Lo llaman ennui: paseo sola, doy vueltas por el centro, pido cafés en terrazas al borde del barrio latino. París no es París todavía, sino un recuerdo, una imagen de sí misma: el color-tejado-fachada à la Haussman se repite fuera de las postales; la anhedonia esparcida entre tantos edificios homogéneos es exacta. Pero no es mi intención escribir sobre París: una autora debe desdeñar el convertir su texto, si es que es auténtico, en un juguete para la lectora. Pongamos que en París hay calles y que es tan inútil describirlas todas como hablar de sus cualidades humanas. De entre todo lo que dijo Balzac, y Balzac lo dijo todo, yo elijo apropiarme de lo siguiente: en París cuchicheo sobre todo, me consuelo con todo, me río de todo, lo olvido todo, lo deseo todo, lo pruebo todo, lo tomo todo con pasión y lo abandono todo despreocupadamente. Dejemos de lado lo demás.
No busco convertir mi vida en literatura de viajes; menos aún transcribir un diario intimista. Al mudarme a París y empezar el primer año de Filosofía y Letras modernas entre dos universidades —la París I y la París III—, lo que pretendo es envolver absolutamente todo con la palabra, reducir todos y cada uno de los componentes de la existencia a su posición en esta dialéctica vital entre sujeto y predicado: cometido muy pretencioso y muy difícil de declamar sin trabarse. Sí, a lo mejor «vivir las cosas» se convierte en «preparar las cosas para ser narradas». Claro que me he propuesto una concepción novelesca de la vida. Como cualquier persona que se concibe con el derecho de contar algo. Esto no significa —¿no significará?— que persiga a través de Aurore la idea del amor, que suscriba palabra alguna sobre el eterno femenino; que el tren quiera decir algo más que un tren, o que quiera decir nada en absoluto; que las cosas vayan a importarme de forma distinta. Pero sí que me desdoblo.
Me instalo lejos del centro, en La Queue-en-Brie: pueblo desdeñable, nombre ridículo. A los de este sitio se les llama caudaciens: terrible, que el gentilicio sea lo más bello de una población. Quizás estoy siendo injusta: vengo del centro de Madrid, no estoy acostumbrada ni a los árboles ni a los bichos ni a las inmensidades verdes, huyo de los nativos y miro a todo caudaciano por encima del hombro. Sé que le voy a coger manía a este pueblo: por condenarme a escribir en trayectos de hora y media, por obligarme a vivir en la periferia y, lo más importante, por imponerme escribir otra vida distinta a la vivida.
Con los presocráticos, el signo se independiza por primera vez de la realidad. Esa abstracción es el origen del mundo y la condición de posibilidad de un nuevo vocabulario ontológico: Parménides, verdadero autor de los primeros versículos del Evangelio de Juan, reclama que el verbo se haga carne y habite entre nosotros. Pero nada de esto me interesa.
Hagamos tabula rasa, si te parece:
2Solo se puede escribir en presente: «yo escribo»; incluso «yo escribía» se refiere a un tiempo presente pasado el cual aquí trascendemos, «yo escribiré» es un momento transitorio del futuro. Concepciones posibles sobre la verdad (lantháno, lexema en alétheia: verdad en griego y el verbo de aquello que escapa a ser visto, de aquello que se hace sin ser percibido; de la acción de olvidar inclusive) cuantas haya, yo escribo mi vida en presente (y no es esto lo mismo que vivirla). Deseo vivir mi vida en presente. Si algo no sucedió, se convierte de cualquier manera en experiencia al ser escrito. Si realmente fue vivido, también fue en concurrencia escrito: los actos y las palabras como unidad de sentido. No es París un catálogo de emociones imaginadas, ficticias, construidas, premeditadas: todo París —ayer, hoy, mañana— se escribe —se inscribe— en el presente de quien lo vive, como empiezo yo a vivirlo a principios de septiembre.
3Reparo en la existencia de una chica alta, de pelo corto, con un fino y largo trozo de tela negra colgando como pendiente de su lóbulo izquierdo, un mínimo lunar marcando preciso el principio de la mandíbula y el final de la oreja. Reparo en su existencia en medio del salón de actos del campus de Censier y vuelvo a reparar en su existencia cuando la veo en la reunión relativa a la double licence. Acto seguido desaparece. Hasta después de que comiencen las clases no vuelvo ni a darme cuenta de Aurore ni a recordar que ya la había visto antes.
