Prólogo
Si bien la mayoría de los best sellers del pasado merecen ser relegados a las húmedas estanterías de las habitaciones de invitados de las casas de campo, La mujer de tu prójimo no es uno de ellos. Talese tardó en escribirlo nueve años, y esos años se notan en la riqueza de las historias, en la densidad de detalles y en la visión amplia y panorámica que nos da de un Estados Unidos en constante cambio.
Aunque a primera vista La mujer de tu prójimo pueda parecer un recorrido turístico por un mundo exótico y marchito, las tensiones y los conflictos que relata siguen siendo apremiantes. Talese revela un Estados Unidos entusiasmado con las superficies ordenadas de sus hogares perfectos e intrigado por las atracciones sexuales insólitas. Puede que la cultura en general experimente una menor agitación —al fin y al cabo, somos más convencionales que nuestros padres—, pero la verdad es que el desconcierto que en concreto analiza Talese continúa con nosotros. ¿Cómo conciliamos nuestras ideas anticuadas sobre el matrimonio con nuestra necesidad de novedad y frescura? ¿Cómo superamos lo que el escritor Radclyffe Hall llamaba «la infinita tristeza del deseo cumplido»? Es posible que las formas y variedades de nuestras soluciones sean ahora distintas, puede que haya maridos navegando por internet en busca de porno, o esposas descontentas chateando con compañeros de trabajo, pero el conflicto fundamental sigue siendo el mismo: la tensión entre nuestra herencia puritana y nuestra obsesión por el sexo.
Cuando Talese se embarcó en este enorme proyecto, debió de parecerle increíblemente ambicioso a cualquier persona a quien se lo mencionase. Se enfrentaba nada menos que al espíritu de los tiempos. ¿Cómo se llega a la esencia de un modo que no resulte insulso, reduccionista o incuestionablemente falso? La respuesta de Talese llega a través del personaje. De forma paradójica, cuanto más profundiza en las personas sobre las que escribe, cuanto más específico, elaborado y particular es el detalle, con mayor eficacia explica el momento cultural más general. Capta el panorama de la nación a través de la elaboración incesante y fascinante del personaje. Con sus complejos retratos de Hugh Hefner, Judith Bullaro, John Williamson, Diane Webber, Al Goldstein y otros, plasma mejor de lo que podría con un millón de abstracciones forjadas a la perfección lo que ocurría sobre el terreno. Su método de ahondar cada vez más en el individuo para llegar a amplias verdades culturales es la inspiración de este libro.
La mujer de tu prójimo es a menudo malinterpretado. La gente se confunde o se distrae por lo lascivo y llamativo del tema. Sin embargo, no es un libro obsceno, o, mejor dicho, es un libro obsceno con una larga exégesis acerca de la campaña de Comstock, con detalles vivos y eruditos de casos del Tribunal Supremo sobre obscenidad, con digresiones históricas acerca de comunidades utópicas y las penas y desventuras de El amante de lady Chatterley; es una historia cultural en el mejor y más riguroso sentido de la palabra.
En La mujer de tu prójimo, Talese capta a la perfección las delicadas contradicciones psicológicas, la influencia residual de nuestro pasado puritano y la aventura de la libertad en la totalidad de sus nuevas y seductoras encarnaciones. Aborda grandes y vagas tendencias culturales a través de la especificidad peculiar de la historia individual, de la pasión de Hugh Hefner por F. Scott Fitzgerald, de la forma en que el padre de Al Goldstein trataba a los camareros chinos, de una foto del padre de Harold Rubin en el ejército, de las anotaciones sobre la masturbación en el diario de Anthony Comstock. Cuando Talese ha terminado de poblar su Estados Unidos, podemos ver en acción las influencias contradictorias de nuestros impulsos más desenfrenados y nuestros instintos más conservadores. Mide las nuevas tendencias de la moralidad, el verdadero cambio histórico, en las pequeñas resistencias y desgarrones que produce en la psique; contempla la euforia, emoción y destrucción de la revolución sexual, hombre a hombre, mujer a mujer.
Hay un curioso apartado al final del libro en el que Talese se refiere a sí mismo en tercera persona. De pronto, nos encontramos con frases como esta: «Durante esa época el propio matrimonio de Talese, que existía desde 1959, y que ahora incluía a dos hijas pequeñas, respondía de forma negativa a la incuestionabilidad de su investigación, la publicidad que esta conllevaba y su reciente consentimiento para ser entrevistado por un periodista de la revista New York». Talese había sido criticado por su trabajo de campo sobre el adulterio, por el entusiasmo de su inmersión, por estar allí, en la camilla de la sauna, recibiendo largos masajes, pero esta opción estilística responde a esa crítica. Hablar en primera persona sería demasiado simple. Porque está allí y no está allí; le están haciendo una paja en la sauna, pero mientras tanto no deja de pensar: «¿Quién es la masajista? ¿Cómo fue su infancia? ¿Qué opinan sus otros clientes?». En la habitación siempre está presente el escritor, el observador que contempla esa habitación, y a mí me parece que esa sutileza se les escapó a muchos de los críticos moralizantes más severos del libro. Talese se describe a sí mismo como personaje; procesa la historia a través de su propia experiencia; siempre está escribiendo. Es un enfoque del periodismo más ardiente de lo habitual, pero no por ello deja de ser un enfoque del periodismo. El libro era su vida, y eso era algo serio, no la excusa barata para un poco de diversión extramatrimonial que algunos críticos parecieron creer que era en aquel momento. Si era eso lo que quería, no creo que tuviese necesidad de invertir nueve años y más de quinientas páginas en ello.
Talese tenía un inigualable afán de historias, de contemplar la variedad de la experiencia humana en todo su esplendor y perversidad. Dedica una atención a los pormenores de las vidas de extraños que la mayoría de las personas apenas pueden reunir para sus amigos más íntimos y su familia. Lo que le distingue del periodista común y corriente es su interés inagotable por otras personas, famosas o no, su cariñosa inmersión en el pasado de estas, en lo que su madre les decía cuando eran niños y en el aspecto que tenía su dormitorio de la infancia. Para él la historia no se acaba cuando el libro se envía a la editorial. Se mantiene en contacto con muchas de sus fuentes durante años, durante décadas, interesado aún en lo que les sucede, sin dejar de recabar información, todavía implicado. Esta no es la antropología distanciada y utilitaria de la mayoría de los periodistas. La línea entre el sujeto y el amigo aparece desdibujada de forma peligrosa e interesante. Sin excepción, los personajes de este libro autorizaron a Talese para que utilizase sus verdaderos nombres, lo cual resulta extraordinario dado que hablaban de infidelidades, de fantasías sexuales, de experiencias eróticas inusitadas. Pero Talese se ganó ese grado de confianza con la profundidad e intensidad de su compromiso, con la naturaleza humana y precisa de sus preguntas, con el encanto de la clase de atención que ofrecía, con su auténtica camaradería.
Cabe preguntarse si esa implicación forjada emocionalmente con tantas fuentes y tantas intimidades no es agotadora. Lo sería para la mayoría de nosotros. Pero es el corazón de este novelista, la extraña e insaciable pasión de este escritor por la observación, por describir en toda su complejidad espectacular el mundo desconcertante y fecundo, lo que eleva a este libro brillante e inconformista por encima de su tiempo y lo convierte en un clásico del periodismo cultural.
KATIE ROIPHE
2009
1
Estaba completamente desnuda, echada boca abajo en la arena del desierto, las piernas abiertas, sus largos cabellos flotando al viento, la cabeza hacia atrás y los ojos cerrados. Parecía absorta en sus propios pensamientos, alejada del mundo, reclinándose en esa duna batida por el viento de California, cerca de la frontera mexicana, adornada únicamente por su belleza natural. No lucía joyas, ni flores en el pelo; no había pisadas en la arena; nada indicaba el día o destruía la perfección de esa fotografía salvo los dedos húmedos del colegial de diecisiete años que la tenía en la mano y la contemplaba con deseo y ansiedad adolescentes.
La imagen estaba en una revista de fotografía artística que él acababa de comprar en un quiosco de la esquina de Cermak Road, en las afueras de Chicago. Era última hora de una tarde fría y ventosa de 1957, pero Harold Rubin podía sentir el acaloramiento que le subía por el cuerpo mientras observaba la foto bajo la farola cerca de la esquina, detrás del quiosco, ajeno a los ruidos del tráfico y a la gente que pasaba rumbo a sus casas.
Hojeó las páginas para echar un vistazo a las otras mujeres desnudas, para comprobar hasta qué punto podían responder a sus expectativas. Había habido ocasiones en el pasado en que, después de comprar aprisa una de esas revistas porque se vendían bajo cuerda (y no se podían estudiar para hacer una adecuada selección previa), había quedado profundamente desilusionado. O las nudistas jugadoras de voleibol en Sunshine & Health eran demasiado fornidas (la única revista que en los años cincuenta mostraba el vello púbico), o las sonrientes coristas de Modern Man trataban de atraer de forma exagerada, o las modelos de Classic Photography eran meros objetos para la cámara, perdidas en las sombras artísticas.
Si bien Harold Rubin generalmente conseguía alguna solitaria satisfacción con esas revistas, pronto eran relegadas a los estantes más bajos del revistero que tenía en el armario de su dormitorio. Sobre el montón estaban los productos más probados, aquellas mujeres que proyectaban cierta emoción o posaban de un modo especial que le resultaba inmediatamente estimulante; y, aún más importante, su efecto era duradero. Las podía ignorar en el armario durante semanas o meses mientras buscaba en otra parte un nuevo descubrimiento. Pero al fracasar en su búsqueda, sabía que podía volver a su casa y revivir una relación con una de las favoritas de su harén de papel, logrando una gratificación que ciertamente era distinta —aunque no incompatible— de la vida sexual que tenía con una chica que conocía del instituto Morton. De algún modo, una cosa se fundía con la otra. Mientras hacía el amor con ella sobre el sofá cuando sus padres habían salido, a veces pensaba en las mujeres más maduras de sus revistas. En otras ocasiones, a solas con sus revistas, podía revivir momentos pasados con su amiga, recordando su aspecto sin la ropa puesta, la suavidad de su piel y lo que hacían juntos.
