Contenido
Prólogo
PRIMERA PARTE
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
SEGUNDA PARTE
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
TERCERA PARTE
26
27
28
29
30
31
32
33
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37
38
39
40
41
CUARTA PARTE
42
43
Epílogo
Prólogo
Madrid, junio de 1928
Cuando Áurea atravesó el vestíbulo de viajeros de la Estación del Norte y bajó las escaleras del andén, estuvo a punto de perder el poco valor que le quedaba. El bullicio de la masa de viajeros a punto de partir le resultó abrumador. Cerró unos instantes los ojos, herida por los destellos que el sol arrancaba de los vagones del Sudexpreso. Una bocanada de vapor húmedo y sofocante la alcanzó. Y por un instante estuvo tentada de ceder a aquella sensación de debilidad.
«Lo siento, mi amor.»
El instinto le hizo aferrar el bolso con más fuerza. En él iba la carta que lo obligaría a marcharse. Trató de imaginar dónde estaría; si permanecería sentado en su compartimento, confiando en verla; si estaría inquieto, pensando que ella se retrasaba.
O si ya había comprendido que no iba a huir con él.
Porque su marido se lo había advertido: «Está en tus manos, Áurea. Lo que le suceda está en tus manos.»
A su izquierda, un mozo gritó pidiendo paso al carro de equipajes. Áurea se apartó, mirando aquel tren a punto de partir. ¿La creería? ¿Creería aquella sarta de mentiras que hablaban de remordimientos, de mala conciencia, de escrúpulos y cobardía?
Avanzó por el andén, sin perder de vista los vagones que la habrían llevado a Hendaya y luego a París. Un mecánico que tiraba de una carretilla de carbón chocó con ella sin excusarse. Áurea se tambaleó y el desánimo estuvo a punto de ganarle la partida.
Entonces, al volverse otra vez hacia el andén, lo vio. Bajaba la escalerilla del segundo coche Pullman y escudriñaba el andén con expresión inquieta.
Áurea dio un paso atrás para esconderse entre el gentío. No podía dejar que la viera, porque si la miraba a los ojos lo adivinaría todo. Y ella no quería exigirle más sacrificios. No podía. Aquel trabajo era la ilusión de su vida, y su futuro. No dejaría que lo perdiera por quedarse a su lado.
El silbido procedente del andén la hizo volver a la realidad. Se giró de espaldas. Un muchacho con un montón de periódicos bajo el brazo salía de una de las salas de espera.
—¡Chico! —lo llamó. El muchacho se detuvo y la miró, receloso—. Chico, necesito que hagas un recado. Necesito que entregues esta carta. Aquel hombre... El del sombrero gris que mira a ambos lados del andén, ¿lo ves? Necesito que se la lleves ahora mismo. Te pagaré, pero date prisa. Ve.
La promesa de dinero hizo que el muchacho dejara su carga en el suelo y saliera corriendo hacia el tren. Áurea retrocedió hasta la sala de espera. Desde allí vio el gesto de alerta, la repentina tensión de él al recibir la carta. Lo vio rasgar el sobre, inclinar la cabeza y, acto seguido, mirar de nuevo hacia el andén, hacia el vestíbulo del edificio, hacia los árboles que se adivinaban sobre el Manzanares.
Áurea ni siquiera recordaba bien qué había escrito en aquella carta. «No me atrevo a escapar, no puedo renunciar a mi trabajo...» Tal vez había recurrido a la presión social, la familia, el pecado, los escrúpulos, el qué dirán... La única verdad consciente la había escrito al final: «Te deseo que seas feliz.»
Antes de que su decisión flaqueara, se enjugó unas lágrimas incipientes y se fue. Subió de nuevo las escaleras, cruzó el patio y alcanzó el exterior de la estación justo cuando el humo gris del tren comenzaba a elevarse al cielo, tras la cúpula de una de las torres de la fachada.
Se detuvo junto a un árbol para recuperar el aliento. Había hecho lo que debía.
Pero dolía. Cómo dolía aquella renuncia.
La vista de la cola de gente junto a la marquesina del tranvía la desanimó aún más. Estaba cansada. No cansada de un día, de una jornada difícil, de una renuncia demoledora; estaba cansada desde hacía tiempo. Pero con veintiséis años y una hija por la que luchar, no tenía derecho a rendirse. Las mujeres llevaban años luchando; ella llevaba años luchando. Y alguna vez lo conseguirían: la igualdad civil, el derecho a decidir sobre sus vidas, todas esas cosas por las que ella y muchas otras batallaban desde hacía tiempo.
Y algún día, también, el divorcio.
La campanilla del tranvía hizo que la cola de gente se agitara. Áurea se resguardó de codazos y pisotones y logró sentarse al final del coche. Un fino rastro de humo persistía suspendido hacia el oeste, donde el tren había enfilado el camino de Hendaya. Su mirada permaneció fija en aquel vapor que se resistía a disolverse en el cielo azul del temprano otoño.
Había hecho lo que debía, se repitió, enfrentando con dignidad las miradas curiosas, atraídas por las señales de golpes en su rostro. Ahora, en ese momento de su vida, no le quedaba otra salida.
Pero ahora era solo eso, ahora. Tenía una vida. E iba a luchar.
Por su hija.
Por él.
Y, sobre todo, por ella misma. Por la persona que siempre había querido llegar a ser.
«Algún día lo conseguiré», se juró cuando el tranvía se puso en marcha con un chirrido. Se lo juró a sí misma, al humo, a los demás pasajeros, a los árboles que pasaron veloces por su lado antes de que los edificios del paseo ocultaran todo rastro de la estación.
Era un juramento. Y una esperanza.
Algún día...
PRIMERA PARTE
1
Madrid, marzo de 1916
—¿Se puede saber dónde te has metido? Ven aquí, donde pueda verte.
Escondida tras la cortina del mirador, Áurea se sobresaltó.
—Estoy mirando la calle, tata.
—Que vengas, te digo.
Áurea dejó el periódico en el suelo, procurando no hacer ruido. Luego se puso en pie y salió de detrás de las cortinas.
—No estaba haciendo nada malo.
—A mí no me engañas con esa carita de niña buena, que te conozco. Estabas leyendo un libro, ¿verdad?
—No —contestó con rapidez, aliviada porque El Heraldo de Madrid no fuera un libro.
—Por las mañanas puedes hacer lo que quieras. Si prefieres dejarte los ojos en esos libros que te enseña tu padre, allá tú. Pero las tardes son para tratar de hacer de ti una señorita. ¿Dónde está tu labor?
—Ahí. —Señaló una tela abandonada en el suelo, junto a una silla.
—Pero ¿cómo la tiras así? Tráela que la vea. A ver, déjame... ¡Pero, Jesús, si no has hecho nada! ¿Cómo vas a terminar este pañuelo si no te aplicas? ¿No ibas a regalárselo a tu padre?
Áurea se encogió de hombros.
—Papá se fue hace veinte días, así que faltan dos meses para que vuelva. Tengo tiempo de sobra.
—¡Y que siempre tengas que dar una contestación! ¿Cuándo vas a aprender a no ser tan impertinente?
Áurea bajó la cabeza, fingiendo sumisión. Había escuchado tantas veces aquel reproche que no se inmutaba.
—Lo siento, tata.
—Sí, seguro —murmuró la mujer con escepticismo—. Y ahora, venga, sigue con la labor.