A la salida de Lingüística una chica vasca me cuenta que ha llegado hace nada, que se emborrachó el otro día con un rosé carísimo invitada por su tío y acabó vomitando. Se llama Josebiñe, es de Zugarramurdi y carece de formación política, pero en apenas unas semanas se compromete con una escisión trotskista del principal sindicato de extrema izquierda de París I: la ausencia de base teórica la suple con entusiasmo, y yo bromeo mucho con ella sobre lo ridículos que son en Le Poing Levé, c’est-à-dire le NPA, c’est-à-dire le CCR.[3] No tardan en llamarme estalinista.
Hablo por fin con Aurore acompañándola a su bus. Como el año pasado estudió en el Atelier de Sèvres, una escuela preparatoria de artes, fardo de mi trabajo como dramaturga e intérprete en Madrid. «“Y el cuerpo se hace nombre”, bueno, es una pieza interdisciplinar; hicimos un laboratorio de creación, una primera fase en una sala pequeñita por Chueca; este verano la interpretaremos en el Teatro Pavón...» No sé coquetear con métodos que no sean la admiración, la elevación de mi figura, la exaltación de lo que hago y lo que creo; colocarme siempre, en fin, por encima de aquello que deseo: nada pasa. Pasan los días y hablamos con más frecuencia, nos saludamos, tomamos juntas el café. Tres fatalidades: en primer lugar, la necesidad de conocer más y más; después, el bidón —como en el Gorgias de Platón, pero de gasolina— a punto de incendiarse de tanta ambigüedad; finalmente, la necesidad de convertirla en una metáfora. Escribo poemas sobre ella. Tenía que pasar. Cuando lee uno de mis poemas y hablamos del amor, no sé si sabrá que habla de ella, y tan solo finge candidez, o si ignora por completo a qué estamos jugando. Toda guerra empieza siempre como un juego.
4María, mi compañera de piso, me presenta a Rania, que también estudia, como ella, la licence simple de Filosofía. Hablar español casi me pone nostálgica. «Es mucho más de mi estilo que del tuyo», dice María. Me lo tomo como un desafío y le cojo cariño a Rania. Parece encarnar el estereotipo según el cual los españoles somos mucho más cariñosos y cálidos que los franceses. Podría ser. Más probable me parece que, en un primer momento, ayude tener algo o a alguien que sientas cercano a casa para no caer en la desesperación. Tampoco es esa la razón por la que me cae tan bien Rania. No hay razón. Solo es majísima.
A la salida de ruso, un chico de origen iraní me pide fuego y busca conversación. No, no busca conversación; quiere ligar. Me invita a un café, se ofrece a acompañarme hasta Censier; yo acepto (no por interés; porque así me divierto un rato y me distraigo en las dos horas entre ruso y Molière). Me cae bien porque es culto, porque me está tirando los tejos y porque no me atrae absolutamente nada. Le enseño cosas de Lorca, la versión de Silvia Pérez Cruz del «Pequeño vals vienés», hablo de la poesía hispanoamericana del último siglo, me meto con la Pléiade para ofenderle (je m’en fous de la Pléiade!). Me defiendo con frialdad cuando me piropea o se acerca demasiado; ataco con tal de tomar yo las riendas. Me da su número y quedamos en repetirlo el próximo lunes e ir al cine algún día. No iremos nunca.
5@lysduval
He comprado tres baguettes en el LIDL, he puesto el lavavajillas, he puesto la lavadora, he bebido Chablis sola y me he quedado en casa viendo Netflix y Operación Triunfo. Qué rápido se llega a los cuarenta y a ver si me hacen una serie que se llame Sex and the Cité.
Me he acabado la botella de vino —blanco, hoy un Gewürztraminer bastante barato que abrí anteayer, muy dulce, un sabor que está medio bien— y ahora llega el bovarismo. Es muy difícil desarrollar un gusto por el vino sin ser o bien burguesa o bien de clase más o menos media-alta; lo que yo hago es un microacto de micropolítica, de traición de clase: si Édouard Louis se da cuenta, leyendo a Didier Eribon, de que las lágrimas tienen una carga política, este vino del LIDL también. Hay una asociación de enología en la París I a la cual no iré jamás. Existiendo en la Rue de Faubourg Saint-Denis una terraza con el peor Merlot-vinagre a dos euros que se pueda concebir, el vino propiamente dicho es un derroche burgués. Encore triste. This is so sad; Alexa, play Despacito.
Nos bebemos María y yo un par de cervezas antes de coger el último tren a París, donde están Rania y sus amigos cerca de Bir Hakeim esperándonos para entrar en una soirée en barco a orillas del Sena. Conseguimos —a medianoche, cuando ya es gratis para nosotras: felices, bellas y estéticamente explotadas mujeres objeto— entrar todos. La fiesta tiene su aquel, pero la acumulación de borrachos y arrítmicos como manchas por todas partes le quita caché. La única solución es volverme yo también una borracha arrítmica.
