SECCIÓN FUMADORES
Parte I (Antes)
Uno
La primera vez que alguien me gorroneó un cigarrillo, tenía yo veinte años y hacía solo dos días que había empezado a fumar. Fue en Vancouver, British Columbia. Mi amiga Ronnie y yo nos habíamos pasado todo el mes anterior en Oregón recogiendo manzanas, y como recompensa decidimos hacer un viaje de una semana por Canadá. Estábamos hospedados en un apartahotel de tres al cuarto, y me recuerdo entusiasmado con mi cama empotrada. Había oído hablar de aquel invento, pero nunca había visto uno en persona. Mi mayor placer durante nuestra estancia allí fue plegar aquella cama y contemplar después el espacio vacío que quedaba. Sácala, métela, sácala, métela. Así me pasaba las horas, hasta que se me cansaba el brazo.
A una calle del hotel había una tiendecita donde compré mi primer paquete de cigarrillos. Los que me había fumado antes eran de Ronnie —Pall Mall, creo—, y aunque no me supieron ni mejor ni peor de lo que había imaginado, pensé que era mi deber singularizarme y decantarme por una marca propia, diferente. Algo que fuera con mi estilo. Carlton, Kent, Alpine…: era como escoger una religión, porque al fin y al cabo, ¿los que fumaban Vantage no eran acaso completamente distintos de los que habían escogido Lark o Newport? Lo que yo entonces no sabía era que uno podía convertirse, que estaba permitido. La persona Kent podía, con un ínfimo esfuerzo, transformarse en persona Vantage, aunque pasar de los mentolados a los normales, o del tamaño normal al extra-largo era tarea más difícil. La excepción confirma la regla, ya se sabe, pero según lo veía yo entonces, la norma era la siguiente: Kool y Newport eran para negros y para blancos de clase baja. Camel, para los que siempre lo dejaban todo para más tarde, para los que escribían ripios infumables y para los que siempre postergaban el momento de escribir ripios infumables. Merit era para adictos al sexo, Salem para alcohólicos y More para los que se tenían por rebeldes pero no lo eran. A un fumador de Marlboro mentolado nunca se le debía prestar dinero; al de Marlboro normal, en cambio, podías fiarle porque solía devolvértelo. Las subsiguientes subclases de tabaco: suave, light y ultralight no solo vendrían a fastidiarlo todo, sino que además harían casi imposible garantizar la fidelidad a una marca; pero todo eso llegaría más tarde, junto con las advertencias impresas en las cajetillas y las marcas de tabaco natural y sin aditivos como American Spirit.
Lo que compré aquel día en Vancouver fue un paquete de Viceroy. Había observado que esos eran los cigarrillos que los dependientes de las gasolineras solían llevar en el bolsillo de la camisa, y sin duda pensé que me aportarían un aire viril, o al menos todo lo viril que uno se puede sentir con boina y pantalones de tela de gabardina abotonados al tobillo. Si al atuendo le añadías el foulard de seda blanco de Ronnie, todos los Viceroy eran pocos, y más en el barrio donde estaba aquel hotel.
Es curioso. Yo siempre había oído lo limpio y tranquilo que era Canadá, pero quizá se refirieran a otra parte del país, al centro quizá, o a aquellas rocosas islas de la costa este. Donde nosotros nos encontrábamos no había más que borrachos con mala pinta por todas partes. Los que estaban inconscientes no me preocupaban tanto, pero los que iban camino de estarlo —los que aún podían tambalearse y hacer aspas con los brazos— me hacían temer por mi vida.
Por ejemplo, el que me abordó nada más salir de la tiendecita aquella, un tipo con una larga trenza negra. No una de esas inofensivas trenzas tipo cuerda como las que llevan los que tocan la flauta, sino algo más bien parecido a un látigo: «una trenza carcelaria», me dije. Un mes antes quizá me hubiera encogido de miedo y punto, pero ese día me metí un cigarrillo en la boca, como quien está a punto de ser ejecutado. El sujeto aquel iba a robarme, a azotarme después con la trenza y a prenderme fuego; pero no fue así.
—Dame uno —me dijo, señalando el paquete en mi mano.
Le tendí un Viceroy, el tipo me dio las gracias, y yo le sonreí y le di las gracias a mi vez.
Fue, pensé después, como si yo hubiera llevado en la mano un ramo de flores y él me hubiese pedido una de mis margaritas. Al hombre le encantaban las flores, a mí me encantaban las flores, ¿y no era hermoso que aquella apreciación mutua trascendiera nuestras múltiples diferencias y pudiera en cierto modo unirnos? Seguramente pensé también que de haber sido al revés, a él tampoco le habría importado darme un cigarrillo, aunque mi teoría nunca se puso a prueba. Si bien es verdad que había sido boy scout tan solo dos años, la consigna se me había grabado a fuego: «Siempre preparado». Lo que no significa «Siempre preparado para gorronear al primero que pase», sino «Piensa y planifica de antemano, sobre todo en lo referente a tus vicios».
