no tenía precedentes en su escala y violencia, sino que además se «revolcó en un lodo de criminalidad»?4

A finales de la década de 1960, el miedo a la rabia no era la mayor preocupación para la seguridad de Europa occidental y el Reino Unido. La mayor amenaza —y entonces era muy real— era la de una guerra termonuclear. Al margen de quién había empezado un conflicto así, los misiles que caerían en Europa occidental, el Reino Unido y Estados Unidos probablemente habrían salido de la Unión Soviética. Y la Unión Soviética se había convertido en una potencia mundial armada con misiles nucleares como resultado directo de la guerra en el frente oriental.

Este libro narra la historia de esa guerra. La guerra terrestre más grande, costosa y brutal de la historia de la humanidad se libró entre la Unión Soviética y la Alemania nazi durante 1.418 días, desde el 22 de junio de 1941 hasta el 9 de mayo de 1945, en un frente que iba desde el círculo ártico hasta el Cáucaso, desde el mar de Barents hasta el mar Negro, a lo largo de 3.200 kilómetros. Tal y como se prometió, justo tres meses después de que terminara la guerra en Europa, entre el 8 y el 9 de agosto de 1945, la Unión Soviética atacó a un ejército japonés de un millón de hombres en Manchuria y logró que se rindiera en ocho días, aunque la lucha continuó en la región y en las islas Kuriles hasta el 1 de septiembre.5

Las bajas soviéticas en ese período de 1941-1945 se estiman ahora en 27 millones de muertes directas, entre militares y civiles. La cifra supone casi la mitad de las víctimas totales de la Segunda Guerra Mundial. Pero la «pérdida demográfica global», la diferencia entre la población que tenía la Unión Soviética después de la guerra y la que debería haber tenido si ésta no hubiera estallado, podría ser de 48 o 49 millones. Alemania probablemente perdió 4,3 millones de militares como consecuencia de las batallas en el frente oriental.6 Y esas bajas no incluyen el legado invisible de las guerras que sólo ahora estamos empezando a reconocer: las bajas psicológicas, las víctimas afectadas de trastornos nerviosos y estrés postraumático, y el consuelo que esas personas buscan.

Otro truculento efecto secundario de la guerra en el este fue una intensificación de la persecución nazi de los judíos y la «solución final», que sólo alcanzó sus dimensiones más obscenas después de 1941. El Holocausto había empezado antes: periódicos británicos atentos ya estaban denunciando la deportación de judíos alemanes en la década de 1930, aunque muchos judíos pudieron emigrar. No obstante, la ofensiva alemana a través de Europa central y oriental puso a varios millones de judíos más bajo control alemán. Hitler había identificado a los bolcheviques que gobernaban en la Unión Soviética con los judíos, pese a que la actitud del Kremlin hacia su propia población judía mostró un antisemitismo sin reparos. Pero los delirios de Hitler estaban formados por una lógica pervertida y supersticiosa. Con la muerte de tantos arios en el frente oriental, tenía que acelerarse la exterminación de judíos y otros «indeseables» para equilibrar las cuentas. El ejército rojo y el NKVD no eran aprensivos, pero cuando liberaron Auschwitz en enero de 1945, incluso ellos quedaron atónitos.7

Desde 1944, la Unión Soviética llamó a su campaña victoriosa contra la Alemania nazi de 1941 a 1945 la «Gran Guerra Patria», interpretándola como una continuación, aumentada exponencialmente, de la «Guerra Patria» de 1812 contra Napoleón (aunque hasta entonces se había usado este último término). Se han hecho y pueden hacerse muchas comparaciones entre las dos guerras en las que una Rusia autocrática y autoritaria luchó contra dos de los dictadores más extravagantes de la historia, primero Napoleón y luego Hitler. Por más represivo que fuera el régimen interno, tanto bajo el zar como bajo la estrella roja, la mayoría de la población (aunque ni mucho menos la totalidad) acudió a su llamada, prefiriendo un despotismo nacional a cualquier alternativa impuesta desde el extranjero. (Es una lección para aquellos que en la actualidad se empeñan en exportar su idea de democracia.) En ambos conflictos se produjeron combates cuerpo a cuerpo, así como las mayores batallas convencionales de la época. Los rusos dejaron tierra quemada al retirarse, pagando un precio terrible por la victoria. Y después llegó la venganza, que culminó con la ocupación de la capital del enemigo. Tras la derrota de la Alemania nazi, en la conferencia celebrada en Potsdam en julio de 1945, Averill Harriman, embajador estadounidense en Moscú, felicitó a Iósif Stalin por el éxito de sus tropas al alcanzar la capital, Berlín. «Alejandro I llegó a París», replicó Stalin lacónicamente, en referencia a la ocupación de París por tropas rusas en 1815.8

La desacertada invasión de Rusia por parte de Napoleón en 1812 fue sólo una de varias campañas que sellaron su suerte en una guerra europea de coaliciones. El papel de la Unión Soviética en la Segunda Guerra Mundial, de la misma manera, fue sólo parte del complejo rompecabezas de la victoria.

La Segunda Guerra Mundial no fue un único conflicto, sino que estuvo formada por varias guerras separadas que se fusionaron al atraer a las potencias mundiales en los campos económico y militar. La primera guerra, que empezó con la invasión alemana de Polonia (con el beneplácito soviético) el 1 de septiembre de 1939, fue una «guerra de gabinete» a la antigua usanza por el equilibrio de poder europeo. En la segunda guerra, Italia, aliada de Alemania, trató de establecer un dominio en el Mediterráneo y el norte de África. La guerra soviético-finlandesa de 1939-1940 y la ocupación de los países bálticos y Besarabia en 1940 fueron asimismo cuestiones relativamente convencionales, cuyo propósito era proteger Leningrado, la segunda ciudad de la Unión Soviética, y otras partes de la frontera occidental. La tenaza soviética en Europa oriental precipitó la tercera gran guerra, la más grande y sanguinaria, que es el tema de este libro. Hitler necesitaba los recursos naturales y humanos y el espacio vital de la Unión Soviética para garantizar a Alemania una posición de potencia mundial. Además, el nazismo también había crecido como respuesta a la amenaza percibida del comunismo, y también ese conflicto se libró en este inmenso teatro. Fue la colisión de dos dictaduras en una tierra que se había extendido en una vasta llanura por medio mundo, que los geopolíticos consideraban el centro de Eurasia. La cuarta gran guerra, entre Japón y las otras potencias imperiales, tuvo su origen en la invasión nipona de China en 1937, pero se convirtió en parte de la guerra mundial el 7 de diciembre de 1941.9 Aunque el aislacionista Estados Unidos se había mostrado reticente a participar en las enredadas alianzas, al cabo de cuatro años emergió de la guerra como una de las dos «superpotencias» militares, científicas y económicas del mundo. La otra era la Unión Soviética.

Sin el dominio británico y estadounidense del mar, la campaña aérea estratégica y la guerra en el Pacífico, es muy posible que la Unión Soviética hubiera caído derrotada en 1942 o, al menos, que la guerra en el este se hubiera prolongado mucho más.10 No obstante, durante el período crítico de finales de 1941 y todo el año 1942, la potencia estadounidense sólo estaba empezando a arrancar y los bombardeos estratégicos aliados contra Alemania se hallaban en sus albores, como confirmó su máximo exponente, el mariscal de la Royal Air Force sir Arthur Bomber Harris.11 De todas las hebras entretejidas, la guerra en el frente oriental fue probablemente la lucha militar, económica y política crucial de la Segunda Guerra Mundial. Sin lugar a dudas lo fue entre mediados de 1941 y de mediados a finales de 1943, cuando el resultado de la guerra pendía de un hilo.12 Después de esa fecha, los aliados occidentales habían desembarcado en el continente tras la invasión de Sicilia, que coincidió con la última gran ofensiva alemana en el este en Kursk, y los japoneses se veían obligados a retroceder en el Pacífico. El fracaso de la operación Barbarroja, que quedó en evidencia durante 1942, creó las condiciones para que la iniciativa pasara a los aliados a finales de ese año.13 Por esa razón, este libro presta especial atención a ese período y especialmente a 1942.

No es casual que, ya en enero de 1943, con asombrosa presciencia, la revista americana Time nombrara a Stalin Hombre del Año 1942 (véase lámina 4).14 Visto a posteriori, resulta singular que los estadounidenses eligieran al dictador georgiano, pero subraya la escala del éxito soviético en ese año precario.

El líder británico Winston Churchill, que aborrecía el comunismo y no sentía simpatía por los rusos, reconoció de manera similar su papel crucial en la guerra. En un discurso al parlamento del Reino Unido en 1944 su análisis fue agudísimo.

El avance de sus ejércitos desde Stalingrado hasta el río Dniéster, con vanguardias que se extienden hacia el Prut, un progreso de mil quinientos kilómetros logrado en un solo año, constituye la mayor causa del derrumbe de Hitler. Desde la última vez que me dirigí a ustedes, no sólo los invasores hunos han retrocedido de las tierras que habían asolado, sino que el valor y el liderazgo ruso han desgarrado las entrañas del ejército alemán. Los pueblos de todas las Rusias han tenido la suerte de encontrar en su terrible suplicio a un caudillo guerrero, el mariscal Stalin, cuya autoridad le ha permitido combinar y controlar los movimientos de ejércitos de muchos millones de soldados en un frente de tres mil kilómetros.15

En una frase de su discurso, Churchill había contenido la escala y el significado de la campaña soviética, y en una palabra, «liderazgo», la maestría soviética en la dirección de la guerra al más alto nivel en los planos operativo y estratégico. En la última frase, Churchill alude a la desagradable pero innegable realidad de que sólo mediante la autoridad que ejercían el dictador soviético y su aparato de seguridad podía coordinarse un esfuerzo de guerra de semejante escala en un país como aquél.

La Gran Guerra Patria (con la campaña en Manchuria como apéndice final) fue el mayor conflicto terrestre, con un significativo componente aéreo, de la historia; un conflicto que selló la destrucción de la Alemania nazi. Pero no sólo eso, también marcó el rumbo del siguiente medio siglo de la historia del mundo: el orden mundial polarizado que dominó las relaciones internacionales hasta la década de 1990. En 1942, el gobierno británico había estado elaborando un plan de acción «en caso de un derrumbe soviético».16 En abril de 1944, el Foreign Office calculó, correctamente, que la Unión Soviética saldría de la guerra «como la mayor potencia terrestre del mundo y una de las tres mayores potencias aéreas». Y lo que es más importante, sería el «exponente máximo de un nuevo sistema económico y político y un nuevo tipo de estado plurinacional». Por último, la URSS sería, como en el pasado, la gran potencia eslava, heredera de la grandeza y el legado de la vieja Rusia. «Tendrá mucho prestigio y un gran orgullo de sí misma.»17 La guerra, por consiguiente, imprimió grandeza a la Unión Soviética. Su legado sigue impreso en las Naciones Unidas y en organizaciones de seguridad internacional como la OTAN, la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa y otras alianzas, tratados, procesos de desarme y prácticas comerciales. La posición de Rusia como uno de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, y su estatus de gran potencia militar y diplomática en el mundo de hoy, aunque reducido en comparación con el de la Unión Soviética, es innegablemente resultado de su victoria en la Gran Guerra Patria. Antes de eso, era poco más que un paria en la comunidad internacional, al que se veía como uno de los «estados canallas» de la actualidad.

Por lo tanto, la guerra definió a la Unión Soviética y la Rusia moderna. Aunque la URSS había sido concebida durante la revolución bolchevique de noviembre de 1917, no cuajó por completo hasta 1924. Sólo llevaba diecisiete años de existencia como entidad política completamente unida cuando estalló la Gran Guerra Patria. Aún más que la industrialización y la colectivización forzada de las décadas de 1920 y 1930, la gran purga de 1937, la guerra fría y la carrera espacial, fueron los cuatro años de la más terrible de las guerras los que definieron la historia rusa y soviética. Como la guerra de Secesión en Estados Unidos, que fundió una colección de estados individuales en una sola nación, la Gran Guerra Patria hizo de la Unión Soviética una superpotencia propulsada al espacio.