El aya volvió a recostarse en la butaca. En apenas unos segundos, sus ojos se habían cerrado. Con fastidio, Áurea tomó el bastidor y se sentó frente al fuego. Ni sabía ni le gustaba coser, y si su padre hubiera estado allí, habría dicho al aya que la dejara tranquila. Pero el profesor Nebreda se había marchado a Argentina para impartir unas conferencias en la Universidad de Buenos Aires, y aunque ella le había rogado durante semanas que la llevara, la había dejado en Madrid. «Es un viaje de trabajo, Áurea, no podría ocuparme de ti. Pero si todo sale como espero, es muy posible que acabemos yendo a vivir allí.»
La idea de dejar su casa para vivir en un país desconocido no le entusiasmaba, pero por su padre deseaba que todo saliera bien. Hacía año y medio que el profesor Nebreda había perdido su cátedra en el Instituto San Isidro, represaliado por el artículo de prensa en que criticaba los motivos políticos de la destitución de Unamuno como rector de la Universidad de Salamanca. Perder un medio de vida que lo apasionaba le había hecho daño, pero no renunciar a sus ideas; ni la necesidad de recortar gastos en la casa, ni la intercesión de sus amigos para que las autoridades educativas lo perdonaran a cambio de una disculpa, habían conseguido que diera su brazo a torcer. De momento vivían de las traducciones y correcciones encargadas por su amigo Gerardo Ríos, hasta que pudiera regresar a la docencia; si para eso había que cruzar un océano, estaba dispuesto a hacerlo.
La posibilidad de que su padre recuperara su trabajo le provocaba sentimientos encontrados. Sabía que necesitaban el dinero tanto como el amor propio de su padre necesitaba aquella rehabilitación. Pero el despido había tenido una consecuencia positiva, y era que su padre se había ocupado en persona de su formación. Tras la marcha de su última institutriz a Inglaterra, angustiada por aquella guerra europea que acababa de enviar a su hermano pequeño al frente, el profesor Nebreda no había querido ni hablar de institutrices españolas —productos y productoras, en su opinión, de una educación beata, exigua y superficial—. Sin europeas a las que recurrir, había decidido matricularla en el Instituto Cardenal Cisneros como alumna libre y formarla él mismo en casa. Para espanto de su aya, los resultados académicos de Áurea le habían dado la razón. «Fíjate, Engracia, la mejor en aritmética, y sobresaliente en lengua, geografía y francés.» «Virgen del Socorro, y eso qué más dará —se horrorizaba ella—. No sabe ni coger una aguja, ¿cómo vamos a casarla, si solo entiende de latines y números?»
Áurea no veía extraño que aquella mujer expresara su opinión con total libertad; la había criado, la había mimado y cuidado desde pequeña, y ahora trataba de hacer de ella una señorita sin rendirse ante lo difícil de la misión. «No, Áurea, así no. Estate quieta, ponte recta, deja eso, termina ya. No seas impertinente, descarada, frívola, caprichosa.»
Solo en una ocasión se había enfadado de veras con ella. Fue cuando la primera de sus institutrices llegó a la casa. O, mejor dicho, cuando se marchó.
Miss Claire había sido una institutriz estupenda, tan alegre y divertida como hermosa. Durante un tiempo, Áurea fantaseó con la idea de que se convirtiera en su madre. En muchas ocasiones insinuó a su padre lo guapa que era o lo agradable que resultaba su nanny, pero el profesor no hizo avances en tal sentido. Áurea sabía que estaba muy ocupado con su cátedra, sus reuniones del Círculo Republicano y las tertulias con amigos y colegas, pero cuando, al cabo de dos años, miss Claire se despidió para casarse con un compatriota que estudiaba en Madrid, Áurea se enfadó de verdad. Ella quería una madre. Todos los niños del parque tenían una, y si faltaba, solían tener abuelos o tíos, o algo. Áurea solo tenía a su padre; lo que estaba bien, porque lo adoraba, pero ¿qué había de malo en querer tener a alguien más?
Pero el tema de su madre era muy espinoso; el único capaz de hacer que su padre y la vieja Engracia perdieran la paciencia con ella. Cada vez que Áurea insinuaba que quería tener una madre, o se le ocurría preguntar qué le había pasado a la suya, su padre se enfadaba y la mandaba al cuarto de peor humor que si ella hubiera dicho que quería meterse a monja. Entonces el aya se la llevaba a rastras murmurando algo sobre la sangre de los Garay que Áurea nunca llegaba a entender, y que luego negaba haber murmurado.
A veces, después de uno de aquellos momentos, su padre se disculpaba; pero le rogaba que entendiera que su madre no estaba y ella tendría que conformarse con él. Al fin y al cabo, la quería por dos, por un padre y una madre, ¿acaso no le bastaba? Y en su sonrisa compungida y esperanzada naufragaban los deseos de Áurea de pedir una madre. Las institutrices, algunas mejores que otras, habían tenido que valerle.
Y ahora, ya ni eso.
Cuando la aguja traspasó la tela y se le clavó en un dedo, no lo pudo soportar más. Dejó su labor sobre el brazo de la butaca y, de puntillas, se encaminó al mirador. Estaba a punto de escabullirse tras la cortina cuando el sonido de la puerta la paralizó.
—Han llamado —explicó con aspecto culpable cuando la mirada adormilada de la anciana se posó en ella.
Doña Engracia se incorporó, tratando de espabilarse. La voz masculina que saludó a la criada impidió los reproches. Áurea respiró con alivio; con la visita de Gerardo Ríos se acababa la costura por aquel día.
Cuando su padrino apareció en la sala, Áurea lo saludó, le preguntó por su salud y se ofreció a pedirle un té, dispuesta a demostrar a su aya que las lecturas y lecciones no le impedían ser una buena anfitriona. Pero el hombre no contestó, ni apartó la mirada de ella. Como si tratara de hallar la respuesta a una cuestión difícil en su rostro, los ojos de él recorrieron sus rasgos una y otra vez. Áurea se inquietó. Conocía bien la precaria salud del editor, que lo llevaba durante largas temporadas a los mejores balnearios y centros termales de Europa. Pero aquel día, pálido y tenso, parecía peor que de costumbre.
—¿Se encuentra bien, don Gerardo? ¿No quiere tomar asiento?
Sus preguntas parecieron sacarlo de su trance.
—No, no. Estoy bien. Necesito... —Se volvió hacia el aya—. Debo hablar con usted, doña Engracia.
—¿Qué pasa? —inquirió Áurea, sorprendida.
Gerardo Ríos volvió a mirarla.
—Un poco de té estaría bien, Áurea, ¿puedes encargarte de que lo preparen?
Su voz sonó suave y afectuosa, pero terminante. Áurea sintió que las palmas de sus manos se humedecían.
—Dígame qué pasa, don Gerardo.
—Áurea, no seas impertinente —la reconvino la anciana—. Don Gerardo quiere hablar conmigo, no contigo. Ve a encargarte del té.
—Por favor, don Gerardo —insistió la niña, ignorando al aya—. Tengo casi catorce años, soy mayor. Quiero saber qué pasa.
El hombre vaciló. Su incomodidad era tan evidente que Áurea ya no dudó de que algo grave sucedía.
—No solo eres mayor sino también fuerte, me consta. Pero no sé si es lo correcto... Había pensado que si hablaba primero con doña Engracia... Aunque es inevitable que antes o después te enteres. Pero ojalá no fuera yo quien tuviera que decírtelo.