Sin embargo, últimamente, debido a que se sentía inquieto e inseguro y estaba pensando en largarse del instituto, abandonar a su novia y alistarse en la Fuerza Aérea, Harold Rubin estaba más alejado de lo usual de la vida en Chicago, más predispuesto a la fantasía, sobre todo en presencia de las fotos de una mujer especial que, tuvo que admitirlo, se estaba convirtiendo en una obsesión.
Esa mujer era la de la foto que acababa de contemplar en la revista que ahora tenía en sus manos en la acera, el desnudo en la duna de arena. La había visto por primera vez en una publicación trimestral de fotografía. También había aparecido en varias revistas para hombres, de aventuras y en un calendario nudista. Lo que le había atraído no era solo su belleza, las líneas clásicas de su cuerpo o las facciones de su rostro, sino toda la aureola que acompañaba a cada foto, la sensación de que era absolutamente libre en medio de la naturaleza y consigo misma cuando caminaba por una playa, o estaba cerca de una palmera, o se sentaba en un rocoso acantilado mientras abajo salpicaban las olas. Si bien en algunas fotos parecía lejana y etérea, posiblemente inaccesible, había en ella una realidad penetrante, y él se sentía próximo a ella. También conocía su nombre. Había aparecido en un pie de foto y él confiaba en que fuese su verdadero nombre y no uno de esos mágicos seudónimos utilizados por algunas playmates («chicas del mes») y pinups (la «chica ideal») que ocultaban su verdadera identidad a los hombres a quienes querían encandilar.
Se llamaba Diane Webber. Su casa estaba en la playa de Malibú. Se decía que era bailarina de ballet, lo que explicaba el disciplinado control corporal que mostraba en varias posiciones frente a la cámara. En una foto de la revista que Harold tenía ahora en sus manos, Diane Webber parecía casi acrobática mientras se balanceaba grácilmente sobre la arena con los brazos abiertos y una pierna muy por encima de la cabeza, con los dedos del pie señalando un cielo sin nubes. En la página opuesta descansaba sobre el costado, las caderas muy redondas, un muslo ligeramente alzado y apenas cubriéndole el pubis, los pechos al descubierto, los pezones erectos.
Harold Rubin cerró rápidamente la revista. La guardó entre sus libros escolares y se los metió bajo el brazo. Se estaba haciendo tarde y debía llegar pronto a casa para cenar. Al volverse, advirtió que el viejo quiosquero fumador de puros le miraba y le guiñaba un ojo, pero Harold le ignoró. Con las manos metidas en los bolsillos del abrigo de piel negra, se encaminó a su casa; su largo pelo rubio peinado al estilo de Elvis Presley le rozaba el cuello levantado del abrigo. Decidió caminar en vez de tomar el autobús porque quería evitar el contacto físico con los demás, no quería que nadie invadiera su intimidad mientras pensaba ansiosamente en la hora en que sus padres se fueran a dormir y él pudiera quedarse a solas en su dormitorio con Diane Webber.
Caminó por Oak Park Avenue, y se dirigió al norte hasta la calle Veintiuno, pasando ante pequeños chalets y grandes casas de ladrillo en la tranquila comunidad residencial de Berwyn, a media hora de coche del centro de Chicago. Sus habitantes eran conservadores, muy trabajadores y ahorradores. Un alto porcentaje descendían de padres o abuelos que habían llegado a esta zona a principios del siglo XX provenientes de Europa central, especialmente de una región occidental de Checoslovaquia llamada Bohemia. Aún se referían a sí mismos como bohemios, aunque muy a su pesar ahora el nombre se asociaba popularmente en Estados Unidos con gente joven de vida libre e irresponsable que usaba sandalias y leía poesía de los beatniks.
La abuela paterna de Harold, que era el miembro de la familia con quien más a gusto se sentía y a quien visitaba regularmente, había nacido en Checoslovaquia, pero no en la región de Bohemia. Había salido de un villorrio del sur de Checoslovaquia, cerca del Danubio y de Bratislava, la antigua capital húngara. A menudo contaba a Harold cómo había llegado a Estados Unidos a los catorce años para trabajar como criada en una pensión de una de esas ciudades industriales austeras y populosas del lago Michigan; ciudades que habían atraído a miles de tenaces eslavos a trabajar en las fundiciones de acero, en las refinerías de petróleo y en otras fábricas del este de Chicago, de Gary y Hammond, Indiana. En aquellos tiempos, las condiciones de vida eran tan penosas por el exceso de población, contaba su abuela, que en la primera pensión que trabajó había cuatro hombres del turno diurno que alquilaban cuatro camas de noche, y cuatro del turno de noche que alquilaban las mismas camas durante el día.
Esos hombres eran tratados como animales y vivían como animales, decía ella, y cuando los jefes de las fábricas no los explotaban, ellos trataban de explotar a las pocas muchachas trabajadoras como ella que eran lo bastante desgraciadas para tener que vivir entonces en esas ciudades. Decía que los hombres de la pensión siempre intentaban molestarla y golpeaban su puerta de noche cuando trataba de dormir. Cuando le contó esto a Harold en una de sus últimas visitas, mientras él se comía un bocadillo que ella le había hecho en la cocina, de improviso tuvo una imagen del aspecto que debía de haber tenido su abuela cincuenta años atrás, una tímida criada de tez blanca y ojos azules como los de él, el pelo largo recogido con un rodete; su cuerpo joven moviéndose grácilmente por la casa con un largo y humilde vestido, tratando de eludir las manos osadas y los fuertes brazos de los fornidos hombres de la fundición.
Mientras Harold Rubin continuaba la caminata hacia su casa, con los libros de la escuela fuertemente sujetos bajo el brazo, recordó lo triste y al mismo tiempo lo fascinado que se había sentido ante las historias de su abuela, y comprendió por qué ella le hablaba con tanta libertad. Él era la única persona de la familia que estaba verdaderamente interesado en ella, que dedicaba tiempo a acompañarla en la gran casa de ladrillo en la que casi siempre estaba sola. Su marido, John Rubin, que había sido transportista y amasó una fortuna en el negocio de los camiones, se pasaba el día en el garaje con su flotilla de vehículos y las noches con una secretaria, a quien la abuela de Harold se refería como «esa prostituta». El padre de Harold, hijo único de ese matrimonio desavenido, estaba completamente dominado por su padre, para quien trabajaba largas horas en el garaje; y la abuela de Harold no se sentía lo suficientemente próxima a la madre de Harold como para compartir con ella el sentimiento de frustración y amargura que tenía. De modo que Harold, a veces acompañado por su hermano menor, era quien más interrumpía el silencio y el aburrimiento de esa casa. Y a medida que Harold crecía y se volvía más curioso, se apartaba más de sus padres y de su propio ambiente, poco a poco se iba convirtiendo en el confidente de su abuela, su aliado en el distanciamiento.
De ella aprendió muchas cosas sobre la infancia de su padre, sobre el pasado de su abuelo y por qué se había casado con un hombre tan despótico. John Rubin había nacido hacía sesenta y seis años en Rusia; hijo de un buhonero judío, a los dos años había emigrado con sus padres a una ciudad próxima al lago Michigan llamada Sobieski, bautizada así en honor de un rey polaco del siglo XVII. Después de asistir poco tiempo a la escuela y de vivir en la pobreza, Rubin y otros jóvenes fueron arrestados por un asalto en el que murió un policía. Tras ser puesto en libertad condicional, y después de ejercer varios trabajos en unos pocos años, Rubin visitó un día a su hermana mayor, que estaba casada y vivía en Chicago, y se sintió atraído por la joven checoslovaca que entonces estaba a cargo del bebé de la casa.
En la siguiente visita la encontró a solas en la casa, y después de que ella rechazara sus proposiciones deshonestas —tal como había hecho con los hombres cuando trabajaba en la pensión—, él la metió por la fuerza en una habitación y la violó. Ella tenía dieciséis años. Fue su primera experiencia sexual y se quedó embarazada. Presa del pánico, al no tener parientes próximos ni amigos que la ayudaran, sus amos la convencieron de que se casara con John Rubin, pues de otro modo él volvería a la cárcel debido a su anterior delito; y, de cualquier forma, ella no quedaría en mejor situación. Se casaron en octubre de 1912. Seis meses después tuvieron un hijo, el padre de Harold.
Ese matrimonio sin amor no mejoró mucho con el paso del tiempo, decía la abuela de Harold, añadiendo que su marido pegaba a menudo a su hijo, le pegaba a ella cuando intervenía, y se dedicaba fundamentalmente al mantenimiento de sus camiones. Su lucrativa carrera había empezado cuando, después de trabajar como recadero con un carro de caballos para Spiegel, Inc. , una importante firma de mudanzas de Chicago, convenció a los directivos de que le prestaran dinero suficiente para comprar un camión y empezar el servicio motorizado, eliminando de ese modo la necesidad que tenía Spiegel de contar con varios caballos cuya eficacia, les dijo, no podía compararse con la suya. Después de comprar un camión y cumplir su promesa, adquirió un segundo, y luego un tercero. Al cabo de una década, John Rubin tenía una decena de camiones que transportaban todas las cargas locales de Spiegel, así como de otras empresas.