No obstante, el esfuerzo invertido en esos cuatro años y la posterior lucha contra Occidente —que comenzó sin el menor respiro— en última instancia quebraron a la Unión Soviética. El conflicto fue una catástrofe medioambiental y demográfica. La Rusia moderna, su estado sucesor, una de las quince naciones creadas tras la disolución de la URSS en diciembre de 1991, constituye una baja a largo plazo de la Gran Guerra Patria. La mayoría de las batallas significativas de la Gran Guerra Patria, aparte de las de Moscú, Stalingrado, Kursk y el sitio de Leningrado, se produjeron fuera de Rusia: en Ucrania, Bielorrusia, y en países que ahora forman parte de la OTAN, los países bálticos, Polonia, la Alemania reunificada. La guerra se libró desde Rusia, pero en su mayor parte en territorio no ruso. En última instancia, eso podría haber ayudado a amalgamar la identidad rusa, a costa de la identidad y la unidad soviéticas, lo cual condujo a la ruptura de lo que ahora se conoce como el espacio de la antigua URSS.18

Durante el período soviético, la historia de la Gran Guerra Patria, aunque bajo un barniz de objetividad científica, estaba llena de omisiones y agujeros profundos y oscuros. Desde la disolución de la Unión Soviética al final de 1991, la reafirmación de la identidad nacional por parte de antiguas repúblicas soviéticas (especialmente los países bálticos), la reunificación de Alemania y la apertura de los archivos soviéticos a académicos occidentales han hecho posible reescribir la historia. Gran parte estaba oculta; sobre todo el gran número de bajas soviéticas. Esas pérdidas, que el líder Nikita Jruschov cifró modestamente en «más de 20 millones» en la década de 1960,19 se calculan ahora en 26 o 27 millones, incluidos los civiles, de los cuales 8.668.400 han sido confirmados como «bajas irrecuperables» entre las fuerzas armadas (ejército, fuerza aérea, marina, guardias de frontera y Ministerio del Interior). La última cifra, revelada en un pionero estudio publicado en 1993, incluye muertos en el campo de batalla, desaparecidos en acción y prisioneros que no volvieron.20 David Glantz identificó con éxito una gran batalla —la operación soviética Marte— que ocurrió al mismo tiempo que la de Stalingrado y fue comparable a ésta en tamaño, pero que los soviéticos simplemente borraron de la historia porque la perdieron.21

La cooperación militar y económica con Alemania durante las décadas de 1920 y 1930, y especialmente durante el período del pacto de no agresión del 23 de agosto de 1939 al 22 de junio de 1941 —que equivale a un tercio de toda la Segunda Guerra Mundial—, ha sido desdeñada por fuentes rusas, igual que el impacto parcial pero decisivo de la ayuda de los aliados occidentales y la Ley de Préstamo y Arriendo. También se han desdeñado el papel de las fuerzas del Ministerio del Interior o Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos (Narodny Kommissariat Vnútrennij Diel, NKVD), los guardias de fronteras y otros «órganos de la seguridad del Estado» y la fortaleza de la resistencia al poder soviético. Esa resistencia no se limitó a las repúblicas no rusas, sobre todo Ucrania y los países bálticos, sino que planteó una amenaza real al gobierno en la propia Rusia. Muchas personas prefirieron huir a los bosques a quedarse esperando una visita del NKVD y, como mostrará la investigación, los temores del gobierno soviético de ser derrocados desde dentro mientras trastabillaban por el impacto de un ataque sin precedentes desde el exterior eran fundados. Sus medidas de seguridad distaban mucho de estar injustificadas o de ser simplemente paranoicas. Si Rusia quiere seguir adelante y enfrentarse con seguridad a los desafíos del futuro, antes debe desenredar su pasado estalinista.

De todas estas cuestiones, quizá la más crítica hoy es el impacto demográfico de la Gran Guerra Patria en la Unión Soviética y en la Rusia moderna. Los hechos son inciertos y muy discutidos, para empezar porque no tenemos ninguna cifra firme del número de habitantes de la Unión Soviética cuando empezó la Gran Guerra Patria en 1941. Este desconocimiento se debe en parte a la enorme pérdida de vidas —conservadoramente estimada en 7 millones— que ocasionó la hambruna en Ucrania de 1932-1933 y los resultados de la represión estalinista, que tuvo su clímax en las purgas de 1937. En 1914, el Imperio ruso probablemente tenía 150 millones de habitantes y se le atribuían unos «recursos humanos» inagotables en comparación con los de sus adversarios europeos. Se realizaron cuatro censos soviéticos en el período de entreguerras: 1920, 1926, 1937 y 1939. La población oficial en 1926, en cuyo momento el país, asolado por la guerra, había recuperado cierta estabilidad, era de 148,8 millones. Los demógrafos calculan un incremento anual promedio del 2,3 %. Con el cálculo más conservador, añadiendo un 2,3 % anual en lugar de hacer un porcentaje compuesto, la población debería haber sido de 186,4 millones en 1937. El porcentaje compuesto daría como resultado 191 millones. De hecho, la población según el censo de 1937 era de sólo 156 millones: 30,4 millones menos que la cifra menor, lo cual representa un incremento de población de poco más de 7 millones en once años. Es prácticamente imposible decir cuántas de esas muertes deberían atribuirse a fallecimientos en prisiones y campos y cuántas a la hambruna.22

Stalin actuó como cabía esperar y el 26 de septiembre de 1937 Pravda, el periódico oficial soviético, denunció el resultado como un «incumplimiento extremadamente burdo de los principios elementales de la ciencia estadística».23 En otras palabras, habían dado la respuesta equivocada. Stalin ordenó que se realizara otro censo a principios de 1939.

El censo de 1939, llevado a cabo por funcionarios nerviosos, produjo un resultado más aceptable de 167 millones, aunque las autoridades soviéticas sumaron entonces otros 3 millones para llegar a los 170, la cifra más ampliamente aceptada de población soviética antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial.24 Aunque menor de lo que podría haber sido, desde el punto de vista del combate bélico, la cifra todavía se comparaba favorablemente con los 80 millones de personas que vivían en la Alemania de preguerra, los 130 millones de estadounidenses y los 46 millones de habitantes del Reino Unido. El botín del Pacto Mólotov-Ribbentrop —la ocupación de «Ucrania occidental» y «Bielorrusia occidental» en septiembre de 1939 y la incorporación formal de Moldavia, Estonia, Letonia y Lituania en 1940— probablemente incrementó a 190 millones la población bajo control del gobierno soviético. Al inicio de la Gran Guerra Patria, el 22 de junio de 1941, parece justo estimar la población en el territorio entre Europa central y el océano Pacífico que se hallaba nominalmente controlada por el gobierno soviético entre 196 y 197 millones, aunque muchos de estos habitantes no reconocieran el poder soviético y el descontento fuera evidente en algunas regiones, sobre todo en el Báltico. El cálculo alemán, que tenía que incluir la población de los territorios anexionados, era de 180 millones.25

La cifra de 196,7 millones, fundamentada en «datos ajustados del censo de 1939», es la base para afirmar que hubo de 26 a 27 millones de «exceso de muertes» durante la guerra. No es lo mismo que muertes directamente atribuibles a la guerra, porque, por definición, se incluyen las víctimas de la represión interna.26 En 1990, en un discurso con ocasión del cuadragésimo quinto aniversario de la victoria, Mijaíl Gorbachov dio una cifra de 26,6 millones, aunque un artículo de Véstnik statístiki [Boletín de Estadística] publicado meses después explicaba cómo se había llegado a esas cifras y afirmaba que sería más preciso hablar de entre 26 y 27 millones.27 Si los 196,7 millones son un cálculo sobreestimado de la población de junio de 1941 (como bien podría ser el caso), entonces las bajas soviéticas en la guerra serían inferiores. Al contrario, y ésta es la mayor zona de duda, el número de personas en los territorios anexionados en 1939-1940, que siguieron perteneciendo a la Unión Soviética después de la guerra, podría haber sido mayor, en cuyo caso las muertes «soviéticas» en la guerra también habrían sido más numerosas. Esta valoración de «exceso de muertes» durante la guerra no tiene en cuenta las bajas entre poblaciones cuyos territorios se incluyeron en la Unión Soviética después de 1945. Estos habitantes sumaban casi 1,9 millones, la mayoría finlandeses de la Karelia anexionada, alemanes de Königsberg, que se convirtió en Kaliningrado, y japoneses del sur de Sajalín.28

Establecer las bajas militares soviéticas resulta un poco más fácil, pese a que sigue siendo una ciencia incierta y disputada. En Grif sekrétnosti sniat [El sello secreto levantado], el equipo del coronel general Krivoshéyev proporcionó un análisis amplio, creíble y preciso.29 Las cifras son asombrosas. El total de hombres y mujeres movilizados durante la guerra fue de 34.401.807, incluidos los 4.826.907 hombres en armas —ya fuera en el ejército, la armada, la fuerza aérea, el NKVD o la guardia de fronteras— en junio de 1941. Durante la guerra se movilizaron otros 29.574.900 hombres y mujeres, y las bajas ascendieron a 21.700.000. Las «bajas irrecuperables» superan la mitad de esta cifra, aunque cabe distinguir tres conjuntos. El primer conjunto, un total de 11.444.100, es la cifra de los que quedaron fuera de combate, por la razón que fuera, durante el conflicto. Esto es, muertos en acción; muertos por heridas, enfermedad o frío; ejecutados por los propios soviéticos por cobardía u otros crímenes; tomados prisioneros por los alemanes, o simplemente desaparecidos. El segundo grupo, 8.668.400, corresponde a la pérdida demográfica final: los muertos en el campo de batalla o en cautividad alemana. Pero casi 3 millones de los que habían sido descartados como parte de la primera cifra volvieron, aunque no necesariamente fueron recibidos como héroes. Entre ellos había soldados en formaciones cercadas que luego reaparecieron, con frecuencia para enfrentarse al interrogatorio en el Gulag, y 1.836.000 prisioneros liberados de campos de prisioneros de guerra y campos de concentración alemanes, que volvieron a ser enviados a la lucha. La tercera cifra, 12.400.900, es consecuencia de aquellos declarados desaparecidos por más de una organización. Dada nuestra experiencia moderna con ordenadores, el hecho de que sólo un millón adicional de combatientes se añadiera al registro por doble contabilidad debería considerarse un triunfo de la eficiencia soviética.30

Los otros 10 millones de «bajas irrecuperables» cubren 3,8 millones de heridos, enfermos o médicamente exentos. No obstante, la cifra también incluye 3,5 millones de redirigidos a las fábricas o a unidades de defensa aérea local, así como casi 1,5 millones que se transfirieron a otras organizaciones de seguridad. En términos del esfuerzo bélico se calcula que más de 6 millones no deberían ser considerados irrecuperables, reduciendo la cifra global a 15.500.000.31

Las cifras hasta el momento se relacionan con la Gran Guerra Patria contra los alemanes y sus aliados en el oeste. La campaña relámpago de un avezado ejército rojo contra los japoneses, que empezó tres meses después de la victoria en Europa, se saldó con 12.031 bajas, de las cuales 9.780 soldados que cayeron en acción, murieron o fueron heridos, 911 que desaparecieron y 1.340 que murieron fuera del combate, ya fuera por enfermedad, accidente, suicidio o medidas disciplinarias.32

Las cifras reveladas por la desclasificación de documentos secretos no incluyen a las «milicias populares» (naródnoye opolchenie), apresuradamente reunidas y lanzadas a la acción con un mínimo de formación previa. Había 4 millones de milicianos, aunque 2 millones se incorporaron al ejército rojo y, por lo tanto, deberían estar incluidos en las cifras mencionadas. Las muertes de los otros 2 millones salen del general de 26 a 27 millones; al igual que los trabajadores de ferrocarril, que desempeñaron un papel crítico para llevar a la mayoría de las tropas —y sus pertrechos— al frente, bomberos, marinos mercantes y pescadores.

