1
Bella como ninguna e infeliz como todas
Hace seis meses, solo seis... y ya seis. Pero entonces yo era otra.
¿Cómo definir hoy a la extraña que ese día cruzaba acequias, huertos y encinares en sentido opuesto? ¿Quién era? ¿Qué era? ¿La misma y distinta? Las dos convivieron durante medio año. Ahora viajo para descubrir quién se ha quedado conmigo.
Es marzo y el sol parece que quiere empezar a ser cálido. En cambio, hace seis meses el cielo lloraba, y aquella que fui, también. Lo hacía porque Mercurio y Venus se habían alineado con la Tierra. O, dicho de otro modo, porque mis bolas se habían ordenado sobre la mesa de billar a apenas dos diamantes de distancia.
Perdón, sigo con las metáforas. Lo que quiero decir es que entonces viví una de esas extrañas conjunciones cósmicas que a los que no creemos en la predestinación nos gusta llamar azar. De esas que terminan cambiando la partida o provocando un eclipse.
El primer planeta, o la primera bola, se llamaba Borja y era mi jefe.
En realidad, él me dio mucha más pena que la que me di a mí misma la mañana en que vino a sentarse en el pico de mi mesa, de espaldas a la ventana. Por ella, colgada sobre el paseo Echegaray y Caballero, los días de cierzo se colaban salpicaduras del Ebro y, si me asomaba girando el torso a la derecha con tantas dotes de contorsionista como sumo cuidado en no caer despeñada desde un séptimo piso, podía distinguir alguna de las cuatro torres del Pilar. No era el caso de esa mañana de septiembre, porque ya comenzaban a llegar nubes del Moncayo que presagiaban otoño y porque no había vista ni ventana que pudieran suavizar el discurso de Borja.
Estábamos solos. Yo siempre era la primera, llegaba con café caliente para los dos porque me caía bien mi jefe. Hasta aquella mañana.
—Mira, Bea, te aseguro que no es nada personal, yo he hecho lo que he podido, pero ya sabes lo atado de pies y manos que estoy, que dicen que ya no hay recortes y que la crisis se ha terminado, aunque eso no se lo traga ni quien lo inventó, si lo sabré yo, que no puedo ni comprar tóner sin rellenar quince solicitudes compulsadas, claro que qué te voy a contar a ti que tú no hayas vivido en estos nueve años...
—Borja, por Dios, vale ya. Dime lo que me tengas que decir, si quieres decirme algo, o déjame trabajar que estoy hasta arriba.
—No, si eso es precisamente lo que te tengo que decir —sudaba—, pero no sé cómo. Bea, tía, que esto es muy difícil, que sabes que yo te aprecio un huevo, que si por mí fuera...
Él calló y yo también.
—Ayúdame, Bea...
Me tomé mi tiempo antes de hablar.
—Que lo del ere no es un rumor, ¿no?, y que tengo el honor de ser la primera a la que largáis. ¿A decir eso quieres que te ayude?
—No es un honor, Bea, es una putada, lo sé. Pero créeme...
—No, hijo, no, yo ya no creo nada. Deja, no te esfuerces, que me marcho ahora mismo, nada de preavisos. Pero antes, una cosa te voy a decir: no valéis más que para defender vuestra silla. Porque presupuesto para esos tres puestos que os ha colado con calzador la consejería sí que hay, ¿verdad?, y sin una sola pega, a pesar de que todavía ninguno de nosotros sabe para qué valen. Aunque cuidado, ¿eh?, que cualquier día sois vosotros los que os quedáis con los pies colgando.
Creo que no esperaba mi reacción, sino otra, la habitual, que por qué yo, que qué he hecho mal, que si sois unos desagradecidos, que también unos desgraciados... Y la verdad es que todo eso le dije, aunque me parece que no lo entendió. Así que, para rematar, coroné mi réplica:
—Ah, y algo más: si te he servido yo de ensayo para los despidos que te esperan, que sepas que lo has hecho fatal. Practica esta noche con el espejo, porque conmigo te ha salido de pena.
—Bea...
—Deja ya de llamarme así. Bea, Bea, Bea... todo el rato Bea, pesado. Soy Beatriz y para ti, a partir de hoy, ni eso.
Aquella misma mañana metí en una caja de cartón nueve años, mi futuro y una maceta. También metí con ellos los recuerdos de mil noches en blanco intentando idear mi propia metodología como flamante archivera comarcal, trazando con líneas ingenuas los cuadros de clasificación común de expedientes y documentación de cada pedazo de historia de Aragón, soñando con que tal vez (si los fondos continuaban asignados en el reparto de competencias autonómicas y nosotros seguíamos ganando los concursos públicos) algún día mi modelo serviría de patrón para la creación de futuros archivos en otras demarcaciones del territorio nacional... Fueron los nueve años más agotadores, los más frenéticos, los más escabrosos y puede que los mejores de mi vida. Y cabían en una caja de cartón.
Hoy ya he conseguido encontrar algo de luz en la oscuridad de los quince días que pasé llorando. Puede que aún quede más luz escondida, pero lo cierto es que, cuando Borja y mi carrera se alinearon en mi órbita, se convirtieron también en la primera bola colocada estratégicamente sobre el tapete verde de mi extraña conjunción planetaria.
La segunda fue Fernando, que era a su vez mi segundo amor.
—El amor verdadero es el tercero, recuérdalo siempre. No te conformes, no pares hasta encontrar tu tercer amor.
Calderón diría que mi madre fue bella como ninguna e infeliz como todas, Violante entre las Violantes de vidas convertidas en sueño. Yo añado que, además de bella e infeliz, fue sabia.
Trabaja, me decía, trabaja hasta que encuentres tu pasión, para que ya no tengas que trabajar jamás (qué pena que Borja no la llegara a conocer). Citaba a su manera a Confucio y seguía con él: no te mires en el agua que corre, sino en el agua tranquila, porque solamente lo que en sí es tranquilo puede dar tranquilidad a los otros.
—Y nunca dejes de buscar tu tercer amor. Que no te deslumbre la luz del primero ni te atrape la telaraña del segundo, Beatriz. Disfruta de cada uno un tiempo prudencial, al menos hasta que ninguno salga herido. Pero ten paciencia suficiente para esperar al tercero. Ese es el amor real.
Mi madre estaba convencida de que el primero solo es amor fugaz, apenas un motín de hormonas. Hace bullir hasta que se nubla la lucidez y, con ella, la capacidad de exigencia. Cuando nos lanzamos a sus aguas aún no sabemos nadar; flotamos a base de brazadas sin estilo, por instinto de supervivencia.
Después llega el segundo y, con él, la trampa. El segundo amor es sereno, el de la edad adulta aunque no madura. Nos ciegan sus promesas de eternidad. Y así es como solemos caer en la red: vienen familias y amigos compartidos, un coche o dos, una hipoteca, cuenta bancaria, vacaciones de consenso, el mismo gimnasio, cine los miércoles, un cuerpo de espuma que cada noche sirve de almohada y manta... Solamente estrellas que engañan, destellos de fulgor falso que ocultan el verdadero firmamento. Pero, para cuando nos damos cuenta de que el segundo amor es tan efímero como el primero y, además, sin la llama hormonal, ya es demasiado tarde.
Mi primer amor, el del motín fugaz, nunca pasó de eso y ni siquiera me dejó rescoldos en el corazón. Fernando, sí. Con él compartí, como mi madre había predicho, amigos, vacaciones, gimnasio, cine y por poco hipoteca. Justo antes de llegar a ella me abandonó. Fue a los pies del altar del despacho del director de nuestra sucursal del Popular (también compartimos cuenta bancaria, tan lejos llegamos). Quizás él se dio cuenta antes que yo de que éramos segundos amores recíprocos, que merecíamos un tercero o que, al menos, nos habíamos ganado el derecho a emprender su búsqueda. Incluso puede que él ya lo hubiera encontrado.
—¿Cómo lo sabré, mamá, cómo sabré que ese sí, que ese es el bueno, el tercero, el de verdad?
Será fácil, contestaba.
—Sabrás que lo es porque solo desearás que, cuando llegue la muerte, te encuentre en sus brazos.
Yo soy hija de su segundo amor.
Y ella murió sola.
A diferencia de las lágrimas que derramé para intentar llenar el mar que Borja había secado, ni una sola salió de mis ojos provocada por Fernando. No por falta de ganas, sino por falta de tiempo. Todo el llanto que me quedaba dentro se lo dediqué al tercer planeta de mi extraña conjunción.
Octubre estaba cerca, pero mi madre no alcanzó a verlo. Cuando perdió la segunda mama se le escapó también la vida. No había cumplido aún sesenta y cuatro, maldigo a los dioses: al Hades que la reclamó, a Caronte que la cruzó en su barca, al Olimpo entero que no pudo ni quiso impedir que se disolviera en la oscuridad. ¿De qué nos sirven ellos, los dioses, todos los dioses? Solo para recordarnos que somos mortales mientras resuena su risa en las bóvedas de nuestras tumbas.
