Mate jaque

Javier Pastor

Fragmento

Mate jaque

(Acabo de hacer el cálculo de lo que puedo sacar de nuestra cuenta para fugarme de casa. Fugarme una semana: un acto de valentía ficticia, un gesto. Como el de ahora, simular que escribo mientras los martinetes escupen fhdjkslaopaeejañkmkhjdlss sólo para que ella crea, camino de lavarse los dientes, que agrupo letras con sentido) (con resentimiento)

Gestos.

Formas de sacar ventaja, al fin, al final, al otro. De ganar tiempo para planear una defensa con (a ser posible) ofensa incluida en el paquete.

Un gesto: ponerme a las tres de la mañana a usar la vieja máquina que hago tabletear gloriosamente como un nido de ametralladoras. Otro gesto: dormiré el resto de la noche en el sofacama del salón o en la habitación de invitados.

Una vez más, pagar y hacer pagar el precio de sostenerse juntos durante años: gestos.

En este momento de mi vida y de mi escritura me repugnan vivir y escribir.

Mi primer impulso ha sido soltar: No sé por qué cojones vivo y escribo, pero no soy partidario de la coprolalia –así sea un contumaz malhablado que demasiado a menudo se refugia en su indolencia (¡tan expresiva, no obstante!)– y menos tratándose del comienzo de algo. Algo: ya es algo. Me acecha el repelús del lector puritano que no he dejado de ser, especie ojalá en alza (si de algo anda sobrado el puritano es de criterio) que renuncia a continuar leyendo al vistazo de esa línea: ha recibido el pellizco de la palabra cojones –justo– en el divieso que le supura al puritano en el culo de su almita. Bueno, ya estamos: he caído en la ordinariez de escribir almita. Lo cierto es que expresarse en términos de noseporquecojones implica (como poco) una indigencia de recursos que apenas logra retener un segundo, cuando uno enhebra a continuación los verbos vivo y escribo, la pregunta ¿Entonces por qué cojjj vives y (encima) escribes?

Lo ignoro, ya que ambos oficios han llegado a repugnarme.

A repugnarme.

Escribir me proporciona de cuando en cuando un dinero, nunca mucho aunque más de uno me ha participado (con excesiva sinceridad) que es demasiado. Recibir dinero a cambio de lo que se produce parece universalmente justo: bienvenida la pasta, pues, que me iguala al resto (incluidos esos resentidos) y mulle mi condición de parásito rentista con la estopa de una ocupación en el fondo tan aplomada como la de registrador de la propiedad. Ahora mismo no sé si registrador de la propiedad se escribe Registrador de la Propiedad.

Sí, sólo parabienes me regala escribir cuando mi escritura se hace pública. También eso me repugna. He llegado a la conclusión de que me gustaría ser celebrado –modestamente, claro– por cualquier otra actividad: a veces disparato imaginándome detenido tras quién sabe qué atrocidades (bueno, yo sé cuáles: no es raro que contengan sangre y semen) o de promotor de quién sabe qué empeño heroico cuyo día a día sordo y abnegado sea una cotidiana ofensa a este próspero discurrir, tan refractario (no obstante su muy convencida hipocresía) a las vocaciones misioneras. Tan satisfecho de sí mismo, tan…, tópicamente chiquitoburgués. Tan expuesto.

Sin duda, pienso ahora, debería haber sido médico. El poder de un médico sobre los legos, sus semejantes, es inmenso: tarda muy poco en comprender que sus semejantes dejan de ser sus semejantes en cuanto se plantan en la consulta con jeta de paciente. Ser un profesional del sufrimiento ajeno (nada desnuda una almita como el dolor / nada desnuda una almita / como desnudarse ante el doctor) y al cabo, del desamparo ajeno, requiere un temple fuera de lo común para no ponerse a disfrutar de lo lindo con esa superioridad anímica sobrevenida, magia, por la mera obtención de un título que sólo aseguraba competencias básicas.

La mirada escrutadora del médico, rara vez cálida, examinándote mientras balbuceas tus miserias desabrochando otro botón. Una sola orden y ya te estás poniendo en pelota, como puta ante el putero. Admirable.

Sé de lo que hablo: mi tercera mujer es médico y me he desnudado ante ella interpretando todos los papeles imaginables, incluido el de puto.

(Equivocarse cuando se sabe que en la mano estuvo salvar una vida: he ahí uno de esos patinazos que curten algo más que encender un cigarrillo por el filtro. Ese doctorcete de agradable semblante barbado, británico, creo, que aceleró las partículas de un centenar o dos de abuelas, fue durante un tiempo un villano coherente, pensé, con la voluntad de dominio que el oficio contagia: llevó su infección profesional a las últimas consecuencias. Por eso fue tan decepcionante que se traicionara tratando de sacar tajada de los testamentos –¡un vulgar estafador!)

(¡Sencillamente asqueroso!)