Quizá resulte más extraordinario que el estudio de Krivoshéyev no identifique cuántos de todos esos combatientes del ejército, marina, fuerza aérea, guardia de fronteras y combatientes del NKVD eran mujeres. Los cálculos del número de mujeres en la línea del frente durante la guerra varían de 490.235 a 800.000. Entre ellas había francotiradoras, jefas de tanque, tripulación aérea —incluidas las famosas «brujas de noche», escuadrones de bombarderos nocturnos—, policía militar, comunicadoras, intérpretes, doctoras y enfermeras. Por lo que concierne a las autoridades soviéticas del momento, eran combatientes, igual que los hombres con los que vivían, luchaban y ganaban medallas, junto a los que con frecuencia morían y eran enterradas, como puede verse por las terminaciones femeninas de los apellidos en las cruces azules de cemento coronadas por estrellas rojas en los cementerios de guerra soviéticos desde Moscú hasta Berlín. El uso soviético de la otra mitad de la población (podría decirse que más certera) en el esfuerzo bélico atrajo un enorme interés occidental en ese momento y se le dedica apropiada atención en este libro.33

De los 197 millones de habitantes de la URSS en 1941, entre 40 y 42 millones eran ucranianos. Ucrania es hoy un país independiente, uno de los quince estados postsoviéticos. Después de la llamada Revolución Naranja de 2004-2005, su independencia y la orientación europea parecen aseguradas. Durante la Gran Guerra Patria, desgarrada entre el gobierno soviético y la invasión por parte de la Alemania nazi, Ucrania probablemente sufrió más que ninguna otra parte de la Unión Soviética o estado postsoviético. El famoso periodista estadounidense Edgar Snow, que visitó Ucrania en 1943 y de nuevo en 1945, citó a un alto oficial de Ucrania que aseguraba que en la guerra se perdieron 10 millones de personas —un cuarto del total de la población—, y esa cifra excluye a los hombres y mujeres movilizados en las fuerzas armadas soviéticas o alemanas.34 Otros elevan las pérdidas hasta 11 millones e incluso 13,6 millones.35

Al final de la guerra, la naturaleza normalmente tiene una forma de compensar. Como dijo Napoleón de manera escalofriante después de la terrible batalla de Borodino contra los rusos en 1812, «una noche de París los sustituirá». Las convenciones sociales se desechan, surgen nuevas oportunidades, y hombres y mujeres largo tiempo separados recuperan el tiempo perdido. En Occidente, se produjo un indiscutido baby boom. No obstante, en la Unión Soviética y sus estados sucesores las pérdidas parecen haber sido demasiado grandes para compensarlas.

Si la población era realmente de 197 millones en junio de 1941, a finales de 1950, según los niveles de incremento del Imperio ruso o de los primeros tiempos soviéticos, con elevada mortalidad infantil, la población debería haber sido de 201,5 millones como mínimo absoluto o, aplicando el 2,3 % de incremento de manera acumulativa, un máximo de 247 millones. De hecho, era de 181.760.000 y ascendió a 208.827.000 en 1959, en el siguiente censo fiable. Los demógrafos calculan en torno a los 48 millones la «pérdida global» de población, resultante no sólo del exceso de muertes durante la guerra, incluidas las muertes directas, sino también del impacto general sobre la población, resultante de parejas que nunca se conocieron o niños que no nacieron.36

Incluso en la parte del país —la Rusia europea y asiática— no ocupada por los alemanes, la economía de guerra lo invadió todo. El efecto de la migración industrial —que trasladó empresas enteras para reubicarlas en el este— y de alrededor de 15 millones de desplazados internos que huyeron del avance alemán nunca se ha calculado.37

Al contrario, cuando la balanza se inclinó hacia el otro lado, el efecto sobre la población alemana fue similarmente extremo. El gran almirante Dönitz —que sucedió a Hitler como Führer durante una semana— había planeado el «puente marítimo», la evacuación por mar más grande de la historia, para trasladar al oeste a 2 millones de personas desde la costa báltica mientras los soviéticos se acercaban. Las bajas se situaron sólo en torno al 1 % y entre esas bajas se incluían las de la mayor tragedia marítima de la historia, que se produjo cuando el submarino soviético S-13 torpedeó al transatlántico alemán Wilhelm Gustloff cerca de Gdynia, el 31 de enero de 1945. Más de 6.000 refugiados y hombres y mujeres de la tripulación murieron en las aguas gélidas del Báltico, cuatro veces más que en el Titanic. Un nuevo análisis que usa simulación por ordenador sugiere que el número de personas a bordo podría superar las 10.000. Esto significa que, con 996 supervivientes, el número de víctimas podría superar las 9.000.38 Para ambos contendientes, ésta fue una guerra de superlativos y una guerra de extremos.

La Gran Guerra Patria contribuyó de manera incuestionable a la crisis demográfica rusa evidente a principios del siglo xxi. Ello puede verse con claridad en la figura 1.1, que muestra la pirámide de población para la Federación Rusa en 1990, y en la figura 1.2, que muestra la de 2005.

Las personas de cuarenta y cinco a cuarenta y nueve años en 1990 nacieron durante la Gran Guerra Patria. Se aprecia una clara constricción en la pirámide. Aún más destacable y revelador, no obstante, es el desequilibrio entre hombres y mujeres mayores, que refleja las enormes bajas sufridas entre los hombres en la guerra. Hay un desequilibrio fundamental entre hombres y mujeres nacidos entre 1921 y 1925 —los que tenían edad para ir al frente en la Gran Guerra Patria— y el desequilibrio es aún mayor en los dos grupos de edad precedentes, aquellos nacidos entre 1911 y 1920, aunque en este caso la tendencia a la longevidad de las mujeres es probablemente otro factor fundamental.

Como cabría esperar, se aprecia un significativo, aunque no masivo, incremento en la tasa de natalidad después de la guerra. No obstante, si nos fijamos en el grupo de edad entre veinte y veinticuatro años, nacidos entre 1966 y 1970, vemos que la pirámide se contrae otra vez. Una «generación» se calcula en veinticinco años y menos padres representan menos hijos.

Si avanzamos hasta 2005, gráfico mostrado en la figura 1.2, vemos que el efecto de la Gran Guerra Patria se repite.

La «pirámide» se contrae otra vez en torno a los nacidos entre 1941 y 1945, sus hijos, típicamente aquellos nacidos en 1966-1970, y los hijos de éstos, nacidos entre 1996 y 2000. Y el desequilibrio entre hombres y mujeres nacidos antes de esa fecha es asombroso, aunque una vez más la edad en sí —más que las balas alemanas y rusas— se está convirtiendo ahora en un factor. Si bien los bajos índices de natalidad entre la última generación y la crisis demográfica de la Rusia moderna pueden atribuirse a muchos factores, en especial a la combinación de «tasas de natalidad del primer mundo y tasas de mortalidad del tercer mundo» que provoca una espiral descendente, el impacto demográfico recurrente de la Gran Guerra Patria se aprecia con claridad.39

El impacto económico de la guerra también es inimaginable. La parte más productiva del país había sido ocupada por los alemanes y, si no fue asolada cuando se retiraron las tropas soviéticas, lo fue cuando se retiraron los alemanes al volver los soviéticos. En su máxima extensión, la ocupación alemana se extendió sobre casi la mitad del territorio europeo de la Unión Soviética, alrededor de un octavo del total. La zona ocupada contenía dos quintas partes del grano y cuatro quintas partes de la remolacha azucarera producida en la URSS, además de alrededor de una cuarta parte del ganado, tractores y cosechadoras de la nación. En zonas ocupadas de la Unión Soviética, entre ocupantes y defensores destruyeron 1.710 ciudades, 70.000 pueblos, 32.000 plantas industriales y 65.000 kilómetros de vía férrea.40 Sólo en la República Rusa se arrasaron 23.000 escuelas. Los estragos fueron particularmente severos en la industria básica. Entre la mitad y dos tercios de la capacidad industrial soviética quedó inutilizada. Minas que habían producido 100 millones de toneladas de carbón y 20 millones de toneladas de mineral de hierro quedaron destrozadas, y fábricas que habían producido 19 millones de toneladas de acero terminaron total o parcialmente destruidas. En 1945, la producción total soviética, la amplia mayoría de la cual tenía que dedicarse al esfuerzo de guerra, era de 19 millones de toneladas.41

Sesenta años más tarde, el impacto demográfico, medioambiental y político de la Segunda Guerra Mundial se ha absorbido en gran parte en Occidente y en el Pacífico. Antiguos adversarios como Estados Unidos, el Reino Unido, Alemania, Francia o Italia, por nombrar sólo algunos, son aliados en la OTAN y socios interdependientes en la Unión Europea. China y Japón ya no son enemigos. La división de Europa de la guerra fría, que resultó de la victoria aliada, ya no existe. Sin embargo, Rusia, pese a que sigue siendo una gran potencia en el orden mundial, permanece en cierto modo aislada. En los países occidentales, la gente, aunque reconoce de manera adecuada la experiencia trágica de la Segunda Guerra Mundial, ha pasado página. De manera curiosa, o quizá no tanto, el pueblo occidental que más obsesionado sigue estando con la guerra es el británico. Las economías británica y soviética fueron las dos que se movilizaron en mayor escala para el esfuerzo bélico, y ambos países sintieron, durante mucho tiempo, que estaban combatiendo solos. No era así —los británicos estaban recibiendo enormes cantidades de ayuda mediante el programa de préstamo y arriendo antes de que Estados Unidos entrara en guerra—, pero ésa era la sensación. Hay por consiguiente algunas similitudes entre las experiencias rusa y británica de la Segunda Guerra Mundial, pero también enormes diferencias, la más notable de todas es que la Unión Soviética fue invadida y 27 millones de personas —una de cada siete— murieron. Quien visita Rusia no puede dejar de advertir el continuado énfasis en la experiencia de la Gran Guerra Patria. Desde Europa central hasta el Pacífico, desde Murmansk hasta Grozny, los monumentos en recuerdo de la guerra proclaman el mismo mensaje: Nikto ne zabyt. Nichto ne zabyto. (No se olvida a nadie. No se olvida nada.) Lo triste es que muchas personas y cosas serán olvidadas. Pero al contemplar el alcance y la escala del conflicto, su atroz crueldad, arbitrariedad e injusticia, y al comprender que hubo cosas buenas y malas en ambos contendientes, podremos empezar a pasar página.

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GUERRA ABSOLUTA Y TOTAL

«Una guerra mundial, y una guerra de una extensión y violencia inimaginables hasta la fecha.»1 Justo medio siglo antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, Friedrich Engels afirmó que ninguna otra clase de guerra era posible para Alemania. No sólo previó la catástrofe de 1914-1918, un cuarto de siglo antes, sino también, aunque de un modo más impreciso, la silueta distante de la Segunda Guerra Mundial. Su visión es aplicable a la Rusia soviética tanto como a Alemania, y la guerra de 1941-1945 en el frente oriental supuso su cumplimiento definitivo.

Esa guerra rompe todos los registros, anteriores y posteriores, en cuanto a la extensión del frente, la profundidad de avance y retirada, la duración de los combates ininterrumpidos y el tamaño de los ejércitos implicados. Fue también una guerra de suma brutalidad contra civiles, prisioneros de guerra y enemigos heridos, algo que Engels probablemente no imaginó, pese a que escribió antes de que los firmantes de las convenciones de La Haya en 1907 y Ginebra en 1929 intentaran imponer ciertos límites a los horrores de la guerra y sus consecuencias inmediatas. Sin embargo, en el frente oriental, entre 1941 y 1945, ambas partes olvidaron las convenciones. Como la Unión Soviética no había firmado las Convenciones de Ginebra de julio de 1929 sobre el trato de heridos y prisioneros de guerra, así como por otras razones, los alemanes tampoco cumplieron con ellas.2

La crueldad de los combates y las atrocidades más truculentas se habían visto antes, pero no estamos hablando del mundo antiguo o medieval sediento de sangre, ni siquiera el siglo xvi o xvii. Quienes combatieron en esta guerra no fueron educados sin escrúpulos ni como salvajes. Por el contrario, eran hijos de dos de las civilizaciones más avanzadas cultural, científica y tecnológicamente que el mundo había visto. A principios del siglo xx, Alemania y Rusia —después la Unión Soviética— destacaban, como lo habían hecho durante décadas, en literatura, música, arte, ciencia, tecnología, exploración y deporte. Ahora bien, desafortunadamente, el «máximo uso de la fuerza no es en modo alguno incompatible con el uso simultáneo del intelecto», como había observado de manera inquietante Carl von Clausewitz (1780-1831), el gran pensador militar y filósofo prusiano.3 Y desafortunadamente para otros, las grandes civilizaciones del momento suelen ser también las que matan con más eficiencia. Podemos admirar la literatura, las leyes, la lógica y la ingeniería de los romanos, pero en última instancia su dominio se basaba en que constituían una superpotencia militar. Su ejército funcionaba como una motosierra y cuando no esclavizaban a los prisioneros supervivientes, con frecuencia los crucificaban. En el siglo xx, que debería haber sido una era más civilizada, la guerra, por usar la frase de Churchill sobre una nueva edad de las tinieblas, se hizo aún «más siniestra y quizá más prolongada a la luz de una ciencia pervertida».4

Guerra absoluta

Von Clausewitz era un joven general prusiano que asesoraba a los rusos y estuvo presente en muchas batallas de la campaña de 1812, la «Guerra Patria». Su perspicacia, modelada por la cultura de ambos contendientes, es por lo tanto especialmente relevante para la guerra germano-soviética de 130 años más tarde. Von Clausewitz es mencionado con frecuencia, citado ocasionalmente, pero por desgracia poco leído. La descripción de la dinámica del conflicto en el libro De la guerra (que la desconsolada viuda de Von Clausewitz compiló de borradores incompletos tras la muerte prematura del general) es ejemplar. En el conflicto, los contendientes constantemente aumentan las apuestas. Cada uno trata de superar al otro hasta que el oponente cede. Por lo tanto, la dinámica del conflicto constituye un proceso recíproco que, si no se controla, causará una escalada de la violencia hasta que una de las partes decida que no puede continuar la lucha. «La guerra —escribió Von Clausewitz—, es un acto de fuerza y no hay límite lógico para su aplicación. Así pues, cada parte obliga al adversario a hacer lo mismo; se inicia una interacción que debe conducir, en teoría, a los extremos.»5 Eso es lo que ocurrió en el frente oriental.