Mi madre no tuvo tiempo de encontrar su tercer amor, pero precisamente por eso hoy yo soy la misma y distinta de la que era cuando aún vivía.
Recuerdo nuestra última conversación sin morfina.
—¿Sabes la casa de la que tanto te he hablado?
—La de la Cañada, ¿no?
—Esa. Me acuerdo mucho de ella.
—¿Por qué no hemos ido nunca juntas, mamá? Seguro que aún sigue en pie. Si quieres, en cuanto te pongas mejor, cogemos el coche y nos hacemos un fin de semana allí. Busco un hotelito rural y...
—No hace falta, mi amor. Primero, porque sigo siendo la dueña de esa casa, nunca la vendí. Yo no he vuelto desde que naciste, pero me la ha tenido alquilada Izarbe. Por un pellizquito de dinero, algo simbólico, más que nada para conservarla cuidada, que allí los inviernos son duros.
—Desde luego, mamá, eres una caja de sorpresas... Pues a esa casa iremos cuando te cures, ya verás.
—No, cariño. La segunda razón es porque ya no voy a salir de este hospital...
—¡Mamá...!
—Calla, niña, que lo sabes tan bien como yo. Qué más da que me toque ahora o dentro de veinte años. Morirse hay que morirse, y a mí me ha llegado el turno. Yo te he enseñado a tener la mente fría y el corazón caliente, no me desobedezcas ahora, que a una madre hay que respetarla, sobre todo en el lecho de muerte.
Bella, infeliz, sabia y con mucho sentido del humor. Negro, pero humor.
—A ver, Beatriz, no nos desviemos, que no ando sobrada de tiempo. Yo te cuento todo esto por lo siguiente: esa casa es tuya; aunque seas mi única heredera, hice testamento la semana pasada por facilitarte el asunto, ahí están todos los datos. Con esa casa y algunos ahorros que tengo en el banco, no sabes lo tranquila que me muero. Espera, no pongas esa cara y déjame seguir. Me muero tranquila porque, si eres lista, y lo eres mucho, te dejo las cosas arregladas. Menos mal que no te compraste el piso ese con Fernando; ya ves, mira tú por dónde, ahora que el malnacido de Borja te ha despedido, ahí te puede llegar una nueva vida. Tu sitio está en la Cañada de Moncayo. Tu sitio y tu origen. ¿No te empeñaste en estudiar Historia? Pues allí la tienes entera para ti. Cuando me muera todo tendrá sentido: eres libre, tienes casa, medios para una temporada si no despilfarras y los conocimientos necesarios. Ve al pueblo y encuéntrame... encuéntranos. Encuéntranos, Beatriz, encuéntranos.
Y se quedó dormida.
Dos días después, volvió a dormirse y ya no despertó.
La alineación del último planeta de mi extraña conjunción fue la más dolorosa.
Por eso atravesaba llorando las tierras del Moncayo hace seis meses. Lloraba el cielo y lloraba quien era yo entonces. El llanto del cielo era una llovizna suave, la primera del otoño recién estrenado; la mía, un aguacero descontrolado y una mirada congelada en el domingo de barro y ceniza en el que enterré a mi madre y, con ella, mi propia vida, la que había conocido hasta entonces. Me esperaba otra, pero ni era la mía ni yo no lo sabía aún.
La carretera de hace seis meses era negra, sin raya continua ni metáfora, solo un asfalto pedregoso que no tenía final aunque sí destino: iba a cumplir el último deseo de mi madre perdida. Iba a encontrarnos.
2
Todos los misterios
Los ciento cuarenta y siete habitantes de la Cañada, pobres o con dinero, altos o bajos, guapos o feos, tienen dos cosas en común.
Una es que todos, sin excepción, pueden divisar desde cualquier casa del pueblo el mismo paisaje que extasió a Machado: la mole blanca y rosa del Moncayo. El pico majestuoso que da nombre a la comarca lo preside todo, bodas, bautizos, comuniones y entierros, a la vez que una de las acequias del Huecha irriga sus venas con la nieve que le presta.
Y dos, que cada una de esas casas con vistas al Moncayo tiene las jambas de sus puertas de entrada encaladas de blanco, una tradición que, pese a no ser habitual en las sobrias fachadas de roca de la zona, sus habitantes se esmeran en conservar y proteger cada temporada de las inclemencias del tiempo. Entonces, cuando las vi por primera vez, aún no sabía por qué.
El pueblo fue cañada de verdad mientras sirvió al paso trashumante, de ahí su nombre; símbolo de pasadas glorias templarias, de ahí sus vestigios de muralla, y emblema de devoción misionera, de ahí su ermita a san Carlos Borromeo. Todo, para honra y protección de una de las más valiosas gemas del valle.
El otoño en que yo lo conocí, el Moncayo era un abanico rojo, ocre y dorado. Desplegado ante mí, consiguió hipnotizarme. Debió de notármelo mi madrina, Izarbe, que me esperaba frente a la jamba blanca de la casa de mi madre, mi nueva casa, porque chasqueó los dedos delante de mis ojos para despertarme del hechizo justo un instante antes de empezar a cubrirme de besos:
—Eu, moceta, qué ganas tenía yo de volver a verte. ¿Cómo ha ido el viaje? Cansadica, ya veo.
Hasta ese momento, yo solo había visto a Izarbe unas cinco veces en mi vida, a pesar de que el lazo invisible del prohijamiento nos unía en parentesco espiritual, y todas ante un chocolate con churros en el Levante de Zaragoza, mientras mi madre y ella se ponían al día.
—Qué pena tan grande lo de tu madre, lo que sufrió la pobrica. Casi cuarenta años hace que no venía por aquí la Jana, casi los mismos que tienes tú, pero hablábamos lo nuestro por teléfono. Porque sería a veces una picaraza, pero más lo era buena. Y lista, te lo digo yo.
En los siguientes días, no fueron pocos los vecinos que me dijeron lo mismo, que mi madre, Alejandra Gil Bona, además de bella e infeliz, era buena, lista y picaraza, es decir, lo que yo siempre supe: que tenía mucho mucho carácter. También que, al parecer, sufrió varias desgracias: la de quedar embarazada del Belián; la de tener un padre como Lixandro, que la echó de casa antes de que se le notara la barriga; la de tener un geniazo que le hizo rechazar las buenas intenciones del novio, y con un petate y el bombo irse sola a Zaragoza...
Que, del mismo modo, muchas fueron sus suertes: que ni el Lixandro ni el Belián la siguieron hasta la capital, porque los dos murieron sin poner un pie fuera del pueblo y nos dejaron tranquilas para siempre; que, como era más avispada que una paniquesa de las que corren por el monte, enseguida supo colocarse en un trabajo decente con que sacar adelante a su hija; que por algo terminó siendo la mejor secretaria que vieron los juzgados de Vidal de Canellas y de todo Aragón...
Y decían que tuvo lo que unos llamaban suerte, otros desgracia y los más se santiguaban al mencionarlo: se llamaba Bona, de las Bona ancestrales, de aquellas Bona que dejaron la sierra sembrada de misterio.
Las Bona provenimos, en realidad, de un pueblo colindante a la Cañada, de límites y huertos compartidos, llamado Trasmoz.
El pueblo es una isla en medio del Moncayo. Así lo han llamado muchos: una isla laica, eso sigue siendo Trasmoz en pleno siglo XXI. Menos de cien empadronados en el único lugar todavía hoy excomulgado y maldito, un oasis sin Dios rodeado de tierra piadosa hasta que algún papa se atreva a levantar el castigo.
Todo comenzó en el siglo XIII y duró hasta más allá del XVI con varias vendettas entre el poder terrenal y el celestial. Primero, cuando el abad del monasterio de Santa María de Veruela consiguió la excomunión del pueblo entero por desavenencias a causa de la leña, imprescindible para sobrevivir en los crudos inviernos del Moncayo. Siguió otra que terminó en maldición, también por un conflicto espurio: el uso del agua que transcurría por tierras monacales y que le fue otorgado en litigio al señor de Trasmoz por las Cortes de Aragón; una noche, el abad del momento, airado, después de tapar con un velo negro la cruz del altar y mientras hacía sonar la campana a cada frase del salmo 108 que recitó con voz grave, pronunció una maldición solemne contra el pueblo.
Entre ambas, el comienzo de la leyenda: en el castillo que se yergue sobre una colina y extiende su sombra sobre Trasmoz, un sacristán de Tarazona, ayudado por varios vecinos, acuñaba monedas falsas de noche. Para que nadie se acercara a la fortaleza, expuesta a la vista de todos como una corona imponente, los falsificadores extendieron el rumor de que allí se congregaban las mujeres del pueblo, todas brujas según ellos, para celebrar reuniones demoniacas. De sus aquelarres, dijeron, provenían los ruidos infernales, que, en realidad, no eran otros que los de la fragua y el martillo troquelando el metal de los dineros.