Pese a las inútiles protestas de su mujer, el hijo aún adolescente fue enviado al garaje para que trabajara como ayudante de chófer, y aunque John Rubin estaba amasando una fortuna considerable y se mostraba generoso en sus sobornos a policías y políticos locales —«Si quieres la pasta, hay que pagar», decía a menudo—, era avaro con el presupuesto familiar y frecuentemente acusaba a su mujer de robarle monedas que había dejado por la casa. Luego empezó a dejar a propósito dinero aquí y allá en cantidades que él recordaba con precisión, o dejaba monedas de una determinada forma sobre el aparador o en cualquier otra parte de la casa con la esperanza de poder probar que su mujer las cogía, o al menos las tocaba, pero nunca se salió con la suya.
Estos y otros recuerdos de la abuela de Harold, y observaciones similares que él mismo hizo en la gélida presencia de su abuelo, dieron a Harold una visión bastante clara de su propio padre, un hombre taciturno y sin sentido del humor, de cuarenta y cuatro años, que en nada se parecía a la foto que había encima del piano tomada durante la Segunda Guerra Mundial en la que aparecía con uniforme de cabo, sereno y apuesto, a miles de kilómetros de su casa. Pero el hecho de que Harold pudiera comprender a su padre no le facilitaba en nada la convivencia con él, y ahora que Harold se acercaba a East Avenue, la calle en que vivía, pudo sentir la tensión y la aprensión, y se preguntó cuál sería ese día el motivo de queja de su padre.
En el pasado, cuando no había quejas sobre el comportamiento de Harold en la escuela, el motivo era su pelo largo, o lo tarde que volvía cuando salía con su novia, o las revistas de desnudos que su padre había visto en una ocasión sobre su cama después de que Harold tuviera el descuido de dejar la puerta abierta.
—¿Qué es esta porquería? —preguntó su padre, utilizando una palabra mucho más delicada que la que habría usado su abuelo. El vocabulario del abuelo estaba lleno de toda profanación imaginable, expresada con un tono de profundo desprecio, mientras que las palabras de su padre eran más recatadas, carentes de emoción.
—Son revistas mías —contestó Harold.
—Pues tíralas a la basura —señaló el padre.
—¡Son mías! —gritó súbitamente Harold. Su padre le miró con curiosidad, y luego empezó a mecer lentamente la cabeza con disgusto y salió del cuarto. Después de ese incidente no se dirigieron la palabra durante semanas, y esa noche Harold no quería otra confrontación. Esperaba poder pasar la hora de la cena lo antes posible en paz.
Antes de entrar en casa, espió en el garaje y vio que el coche de su padre ya estaba allí, un reluciente Lincoln 56 que su padre había comprado nuevo hacía un año, cambiándolo por su cuidado Cadillac de 1953. Harold subió los escalones de la puerta trasera y entró en la casa sin hacer ruido. Su madre, una matrona de rostro bondadoso, estaba en la cocina preparando la cena; pudo oír la televisión en la sala y vio a su padre sentado allí, leyendo el American de Chicago. Dedicándole una sonrisa a su madre, saludó lo bastante alto para que contara como un saludo doble. No obtuvo respuesta de su padre.
Su madre le informó de que su hermano estaba resfriado en cama y que no cenaría con ellos. Sin decir nada, Harold fue a su dormitorio y cerró la puerta con cuidado. Era un cuarto bien amueblado, con un sillón cómodo, un escritorio encerado de madera oscura y una gran cama Viking de roble. Los libros estaban bien puestos en las estanterías, y de la pared colgaban réplicas de espadas y rifles de la Guerra Civil que habían sido de su padre y también un marco de cristal en el que había montadas varias herramientas de hierro que Harold había hecho el año anterior en una clase de manualidades, lo que le había valido una mención en el certamen nacional patrocinado por la compañía Ford. Asimismo, había ganado un premio artístico patrocinado por los grandes almacenes Wieboldt por unas pinturas al óleo de un payaso; su habilidad como artesano de la madera había quedado demostrada recientemente en la construcción de un atril de madera diseñado para tener una revista abierta y poder leerla con las manos libres.
Harold colocó los libros en el escritorio, se quitó el abrigo y abrió la revista con las fotos de Diane Webber desnuda. Se quedó cerca de la cama con la revista en la mano derecha y con los ojos semicerrados, rozó suavemente el pantalón con la izquierda, tocándose delicadamente los genitales. La reacción fue inmediata. Deseó disponer de tiempo ese momento, antes de la cena, para meterse en la cama y quedarse satisfecho, o al menos para bajar al baño para un rápido alivio sobre el lavabo, sosteniendo la revista en alto de modo que pudiese ver en el espejo del botiquín un reflejo de sí mismo sobre el cuerpo desnudo, simulando que él estaba con ella en la arena bajo el sol, mientras ella dirigía sus hermosos ojos negros hacia su miembro erecto, e imaginando que la mano enjabonada era la de ella.
Lo había hecho allí muchas veces, en general por la tarde, cuando hubiera levantado sospechas si hubiera cerrado la puerta de su dormitorio. Pero, pese a la garantía de intimidad que ofrecía la puerta cerrada del lavabo, Harold tenía que admitir que nunca estaba completamente cómodo, en parte porque en realidad prefería estar reclinado en su cama, y en parte porque había poco espacio donde poner la revista si quería hacerlo con ambas manos. Asimismo, y quizá más importante aún, si no tenía cuidado, la revista podía mancharse con las gotas de agua que salpicaban el lavabo, ya que dejaba el grifo abierto para avisar a la familia de su presencia en el lavabo, y también porque de vez en cuando necesitaba un poco más de agua si el jabón que tenía en la mano se le secaba. Si bien las fotos de mujeres desnudas salpicadas de agua no llegarían a ofender el sentido estético de la mayoría de los jóvenes, no era el caso de Harold Rubin.
Y, por último, había una consideración de índole práctica en su deseo de proteger sus revistas: después de haber leído en los periódicos que ese año la campaña antipornográfica se endurecería en todo el país, no podía estar seguro de que siempre pudiera comprar nuevas revistas de desnudos, ni siquiera bajo cuerda. Incluso Sunshine & Health, que hacía dos décadas que estaba en circulación y llenaba sus páginas con imágenes de familias con abuelos y niños, ese año había sido calificada de obscena por un tribunal de California. Algunos políticos y grupos religiosos también habían denunciado por «sucias» las revistas de fotografía artística, aun cuando esas publicaciones habían intentado diferenciarse de las revistas de desnudos colocando bajo cada desnudo pies de fotos tan instructivos como «Tomada con una Crown Graphic 2 1/4 × 3 1/4 equipada con Ektar 101 mm, f: 11, a 1/100 seg». Harold había leído que el director general de Correos del general Eisenhower, Arthur Summerfield, se dedicaba a retirar de la correspondencia toda la literatura y las revistas de sexo, y que un editor de Nueva York, Samuel Roth, acababa de ser condenado a cinco años de prisión y una multa de 5.000 dólares por violación del estatuto federal de Correos. Roth ya había sido condenado por distribuir ejemplares de El amante de lady Chatterley; su primer arresto se había producido en 1928, cuando la policía allanó su editorial y confiscó las pruebas del Ulises que habían sido introducidas ilegalmente desde París.
Harold había leído que había sido prohibida una película de Brigitte Bardot en Los Ángeles, por lo que podía suponer que en una ciudad como Chicago, una ciudad de obreros con un cuerpo policial duro y una considerable influencia moral de la Iglesia católica, aún se reprimiría más cualquier expresión sexual, en especial bajo el gobierno del nuevo alcalde irlandés y católico, Richard J. Daley. Harold ya se había enterado de que habían cerrado la sala de espectáculos de Wabash Avenue, así como otra de State Street. Si esa tendencia continuaba, su quiosco de revistas favorito de Cermak Road corría el riesgo de verse reducido a vender solo revistas como Good Housekeeping y el Saturday Evening Post, circunstancia que él bien sabía no provocaría ninguna protesta de sus padres.
En toda su vida jamás había oído a sus padres expresar un pensamiento sobre sexo, jamás les había visto desnudos, jamás había oído crujir su cama de noche con caricias amorosas. Suponía que aún hacían el amor, pero no podía estar seguro. Si bien no sabía lo activo que podía resultar su abuelo con su amante a los sesenta años, recientemente su abuela le había confiado en un momento de amargura que no habían hecho el amor desde 1936. De cualquier manera, había sido un pésimo amante, añadió ella enseguida, y mientras Harold digería esas palabras se preguntó por primera vez si su abuela no tendría amantes secretos. Lo dudaba seriamente, ya que jamás había visto hombres por su casa ni a ella saliendo de allí a menudo, pero sí recordó que hacía un año había descubierto para su sorpresa una novela erótica romántica en su biblioteca. Estaba cubierta por papel de estraza y en la página de derechos se citaba el nombre de una editorial francesa, y abajo la fecha, 1909. Mientras su abuela dormía la siesta, Harold se sentó en el suelo a leer una y luego dos veces la novela de cien páginas, fascinado por el argumento y sorprendido por su explícito lenguaje. La historia describía las infelices vidas sexuales de varias jóvenes en Europa y Oriente que, después de dejar desesperadas sus pueblos y aldeas, llegaban a Marruecos y caían cautivas de un pachá que las tenía recluidas en un serrallo. Un día, cuando el pachá estaba de viaje, una de las mujeres vio por la ventana a un apuesto capitán de barco y, haciéndole subir las escaleras, hizo el amor con él de forma apasionada; luego hicieron lo mismo sus demás compañeras, haciendo pausas para revelarle al capitán los sórdidos detalles de su pasado que las habían llevado hasta allí. En visitas posteriores, Harold leyó el libro con tanta frecuencia que casi podía recitar de memoria pasajes enteros.