La tendencia a los extremos se ve agravada por la incertidumbre, porque la guerra es una contienda entre dos voluntades vivas.6 Mientras el oponente exista, constituirá una amenaza potencial. Por lo tanto, hasta que el enemigo sea incapaz de ofrecer resistencia, es posible que te sorprenda, y al hacerlo dictará en cierta medida las condiciones. Y, por último, el esfuerzo bélico se compone de dos factores interrelacionados e inseparables: los medios a tu disposición y la fuerza de tu voluntad.7 En la Gran Guerra Patria, el total de los medios a disposición de los aliados era sin duda mucho mayor que en el caso de los alemanes. En el frente oriental, los medios de que dispuso la Unión Soviética fueron inicialmente mayores que los de los alemanes. Esos medios se recortaron de manera drástica cuando, en un período relativamente corto, los alemanes invadieron un área del mismo tamaño que lo conquistado por Alejandro Magno, pero como resultado de la evacuación de la industria hacia el este, tema tratado en el capítulo 9, los soviéticos se recuperaron de nuevo.8 Puede que la voluntad de los pueblos soviéticos también flaqueara, pero en última instancia se demostró superior y se expresó en la mayor voluntad de movilizar todos los aspectos de los recursos de la nación.

«Si razonamos en términos puramente absolutos —escribió Von Clausewitz—, podríamos proclamar que [...] ya que el extremo debe ser siempre el objetivo, siempre hay que ejercer la máxima fuerza.»9 Por otra parte, «cualquier consumo de tiempo adicional —cualquier suspensión de la acción militar— parece absurdo».10 Las «pausas operacionales» estarían fuera de lugar. Sin embargo, en la práctica siempre hay modificaciones. El derecho consuetudinario internacional impone una, a pesar de que Von Clausewitz tendía a descartarlo, ya que sus garantes principales son el Estado y la ley, y por lo tanto la guerra lo eliminaría en gran parte.11 Así ocurrió en el frente oriental, sin lugar a dudas. Otras limitaciones surgen del hecho de que todos los recursos de las partes en conflicto no pueden movilizarse de inmediato ni aplicarse de forma simultánea, y dependen también de la naturaleza de los recursos: las fuerzas combatientes, el país, con sus características físicas y de población, y sus aliados.12 Y, por último, de la «fricción». De la ley ineludible de la naturaleza según la cual si algo puede salir mal, saldrá mal.13 En la guerra de 1941 a 1945 en el frente oriental, cada contendiente tenía por objetivo la destrucción total del enemigo. Las «modificaciones en la práctica» derivaron de limitaciones de la logística, el terreno, el clima, así como de limitaciones tecnológicas y de capacidad de resistencia humana y animal (sobre todo de los caballos), más que de leyes y costumbres de la guerra.

Von Clausewitz se preguntó si la guerra alcanzaría esta forma absoluta y definitiva. La alcanzaría si:

1. La guerra fuera un hecho totalmente aislado, que ocurriera de repente y sin relación con la vida política anterior.

2. Consistiera en un solo acto decisivo o un conjunto de actos simultáneos.

3. La decisión alcanzada fuera completa y perfecta en sí misma, sin influencias de ningún cálculo previo sobre la situación política que ocasionaría.14

Es evidente que la guerra en el frente oriental no fue un acto aislado, sino parte del complejo entramado de la Segunda Guerra Mundial, y su naturaleza y recorrido estaban predestinados por las fuerzas que lo generaron. Tampoco consistió en un solo acto decisivo ni en varios simultáneos. Descargó su energía a lo largo de 1.418 días, con un avance alemán a diferentes velocidades y en diferentes direcciones, que culminó en Stalingrado y el Cáucaso, y luego fue perdiendo fuerza ante la potencia creciente del ejército rojo. Como también señaló Von Clausewitz, «la proporción de los medios de resistencia que no pueden ejercerse de manera inmediata es mucho mayor de lo que en un principio cabría pensar. Aun cuando se gasta gran fuerza en la primera decisión y se altera el equilibrio, éste puede restablecerse».15 Incluso después de asombrosas derrotas y de la pérdida de 3 millones de prisioneros, el equilibrio se restableció a las puertas de Moscú. La naturaleza política de la guerra también cambió. Para la Unión Soviética, comenzó como una lucha por la supervivencia, pero terminó con la conquista de gran parte de Europa oriental y central. La destrucción de la Wehrmacht continuó siendo el principal objetivo de los soviéticos, pero lograrlo en el contexto de una gran guerra de alianzas requería un ajuste constante y el compromiso con los aliados. En ocasiones se equivocaron. Si Stalin hubiera estado preparado para confiar en que los aliados occidentales se ceñirían al acuerdo de dividir Alemania por el Elba, tal vez no habría sentido la necesidad de realizar una carrera tan imprudente hacia Berlín, con el mayor número de bajas diarias de cualquier operación soviética en la guerra (aparte de las catastróficas «batallas de frontera» de junio de 1941, cuando los alemanes desataron la operación Barbarroja).16 Y si Stalin hubiera sabido que Estados Unidos estaba a punto de lanzar bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, quizás habría pospuesto la invasión de Manchuria prevista e iniciada el 9 de agosto de 1945.

Sometida a estas inevitables «modificaciones en la práctica», la guerra en el frente oriental fue probablemente la guerra más «absoluta» jamás librada, por ambas partes. También fue el principal ejemplo de la famosa «trinidad» de Von Clausewitz:17 la violencia primigenia, el odio y la enemistad; el juego de azar y las probabilidades; y la dirección política de la cual la guerra es, y debe seguir siendo, un instrumento. El primero de los tres pilares se refiere principalmente a la gente. La violencia por un lado genera violencia en el otro. Las fuerzas soviéticas que entraron en Alemania en 1945 estaban espoleadas por exhortaciones a la venganza. El segundo pilar —hacer malabarismos con las probabilidades en un juego de azar caótico— era responsabilidad de los mandos militares. Pocos ejemplos mejores puede haber que la insistencia imprudente de Hitler en que el Sexto Ejército continuara su lento avance hacia Stalingrado mientras el mando soviético, de manera implacable, acumulaba fuerzas para el movimiento de tenazas de una contraofensiva que lanzaría el 19 de noviembre de 1942, coincidiendo con las primeras nevadas intensas. El tercer elemento de la trinidad —el objetivo político, y la forma en que puede cambiar— sólo depende del gobierno. En el lado soviético, la interacción entre los altos mandos del ejército rojo, los servicios de seguridad e inteligencia y el Comité de Defensa del Estado (Gosudárstvenny Komitet Oborony, GKO), que reunía a los dirigentes de la política exterior y económica, proporciona un buen ejemplo de ello.

El primer elemento de la trinidad —la violencia primigenia, el odio y la enemistad— fue alimentado por la falta de restricciones legales en ambas partes. El primer intento general de restringir el maltrato a prisioneros y heridos y proteger a la población civil mediante la definición de distinciones entre combatientes y no combatientes culminó en las Convenciones de La Haya de octubre de 1907, y en especial la Cuarta Convención relativa a las «Leyes y costumbres de la guerra terrestre». El Imperio ruso las firmó —de hecho, desempeñó un papel importante en la consecución de estos acuerdos—, pero ya en 1917-1918 el nuevo gobierno soviético se negó a aceptar que los soldados del Ejército Rojo de Trabajadores y Campesinos se rindieran a sus «enemigos de clase», y dejó de considerarse signatario. La URSS no se reconoció como estado sucesor hasta 1955.18 Entretanto, en 1929, cuarenta y tres partes firmaron la Tercera Convención de Ginebra —de hecho, dos—, que se ocupa del personal militar caído en manos del enemigo: una relativa a los prisioneros de guerra, la otra sobre el cuidado de los heridos. Estos tratados tuvieron inmensa importancia para algunos de los prisioneros tomados durante la Segunda Guerra Mundial. Estados Unidos, Alemania, Italia, Francia, el Reino Unido y sus dominios los firmaron. Lamentablemente, dos importantes protagonistas de la Segunda Guerra Mundial no lo hicieron. Se trata de Japón y la Unión Soviética.19 La URSS, sin embargo, suscribió el Protocolo de Ginebra de 1925 que prohibía el uso de gas venenoso y la guerra bacteriológica, y el Procès-verbal (jerga diplomática para referirse a un informe escrito) de Londres de 1936 sobre las normas de la guerra submarina contra buques mercantes.20

Después del inicio de la guerra en 1941, la Unión Soviética afirmó, algo engañosamente, que su única razón para no firmar las Convenciones de Ginebra de 1929 era el artículo 9. Este artículo, que especificaba que los prisioneros de guerra debían ser segregados racialmente en campos diferentes, suponía una violación de la Constitución de la Unión Soviética.21 Otro pequeño problema era que el gobierno suizo no había reconocido al estado soviético. Fuera cual fuese la verdadera razón, el hecho de que la Unión Soviética no hubiera firmado las Convenciones de Ginebra de 1929 sin duda hizo el juego al régimen de Hitler, aunque los nazis probablemente habrían llevado a cabo de todos modos su política genocida contra combatientes, no combatientes y prisioneros de guerra. El caso es que la URSS no había suscrito los convenios y, por lo tanto, Alemania no sentía ninguna obligación de respetarlos en el frente oriental.

El 9 de agosto de 1941, Averill Harriman explicó al secretario de Estado de Estados Unidos, Cordell Hull, que la Unión Soviética había garantizado que observaría la Convención de La Haya de 1907, el Protocolo de Ginebra de 1925 sobre la guerra química y bacteriológica y una de las dos Convenciones de Ginebra de 1929, concretamente, la relativa a la atención de los enemigos heridos y enfermos.22 El 17 de julio, el gobierno soviético había emitido una nota diciendo que respetaría la Convención de La Haya, e incluso antes, el 1 de julio, el Consejo de Comisarios del Pueblo promulgó un decreto sobre «la situación de los prisioneros de guerra», que estaba en consonancia con las Convenciones de La Haya, a pesar de que apenas se respetó, al menos en la primera parte de la guerra.23 No obstante, y éste fue el problema, la Unión Soviética dijo que sólo observaría los acuerdos «con respecto a Alemania en la medida en que Alemania los observara».24 No era eso lo que los estadounidenses querían oír, porque, a pesar de que todavía no estaban en guerra, sabían que algún día podrían estarlo. Si la Unión Soviética maltrataba a prisioneros de la Wehrmacht, los alemanes podrían tomar represalias, y la práctica podría extenderse a otros prisioneros de guerra, entre los que podría haber estadounidenses. Repetidas preguntas sobre la convención relativas a prisioneros de guerra sanos quedaron sin respuesta. La URSS no iba a aceptar eso, porque, a diferencia de la Convención de La Haya de 1907, especificaba que debían darse a conocer los nombres de los prisioneros, que éstos tenían derecho a mantener correspondencia con sus familiares y que los campos de prisioneros debían ser inspeccionados por observadores neutrales de la Cruz Roja.