Así quedó sellado su futuro como puerta del infierno. Hasta hoy.
Que allí hubiera misterio coincidía con la imagen que yo me había dibujado mentalmente del pueblo vecino de la Cañada de Moncayo, alimentada por mi madre durante todas las noches infantiles que recuerdo.
Hasta entonces, el pueblo era en mi cabeza una aldea medieval arrancada de un cuento de los hermanos Grimm, rodeada de neblinas enigmáticas que, cuando se disipaban al amanecer del otoño, iban dejando ver poco a poco, desde las faldas hasta la cumbre, la silueta imperial de la montaña, el Monte Cano, que, según ella me contaba, fue primero llamado así por la cabellera blanca que siempre le cubría los hombros, lugar de descanso de dioses y titanes, hogar del famoso ladrón Caco y escenario de sus correrías con Hércules y Pierres. Allí estaba la tumba de la marquesa de un solo ojo que llegó volando del cielo solo para morir en el valle y allí se levantaba un monasterio silencioso donde se oían los cánticos sin rostro del día de las ánimas, un nido de dragones con pinzas de cangrejo y fantasmas... cientos de fantasmas ancestrales que cada noche jugaban a las cartas con otros fantasmas extranjeros, como el de un poeta enamorado y el de la marquesa tuerta.
Para mí, la Cañada de Moncayo era un paraje de tinieblas y seres mágicos. De modo que mi primera sorpresa consistió en descubrir que, además de fantasmas, marquesas y faunos corriendo por sus laderas, también tenía, por ejemplo, dos bares, una ferretería, una farmacia y una pollería.
La farmacia pensaba visitarla poco. Estaba bien saber dónde encontrar la ferretería, una nunca sabe. Pero los bares y la pollería eran establecimientos de primera necesidad. El segundo, porque, entre mis escasas habilidades culinarias, solo presumo de ser capaz de preparar las distintas partes de un pollo de diez formas diferentes y con cuatro métodos de cocción, incluido el microondas. Y los bares, porque, cuando el pollo falla, no está mal tener uno a mano.
—Lo que tú haces es jugar a comidicas, moceta —me regañó Izarbe el primer día en que la invité a comer y me vio cocinar uno en pepitoria.
Desde entonces, nunca me faltaron tarteras en la nevera, alineadas con esmero por mi solícita madrina y llenas de tantos platos regionales y variados que no me dio tiempo de aprenderme el nombre de ninguno.
Pero de mis visitas a la pollería, que se volvieron esporádicas gracias a Izarbe, conservé lo mejor que me ofrecía: la amistad de Sole y Marisol, las dos mujeres sensacionales que la regentaban y atendían. Por ellas, me dije cuando las conocí, había merecido la pena instalarme en la Cañada.
Lo que yo aún no sabía era que, además de ser sensacionales, esa madre y esa hija, aunque no se apellidaran Bona, también iban a formar parte del misterio.
En el Moncayo, como no tardé en descubrir, había cabida para todos los misterios.
3
En las paredes de piedra
Pero yo no pensaba entonces en misterios, solo en hallar descanso para el espíritu y algo de alivio para las heridas que me había infligido el final de aquel verano infame. Y allí tenía a toda la piedra del Moncayo trabajando a mi favor para conseguirlo: había heredado una casa de piedra en un pueblo de piedra incrustado en la piedra de la montaña más hermosa de la España de piedra. Era cuanto necesitaba.
Pasé los primeros días recorriéndola con el respeto y la reverencia con los que se recorre un museo. Tenía que cumplir el encargo de mi madre de encontrar lo que aún no sabía que buscaba, y lo cumpliría en cuanto pudiera encauzarme el alma.
En esos momentos iniciales de resaca emocional, la casa me ayudó a comenzar a hacerlo.
Exploré al detalle junto a mi madrina sus siete estancias distribuidas en vertical, tres pisos que se erguían hacia el cielo y escalaban una de las muchas calles empinadas habituales en el Moncayo.
La puerta de entrada se abría directamente al salón, presidido por una sobrecogedora chimenea también de piedra, que Izarbe y su sobrino Simuel me enseñaron a encender. Yo aprendí con diligencia, sabía que iba a necesitarla pronto y, aunque puedo vivir sin pollo e incluso sin comer durante un tiempo razonable, no soy capaz de hacerlo con frío. Y allí debía de hacer mucho en invierno. Mucho mucho.
Me gustaron los sofás de piel gastada, su color herrumbroso y los escabeles tapizados en toile de Jouy que los flanqueaban. Todo ofrecía un aspecto hogareño de otro siglo, de otra vida y, sin embargo, algo así como mío desde siempre, arrinconado en algún cajón polvoriento de mi historia que me provocaba sensaciones ya vividas. Todo tan difícil de explicar y, sin embargo, tan fácil de sentir.
Los tres dormitorios en otras tantas alturas eran sencillos, con pocos muebles y camas de tamaño medio con sábanas que olían a lavanda. Los dos baños y la cocina habían sido reformados recientemente. De todo se había encargado Izarbe.
—Tu madre me pidió que lo hiciera cuando le salió el primer bulto y empezó a llevársela la enfermedad. Yo creo que ya sabía que te vendrías para el pueblo y quería dejarte la casa apañada. Se puede dormir en el suelo, pero el baño y la cocina tienen que estar con la hora en punto y en perfecto estado de revista, porque los accidentes por fuego y por agua son los peores, eso decía siempre.
¿Por qué me había perdido tanto de mi madre? ¿Por qué no sabía lo que estaba descubriendo a través de mi madrina? ¿Era aquello lo que quería, que la encontrara así... allí?
Izarbe seguía en su papel de guía turística por mi nueva casa.
—Y esto, muy importante, moceta, no lo olvides... —dijo abriendo triunfante un armario de fondo ancho que servía de despensa y también de depósito de cachivaches variados— las velas. Tú no sabes lo que pasa aquí cuando viene la catacumbe...
Ahora ya lo sé, pero entonces no. La catacumbe, vocablo hijo de la cópula entre una hecatombe y una catacumba y primo hermano del verbo retumbar, era el más acertado que se podía inventar para una tormenta en el Moncayo y un localismo digno de entrar en la Real Academia por la puerta grande.
Lo comprobé apenas dos días después de mi llegada, cuando todo el valle se estremeció y yo con él, al repique de truenos que parecían las trompetas que anunciaban el averno. El eco de la catacumbe era infinito, dejaba los vasos tintineando en los armarios y servía de heraldo de lo que venía después, un aguacero torrencial que convertía las calles en ríos. Y, por supuesto, dejaba sin luz a toda la Cañada.
Entonces entendí y agradecí el consejo de Izarbe. A oscuras pude llegar hasta el armario de fondo ancho y a oscuras conseguí encontrar velas y cerillas.
Matizado por la luz de una llama de cera, todo cobró un color distinto, incluido el propio armario. Allí, a los pies, bajo estanterías llenas de latas de conserva, cajas con clavos y muchas velas, descubrí en el suelo un arcón de madera.
Era bellísimo, con filigranas de flores labradas en nogal y tres iniciales: M V B.
Lo abrí. Su contenido estaba tapado por una vieja mantita amarilla que me pareció de bebé. Al levantarla, hice inventario de los objetos que vi dispuestos, perfectamente colocados, diría que con el primor de quien había abierto muchas veces el arcón solo para contemplarlos y acariciarlos: una pequeña imagen de la Virgen de plástico blanco; un hermoso bastón de ébano y empuñadura de plata; un parche negro con dos cintas que seguramente sirvió para tapar un ojo; una botellita vacía con una etiqueta blanca y azul en la que podía leerse Aceite de Haarlem; un maravilloso gorro de piel dorada y sedosa; un delantal blanco con una enorme cruz morada en el centro y una inscripción que el tiempo había vuelto ilegible, y, por último, dos tesoros impresos: una edición de las Poesías completas de Antonio Machado editado en 1917 y otro de La hija del mar, de Rosalía de Castro, de 1859.
Aquellos objetos, pensé, eran piedras miliares colocadas en el camino que me llevaría a encontrarnos, a nosotras... o a quienes fuera que debiera encontrar.
Faltaba un punto kilométrico importante. También lo descubrí la noche de la primera catacumbe, cuando recorrí la casa a solas y a la luz mágica de una vela. Al subir por las escaleras con la palmatoria en la mano, me fijé por primera vez detenidamente en las tres Bonas que, encaramadas a la pared de piedra que conducía al primer piso de mi casa de piedra, me miraban cada una encerrada en un marco de madera y en su misterio de piedra.
Esa noche empecé a escrutarlas y no dejé de hacerlo en las siguientes quince de mi nueva vida. Sentada en un escalón, las observaba y me enredaba con ellas en largas charlas nocturnas, con sus iris clavados en la cámara y los míos en su reflejo sepia.