Dos
Cuando tenía diez años, mis compañeros de clase y yo hicimos una visita escolar a la planta que American Tobacco tenía en Durham, localidad cercana a Raleigh. Allí nos enseñaron el proceso de fabricación de los cigarrillos y nos regalaron unas cajetillas para que se las lleváramos a nuestros padres de recuerdo. Cada vez que lo cuento, la gente me pregunta qué edad tengo, como pensando, supongo, que fui al primer centro de primaria de la historia mundial, donde las pizarras eran paredes de caverna y los alumnos salíamos con los garrotes a cazar la merienda. Otra cosa que también me echa años encima es que en mi instituto hubiera una zona para fumadores. Estaba al aire libre, pero aun así, hoy día sería impensable encontrar algo así, ni siquiera en el colegio de un presidio.
Recuerdo que en algunas salas de cine y tiendas de comestibles había ceniceros, pero verlos nunca me hizo sentir ganas de fumar. De hecho, el efecto era justo el contrario. Una vez le perforé a mi madre el cartón de Winston con una aguja de hacer punto, una y otra vez, como si fuera una muñeca de vudú. Luego ella se lió a guantazos conmigo durante veinte segundos, momento en que se quedó sin resuello y paró, jadeando, para decirme: «No tiene… ninguna… gracia».
Unos años más tarde, sentados los dos a la mesa del desayuno, me ofreció una calada. Y la di. Luego corrí a la nevera y deglutí un cartón entero de zumo de naranja, con tanta fruición que la mitad se me derramó por la barbilla y me manchó la camisa. ¿Cómo podía mi madre, o cualquier ser humano, enviciarse con algo tan asquerosamente repugnante? Cuando mi hermana Lisa empezó a fumar, le prohibí que entrara en mi dormitorio con un cigarrillo encendido. Si quería dirigirse a mí, tenía que hacerlo desde el otro lado del umbral, y girar la cabeza hacia un lado cada vez que exhalara el humo. Y cuando empezó mi hermana Gretchen, lo mismo.
No era el humo sino el olor lo que me molestaba. Años más tarde dejaría de ser tan quisquilloso, pero en aquella época me parecía deprimente: el abandono, para mi gusto, olía así. En el resto de la casa no se notaba tanto, pero también es verdad que en el resto de la casa reinaba el abandono. Yo tenía la habitación limpia y ordenada, y de haber estado a mi alcance, habría olido como la carátula de un disco en el instante de retirarle el celofán. Es decir, que habría olido a ilusión.
Tres
A los catorce años, acompañé a un compañero de clase a un parque de Raleigh. Allí nos encontramos con unos amigos suyos y nos fumamos un porro bajo la luz de la luna. No recuerdo estar colocado, pero sí fingirme colocado. Inspiré mi reacción en los hippies colgados que salían en el cine y la televisión, es decir que, fundamentalmente, me reí mucho, tuviera gracia la cosa o no. Cuando llegué a casa, desperté a mis hermanas y les pasé los dedos por las narices para que me olieran.
—¿Oléis? Es marihuana, o «hierba», como la llamamos a veces.
Me sentía muy ufano por ser el primero de la familia en fumarse un porro, pero una vez conseguido dicho título, me convertí en un acérrimo detractor de las drogas, y así seguí hasta el primer año de carrera. A lo largo de todo el primer semestre, me dediqué a afearle la conducta a mis compañeros de residencia: el costo era para desgraciados. Te atrofiaba el cerebro y te retenía en universidades estatales de tres al cuarto como aquella.
Más adelante pensaría en lo regocijante que debió de ser para todos —lo bíblico casi— presenciar mi radical transformación. La madre superiora convertida en la puta del pueblo, el prohibicionista en borracho y yo en fumeta empedernido, ¡y para colmo de la noche a la mañana! Justo como en esas escenas que se ven en los telefilms:
SIMPÁTICO COMPAÑERO DE LA RESIDENCIA DE ESTUDIANTES: Venga, hombre. Que una calada no te va a hacer daño.
YO: ¡Y una porra que no! Tengo que estudiar.
APUESTO COMPAÑERO DE HABITACIÓN DEL SIMPÁTICO COMPAÑERO DE LA RESIDENCIA: Te paso el humo con la boca y ya está.
YO: ¿Con la boca? ¿Cómo que con la boca?
NUEVAMENTE EL APUESTO COMPAÑERO DE HABITACIÓN: Nada, tú te recuestas tranquilamente y yo te soplo el humo en la boca.
YO: ¿Dónde hay que recostarse?
YO: ¿Dónde hay que recostarse?
Recuerdo volver a mi habitación esa noche y cubrir la lamparita con un foulard de seda. El escritorio, la cama, las pesadas y deformes vasijas pergeñadas en clase de cerámica: nada era nuevo, pero todo era distinto; todo había adquirido de pronto frescura e interés. Suponiendo que a un ciego se le concediera la capacidad de ver, su comportamiento posiblemente se parecería al mío de aquel día, avanzando a cámara lenta por la habitación maravillado ante todo lo que encontraba ante mis ojos: una camisa doblada, una pila de libros, un pedazo de pan envuelto en papel de aluminio. «Alucinante.» El tour terminó en el espejo, y yo ante él con la cabeza envuelta en un turbante.