La noche es aburrida. María la pasa en una esquina hablando con Marieta por el móvil. Yo lo doy todo bailando con Rania: nos gritamos la una a la otra nombres de cantaoras y taconeamos para reírnos de la patética música francesa que ponen de fondo. Descubrimos que hay una sala de ritmos latinos y reggaeton lento; nos mudamos corriendo. Cuando ella liga y empieza a liarse con un, dos, tres pavos, yo me aburro tanto que hasta hago lo mismo; junto mis caderas con otras caderas hasta que alguien me besa el cuello: su saliva es la anestesia que me prepara para la operación, pienso pues qué más da y respondo un poco —no mucho— cuando me mete la lengua. Tengo la boca seca, me aburro soberanamente y me entra sueño: digo avec plaisir, ciao, y subo a la proa.
Aquí es imposible fumar tranquila y sola. Cada vez que salgo me aborda un señor distinto para comerme la oreja diciendo que soy bellísima, que me invita a lo que sea, que si podemos quedar algún día para cenar, o ir al club que yo quiera, él me reservaría una mesa y yo no tendría que hacer nada más que pasar la noche bailando y bebiendo. Doy largas a todos siendo muy amable. Si bajo también me interpelan, pero allí da más lástima. Mientras fumo me da tiempo a pensar en el sexo de los ángeles, en L’Être et le Néant, en Husserl, en Merleau-Ponty y cómo se proyecta en Cézanne, en el realismo especulativo, en Glas de Derrida y su lectura de Hegel mezclada con una problematización de lo autobiográfico. Rania me había preguntado hoy si yo era bi o lesbiana. Dije que era bi sin creérmelo del todo. Fenomenología queer: me falta sentido de la orientación, diría Sara Ahmed.
No sé cuántas horas más permanecerá abierto el barco. Confieso: no he estado apenas con hombres a lo largo de mi vida; cuando lo he hecho, ha sido a pesar de que fueran hombres y no porque me atrajeran o por sus cualidades masculinas —¿qué son las cualidades masculinas? ¿y las nuevas masculinidades?—, y los únicos a los que he considerado genuinamente atractivos han sido aquellos que o bien ocupaban posiciones de poder o bien eran inalcanzables. No concibo la sexualidad como una cuestión cerrada. La orientación sexual es una rotonda. Creo que me he saltado la salida bisexual.
Espero media hora en Passy al primer tren junto a uno de los ligues de Rania. Ella y su amiga se van en el coche de dos chicos latinos que hemos conocido durante la soirée: verlas a las dos en ese coche —en cualquier coche, con cualquier grupo de hombres desconocidos— me produce un escalofrío, me tensa el cuerpo y, peor aún, no sé dónde está María; intento dejarlo para cuando tenga batería y pueda llamar a alguien: suficiente tengo ya conmigo misma como para encima temer por lo que pueda pasarles a las demás. Pero no podré evitarlo y querré, hasta con el móvil apagado, enviar un mensaje para asegurarme de que han llegado bien: es el mismo pacto desolador que se reifica cada vez que a una amiga se le pide que mande un mensaje con tal de ver si ha llegado bien, cada vez que una chica marcha sola —o acompañada—, cada vez que es de noche.
París está helada a principios de otoño: yo miro igual —con un poquito de desdén— a toda la gente que viaja en los primeros trenes del día. La ciudad está calando en mí. Encuentro a María en la estación de Champigny: respiro algo mejor mientras me fumo el último cigarrillo que me queda. No intercambiamos palabra.
6Jueves anodino y no sé qué hacer antes de ir a clase de arte griego. Cuando me pongo a repasar en la biblioteca de Censier suena la alarma de incendios. Escribo a Aurore lamentándome de cómo la vida se ríe de mí. «Ah, por Dios. Eso ya es a-bu-sar, ma pauvre». Además de llamarme ma pauvre —ma pauvre, ma pauvre; con su voz, con esos aires de nana bobo, suena tan, tan bien— me dice que quizás es un mensaje del universo insinuándome que me irá mejor fuera (lo cual es exactamente lo que diría cualquier nana bobo, pero ella lo acompaña con un emoji guiñando el ojo y se desmarca). Se había olvidado por completo de que iba a limpiar y se ha puesto a leer. Pregunto si por placer o por obligación; cuando me dice que es por obligación, hago un irónico elogio de su responsabilidad y ella replica denigrándose por desorganizada, ceci, cela, machin, machin.