Sus suaves brazos me abrazaban y nuestros labios se encontraron en un beso prolongado y delicioso, durante el cual mi falo estuvo apoyado contra su suave y cálido estómago. Luego ella se puso de puntillas, lo que le puso contra el espeso pelo en donde terminaba el estómago. Con una mano guié mi falo a la entrada, que lo recibió con ganas, mientras que con la otra mano apreté sus nalgas redondas contra mí…
Harold oyó que su madre le llamaba desde la cocina. Ya era hora de cenar. Puso la revista con las fotos de Diane Webber bajo la almohada. Le contestó a su madre, esperando un momento para que le bajara la erección. Luego abrió la puerta y caminó con toda naturalidad hacia la cocina.
Su padre ya estaba sentado a la mesa con un plato de sopa delante, leyendo el periódico, mientras su madre parloteaba animadamente en la cocina, ignorante de la mínima atención que recibía. Decía que durante las compras del día se había encontrado con una de sus viejas amigas de la oficina fiscal del condado de donde ella había trabajado un tiempo operando una calculadora Comptometer. Harold, que sabía que ella había dejado ese empleo poco después de su nacimiento hacía diecisiete años para no volver a trabajar jamás fuera de casa, le hizo un comentario sobre el sabroso olor de la comida; su padre levantó la vista del periódico y asintió sin sonreír.
Mientras Harold tomaba asiento y empezaba a tomar la sopa, su madre continuó hablando y cortó la carne antes de llevarla a la mesa. Tenía puesto un vestido de estar por casa, apenas llevaba maquillaje y fumaba un cigarrillo con filtro. Los padres de Harold eran fumadores empedernidos; fumar era el único placer que les conocía. A ninguno de ellos le gustaba beber whisky, cerveza ni vino, y la cena se servía con refrescos con sabor a vainilla o bebidas refrescantes que se compraban semanalmente en cajas.
Después de sentarse su madre, sonó el teléfono. Su padre, que siempre tenía el teléfono a mano cerca de la mesa, frunció el entrecejo al contestar. Alguien le llamaba del garaje. Sucedía casi cada noche a la hora de la cena, y por la expresión de su cara se podía pensar que recibía malas noticias —tal vez se había averiado un camión antes de hacer una entrega o el sindicato de transportistas se había declarado en huelga—, pero Harold sabía que el aspecto lúgubre y taciturno de su padre no necesariamente reflejaba lo que le decían por teléfono. Era una parte inextricable de su naturaleza mirar lúgubremente el mundo, y Harold sabía que incluso si esa llamada hubiera sido de un programa de televisión para anunciarle que acababa de ganar un premio, su padre habría reaccionado frunciendo el ceño.
Pese a cualquier problema relacionado con la dirección del negocio de camiones de los Rubin, su padre se levantaba diligentemente a las cinco y media cada mañana para ser el primero en llegar al trabajo, y se pasaba los días ocupado en problemas que iban desde el mantenimiento de 142 camiones hasta la ocasional pérdida de la carga, y asimismo tenía que vérselas con el viejo irascible, John Rubin, que quería controlarlo todo personalmente aunque el negocio ya era demasiado grande para que pudiera hacerlo.
Recientemente, Harold se había enterado de que varios de los chóferes de Rubin habían sido detenidos por la policía por conducir sin matrícula, lo que había enfurecido al viejo, que hizo caso omiso de que la causa de todo ello era su propia avaricia: al tratar de ahorrar dinero, solo había comprado 32 matrículas para sus 142 camiones; eso exigía que los hombres del garaje tuvieran que cambiarlas constantemente de vehículo a vehículo o correr el riesgo de trabajar sin ellas. Harold sabía que tarde o temprano ese asunto terminaría en los tribunales y que su abuelo trataría de solucionar el caso con sobornos y, aunque tuviera la suficiente suerte para lograrlo, probablemente le costaría más de lo que hubiera tenido que pagar por las matrículas que necesitaba desde el principio.
Harold juraba que jamás trabajaría en la plantilla del garaje. Había intentado trabajar allí en el verano, pero pronto se había ido porque no toleraba el maltrato verbal de su abuelo, que a menudo le llamaba «pequeño vagabundo», y también de su padre, que en una ocasión le dijo amargamente: «Nunca llegarás a nada». Su predicción no había molestado a Harold en absoluto porque sabía que el precio de aplacar a esos hombres era someterse absolutamente a ellos, y estaba decidido a no repetir el error de su padre, que se sometía a un anciano que había procreado un hijo al que no quería con una mujer a la que no amaba.
Tras colgar el auricular, su padre continuó comiendo sin revelar nada de lo que le habían dicho. Se le puso una taza de café frente a él, con mucha crema, como le gustaba, y encendió un Old Gold. La madre había mencionado que hacía días que no veía a los vecinos de la casa de enfrente; Harold sugirió que quizá se habían ido de vacaciones. Ella se dispuso a quitar la mesa, luego fue a ver si su otro hijo, que continuaba durmiendo, seguía con fiebre. El padre se encaminó a la sala y encendió el televisor. Luego Harold también fue allí y tomó asiento en el otro extremo de la habitación. Pudo oír a su madre fregando los platos en la cocina, y vio que su padre bostezaba mientras miraba la televisión con indiferencia y completaba un crucigrama del periódico. Luego se puso en pie, volvió a bostezar y dijo que iba a acostarse. Eran poco más de las nueve. A la media hora, su madre fue a la sala a darle las buenas noches; enseguida Harold apagó el televisor y la casa quedó tranquila y en silencio. Fue hasta su dormitorio y cerró la puerta, sintiendo un sereno entusiasmo y alivio. Por fin estaba a solas.
Se quitó la ropa y la colgó en el armario. Bajó la pequeña botella de loción capilar que guardaba en el estante superior y la puso en la mesita de noche al lado de su cama, junto a una caja de kleenex. Encendió la lámpara de bajo voltaje, apagó la luz del techo, y el cuarto quedó bañado por un cálido resplandor.
Podía oír el viento azotando los ventanales en esa gélida noche de Chicago, y tembló cuando se metió entre las sábanas frías y se abrigó con la manta. Se quedó echado un momento para calentarse y luego cogió la revista que había debajo de la almohada y empezó a hojearla al azar; aún no quería concentrarse en el objeto de su obsesión: Diane Webber, que le esperaba en la duna de arena en la página 19, sino que prefería hacer un pase inicial por las 52 páginas que contenían 39 desnudos de once mujeres diferentes, un afrodisíaco visual de rubias y morenas, los preliminares del espectáculo central.
Una mujer delgada de ojos oscuros en la página 4 atrajo su atención, pero el fotógrafo había captado una pose tan grotesca en la nudosa rama de un árbol que él mismo pudo sentir la incomodidad de la modelo. El desnudo de la página 6, una mujer sentada con las piernas cruzadas en el suelo de un taller de pintor al lado de un caballete, tenía unos pechos hermosos, pero una expresión insulsa en la cara. Harold, aún de espaldas, con las rodillas ligeramente levantadas bajo las mantas, continuó pasando las páginas con piernas y pechos, caderas y nalgas y pelo, dedos y brazos femeninos que se extendían, ojos que le esquivaban, ojos que le miraban cuando de vez en cuando hacía una pausa para acariciarse levemente los genitales con la mano izquierda, sosteniendo la revista inclinada con la derecha para evitar el reflejo del papel satinado.
Al avanzar por la revista página tras página, llegó a las exquisitas fotos de Diane Webber, pero las pasó rápidamente sin dejarse tentar en ese momento. Pasó a la chica mexicana de la página 27, sentada recatadamente con una red de pescador entre los muslos; y luego a la rubia de grandes pechos reclinada en el suelo al lado de una estatuilla de la Venus de Milo; y luego a una rubia encantadora y flexible de pie en las sombras (1/25 seg. af: 22») de lo que parecía el escenario vacío de un teatro, con los brazos cruzados bajo la barbilla y encima de sus pechos alzados que se revelaban graciosamente, y en la sutilísima iluminación del escenario Harold estuvo bastante seguro de poder verle el vello púbico, y se sintió por primera vez realmente excitado.
De no haber estado enamorado de Diane Webber, sabía que habría podido quedar satisfecho con esa joven rubia sinuosa, incluso quizá más de una vez, lo cual para él era la verdadera «prueba» del erotismo de las fotos. En los montones de revistas de su armario, había decenas de desnudos que en el pasado le habían excitado al máximo; algunos lo habían conseguido tres o cuatro veces, y otros eran capaces de volver a hacerlo en el futuro mientras no las viera durante un tiempo, pues de ese modo recuperaban su halo de misterio.
Y luego estaban esas fotos extremadamente raras, las de Diane Webber, que podían satisfacerle constantemente. Calculaba que tendría unas cincuenta fotos de ella, y podía localizar cada una de ellas en cualquier momento entre las doscientas revistas que formaban su colección. También podía recordar al ver esas fotos dónde y cuándo las había comprado; prácticamente cada una de sus poses marcaba un momento de su propia vida; cada una de ellas era tan real que creía que la conocía personalmente; ella era parte de él, y a través de ella, él se había puesto más en relación consigo mismo de varias maneras, no solo mediante actos que los moralistas victorianos hubieran definido como masturbación, sino también por medio de la autoaceptación, de su comprensión de lo natural de sus propios deseos y de reafirmar su derecho a idealizar a la mujer.
Incapaz de resistir más, Harold buscó la página de Diane Webber en la duna. La contempló, echada boca abajo, con la cabeza levantada al viento, los ojos cerrados, el pezón de su pecho izquierdo erecto, las piernas abiertas, el sol del atardecer arrojando una sombra exagerada sobre su cuerpo curvilíneo, a lo largo de la suave arena blanca. Detrás de su cuerpo no había más que un extenso desierto vacío; parecía tan solitaria, tan accesible. Lo único que debía hacer Harold era desearla y ya era suya.