Tiempo más tarde, Áurea se maravillaría al recordar aquel momento de cruda lucidez en que supo que su vida había cambiado para siempre. Recordaría el silencio que se hizo, como si todos en la habitación se hubieran vuelto estatuas de sal. Recordaría el rayo de sol iluminando el suelo ante ella, encendiendo una franja clara ante sus zapatos de niña. Y recordaría que supo, con categórica certeza, que cuando sus oídos escucharan la verdad su niñez se habría cerrado para siempre.
Y aunque pensó en irse, en ignorarla, en taparse los oídos para impedir que el futuro la alcanzara, no fue suficientemente rápida para hacerlo.
—Lo siento mucho, Áurea —dijo Gerardo Ríos, compungido, tendiendo la mano para acariciar su cabello—. El Príncipe de Asturias ha naufragado.
—¿Qué tal se encuentra ella? —preguntó el abogado desde la puerta.
—Adelante, Gálvez. —Gerardo Ríos se hizo a un lado, franqueando el paso—. Asustada, supongo, y muy triste, pero trata de mostrarse entera. Es una niña valiente. Y bien, ¿ha podido hablar con alguien de la naviera?
—Del ministerio. Como nos dijeron, no son mucho más de cien los supervivientes. La búsqueda está a punto de darse por finalizada. Aunque es algo irregular, dadas las circunstancias me han permitido traer esto.
El abogado tendió a Ríos un pequeño paquete envuelto en papel de estraza. El editor se sobresaltó.
—Hablemos antes un momento.
Ambos miraron hacia las butacas con prudencia, antes de dirigirse a la biblioteca. Áurea los ignoró, irritada. Era como si todo el mundo a su alrededor se hubiera puesto de acuerdo para hablar de ella como si no estuviera. Qué tal la niña, cómo lo ha tomado, qué va a ser ahora de ella, quién se va a encargar... Varias veces había estado a punto de gritar: «Lo estoy oyendo todo, ¿os enteráis?» Pero sospechaba que solo habría conseguido que chasquearan la lengua para decirse «pobre criatura, qué desgracia».
Giró la cabeza hacia la carta que aferraba, enviada por su padre desde Cádiz, donde el Príncipe de Asturias había hecho escala días antes de acabar devorado por el océano frente a las costas de Brasil. Todos esos adultos llenos de buena intención no sabían nada. No era posible que su padre se hubiera ahogado. Era él quien le había enseñado a nadar en el mar de San Juan de Luz, y Áurea lo había visto atravesar la bahía desde el espigón hasta Ciboure. Cómo iba a ahogarse. Aunque fuera cierto que el barco había chocado contra los arrecifes de Punta Pirabura, su padre se habría agarrado a algún tablón y habría aguantado, resistido, esperando que lo rescataran.
Áurea dobló de nuevo el papel, temiendo que alguna lágrima acabara por estropearlo. Cuando oyó pasos en el corredor, lo guardó en el bolsillo. No quería que la vieja Engracia comenzara a llorar de nuevo.
—Te tengo dicho que no apoyes los zapatos en la butaca. La vas a estropear.
La vio pasar ante ella arrastrando los pies. En cualquier otro momento, Áurea habría contestado algo que su aya habría calificado como insolente, y habría tenido que acallar sus reproches con un beso en la mejilla. Aquel día, Áurea sacó los pies de debajo de su cuerpo y los bajó al suelo sin protestar.
—He oído la puerta, ¿ha venido alguien? —inquirió la mujer, palpando el sofá donde hacía unos minutos había abandonado su rosario.
—El señor Gálvez.
—No sé dónde he dejado... Ya es que ni sé... Ah, aquí está. —Con la sarta de cuentas en sus manos, se acomodó en el asiento—. ¿Y qué ha dicho el abogado?
—No lo sé. Aún está con don Gerardo.
—Tendrán tantas cosas que decidir... Pobre, pobrecito Andrés —sollozó, y las cuentas tintinearon al entrechocar entre sus manos.
Áurea inspiró hondo, tratando de contener las ganas de llorar. O gritar. O tomar cualquier objeto frágil, lanzarlo contra la pared y machacar los añicos hasta reducirlos a polvo... Algo, algo que parara el torbellino que le subía del estómago a la garganta. Por hacer algo, bajó la mirada y comenzó a rezar acompañando a la anciana. Repetir la letanía de oraciones no conseguía aliviar la incertidumbre, pero no sabía qué más hacer.
Los minutos que transcurrieron hasta que los hombres abandonaron la biblioteca le resultaron eternos. O tal vez era que después de quince días sin salir de casa había perdido la noción del tiempo. Imaginaba que cuando su padre apareciera, esos días de angustia se encogerían en la memoria, disminuidos por el alivio hasta quedar en nada; pero ahora resultaban devastadores.
Cuando los dos hombres entraron en la sala, ellas se pusieron en pie.
—Hola, Áurea —la saludó el abogado—. ¿Qué tal te encuentras?
—Bien, don Matías. ¿Ha recibido noticias de mi padre?
Era una pregunta obligada, aunque no esperaba una respuesta afirmativa; no habrían estado una hora reunidos si Andrés Nebreda hubiera aparecido por fin.
—Áurea, mi niña —intervino Gerardo Ríos con suavidad—, me temo que las noticias que tenemos no son buenas. Siéntate, por favor. —Ella obedeció, y los hombres tomaron asiento en el sofá contiguo—. Hemos hablado con el representante de la naviera y con el agregado de la embajada. Tu padre, Andrés, no está entre los supervivientes que han llevado a Santos.
—Bueno. Estará en otra ciudad. Ha podido nadar a otro sitio, y...
—Áurea...
—O igual lo ha encontrado algún barco que iba a Estados Unidos, o a Cuba, o a... ¿A qué países pueden ir los barcos que pasan por allí, don Gerardo?
—Áurea...
—Tienen que buscarlo en esos países, puede que no recuerde...
—Áurea, no.
El tono consternado del editor molestó a la muchacha.
—Pero puede que...
—No, cariño, no. —Él adelantó la mano, pero Áurea se apartó—. Lo siento mucho. Tu padre no está entre los supervivientes. Dimos una descripción muy precisa de su aspecto, y el agregado ha confirmado que uno de los... Dios mío, no puedo ni decirlo.
Viendo que el hombre no iba a serle de mucha ayuda, el abogado se inclinó hacia delante.
—¿La reconoces, Áurea?
Ella se volvió hacia él. Tendía una pluma estilográfica como la que su padre utilizaba a diario en sus traducciones y escritos, pero envejecida.
—¿La reconoces?
El hombre le acercó la mano, invitándola a tomarla. Ella obedeció. Ni la ebonita negra ni la camisa bañada en oro brillaban como en la pluma de su padre. Parecían rugosas y mates, pero por lo demás era el mismo modelo. La hizo girar en su mano. Las mismas iniciales A. N. S. Entrelazadas de igual modo. Grabadas en el mismo lugar.
Levantó la cabeza.
—Parece la pluma de mi padre. Pero más vieja.
Se giró al escuchar el gemido de su aya. Cuando se volvió de nuevo hacia el abogado, la miraba con tal compasión que el corazón de Áurea se aceleró.
—No más vieja, solo deteriorada por el agua y la sal. Lo siento mucho, Áurea.
—¿Qué siente? —preguntó, negándose a entenderle.
—La pluma estaba en el bolsillo de la chaqueta de uno de los fallecidos.
—¿Y qué? —Hizo un esfuerzo por sacar una voz que parecía romperse en su garganta.
—Áurea, lo siento mucho.
Esta vez fue Ríos quien repitió aquellas palabras que ella no iba a comprender. Cuando de nuevo trató de tomar su mano, se apartó enojada.