Una era mi abuela, Jacoba Bona. Murió en 1978, dos años antes de que yo naciera y también antes de que la soledad impregnara como óxido la casa en la que quedó Lixandro después de expulsar de ella a mi madre.
Uno de sus retratos cuenta una historia de amor: la de una mujer madura que sostiene a una niña de apenas cuatro años vestida entera de blanco, con rizos castaños recogidos por una diadema de lazos, sonriente ante la cámara con soltura cinematográfica. La madre tiene pelo negro, raya al centro y moño sin alegría. Aunque está tapada para mostrar únicamente la carne imprescindible, nada más que manos y rostro, la mujer parece desnuda, sin maquillaje ni sonrisa ni alhajas, tan solo un camafeo que sella un vestido negro a la altura del cuello. Parece un retrato frío, profesional, seguro que ambas posaron durante horas hasta que el fotógrafo consiguió el gesto que buscaba. Sin embargo, fue más lo que logró. Plasmó un fogonazo: la mirada de mi abuela que, posada sobre el rostro de mi madre niña y a pesar del cansancio, es la pura esencia de la ternura.
En otras muchas imágenes colgantes de la pared de piedra estaba la risueña Alejandra, ya mayor. Mi madre con Izarbe en plena adolescencia, mi madre con una veintena de muchachos de su edad y aspecto jipi brindando en vasos de plástico llenos de un vino oscuro y seguramente anónimo, mi madre abrazando a mi padre, mi madre de la mano de mi padre... Y otras, ya sin risas, casi sin chispa en la mirada: mi madre sentada a una mesa con quince personas más, mi padre y ella a cada extremo, sin mirarse, y mi madre, taciturna en una foto de estudio junto al cejijunto Lixandro.
Me gustaban las instantáneas en las que aparecían mi abuela y mi madre, pero desde el primer momento sentí predilección especial por el único retrato de una tercera Bona. Estaba fechado en 1918 y, por tanto, supuse que en él aparecía mi bisabuela. No era una foto, sino un cuadro. En una esquina, junto al año y en lugar de la firma, figuraba un número romano, DIX. Quinientos nueve. Me intrigó su significado.
Era un dibujo a acuarela en tonos pálidos que representaba a una mujer joven, no debía de llegar a los veinticinco, de pelo oscuro, ondulado, con un corte cuadrado a la altura de los pómulos y flequillo a media frente.
Los labios están perfectamente delineados en forma de corazón y satinados de rojo intenso. Levanta los brazos para ajustarse un cloché de color azul que coloca ladeado sobre la cabeza. No lleva pendientes ni pulseras ni anillos. La joya más valiosa que la adorna son los ojos; el sombrero casi los tapa y eso la obliga a elevar la cabeza para poder dirigirlos al pintor. El ademán, barbilla en alto, los vuelve desafiantes, intensos, abisales, dos clavos de ágata negra que parecen aún más profundos por la hinchazón de los párpados. Son ojos que acaban de llorar, uno levemente más abierto, el otro casi en un guiño, se diría que son de distinto tamaño. Parecen mirar fijamente a su retratista, pero no; al cabo de tantas horas de observación sentada frente a aquella pared de piedra, me di cuenta de que la desconocida no mira al artista, sino a través de él, al infinito reflejado en el lienzo, al vacío de la vida.
Aquella mujer, fuera quien fuera, murió de tristeza. Ese cuadro me lo dijo.
Tres días después, empecé a encontrarla.
4
Rayón
Confieso que tardé un tiempo en aprobar la asignatura de integración entre mis convecinos. Advertí que no iba a ser fácil desde el tercer día, cuando me propuse visitar la ermita de San Carlos, cuyo campanario podía divisar desde el último piso de mi casa. Un laberinto de calles en rampa debía llevar hasta ella, pero no conseguí encontrar la salida.
Pregunté educadamente y con mi mejor sonrisa al primer cañadiense con el que me topé en el camino hacia la pollería:
—Buenos días, señor, ¿sería tan amable de indicarme cómo puedo llegar a la ermita?
Ni siquiera se paró mientras me contestaba:
—Andando, mocica, andando.
Entonces lo supe: ni la carta de presentación de mi madrina Izarbe ni mi apellido autóctono de la zona iban a ser suficientes para que la Cañada me aceptara gratuitamente en la comunidad. Tendría que ganármelo a pulso. Y, para ello, fueron esenciales dos personas de orígenes foráneos como el mío, que eran también dos de los tesoros del Moncayo que me aguardaban encerrados en sendos cofres.
El primer cofre era la pollería, y el segundo, la ermita. Marisol y su madre, Sole, las únicas que conocí con nombres que eran para mí más o menos comunes, además de llevar la tienda, eran las encargadas de cuidar y mantener el altar de san Carlos con más primor que sus propios hogares.
La ermita era uno de los lugares más singulares que yo había visto hasta entonces y había visto ya muchas ermitas. Ese había sido, precisamente, el tema de mi trabajo de fin de máster. ¿Por qué no visité antes aquella? Posiblemente, porque ni siquiera sabía que existía.
A la ermita dedicada a san Carlos Borromeo en la Cañada de Moncayo llegué, efectivamente, andando, porque se encuentra en un lugar abrupto, excavada en una roca casi vertical del barranco de Ríoval. Pese a que Sole y Marisol me explicaron muy ufanas los orígenes del pequeño templo, que ellas databan en las postrimerías del siglo XIX, yo descubrí en sus ábsides, altares de piedra y hornacinas para las reliquias indicios inequívocos del románico cisterciense, posiblemente por mimetismo e influencia del cercano monasterio de Veruela, que debió dominar la arquitectura y el arte de todo el Moncayo medieval. Aunque en siglos posteriores fuera remodelada al albur una y otra vez, ni los propios cañadienses sabían hasta qué punto era valiosa y añeja esa joya incrustada en la ladera de un barranco, desde la que el santo que le daba nombre y un pequeño campanario que llamaba a la oración cada vez con menos frecuencia vigilaban a todos desde lo alto.
Solo la talla procedía de la época que los locales atribuían al conjunto. Y ese san Carlos Borromeo, exactamente ese de ese momento concreto de la historia, iba a ser mi nueva piedra miliar.
El otoño de mi llegada alguien sufrió un ataque de nostalgia, posiblemente el cura Valantín, un treintañero triste recién salido del seminario, en cuyas gafas de montura metálica y anticuada vi reflejada la soledad de una generación sin vocaciones místicas, espejo a su vez de una sociedad cambiante cuyo paso había perdido la Iglesia y tras la que siempre caminaba rezagada. Sobre eso se me ocurrió divagar cuando conocí al pobre Valantín, todavía hoy no sé por qué.
Digamos que fue él el del ataque de nostalgia, quien quiso reanimar las glorias remotas de una fe colectiva y quien convenció al Ayuntamiento. Todo ello resultó en la llegada de Carolina, compañera de carrera a quien la municipalidad había traído desde Zaragoza con el encargo de limpiar y restaurar la imagen del cardenal Carlos Borromeo.
Faltaban varias semanas aún para el 4 de noviembre, el día de la celebración en romería del santo que, según la hagiografía, desafió a la epidemia y a la muerte para aliviar a las víctimas de la peste que asoló Milán entre 1576 y 1578. Por algún motivo, se convirtió en patrón de la Cañada a finales del siglo XIX, cuando un misionero scalabriniano lo trajo desde la Toscana al Moncayo buscando cura a su tuberculosis.
La talla no había sobrevivido demasiado bien al paso de más de un siglo y sus vicisitudes, así que a mi amiga Carolina le correspondía la tarea de devolverle el lustre. Para eso, y para evitar descalabros mayores a manos de algún vecino exaltado que terminara convirtiendo a san Carlos en el eccehomo de Borja, la habían contratado.
—Ay, Beatriz, menudo marrón, que esto no es lo mío, que yo me metí a restauradora porque en lo nuestro no encontraba nada... —me dijo después de los abrazos y besos de rigor, y de un largo rato en el que las dos manifestamos de muchas maneras nuestro asombro ante la extraordinaria coincidencia de encontrarnos, qué casualidad, en aquel pueblo perdido de la sierra.
—Ya, qué me vas a contar a mí, que sigo en el paro y sin visos de salir en un futuro cercano. Pero lo vas a hacer muy bien, mujer, no te preocupes. Si yo te puedo ayudar...
Lo dije. Sé que lo dije. Como entonces supe también que, una vez dicha, quedó empeñada mi palabra y compartido el marrón.
Así que ayudé a Carolina.
Limpiamos, pegamos la falange al dedo índice de la mano con que sostenía el báculo, enmasillamos, lijamos, pintamos y aplicamos betún de Judea. Y mientras todo lo que el tiempo había deslucido recuperaba su forma, tamaño y color originales, decidimos enviar a una tintorería de Tarazona la única prenda que nos pareció que resistiría una limpieza a fondo y a máquina: la muceta, una especie de capelina de seda roja que cubría los hombros del santo.