Se quitó las mantas de encima, calenturiento por la excitación y la anticipación. Buscó debajo de la cama el atril de madera que había hecho en la escuela, a sabiendas de que su profesor de manualidades se quedaría estupefacto si supiera cómo iba a utilizarlo esa noche. Colocó la revista sobre el atril delante de él, entre sus piernas bien abiertas. Levantando la cabeza apoyada en tres almohadas, cogió la botella de loción capilar, se la puso en las manos y se las frotó un momento para calentarlas. Entonces, suavemente, empezó a acariciarse el pene y los testículos, sintiendo el rápido crecimiento del miembro. Con los ojos entrecerrados, se echó hacia atrás y miró su pene brillante delante de la foto, arrojando una sombra sobre el desierto.
Continuó masajeándose de arriba abajo, a los lados de los testículos, y se concentró en la espalda arqueada de Diane Webber, sus nalgas alzadas, sus caderas plenas, el lugar cálido y húmedo entre sus piernas; y ahora se imaginó a sí mismo acercándose a ella, agachándose encima de ella, penetrándola decididamente por detrás sin una palabra de protesta de ella mientras él empujaba hacia delante, cada vez más rápidamente, para arriba, más rápido, y de pronto pudo sentir las nalgas de ella moviéndose contra sus muslos, las caderas de ella moviéndose hacia los lados, pudo oír sus suspiros de placer mientras él apretaba su brazo alrededor de las caderas, más rápidamente, y entonces los gritos de placer cuando ella se corría en una serie de súbitas convulsiones que él podía sentir tan realmente como ahora sentía las manos de ella alzándole los testículos tal como a él le gustaba que le hicieran, suavemente, luego con mayor firmeza cuando sintió el inicio palpitante, estremecido con el espasmo que le subía y salía en grandes chorros mientras él se cogía con ambas manos, cerraba los ojos y sentía el esperma entre los dedos. Se quedó muy quieto en la cama unos momentos, dejando que se le relajaran los músculos y las piernas. Luego abrió los ojos y la vio allí, tan amorosa, encantadora y deseable como siempre.
Por último, se sentó, se limpió con dos kleenex, y otros dos más porque aún tenía las manos pegajosas por el esperma y la loción. Hizo una bola y tiró los kleenex a la papelera, sin preocuparse de que su madre se diera cuenta cuando la vaciara por la mañana. Tenía los días contados en esa casa. Al cabo de unas pocas semanas, estaría en la Fuerza Aérea y después de eso ya no tenía más planes.
Cerró la revista y la colocó encima de la pila en su armario. Volvió a poner el atril de madera bajo la cama. Entonces se metió entre las sábanas, sintiéndose cansado pero tranquilo, y apagó la luz. Si tenía suerte, pensó, la Fuerza Aérea podría enviarle a su base en el sur de California. Y entonces, de algún modo, la encontraría.
2
En 1928 la madre de Diane Webber ganó un concurso de belleza en el sur de California patrocinado por los fabricantes del automóvil Graham-Paige. Uno de los premios era un pequeño papel en una película muda dirigida por Cecil B. De Mille en la que hizo de jovencita adolescente bonita y recatada, lo que era en la vida real.
Había llegado a California desde Montana para vivir con su padre, que, después de una amarga ruptura matrimonial, había abandonado la Billings Electric Company y encontrado trabajo como electricista en los estudios Warner Bros. de Los Ángeles. Ella se sentía mucho más próxima a su padre que a su madre, y también quería escapar de la dura vida rural del noroeste, donde tan a menudo sus padres habían reñido, donde su abuela se había casado cinco veces y donde su bisabuela había sido asesinada por un indio de un flechazo en la espalda mientras nadaba un día en el río. Había llegado al sur de California convencida de que allí se le ofrecerían más oportunidades que en los horizontes limitados del país de los cielos inmensos.
Y así fue, aun cuando jamás alcanzara el estrellato en las distintas películas en las que apareció a finales de la década de 1920 y principios de la de 1930. Su satisfacción procedía más bien de una sensación de serenidad que tenía en Los Ángeles, un soleado desapego de la lúgubre infancia que había conocido en Montana. En Los Ángeles se sintió libre para vivir a su manera, para recuperar su antiguo interés por la religión, para caminar por las calles sin llevar sostén, para casarse con un hombre casi treinta años mayor que ella y, siete años después, tener un segundo marido cinco años más joven. El característico desprecio del sur de California por los valores tradicionales, su sociedad relativamente desarraigada, su movilidad y falta de continuidad —las mismas características que habían sido una carga en el pasado de su familia en Montana—, aquí en Los Ángeles, ella las aceptaba fácilmente, en parte porque ahora compartía esos valores con miles de personas de su propia generación, jóvenes hermosas como ella que habían dejado atrás los pueblos grises de otras partes de Estados Unidos y habían emigrado a California en busca de un objetivo apenas definido. Y si bien muy pocas de esas mujeres triunfarían como actrices, o como modelos o bailarinas —lo más probable era que pasaran los mejores años de sus vidas trabajando como camareras, recepcionistas o vendedoras, o como infelices casadas en el valle de San Fernando—, casi todas ellas permanecían en California, y tenían hijos, hijos que fueron criados durante la Depresión, que hicieron deporte al aire libre todo el año en la década de 1940, que maduraron en el período de la gran prosperidad californiana que empezó con la Segunda Guerra Mundial (cuando las inversiones estadounidenses en la industria bélica dedicaron millones de dólares a las fábricas de aviones e industrias tecnológicas de la Costa Oeste), y en la década de 1950, ya había aparecido en California una nueva generación que se distinguía por su buen aspecto físico, el estilo informal de su ropa, su actitud ante la vida haciendo especial énfasis en la salud, y un estilo especial que en Nueva York, a lo largo y ancho del país y en el extranjero se consideraba peculiarmente estadounidense: el «look California». Y entre los que poseían ese aspecto en los años cincuenta, aunque su madre fuera la última en reconocerlo, estaba Diane Webber.
Los problemas de Diane con su madre comenzaron después del divorcio de sus padres. El padre de Diane, veintisiete años mayor que la madre, era un escritor de Ogden, Utah, llamado Guy Empey. Era un hombre de baja estatura, robusto, mandón y aventurero que en 1911 se había alistado en la Caballería, pero como su país tardó en entrar en la Primera Guerra Mundial, se sumó al ejército británico. Estuvo en el campo de batalla europeo que le dejó cicatrices en la cara que luciría orgullosamente el resto de sus días. En 1917 escribió un best seller sobre sus experiencias, titulado Over the Top, del que se vendieron más de un millón de ejemplares. También se hizo una película que él dirigió y de la que fue protagonista.
Guy Empey escribió otros libros en la siguiente década, aunque ninguno fue tan popular como el primero; hacia 1930, se limitaba a escribir cuentos para revistas, a menudo con seudónimo. En aquella época, en una reunión social en Hollywood, conoció a una actriz bonita, recatada y veinteañera de Montana, cuyos cabellos cortos y oscuros, grandes ojos castaños y sonrisa contagiosa le recordaban a la estrella del cine mudo, Clara Bow. Sin perder tiempo, la cortejó con ramos de flores y paseos en Cadillac, y no tardó en proponerle matrimonio. Ella aceptó, aunque a sus cuarenta y seis años él podía haber sido su padre.
Con bastante torpeza llevó a su novia a la casa que él compartía con sus queridas madre y hermana, a las que había dedicado Over the Top. Las dos eran mujeres cultas y refinadas de Nueva York; el tío de la madre, Richard Henry Dana, había escrito Two Years Before the Mast; y su hermana viuda, que había estado casada con un alto ejecutivo de W. & J. Sloane, leía The New Yorker cada semana y había llenado su casa de Los Ángeles con muebles de buena calidad y una biblioteca maravillosa que se había traído desde el otro extremo del país. Estas dos mujeres, y en especial la temperamental madre de Guy Empey, no quedaron muy impresionadas con la joven actriz de Montana, y él fue incapaz o no estuvo dispuesto a resolver un problema matrimonial que solo se vio interrumpido brevemente en el verano de 1932 por el nacimiento de la única hija, que fue bautizada con el nombre de Diane debido a una canción entonces muy en boga.
Cuando Diane tenía dos años, sus padres se separaron; cuando cumplió cinco, después de una breve reconciliación, sus padres se divorciaron, y Diane se pasó los años siguientes dividiendo su tiempo entre las dos casas. Durante la semana vivía con su madre, que en 1939 se casó con un joven de veinticuatro años que trabajaba como fotógrafo para el International News Service, y había hecho de modelo, como vaquero, en vallas publicitarias de los cigarrillos Chesterfield. En la época en la que se casó, poseía un pequeño restaurante en Sunset Boulevard; la madre de Diane, a sus veintinueve años, sofocó cualquier pertinaz ilusión cinematográfica que aún pudiera tener al unirse a su nuevo marido y trabajar como camarera.
Los fines de semana, Diane tomaba el autobús que iba de Hollywood Hills a Echo Park, donde la esperaba su abuela y la escoltaba a casa de su padre; allí, al son de la música de Händel que sonaba a bajo volumen en el gramófono, pasaba su tiempo en presencia de sus intelectuales tía y abuela, que la alentaban a que leyera mucho, la llevaban a ver películas de calidad y utilizaban siempre palabras que la obligaban a recurrir al diccionario. Mientras las mujeres dormían la siesta, y mientras su padre trabajaba ante la máquina de escribir —con poco éxito—, Diane se sentaba a solas a leer todo lo que cayera en sus manos, desde Anthony Adverse a los dramas de Shakespeare, de Las mil y una noches a la Anatomía de Gray, adquiriendo poco a poco una base clásica dispersa, así como una desbordante fantasía.