Aplicar esa idea en el frente oriental era impensable tanto para los soviéticos como para los alemanes. Los primeros creían que cualquiera de sus combatientes que permitía que lo capturaran era probablemente un traidor y un contrarrevolucionario. Después de la guerra soviético-finlandesa de 1939-1940 (la guerra de Invierno), muchos de los 5.000 soldados soviéticos que habían caído en manos enemigas fueron deportados y nunca se los volvió a ver.25 El artículo 58 del Código Penal soviético prohibía a los soldados —incluso a los heridos— que se dejaran hacer prisioneros. El ejército rojo era el único del mundo donde ser hecho prisionero equivalía a deserción y traición.26 El gobierno y el mando militar no tenían el más mínimo interés en lo que ocurriera con sus soldados en cautiverio alemán. De hecho, tras ser puestos en libertad al final de la guerra, los prisioneros que habían sobrevivido fueron enviados por lo general al Gulag o fusilados, e incluso muchos que habían luchado y habían logrado salir del cerco alemán durante la guerra corrieron la misma suerte. Además, en el verano de 1941, pronto se hizo evidente que un gran número de las tropas soviéticas se habían rendido sin disparar un tiro, y que el 75 % de los bálticos y ucranianos, según estimaciones oficiales alemanas, veía a los alemanes como liberadores.27 Registrar sus nombres y permitirles que escribieran a sus familias era impensable, incluso suponiendo que los alemanes lo hubieran permitido. De todos modos, los alemanes no tenían intención de conceder un trato humano a tropas soviéticas a quienes consideraban Untermenschen, «infrahumanos», y mucho menos darles la protección de un tratado que, por la razón que fuere, el gobierno soviético no había firmado.28

Los alemanes, del mismo modo, tenían escaso interés por el bienestar de cualquiera de sus soldados que cayera en manos soviéticas. Esperaban que las fuerzas soviéticas se derrumbaran deprisa y el hecho de que un número considerable de sus tropas fueran hechas prisioneras resultaba muy embarazoso. Estaba claro que los rusos eran mejores combatientes y tenían mejores generales de lo que los alemanes habían pensado. Una larga lista pública de nombres de prisioneros, y desde luego, que llegaran cartas a sus familias en Alemania, en las que posiblemente dirían que recibían un buen trato por parte de los eslavos infrahumanos (aunque no fuera así), tampoco era algo que interesara a Hitler. Para los dos regímenes totalitarios en conflicto en el frente oriental, una vez que un combatiente dejaba de ser útil en el campo de batalla, su destino en manos del enemigo era una cuestión de suprema indiferencia. De hecho, la misma expresión «bajas irrecuperables» refleja esa percepción.

Ninguna de las partes, por lo tanto, tuvo la intención de cumplir con la letra o el espíritu de las Convenciones de La Haya de 1907 y de Ginebra de 1929. Además, la disposición de este último tratado sobre la inspección independiente de los campos de prisioneros les resultaba inaceptable. Aunque los alemanes permitieron a inspectores de la Cruz Roja acceder a algunos campos modelo cuidadosamente seleccionados, no iban a abrir a la inspección campos de prisioneros de guerra y de concentración a los que habían sido conducidos millones de soldados soviéticos. Y, por supuesto, los soviéticos no estaban dispuestos a dar a conocer el Gulag.

La escala, el alcance y los impresionantes problemas logísticos de la guerra en el frente oriental agravaron esta indiferencia. En el verano de 1941, los alemanes estaban sorprendidos por el número de prisioneros que habían tomado. Tres grupos de ejércitos alemanes —Sur, Centro y Norte— atacaron la Unión Soviética en junio de 1941. Sabemos, por un ejercicio realizado a principios de 1941, que el Grupo de Ejércitos Sur calculaba que podría capturar 72.000 prisioneros en los primeros cuatro días, y otros 122.000 en los seis días siguientes.29 Suponiendo planes similares para los otros grupos de ejércitos, obtenemos una expectativa realista de hasta 600.000 prisioneros en todo el frente oriental a principios de julio. Los alemanes apostaban por una victoria rápida y no les faltaban razones para pesar que lo lograrían, pese a los problemas que supondría semejante cifra de prisioneros cuyo sustento, como el de la propia Wehrmacht, tenía que salir de lo que encontraran en la tierra. Sin embargo, a mediados de agosto, alrededor de 1,5 millones de soldados soviéticos se habían rendido, y más de 3 millones a mediados de octubre. Sólo en las grandes batallas de cerco de Białystok, Minsk, Smolensk, Uman, Kíev, Briansk y Viazma —es decir, antes del 18 de octubre— tenían a 2 millones de soldados soviéticos «en la mochila». El total de 3 millones representaba casi diez veces la cifra de 378.000 reconocidos por Stalin el 6 de noviembre, en vísperas del vigésimo cuarto aniversario de la revolución de «octubre» de 1917. A finales de 1941, 3,8 millones de militares soviéticos se habían rendido o habían sido capturados.30

Aunque los alemanes hubieran querido aplicar las generosas disposiciones de las Convenciones de Ginebra —que los prisioneros de guerra debían ser alimentados y alojados en las mismas condiciones que las tropas de retaguardia propias—, llevarlo a cabo era simplemente inviable dadas las circunstancias. La infraestructura en el oeste de la URSS era relativamente primitiva, y los alemanes tenían sus propios problemas logísticos muy graves. En cuanto a trasladar a los capturados a Alemania, allí los campos podían albergar 790.000 prisioneros, contando los de los países que habían firmado las Convenciones de Ginebra.31 Las mismas consideraciones se aplican al sistema soviético en apuros. Habría sido impensable desviar preciosos recursos para construir campamentos y transportar prisioneros en ferrocarriles que se necesitaban para mantener el esfuerzo bélico. De manera que los hicieron caminar. El tratamiento muy distinto de un número relativamente pequeño de tripulaciones aéreas alemanas o de sus aliados occidentales derribadas cerca de objetivos urbanos e industriales debía algo a las Convenciones de Ginebra, pero los aspectos prácticos de tratar con ellos también fueron muy diferentes.

La política alemana con prisioneros y civiles soviéticos en los territorios ocupados se había formulado antes incluso de que comenzaran los combates en el este. Había tres órdenes clave, cada una de las cuales era resultado de una evolución compleja: el «decreto del Führer» del 13 de mayo de 1941, que limitaba la jurisdicción militar en las zonas ocupadas, pasando la responsabilidad de enfrentarse a los criminales y los insurgentes a la delicada misericordia de las SS; las «Directrices para la conducta de las fuerzas combatientes en Rusia», del 19 de mayo de 1941; y el documento más conocido, que surgió de los otros dos y fue en gran medida una aclaración de un área clave, la famosa «orden del comisario» (Kommissarbefehl) del 6 de junio de 1941.

El 3 de marzo de 1941 Hitler ordenó al Alto Mando de la Wehrmacht —Oberkommando der Wehrmacht (OKW)— que revisara un proyecto que abordaba la administración y explotación del territorio que esperaba conquistar.

La campaña inminente es más que un conflicto armado; también implica una lucha entre dos ideologías. Para concluir esta guerra, dada la inmensidad del espacio, no basta con derrotar a las fuerzas enemigas. Todo el territorio debe ser disuelto en estados con sus propios gobiernos. [...] La intelectualidad judeo-bolchevique, como opresora del pasado, debe ser liquidada.32

De hecho, muy pocos judíos ocupaban altos cargos en la administración soviética, y al intelectual judío más conocido, Liev Trotski (que no era bolchevique), lo habían asesinado clavándole un piolet en la cabeza en México por orden del NKVD el año anterior. Estos detalles poco importaban a Hitler. Además de la liquidación de la «intelectualidad judeo-bolchevique», también exigía una limitación de la jurisdicción militar. Bien pudo haber sospechado que los oficiales y caballeros que dirigían la Wehrmacht serían menos celosos de exterminar a la población civil que de hacer su trabajo, que no era otro que combatir contra el ejército rojo. La orden sobre jurisdicción militar del 13 de mayo se debía en gran medida a la experiencia alemana en el frente oriental durante la Primera Guerra Mundial, cuando los rusos habían cometido atrocidades y deportado a alemanes de Prusia oriental en 1914, y el Imperio alemán había impuesto severas medidas de seguridad contra los «bandidos» —algunos de los cuales eran partisanos antialemanes— en la Polonia ocupada entre 1915 y 1919.33

El decreto del Führer del 13 de mayo de 1941 fue transmitido al ejército por su comandante en jefe, Walther von Brauchitsch, el 24 de mayo. Von Brauchitsch, temeroso de que la relajación de las restricciones al comportamiento de las tropas alemanas contra los prisioneros y la población local pudiera conducir a una pérdida de disciplina militar, agregó un apéndice en el que hacía hincapié en que el trabajo principal de la Wehrmacht era luchar contra el ejército rojo y especificaba que debían evitarse las acciones de «búsqueda y purga». En un apéndice a la segunda parte del decreto del Führer recalcaba que los oficiales debían seguir «impidiendo excesos arbitrarios por parte de miembros individuales del ejército, a fin de llegar a tiempo para prevenir la degeneración de las tropas».34 El entusiasmo individual tenía que subordinarse a la voluntad del mando. El 10 y 11 de junio, el lugarteniente de Von Brauchitsch, el teniente general Eugen Müller, comunicó personalmente a la plana mayor de los ejércitos y grupos de ejércitos que cualquier «sentido de la justicia debía, en determinadas circunstancias, ceder ante las exigencias de la guerra».35 La Convención de La Haya de 1907 había reconocido el derecho de una población a tomar las armas de forma espontánea contra el agresor. En el frente oriental, igual que en todas partes donde se emplearon las fuerzas alemanas, ese derecho no existía. Guerrilleros, francotiradores, agitadores, distribuidores de octavillas y saboteadores no tenían ningún derecho en absoluto, y debían ser castigados de forma instantánea.

Las «Directrices para la conducta de las fuerzas combatientes en Rusia» se elaboraron a mediados de mayo y se distribuyeron el 19 del mismo mes.36

El bolchevismo es el enemigo mortal del pueblo nacionalsocialista alemán. La lucha de Alemania se dirige contra esa ideología perniciosa y sus exponentes.

La lucha exige una acción implacable y enérgica contra agitadores bolcheviques, guerrilleros, saboteadores y judíos, así como la exterminación total de cualquier resistencia activa o pasiva.

Se requieren cautela extrema y máxima alerta en la vigilancia de todos los miembros del ejército rojo —incluso prisioneros—, pues cabe esperar métodos de lucha traicioneros. Los soldados asiáticos del ejército rojo son particularmente inescrutables, impredecibles, insidiosos e insensibles.

Después de la captura de las unidades, los mandos han de ser inmediatamente separados de la tropa.37

La idea de que privar a los soviéticos de sus líderes los incapacitaba para la acción organizada, y el énfasis en eliminar a la «clase dirigente» soviética, es recurrente en las instrucciones alemanas. La amalgama de «bolcheviques, guerrilleros, saboteadores y judíos» también hubo de tener resultados espectaculares en el maltrato a prisioneros y en la eliminación y alienación de mucha gente que de otro modo bien podría haber abrazado la causa alemana. Y hubo muchos casos en que la matanza de judíos fue explicada como «operaciones antipartisanas».38

El documento más notorio, las «Directrices sobre el tratamiento de los comisarios políticos», fue en gran parte una aclaración de las instrucciones anteriores. Revela el pésimo estado de la inteligencia militar alemana. Pese a que alemanes y soviéticos habían trabajado juntos desde la década de 1920 y fueron aliados desde el 23 de agosto de 1939 hasta el 22 de junio de 1941, las fuerzas alemanas estaban mal informadas acerca de quiénes eran los comisarios. Según el manual oficial de inteligencia, «Las fuerzas de la URSS en tiempo de guerra», del 15 de enero de 1941, cualquiera que luciera una estrella roja con la hoz y el martillo dorados en las mangas era un «comisario». De hecho, a escala de compañía o escuadrón sólo había un funcionario político —un politruk—, que no era más que un asesor y no tenía que refrendar las órdenes. El Kommissarbefehl del 6 de junio de 1941 se refería, con conveniente vaguedad, a «comisarios políticos de todo tipo», aunque sin bochorno por los fracasos de la inteligencia alemana.39 Hitler insistió en que los comisarios no debían ser considerados soldados protegidos por las Convenciones de Ginebra, lo cual era completamente ilógico. Los verdaderos comisarios no sólo formaban parte del sistema de mando militar, sino que, puesto que llevaban uniforme y contaban con autorización para acompañar a una fuerza armada, tenían pleno derecho a sus garantías. Una vez más, tales sutilezas no contaban para nada en el frente oriental.