—No.
—Áurea, tienes que aceptarlo, tu padre...
—¡No!
—Lo siento, pero es la verdad —zanjó el abogado sin contemplaciones—. Tú misma has reconocido su pluma. Su cadáver fue uno de los que enterraron hace una semana en Santos.
—¡No! ¡No es verdad! ¡No lo es!
El llanto que se había esforzado en contener a lo largo de aquellos días brotó con tal fuerza que sintió que se mareaba. Unos puntitos negros comenzaron a danzar ante sus ojos. Trató de conseguir aire, de inspirar una bocanada que eliminara aquella angustiosa sensación. Unas manos la obligaron a inclinarse sobre las rodillas y agachar la cabeza.
Cuando recuperó la respiración, los rostros preocupados de los hombres aparecieron ante su vista.
—Lo siento mucho, Áurea, pero ahora tienes que ser fuerte. Hay tantas cosas de las que ocuparse... ¡Benita, puede dejar de buscar las sales! —gritó el abogado hacia la puerta.
Áurea sentía la cabeza a punto de estallar. El dolor que la embargaba era tal que apenas podía inspirar si no se obligaba a ello.
—¿Me has escuchado, Áurea? ¿Has llegado a comprender lo que te he dicho?
Claro que sí. Lo había escuchado y comprendido, aunque no fuera verdad. Era solo que no podía hablar, y se limitó a mover la cabeza mientras trataba de dar una boqueada que deshiciera el nudo que estrangulaba sus pulmones.
Los hombres intercambiaron una mirada compasiva. Pero cuando el editor hizo amago de levantarse, Áurea adelantó su mano.
—¿Y qué va a ser de mí?
Gerardo Ríos miró la pequeña mano aferrada a la chaqueta de su traje.
—Bien, Áurea, no sé si ahora es buen momento...
—Ya nunca habrá un buen momento, don Gerardo.
El hombre movió la cabeza con afecto. Retiró la mano que ella apoyaba en él y la tomó entre las suyas.
—A veces tienes tales cosas de adulta que no sé ni qué contestarte... En fin, si crees que puedes hablar ahora de tu futuro, hablaremos. Verás, tu padre hizo testamento, lo sé porque me lo dijo en una ocasión. En él me nombra tu tutor. Pero no me parece que un solterón de casi cincuenta años con una salud deplorable sea la mejor solución para tu futuro. Tu padre era mi amigo más entrañable, y no hay muchas cosas a las que me hubiera negado, pero que yo sea tu tutor... no es lo correcto. Gálvez y yo lo hemos hablado, y creo que lo mejor es que renuncie a la tutela, y que sea el Consejo Familiar quien elija al más adecuado para gestionar tus intereses.
Con los ojos aún húmedos, Áurea lo miró sin entender qué le estaba contando. ¿Qué consejo? ¿Qué intereses? ¿Qué tenía eso que ver con su vida?
—Pero yo seguiré viviendo con doña Engracia, ¿verdad? —preguntó, pasándose la manga del vestido por el rostro.
—No es posible, Áurea, no es familiar ni tu padre la designó —intervino el abogado con tono práctico—. Pero, por supuesto, doña Engracia recibirá una renta adecuada. Podrá vivir sin estrecheces.
Aquellas palabras la confundieron aún más.
—¿Vivir sin estrecheces?
—Sí, no debes preocuparte por ella. Doña Engracia podrá residir en una pensión, o un asilo, o lo que prefiera, y no le faltará de nada.
Los súbitos sollozos a su espalda solo aumentaron su confusión.
—Pero... ¿y yo? Si ella se va a una pensión, ¿qué haré yo?
—Vivir con tu familia, por supuesto.
—¡Mi familia! Si yo no tengo familia...
El abogado frunció el ceño.
—Me refiero a tus tíos. Los que viven en Burgos.
—Yo no tengo ningún tío.
—Tu tío Joaquín. El hermano de tu padre. Y tu tía Luisa, su mujer. —Ella negó con la cabeza y el abogado miró al editor con sorpresa—. Pero cómo, ¿es que esta niña no sabe nada de su familia?
—El señor Andrés tenía sus razones —intervino el aya entre hipidos, aumentando el estupor de Áurea.
—Pues espero que al menos ellos sí sepan de su existencia.
—Sí, claro que sí —terció el editor—. En el telegrama que envió ayer como respuesta, su tío dejó claro que se ocuparía de ella. En cuanto llegue mañana, iremos a presentarnos ante el magistrado. Esta mañana he acudido al tribunal para exponer mis motivos para la renuncia, y ha estado de acuerdo en que, habiendo familiares de segundo grado que puedan ejercer la tutela, y dado el resto de... digamos, circunstancias especiales, será lo más correcto.
Llorosa, Áurea miró a su aya, tratando de comprender qué historia era esa de una familia de la que jamás había oído hablar, esperando que la anciana recobrara la cordura y lo negara como ella había hecho. Pero los ojos húmedos de Engracia rehuyeron los suyos, en un gesto de culpabilidad tan evidente que ya no le quedaron dudas de que lo que aquel hombre decía era cierto.
Trató de aferrarse a algo real: a la existencia de la casa, de sus muebles, de sus cosas. El abogado le aclaró que cancelarían el contrato de la casa y guardarían los muebles hasta que fuera mayor de edad. Gerardo Ríos, que se había levantado para tomar su sombrero, volvió a sentarse en el sofá.
—Vas a estar con tu familia, Áurea. Es lo más adecuado ahora.
—Pero no los conozco.
—Sí, lo sé; pero son tu familia.
—Mi familia eran mi padre y doña Engracia.
—¡Pero qué cosas tienes! No me corresponde a mí juzgar las razones de tu padre para no hablarte de ellos, pero desde luego que son tu familia, y están dispuestos a acogerte. Tienes incluso una prima de tu edad. Se llama Paula. Mañana, cuando llegue tu tío Joaquín, podrás comprobar que lo que digo es cierto.
¡Una prima! La consternación la dejó sin habla. Su deseo más constante, a lo largo de su infancia, había sido tener alguien con quien jugar. A menudo se descubría en el parque envidiando las discusiones y risas de las familias que paseaban por allí. Y cuando comprendió que su pequeña familia no iba a crecer, pues no habría mejor candidata que miss Claire y su padre la había desaprovechado, comenzó a pedirle que la matriculara en un colegio.
—¿En qué colegio? —replicaba él—. Todos los colegios que conozco están llenos de beatería e ignorancia; estás mucho mejor formándote en casa.
—Pero yo quiero amigas.
—Bueno, veremos. Cuando cumplas otro año. Tal vez donde Giner de los Ríos.
Así, año tras año. Y ahora, después de tanto pedir y suplicar, parecía que su deseo infantil de tener compañeras de juego iba a cumplirse.
Al terrible precio de haber perdido a su padre.
—No me importa mi familia —dijo, enjugándose bruscamente las lágrimas—. No quiero ninguna prima si para eso tengo que abandonar a doña Engracia, ni quiero dejar mi casa, ni el instituto, ni irme a Burgos. Seguro que mi padre nos ha dejado algo de dinero. Viviremos con eso hasta que yo pueda trabajar.
—Virgen santísima, cómo vas a trabajar... —sollozó la anciana al escucharla.
—Áurea, comprendo que estás consternada —intervino el abogado—, pero no se trata de si puedes trabajar o no, un absurdo fuera de discusión; tu familia se va a ocupar de ti. Cualquier juez ante el que presentemos el caso dirá que es lo correcto.