Sus fantasías quedaron más claramente definidas una tarde después de que la llevaran a ver el ballet El cascanueces. A partir de entonces, Diane se veía en sueños como una chica atractiva con tutú de bailarina, girando solitaria haciendo graciosas piruetas. Empezó a tomar clases de ballet una vez a la semana después de la escuela, pero este fue un privilegio que su madre le concedió teniendo en cuenta el comportamiento de Diane, así como su eficacia para realizar las tareas del hogar. Su padrastro, con quien se sentía incómoda, a menudo la observaba cuando ella practicaba en casa; a veces bromeaba un poco cuando ella se cogía a la repisa de la chimenea en la sala y levantaba una pierna en el aire. Esto disgustaba a su madre, quien, tras haberse opuesto al intento de su joven marido de poner ilustraciones femeninas de Alberto Vargas en el pasillo, ciertamente no se divertía con la atención que ahora prestaba a su joven hija de doce años. Una tarde a última hora, en un momento de petulancia que conmovió a Diane, su madre comentó que sería muy improbable que la belleza de Diane pudiera compararse con la suya. La situación en la casa empeoró rápidamente a finales de ese año cuando su madre tuvo un bebé y, dos años después, una niña. Aunque Diane ya casi era una adolescente, empezaba a sentir curiosidad por los chicos y deseaba salir con ellos; cada día, a la salida del colegio, se esperaba de ella que fuera directamente a su casa a ayudar con los niños. Esta rutina continuó de una forma u otra hasta que terminó los estudios en el instituto, momento a partir del cual se fue de su casa a vivir temporalmente en el piso de la hermana de su madre, trabajando para mantenerse y poder pagar las clases de baile; hacía de empaquetadora en la sección de embalaje de regalos de la gran tienda Saks, en Wilshire Boulevard. Meses después, deseando no interferir en la vida íntima de su tía materna, que entonces salía con un hombre casado que trabajaba en las oficinas del hotel Beverly Hills, Diane se trasladó al Hollywood Studio Club, una residencia para mujeres de la industria cinematográfica donde había vivido su madre en una ocasión. Allí fue donde Diane se enteró de una prueba para coristas dispuestas a trabajar en un club nocturno de San Francisco, y si bien se trataba de una oportunidad bastante mísera para una aspirante a bailarina de ballet, ya había decidido que a los dieciocho años probablemente era demasiado mayor y tenía muy pocas horas de entrenamiento como para llegar algún día a dominar el delicado arte físico que con tanta perfección llevaba a cabo en sus fantasías. De modo que se presentó y pasó la prueba. Cuando se dirigió a su madre para preguntarle si debía aceptar la propuesta, esta le contestó: «No me lo preguntes a mí. Decide por ti misma».
Diane partió para San Francisco sin saber si su madre le había otorgado su independencia o si solo expresaba su indiferencia.
Diane ganaba ochenta dólares a la semana con tres espectáculos por noche, seis noches a la semana, bailando como chica del coro de talentos de la categoría de Sophie Tucker. Usaba una ropa modesta que solo dejaba al descubierto su vientre, pero mientras se cambiaba en el camerino experimentó por primera vez el estar desnuda ante un grupo de personas y pudo ver cómo era su cuerpo comparado con los de las otras mujeres. En la comparación el suyo salía bien parado, y por lo tanto no se sorprendió cuando una amiga corista le sugirió que podría ganarse un dinerillo extra como modelo de fotos y le dio el nombre de un profesor de arte de Berkeley, que había pagado veinte dólares a otras bailarinas por una breve sesión de desnudo fotográfico en su estudio.
Tímidamente, Diane se presentó en la residencia del profesor, pero los modales indiferentes y formales de este la tranquilizaron. Se quitó la ropa y se quedó desnuda ante él. Observó que retrocedía y oyó el sonido de la cámara. La oyó una y otra vez hasta que, sin que él le diera ninguna instrucción, ella empezó a moverse como una bailarina de ballet, moviendo lentamente los brazos, haciendo girar el cuerpo, de puntillas sobre los pies mientras oía una música interior y el clic de la cámara; y entonces olvidó la presencia del profesor. Solo era consciente de su propio cuerpo como elemento inspirado que ella dominaba artísticamente y con el que podía elevarse por encima de sus propias limitaciones. A pesar de estar desnuda, no sintió vergüenza. Se sintió llena de vida interior mientras bailaba, llena de intimidad, de soledad, muy concentrada en las emociones que quizá se proyectarían externamente en sus movimientos o expresiones, pero no sabía, no veía el efecto que estaba causando en el profesor detrás de la cámara. Apenas podía percibir su opaca y grisácea figura a lo lejos. Diane se había quitado las gafas y era bastante miope.
Al regresar a Los Ángeles después de completar la temporada en el club nocturno, Diane tomó la iniciativa y telefoneó a varios fotógrafos de moda que figuraban en el listín de teléfonos solicitándoles una entrevista. Llamó a gente como David Balfour y Keith Bernard, Peter Gowland y André de Dienes, William Graham y Ed Lange, entre otros. Casi todos ellos se sintieron atraídos por Diane, y les impresionó el hecho de que una chica joven tan atractiva estuviera dispuesta a posar desnuda. Cuando menos, ella iba veinte años por delante de su tiempo.
En 1954, a los veintiún años, sus fotografías empezaron a publicarse en revistas de desnudos de todo el país. En 1955, después de que se hubieran enviado una serie de fotos suyas en color a la revista Playboy en Chicago, el joven editor Hugh Hefner las examinó en su despacho y quedó impresionado de inmediato.
3
Hefner tenía veintiocho años cuando vio por primera vez las fotos de Diane Webber, y hacía dos años que su revista estaba en circulación. En 1953 él mismo había compaginado el primer número de Playboy sobre la mesa de la cocina del piso que compartía con su mujer y su hijita, y ahora tenía treinta empleados que ocupaban un edificio de cuatro plantas cerca del centro de Chicago. Él estaba sentado detrás de un moderno escritorio blanco en forma de ele en su amplio despacho de la última planta con las fotos de Diane Webber delante.
Mientras examinaba con toda naturalidad cada foto, nada en él indicaba lo tímido que se había mostrado ante cualquier indicio de desnudo, o lo avergonzado que se había sentido de adolescente debido a los sueños eróticos que había tenido en el dormitorio infantil de su puritano hogar. Ahora, un próspero director de una revista orientada al sexo, separado de su mujer, y durmiendo con dos de sus jóvenes empleadas, el erotismo fantasioso de Hugh Hefner se había hecho realidad. La revista que él creara le había vuelto a crear a él mismo.
Prácticamente vivía entre las páginas satinadas; dormía en un pequeño dormitorio detrás de su despacho, y trabajaba día y noche en el diseño y el color, las ilustraciones y los pies de foto, la realidad y la ficción, leyendo con sumo cuidado cada línea, del mismo modo que ahora examinaba meticulosamente y con una lente de aumento las fotografías de Diane Webber.
En la primera foto, ella bailaba con los pechos al descubierto en un estudio de ballet, vestida con mallas negras que revelaban la fuerza y gracia de sus muslos, los tobillos, las nalgas redondas. Tenía el vientre plano; la espalda, suave y fuerte, no estaba marcada por los músculos que a menudo tienen las bailarinas; y, aunque estaba en movimiento, no le brillaba la piel por el sudor. Esto impresionó a Hefner, que en su juventud sudaba profusamente, en especial cuando tocaba con las manos la cintura de una chica en los bailes de la escuela, o cuando le pasaba el brazo por encima del hombro en las salas de cine.
Lentamente, siguió el contorno de los pechos de Diane Webber, que eran grandes y firmes, y de los pezones, rojos y erectos. Le maravilló su tamaño perfecto y se imaginó la sensación que le producirían en sus manos, un pensamiento que él sabía que se les ocurriría a miles de hombres en cuanto esas fotos se publicaran en su revista.
Hefner se identificaba mucho con los hombres que le compraban la revista. Por las cartas que recibía y por las impresionantes cifras de venta de Playboy, sabía que lo que le atraía a él, atraía a los demás; a veces se imaginaba como un proveedor de fantasías, una celestina mental entre sus lectores y las mujeres que adornaban sus páginas. Cada mes, después de completar un nuevo número bajo su dirección personal, podía contemplar de forma predecible los momentos sexualmente álgidos de los hombres solitarios de todo Estados Unidos que se exitaban por su selección. Se trataba de viajantes de comercio en habitaciones de moteles, soldados en maniobras, universitarios en dormitorios estudiantiles, ejecutivos en avión en cuyas carteras viajaba una revista como una acompañante secreta. Se trataba de hombres casados e insatisfechos, personas con aspiraciones y medios moderados, aburridos de sus vidas, sin inspiración en sus trabajos, que buscaban un escape temporal mediante aventuras sexuales con más mujeres de las que tenían la habilidad de conseguir, o el dinero, el poder o el genuino placer de conseguir.
Hefner comprendía esa situación; la había experimentado en sus primeros años de matrimonio cuando se escapaba del lado de la mujer con quien dormía para hacer largas caminatas nocturnas por la ciudad. A orillas del lago, levantaba la mirada hacia los lujosos edificios de apartamentos y veía mujeres en las ventanas, imaginándose que eran tan poco felices como él; quería conocerlas a todas en la intimidad. Durante el día, desnudaba mentalmente a algunas mujeres que veía por la calle o en parques o entrando en un coche, y aunque no decía ni hacía nada, ni intercambiaba una mirada con ellas, sentía una tranquila excitación, y podía recrear la imagen de esas mujeres semanas después en su mente cinematográfica, podía verlas con tanta claridad como ahora contemplaba las fotos de la bailarina desnuda en su escritorio.
