Lo que encontré bajo el sofá

Eloy Moreno

Fragmento

El grupo se movió y nos fuimos adentrando por unas calles que parecían desplazarse como serpientes…

—Hay varias razones por las que antiguamente se hacían calles tan estrechas —continuó el guía—. Por una parte, eso protegía a los ciudadanos del frío en invierno y del calor en verano, y lo que también es importante, estos callejones eran perfectos para defender la ciudad, pues si era invadida, confundían a los enemigos.

Y así, atravesando lugares que nos llevaban a otras épocas, narrando leyendas sobre fantasmas que parecían rodearnos y descubriendo un secreto en cada esquina, nos fuimos acercando a la plaza en la que iban a comenzar mis dos historias.

—Bueno, pues hemos llegado a este precioso rincón. Vayan pasando y quédense aquí, a mi alrededor, que les voy a contar una bonita historia de amor.

Poco a poco, fuimos ocupando con nuestros cuerpos el espacio que dejaba la noche; agrupados, en silencio, frente a un hombre que comenzó a conquistarnos.

—Estamos en la plaza de Santo Domingo el Real. Por si a alguno de ustedes les suena, aquí es donde sucede —al menos hasta ahora se piensa que es así— parte de la leyenda de Las tres fechas, de Bécquer. Miren a su alrededor e imagínense en un día cualquiera de hace unos ciento cincuenta años…

»La leyenda nos cuenta que Bécquer se encontraba por estos lugares cuando, paseando por una calle en la que raramente se cruzaba con nadie, se dio cuenta de que las cortinillas de una ventana se abrían para volver a cerrarse casi de inmediato. Él intuyó que unos bonitos ojos lo observaban, pues tras aquella ventana tan hermosa —supuso— solo podía asomarse una hermosa mujer. Pasaron los días y, cada vez que Bécquer caminaba por aquella calle, hacía más ruido del necesario con sus zapatos para advertir de su presencia.

»Y de nuevo, otra tarde, le ocurrió exactamente lo mismo… pero tampoco pudo verle el rostro. Pese a su curiosidad, a los pocos días tuvo que marcharse de Toledo y anotó en su cuaderno una primera fecha.

Se detuvo durante unos instantes y me di cuenta de que era tal el silencio que la ciudad parecía dormida. Nosotros, en cambio, permanecíamos totalmente despiertos, inmóviles, atentos… como esos niños que se reúnen de noche junto al fuego para disfrutar de una historia de misterio en pleno bosque.

—Pasado un tiempo, Bécquer volvió a Toledo y, una vez más, otro día, paseando por esta misma parte de la ciudad, vio una joven mano que le saludó desde la ventana. Desgraciadamente, al igual que la vez anterior, tampoco llegó a ver su rostro. Estuvo esperando y esperando, pero aquella hermosa mujer —según su imaginación— ya no volvió a asomarse. Finalmente, tuvo que partir de nuevo hacia Madrid y anotó una segunda fecha. Sobra decir que durante todo ese tiempo, Bécquer, que era un enamoradizo, se había creado mil sueños e imágenes en su mente sobre aquella misteriosa y, sobre todo, bella mujer.

El guía guardó silencio nuevamente y yo aproveché para agacharme y atarme unos cordones que se habían vuelto rebeldes hacía ya unos cuantos pasos. Al inclinarme, me fijé en una extraña inscripción que había en la base de la pared. A primera vista parecía un reloj de arena, pero al mirarlo más detenidamente descubrí que en realidad eran dos corazones enfrentados, uno arriba y otro abajo, uniéndose en sus puntas. En el interior del primer corazón había unas iniciales y en el del segundo una fecha: 22-X-1984.

—Al cabo de un año —continuó el guía—, Bécquer volvió a esta plaza sin haber olvidado aquellas dos fechas. Estuvo paseando varias veces por aquí intentando encontrar a la dama de sus sueños, pero nada, no tuvo suerte. Un día, en uno de sus tantos caminares, escuchó el sonido de un órgano acompañado de unos cantos que salían de este mismo convento que ustedes tienen a sus espaldas. —Todos nos dimos la vuelta—. Preguntó por lo que aquí ocurría y le dijeron que una novicia estaba tomando los hábitos. Bécquer, movido por la curiosidad, se asomó y estuvo atento a toda la ceremonia, sin poder distinguir en ningún momento la cara de la dama. Una vez acabado el rito, se abrió la puerta y la nueva esposa de Dios entró hacia la clausura. En ese instante el poeta la vio y… —aquel hombre, ayudado por el silencio que nos rodeaba, nos tenía a todos atrapados—… quiso saber quién era aquella muchacha.

»Le dijeron que se trataba de una joven que se había quedado sola tras la muerte de sus padres, una doncella que no tenía a nadie con quien compartir su vida. Cuando preguntó dónde vivía, le señalaron una ventana y se le encogió el corazón, pues según las indicaciones era la misma ventana que él ya conocía. Como imaginaréis, Bécquer salió de allí destrozado, seguramente se pasó el día pensando en que si hubiera llamado a su casa, si la hubiera conocido a tiempo… Esta es la tercera fecha, una fecha que nunca llegó a escribir porque dice que se la guardó para siempre en su corazón.

Dejamos escapar un pequeño suspiro que se desvaneció entre la noche.

—Bueno, como ven, es una bonita historia que no tuvo un final feliz, o al menos el final que Bécquer hubiera esperado. Y ahora, continuemos, caminemos hacia allí, hacia aquellos cobertizos…

Aquello podría haberlo hecho cualquier enamorado, pero algo no me cuadraba: la fecha, la letra y, sobre todo, el esfuerzo que suponía: estaba esculpido en la roca. Un trabajo demasiado complicado para la inmediatez de un adolescente. Finalmente, me pudo la duda y, antes de que el guía desapareciera tras el grupo, me acerqué a él.

—Oiga… Luis, ¿verdad?

—Sí, dígame —me contestó con un gesto amable, poniendo su mano sobre mi hombro.

—Verá, es que he encontrado una marca aquí detrás, justo donde se juntan el muro y las rejas, no sé, es extraña…

—A ver, dígame dónde… —Y me acompañó unos metros.

—Mire, aquí —le señalé con el dedo.

El hombre se agachó, miró la inscripción y acarició lentamente la pared, como si cada parte de aquella ciudad fuera también parte de su propia vida.

—Vaya, sí que es usted observadora —contestó—, pero supongo que será obra de algún joven enamorado. Esta plaza tiene mucho significado, sobre todo por la historia que les acabo de contar. No es de extrañar que alguien haya querido dejar aquí su amor por escrito. —Sonrió.

—Pero es que… —repliqué—, es que pone 1984, y teniendo en cuenta la facilidad de los espráis, ¿quién se va a poner a hacer este trabajo sobre la piedra?

—Quién sabe, quizás aún quedan románticos. —Sonrió—. Además, si lo piensa, esto no se lo lleva la lluvia.

—¿La lluvia?

—Sí, claro, los espráis se van desdibujando con la lluvia, en realidad, la lluvia lo desdibuja todo: los rostros, las miradas, los recuerdos… hasta las calles —me dijo sonriendo—. Vamos, q

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