Como atuendo episcopal, se comenzó a usar en la Italia del XVI, lo que indicaba dos cosas: que Carlos Borromeo, venerado arzobispo de Milán, debió de ser un prelado instruido en asuntos de moda cardenalicia, y que mis coterráneos de la Cañada que habían conservado la prenda podían presumir de cierta cultura en la historia de su religión, aunque aún no supieran que la ermita era románica.
Yo iba a añadir una sorpresa más.
Algo me llamó la atención en la muceta. Su seda era de una calidad especial y delicada, sin duda, fue fabricada antes de que la gran epidemia que en el siglo XIX atacó a los gusanos los diezmara hasta casi acabar con ellos y antes de que Pasteur diera, alrededor de 1870, con los parásitos que los asesinaban. Pero el dobladillo de la capa estaba cosido con un hilo que identifiqué fácilmente: rayón.
—No puede ser. No hay rayón hasta primeros del siglo XX y dicen que este santo estaba aquí ya en 1888 —me contradijo Carolina.
Le di la razón. La madre de todas las fibras sintéticas fue inventada en 1884 y no se popularizó hasta los años veinte del siglo pasado. Pero eso no convertía al hilo del bajo de la capa de san Carlos en otra cosa.
—Rayón, Caro, hazme caso. Y toca, toca aquí, ¿no notas una cosa dura en esta parte del dobladillo? Hay algo dentro. El que lo metió lo hizo mucho después de que el santo llegara a este pueblo y lo cosió luego con lo que tenía a mano en su época. Que te digo yo que es rayón.
Ahí fue donde intervinieron Sole y Marisol.
—Si la Bona lo dice, por algo será. Rayón es y rayón se queda —sentenció Sole.
—Pues yo no me muero sin ver lo que hay dentro del dobladillo —puso la puntilla su hija Marisol—. Luego lo vuelvo a coser como estaba, con rayón y todo, pero descoser hay que descoser. No hay otra.
Nos convenció a las tres, porque sabíamos que allí dentro había algo más que tela.
Lo que ninguna sabía era que, además de una piedra miliar, también había una filosofal: el inicio de la alquimia que convertiría en otra mi historia.
5
Gracias al santo y solo gracias al santo
Cañada de Moncayo,
a 1 de abril del año de gracia de 1919
A quien pueda interesar:
Declara este humilde siervo de Cristo que todo aquello de lo que aquí deja constancia es verídico y pide a quien lo leyere que cumpla lo que el cielo y la Iglesia piadosamente le solicitan atendiendo a las razones que la divina gracia ha revelado a sus hijos.
Que en este año de Dios de 1919 y siendo un servidor párroco de la Cañada de Moncayo, reunida la Junta de Sanidad, el pueblo ha sido oficialmente declarado libre de la mortífera epidemia de gripe que nos ha azotado, gracias al milagro realizado por el bienamado patrón local, san Carlos Borromeo.
Que hace ahora justo un año, en la primavera de 1918, dicha epidemia atacó con furia a ochenta y dos de los ochenta y nueve vecinos que en la Cañada de Moncayo habitábamos, después de que el diablo enviara la peste asesina para aniquilar a la grey del Señor, sin duda, en justo merecimiento por sus pecados, como la hemos visto aniquilada en toda España e incluso allende nuestras fronteras.
Que el pueblo entero, de rodillas en la ermita del santo, rezó con el máximo de su fervor en rosarios y novenas, y también sacó la imagen en procesión rogativa extraordinaria para que, al igual que san Carlos intercedió ante Jesucristo para la curación de los enfermos de peste en su tierra natal varios siglos ha, lo hiciera entonces por nosotros.
Que el santo, apiadado del sufrimiento de su pueblo, así lo hizo y gracias a él, únicamente gracias a él, de todos los contagiados del mal de Satanás solo tuvimos que lamentar dos defunciones, la del joven Anchel, que a la sazón contaba diecinueve años de edad, pero ya venía afectado de antes con las fiebres de una varicela tardía, y la de doña Emparo de la Fuensanta López, de cuarenta y cinco, cuya vida disipada de seguro le anotó varias deudas pendientes con Dios, que por eso se la llevó. Y que no hubo entonces ni ha habido hasta el día de hoy más contagios entre los vecinos.
Que lo que aquí describe este súbdito del Señor ocurrió de forma cabal y sin otra explicación que la intervención del santo patrón, porque este pueblo está protegido bajo el manto beatífico de san Carlos, que nos ha resguardado de la epidemia maldita.
Que, una vez alejada la enfermedad, se ha realizado una colecta de ofrenda al santo en la que han participado los cañadienses reunidos y a la que todos, del primero al último, incluso los que tuvieron que vender algunos almudes de trigo o arras de boda, han contribuido con la mayor de las devociones. Que en la ofrenda se han obtenido doscientas cuarenta y ocho pesetas con veinticinco céntimos que servirán para comprar a nuestro patrón una peana y celebrar una misa especial para entonar un tedeum de acción de gracias.
Por último, que, si en los años venideros alguien leyere esta misiva, tenga a bien recaudar lo que se pueda del peculio de los vecinos para mantener en buen estado al santo, único y solo hacedor del milagro que libró a este pueblo y a sus fieles habitantes del demonio y de la gripe mortal.
Bendito y alabado sea el Señor por los siglos de los siglos.
CASIANO MARTÍN LABORDA,
párroco de Cañada de Moncayo por la gracia de Dios
6
Ojos de gavilán
—Es mentira, no hay ni una coma de verdad, como lo estás oyendo.
Sole y Marisol son todo ojos. Los de la hija tienen iridiscencia propia y pueden hablar solos, sin necesidad de articular palabra. Los de su madre, también, y son, además, los ojos de Juno, celosa y huracanada, diosa madre y guerrera, la que otea el universo con mirada penetrante para descubrir las infidelidades de Júpiter. Sole tiene ojos de gavilán.
—¿Qué es mentira, Sole? No entiendo nada.
El gavilán me perforaba, directa al iris. Llegaba a sentir su aguijón.
—Eso lo escribió el cura de entonces, no te digo yo que no, y tu amigo confirmará que el papelico es auténtico, seguro. Pero es lo que se cuenta ahí lo que no debes creerte. Todo falso.
Las dos, madre e hija, se presentaron de improviso en mi casa aquella noche, la noche de la mañana en que una carta del párroco que vivió en la Cañada de Moncayo hacía cien años se nos había caído al descoser un dobladillo hecho con un asincronismo de rayón.
Era también la noche de la tarde en que, corroída por la impaciencia, volé a Tarazona para enviar la carta convenientemente protegida por correo certificado a un amigo perito calígrafo especializado en diplomática que confirmara lo que mi intuición ya sabía.
Confieso mi emoción. Siempre que poso los dedos sobre un documento de otra época se me estremece el alma. Me echo a volar, planeo a través del tiempo hasta enfundarme en la piel de quien lo escribió: qué sentía, qué le conmovía, cuál era su ansiedad, cuál su calma, si aquel día vio la puesta de sol o le sorprendió su salida, si mientras escribía pensaba en mí, en la persona que treinta, cincuenta, cien o mil años después acariciaría con sus yemas lo que él o ella había tocado primero... Es entonces cuando palpito entera. Y me siento eterna.
Pero al leer la carta de un sacerdote de 1919 sentí algo más, puede que el estremecimiento fuera de miedo, puede que de aprensión. O las dos cosas y un centenar distintas.
Aquella nota había sido escrita después de una batalla con la muerte. Era el testimonio real de un pueblo que, por algún motivo, había sobrevivido al monstruo más sanguinario e inclemente del siglo pasado. La gripe española despedazó el mundo a zarpazos en menos de dos años y dejó un reguero de desolación: cincuenta millones de vidas, hay quien dice que fueron cien, y una derrota más amarga que la de la propia guerra.
El apocalipsis en forma de virus también llegó a la Cañada, pero, en pleno envite del horror, el cuarto jinete cruzó el pueblo cabalgando a lomos de su caballo pálido sin reclamar peaje humano. El caballero de la peste había salido de allí con la grupa vacía. ¿Por qué?
—Desde luego, no por la intervención del santo, como dice el cura ese de la carta, y mira que yo le tengo devoción a san Carlos. Lo que pasa es que, aunque haya que dar a Dios lo que sea de Dios, también es justo dar al César lo que le toca, ya lo dijo Jesús. Aquí no hay milagro que valga. Mira.
Me alargó una cuartilla tan amarillenta y ajada como la que en ese momento viajaba por correo postal a Zaragoza.