Mirando con la lupa, se concentró en la barbilla alzada de Diane Webber, sus labios sensuales y sus grandes ojos almendrados que le devolvían la mirada con una expresión incitante y distante al mismo tiempo. Le intrigó su manera de mirarle directamente y, sin embargo, de permanecer distante a la reacción que inspiraba. Era como si apareciera desnuda por primera vez; quizá aún fuera inocente con respecto a los hombres, que era exactamente la actitud que Hefner quería que expresaran los desnudos de su revista, aunque muy pocas «chicas del mes» habían conseguido esa actitud hasta la fecha. Empezando con Marilyn Monroe en el primer número de diciembre de 1953, todas las demás que habían sido portada de Playboy eran modelos profesionales que transmitían seguridad en sí mismas y experiencia; eran mujeres que habían vivido. Aun así, habían atraído nuevos lectores a la revista cada mes a un ritmo que había dejado atónito incluso a Hefner; y era probable que el primer éxito de Playboy tuviera menos que ver con la revista en sí que con los hombres que la compraban.
Antes de Playboy, pocos hombres en Estados Unidos habían visto alguna vez una foto de desnudo en color; de hecho, se sentían abrumados y avergonzados al comprar Playboy en los quioscos, por lo que doblaban la revista con la cubierta hacia dentro cuando se la llevaban. Era como si reconocieran una necesidad imperiosa, un secreto largamente reprimido, como si admitieran su fracaso a la hora de abordar la realidad. Aunque el informe Kinsey reveló que casi todos los hombres se masturbaban, aún se trataba de un hecho siniestro a principios de la década de 1950, y no había habido ningún indicio que permitiera relacionarlo con las fotos; pero ahora el éxito de Playboy —una revista que en sus primeros dos años había aumentado la tirada de 60.000 ejemplares al mes a 400.000— puso de manifiesto la relación entre esos dos hechos. Muy poco de ese interés podía atribuirse a los artículos, que nada tenían de excepcional, o a los cómics (tiras ilustradas), las sátiras o las reimpresiones de cuentos de Ambrose Bierce o de sir Arthur Conan Doyle. Más bien se trataba de que Hefner, al fundar una revista que presentaba cada mes una mujer desnuda que parecía sexualmente perfecta, había descubierto un vasto público de pretendientes, cada uno de los cuales la reclamaba en privado como propia.
Ella era su amante mental. Les estimulaba en la soledad y a menudo veían su imagen cuando hacían el amor con sus esposas. Ella era casi un ejemplar especial que existía dentro del ojo y la mente del observador; y ella ofrecía todo lo imaginable. Siempre era accesible al lado de la cama, era absolutamente controlable, conocía la caricia perfecta en puntos íntimos y nunca decía ni hacía nada que perturbara el momento previo al orgasmo.
Cada mes era una persona distinta, satisfaciendo la necesidad varonil de variación, satisfaciendo diferentes caprichos y obsesiones, sin pedir nada a cambio. Se comportaba de manera distinta a las mujeres reales, lo que era la esencia de la fantasía y la principal razón para el encumbramiento de Hugh Hefner, el primer hombre en hacerse millonario poniendo abiertamente en el mercado el amor masturbatorio por medio de la ilusión de una mujer incitante y accesible. Representaba una forma conveniente de llevar una relación. Por el precio de una revista, Hefner daba acceso a miles de hombres a una clase de mujeres que en la vida real ni les mirarían. Proveía a los viejos de jóvenes, a los feos de bellezas, a los negros de blancas, a los tímidos de ninfómanas. Él era un cómplice en las imaginarias aventuras extramatrimoniales de hombres monógamos; brindaba estímulo a los pasivos, y así se relacionaba con el sistema nervioso central de los lectores de Playboy en todo el país, hombres cuyas pasiones estaban precedidas por la selección preliminar que hacía Hefner con la lupa en su despacho de Chicago, el centro de erección del último servicio de la revista.
Hefner tenía para sí objetivos más ambiciosos. No solo quería tener las fotos de desnudos, sino también poseer a las mujeres que habían posado. Su deseo sexual, ampliamente frustrado, ahora se mostraba insaciable. No contento con presentar meras fantasías, deseaba experimentarlas, relacionarse con ellas, sintetizar su poderoso sentido visual con sus propios arrebatos físicos, y crear un ambiente, un escenario amoroso en el que se pudiera sentir y observar.
No era tanto un caso de atención dividido como de un doble estado mental. Era, y siempre lo ha sido, visualmente consciente de todo lo que hacía y comó lo hacía. Era un voyeur de sí mismo. A veces actuaba para observar. Una vez se permitió que le ligara un homosexual en un bar, más para ver que para disfrutar del sexo con un hombre. Durante su primera aventura extramatrimonial de Hefner filmó una película de sí mismo y su amiga haciendo el amor, una película casera de 16 mm que guardaba junto con cajas de otros documentos y recuerdos personales, álbumes de fotos y cuadernos de notas que revelaban y describían toda su vida personal.
Desde su primera infancia, aunque era tímido y carecía de atractivo, cultivó la autoestima; creía que de algún modo era especial y consideraba su existencia un acontecimiento potencialmente público del que debía tomar nota de forma meticulosa. Guardó sus dibujos de niño, las fotos de la escuela primaria, del ejército, de la universidad, de su boda y de la fundación de Playboy. Hoy sigue poniendo al día ese material, conservando cartas, notas, fotografías, cuidándolas con la meticulosidad de un conservador de museo, seguro de su valor histórico.
Lo que Hefner no documentó en películas o escritos, lo presenció con tanta atención que aún recuerda la textura de los entornos y se ve a sí mismo como el centro. Cuando tenía trece años, una tarde, mientras asistía a una reunión de excursionistas, vio por la persiana a medio levantar a una jovencita que se estaba desvistiendo. Era la primera vez que veía a una chica desnuda y quedó fascinado. Décadas después, aún podía recordar exactamente cómo se había sentido y lo que había visto.
Hefner jamás había visto desnudos en casa de sus padres. Su madre siempre estaba totalmente vestida y tenía el cuidado de cambiarse de ropa con la puerta cerrada. Cuando él y su hermano menor iban en verano a la piscina pública, su padre les daba la espalda en el vestuario de hombres al ponerse el bañador. Hugh Hefner atribuye gran parte de su timidez de niño a la incomodidad a que les sometían sus padres cuando estaban en la piscina, donde la exhibición de los cuerpos representaba una afrenta a su puritanismo tradicional. A esta incomodidad consciente de Hefner en la piscina, se añadía el hecho de que jamás aprendió a nadar. Tenía fobia al agua a raíz de que casi se ahogara siendo pequeño, después de que un chico mayor que él le hubiera obligado a tirarse a la parte profunda de la piscina. Aunque su padre, que era un buen nadador, había intentado ayudarle a superar ese miedo, el jovencito Hefner se negó tercamente, y un día su padre perdió los nervios y se enfadó tanto que le golpeó.
Fue una rara y casi bienvenida muestra de emoción por parte de su padre, un hombre reprimido y distante que casi nunca mostraba sus sentimientos a la familia y se pasaba casi todo el tiempo trabajando como contable para una gran empresa de Chicago. Trabajaba seis días a la semana y se consideraba afortunado de tener un empleo durante la Depresión, en especial como contable. Hugh y su hermano Keith, tres años menor, fueron criados casi totalmente por su madre, Grace, una mujer menuda, de voz suave y rígida moral. Al igual que su marido, había nacido en una granja de Nebraska antes de la nueva centuria y fue criada en un ambiente de piadoso fundamentalismo que luego trató de conservar en el Chicago del siglo XX.
En su casa no había bebidas ni tabaco, no se decían palabrotas ni se jugaban partidas de naipes. De vez en cuando, llevaba a sus hijos a ver una película los sábados, pero el domingo era una jornada estrictamente de oración en casa de los Hefner, y ni siquiera estaba permitida la radio. Si los chicos se inquietaban por permanecer tanto tiempo en el interior de la casa, se les permitía sentarse en un banco en el patio, donde podían dibujar o hacer esculturas con una arcilla coloreada que ella les daba. Hugh Hefner, que tenía facilidad para el dibujo y la escultura, se divertía mucho con esas actividades, y a veces parecía en trance ante las figurillas de arcilla de su creación, relacionándolas con una intimidad especial, y si en esos momentos su madre le llamaba desde la puerta trasera, él no la oía.
En la escuela, soñaba despierto y pasaba el tiempo sin prestar atención a las clases, lo que hacía que sus profesores enviaran a su casa notas de queja que preocupaban y avergonzaban a su madre. Ella había sido maestra en Nebraska antes de casarse, y si bien estaba convencida de que Hugh tenía capacidad intelectual, la sacaba de quicio su pereza. Había advertido por primera vez que él se apartaba de su entorno cuando a los cuatro años, enfermo de mastoiditis, se concentraba en hacer pequeñas figurillas con el algodón que se quitaba de los oídos infectados. Más adelante, se dedicó a dibujar monstruos y científicos locos, hombres del espacio y superdetectives. Cuando sonaba el teléfono en la casa, parecía no oírlo, aunque tenía el oído en perfectas condiciones. Cuando viajaba con la familia en coche, se mareaba. Se comía las uñas. De vez en cuando tartamudeaba. El accidente sufrido en la piscina le hizo aún más introvertido; al final, su madre le llevó al Instituto de Investigación Juvenil de Illinois para que lo examinaran psicólogos infantiles. Después de una serie de pruebas, convinieron en que su problema era bastante especial. Hugh Hefner era un genio. Su coeficiente intelectual era de 152. Pero, añadieron los médicos, sufría de una deficiencia emocional; era socialmente inmaduro para su edad y sugirieron que sería muy positivo para él que la señora Hefner se mostrara más cariñosa en casa y demostrara más comprensión y afecto hacia él.