Aliterando, me aparto de lo que no me importa. Me casé con la mujer que amaba, quizá ame aún a la mujer que acompañaba mis días: ambas mujeres son la misma, no sé por cuánto tiempo: en los últimos meses sus reacciones eran las de quien ha encontrado una defensa eficaz contra la crueldad mental –apostaría a que es un anglicismo. O un angelismo. La mía, naturalmente. Uno no sabe –comprometido (es difícil hallar un palabro que conjugue ceguera y entrega) en una unión antinatural de tan natural, la de quienes apechan con un destino que, equilibrado a la Breno, ha cancelado su individualidad– cuándo es más cruel: lo sólito es ser cruel con quien más se ama.

En la ineluctabilidad de este aserto reside su lógica.

En cualquier caso, nuestra relación ha acabado por ser una caricatura. Al parecer, yo no puedo decir nada sin que se sienta atacada de frente, ella no puede decir nada sin que de inmediato organice mi contraofensiva. Sin pensar demasiado el uno en el otro, nos odiamos la mayor parte del día (y de la noche)

Creo que siempre he intuido mejor los límites de la maldad ajena que los de la propia. La capacidad de causar espanto que advertimos en nuestro interior parece depender únicamente de que determinadas circunstancias coincidan (y uno quiere creer que esa coincidencia fatal es inconcebible en él, mero espectador o juez de boquilla de la anormalidad ajena (en estado puro)) Esto es, uno se cree mejor que los demás hasta que hace pulpa un rostro o un amor con un bate cargado de razón.

Ningún sufrimiento en la vida es comparable al que dos amantes son capaces de infligirse mutuamente. Esto debe quedar claro a todos los que consideren semejantes uniones. Comenzamos a hacer sufrir a quienes amamos cuando el sentido de culpa con el que nacemos se hace intolerable, y dado que todos aquellos a quienes amamos intensa y continuadamente se convierten en parte de nosotros, y dado que nos odiamos a nosotros mismos en sus personas, así nos torturamos a nosotros mismos y a ellos al mismo tiempo. Lo escribió el inglés. Sabía de lo que hablaba, el inglés.

De entre lo dicho, en dónde quiero estar.

Mi tercera codirigía una pequeña clínica privada, no le iba nada mal. Entre mis rentitas y su sueldazo pasábamos por solventes. La edad y la solvencia acabaron por apremiarla: deseaba ser madre con la misma obstinación que desperdiciaron las dos anteriores. Jamás he participado de esa ansia de trascendencia tan…, tan carnal (¡obviamente!) Sin pretender distinguirme ni insultar a nadie, ser padre es de una vulgaridad aberrante –y a menudo de una irresponsabilidad delictiva. Pero pasan los años y discutir se revela inane: llegados a ese nodo sólo queda ceder, abandonar o abandonarse. Acobardado por el monto de probabilidades de engendrar trillizos que la ciencia contemporánea pone a disposición de las bisabuelas que se libraron del Dr. Muerte, cedí. Nuestro hijo, razoné, crecerá entre dos personas que han pasado sin demasiado daño la edad de hacer el tonto, encapsulado en la cámara estanca que una Madre Casi Madura y un Padre Anteprovecto, tan de moda en el mundo industrializado, construyen alrededor de la vida de sus hijos para privarlos de esas inquietudes que deparan lo feo y lo malo. Nada de eso: ropita de marca, colegio de marca, urbanización vigilada y a aberrar en Disneyleches por navidades.

Ella se sosegará, cumplida, razoné. Yo trataré de reconstruirme, de disponerme audazmente a dar y recibir una nueva, única, maravillosa forma de amor que en nombre de otra clase de amor me ha sido impuesta ¡por cojones! (¡¡a mis años!!)

Vuelta a escribir cojones, vuelta al principio: una monomanía, una cojomanía.

Con franqueza, arribados a esa altura del tratamiento en que se ha desarrollado cierta destreza en, bien de mañana y ayuno de asistencia por no sé qué melindrosos pudorcillos (pero qué se puede esperar sexualmente de alguien que a follar lo llama yacer) (no le faltaba razón: a partir de no sé qué momento lo nuestro parecía necrofilia) meneársela con desgana, acertar medio dormido con el esputo en la boca de un frasquito diseñado para micropenes –¡sin derramar una gota!– najarse desalado hacia un lejano laboratorio y entregar la preciosa preciosísima lefa a una señorita que invariablemente la recibe con cara de Sé Que Te Acabas De Hacer Una Paja para centrifugarla antes de que empiecen a palmar esas angulas microscópicas, uno desea fervientemente tener un hijo y que se acabe la comedieta.

Es todo tan ordinario.

Desde luego, yo fui incapaz de encontrar el puntillo cómico al asunto. Imploré a todos los dioses y diosas de la fertilidad que el tratamiento funcionase para poder afrontar otro tipo de neurosis, no sé, distinta a la que venía padeciendo –obsesiva, claro, repetitiva, claro, idéntica a sí misma sea cual sea la forma que adquiere, diariamente renovada y retroalimentada– desde el momento en que los labios de mi tercera formularon la frase Quiero tener un hijo (tuyo) con la firme entonación de Voy a tener un hijo (de quien sea) Tanta energía propulsando la persecución de un feto acaba por hacer pensar que uno

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