—Pero yo no quiero irme. Dentro de tres meses termina el curso, y estoy sacando muy buenas notas. Cuando acabe voy a ir a la universidad para ser profesora como mi padre. Si hay algo de dinero, puedo vivir con doña Engracia y seguir estudiando. En cuanto termine trataré de conseguir una plaza, y...
—Áurea, no hay más opciones —cortó el abogado, cansado de su resistencia—. Eres una niña, y las únicas personas que pueden hacerse cargo de ti son tus tíos de Burgos. Doña Engracia podrá vivir dignamente, y seguro que ellos te traerán a visitarla cuando desees. Pero, una vez que Ríos ha renunciado a tu tutela, no hay ninguna posibilidad de que te quedes en Madrid.
La afirmación cayó sobre su ánimo como un mazazo. Aún pasó un tiempo hasta que los hombres abandonaron la casa, y cuando por fin lo hicieron, Áurea se secó las lágrimas, apretó la pluma contra su pecho y se dirigió a la biblioteca en busca de la enciclopedia. Recordaba Burgos, una de las estaciones donde el tren se detenía camino de Francia. En los veranos en que había viajado a San Juan de Luz con su padre, había estirado las piernas en un andén de aquella ciudad, sin sospechar que alguna vez sería su estación definitiva.
Inclinada sobre las fotos de una catedral enorme y puntiaguda, no pudo evitar los sollozos al recordar aquellos tiempos perdidos. Ahora dejaría su casa camino de una ciudad que apenas recordaba, salvo por un cartel con su nombre en un andén bajo una pirámide de cristal. Camino de una familia cuya existencia acababa de descubrir, y de la que sabía incluso menos que de la propia ciudad.
2
Burgos, abril de 1916
—Creo que el asunto es lo suficientemente serio como para tratarlo ahora mismo —zanjó Alonso Montero con determinación.
Su esposa alzó las cejas, sorprendida.
—Pero tu hermana nos está esperando, Alonso. Le prometimos que acudiríamos a apoyarla, y no quiero que piense que le fallamos en un momento así.
—Y esa es otra. A santo de qué tenemos que meternos en un asunto privado de los Nebreda. A saber qué pensará la muchacha, cuando llegue agotada del viaje y se encuentre un comité de bienvenida en el salón de la casa.
—Vamos porque somos familia, Alonso. Y recuerda que fue ella quien nos pidió que la acompañáramos hoy.
Su esposo se detuvo con los brazos en jarras.
—A mí Luisa nunca me ha pedido nada por el estilo. Ya habrá sido cosa tuya.
—Bueno, lo que es seguro es que tu hermana nos espera en media hora —replicó su esposa con terquedad.
Alonso bajó los brazos. Los erráticos razonamientos de su esposa siempre le quitaban las fuerzas para mantener el enfado. Le costó unos segundos retomar el hilo de su pensamiento.
—El colegio —profirió con satisfacción al conseguirlo. Recogió un papel de la mesa y lo agitó en el aire—. Estábamos hablando del colegio cuando me has distraído. Trescientas pesetas me reclaman, entre los cristales del invernadero, el carro del lechero y la bicicleta que quitaron al bedel. ¿Se puede saber qué explicación tiene tu hijo para esto?
—No hables de Ignacio como si no fuera también hijo tuyo —se sulfuró su mujer—. Siempre lo haces cuando algo sale mal, como si yo tuviera la culpa de las travesuras que se les ocurren a los muchachos. Además, ¿por qué vamos a pagar nosotros? También estaba de por medio el pequeño de los Aparicio. Ese muchacho es de la piel del diablo, que ha salido al abuelo, al que todavía recuerdo...
—El árbol genealógico de los Aparicio me importa un bledo. Pero si el director decide expulsar a Ignacio, te juro que lo mando interno a Lecaroz, como fue Gabriel. O a Orduña, con los jesuitas.
—¡No se atreverán! Estoy segura de que todo lo empezó ese tarambana. Ignacio, hijo mío. —Justina se giró hacia su izquierda—. ¿A que fue Aparicio quien empezó todo? Estoy segura de que tú no pudiste prever lo que sucedería.
El joven sentado en el butacón contiguo sopesó su respuesta. Claro que él no había previsto el resultado; la rotura de los radios oxidados que le había arrojado contra Ramón Aparicio y el invernadero le había hecho perder la apuesta.
—No, no pude preverlo —contestó, tratando de conseguir la mezcla justa de arrepentimiento y ofendida dignidad—. Nuestras bicicletas chocaron y caí contra el invernadero. Fue un accidente.
Justina dirigió una mirada triunfal a su esposo, pero Alonso no se dejó embaucar.
—Le quitaste la bicicleta al bedel. Eso no pudo ser un accidente.
—Yo no se la quité, padre. Nadie me dijo de dónde la habían sacado.
Alonso miró a su hijo un largo instante con tanta intensidad que, por un segundo, Ignacio pensó que no lo había engañado. Lo que no era justo, pues ni él la había tomado, ni se había preocupado por saber dónde habían conseguido sus amigos las bicicletas para la apuesta.
—Trescientas pesetas —repitió su padre sin dejar de mirarlo—. Si crees que...
El ruido de la puerta los interrumpió. Ambos volvieron la cabeza hacia el umbral de la habitación.
—Ah, Gabriel, pasa —invitó Alonso a su hijo mayor.
El joven se quedó en la puerta.
—No pretendía interrumpirles, padre. Ya he terminado el listado que me encargó y estoy preparado para ir a casa de mis tíos, pero volveré cuando hayan acabado.
—Qué cosas tienes, Gabriel —contestó su padre, desconcertado—. No tienes por qué irte, esta es tu casa. Además, solo hablábamos de la última barrabasada de tu hermano.
—No puedes llamarlo barrabasada —discrepó Justina, mirando con acritud a su hijastro—. No ha sido más que una tontería. Una chiquillada.
Gabriel asintió, contemplando a su medio hermano.
—Siempre lo es, con Ignacio. Cosas de la edad.
La tranquila observación irritó a Ignacio. La indiferencia de Gabriel siempre conseguía enojarlo. Estaba harto de que lo responsabilizara de todo. ¿Qué culpa tenía él de haber estado tan enfermo de pequeño como para que hubieran decidido enviar a Gabriel interno a un colegio de Navarra?
—Bien, supongo que no es el momento de resolver esto —concedió Alonso a regañadientes, antes de dirigirse al menor de sus hijos—. Si finalmente deciden no empeorar la sanción inicial, podrás considerarte afortunado. Pero no creas que vas a hacer como si nada hubiera pasado; me encargaré de que respondas por los desperfectos.
—No será con el dinero que tengo —musitó el joven.
Sus palabras fueron poco prudentes, pues su padre las oyó. Pero Justina impidió la réplica de su marido.
—Deberíamos salir ya. Aunque seamos familia, no podemos llegar tarde a casa de tu hermana. Joaquín vendrá cansado del viaje, y lo último que querrá será tener que esperar para la cena. Ignacio, por favor, avisa a Pura que nos vamos.
Ignacio aguardó un instante. Cuando se convenció de que su padre no iba a seguir abroncándole, salió en busca de la criada.
Sabía que tendría que haberse mordido la lengua, lo sabía; pero las explicaciones dadas por su padre dos años atrás, al hacer su testamento, aún le sacaban de quicio. Daba igual que las acciones de los ferrocarriles y los depósitos bancarios hubieran sido la dote de Claudia Sola, la primera mujer de su padre; una vez muerta, esos bienes habían pasado a pertenecer a Alonso, que legalmente podía repartirlos entre sus hijos por igual.