Para Grace Hefner, que era tan rígida en lo relativo al sexo que jamás les había dado a sus hijos un beso en la boca —más tarde explicó que temía pasarles gérmenes—, las recomendaciones de los médicos representaban un gran desafío. Pero, alentada por el informe sobre la superioridad intelectual de Hugh, y como era una madre responsable, intentó ser más cariñosa y comprensiva en casa, sin imaginarse jamás que tal comprensión se extendería en pocos años a permitirle a Hugh colgar fotos de desnudos en su dormitorio.
Esos retratos eran dibujos sumamente estilizados de Alberto Vargas y George Petty publicados en Esquire, que en los años cuarenta se editaba en Chicago y era la revista para hombres más osada de Estados Unidos. Hugh Hefner había visto por primera vez la revista Esquire cuando visitó la casa de un compañero de escuela cuyo padre, un artista comercial, estaba suscrito a la publicación. Todo lo de Esquire fascinó al joven Hefner, las historias románticas y de aventuras de escritores como Fitzgerald y Hemingway, las fotos de coches clásicos, las historietas refinadas, los artículos de viajes a lugares exóticos, los anuncios publicitarios y la página doble que cada mes presentaba un exquisito dibujo en color de una mujer hermosa.
Hefner pudo decorar su dormitorio con esas voluptuosidades con el consentimiento, si no la aprobación, de su madre, debido a que de repente mejoró su rendimiento escolar y a que parecía decidido a seguir unos objetivos artísticos poco definidos que su madre temía desalentar. Sus dibujos y caricaturas, que en un tiempo solo habían llenado la casa de papeles, ahora aparecían en el periódico de la escuela primaria que él mismo editaba y en las grandes ilustraciones de su diario personal que mantenía meticulosamente al día con hechos y observaciones sobre sí mismo y sus compañeros de escuela. Poco amante de los deportes y tímido con las chicas, Hefner pudo mantenerse en estrecho contacto con sus compañeros al convertirse en su cronista.
De esta forma pasiva pasó los dos primeros años del instituto, después de los cuales empezó a reafirmarse poco a poco, a emerger su personalidad, a participar tanto como a observar. Actuaba en las obras y sátiras representadas en su curso, a las que también contribuía como escritor. Se convirtió en el presidente del consejo estudiantil y vicepresidente del club literario. Hacía emisiones de radio para el Consejo de Educación, y contemplaba la posibilidad de convertirse en locutor de una cadena de radio o en estrella de la pantalla. Aprendió a bailar bien, a sentirse más tranquilo en presencia de las chicas. Una de las muchachas con que había salido recientemente había sido noticia en el periódico de la escuela, después de ser elegida como la estudiante más representativa del instituto Steinmetz. Si bien antes del certamen no le había atraído mucho, su triunfo hizo que rápidamente se sintiera fascinado por ella: simbolizaba los deseos del cuerpo estudiantil; era objeto de adoración, y a él le encantaba su estrellato. Salió con ella a menudo y una noche, en la oscuridad de un cine, empezó a tocarla, a meterle la mano bajo la falda y a acariciarla entre los muslos. Este representó su momento sexual de mayor audacia en el instituto, que siempre recordaría, aunque no pasó de ahí.
En 1944 se graduó en el instituto Steinmetz entre los primeros 25 de un total de 212 estudiantes; se le premió con una votación en la que salió como el tercero con más posibilidades de éxito en la vida. Sus planes para la universidad debieron posponerse debido a que pronto fue llamado al servicio militar. Aún faltaba un año para que terminara la Segunda Guerra Mundial en Europa y Asia. Su madre, que sabía que se preocuparía de forma incesante por Hugh si se quedaba sin hacer nada en casa, buscó un empleo en el laboratorio de investigación de una empresa de pinturas de Chicago. Si bien Hugh no se mostraba muy entusiasta respecto de su alistamiento en el ejército, sí apreció la oportunidad de viajar y poder salir de Chicago. Pero dos semanas antes de su alistamiento, en una fiesta, conoció a una chica que de repente le hizo desear tener más tiempo antes de alistarse.
Era una bonita morena de grandes ojos castaños y una figura delgada y grácil. Llevaba el pelo largo con flequillo y tenía unos modales tranquilos con los que de inmediato se sintió a gusto. Se llamaba Mildred Williams y, aunque había estado en su curso del instituto Steinmetz, en realidad nunca se habían conocido, lo que a Hefner le parecía increíble, ya que él se sentía muy atraído por el tipo de belleza que ella tenía. Bailaron muchas veces esa noche, la llevó a su casa y luego salieron con frecuencia antes de su alistamiento.
Durante el verano de 1944 le escribió a menudo desde Fort Hood, Texas, donde hacía el entrenamiento básico y donde la vida de soldado le aburría y sorprendía a intervalos. Como joven idealista de dieciocho años que no bebía, ni fumaba ni decía palabrotas, y cuya limitada vida sexual hasta ese momento incluso había ignorado la masturbación, Hugh Hefner pronto se vio rodeado por la vulgaridad y el cinismo típico de un cuartel militar. Aunque se adaptó, no siguió la corriente del lugar. Iba a los bailes del club militar, pero no perseguía a las mujeres de las cercanías de la base. Pasaba el tiempo libre yendo al cine, haciendo dibujos o caricaturas y escribiendo largas cartas reflexivas y de amor a Mildred Williams, que, aunque él apenas la conocía, se había comprometido íntimamente con las fantasías y futuras expectativas de Hugh Hefner.
Cuando estaba de permiso, iba a visitarla y ella no le desilusionó. Aunque sus normas de moralidad sexual le mantenían a distancia, esto se sumó al desafío y al misterio que ella encarnaba. Como católica practicante, no creía en el sexo prematrimonial, y como joven práctica en su primer año de universidad, se daba cuenta de las complicaciones que ello supondría con respecto a sus estudios. Aunque poseía el aspecto despreocupado de la típica chica estadounidense, Mildred había sido criada en un hogar desgraciado de familia numerosa; su padre, un autócrata, no podía mantener adecuadamente a sus cinco hijos con su salario de chófer de autobús en Chicago; y su madre, muy religiosa, se apoyaba en la fe de que la vida mejoraría de algún modo. Pero nunca fue así. De modo que Mildred adquirió una temprana fe en su propio esfuerzo, en la seguridad de que cualquier mejora que deseara le llegaría gracias a su propia iniciativa. No descansaba jamás. Estudiaba mucho en la universidad y por la tarde y los fines de semana trabajaba para pagarse los cursos. En la Universidad de Illinois trabajaba por las tardes en la biblioteca y quería ser maestra. No se afilió a ninguna fraternidad de estudiantes y no tenía tiempo para salir con chicos. Los veranos trabajaba sin hacer vacaciones, y hasta se negaba a robar tiempo a su trabajo cuando Hefner la visitaba de permiso. Mientras se amargaba y protestaba, él, en el fondo, admiraba su dedicación y la comparaba con los esfuerzos que tantos años atrás había hecho su propia madre en aras de conseguir una educación superior sin la ayuda ni el aliento de sus padres, unos campesinos humildes de Nebraska.
Hefner tenía menos aspiraciones y, después de licenciarse del ejército en 1946, se matriculó en la Universidad de Illinois. Pensaba tomar el máximo de asignaturas en cada curso, incluyendo cursos de verano, de modo que pudiese terminar la carrera de cuatro años en dos y medio. Quería recuperar los dos años improductivos en el ejército durante los cuales había estado en varias bases nacionales mientras terminaba la guerra en el extranjero. Como estudiante de veintiún años con una beca de veteranos del ejército, Bill estaba ansioso por recuperar su propia vida, marcarse unos objetivos y reanudar su noviazgo casi victoriano con Mildred Williams.
Hasta entonces, lo que sabía de ella, aparte del poco tiempo que habían pasado juntos durante sus permisos, se debía en gran parte a las numerosas cartas que ella le había escrito, casi todas ellas de tono altamente idealista, discretamente afectuosas, alentadoras, unas cartas que le habían aliviado de la soledad que sentía en los cuarteles, y convencido de que, sin la menor duda, ella era la personificación de la imagen romántica que él mismo había creado.
Pero hasta sus más altas expectativas se vieron superadas en 1946 después de que volviera a reunirse con ella en el campus de Illinois y empezaran a salir cada fin de semana y a encontrarse cada noche a la puerta de la biblioteca, caminando lentamente de la mano a través del otoño más maravilloso de su vida. Estaba fascinado, emocionado por el aspecto y el carácter de ella, y excitado por el mundo que le rodeaba, la nueva libertad de la vida universitaria, el trato deferente que le concedían los otros estudiantes por ser un veterano de guerra, y el sentimiento de abrumador optimismo que inspiraba a tantos estadounidenses de entonces el primer año después de una guerra triunfal.
Hefner se aficionó a los vuelos acrobáticos como diversión de fin de semana en un aeropuerto situado cerca del campus, y al cabo de un año había obtenido la licencia de piloto y maniobraba con su biplano con giros sorprendentes, caídas y vuelos rasantes. Cantó en una orquesta de estudiantes imitando el estilo de Frankie Laine. Fundó una revista universitaria, consiguió unas notas excelentes en las clases, se especializó en psicología y sintió por primera vez en la vida que era físicamente atractivo. Sus caricaturas y dibujos se publicaban en The Daily Illini, y como ejercicio intelectual escribió una obra de teatro sobre un descubrimiento científico que probaba la inexistencia de Dios; la obra terminaba con el gobierno suprimiendo diligentemente la información porque pensaba que el pueblo no podría vivir con esa verdad.
Cuando Hefner la escribió era agnóstico, y lo seguiría siendo a partir de entonces, alejándose de su pasado metodista fundamentalista. Pero creía que su rechazo de la tradición familiar solo formaba parte de una revolución may