—Esto nunca ha salido de mi casa ni tampoco de mi familia. Lo guardaba mi abuela Solita como oro en paño. Ahí ha estado este otro billetico, durmiendo en un baúl y por poco no cría malvas. Yo ya me había olvidado de que existía, pero toda esta aventura nuestra con el dobladillo del santo me ha hecho recordar, conque nadie mejor que tú para romper el silencio. Hala, aquí lo tienes. No no, quédatelo esta noche y mañana me lo devuelves. Tú verás lo que haces luego.
Y, con la misma dignidad con que habían irrumpido en mi casa a modo de vendaval, Marisol y Sole salieron de ella después de regalarme la mejor y más misteriosa de sus sonrisas. Me dejaron un folio viejo sobre la mesa, un millón de preguntas en el cerebro y dos pares de ojos de gavilán clavados en la retina.
7
No renunciéis a ser sabias
Cañada de Moncayo, a 20 de junio de 1918
Queridas hermanas:
Os escribo porque estoy obligada a partir esta noche. No tengo otra opción, así me lo ha recomendado el doctor Peset, en quien creo plenamente porque hasta ahora, como habéis podido comprobar, ha dado muestras de no querer más que mi bien. No os preocupéis por nosotros, porque también nos va a ayudar mosén Torubio, del monasterio, la única alma de su Iglesia en quien Dios y yo podemos confiar.
El doctor me acompañará a través de las montañas hasta el país vecino. Dice que, a causa de la guerra, hay necesidad urgente de enfermeras en todo el continente, y va a presentarme ante quienes me darán la oportunidad de ser útil, porque ya sabéis que eso es lo único que realmente quiero hacer en la vida, en esta vida mía que he empeñado en dedicar al bien de otros, aunque en mi propia tierra, donde únicamente traté de aliviar el dolor de mis semejantes, se me haya condenado de forma cruel e injusta.
Después de los tristes sucesos acaecidos hoy, aciago recuerdo de algo que ya viví hace años en Trasmoz y se repite aquí, comprenderéis que quedarme solo me traería la muerte y, lo que aún lamentaría mucho más, la de alguna de vosotras, mis hermanas queridas. Pido al Señor que no sea demasiado tarde ni a alguna haya ocasionado ya violencias y rechazos. Creedme que nunca quise causaros dolor.
Me voy, empero, con el corazón henchido de satisfacción. Con vuestra ayuda, hemos derrotado a esta extraña pero despiadada enfermedad, la Bestia de dientes negros que a tantos ha matado. Me voy, sí, pero lo hago con el orgullo del deber cumplido, que es el de haber conseguido que la vida resplandezca sobre la muerte. Entre todas, hermosas amigas, lo hemos logrado.
Ahora la muerte sigue esperándome, aunque en esquinas distintas. No me da miedo ir a buscarla al frente. Prometí dedicar mis fuerzas a salvar vidas ajenas, aun a costa de la mía. No sufráis por mí. Parto con vuestro recuerdo en el corazón, el de mis hermanas más que amigas, que me socorristeis y defendisteis cuando os necesité.
Siempre, desde que la vida es vida, ha habido una Eva a la que Adán pueda achacar sus errores. El mundo no nos comprende, nunca lo hizo, por eso prefiere culparnos de lo que no entiende. Nos vitupera y crucifica con sus clavos de hipocresía, aunque para ello deba renunciar a los beneficios de nuestra sabiduría, la que nos han transmitido nuestras madres y las madres de nuestras madres desde la oscuridad de los siglos. Yo os pido que no lo hagáis vosotras ahora, pese a que los tiempos sean difíciles: no renunciéis a ser sabias, no os dejéis abatir. Hemos sido sanadoras durante mil años y seguiremos siéndolo porque la fuerza de nuestra voluntad nos acompaña.
Yo me voy para salvarme y así poder salvar a muchos más.
A vosotras os dejo nuestro secreto, por si regresa la Bestia. Es la fórmula de la vida y gracias a ella la epidemia de gripe ha sido vencida. Pero, puesto que no quiero comprometeros, a ninguna la dejo en custodia ya que a ninguna quiero poner en peligro. He pedido a Cristovalina que la cosa en el interior del dobladillo de la capa de san Carlos. Ahí podréis encontrarla siempre que la necesitéis. Si la Bestia ataca de nuevo en la Cañada, ya sabéis lo que debéis hacer. Ahora sois las depositarias de nuestro legado. Guardadlo con tanto amor como el que yo os profeso a todas y cada una.
Que Dios os bendiga y os proteja siempre, mis queridísimas hermanas.
MARÍA VERUELA BONA MÁRQUEZ
8
La emoción del conquistador
No sé si aquel documento arrojaba luz u oscuridad sobre la carta del párroco, ni si realmente cada uno hacía más claro o más enigmático el contenido del otro.
¿Quién escondió qué en la capa del santo?
¿Fue aquella María Veruela, al parecer enfermera de profesión, quien escribió una receta milagrosa y escogió un lugar sagrado para mantenerla a salvo? Si así sucedió, ¿dónde estaba la receta en cuestión?
¿O el milagro fue realmente un milagro, obra exclusiva de la devoción popular a san Carlos, sin intervención humana, de ahí que un cura agradecido dejara constancia de ella para la posteridad exactamente en el mismo lugar?
Todo era una incógnita. Lo único cierto es que ambos papeles habían sido escritos con un año de diferencia por manos distintas, las caligrafías ni siquiera se asemejaban. Que parecían contradecirse entre sí porque solo uno de ellos dormía en el dobladillo del santo y por tanto solo uno contaba la verdad. Y que, sobre todo, los dos condensaban una historia mucho más alta, larga y profunda que la que relataban.
Lo comprendí en el momento en que acabé de leer el segundo. Eran el punto de partida, no la meta. Con ellos empezaba mi viaje. Ante mí, un océano navegable y, al otro lado, un enigma: un universo nuevo u otro antiguo y arcano.
Solo tenía que encontrar la orilla desde la cual podría zarpar. Pero ya sabía en qué lugar estaba: en el monasterio de Veruela donde, hacía cien años, un sacerdote llamado Torubio fue el único aliado local que aquella mujer que llevaba mi apellido encontró en medio de la soledad y la incomprensión.
No pude evitarlo, sentí la emoción del conquistador a punto de embarcar.
SEGUNDA PARTE
AYER
Si siempre fuera presente y no se mudara a ser pasado,
ya no sería tiempo, sino eternidad.
AGUSTÍN DE HIPONA, Confesiones
Monasterio de Veruela, a 15 de mayo de 1919
Creí que nunca volvería a ver la melena encanecida del Moncayo.
Regreso de dar la vuelta al mundo y lo he hecho a escondidas, nadie sabe de mi regreso. Estoy sola. No importa. Lo único que quiero es descansar. Olvidar. Traigo en los tímpanos el fragor de los cañones y el rugido de la muerte. En el ojo, fuego, sangre y miseria. En el olfato, el hedor del pus y la descomposición. En las manos, un inmenso vacío. Y en el vientre, el futuro.
Soy un alma estéril, pero mi cuerpo aún está vivo. Me lo dice este corazón que late y me crece dentro.
No sé si tendré vigor para criarlo, y abrazarlo, y darle ese mundo mejor que aún no existe. No sé si tendré vigor ni tiempo. Pero sí sé que estos monjes que me han acogido en su regazo generoso cumplirán su palabra. Aún conservo algo de fe en la humanidad, y ellos son mi humanidad, la más cercana. Porque también ellos son supervivientes. Han sobrevivido al esplendor y al declive de este monasterio en cuyo trono se sienta el silencio. Solo en medio de sus arcos, capiteles y columnas se pueden oír los susurros.
Este va a ser el lugar de mi descanso eterno, eso también lo sé.
Aquí enterraré mis armas, que son pocas y no matan. Ni siquiera sirven para defenderme.
Aquí quedará escrita mi historia y entonces dejará de ser mía. Yo ya no la necesito.
Aquí habitará mi olvido. Aunque se vuelva eterno sobre un papel, a nadie más que a mí atañerá su esencia.
Aquí también habitará mi memoria: aquí nacerá mi hija. Sé que será una niña y solo sé que lo sé. Se llamará Jacoba, como mi gran y único amor. La protegeré y guardaré como no pude protegerle a él, aun cuando deba entregar la vida para hacerlo.
Y algún día su hija o la hija de su hija... algún día alguien me redimirá del olvido y volveré a vivir. Regresaré al recuerdo.
El día en que mi mundo y mi cielo se apaguen para siempre, todavía quedarán estrellas...
9
Donde habita su olvido
Conocí a mi bisabuela cuando ella tenía veintitrés años y yo treinta y ocho.
Me ayudó Carolina, que quiso devolverme el favor tras la restauración del santo. Mi amiga había trabajado en la Diputación Provincial de Zaragoza y por ella fue designada hacía unos años para colaborar en la creación de un espacio dedicado a Bécquer en la cilla del Real Monasterio de Santa María de Veruela. Desempolvó dibujos, escritos, cartas y legajos, pero, sobre todo, se embebió del perfume de un paraíso distante, como a ella le gustaba definirlo citando al poeta del que tanto sabía, irremediablemente subyugada por su vaguedad misteriosa.