Pero no; más allá de legalidades, Alonso Montero había recurrido a la ética para justificar que los bienes que provenían de los Sola recayeran en un Sola; es decir, Gabriel. Y así, creando un fondo a su nombre al que asignar tanto dichos bienes como las rentas de su usufructo, había creado una inmensa desigualdad que Ignacio difícilmente iba a disculpar.
Cuando regresó a la sala, aguantó la mirada de advertencia de su madre. Normalmente, el asunto de la herencia lo mantenía resentido durante horas. Sin embargo, dado que aquel día su padre podría haber optado por muchos castigos sin haberse decantado por ninguno, decidió no pensar más en ello. Además, siempre le gustaba acudir a casa de su tío Joaquín; la comida sería excelente, podría ganar unos duros jugando contra él al billar, y seguiría reforzando una relación que le proporcionaba fundadas esperanzas de que, llegado el momento, su tío le ayudaría a establecerse. Si, para ello, tenía que soportar un rato el parloteo insustancial de Paula y la nueva incorporación a la familia —pues imaginaba que, dada su edad, le resultaría tan insufrible como su prima—, era un precio pequeño a cambio de los beneficios de la velada.
—Se están retrasando.
Luisa no replicó ante el superfluo comentario de su cuñada, pero su mirada se deslizó hacia el reloj que presidía la chimenea.
—El tren es un invento del siglo pasado, mamá —intervino Ignacio, descartando un naipe en la mesa—. El tío tendría que haber ido a Madrid en su propio coche. Figúrate, seis cilindros, cincuenta caballos, tres velocidades... Podrían haber hecho el viaje en menos de seis horas.
—Y matarse por el camino —replicó Luisa con sequedad—. No des ideas a tu tío, Ignacio, ya está lo suficientemente apegado al Mitchell sin que tú le digas cuánto lo admiras.
Su sobrino sonrió sin dejar de mirar sus naipes, pero el comentario hizo que Justina arrugara la nariz.
—No sé cómo nadie puede admirar esas máquinas horribles. Por mi parte, prefiero con mucho un buen coche de caballos. Esos automóviles, con su humo y su ruido, y las manchas de grasa que dejan por todas partes...
El gesto de disgusto no engañó a Luisa; sabía que Justina estaba orgullosa de ser parte de una familia que podía demostrar su prosperidad de una forma tan visible, aunque creyera que parte de esa prosperidad tendría que haber sido suya. Luisa nunca perdía el tiempo en recordarle que, tras la muerte de su padre, Alonso se había quedado la casa de Zarauz, mientras que a ella le había tocado la ruinosa fábrica de lanas y un puñado de parcelas en Salas solo aptas para rebaños de ovejas no muy exigentes con su alimentación. Que la fábrica hubiera prosperado de manera inesperada gracias a la guerra mundial y los altos precios que los países combatientes pagaban por sus productos había sido una cuestión de pura suerte.
—Tal vez deberíamos cenar ya sin aguardarlos —sugirió, viendo que las manecillas del reloj avanzaban y no había rastro de su marido y su sobrina.
No tenía esperanzas de que Justina aceptara. Inesperadamente, fue Ignacio quien acudió en su ayuda.
—Mi tía tiene razón, mamá, es muy tarde y si seguimos aquí acabaremos por ser considerados invitados indeseables, de los que los anfitriones nunca saben cómo desprenderse.
—No digas bobadas, Ignacio —se sulfuró su madre—. Somos familia, no invitados. Quiero conocer a la niña y, además, tampoco es tan tarde. Tu padre ni siquiera ha regresado de casa de las Robles. Qué fastidio, que lo llamaran esas inoportunas justo cuando estábamos a punto de salir. Ojalá les hubiera dicho que no podía atenderlas fuera de horas...
—Padre nunca faltaría a su deber de esa manera. Y si la tía Luisa considera que deberíamos cenar ya, por mi parte estoy de acuerdo —intervino Gabriel, cerrando el pesado tomo que estaba consultando en la butaca más alejada de la chimenea.
Justina apretó los labios con rabia y Luisa contempló pensativa a su sobrino. Nunca había creído que enviarlo interno a Lecaroz, siendo tan pequeño, fuera acertado, pero nada podía decir de las decisiones en una casa que no era la suya. Casi desde el comienzo de aquel segundo matrimonio de su hermano había percibido que Justina no simpatizaba con el niño silencioso que era Gabriel. Su embarazo dificultoso y la precaria salud de Ignacio al nacer solo habían acentuado aquella frialdad. Con los años, Gabriel había ido creciendo como un muchacho formal y reservado, y pocas cosas alteraban tanto a Justina como la calma que siempre mostraba su hijastro.
Estaba a punto de dar la orden de que se sirviera la cena cuando sonó el timbre de la puerta. Inevitablemente, y aunque había tratado de prepararse para aquello, se envaró.
—Ya están aquí —anunció Justina con un brillo en la mirada que Luisa prefirió esquivar.
Ignacio arrojó los naipes al centro de la mesa, Gabriel cerró el libro y Paula se volvió hacia la puerta con tal expresión de rabia que, aunque tarde, hizo que Luisa se arrepintiera de cómo había encarado la llegada de aquella muchacha cuya existencia siempre habían preferido ignorar.
Cuando la sala se abrió y Joaquín y la joven entraron en el salón, la amarga sensación de que aquello ya lo había vivido antes hizo que sus dedos se hincaran en la butaca.
Debería haberlo esperado.
Como en sus peores pesadillas, con los nudillos casi blancos de tanto apretar una estilográfica dorada que aferraba ante sí, como si fuera la pluma quien la sostuviera a ella y no al revés, la viva imagen de Teresa Garay acababa de hacerse presente en su salón.
—El tren tuvo algún retraso en Guadarrama, pero lo recuperó en cuanto alcanzó el llano —explicaba Joaquín Nebreda a la mujer sentada a su izquierda, que no dejaba de mirar a Áurea de reojo, haciendo que le costara cada vez más esfuerzo tragar la cena que le habían servido.
Áurea nunca se había sentido incómoda entre adultos. Desde que tenía uso de razón, se recordaba saludando a los invitados de su padre, incluso compartiendo parte de sus veladas. En más de una ocasión, doña Engracia le había advertido que su desparpajo al tratar con gente mayor podría interpretarse como una falta de decoro, por lo que trataba de ser cuidadosa cuando le presentaban a extraños, bajando la cabeza con recato y no sosteniendo su mirada de forma directa. Sin embargo, ninguno de los presentes parecía dispuesto a mostrar igual grado de civilidad con ella.
No sabía por qué, pero era evidente que su llegada había conmocionado a las dos mujeres que aguardaban en la sala. Sin embargo, mientras una de ellas había reaccionado con algo que a Áurea le pareció irónica satisfacción, la otra, la que le habían presentado como su tía Luisa, había permanecido rígida, distante. Y aunque hacía horas que el trozo de empanada que había almorzado en el viaje era solo un recuerdo, Áurea apenas podía tocar los alimentos que la doncella servía en su plato.
—¿Qué nombre es ese, Áurea?
Ahogando un suspiro de impotencia, miró al frente. También aquella muchacha que le habían presentado como su prima Paula parecía dispuesta a mostrarse hostil.
—Pues un nombre. ¿Qué pasa con él?
—Que no es un nombre de verdad. Seguro que te llamas Aurelia y te lo has cambiado para parecer interesante.