Retomamos la conversación algunas horas después. Me escribe en su dialecto particular —¿auroral?— del castellano: «Parezco un niño, parezco ridícula, es como si estuviera emoji de cerveza emoji de matasuegras emoji que simboliza estar borracha». Deslizándome siempre en el lamentable terreno de lo poco sutil, le digo que me encantaría escuchar más su español, poder ubicar su acento (su acento es evidente, una preciosísima mezcla: la imposibilidad de escapar del deje parisino que recae sobre absolutamente todos los parisinos en absolutamente todos los idiomas batida junto con la influencia de sus profesores latinoamericanos y su fascinación por las culturas de allí; después bordeas azúcar mediante y le pones una palmerita de bambú, porque el plástico no es ecológico). Me vosea, dice que le encanta hablar español y me da las buenas noches llamándome «señora astral». Qué insolente, qué Leo. Replico fingiendo indignación: ¿primero me voseas y luego me llamas «señora»? No sé si se hace la tonta: «Ah, ¿señora es una palabra un tanto fuerte?» Alarga mucho la m antes de la p en la palabra completamente y repite tres veces el verbo estar en primera persona del presente del singular del indicativo antes de anunciar que está «completamente désolée» y que no quería decir eso. Le digo que tendré que perdonárselo, pero tan solo por tratarse de ella. Viene aquí el coup de foudre: «Entonces podré dormir tranquila, si tú me has perdonado». Me tiene en la palma de la mano; sigo su juego y me tropiezo: la llamo animalfleur, como Godard a Anne Wiazemsky cuando le decía que era una chica de una especie rarísima, que «nunca había visto a una chica como ella, porque era un animal-fleur y jamás se había encontrado con un animal-fleur». «Impón tus expectativas y fantasías sobre mí a través de tu arte para que sepa que esto es de verdad», que rezaba una foto de los dos, cuenta de Instagram @textsfromyourexistentialist. Me responde que le encanta esa palabra y yo, consciente ya de que ella no es consciente de lo que acaba de decir, caigo enamorada alargando mucho la m antes de la p en la palabra completamente.
Dulces sueños.
7Me esfuerzo en la mentira de escribir París en presente, pero esta ciudad es un pretérito perpetuo simple. ¿Como Madrid? No, son dos nostalgias bien distintas. Madrid se escribe en pasado porque es incapaz de acordarse de sí misma, porque olvida, porque se olvida, porque se construye en la desmemoria y la amnesia. París se escribe en presente porque intenta siempre alcanzar un antiguo ideal, tan lejos de lo que realmente es o pudo llegar a ser en ningún momento; se construye como una ciudad en lucha consigo misma, con su posibilidad, con su pasado imaginario. Mais ici, la vanité résume toutes les passions.
8No puedo decir todavía que vaya mucho al cine. En una sala pequeña en Saint-Germain-des-Prés, dedicada casi exclusivamente a cine de culto e internacional, ponen Quién te cantará de Carlos Vermut. A Aurore también le habría gustado verla. ¿Quedará alguien en la sala, en la penumbra que envuelve el final de la proyección? La idea me desagrada, igual que me desagradaría que alguien tuviera entre manos el mismo libro que yo leyera. La relación que se construye —que yo construyo— con el arte es como la definición histórica, occidental, burguesa y excluyente del amor: es un affaire à deux, una devoción entre dos partes, una consagración plena al otro. No habría llorado con El tratamiento en el Teatro Pavón si hubiera ido acompañada. La eternidad contemplando el mar, la proyección, la imagen en movimiento, como si la enorme pantalla del cine y yo no fuéramos más que una recreación posestructuralista del más bello cuadro de Friedrich, no se manifestaría en compañía. En el camino de vuelta me planteo sentarme en cualquier terraza para beber sola una copa de 25 cl de Chardonnay; la lluvia en crescendo me saca la idea de la cabeza.
Pienso en Aurore (a cuyo piso estoy citada mañana a las cuatro). Últimamente pienso mucho en Aurore.
9Remontémonos a unos cuantos días antes de citarme con Aurore: recibo una llamada el lunes. Primero habla conmigo un amigo, presidente de una asociación de cierta importancia en el mundo LGTB: dice que mi nombre está en las quinielas como posible para una superproducción, un serial español de proyección internacional, bla-bla. Le mandará mi número a la otra parte interesada; yo sigo sin enterarme del todo de lo que está sucediendo. Valido mi abono en el bus y me siento a esperar la segunda llamada.
Me bajo en medio del trayecto nada más sonar mi móvil. Rue du Monument, descampado, bellas vistas a la noche. El interesado me explica para qué serie es, habla del alcance, de la tremendísima oportunidad, del interés que tienen