El Kommissarbefehl dictaba que todos los prisioneros que parecieran «comisarios» y fueran sospechosos de resistencia, sabotaje o la instigación a éstos debían ser tratados de acuerdo con el decreto de jurisdicción. Los comisarios del ejército rojo no debían ser tratados como soldados (que lo eran), sino que debían ser «separados» de otros prisioneros de guerra y «liquidados». Dos días más tarde, Von Brauchitsch ordenó que esto debía hacerse después de su separación, fuera de la zona de combate propiamente dicha y bajo la orden de un oficial. Una vez más, la Wehrmacht temía una pérdida de disciplina si los soldados alemanes recibían carta blanca para matar a quien quisieran.40

La limitación de la jurisdicción militar requería que categorías especiales de prisioneros de guerra, incluidos los comisarios y los judíos, fueran transferidas a unidades especiales (Einsatzgruppen) del Servicio de Seguridad (SD) y la policía secreta. Hay pruebas abundantes que demuestran que las unidades del ejército no sólo cooperaron en la transferencia de prisioneros, sino que también trataron de mejorar la aplicación de las directrices. Sin embargo, cuando el avance alemán se desaceleró, el Alto Mando del Ejército (OKH) apoyó iniciativas para cancelar el Kommissarbefehl, argumentando que era contraproducente. La resistencia soviética se endurecía, en parte porque las tropas soviéticas no estaban dispuestas a entregarse después de que se corriera la voz acerca del destino de los soldados y, sin duda, de sus comisarios políticos. El 5 de noviembre, el mariscal de campo Fedor von Bock se opuso a la transferencia de prisioneros de guerra a los Einsatzgruppen y subrayó que la responsabilidad del ejército con los prisioneros de guerra no podía compartirse con otras autoridades.41

La protesta de más alto perfil fue la del almirante Wilhelm Canaris, jefe de la Inteligencia del Alto Mando de la Wehrmacht (OKW), la Abwehr. El 8 de septiembre, protestó contra una directiva del OKW que se refería abiertamente a una posible ejecución en masa de prisioneros soviéticos. Canaris fue ejecutado por traición el 8 de abril de 1945, pero su correspondencia se citó posteriormente en los juicios de Nuremberg. El 15 de septiembre de 1940 había reiterado que

[...] el cautiverio de guerra no es ni venganza ni castigo, sino sólo una custodia de protección, cuyo único propósito consiste en evitar que los prisioneros de guerra vuelvan a participar en la contienda. Este principio se desarrolló de acuerdo con la opinión sostenida por todos los ejércitos según la cual es contrario a la tradición militar matar o herir a personas indefensas.42

El mariscal de campo Wilhelm Keitel, comandante en jefe del OKW, no estuvo de acuerdo, señalando en el margen que las opiniones del almirante reflejaban «ideas tradicionales de la guerra entre caballeros, pero esta guerra es una guerra ideológica de exterminio».43

A pesar de los escrúpulos de algunos alemanes, la guerra de exterminio continuó. El 30 de marzo de 1941, Hitler había explicado su lógica a los comandantes en jefe. El coronel general Franz Halder, jefe del Estado Mayor del ejército alemán, registró lo que él dijo:

Denuncia implacable del bolchevismo, que se identifica con la delincuencia asocial. El bolchevismo es un enorme peligro para nuestro futuro. Tenemos que olvidar el concepto de camaradería entre soldados. Un comunista no es un camarada ni antes ni después de la batalla. Ésta es una guerra de exterminio. Si no lo comprendemos, venceremos al adversario, pero dentro de treinta años volveremos a tener que luchar contra el enemigo comunista. No hacemos la guerra para proteger al enemigo. [...] Esto no significa necesariamente que las tropas deban descontrolarse. Por el contrario, los comandantes han de dar órdenes que expresen el sentimiento común de sus hombres. [...] Los comandantes deben hacer el sacrificio de superar sus escrúpulos personales.44

Enfrentados a unas fuerzas alemanas con inclinación al exterminio, el ejército y las fuerzas de seguridad soviéticos respondieron de igual modo. Desde el comienzo de la guerra, las autoridades soviéticas también insistieron en que aquella guerra tenía un carácter completamente diferente de cualquier otra. «La guerra con la Alemania fascista no debe considerarse como una guerra ordinaria —dijo Stalin en su programa de radio del 3 de julio—. No sólo es una guerra entre dos ejércitos. Es, al mismo tiempo, la guerra de todo el pueblo soviético contra las tropas fascistas alemanas [...] que no conocen la compasión por el enemigo.»45

Iliá Ehrenburg, famoso escritor soviético, resumió la posición soviética con los prisioneros alemanes. La prensa publicó sus comentarios sobre la guerra desde el comienzo del conflicto. Igual que los soviéticos eran «infrahumanos» para los alemanes, Ehrenburg escribió: «No los consideramos seres humanos.»46 Los alemanes eran «bestias salvajes», «peor que las bestias salvajes», «bestias arias» y «ratas muertas de hambre». Un coronel «muestra sus colmillos amarillos de rata vieja».47 Teniendo en cuenta la conducta de los alemanes, esta clase de propaganda obviamente funcionó.

En las primeras fases de la guerra, los prisioneros alemanes fueron por lo general fusilados, o bien inmediatamente después de la captura o tras un interrogatorio. Los documentos alemanes, que incluían declaraciones de prisioneros de guerra soviéticos y mensajes de radio interceptados, muestran que los procedimientos fueron similares en partes muy distantes del frente, lo cual revela que no se trató de acciones espontáneas de las unidades individuales. Las ejecuciones por lo general se autorizaron, o al menos se toleraron, a escala de compañía, batallón y regimiento. En muchos casos se llevaron a cabo por orden de los comisarios; lo cual, dado el Kommissarbefehl de Hitler, tal vez no sea sorprendente. Sin embargo, el 21 de febrero 1942, un coronel soviético capturado informó de que un oficial de la Luftwaffe había recibido un disparo en presencia de un alto mando del ejército, el teniente general Kuznetsov, y otros altos oficiales.48 Pese a que podría haberse tratado de un incidente aislado, la Oficina de Investigación para Infracciones del Derecho Internacional de la Wehrmacht recogió varios miles de informes. Entre éstos se hallaba el fusilamiento de 180 soldados alemanes en Broniki el 30 de junio de 1941, el de entre 300 y 400 rumanos y algunos soldados alemanes por orden del comandante Savelin, al mando de 225.º Regimiento de Fusileros, en Surozhinets el 2 y 3 de julio de 1941, y la ejecución de 80 soldados alemanes en la zona de la 26.ª División de Infantería el 13 de julio.49

Los registros soviéticos indican que entre el 90 y el 95 % de los prisioneros alemanes capturados en 1941-1942 no sobrevivieron, por diversas razones. Ésta no parece haber sido la intención del alto mando soviético. Como hemos visto, las notas sobre el tratamiento de los prisioneros del 1 y el 17 de julio especificaban que deberían ser tratados conforme a las Convenciones de La Haya. La Dirección de Salud Militar del ejército rojo recomendó el tratamiento hospitalario adecuado para prisioneros enfermos. En agosto, el jefe del Estado Mayor del ejército, el mariscal Borís Sháposhnikov, el único oficial de alto rango que había servido como oficial en el ejército del zar y sobrevivió a las purgas que se iniciaron en 1937, se indignó al enterarse de que «soldados concretos» tendían a quedarse «objetos de valor, dinero y documentos» de los prisioneros. Era necesario impedirlo.50

Aún más lamentable, sin embargo, era el asesinato. Los alemanes capturaron diversos documentos que mostraban que el mando del ejército rojo estaba tratando de detener la matanza de prisioneros, lo cual, por supuesto, confirma que se estaba produciendo. A menudo, los prisioneros eran reunidos, obligados a alejarse de la primera línea y ejecutados en route.51

En su discurso del 6 de noviembre de 1941, con ocasión del vigésimo cuarto aniversario de la Gran Revolución de Octubre, Stalin no dio la impresión de desalentar la práctica. «A partir de ahora nuestra tarea será [...] aniquilar a todos los alemanes que han penetrado como ocupantes, hasta el último hombre.» Tras el habitual «aplauso atronador», continuó: «¡Sin clemencia para los ocupantes alemanes! ¡Muerte a los ocupantes alemanes!» Después de lo cual (como de costumbre cuando hablaba Stalin, que había estudiado para ser sacerdote ortodoxo ruso) hubo más «aplausos atronadores».52

Se entendió que el llamamiento de Stalin significaba que había que matar a todos los alemanes: los que luchaban, los heridos o los prisioneros. Como resultado directo, ocurrió uno de los peores incidentes. Tras el exitoso desembarco anfibio soviético en la península de Kerch a finales de diciembre de 1941, el Frente de Crimea hizo retroceder a los alemanes al oeste de Teodosia, aliviando así la presión sobre Sebastopol, que se hallaba bajo asedio alemán. A unos 160 heridos alemanes abandonados en el hospital cuando las fuerzas alemanas se retiraron les aplastaron la cabeza con objetos contundentes, los mutilaron, los arrojaron por las ventanas o los mataron por el expeditivo método de invierno ruso de echarles agua helada por encima o lanzarlos al mar para que murieran congelados.53

Sin embargo, altos mandos del ejército rojo ya se estaban dando cuenta de que semejante barbarie resultaba contraproducente. Las atrocidades cometidas contra los prisioneros por lo general aumentan la determinación del enemigo para luchar hasta la muerte, y los prisioneros eran fuentes útiles de información. En la Orden N.º 55, del 23 de febrero de 1942, Stalin revocó su orden anterior. «El ejército rojo toma prisioneros a soldados y oficiales alemanes cuando éstos se rinden.»54

A partir de entonces, parece que el mando del ejército rojo rara vez fue culpable de violaciones directas del derecho internacional, aunque hubo excepciones, en particular durante la batalla de Stalingrado. Las mismas restricciones no parecen haberse aplicado al NKVD ni a la Dirección Principal de Contrainteligencia conocida como Smersh —«Shmert shpionam! (muerte a los espías)—, que sustituyó a la Dirección Tercera del NKVD el 14 de abril de 1943. Zinaida Pytkina, antigua agente de Smersh, entrevistada para un documental de televisión en 1999, contó cómo había disparado a un joven comandante alemán cuyo interrogatorio había concluido. Habían cavado una tumba junto al edificio de interrogatorios. Obligaron al oficial a arrodillarse, y Pytkina le disparó. «No me tembló el pulso. Fue un placer para mí [...] Los alemanes no nos rogaban por su vida y estaba enfadada [...] Cumplí con mi obligación. Y volví a la oficina a tomar una copa.»55

La obligación asesina de Pytkina no era, en rigor, contrainteligencia ni contraespionaje, lo cual subraya el solapamiento entre las funciones de las diversas organizaciones. No obstante, es un recordatorio de que la guerra en el frente oriental fue también la guerra de inteligencia y contrainteligencia más amplia de la historia moderna. Las investigaciones más recientes indican que los servicios de seguridad soviéticos emplearon hasta 150.000 agentes en un frente de 2.400 kilómetros, lo cual les permitió neutralizar a la mayor parte de los más de 40.000 agentes alemanes desplegados contra ellos. La combinación de desinformación militar (llevada a cabo por el ejército rojo, las fuerzas aéreas y la armada) y la destrucción de la red de espías de la Abwehr por parte los organismos de seguridad del Estado tuvo un impacto profundo en todas las batallas. Los alemanes con frecuencia subestimaron la fuerza y la resistencia soviéticas y estuvieron desinformados sobre los planes del enemigo.56

La interacción entre los combatientes tiene un impacto decisivo en el desarrollo de cualquier guerra. La reciprocidad es crucial, y así fue en la Gran Guerra Patria. La horrible brutalidad por un lado topó con horrible brutalidad en el otro, tanto en el caso de las tropas regulares como en el de los civiles en los territorios ocupados. Los alemanes no esperaban favores de los partisanos, y en esas zonas la población de los territorios ocupados sufrió por ello. Por el contrario, donde no había actividad de resistencia, las tropas de ocupación podían ser relativamente benignas. Yelena Vasílievna nació en 1929 y vivió en una zona ocupada por los alemanes al oeste de Leningrado durante su infancia y adolescencia. En 2005 todavía estaba trabajando como guía en el museo Doroga Zhizni (Camino de la Vida), al este de San Petersburgo (el nuevo nombre de Leningrado). «Había muy poca actividad partisana en nuestra área —recordó—, así que los alemanes eran muy amables con nosotros. Trabajábamos para ellos [...]» Sesenta años después de la guerra, tal franqueza era posible.57

Las tropas soviéticas que se desplazaron a Alemania en 1944 y 1945 fueron deliberadamente espoleadas a vengarse. En el excelente Museo de la Defensa de Moscú (Gosudárstvenny Muzei Oborony Moskvy) hay fotografías de casas quemadas y de restos de civiles soviéticos, aparentemente asesinados por los invasores alemanes en 1941. Sesenta años después de que las vengativas fuerzas soviéticas irrumpieran en Alemania, un amigo alemán se encontraba visitando el museo conmigo.