—Me llamo Áurea. Y sí es un nombre de verdad.
—Sole dice que no lo es. Y que te llamaremos Leli.
—No me llamaréis nada parecido —replicó Áurea con tan poca cortesía como su prima, sintiendo que el cansancio de las más de siete horas de viaje acababa de arrebatarle las escasas energías que la desaparición de su padre le había permitido conservar.
Desde que las habían presentado, aquella muchacha de cabellos castaños, tez pálida y figura redondeada había dejado claro que no le agradaba que Áurea estuviera allí. «Es mi cuarto de juegos, no toques nada», le había advertido en un siseo rabioso cuando Áurea había subido para dejar su maleta.
En cualquier otra circunstancia, Áurea habría tratado de entender qué le sucedía a aquella muchacha para comportarse así con ella. Pero aquella noche no. El pesado viaje en tren había sido el agotador colofón a veinte días de angustia. Veinte días en los que se había resistido a aceptar que su padre no iba a volver nunca, y en los que apenas había podido descansar, desvelada por horribles pesadillas en las que se ahogaba en una habitación cerrada y oscura. Y cuando abría los ojos en la penumbra, agitada, llorando a veces, gritando casi siempre, la conciencia de una realidad aún peor que sus pesadillas no le permitía volver a dormir.
No; le daban igual los motivos de aquella prima enojada, a ella no le quedaba ni gota de paciencia en el cuerpo.
—¿Y habéis pensado qué haréis con ella ahora?
Áurea dejó la cuchara sobre la mesa, rindiéndose. Odiaba que la gente hablara como si fuera una mascota extraviada a la que había que buscar un rincón, pero ¿qué podía hacer? ¿Decir: «Eh, señora, que estoy aquí, y soy una persona»? Sí; y así la acusarían de ser impertinente y descarada. O soberbia. O todo a la vez. Doña Engracia se lo había advertido: «La señora Luisa no va a aguantar tus salidas de tono como lo hago yo. Sé prudente, sé sensata.» Tal vez aquella gente de la que nada sabía solo estuviera aguardando un desliz para llevarla al hospicio. Al menos, su prima parecía esperarlo.
—Según me explicó el abogado, mi hermano decidió que se formara en casa. Institutrices extranjeras, ya puedes imaginar. —La voz de su tío encontró la comprensión de Justina—. Nunca la matriculó en un colegio femenino, y eso me genera enormes dudas sobre la educación que haya podido recibir. Pero voy a resolverlo sin demora. Mañana mismo Luisa hablará con sor Angustias para que acuda al colegio con Paula. Queda poco para que el curso finalice, pero eso es mejor que nada. Y luego, ya veremos.
El anuncio sorprendió tanto a Áurea que levantó la cabeza y los miró con fijeza. Su tío sonrió en su dirección.
—¿Qué te parece, Áurea, acudir con tu prima al Niño Jesús? Es el mejor colegio de Burgos.
¿Que qué le parecía? Tuvo que hacer un esfuerzo para no echarse a llorar. Primero, una familia; y ahora, un colegio. Todo lo que había deseado. Lo que había pedido a su padre con insistencia.
Palpó el bolsillo de su vestido, tratando de obtener fuerzas de la estilográfica dorada de su padre. Una vez, tiempo atrás, había leído en un libro una frase que entonces había desechado por incongruente. Una frase que sostenía que había que tener cuidado con lo que se deseaba, pues podía conseguirse.
—No parece que la idea le haya hecho muy feliz.
La ironía del muchacho de cabellos claros sentado frente a ella la hizo reaccionar. Llevaba un rato mirándola con insistencia, pero hasta entonces Áurea había evitado su mirada, porque sonreía con irreverencia y sus ojos chispeaban, y ella no estaba acostumbrada a jóvenes de su edad guapos y descarados.
Reuniendo las fuerzas que le quedaban, se obligó a contestar:
—Me parece bien. Gracias, señor.
—No me las des, es mi deber ocuparme de tu futuro de ahora en adelante. Y ya te he dicho que no me llames señor, como si fuéramos desconocidos.
—Sí, tío. Gracias, tío.
—Y el año que viene, veremos. Tu tía Luisa decidirá. Tal vez la academia de madame Roche. ¿No es eso, Luisa, lo que consideras mejor?
—Sí. Una vez finalizado el colegio, lo mejor es la academia.
De repente, Áurea sintió que se había perdido parte de la conversación. ¿Cómo iba a finalizar el colegio si aún no había aprobado tercero?
—Pero yo no puedo ir el curso que viene a la academia —replicó, suponiendo que había entendido mal—. Aún me quedan tres años para terminar el bachillerato.
El silencio que siguió a sus palabras la convenció de que no lo había comprendido bien. El único que reaccionó fue el joven sentado frente a ella.
—¿Bachillerato? —inquirió con una amplia sonrisa.
—Sí —contestó ella, confundida, pues de reojo vio la mirada que intercambiaron las dos mujeres sentadas a la cabecera de la mesa—. Este año estoy matriculada en tercero.
—No me digas. Y apuesto a que incluso sacas buenas notas.
Su frase fue cortada en seco por Justina.
—Ignacio, por favor. No la alientes.
—Es que es asombroso, madre. No conozco a ninguna muchacha que estudie bachillerato.
—Desde luego, típico de mi hermano. —Su tío negó con la cabeza, flemático—. Pero que a él le gustara trastocar el orden social no quiere decir que su hija deba sufrir las consecuencias. Áurea, en esta casa recibirás la misma educación que tu prima y haremos de ti una joven perfectamente preparada y modesta. Con nosotros, tus posibilidades de futuro estarán aseguradas. Somos tu familia, y cuidaremos de tu porvenir.
Aquella afirmación reconfortó a la muchacha. Era un alivio pensar que alguien iba a ocuparse de ella, después de la deserción de Ríos.
—Entonces, ¿podré acabar el bachillerato?
—No. ¿Para qué ibas a acabar el bachillerato?
—Pues para ir a la universidad.
Si hasta entonces sus palabras habían causado asombro entre los presentes, aquello pareció producir el efecto de una bomba de aquellas que describían los periódicos que informaban sobre los combates de la Gran Guerra en Europa. Los gestos de incredulidad de las mujeres y de su tío fueron tan patentes que Áurea se encontró revisando sus palabras, por temor a haber dicho algo diferente a lo pretendido. Incluso el joven risueño sentado frente a ella y el otro, el de cabellos morenos y aspecto tranquilo que apenas hablaba, la miraban con seriedad.
—¡A la universidad! —dijo al fin su tío, cuando consiguió reponerse un poco—. ¿Qué ocurrencia es esa?
—Mi padre quería que yo estudiara en la universidad —explicó con cautela, asombrada por el efecto que su anuncio había producido—. Para ser catedrática, como él.
—¡Para ser catedrática! —repitió Joaquín Nebreda, estupefacto—. En mi vida he escuchado mayor desvarío. Las mujeres no van a la universidad, y desde luego no son catedráticas.
—Ahora sí, tío —aclaró, ajena al desagrado que sus palabras estaban causando—. Cuando yo era pequeña aprobaron una ley para que las mujeres puedan estudiar en la universidad y presentarse a oposiciones para ser catedráticas. Me lo dijo mi padre.
—¿Que pueden presentarse a oposiciones? —volvió a repetir su tío.
—Sí, ahora sí, así que si sigo estudiando, dentro de unos años podré ser catedrática como mi padre.