Solo necesitó una llamada telefónica. Uno de los guías del monasterio también le debía un favor y, por esa extraña cadena de agradecimientos con la que una fila infinita de seres humanos están unidos entre sí, al día siguiente Carolina y yo ya disponíamos de una pequeña oficina, antes usada como almacén dentro del Museo del Vino que hoy forma parte de las dependencias monacales, y de la llave de un armarito que, según el amigo de Carolina, no se había abierto en décadas.
Allí estaba: una caja con la tapa desvaída y arenosa; en el lomo, las mismas iniciales que en el arcón del armario de fondo ancho de mi casa, M V B, y en sus entrañas, decenas... tal vez cientos de papeles amarillos.
La abrí en silencio reverencial. Mientras lo hacía, recordé otro de los escritos de Gustavo Adolfo: también para mí el viento seguía suspirando entre las copas de los árboles, también el agua seguía sonriendo a mis pies y también las golondrinas pasaban sobre mi cabeza, pero yo, absorta, ya había sido transportada a otros sitios y otros días desde el instante en que levanté la tapa de aquella caja.
Así comencé a encontrarla. Estaba en el lugar donde habitaba su olvido, en un archivo perdido e ignorado del monasterio de la Virgen que lleva su nombre. Hallé allí la crónica de un viaje asombroso al centro de la tierra que duró un año y dos primaveras de su vida. Suficientes: fueron el año y las primaveras en las que el mundo cambió. Y mi bisabuela con él.
Yo soy la hija de la hija de su hija y nada deseo más que redimir su memoria.
Aquí está. Esta es su historia.
1916-1917
10
Las grullas de Bécquer
María Veruela Bona Márquez, por todos conocida como Mariela, nació en la isla laica de Trasmoz, que no era muy diferente de la que unos veinte años antes había pintado Valeriano Domínguez Bécquer mientras su hermano Gustavo Adolfo trataba de curarse los males del pecho y del alma en la hospedería del monasterio de Veruela.
Estuvo acertado el poeta cuando describió a Trasmoz como un «pueblecillo» de situación «extremo pintoresca» y algo exagerado cuando añadió que arrastraba una oscura leyenda desde el alba de los tiempos. La tétrica ingenuidad de los románticos, casi tan grande como la credulidad de sus seguidores (que Lord Byron, Allan Poe y el propio Bécquer me perdonen), alimentaron dicha leyenda con fábulas de brujería y encantos a granel, inmortalizadas en varias cartas escritas desde una celda del monasterio y publicadas en El Contemporáneo para lectores ávidos de secretos por desvelar.
Sin embargo, las leyendas, aunque hayan sido redactadas por mano maestra, siempre han perdido todos los pulsos contra la Historia. La Historia, si está bien contada, no engaña, yo lo sé bien.
Algo de verdad hubo en una sola de las acusaciones que durante siglos pesaron sobre Trasmoz: las mujeres del pueblo se reunían, eso es cierto.
Bécquer dijo que eran una banda de viejas, espesa como la de las grullas, que se juntaban para celebrar endiablados ritos. Y eso es falso.
En lo que sí destacaban las mujeres de Trasmoz era en el conocimiento cuasi científico de las plantas únicas del Moncayo, adquirido a base de ensayos y errores en las labores del hogar, que compartían entre ellas generosamente cuando se encontraban alrededor de un fuego las noches de lobos de los largos eneros serranos.
Eran diestras en reconocer las hierbas tóxicas, las curativas, las narcóticas, las alucinógenas, las afrodisíacas, las aromáticas... Y sabían aplicarlas con mano suave a sus vecinos, a cada uno según su necesidad, no sin acompañarlas de vez en vez con algún ensalmo o rezo que diera a la friega algo de romanticismo. Uñas de gato para Chustino, el epiléptico; hojas de ortiga, contra las ventosidades de Viturián; corteza de fresno altísimo, para Ostaquio, aquejado del pecado de sífilis; para Nonilo, doblado de dolor por el mal de piedra, gayuba, y al pequeño Olario, postrado con coqueluche, unas uvas de zorro.
Mariela había heredado siglos de sabiduría. Los recibió desde muy pequeña de manos de la comadrona Cristovalina, su aya, quien le había ofrecido generosamente regazo y calor después de que su madre, una belleza de salud frágil y profecía de vida corta grabada en los ojos, muriera al parirla en su casa de piedra un día de catacumbe.
Cristovalina la crio y su padre, Chuanibert, la idolatró. La llamó Veruela en agradecimiento a la Virgen local que, en medio de la orgía de sangre en la que su madre dio a luz, hizo que al menos aquel pequeño pedazo de carne siguiera vivo.
Desde entonces, la alegría a veces solemne de la niña había sido el único motivo por el que Chuanibert se despertaba cada mañana, y su inteligencia, la causa de que cada noche se acostara henchido de orgullo. Ella era su razón, su única razón de vivir.
Mariela creció en libertad. El Moncayo entero era suyo y lo recorría con unas alforjas llenas de los besos de su aya, el amor de su padre y los siglos de sabiduría de las mujeres de su pueblo, enriquecidos con algún descubrimiento personal.
Tenía la vida perfecta.
Pero no fue consciente de que quería algo más hasta que, en 1916, llegó de visita el doctor Cecilio Núñez. Era subdelegado de Farmacia de Ágreda y un expertísimo botánico aficionado.
Cuando el doctor Núñez se instaló en Trasmoz, con su lupa y sus chirucas embarradas, sus anteojos y su bigotillo aceitado, la vocación de Mariela encontró sentido. Todo lo que conocía por demostración empírica quedó contrastado con la erudición del farmacéutico. Y algo más le infló de aire limpio los pulmones: el doctor aprendió de ella a designar con nombres comunes plantas solo conocidas por él con un latín culto pero incomprensible.
—A ver, María Veruela de mi alma, ¿y cómo llamamos a esta? Para mí, es la Digitalis purpurea...
Señalaba una planta con flores en racimos colgantes, algunas amarillas y otras de color rosáceo, con la corola púrpura.
—Pues para mí es un guante de la Virgen. O una gualdaperra. El otro día la usé con Lamberto. Me pareció que le estaba dando un síncope, tenía el pulso acelerado... le di una infusión de gualdaperra y se recuperó. Pero hay que ir con cuidado, un día la mujer de Bibán se pasó de dosis y casi se queda viuda.
Cecilio Núñez sonreía, anotaba febrilmente en su cuaderno con letra pulcra y esmerada, y acariciaba a Mariela con la mirada. En ella distinguía mi bisabuela un chispazo de admiración; era entonces cuando se le inflaban los pulmones con aire limpio.
—¿Nunca has pensado en hacerte enfermera?
—¿Enfermera yo? Eu, doctor, ¡qué cosas dice! Ya está como mi padre, que quiere que me meta a monja...
—No hace falta, mujer. ¿No has oído hablar de la escuela Santa Isabel de Hungría?
—Ni idea. ¿Por dónde queda? ¿Por Zaragoza?
—Más lejos. Por Madrid. Allí enseñan la profesión de enfermera a mujeres laicas. Las forman para que jóvenes laboriosas como tú puedan ayudar a sus semejantes y, además, aprendan a ganarse dignamente el pan.
—¿Quiere decir, doctor, que a las mujeres les pagan? ¿Solo por curar, sin tener que servir?
—Pues claro, pequeña. Ellas son las que están ganando realmente esa guerra absurda de un poco más arriba, pasadas las montañas, en Europa.
—¿Guerra? ¿Dice usted que hay guerra? ¿Y las mujeres también van? Qué pequeñico es este pueblo, doctor, aquí no nos enteramos de nada de lo que pasa más allá de la sierra...
—Mira, lee este artículo de El Día. Lo escribe una periodista llamada Isabel de Oyarzábal, aunque firma como Beatriz Galindo. Ya verás cómo te interesa lo que cuenta. Tú serías una excelente enfermera, estoy seguro. Piénsalo, ¿me lo prometes?
Lo prometió y lo cumplió. Pensó. Y tanto, que dejó de pensar en cualquier otra cosa.
11
El sambenito de oruja
Mariela llegó a aprenderse de memoria el artículo de Beatriz Galindo. Escribía en una sección llamada Presente y porvenir de la mujer en España y solo por eso la periodista ya habría enamorado a Mariela. Que el de enfermera es un trabajo moderno, decía, adaptado a la realidad de los tiempos y al paso de otros países europeos. Que encuentra su dignidad en la formación, la titulación y la remuneración. Que solo si la mujer consigue hacerse un sitio en ella, o en cualquier otra profesión que elija, podrá decidir libremente su futuro.