—¿Ha visto los informes alemanes sobre lo que hicieron las tropas soviéticas cuando invadieron Alemania? —le preguntó mi amigo al guía—. Le aseguro que cada una de esas imágenes podría ser emparejada con una de Alemania oriental después de la guerra.

—Podría ser —dijo nuestro guía—, pero la guerra es la guerra.58

Si uno quiere entender la guerra, que estudie ésta.

Por escasa que fuera la influencia del «derecho consuetudinario internacional»,59 en ocasiones se aplicó. Tal vez el ejemplo más extraordinario de diplomacia puntillosa de la vieja escuela se produjo con el estallido de la guerra más salvaje, absoluta y total del mundo. Los diplomáticos alemanes en Moscú y los diplomáticos soviéticos en Berlín estaban atrapados, aunque los alemanes habían sacado de Moscú a todo el personal no esencial mucho antes de que la operación Barbarroja se iniciara el 22 de junio de 1941. Valentín Berezhkov, un joven diplomático soviético de extremado talento que trabajó con el comisario del pueblo de Exteriores Mólotov y en ocasiones tradujo para Stalin, se encontraba en la embajada de Berlín. Muchos ciudadanos soviéticos que se hallaban todavía en Alemania (pues los dos países tenían un pacto de no agresión y estaban trabajando juntos hasta esa noche) fueron arrestados y enviados a campos de concentración. Sin embargo, los diplomáticos, después de un par de semanas muy tensas, salieron. El 2 de julio partieron de Berlín en dirección a Praga, Viena, Belgrado y Niš, todavía en la Yugoslavia ocupada por Alemania. Después de un tiempo tenso en Niš, bajo vigilancia constante de las SS, los diplomáticos fueron trasladados a Bulgaria, a través de Sofía, y se reunieron con una delegación soviética de Estambul en Edirne, en la neutral Turquía. A partir de ahí, iniciaron su regreso a Moscú.60 Incluso en la más absoluta de las guerras, los canales de negociación tenían que mantenerse abiertos. De lo contrario, nadie podría rendirse.

Guerra total

Del mismo modo que había pronosticado una guerra de alcance y violencia sin precedentes —la guerra absoluta—, cuatro años más tarde, en 1892, Engels previó una guerra en la que la potencia industrial sería primordial. «Desde el momento en que la guerra se convirtió en una rama de la grande industrie —escribió—, la grande industrie, sin la cual todas estas cosas no se pueden hacer, se convirtió en una necesidad política.»61

En cualquier guerra futura, sería necesario movilizar a la industria, de hecho al conjunto de la sociedad, para sostener los frentes de batalla. Se habían dado ejemplos notables en el pasado —vienen a la mente las mujeres de Cartago que se cortaban el pelo para hacer cuerdas de arco—, pero en 1941 la industria y la población en su conjunto tenían que ser movilizadas, lo cual incluía el empleo a gran escala de las mujeres en la industria e incluso en las fuerzas armadas. Cuando Von Clausewitz escribía sobre der totale Krieg, no se refería a eso. Se refería a la «guerra absoluta» que tendía a los extremos descritos anteriormente. Fue el mariscal de campo alemán Erich von Ludendorff quien en 1935, describiendo la Primera Guerra Mundial, utilizó por primera vez por escrito la expresión «guerra total»62 en el sentido en que ahora se utiliza. «Una guerra de motores y reservas.»63 La Gran Guerra Patria también fue eso.

En la Primera Guerra Mundial, Rusia fue incapaz de igualar la capacidad industrial de su principal adversario, Alemania, a pesar de que sus éxitos industriales fueron impresionantes, como lo fue su éxito militar hasta que la Revolución de Octubre de 1917 la sacó de la guerra. Entre 1914 y 1917 la producción rusa de ametralladoras casi se multiplicó por diez, la producción de rifles por cuatro y la de municiones se dobló. Sin embargo, cuatro quintas partes de la artillería pesada y tres cuartas partes de las ametralladoras todavía se importaban del Reino Unido, Estados Unidos y Francia por peligrosas rutas marítimas.64 Como ha señalado Norman Stone, la campaña industrial tuvo sus propias consecuencias políticas y sociales en 1917.65 Era evidente, como bien dijo Lenin, que ninguna revolución vale nada a menos que sea capaz de defenderse.

Los preparativos soviéticos para evitar una repetición del destino de Rusia en la Primera Guerra Mundial —preparativos para una guerra total, moderna e industrializada— se iniciaron en 1924-1925. El visionario fue Mijaíl Vasílievich Frunze (1885-1925), político soviético, agitador, comandante y teórico militar, que murió bajo el bisturí del cirujano en el otoño de 1925 en lo que se llamó posteriormente un «asesinato médico».66 Para Frunze podría haber sido un consuelo, o tal vez no, el estatus de icono que posteriormente le dio el régimen soviético. En 1924, en la introducción al libro de un amigo sobre la movilización de la industria para la guerra, escribió:

En un conflicto entre oponentes de primer orden, la suerte no puede decidirse de un solo golpe. La guerra tendrá el carácter de un conflicto largo y encarnizado [...] Expresado en el lenguaje de la estrategia, significa pasar del ataque relámpago a una estrategia de desgaste.

Por lo tanto, el vínculo entre el frente y la retaguardia debe ser mucho más estrecho, directo y determinante en nuestros días. La vida y el trabajo en el frente en un momento dado están determinados por el trabajo y el estado de la retaguardia.67

Frunze, como comisario del pueblo para Asuntos Militares y Navales —ministro de la Guerra—, realizó reformas en 1924-1925. En junio de 1925, tres meses antes de su muerte, sus planes se convirtieron en ley. Así, en la relativamente pacífica década de 1920, la Rusia soviética adoptó la movilización total, algo que habría sido políticamente incorrecto e impensable en casi todos los demás países desarrollados de la época, entre ellos Alemania. La ley de 1925 especificaba la expansión adecuada de la industria bélica y la organización del resto de la industria para que cumpliera con todas las necesidades de la Unión Soviética, incluso en tiempos de guerra: perfeccionamiento de equipo militar con el que armar al ejército rojo; mejora de las redes de transporte ferroviario y por carretera; desarrollo de todo tipo de comunicaciones; cría de caballos; mejora de la preparación física de la población; instrucción militar para todos los trabajadores y campesinos, y sobre todo jóvenes y estudiantes, y aumento en la cultura general de los asuntos militares y de los fundamentos del disparo con rifle entre toda la población. Por último, la ley señalaba la importancia de la aviación y la guerra química. La industria de la aviación tenía que desarrollarse y se alentó la formación en defensa química, lo cual llevó a la creación de Osoaviajim, la Sociedad para la Aviación y la Defensa Química, que formó a muchos pilotos, hombres y mujeres, que servirían en la Gran Guerra Patria. Por último, Frunze subrayó que «estas medidas previstas no pueden lograrse sólo mediante los esfuerzos del Comisariado del Pueblo para Asuntos Militares y Navales. De ahí que el [Tercer] Congreso [de Soviets] obligue a todos los comisariados de la URSS y de las repúblicas soviéticas, en particular a los Soviets Supremos de Economía Nacional, a participar de manera activa en su realización».68

En diciembre de 1925, poco después de la prematura muerte de Frunze, el XIV Congreso del Partido Comunista de Todas las Rusias proclamó la industrialización del país como su principal objetivo, combinando los fines militares e industriales. En esta coyuntura crítica, el cerebro militar clave que sustituyó a Frunze fue el fascinante, brillante y carismático Mijaíl Nikoláyevich Tujachevski (1893-1937). Tujachevski era un antiguo teniente del Regimiento Semiónov de la Guardia Imperial del Zar. Después de obtener las notas más altas de la historia en la Academia Militar Alexandrovski en 1914, y asumir apresuradamente sus estrellas de teniente, se dirigió hacia el frente, pero pronto fue capturado por los alemanes. En 1917 escapó y se convirtió, a juzgar por todas las apariencias, en un comunista consagrado. Ha sido ampliamente estudiado como comandante militar, estratega y teórico, pero también desempeñó un papel importante en el desarrollo de la economía de guerra soviética. Construía violines por afición, y por lo tanto le gustaban la tecnología y la ingeniería, lo cual encajaba a la perfección con su papel de promotor de la economía de guerra soviética y la nueva tecnología militar.69

A finales de 1925 o, a más tardar, a principios de 1926, las fuerzas armadas y el gobierno soviéticos habían decidido que el país debía desarrollar una industria armamentística moderna. Sin amenaza inmediata de guerra —salvo un breve susto en 1927— podían permitirse el lujo de trabajar a largo plazo. El aspecto más prometedor era la cooperación con la industria alemana y la Reichswehr, que se vio severamente limitada por los términos punitivos del Tratado de Versalles de 1919. Éste limitaba la Reichswehr a 100.000 hombres y prohibía el desarrollo de aviones de combate, tanques, buques de guerra y otros recursos militares de primer orden. Sin embargo, en los vastos espacios de la Unión Soviética, las fuerzas alemanas podían actuar sin ser observadas por los signatarios de Versalles. Trotski comenzó a cooperar con la industria alemana y la Reichswehr en 1921-1922, y la compañía Junkers inició la producción de aviones y motores en Fili, un pueblo —ahora un barrio— al oeste de Moscú, en 1922. La fábrica se amplió en 1926. La ubicación resultaba irónica. Fue en Fili donde, en 1812, el mariscal de campo Kutúzov había celebrado un consejo de guerra y había tomado la decisión de abandonar Moscú a Napoleón para preservar el ejército ruso, una escena retratada de manera memorable en Guerra y paz de Tolstói.70 En 1928, una delegación alemana encabezada por el general Werner von Blomberg visitó la parte occidental de la Unión Soviética para discutir la cooperación militar. El informe de Von Blomberg demuestra que quedó impresionado por Tujachevski («culto, simpático. Una persona a tener en cuenta»).71 Sin embargo, esta visita podría haber contribuido a la caída del estratega ruso en 1937, cuando fue acusado de ser agente de una potencia extranjera, presumiblemente Alemania.

El posterior desarrollo de la industria soviética fue en gran medida unilateral, y eso tuvo consecuencias en las primeras fases de la guerra. En 1928, el primer año del que se dispone de cifras fiables desde 1913, el 60 % de la industria soviética era ligera, frente al 40 % de industria pesada. En 1940, en vísperas de la guerra, las proporciones se invirtieron. Stalin siguió el plan de Frunze. Dio máxima prioridad a las industrias civiles que podían convertirse fácilmente a la producción de guerra. En lugar de una reserva de municiones (que podrían ser obsoletas o inservibles cuando llegara la guerra), la Unión Soviética creó una reserva de empresas de industria pesada para producirlas. La industria pesada construyó tanques, aviones, armas, buques de guerra, balas, granadas y bombas. Tujachevski también hizo hincapié en la necesidad de flexibilidad para convertir la producción civil en producción militar. Las mismas fábricas que construían tractores podían construir tanques. Y así lo hicieron.72

La otra figura principal en la evolución de los preparativos soviéticos para la guerra total fue probablemente Alexandr Svechin (1878-1938). Svechin había alcanzado el rango de general de división del ejército zarista y fue uno de los contados ex generales imperiales que continuaron su servicio en el ejército rojo. Al parecer no se llevaba bien con el flamante ex teniente de la Guardia Imperial Tujachevski. El intelecto de Svechin era intimidante y, probablemente, le granjeaba más enemigos que amigos. En 1925 completó la primera edición de su clásico Strateguia [Estrategia], que se reeditó en 1927.73 Strateguia marcó el modelo de actuación soviético en la Gran Guerra Patria. Pronosticaba una guerra en la que la Unión Soviética tendría que sacrificar territorio; una guerra en la que los ejércitos, más desplegados que antes, se convertirían en «una escoba gigante» que ocuparía toda la anchura del teatro de operaciones. La guerra ya no podía dilucidarse de un solo golpe seco, sino que sería prolongada y constaría de muchas operaciones. El «agotamiento» (izmor) desempeñaría un papel decisivo. Esto no significaba que la destrucción de las fuerzas armadas enemigas no fuera el objetivo principal, sino que simplemente requeriría más tiempo.74

La intuición más determinante de Svechin fue probablemente la de la necesidad de un enfoque integrado —interinstitucional— que combinara las funciones y la experiencia no sólo de las tres fuerzas armadas, sino también de todos los organismos de seguridad. Al igual que Frunze, hizo hincapié en la interacción entre frente y retaguardia.75 Las guerras de larga duración ponían más énfasis en el funcionamiento interno del Estado. La guerra no era, como algunos la habían considerado, medicina para una enfermedad interna del Estado, sino un examen serio de la salud de su política interior.76 La importancia de la «retaguardia» era equiparable a la del «frente»:

El Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos [NKVD] debe tener su propio plan de movilización, el cual ha de tener en cuenta las medidas necesarias para mantener el orden en el territorio nacional durante el período en el que enormes masas son apartadas de su trabajo en el país y son llevadas a puntos de concentración para engrosar los ejércitos, y la población de las ciudades se dobla para satisfacer las necesidades de la industria bélica. [...] La crisis se agravará por la propaganda enemiga, agudizada por las actividades de los enemigos del sistema vigente, por las esperanzas que tendrán los distintos grupos nacionales y de clase cuando la clase dominante se agote por las imposiciones de la guerra. Es fundamental pensar en las medidas necesarias para mantener el orden a lo largo de las líneas de comunicación de la manera más concienzuda, tener en cuenta todos los elementos sospechosos [políticamente poco fiables o desafectos], la deserción, la inteligencia y la propaganda del enemigo, las medidas de censura, etcétera. Y también, si es necesario, sustituir las unidades militares por formaciones especiales compuestas de elementos fiables o fortalecer a la policía. La aviación, la radio, la necesidad de un flujo ininterrumpido de grandes masas de tropas al frente, suministrándoles municiones, permisos del servicio activo que antes eran desconocidos [y lo siguieron siendo, en gran parte, en el ejército rojo en 1941-1945]. Todos estos factores ahora funden el frente con la retaguardia.77

Fue el modelo para la conducta soviética en la Gran Guerra Patria. El aumento de población urbana por las exigencias de la industria de guerra y los refugiados se ejemplificó en Leningrado. Los destacamentos especiales que incluían «elementos fiables» eran los «batallones exterminadores» que, por ejemplo, detenían sin piedad a las personas que huían de Moscú en la situación cercana al pánico de octubre de 1941.78 Strateguia, el manual para la guerra prolongada y total, siguió siendo el único libro que poseía esa palabra mágica como título hasta que en 1962 el mariscal de la Unión Soviética Vitali Sokolovski publicó Boyénnaya strateguia [Estrategia militar]: el primer proyecto mundial para una guerra de misiles nucleares.79

Aunque Tujachevski atacó a Svechin, en realidad utilizó muchas de las ideas de éste. El 16 de julio 1930, Tujachevski entregó un documento fundamental a la Academia Comunista (Komakad). Rechazó la idea de «guerras pequeñas», como él y sus colegas habían descartado la idea de «ejércitos pequeños», y repitió lo que Svechin había dicho tres años antes.

La escala de una guerra futura será grandiosa [...] en una futura guerra la movilización de la industria, para empezar, se producirá en un período mucho más corto que antes y, en segundo lugar, en este breve plazo la industria producirá mucho más material militar que en una guerra del pasado [...] La futura [griadúshaya] guerra imperialista mundial, no sólo será una guerra mecanizada, en la que se utilizarán enormes recursos materiales, sino que además será una guerra que abarcará masas de varios millones de efectivos y la mayoría de la población de las naciones combatientes. Las fronteras entre el frente y la retaguardia se desdibujarán cada vez más.80

En el estallido de la largamente pronosticada guerra total, en 1941, se utilizó al NKVD para poner en práctica las ideas de Svechin y Tujachevski, aunque ambos habían muerto —o, al menos, desaparecido— como víctimas suyas en 1938 y 1937, respectivamente. El NKVD era responsable del Gulag —ochenta «sistemas de campos de concentración»—, y de los presos políticos y prisioneros de guerra que les entregaba el ejército. En cuanto los alemanes atacaron, Stalin utilizó al NKVD para ejecutar a todas las personas sospechosas de espionaje y detener a individuos considerados políticamente poco fiables. Lejos de producir una relajación del «terror», el estallido de la guerra conllevó más detenciones. Aunque probablemente algunos sospechosos fueron detenidos en Moscú y Leningrado, las repúblicas periféricas que se encontraban en el camino de los alemanes, en muchas de cuyas zonas ya se estaba resistiendo el dominio soviético —el este de Polonia, los Países bálticos, Bielorrusia y Ucrania—, se vieron particularmente afectadas. En los primeros días se llevaron a cabo fusilamientos masivos, sobre todo de polacos, ucranianos y bálticos. Antes de la retirada, el NKVD ejecutó a los presos políticos. La lógica supuestamente consistía en que si los alemanes los «liberaban», estas personas serían agentes alemanes con un alto valor potencial y opositores de la URSS. Se produjeron masacres en Brest, Minsk, Kaunas, Vilna y Riga, pero también hubo ejecuciones en Smolensk y Kíev, e incluso en la propia República Rusa. Según una Comisión del Congreso de Estados Unidos de 1954, que, ciertamente, podría haber estado influida por la paranoia de la guerra fría, entre 80.000 y 100.000 personas fueron asesinadas por el NKVD antes de que los alemanes llegaran a ellas, aunque esa estimación debe tratarse con cautela.81 El NKVD y las SS se comportaron de manera similar. En Kíev, el NKVD y otros cuerpos de seguridad soviéticos ejecutaron a 4.000 prisioneros políticos ucranianos y polacos, así como a prisioneros de guerra alemanes, algunos de los cuales fueron torturados. Cuando llegaron los alemanes, al principio trataron de contener el estallido de ataques antisemitas. Pero luego llegaron la Gestapo y el SD (el servicio de inteligencia de las SS) y mataron a otras 7.000 personas, supuestamente como «represalia por atrocidades inhumanas». De hecho, la mayoría eran judíos que evidentemente no habían tenido nada que ver con los pogromos anteriores. En los territorios recuperados, aunque fuera temporalmente, las tropas de seguridad soviéticas también ejecutaron a cualquiera de sus ciudadanos sospechoso de contactar con las tropas alemanas. Cuando Járkov cayó temporalmente en manos del ejército rojo, 4.000 personas fueron asesinadas, entre ellas las niñas y chicas jóvenes que se habían hecho amigas de soldados alemanes.82

Las condiciones para la guerra absoluta y total se habían desarrollado durante las décadas de 1920 y 1930, y alcanzaron su máxima intensidad a principios de 1941. En retrospectiva, parece como si la guerra entre la Alemania nazi y la Rusia soviética fuera inevitable. Pero no a todo el mundo se lo parecía en 1939, cuando las dos mayores dictaduras del mundo, lejos de precipitarse una sobre la otra en una guerra encarnizada, se abrazaron en un pacto de no agresión.

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3

«UN IDILIO CRUEL»: LA ALIANZA NAZI-SOVIÉTICA Y LA EXPANSIÓN SOVIÉTICA, AGOSTO A NOVIEMBRE DE 1939

A las tres de la mañana, hora alemana, del 22 de junio de 1941, el embajador soviético Vladímir Dekanózov fue convocado al Ministerio de Asuntos Exteriores alemán en la Wilhelmstraße de Berlín. Cuando la delegación soviética llegó al ministerio, había focos y un pequeño grupo de periodistas, fotógrafos y camarógrafos de cine. Exactamente una hora después de la llamada telefónica, estaban en el entorno no desconocido de la oficina del ministro de Exteriores, Joachim von Ribbentrop. Era evidente que había estado bebiendo. Von Ribbentrop le dijo a Dekanózov que, según su información, la Unión Soviética se había estado preparando para atacar Alemania y que, por tanto, Alemania había tenido que adoptar medidas para garantizar su propia «seguridad». La concentración de tropas soviéticas en la «frontera oriental» de Alemania exigía «contramedidas militares». Una hora antes, explicó Von Ribbentrop, las fuerzas alemanas habían entrado en la Unión Soviética. Después de casi dos años de colaboración económica y política aparentemente fructífera entre Alemania y la URSS, había estallado la guerra. Dekanózov dio la espalda a los alemanes, y la delegación soviética se marchó.

En ese momento, según Valentín Berezhkov, el joven intérprete ruso, Von Ribbentrop persiguió a la delegación soviética que se retiraba asegurando que se había opuesto a la decisión de Hitler, y que había tratado de convencer al Führer de que desistiera de su «locura» (Wahnsinn). «Por favor, informe a Moscú de que yo estaba en contra del ataque», fueron las últimas palabras que le oyó decir Berezhkov.1 Del resto de los presentes, ninguno informó de esta supuesta petición exactamente de la misma manera, aunque, dada la magnitud de la noticia que acababan de recibir, tal vez no sea del todo sorprendente (pese a que los diplomáticos soviéticos eran conscientes de todos los informes que indicaban la inminencia de un ataque alemán). Parece demasiado notable y atípico de estas ocasiones para que Berezhkov se lo inventara, y uno de los oficiales de Von Ribbentrop informó del mismo sentimiento, aunque no de las mismas palabras. Después de haber trabajado desde 1939 para cimentar la cooperación nazi-soviética, es comprensible que Von Ribbentrop se sintiera de ese modo. A buen seguro, había aprendido a conocer y respetar a los rusos, que hasta la fecha habían sido, si no aliados plenos, al menos colegas. «Tal vez —reflexionó Berezhkov—, Von Ribbentrop tenía premoniciones de un final vergonzoso en la horca.»2 Pero no fue el único alemán que en los días venideros pidió que su oposición a la invasión se recordara. Y a cualquiera que estuviera familiarizado con la historia no le faltarían razones para preguntarse si esta vez Alemania no estaba abarcando más de lo que podía apretar.

La guerra más grande y peor de la historia se había convertido en inevitable cuando Adolf Hitler fue nombrado canciller imperial en 1933. Sin embargo, el hecho de que Hitler atacara a Stalin y no al revés, así como el momento del ataque, no fueron inevitables hasta el último momento.3 Las guerras, como observó Philip Bobbit en The Shield of Achilles, «son como la muerte: aunque se puede posponer, se presenta cuando se presenta y en última instancia es inevitable».4 Esta guerra, aunque se aplazó en 1939, fue en última instancia más inevitable que la mayoría. Cuanto más profundizamos en las causas de la mayoría de las guerras, más comprendemos de ellas. Tolstói, al escribir acerca de las causas de la guerra de 1812, reflexionó sobre lo incomprensible que era que millones de personas se mataran y torturaran entre ellas por las razones expuestas por los historiadores: a causa de las ambiciones de Napoleón, la firmeza del zar Alejandro, la astucia de la política exterior británica, o porque el duque de Oldenburg estaba molesto. Si no hubiera existido el duque de Oldenburg, razona Tolstói, si Napoleón no se hubiera sentido ofendido por la petición de que se retirara al oeste del Vístula o si un gran número de sus cabos y sargentos se hubieran negado a reengancharse para una segunda campaña, no habría habido guerra.5 Sin embargo, todas estas causas, infinidad de ellas, en última instancia confluyeron para que pasara lo que pasó.

Lo único que podría haber evitado la guerra entre los regímenes políticos más extremistas de la historia, el nacionalsocialismo y el comunismo soviético, habría sido la no aparición de Hitler. El nacionalsocialismo surgió en oposición al comunismo o «bolchevismo». Los escritos de Hitler, incluidos Mein Kampf y otras declaraciones, se referían constantemente a la «amenaza judeo-bolchevique».6 Y el control ilimitado que ambos dictadores ejercieron sobre sus pueblos, medios de comunicación y sobre unos recursos y tecnología sin precedentes, provocó que los sucesos fueran menos susceptibles a acciones de otras personas, al accidente o al libre albedrío que en cualquier otro momento o lugar de la historia.7 Al analizar los objetivos e intenciones de alemanes y soviéticos, dependemos en gran medida de los caprichos personales y la psicología de los individuos dirigentes.

Hasta 1933, la historia bien podría haber tomado un rumbo diferente. Alemania, derrotada en 1918, sufrió términos punitivos en el marco del Tratado de Versalles de 1919, y sus fuerzas armadas se restringieron a 100.000 soldados, con limitaciones en tecnologías clave, como buques de guerra y aviones militares. No obstante, en la década de 1920, el Estado alemán y sus fuerzas armadas, la Reichswehr, encontraron un aliado en otro Estado paria. La Unión Soviética había surgido después de que la República Socialista Soviética Federativa de Rusia sobreviviera a los intentos desganados de los vencedores de la Primera Guerra Mundial por ahogarla en la cuna y se uniera a otras repúblicas soviéticas.8 En abril de 1922 los aliados victoriosos convocaron una conferencia en Rapal

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