—Bueno, esto es el colmo —bramó Joaquín—. Áurea, ni siquiera alcanzo a imaginar las estrambóticas ideas que mi hermano metió en tu cabeza, pero hay una cosa que tiene que quedar clara: las mujeres no van a la universidad, ni son catedráticas, ni trabajan de ninguna otra manera, incluso si hacen veinte leyes para permitirlo, ¿entendido? La universidad es algo muy serio, donde se acude para obtener un título profesional y aprender un oficio. Por eso son los hombres quienes acuden a la universidad. Solo faltaba eso, que las mujeres ociosas fueran a hacer la competencia a los hombres honrados que necesitan un trabajo para sostener una familia.
El calor ascendió por las mejillas de Áurea. Nunca lo había visto así, pero solo tuvo que pensarlo un segundo para decidir que los razonamientos de su tío no la convencían. Porque si había algo seguro en aquel comienzo de siglo, era que las mujeres trabajaban: modistas, lavanderas, dependientas de comercio, maestras, auxiliares de correos, incluso obreras... Y aunque la prudencia le aconsejaba callar, cedió a aquel defecto que tanto alarmaba a su aya: no permitir que su lógica se rindiera fácilmente.
—También las mujeres trabajan.
—Las pobres.
—Y otras.
Su tío ya no se esforzó en ocultar su irritación, en medio del precavido silencio de los demás presentes.
—Sí, a veces. En ocasiones tienen la mala suerte de necesitarlo, cuando alguna desgracia sucede a la familia, como la muerte del padre o el marido. Entonces nada hay que objetar a que las hijas trabajen como maestras, o incluso, si me apuras, a que realicen unas oposiciones a correos. Pero ese no es tu caso.
—Yo soy huérfana.
—Pero ¿es que vas a seguir replicando? —Una vena se hinchó en el cuello de Joaquín Nebreda cuando arrojó la servilleta sobre la mesa—. Dejemos las cosas claras de una vez: estudiarás lo que diga tu tía, la ayudarás en lo que ella crea oportuno, aceptarás la propuesta de matrimonio que yo estime conveniente, y una vez que te cases será tu marido quien se ocupe de ti. Y antes de que repliques que tal vez no haya ningún marido, como estoy seguro que ibas a hacer, te aseguro que tu dote será lo suficientemente importante como para que no haya problemas a la hora de concertar tu matrimonio.
La voz de su tío se había ido elevando poco a poco, y Áurea no tuvo fuerzas para seguir discutiendo. Tuvo la sensación de que los presentes respiraban aliviados al hacerse el silencio. Retomó la cuchara sabiendo que el nudo de su estómago no le dejaría acabar la cena, pero trató de consolarse pensando que quedaba mucho para que llegara el momento de ir a la universidad. Había sido una noche desconcertante, consecuente remate de unos días inesperados y desoladores. Pero estaba cansada y triste, y en esas condiciones todo parecía siempre peor. Con seguridad, la luz del amanecer haría que todo le resultara menos sombrío, menos confuso.
Menos descorazonador.
Aquella misma noche, cuando sus invitados ya se habían ido, Luisa perdió la batalla que libraba consigo misma para callar.
—Tal vez deberías esperar un poco, antes de volver a Salas.
Se había detenido en la puerta del despacho, mientras Joaquín revisaba el borrador del discurso sobre la subida de las subsistencias encargado por el partido.
—Imposible. Las elecciones están al caer. No prevemos problemas, porque Zumárraga se presenta en la capital, pero quiero asegurarme de que tanto los aparceros como la gente del pueblo saben a quién votar.
Luisa bajó la mirada un segundo, porque aquel tema azuzaba una rabia en su interior que no se podía permitir. Inspiró hondo varias veces, hasta que se sintió capaz de responder:
—Pero no puedes pretender que yo me haga cargo de ella. Ya has visto cómo es.
Un silencio helado siguió a su rechazo. Luisa levantó la cabeza, dispuesta a enfrentar el reproche de su esposo. No tuvo que esperar para comprobar que lo seguía conociendo tan bien como siempre.
—Es mi sobrina. ¿Es mucho pedir que te muestres más comprensiva?
—Soy comprensiva. Está aquí, ¿no?
—Está aquí, sí. Y a cada segundo demuestras cuánto te desagrada su presencia.
—Pero está aquí. No creo que se me pueda pedir más, Joaquín. No solo he tenido que recibirla en mi casa, sino que ahora tú te vas y me dejas encargada de remediar su falta de educación.
—Luisa, no seas absurda. La educación de una muchacha es cosa de mujeres. No voy a enseñarle yo a coser. Además, se ha quedado sola en la vida. ¿Qué pretendías, que la mandara a un hospicio?
—No. A un hospicio no. Pero existen internados.
Su marido no respondió. Ella sabía que eso era difícil de rebatir. El día que llegó el telegrama anunciando la muerte de Andrés Nebreda, ella se había temido lo peor. Y lo peor había sucedido cuando Joaquín le comunicó que acogerían a la muchacha bajo su techo. Casi había perdido la voz tratando de razonar con él, sin resultado. Para su propia sorpresa, había descubierto que la puñalada dolía ahora tanto como hacía catorce años.
—Ni siquiera ha estado nunca en un colegio —razonó su esposo al cabo de un rato, dejando las hojas sobre la mesa—. ¿Cómo podría enviarla a un internado, después de perder a su padre?
«¡Ah, los lazos de sangre!», se burló mentalmente Luisa con amargura. El padre, un hermano con el que no se hablaba desde antes de que la niña naciera. Al que en la práctica habían desterrado de la familia al mismo tiempo que él renegaba de los suyos.
—Tan extraños hemos resultado nosotros para ella como habría resultado un internado. ¡Por Dios, si ni siquiera sabía que existíamos! Que yo no quiera que esté en esta casa no es ningún pecado. Andrés tampoco lo quería, y era su padre, ¿no?
Su esposo hizo caso omiso de la ironía.
—¿Es que crees que los votantes del partido habrían visto bien que no me ocupara de ella?
—¿Qué tienen que ver ahora los votantes? Si ni siquiera estás en las listas...
—No estoy en las listas porque Aparicio es indiscutible, y teníamos que hacer sitio en la candidatura a Velayos. Ni sabe dónde está Burgos, pero es el hijo del presidente del Gobierno, ¿qué querías?
Aquella sarta de excusas acabó con la paciencia de Luisa.
—Por favor, Joaquín, no me tomes por idiota. No me vengas con bobadas de listas ni votos ni elecciones. Sé bien que no tienen nada que ver con que ella esté aquí. La verdad, prefería la farsa de tu devoción fraternal.
Un silencio glacial siguió a sus palabras. Luisa sabía que había ido demasiado lejos, abriendo la puerta de un camino que nunca, hasta entonces, había querido tomar; el camino del despecho, del resentimiento que lleva a olvidar que, en una discusión con el marido, la esposa siempre tiene las de perder.
Por un segundo, el deseo de que Joaquín se enzarzara con ella en una pelea de final imprevisible la dejó casi sin aliento. Pero lo conocía bien. No esperaba nada diferente de lo que hizo cuando, con expresión contrariada, enrolló de nuevo los papeles y se puso en pie.
—Veo que esta noche estás de un humor extraño. Me retiraré a mi habitación. Por si este arrebato te ha hecho olvidarlo, te recuerdo que la abadesa nos espera mañana en el convento después de misa.
A su pesar, Luisa se estremeció. El control de las emociones era una cualidad de la que se enorgullecía, pero aquella vez no pudo evitarlo: la indiferencia de su marid