Así conoció Mariela los detalles de la Real Escuela de Enfermeras de Santa Isabel de Hungría y así comenzó a soñar con ellos. Soñaba con que, al término de cada uno de los dos años que duraban los cursos, conseguiría superar los exámenes que le harían acreedora de un certificado y una gratificación de trescientas sesenta pesetas. Después, estaría cualificada para ejercer la enfermería y autorizada a cobrar estipendios: de diez pesetas por una guardia de día y noche, cinco por una durante el día, siete cincuenta por la noche, lo mismo por asistir en un quirófano...
¿Poco? Para ella, una fortuna. No era solo dinero. Era la libertad. La libertad de ejercer un oficio honroso y poder mantenerse de él. Exactamente igual que un hombre.
Ya no tenía ninguna duda: quería ser enfermera.
La decisión estaba tomada. Faltaba convencer a Chuanibert.
—O te metes a monja o te olvidas del capricho —mi tatarabuelo se resistía a dejarla marchar—. Antes que verte limpiar culos y arreglarle el cuerpo a un señorito de manos largas te ato a la pata de la cama, por estas que lo cumplo.
No hizo falta, porque fue el propio pueblo, azuzado por su ignorancia y superstición, quien convenció al hombre. La isla laica, pese a serlo, tenía mucho de cerrazón religiosa y de fetichismo irracional. Pero, gracias a ambos y a otros tantos lances del destino, el viento sopló a favor de Mariela y le garantizó el viaje a Madrid.
El primer lance solo le sirvió de reafirmación. Venía en forma de dedicatoria de puño y letra del doctor Cecilio Núñez en un hato de folios escritos a máquina y titulados Flora del Moncayo que le envió a Trasmoz. El trabajo había sido premiado por el Colegio de Farmacéuticos de Barcelona en el concurso de 1916 e iba a publicarse en breve. En esos folios reconoció Mariela decenas de plantas autóctonas que ella había ayudado al autor a descubrir y que él había glosado en aquel pequeño tomo, cuyo manuscrito le había dedicado: «A mi querida María Veruela, mujer poderosa. Sigue siempre tu camino y recuerda que pensar es sufrir, pero es mejor sufrir que dejar de pensar».
El segundo lance estuvo a punto de costarle la vida.
Fue por la niña Xara, hija de Zeferín. Tenía trece años y era su compañera habitual de correrías campestres.
—Hoy no voy a escuela y nos echamos al monte, ¿hace? —le decía muchas mañanas con una sonrisa melosa para convencerla.
Mariela no solo encontró en Xara una pupila sino una especie de ensayo del amor que algún día sentiría por una hija. Fue al conocerla cuando realmente le pesó la falta de su madre, a pesar de que Cristovalina había suplido el vacío con tanto amor y entrega como dedicaba a su propio hijo, Berdol.
Cada mujer de Trasmoz enseñaba a otra, así se había establecido desde los tiempos en que se perdía la historia del pueblo. Habitualmente, era la madre quien enseñaba a la hija. Pero, cuando faltaba una hija o faltaba una madre, todas encontraban siempre con quien emparejarse para que nunca se rompiera la cadena de sabiduría.
Mariela eligió a Xara, aunque a ambas solo las separaba menos de una década, porque vio en ella a una continuadora despierta y aventajada de la saga de herbolarias de Trasmoz.
La niña tenía los ojos despejados y una voz transparente, los dedos largos y gestos suaves, y una inteligencia natural que hacía de su cerebro una esponja capaz de absorber, planta a planta, todos los nombres, colores, olores y sabores necesarios para después recetarlas a conveniencia del fin pretendido. Casi siempre acertaba.
—Yo me voy a ir un día de este pueblo, Mariela, verás, y voy a recorrer el mundo entero. —Era niña y soñaba; de los niños es el mundo de los sueños.
Mariela sonreía.
—Pues mucho lo dudo si sigues sin ir a escuela...
—Es que prefiero salir de manzanetas y rosillas contigo... —Y volvía a iluminarse con la sonrisa de azúcar con la que tan bien sabía desarmar a su tutora.
Ella se dejaba desarmar. Pero lo hacía consciente de que no perjudicaba a Xara, sino al contrario. Era niña y no varón, y a las niñas en la escuela no les enseñaban mucho más de lo que la suya podía aprender agarrada de su mano surcando los prados.
Mariela amaba a esa chiquilla. Y la conocía, la conocía muy bien. Tan bien, que una mañana en que la miró a los ojos lo supo.
—¿Quién ha sido, Xara? Dime quién ha sido.
La niña no contestaba y Mariela ardía de furia.
—Dímelo, Xara, por Dios, ¿ha sido tu padre?
La cría no pudo sostenerle la mirada y eso fue suficiente.
Esa misma tarde, Mariela preparó un cocimiento de rizomas de dentabrón y flores de narciso de los prados, entre otros ramajos verdes, para Xara, y otro de raíz y hojas de matalobos de color azul para Zeferín, a administrar tres días seguidos.
El hombre se quedó dormido cada noche con un sueño profundo y viscoso, seguramente plagado de pesadillas. Lo necesario para que, al cabo de esos tres días, a Xara le bajara la regla sin que hubiera vuelto a tocarla y con ella expulsase el minúsculo grano de sémola que en unos meses habría crecido hasta convertirse en su hijo y su hermano a la vez.
Cuando Zeferín despertó estaba solo. Mariela había rogado al doctor Núñez que encontrara un hueco en la rebotica de su farmacia de la plaza Mayor de Ágreda, al otro lado del Moncayo, en el que alojar a Xara hasta que volviera de la vendimia francesa una tía de la niña. Y hasta allí mismo la acompañó mi bisabuela para agradecer personalmente al farmacéutico que la relevara en la protección de la pequeña.
Pero el padre, al saberlo, se revolvió hasta hacer aflorar a la fiera que realmente era.
Ladró por las calles de Trasmoz contra la puta que le había robado a su niña. La acusó de haberla llevado al monte para amancebarla con el demonio en uno de sus aquelarres. Y, lo que resultó mucho más incriminatorio, la señaló como la bruja que había hecho abortar la simiente que Lucifer había plantado en el vientre de su hija virgen.
A los hombres del pueblo no les costó creerle y la atmósfera se incendió contra Mariela. De nada sirvió la intercesión de las mujeres que sabían tanto como ella de lo que realmente había sucedido, aunque callaban por temor a las represalias, ni tampoco la defensa de Chuanibert del honor de su hija.
—La niña tiene que salir de aquí, Chuani, o la pierdes para siempre. Mira que en este pueblo hay mucha cafrería y, si esos salvajes se han empeñado en que la Mariela es bruja oruja, con el sambenito de bruja oruja se queda para siempre. ¿No se había emperrado en hacer lo de enfermera...?
Eso le dijo Cristovalina. Mi tatarabuelo se acordó de Joaquina, una prima lejanísima de su padre, conocida por todos como la Tía Casca, a quien una turba contrariada que buscaba en ella la causa y la culpa de un año de malas cosechas linchó despeñándola desde el risco más alto de Trasmoz. Chuanibert, el rudo viudo con corazón de mantequilla, tembló con la sola idea de perder su único tesoro.
No malgastó ni un minuto: trasladó todos los enseres a una casa heredada en el pueblo aledaño de Cañada de Moncayo, a cuya misma linde llegaban las tierras familiares y desde el que Chuanibert podría seguir labrándolas, ya lejos del alcance del tropel enardecido.
Ni siquiera miró atrás cuando dejó Trasmoz en lo alto de la colina. Hasta el fin del mundo habría ido por Mariela.
Además, por si el fin del mundo no estaba lo suficientemente lejos, poco después de la mudanza su hija partía hacia Madrid con las quinientas pesetas que eran todos sus ahorros en el bolsillo, el libro de Cecilio Núñez en la maleta y un hatillo lleno de ilusiones.
12
Una habitación con ventana
Casi dos años vivió mi bisabuela en Madrid, pero apenas dejó constancia escrita del primero. No la necesito, porque, aunque no pueda leerla, sí puedo soñarla.
La sueño con una imagen: la de una mujer en el interior de un cuadro de Edward Hopper. Una mujer, cualquiera de sus mujeres. Pintadas desnudas, vestidas, en la cama o en una silla, sentadas, recostadas, de pie, leyendo, solas en un café, en un hotel, en un tren... En lugares cerrados y pequeños y, sin embargo, casi siempre con una ventana cerca y casi siempre con la mirada perdida a través de ella en el infinito.
Cada vez que contemplo a una de las mujeres de Hopper, mi memoria evoca a Virginia Woolf. Y me digo que una mujer, además de dinero y habitación propia, también ha de tener una ventana.
Mariela encontró su ventana en la capital. En ese primer año lejos de Trasmoz, la sueño asomándose a ella y dejando a los ojos volar como nunca antes hasta un horizonte interminable, mucho más lejano que la línea corta e interrumpida p
